Historias

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Viaje al fondo del tiempo

por José María Posse Posse
extraído de "Los Posse, el espíritu de un clan", 1993.

“Cuanto más atrás puedas mirar, más adelante verás”. Winston Churchill.

Voy a Galicia en busca de un pasado indeciso y remoto. El tren se detiene en Santiago de Compostela, una mañana gris de lluvia tenue y frío intenso. A medio día, ya en el hostal del convento de San Francisco, me encamino a la zona histórica de la ciudad. Las nubes se abren para mostrar un brillante cielo azul, mientras transito por el camino de las centenarias peregrinaciones, sorprendido por la arquitectura medieval, estrechas callejuelas de piedra flanqueada por edificios con recovas de arcos antiquísimos.

En una esquina, un gaitero de jeans y zapatillas, ejecuta melodías folklóricas. Mas allá, un flautista rescata sonidos olvidados de música barroca.

Por estas mismas calles caminó, dos siglos atrás, el fundador de mi familia tucumana, y yo lo evoco: desde mi llegada es como si sintiera una presencia invisible y amiga: tal vez la fiebre de un resfrío mal curado aviva a mi imaginación.

Basta una breve visión de la geografía de Galicia para comprender la razón del asentamiento en Tucumán de Manuel Posse, luego de su deambular por media Argentina. El verde de los bosques, el límpido cielo azul, el agua cantarina por doquier los cerros siempre cercanos que dan marco a unos de los paisajes mas armónicos y bellos de toda España me recuerdan, a cada paso, la imagen de Tucumán.

Guiado por unas torres que se divisan desde toda la ciudad, llegó a la Praza do Obradoiro. En un perímetro enmarcado por el antiguo Hospital de los peregrinos (hoy Hostal de los Reyes Católicos), el palacio de Gelmirez y el colegio de San Jerónimo, se yergue magnífica una de las catedrales más importantes de la Cristiandad, que guarda los restos del apóstol Santiago (Yago o Xacoveo) el Mayor y las reliquias de Santiago el Menor.

Obra maestra del Románico español se comenzó a construir en el siglo IX sobre la tumba recién descubierta del apóstol. Destruida durante la invasión de Almanzor, se lograron salvar los restos del Santo y se la reconstruyó en el siglo XI.

Ingreso a su nave central por el portal de La Gloria, obra del maestro Mateo, donde el dorado granito gallego se transfigura en una escultura de notable belleza y simbolismo que ofrece un encanto distinto a cada hora del día. En la nave del crucero, de unos veinte metros de altura, se respira el incienso que asciende del inmenso botafumeiro, pendulado por el esfuerzo de varios hombres. Allí el tiempo parece detenido. Bajo el altar mayor esta la cripta que guarda la urna de plata con los restos del santo, labrada sobre la pauta de modelos románicos. De hinojos contemplo la reliquia y una paz infinita comienza a embargarme: de pronto esta todo bien y en armonía .La experiencia es profunda, me siento afiebrado, prefiero sentarme y dejarme estar. Desde una columna, semidesdibujado un joven vestido a la usanza antigua me sonríe cortésmente. Debe ser un integrante de la Tuna Compostelana, grupo universitario que por las noches ejecuta canciones (generalmente románticas y de su autoría) para los turistas, como manera de ayudarse económicamente. Estoy mareado, el suelo parece moverse, creo que voy a perder el sentido. El estudiante se acerca y dice algo que me tranquiliza, me palmea y creo recobrarme. Se ofrece a llevarme al hotel pero lo detengo. Se sienta a mi lado y me da conversación: habla de un amor y una despedida de sueños juveniles y fiebre de realizaciones...Estoy cansado, un profundo sopor me invade, al cabo de un rato un sollozo casi imperceptible reaviva mi atención: el muchacho está cerca de mí, arrodillado. En su suplica al Señor veo una tristeza que me llega al alma.

