Maestre de Campo Juan Ignacio de San Martín Gutiérrez de Paz, (*)[1]

Varón 1686 - 1754  (68 años)


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  • Nombre Juan Ignacio de San Martín Gutiérrez de Paz  [2
    Título Maestre de Campo 
    Sufijo (*) 
    Nacimiento 26 Abr 1686  Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar. 
    Bautismo 16 May 1686  Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar. 
    Sexo Varón 
    Fallecimiento 3 Dic 1754  Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar. 
    ID Persona I6577  Los Antepasados
    Última Modificación 3 Feb 2018 

    Padre Juan de San Martín Humanés,   n. 1644, Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.,   f. Sí, fecha desconocida 
    Madre Gerónima Gutiérrez de Paz,   c. 1 May 1651, Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.,   f. 15 Feb 1714, Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.  (Edad ~ 62 años) 
    Casado 20 Feb 1678  Catedral Metropolitana, Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.  [4, 5
    • Lº Año 1678 Fº 74. Ts.: sargento mayor don Juan Pacheco y capitán Juan Guerreros. [3]
    ID Familia F3577  Hoja del Grupo  |  Family Chart

    Familia 1 María Rosa Ana de Avellaneda Lavayén,   c. 2 May 1691, Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.,   f. Sí, fecha desconocida 
    Casado 17 Jul 1714  Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.  [6
    Hijos 
    +1. Jerónima Isabel de San Martín Avellaneda,   c. 1 Dic 1716, Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.,   f. Sí, fecha desconocida
     2. Juana de San Martín Avellaneda,   c. 20 Ene 1718,   f. Sí, fecha desconocida
    +3. Roque de San Martín Avellaneda,   n. 14 Ago 1719,   f. Sí, fecha desconocida
    +4. Juan Ignacio de San Martín Avellaneda,   n. 30 Abr 1721,   f. 1778  (Edad 56 años)
     5. Carlos de San Martín Avellaneda,   n. 1725,   f. Sí, fecha desconocida
    +6. Francisca Javiera de San Martín Avellaneda,   n. 1728, Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.,   f. Sí, fecha desconocida
     7. Ana Martina de San Martín Avellaneda,   c. 16 Feb 1729,   f. Sí, fecha desconocida
    Última Modificación 13 Mar 2010 
    ID Familia F3854  Hoja del Grupo  |  Family Chart

    Familia 2 Ambrosia Rodríguez González 
    Casado Tipo: Unión de hecho 
    Hijos 
    +1. María de San Martín Rodríguez,   f. 17 Oct 1765, San Antonio de Areco, Bs. As., Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.
    Última Modificación 14 May 2017 
    ID Familia F50268  Hoja del Grupo  |  Family Chart

  • Notas 
    • JUAN IGNACIO DE SAN MARTIN GUTIERREZ DE PAZ - cuyo segundo nombre nunca usó - fue mellizo de José. Nació pues el 26-IV-1686, y lo bautizaron en su casa el 16 de mayo siguiente. De su infancia y primera juventud nada se sabe. Consta que en 1712, siendo ya hombre hecho y derecho, se inició en la función pública como Alcalde de la Santa Hermandad; es decir como justicia y policía de campaña; cargo con que su padre iniciara su foja de servicios. En oportunidad de esa elección, efectuada el 29 de agosto por el Cabildo, mi antecesor estaba "en campaña", o sea en el campo; por lo que el 22 de septiembre siguiente se hizo cargo del puesto, previo juramento de estilo que prestó ante sus colega, entre los que se contaba el Regidor Gaspar de Avellaneda quien, poco más tarde, convertiríase en suegro del flamante comisario rural.

