Historias

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¿Por qué Genealogía?

Por qué, entonces, ponerse a escarbar la tierra de las sepulturas, por qué tratar de ver el rostro de quien ahora no es sino un esqueleto? La única explicación aceptable que encuentro es que la Genealogía es parte de esa lucha del ser humano contra la muerte.

El hombre rechaza la idea de la muerte, sabe que va a morir indefectiblemente pero actúa como si fuera inmortal, desconoce la realidad del la muerte para todos los efectos prácticos. En el fondo, uno de los deseos más vibrantes y exigentes del ser humano es vivir eternamente. Y no me estoy refiriendo a la vida del alma  después de la muerte sino a la vida humana tal como la conocemos, a la vida dentro del mundo. Este deseo de inmortalidad física –inconsciente, irracional, pero omnipresente- evidentemente es y será siempre frustrado. Moriremos de todas maneras, nos guste o no. Pero mientras vivimos, llevamos una lucha frontal contra la muerte, ya sea ignorándola, ya sea tratando de dejar huellas que permanezcan después de nuestra muerte física, ya sea luchando científicamente contra ella en los momentos más críticos.

Una de las estrategias para vencer a la muerte física consiste en tratar de pasar a la Historia, esto es, de superar nuestra mortalidad humana individual integrándonos a una vida colectiva de duración cuando menos indefinida, que es la de la familia, la Patria o la humanidad: de esta manera, nuestra vida individual se convierte en parte de una vida que se extiende más allá de la muerte física, pero todavía en este mundo. Cuando menos, la integración de ese individuo mortal dentro de un todo social que tiene una vida indefinida, permite paliar esa angustia y encontrar sentidos a la vida terrenal que no serían posibles para el individuo más allá del umbral de la muerte.

Esta estrategia es posible porque, el hombre es un ser eminentemente social. Aristóteles tenía mucha razón cuando decía que el hombre es un animal político (zoon politikon). Pero aquí el término “político” no debe ser entendido en el contexto de esa farándula donde se realizan competencias de poder sino como el medio social en el cual se desarrolla la vida humana. Nos enseña Fernando Savater que la sociedad humana no sólo es cooperativa -como casi todas las especies animales- sino que también es coloquial19. Esto significa que no solamente existe una cooperación material alimentaria o de defensa, sino que además cada individuo se desarrolla con las aportaciones simbólicas de los otros y con el reconocimiento de los otros a nuestra integración dentro de la sociedad humana.

Para el animal simbólico, la indiferencia, el olvido de los otros, es lo más insoportable. De ahí que el hombre tenga una reivindicación primordial que es la compañía; no puede soportar una existencia "monoplaza". La pertenencia a un todo social, esa compañía que busca para formar una sociedad coloquial, lo ayuda a pensar la vida de otra manera. Savater usa a este respecto una distinción de José Ferrater Mora que me permito repetir: “(podríamos decir que, mientras la vida individual está de continuo amenazada y limitada por la muerte que llegará inevitablemente dentro de un lapso relativamente corto, la sociedad (o sus integrantes sociales, como son la patria, la familia, etc.), tiene una vida susceptible de continuación indefinida”.

Es así como tiene sentido perder incluso la vida física individual para entrar en la vida física colectiva: morir por la Patria como un valiente y quedar vivo en la memoria de la gente tiene más sentido que conservar la vida individual mediante una cobardía.

Y es aquí donde encuentro los fundamentos del interés por la Genealogía: ésta es una de las estrategias por las cuales el ser humano se esfuerza en buscar compañía y reconocimiento aún después de la muerte. Y es en ese sentido que la genealogía popular china (Jia Pu), a la que he hecho referencia, ha comprendido intuitivamente la necesidad de la memoria familiar, independientemente del status social.

Si prestamos atención a lo que hacemos como genealogistas, advertiremos que la Genealogía es una actividad eminentemente lúgubre, como la historia en general. El genealogista trabaja fundamentalmente con muertos. Es más; la fecha de la muerte es un dato fundamental para su trabajo. Y mucho de la investigación se realiza a través de partidas de defunción que dan fe de ese hecho ineluctable e irremediable que es la muerte de una persona.

Sin embargo, a través de la genealogía los muertos son tratados como vivos, son recreados dentro de la vida que realmente tuvieron. Si bien el individuo físico no es ni puede ser inmortal, su vida efectivamente vivida sí puede serlo. Por los tiempos de los tiempos, esa vida será siempre una vida vivida. "La vida es transitoria, pero quien ha vivido vivió para siempre", dice Savater. Y son los historiadores y los genealogistas quienes se encargan de recordar esa vida que puede relegarse pero no desaparecer; y que la investigación se encarga de arrancar del olvido.

Parafraseando a Borges podemos decir que, cuando el genealogista mira hacia atrás en la cadena familiar, logra una intemporalidad que no es la suma del pasado con el presente, sino algo más sencillo y más mágico: la simultaneidad de todos los tiempos estudiados, la vivencia al mismo tiempo de diversas épocas y generaciones.

Tanto la Genealogía como la Historia colocan al hombre dentro de un contexto casi inmortal: el contexto de la especie humana. Y, en ese sentido, vuelven inmortal a cada persona, como la especie misma. El hombre, a través del estudio de las vidas pasadas, reafirma su pertenencia a ese todo más amplio que su dimensión meramente corporal y que, cuando menos, supera ampliamente la dimensión temporal de la vida individual.