De pronto se pone de pie y se despide con un movimiento de cabeza. Quedo un tanto pensativo. ¿Qué historia habrá tras esas lágrimas?. En mis meditaciones olvido que hace horas que no pruebo bocado y que debo tomar algún remedio.

Regreso palpitando esa mágica ciudad: callejuelas de piedra y arcos centenarios con el encanto de lo medieval. A veces al cerrar los ojos se siente el rumor de otros tiempos, acaso un carro golpeando el pedregullo o el cantar de un juglar. Percibo a cada instante el sabor de la vieja Europa que hoy renace en una aventura de unión continental.

En hostal recibo un mensaje de mi hermano Luis Fernando, quien a decidido acompañarme en esta búsqueda de nuestras raíces más profundas.

A la tarde nos entrevistamos con el señor Xosé Luis Blanco Campaña director de la radio gallega. Al principio cauteloso en extremo, luego de ver en nosotros aquellos códigos silenciosos de los hijos de Galicia, se abre ampliamente entregándonos su amistad.

Luego de horas de charla y música ya somos conocedores de lo esencial del sentir gallego. Nos invita para el día siguiente a su casa de Camariñas ofreciéndose a enseñarnos la región. La fiebre no ha disminuido del todo, pero no voy a perderme esta oportunidad. Avanzamos por un camino sinuoso que atraviesa lomadas y cerros cubiertos por un bosque encantador. Aquí y allá aparecen las típicas casas gallegas con su infaltable hórreo - pequeño granero que se asemeja a una capilla -. Cada tanto se abren claros donde pasta el ganado. Dondequiera paramos se hace presente la proverbial amabilidad gallega, desde al saludo del lugareño que arrea el ganado al de la mujer viuda que lleva flores a sus muertos.

Galicia es un sentimiento, una mujer que seduce con los ojos verde azulados de su tierra y de su mar, con los contornos feroces de sus costas y con el espíritu indómito de sus gentes. A veces fría con su bruma, o ardiente con su sol, impredecible como buena mujer que es. A menudo, en los lamentos de la gaita se escucha su voz milenaria, en relatos fantásticos o en versos de amor.

El roble, el castaño y el eucaliptos enmarcan una geografía rica y variada, en bosquecillos poblados de duendes y misterios ancestrales.¡Galicia!, si hasta su nombre evoca la suavidad de una piel femenina.

Un cartel al costado de la ruta nos anuncia que hemos llegado al Concello de Camariñas.

San Jorge de Buría y Villa de Camariñas es un puerto de mar, pequeño, acogedor y seguro, enclavado en una importante ría del mismo nombre, en la provincia de La Coruña reconocida mundialmente-como todas ellas- por su belleza.

Este puerto viene de tiempos prehistóricos y fue utilizado desde la antigüedad. Durante el reinado de Carlos III se erigió el castillo llamado del soberano. La defensa de esta ría fue el motivo de que se instituyeran en el siglo XVII las Compañías de Nobles a Caballo de Camariñas y Vimianzo.

Durante la invasión francesa, toda la zona se transformó en un sangriento escenario de insurrecciones que los galos reprimieron ferozmente, con abundancia de degüellos –incluyendo a la mayoría de los párrocos – y saqueo de haciendas.

Las costas, que se extienden en una península alargada de este a oeste, muestran un gran desarrollo. Bajo una tupida vegetación y tojos corretean zorros, perdices, conejos y liebres. Pueblo eminentemente pescador, la agricultura y la ganadería tienen escasos alcances.

Unas doscientas barcazas se dedican a la pesca de sardinas, congrios y mariscos. Hace unos años se instaló un parque eólico para la producción de energía que es el orgullo de la zona.

No es extraño ver trabajando a las Palilleiras, señoras o niñas que hacen encajes y hermosas puntillas que tienen gran tradición histórica. Existe un antiguo templo donde se venera la imagen de Nuestra Señora del Carmen. Es una piadosa devoción que los Posse en Argentina guardaron durante generaciones. También se venera la virgen de la Barca, patrona de la minería. Son famosas las procesiones por mar que se realizan en su día hasta el santuario del pueblo en Muxia, del otro lado de la ría.