      Prosigue el cursus honorem con el carnis lucrando

      En 1714, los "curulis" porteños eligen al Capitán San Martín Alcalde de 2º voto, por 5 sufragios contra 4. Votaron a favor suyo el 1º Alcalde Baltasar de la Quintana Godoy y los Regidores Juan Bautista Fernández, Alonso de Berezosa Contreras, Josef Ruiz de Arellano y Pablo Ramila. No apoyaron el nombramiento sus pares Gaspar de Avellaneda (y ello sorprende porque María Rosa, la hija de él, se casaría 6 meses más tarde con San Martín), Antonio de Larrazabal, José de Narriondo y Juan José Moreno. En noviembre de ese mismo año, a causa de haber muerto el Alférez Real titular José de Arregui, el Alcalde de 2º voto San Martín hízose cargo provisionalmente de tan honrosa función, rindiendo el indispensable pleito homenaje, puestas sus manos entre las del 1º Alcalde Pablo González de la Quadra, "y juró a lei de Cavallero yjodalgo según leyes de Castilla". Posteriormente, "por vía de arrendamiento", se recibió de Alférez Real Gregorio de Avellaneda - cuñado de San Martín - previa presentación de su título otorgado por el Gobernador García Ross.
      A fin de integrar unas " comisiones" proyectadas "para el buen régimen de esta República", que el Gobernador Bruno Mauricio de Zabala mandó establecer en "los pagos de la Matanza, la Costa, Las Conchas, La Magdalena, Luján, Areco, Cañada de la Cruz, Arrecifes, Cañada Honda, Hermanas, Hornillos y Espinillos", el Cabildo resolvió, el 25-I-1717, nombrar miembro de la comisión de "Arrecifes y Cañada onda" al Capitán Juan de San Martín quien, tras el juramento de estilo, aceptó la designación el 3 de febrero.
      Dos meses antes (2-XII-1716), dicho Capitán, en calidad de simple vecino, había presentado un memorial al Ayuntamiento en el cual pedía, "como accionero al ganado de la otra vanda de este río, licencia para hazer recogida de Veinte mill cavezas", con el compromiso de "traerlas para el abasto de esta ziudad"; propuesta que los Regidores acordaron "únicamente para el fin que se pide y no para otro, con aperzibimiento de que haciendo lo contrario se le dará toda la tropa por de comiso".
      Casi dos años después, el 9-IV-1718, nuestro hombre reiteraba al Cabildo aquella solicitud para vaquear "veynte mill cavesas de ganado en la otra vanda"; solicitud que las autoridades despacharon con informe favorable. Empero según parece, el "accionero" referido no tenía apuro en cumplir con el compromiso pendiente, ya que, el 24-III-1721, los cabildantes entonces encargaron al Alcalde Amador Fernández de Agüero, "pressise a don Juan de San Martín que tiene porción de ganado vacuno (adjudicado), cumpla con la condición conque se le concedió la licencia para la recoxida en la otra vanda, que es la de avastecer esta ciudad, al precio y con las pensiones acostumbradas" (limosnas de carne que, desde la fundación de Buenos Aires, se daban a los pobres y a la viudas). Mas como la "postura"u oferta que ofreciera San Martín al Municipio, relativa al "avasto de carne de este presente año", era "exhorbitante", los ediles porteños acordaron que el abastecedor debía obligarse, "desde la víspera de Pasqua (1721), a faenar al mismo precio y con las obligaciones que lo executó el Capitán Juan de Sosa" - precedente concesionario en suministrar reses para el consumo local. Dicha resolución capitular, "en todo su contenido" le fue notificada al interesado, quien, de no suministrar carne al precio de Sosa, le serían impuestas "las conminaciones y penas que fueren conbenientes". San Martín, tras esto, respondió por escrito al Cabildo, pidiendo no lo apremiaran "para que abastezca a esta ciudad de carne este presente año", y que "se le absuelva de las pensiones (a viudas e indigentes) que corren desde la fundación de esta ciudad". Al cabo de prolongada tramitación, el 9-VIII-1723, mi antepasado "se desiste de la postura hecha a la vaquería que se ha de hazer", pues otras responsabilidades mucho mas importantes que negociar en su exclusivo provecho, se le plantearon de improviso.