Pero, tanto la Genealogía como la Historia, al reafirmar esa integración simbólica a  la especie, no sólo revalorizan el pasado sino que también  proyectan al hombre presente hacia el futuro. Algún día el historiador y el genealogista serán estudiados por otros historiadores y otros genealogistas. De esta manera, ese investigador, asegurando la continuidad de la Genealogía, asegura una victoria contra el olvido y contra la indiferencia de quienes vienen después frente a los que los precedieron.

Ahora bien, esa lucha contra la desaparición eterna mediante la afirmación de una entidad social que supera a la muerte individual, puede darse considerando la especie humana como un todo -es el caso de la Historia Universal- pero también considerando las sub-especies que integran ese todo desde diversas perspectivas. Es así como surge la Historia nacional, la Historia regional, la Historia económica, la Historia política, la Historia social que reclamaba Fernand Braudel, etc. Dentro de esas sub-especies simbólico-sociales está la familia; y la Genealogía es la Historia vista desde la perspectiva del grupo familiar.

En la medida que el genealogista avanza en su investigación descubriendo más personas que han formado parte de una determinada familia, va extendiendo y vigorizando ese tejido de vinculaciones sociales que se afirma como una personalidad simbólica en el interior de otras personalidades simbólicas; exempli gratia, la familia se expande dentro de la historia de un país (a veces de varios países). Y esa familia no es un objeto muerto, terminado, cerrado en el pasado, sino que es un cuerpo social que continúa reproduciéndose y que proseguirá en el tiempo más allá de la muerte de sus miembros y de los genealogistas que la han identificado y configurado.

Por otra parte, a medida que avanza la investigación genealógica, en forma retrospectiva, la familia bajo estudio va vinculándose con otras familias, se van descubriendo los lazos que unen las familias unas con otras, hasta el punto de que la humanidad toda conforma una gran familia (cuando menos, si es que existe realmente una Eva única, abuela común de todos los hombres). De esta forma, el individuo limitado a su fugaz existencia se reinventa inmerso dentro de esa entidad mayor que es la familia y ubica a ésta a su vez dentro de una entidad global que denominamos la humanidad.

De esta manera, la vida del ser humano como especie está vinculada a su memoria: la vida de la especie no es otra cosa que la memoria conservada por los individuos que se suceden en el tiempo.

A su vez, ese renacimiento cultural impulsado por la Genealogía, así como crea un sujeto común imperecedero al cual pertenecemos, también afirma nuestra individualidad en la medida de que cada hombre estudiado por el genealogista no es un producto fabricado en serie por la naturaleza sino una autocreación cultural. Pero ya no es una individualidad efímera, una existencia aislada que tiene un comienzo y un fin, sino el eslabón de una cadena que da el sentido a cada uno de sus eslabones.

Algo de esto había sido ya percibido por quienes hicieron Genealogía estamental. Así, La Chesnaye des Bois – de quien ya hemos hablado- coloca en las primeras páginas de su Diccionario genealógico-heráldico una “Epístola Dedicatoria a la Joven Nobleza”, donde dice que su obra tiene por objeto cumplir con el deseo de personas notables de que se recuerde de época en época “las bellas acciones que los han ilustrado y esto para relatar a sus Descendientes el recuerdo de Viajes de Ultramar  que llevaron a cabo en los tiempos de las Cruzadas, a fin de participar en la gloria de los grandes Príncipes que tenían a la cabeza de sus familias”.

Sin embargo, los puristas prefieren poner el acento en la cadena y no en los eslabones. Y es así como algunos genealogistas modernos rechazan totalmente incluir información biográfica como parte de la Genealogía, ya que consideran que la Genealogía es exclusivamente la ciencia de las relaciones familiares: lo individual y efímero no debe contaminar lo social que es lo único permanente.

Personalmente, discrepo con esa concepción purista de la Genealogía que la reduce a casi una matemática relacional. Es verdad que la Genealogía es más puntual y de alguna manera más seca que otras ramas de la Historia. Tiene una rigurosidad casi matemática, al trabajar sobre todo con fechas de nacimiento y de defunción, fechas de matrimonio, números de hijos y conexiones perfectamente definidas.

Sin embargo, eliminar las biografías de la investigación genealógica es como extraerle el alma, a esos individuos históricos que componen la familia. En ese caso, no solamente el Genealogista trabajaría con muertos sino simplemente con cadáveres; y su labor se limitaría a llevar un registro de esos cuerpos sin vida. Pienso que el genealogista debe adentrarse en las intimidades de la vida real de cada persona estudiada porque la idea que lo mueve no es concebir la familia sub specie aeternitatis, no es eliminar al efímero individuo en aras de una estirpe abstracta, concebida de forma casi platónica. Más bien, el genealogista pone especial atención en las personalidades que se sucedieron a través de las generaciones para, a través de ellas y no menospreciándolas, crear un contexto familiar que otorga un marco casi intemporal a la vida de quienes nos antecedieron y a la nuestra misma, reuniendo la particularidad con la totalidad, el individuo con la familia, el hombre con la especie humana.


Propietario/Fuentepor Fernando de Trazegnies Granda
FechaPonencia en un Congreso Genealógico en Lima, Perú,

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