Actualmente no existen miembros de la familia Posse en Camariñas pero se conserva una antigua casona conocida como la casa Posse.

La vida en el pueblo es apacible. Durante las tardes los vecinos inician eternos corrillos en los que se habla de cuanto acontecimiento pequeño o mayor pueda servir de motivo de conversación.

Algunos de esos grupos nos ven llegar con curiosidad esta mañana. Somos los primeros descendientes de aquel Posse, que regresamos al pueblo. Tengo la sensación de que en cada rincón enormes ojos escudriñan el interior del automóvil. Vuelvo a sentir, no se como explicarlo, una presencia amigable.

Encontramos a nuestro amigo Xosé Luis en el Club Náutico donde nos presenta su gente y recibimos muestras de simpatía más sinceras que recuerdo. Seguidamente somos agasajados con una típica comida gallega que me recuerda las especialidades gastronómicas de mi casa. Reconozco aquí las raíces de muchos aquellos secretos culinarios que celosamente guardaban las tías viejas.

A medida que me compenetro con la esencia de esa gente, percibo un espíritu familiar, como si todas aquellas características que distinguieron a la familia Posse tucumana fueran el directo fuera el legado de esta cultura tan rica y peculiar. Incluso en los ojos de sus mujeres se reflejan el color y el brillo de los de mi madre.¡Y han pasado ocho generaciones!

La sobremesa es muy amena. Ya hemos sido adoptados por todo el pueblo. Nos cuentan que las costas de Camariñas forma parte de la tan temida Costa de la muerte, llamada así por la gran cantidad de naufragios que allí se producen.

En virtud de ello es posible encontrar diseminados por toda la región a descendientes de los náufragos que optaron por quedarse, víctimas del embrujo del paisaje o de alguna mujer.

Hay una diversidad de apellidos griegos, alemanes, franceses y suecos por aquí .

Relato casi con temor aquella leyenda familiar acerca del origen remoto del primer Posse, quién habría sido un náufrago Vikingo. Acuciada nuestra curiosidad, nos dirigimos a la parroquia a revisar los libros que nos remontan a fines del siglo XVII. La primera sorpresa: este mismo día, siete de septiembre, nacía en 1.753 don Manuel Posse y Blanco. Curiosamente llegamos en su aniversario.

La falta de cuidado de los libros parroquiales produjo la destrucción de gran parte de ellos. La arqueología familiar tiene entonces un tope. Allí es entonces donde empieza la fantasía. Y si de ello hablamos, en Camariñas hay temas de los que no se habla, y de hacerlo se baja automáticamente la voz, quizás para no despertar la ira de los monstruos que, se asegura, habitan en las cuevas de los acantilados, allí, cerca de las ciudades sumergidas donde duermen doncellas encantadas. Alrededor de las ladéiras –fogones o chimeneas del hogar – se cuentan de los mouros o duendes que viven en los Castros, antiguas fortificaciones celtas hoy abandonadas.

En Camariñas existe el Castro de Mourín, donde se dice estuvo el primer asentamiento de la villa algunos cientos de años atrás. Según los ancianos, el demonio se aparece de distintas formas: el hombre de la barca, sujeto bien vestido que ofrece llevar al viajero hasta a otra orilla. En medio de la travesía se descubre por los pies su condición demoníaca y si no se lo conjura a tiempo, el viaje culmina en el Averno.

Hablan con mucho respeto de las meigas o brujas benignas que al parecer dieron origen al arte de las palilleiras. Rinden un riguroso culto a los muertos. Hace no mucho se oficiaba n misas para ahuyentar la presencia de los difuntos que se negaban a partir.