      Expedición contra los chúcaros aborígenes de la orilla vecina

      Mientras San Martín tramitaba el cárnico negocio referido, el Gobernador Zabala mandó destacar a la otra banda del río un contingente de 50 hombres, "a cargo de una persona de la satisfacción deste Ilustre Cabildo", a fin de que ese pelotón armado pusiese término a la matanza de reses que "en los campos de San Gabriel", de las misiones jesuíticas ribereñas del Paraná y del Uruguay, hacían los indios "tapes", de origen guaraní.
      En el acuerdo del 16-II-1722, al Cabildo le pareció "corto" el número de "sinquentta hombres para que pasen a dicha otra vanda, donde havitta gran número de Yndios ynfieles", y estimó que por lo demás debían mandarse allí "cien hombres españoles y los mulatos e yndios que se pudieran, para que vayan a cargo y comando de Don Juan de Sanmartín, persona de la satisfacción de este Ilustre Cavildo"; cuya competencia y valor personal desechaba toda posibilidad de que "las armas de S.M. no sean tratadas con el respeto que se le deve, y desto acaezcan algunas ynconsequencias". Con San Martín cooperarían también los indios de la reducción de "Santo Domingo Soriano" establecida allá cerca. Y en cuanto al Capitán Juan de Rocha, que en esa banda oriental estaba recogiendo sebo y grasa para el abasto de la ciudad, no debía ser molestado en su faena por los expedicionarios.
      De los aprestos para tal incursión, ocupóse el Ayuntamiento en sus sesiones del 20 y 29 de febrero y 23 de marzo de aquel año. Através de la lectura de las respectivas actas se desprende el empeño que los Regidores tenían en despachar cuanto antes el bélico conjunto. Por otra parte, las instrucciones y el auto por el cual el Gobernador Zabala comisionó a mi lejano abuelo para dicha empresa, suscriptos el 26-II-1722, en lo fundamental, puntualizaban: "Hago saber a todos los vecinos de esta ciudad que se hallaren en la otra banda de este río en cualquier faena y otras cosas, que a proposición del Cabildo y de mi orden ... el Capitán Don Juan de Sanmartín, comandando la gente que lleva a su cuidado (vá) a diferentes diligencias del bien y utilidad de esta república; por cuya razón ... le den auxilio ... franqueándole los caballos y demás cosas que pidiere" (so pena de 200 pesos de multa). El Capitán, con la fuerza de su mando, estará en el puerto del Riachuelo pronto para embarcarse, luego que lo permita el tiempo ... y repartirá a su gente las armas y municiones que se le entregaron hoy, en estos reales almacenes ... y hará se embarque dicha gente en las lanchas que están allí prevenidas, de Felipe de Zales y de Joaquín de Olazeguise ... dando orden a los Pilotos para que vayan a desembarcar al puerto de las Vacas (Arroyo en la vecina orilla). Luego que llegue frente a las Vacas (San Martín) se desembarcará con toda su gente, formándola y poniéndola según reglas militares y les dará orden para que ninguno se desmande, y seguirá las marchas regulares reconociendo la campaña. Si encontrare en ella algunas tropas de indios tapes que están vaqueando, dará orden a la gente de su comando para que no haga movimiento ni demostración alguna, y estará (se entenderá) con la persona que hiciere cabeza de dichas tropas. Con toda urbanidad y cortesía le requerirá (al cabecilla aborigen) una, dos y tres veces se retire a sus doctrinas, y dejen los indios en aquellas campañas las vacas que hubieran recogido; y si se excusan de ello, los volverá a requerir y mandar se mantengan en los sitios donde los hallaren con las vacas hasta nueva orden mía (de Zabala). Si hallare dichos indios tapes vaqueando, pasará a reconocer dichos campos e informará cuantos indios ha habido vaqueando, y que número de vacas sacaron. Si encontrase indios minuanes, les dirá como va de mi orden a hacer la diligencia referida, y si los minuanes lo embarazan en el reconocimiento de las campañas, los tratará como a enemigos de la Corona, y procurará castigarlos, de suerte que las armas del Rey queden con el lucimiento que se espera de su prudencia y experiencia".
      Nada mas conozco acerca de tal operación militar. El 9-VIII-1723, como vimos más atrás, se produjo la renuncia de San Martín "a la vaquería que se ha de hazer"; y, en adelante, los acuerdos del Cabildo no aluden para nada a aquella expedición rumbo al otro lado del estuario. En cambio, en septiembre de 1724, en una lista de la personas a quienes se adjudicaron permisos para exportar cueros, aparece San Martín como fiador de Juan de Rocha, que "tiene dos mill cueros", y al año siguiente (1725), nuestro hombre resultó elegido, por el Cabildo, Alcalde de 1º voto.

      Vaqueadas en gran escala del personaje de esta historia

      Como apoderado - socio probablemente - de Juan Rocha, San Martín solicitó al Cabildo, en 1726, no se obligara a su mandante a traer a "la Tablada de Areco" una tropa de 13.000 vacas, que aquel había rejuntado tras dos grandes vaquerías en la Banda Oriental; cuya hacienda pastoreaba, a la sazón, en "los arrecifes", donde el solicitante tenía sus estancias. Rocha habíase obligado a distribuir dichas reses "en bien de la ciudad", no solo en el abastecimiento de su población, sino que además debía repartir, con igualdad, cierta cantidad de carne vacuna entre los conventos de Santo Domingo, Sagrada Recolección, Nuestra Señora de la Merced y el Colegio de la Compañía de Jesús. Asimismo, por esas fechas, San Martín presentó al Ayuntamiento otra solicitud a nombre de Andrés López Pintado, "vecino de la ziudad de Santa Fé", a fin de que las autoridades no pusieran inconvenientes a la vaquería que el mencionado santafesino estaba efectuando en carácter de aparcero de Rocha - y del propio San Martín, se me ocurre. También, el 24-III-1730, tuvo entrada en el Cabildo una petición de "dn. Juan de Zamartín, que haze postura al avasto de la carne de vaca". Los capitulares entonces, "mandaron se escrivan papeles a los criadores de ganado vacuno participándoles dicha postura por si quisieren mexorarla". No obstante, cinco días más tarde, el Procurador de la ciudad impugnaba dicha postura, debido a que el precio establecido venía alterado, "y por que ai quien mate sin alterar el precio". En consecuencia, la propuesta de nuestro personaje fue rechazada.
      Durante el mismo año, en una nómina de vecinos a quienes se repartieron los cueros para la exportación, San Martín figura como fiador del Capitán Cristóbal Cabral (dueño entonces de la futura chacra de Aguirre - hoy Museo Pueyrredón - en "el pago de la Costa"); así como lo fue de Juan de Rocha "para el seguro de la vaquería". Y respecto a esa actividad tan lucrativa en aquellos tiempos, diré que, el 12-I-1731, San Martín presentó un memorial al Ayuntamiento en el que pedía licencia para llevar a la provincia del Tucumán 8.000 vacas; permiso que los Regidores suspendieron "hasta que se vea el escrutiño mandado hacer el año pasado", sobre la cantidad de reses para el abasto, que tuvieron los estancieros en los "pagos de Matanza, Magdalena, Conchas y desde Luján en adelante, hasta el confín de esta jurisdicción".
      En 1736, don Juan fue nombrado por el Cabildo, junto con José Ruiz de Arellano, para desempeñar una comisión reservada en el "Sitio de la Colonia de Sacramento"; comisión que San Martín "dixo que no obstante de allarse enfermo aceptava el nombramiento, por ser en servicio del Rey". De igual modo, a tan solícito servidor, dos años después el Cabildo le designó para que levantara el Padrón vecinal y la matrícula de las estancias y estancieros en la campaña bonaerense, que el designado conocía palmo a palmo, no solo por haberla recorrido en varias oportunidades como militar, sino por explotar además, en el pago de Arrecifes, un vasto conjunto territorial de pastoreo, cual se detallará más adelante.