En ese mundo mágico todo es posible, si hasta se dice que el Paraíso Terrenal estaba en Galicia, que los ríos Miño y Sar eran el Tigris y el Eufrates, que Noe era Noia y que los gallegos son sus directos descendientes.

Escucho con interés estas leyendas, noto que los gallegos no son hombres de apreciaciones rotundas: nada es exacto para ellos, ya que tienen un alto sentido de la relatividad de la vida.

Nos sentamos en una fonda y veo un atardecer brumoso mientras los faroles del puerto comienzan a encenderse. La fiebre me ha vuelto y me desplomo. Siento frío. Entre penumbras veo a una pareja de jóvenes en el muelle. La muchacha es hermosa. Lleva una flor blanca en su pelo largo rizado.

Creo reconocer en él al joven de la Catedral. Su semblante esta desmejorado. A pesar de que van tomados de la mano algo parece distanciarlos. Desde donde estoy, escucho una acalorada discusión: él habla de sueños y realizaciones, ella de un hogar e hijos. Para él, el tiempo es infinito. Para ella es el del hombre un paso fugaz sobre la tierra. Ambos se alejan: él con su paso decidido, ella con su flor blanca, ahora casi marchita.

Me parece despertar en la habitación de un viejo dispensario médico. Cerca de mí está la joven del puerto, tendida y pálida como muerta. A su alrededor algunas mujeres del pueblo lloran desconsoladas. Oigo decir que la Carmiña se ha envenenado la noche que partió su Manuel a las Américas.

Por la ventana veo avanzar, silenciosa, una procesión que encabeza un cura que porta unos faroles; lo acompaña, en hilera, un grupo de lúgubre aspecto. Recuerdo entonces la leyenda lugareña de la Santa Compañía, la procesión de los muertos que vienen por las almas de los que agonizan. ¿Vendrán por mí ¿. El cura se inclina sobre mi lecho, me mira fijo y se vuelve hacia la joven.

Despierto rodeado de rostros amigables en una casa, donde me llevaron después de encontrarme en el muelle, sin sentido.

Durante dos días he estado con fiebre altísima y delirios. Ahora me siento bien, con hambre y curiosidad. Pregunto por la joven Carmiña que estaba a mi lado. Me miran extrañados, creen que sigo con desvaríos, allí no hay nadie con ese nombre.

Pero una anciana allí presente , en un momento en que estábamos solos en la habitación, me relata una vieja historia escuchada cuando niña: los antiguos pescadores hablaban de una joven llamada Carmiña, que se había quitado la vida luego de que su hombre partiera al Nuevo Mundo. Me dice que varios habían visto su espíritu vagar por el puerto durante las noches.

-Es solo otra historia de viejos. No le prestes mayor importancia. Los muertos no vuelven.

Restablecido del todo voy a la costa. Desde el faro Vilano, contemplo las escarpadas laderas de la ría que se levantan imponentes frente al bravío océano. Todavía medito sobre los extraños sucesos pasados. La búsqueda de mis remotos orígenes me trae a este mundo maravilloso donde la realidad y la fantasía parecen fundirse.

Embargado aún de sentimientos confusos, quiero pensar que ese joven aventurero es la sombra espectral de don Manuel, el padre fundador de mi familia americana. El lamento de su partida y la trágica historia que encierra parecen haberme alcanzado con su eco, como si su dolor hubiera abierto un hueco entre el espacio y el tiempo.

Una gaviota grazna cerca de mí, sacándome de mi letargo. En mis investigaciones he llegado a un punto límite. Todo me conduce a este lugar frente al mar donde parece haber comenzado nuestra historia familiar. Si hubo o no naufragio en su inicio, es una incógnita cuya respuesta parece encontrarse en esta inmensidad azul, donde nacen y terminan las leyendas.

Una ráfaga de viento me produce un escalofrío. Pongo mis manos dentro de los bolsillos del saco y toco un bulto pequeño: alguien a puesto allí una flor blanca.


Vinculado aManuel Posse Blanco, (*)

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