      Renovada batida y profusa represalia contra los salvajes del desierto

      La guerra continua que los indios pampas hacían a los españoles venía desde el principio del gobierno de Salcedo - dice el Deán Funes en su Ensayo, inspirado en la Historia del Padre Lozano. Aquel Gobernador, en 1738, mandó arrojar de su toldería al cacique "Mayupilqui", único capitanejo de los "taluhets" que estaban en paz con europeos y criollos, y que por defender las poblaciones cristianas no gozaba de la amistad de las otras tribus salvajes. Tal acción impolítica cambió totalmente el panorama, y los caciques "Tseucanatu" y "Carulonco", al frente de algunas partidas, en son de desquite cayeron sobre los pagos de Areco y Arrecifes, asolándolos por sorpresa. Así las cosas, el Capitán Juan de San Martín, de orden superior, salió a reparar esos agravios a la cabeza de 400 hombres, y se internó 50 leguas hasta las últimas estancias de la frontera, donde halló dos cadáveres cristianos "hechas pedazos las cavezas a alfanxasos", sin encontrar a los asesinos, no obstante explorar 30 leguas más en pleno desierto. Luego de esta recorrida inicial, San Martín regresó a la ciudad, a dar cuenta de su campaña; y las autoridades, seguidamente, dispusieron que el mencionado militar llevara a cabo una gran entrada punitiva contra los bárbaros, que debía efectuarse por el mes de septiembre, de mancomún con la expedición que periódicamente se despachaba a las Salinas Grandes.
      La fuerza bajo las órdenes de San Martín - ascendido a Maestre de Campo - se componía de 600 efectivos; 400 soldados de caballería "nativos de la tierra", 100 portugueses - prisioneros - para la infantería, amén de otro centenar de peones auxiliares. Tanto el personal combatiente como el otro, contaba con su dotación completa de oficiales, y con dos capellanes encargados del servicio espiritual. En cuanto a los pertrechos guerreros; la tropa iba provista con 4 cañones, 150 fusiles, 100 carabinas e igual número de lanzas y espadas anchas, 50 pistolas y pólvora, balas y cartuchos para las armas de fuego. Fuera de la caballada y de los bagajes precisos, marchaba con la hueste un arreo de 2.000 vacas de consumo; y como munición de boca se cargaron en carretas los clásicos "vicios" del milico criollo de todos los tiempos; botijas de vino y aguardiente, tercios de yerba, arrobas de tabaco y quintales de biscocho. Antes de ponerse en camino la bélica columna, el 29-VIII-1739, el Cabildo acordó "era muy conbeniente que se le mande cantar una misa al glorioso Patrón el Señor San Martín (homónimo del Maese de Campo responsable de la jornada) por el buen éxito de la expedición presente".
      Al frente de esos 600 hombres, San Martín enfiló hacia el sudoeste, en busca del enemigo que se retiraba presuroso. Al alcanzar los toldos del cacique "Calelián" - que nada tuvo que ver con los recientes malones - mi impetuoso antepasado - tal como su padre en análogas circunstancias -, arrasó la toldería sin contemplaciones, dejando gran cantidad de muertos entre mujeres y niños. Ello desató en todas partes el levantamiento de la indiada enardecida; y el joven "Calelián" - hijo de la víctima -, al frente de sus lanceros, destruyó la villa de Luján, ebrio de venganza. San Martín acudió al auxilio de ese pueblo, pero llegó tarde y no pudo evitar el pillaje feroz. "Este general - escribe el Deán Funes - no acostumbraba a volver su acero a la vaina como de ella salió; con tal que lo ensangrentase, para él le era indiferente que fuese en sangre de amigos o de enemigos". Un grupo de "huilliches" que vino desarmado a recibirlo, fue exterminado por orden suya. "El odio indiscriminado de San Martín - agrega Funes, con evidente malquerencia hacia mi 6º abuelo - elejía víctimas a su antojo". Y parece que a orillas del río Salado, de un pistoletazo dado de su propia mano, el nombrado jefe le quitó la vida al cacique "Tolmichi", que ahí plantara las tiendas de su tribu bajo la garantía del Gobernador Salcedo (tío abuelo de mi 6º abuelo José de Salcedo).
      Estas reacciones despiadadas de la civilización, exasperaron a los salvajes y, en 1739, los "puelches" y "moluches" unidos a otras parcialidades, devastaron a sangre y fuego muchas poblaciones y estancias en una extensión de más de 100 leguas, desde la frontera de Córdoba y Santa Fé hasta la costa del Río de la Plata.
      "Cangapol el Bravo", cacique de los "tehuelches" que moraban en la sierra de "Casuatí" (de la Ventana), abrió también las hostilidades contra los cristianos, con más de mil guerreros, entre "tehuelches", "huilliches" y "pehuenches. Invadió el pago de la Magdalena, solo distante 4 leguas de Buenos Aires; y sus hordas agilísimas, "en un día y una noche", pillaron y talaron a los más ricos campos de la zona. muchos pobladores blancos fueron muertos, y sus mujeres y niños llevados cautivos al fondo de la pampa, junto con el abundante botín de 20.000 cabezas de ganado vacuno y gran número de caballos.
      Pero la ferocidad de esta guerra de mutuas represalias no podía prolongarse indefinidamente. En realidad San Martín - como sus futuros émulos militares hasta la total conquista del desierto, en 1879 por Roca - nunca logró atrapar a la indiada combatiente en campo abierto, a fin de aniquilarla en batalla decisiva. No bien se internaban los soldados del orden en la llanura, retrocedían los salvajes velozmente para contraatacar con malones repentinos en los lugares más desguarnecidos; en tanto las milicias hispano-criollas alcanzaban apenas a destruir una que otra toldería, donde se rezagaron algunos viejos caciques con la "chusma" indefensa.
      La expedición que me ocupa habíase puesto en marcha desde Luján, en un viaje directo hasta la "laguna de la Sal" (hoy en la provincia de La Pampa). De ahí rumbeó hacia el Este, fraccionada en partes volantes que se propusieron batir a los levantiscos infieles establecidos, supuestamente, en "Casuatí" y "en el lugar que se dice Tandil". Al no encontrar enemigo ninguno en tales regiones, volvieron los expedicionarios a Buenos Aires; y al atravesar el río Salado por la "isla llamada del Carbón", como broche final de la maloca, aplicaron su rigor contra la tribu del curaca llamado "Maximiliano", acampada en ese punto, la que drásticamente resultó suprimida.
      El saldo de esta campaña encabezada por mi antepasado no fue del todo negativo, ni se redujo a una serie de crueldades inútiles. Nuestro Maestre de Campo lejos de ser despojado del mando - según lo escribió el jesuita Falkner y repitieron más tarde Lozano y Funes -, fue honrado por el Cabildo, cuya corporación, en acta fechada el 28-XI-1739, protocolizó "que cuanto acaba de llegar de la corrida el Maestre de Campo D. Juan de Samartín con todo su destacamento, con felicidad y buen suceso, se acordó que dichos señores Alcaldes pasaran a darle la bienvenida de parte de la ciudad".

      Tras los fierros, el plomo y la sangre, los evangélicos intentos de pacificación

      El enérgico castigo recibido por algunas agrupaciones "tehuelches" y "huilliches" - o sean pampas serranos -, llenó de terror a los "puelches", que vivían cerca de los españoles, y los jefezuelos determinaron presentarse a las autoridades de Buenos Aires para pedir la paz. Al efecto - consignaba el Padre Lozano - ocurrieron los indios ante el Gobernador Salcedo "primeramente, y ante el Capitán San Martín después, solicitando que ratificaran la vieja paz y amistad con ellos. Se les dijo que no había inconveniente, pero había de ser con la condición de que se reunieran en una Reducción y se informaran del espíritu y de las leyes cristianas. De lo contrario se los consideraría como enemigos declarados del nombre español". Los pampas aceptaron esas condiciones, "y prometieron reunirse en pueblo para conocer y practicar la vida de los cristianos". Salcedo encomendó, por tanto, a los jesuitas la tarea de congregar y adoctrinar a dichos indios; y el Provincial Antonio Machoni, dispuso que los padres Manuel Querini y Matías Strobel - diestro "en el arte de convertir fieras en hombres" - fundaran, en adecuado sitio, la condigna Reducción.
      El Cabildo, a su vez, en acuerdo del 9-II-1740, destacó que "por interposición espresa del Maestre de Campo Don Juan de Samartín, se ha conseguido la especial gloria de que expontáneamente hallan venido los indios pampas infieles a pedir doctrinantes, para convertirse a nuestra Santa Fé Católica y conocer a nuestro Creador y Redentor Jesucristo"; por lo cual - resolvía el Cabildo - "se le den las gracias al referido Maestre de Campo por el celo con que ha concurrido y concurre a esta dependencia".
      El padre Strobel, luego de una exploración preliminar, eligió como mejor asiento para la reducción en cierne, unas tierras en la otra banda del río Salado. En consecuencia, una vez congregada la tribu "puelche" a la vera del Riachuelo - en el puente de Galvez o de Barracas, cree el historiador Furlong -, el 9-V-1740, desde esas afueras urbanas, los doctrineros acordaron partir hacia aquellas tierras distantes del sur, llevando consigo algunos carpinteros y albañiles guaraníes, a fin de establecer allá la misión proyectada.
      Juan de San Martín, en tal oportunidad presidía la concentración referida, habló a los futuros neófitos pampas "con unas palabras bien cristianas y bien ponderadas" - según Lozano -, explicándoles "la obligación que tenían de obedecer a Cristo y a su Evangelio, y para esto ser fieles a los Padres de la Compañía; solo así - dijo - "serían verdaderos vasallos del Rey Católico". Acto seguido, el jefe guerrero se puso a disposición de los misioneros, "entregándoles solemnemente los indios", en tanto los Padres ocuparon "el lugar de honor en que aquel se hallaba". Al frente de la tropa, sin embargo, viajó San Martín con ellos hasta las márgenes del Samborombón, donde se despidió de Querini y de Strobel, para tornar a la ciudad; mientras los valientes misioneros de Cristo, seguidos por la caravana indígena, entraban en el desierto para instalarse en él. Y el 26 de mayo, al otro extremo del Salado, en el lugar llamado actualmente "Lomas de Santa Isabel", en medio de los campos que formaría después la estancia "El Rincón de López", quedó establecida la Reducción jesuítica "de la Concepción"; cuya existencia, por falta de recursos resultó precaria, ya que doce años más tarde, en 1752, el reducto civilizador de referencia tuvo que ser abandonado por los religiosos.

      Como se dispuso entretanto la defensa de los campos fronterizos

      En 1740 el Gobernador Miguel de Salcedo encargó a San Martín organizar un servicio regular de vigilancia para la campaña, en momentos de verdadero riesgo, ya que aquel terrible "Calelián" acababa de convocar a los "aucas" (de origen "araucano", genéricamente conocidos por "pampas", venidos de Chile a robar el ganado de las planicies bonaerenses; "auca", en su lengua, significa "alzado", "rebelado"), y con ellos preparaba un ataque en gran escala contra los cristianos.
      Nuestro Maestre de Campo al frente de sus escuadrones salió de recorrida por las estancias del distante confín; en tanto el Capitán Pablo Barragán, con 130 milicos, era enviado a la novísima Reducción jesuítica "de la Concepción", a efectos de protegerla de algún asalto posible. Por otra parte, los vecinos del pago de la Magdalena ofrecieron sus servicios al Cabildo "para salir con doscientos sinquenta hombres a restaurara los cauthibos y hasiendas robadas en dicho pago". Mas, a pesar de todo, las cafilas "aucáes", burlando a las patrullas del gobierno, en el corto espacio de casi dos meses - de fines de agosto a principios de noviembre - llevaron a cabo tres sorpresivos malones: en Fontezuelas, en Luján y en la Matanza; deteniéndose los indios a solo 7 leguas de Buenos Aires, en las proximidades del oratorio de la estancia de "San Antonio del Camino" (futuro pueblo de Merlo).
      Los estragos cometidos por los bárbaros de "Calelián" resultaron considerables. El Cabildo, consternado, acudió al Gobernador en demanda de "armas, bíberes y peltrechos", destinados al refuerzo de la defensa territorial que pusiera coto a tales desmanes; pero - cual apunta el historiador Marfany - "las gestiones no tuvieron mejor resultado porque también estaba exhausta la real hacienda, a causa de los excesivos gastos que se habían hecho en el bloqueo de la Colonia del Sacramento, para expulsar a los portugueses que la ocupaban".
      A su vez, el 8 de diciembre, el Maestre de Campo San Martín, desde su campamento en la Matanza, donde se encontraba movilizando sus elementos de combate, les daba cuenta a los Regidores porteños, por escrito, como le habían fallado 215 hombres: "los que presentaron el memorial ante el señor Governador". Se quejaba el remitente porque de la Magdalena no le llegaron más que 35 voluntarios de aquellos 250 milicianos que prometieron enviar sus vecinos. Señalaba también que los hombres venían a pié, atenidos a que el Maestre de Campo les diese los cavallos para la entrada"; y que el infrascripto mandó recoger "quantos cavallos a havido", pero fueron muy pocos, a causa de la falta de agua y pasto por la gran seca que soportaba la región. Concluía San Martín manifestando que, en tales condiciones de inferioridad militar no podía moverse, ni emprender ninguna acción guerrera.
      El 11-II-1741, nuestro comandante enviaba al Cabildo otra comunicación por la cual solicitaba se proveyera de carne a los efectivos de su mando, pues "no avían podido conseguir matadero alguno para cómodamente servir a Su Majestad, por la mucha pobresa en que se allan". Y a fines de ese mismo año, el 17 de diciembre, pedía dicho jefe, por sí y por los demás vezinos de campaña", licencia para ir en busca de sal a las Salinas Grandes, sin necesidad - puntualizaba - "de escolta ni víveres, sino que cada qual yrá a sus espensas". Y el Cabildo resolvió dar ese permiso únicamente a "los vezinos, y que dicho Maestre de Campo por aora no salga en persona, sino que remita sus carretas", donde se cargarían en los yacimientos salineros.
      En una de las tantas actas cabildeñas, encuentro que el año 1745 se le pidió, a mi antepasado, razón de los pertrechos de guerra que oportunamente recibiera para enfrentar a los infieles; lo que este satisfizo en seguida, exhibiendo 18 comprobantes de recepción de aquellas armas y municiones, en cada caso. También el 13 de diciembre de ese año, el Gobernador Andonaegui le propuso al Ayuntamiento que de los "propios y arbitrios" de la ciudad, se le fijara "alguna ayuda de cozta a Dn. Juan de Samartín ... en quien concurren las circunstancias exensiales para el efecto", pues dicho jefe necesitaba "subvenir a los grandes gastoz" para mantenerse en su empleo con la "desensia devida". Empero los capitulares no hicieron lugar a la propuesta del Gobernador, porque si bien "el Maestre de Campo don Juan de San Martín tiene todas las prendas de experiencia, celo y actividad que Su Señoría propone en su carta ... respecto de que se le consigne alguna costa anual por el trabajo que ha de tener, en este ejercicio ... debe (el Cabildo) hacer presente a Su Señoría que ... los propios de la ciudad no son suficientes para sus gastos precisos ... y no alcanzan para la consignación que Su Señoría se propone".
      El 3-III-1746, "Su Señoría" Andonaegui remitió al Cabildo un título de Maestre de Campo despachado a favor de Juan de San Martín, a objeto de que la corporación se lo entregara en propia mano al interesado; cosa que el Cabildo hizo, muy protocolarmente, por intermedio de los Regidores Juan Vicente de Vetolaza y Juan de Eguía, éste último yerno del militar dignificado.
      Un par de meses después, el 20 de mayo, el Maestre de Campo que me ocupa, pidió al Ayuntamiento le remitiera 100 lanzas, "para acabar de armar a muchos pobres vecinos que no tienen forma de costearlas". Expresaba el solicitante que él ocurrió con anterioridad al Gobernador, el cual solo le mandó 60 lanzas, "diciendo no haber providencia en los almacenes". Enterados de esto los Regidores, acordaron que por ser tan preciso lo que se pide, por resultar en vien común, podrá dicho Maestre de Campo mandarlas hacer (a las chuzas) a los maestres herreros o armeros que huvieran en esta ciudad, procurando la mayor equidad en el precio". Y el 15 de septiembre siguiente, San Martín comunicaba al Cabildo como "por hallarse enfermo e incapaz de poder personalmente hacer entrada a reconocer las campañas y buscar los indios infieles que hostilizan estas fronteras", dispuso una expedición punitiva de 400 hombres "al mando del Sutheniente Juan José de Islas", para quien solicitaba 100 pesos "de ayuda de costas"; y además pedía "un capellán y cirujano", para sobrellevar las contingencias espirituales y temporales que pudieran ocurrir y, de esta suerte, la expedición "vaya con la gente contenta y consolada".

      Los dispendios castrenses pesaban sobre el bolsillo del galoneado veterano

      En otra oportunidad, el 2 de diciembre, San Martín pidió licencia al Gobernador para "sacar" - es decir exportar - a la provincia de Paraguay, "mill cavezas de ganado bacuno novillaje", a fin de que con la venta de esas reses aligerar los gastos que le ocasionaba su cargo de Maestre de Campo, pues dijo no tener otros recursos para "alivio de su casa y familia". Andonaegui remitió esa solicitud al Cabildo, y allí originóse un interesante debate. El Alcalde de 1º voto Juan Martín de Mena Mascarúa manifestó que, en su opinión, se debía otorgar la licencia que pedía San Martín, y que tales 1.000 cabezas no podían perjudicar demasiado a la causa pública, siempre que no se extrajeran otros ganados a espaldas del Cabildo, lo que no era de creer hiciera el interesado, "dado el celo y buen proceder de dicho Maestre de Campo, a quien no se le debe negar lo que pide, por ser cierta la relación que hace en su memorial, y también los servicios al Rey y a la República que actualmente está prestando con afán y dispendio de su sosiego"; pero - precisaba Mena - dicha licencia no ha de "hacer exemplar (crear precedente) para otros en quien no haya los motivos expresados u otros equivalentes que puedan obligar en lo venidero".
      A continuación el Alcalde de 2º voto Gaspar de Bustamante adhirió a los conceptos de su colega; como igualmente lo hicieron el Alguacil Mayor Antonio de la Torre y los Regidores Vicente Vetolaza y Juan de Rivas. En cambio Juan Antonio Giles - fuerte estanciero en Areco y vecino de San Martín - fue "de sentir que no se conceda la dicha licencia, en atención a estar destruídos y consumidos los rodeos del ganado del abasto de la ciudad"; a causa de las crecidas cantidades de vacunos que se sacaron fuera de la jurisdicción bonaerense; del gran desorden con que se efectuaban las matanzas; de las extraordinarias desolladuras que tuvieron que hacerse a fin de completar las porciones de corambre exportadas en los navíos de registro; además de toda la hacienda que los indios se robaron en sus malones recientes. Por cuyos motivos - advertía el cabildante Giles - era necesario "celar la extracción de dicho ganado, para que no llegue a su total exterminio, y hasta que vuelvan a restablecerse los rodeos con las nuevas crías".
      Finalmente el Regidor García de Zúñiga expuso que, "según la experiencia que tiene, el año pasado se juntaron de diezmo 10.000 cabezas de ganado y este año 12.000", lo que señala un aumento y no una merma en los animales del abasto; en consecuencia votaba de acuerdo con la opinión del Alcalde de 1º voto - o sea de la mayoría - en el sentido de concederle a San Martín la venia para sacar esas "mill cavezas de ganado bacuno novillaje", de su estancia en Arrecifes, y arrearlas hasta el Paraguay donde serían vendidas.

      Los campos del protagonista de esta histórica narración

      La dilatada superficie campera que explotaba Juan de San Martín Gutiérrez de Paz, encerrada entre los ríos Arrecifes, Baradero, Areco y la Cañada Honda, comprendía a cuatro estancias, que con el correr del tiempo se integraron mediante la suma de ocho fracciones originariamente distintas; la mayor parte de ellas compradas o recibidas de merced por los antepasados del titular, quien, a su vez, las heredó; en tanto otras fueron adquiridas por su dueño directamente de terceros. En la manifestación de bienes que este hizo, el 30-VI-1714, en vísperas de casarse con María Rosa de Avellaneda Lavayén Ponce de León, declaró poseer cuatro estancias; una sobre la Cañada Honda con dos leguas de frente a ambos extremos de ella. Otra a la margen del río Paraná (que fue de Ramón Machado), de una legua y media de frente e igual extención de fondo. Otra, con dos leguas de frente al río Paraná, llamada "El Rincón de Baradero". Y otra más sobre el río Arrecifes. En tan vasto circuito territorial pastoreaban entonces 10.500 yeguas, 850 mulas, 3.500 vacas, 220 burros, 300 caballos y 3.000 ovejas.
      Aquellas ochos distintas fracciones originarias que conformaron dichas cuatro estancias, vinieron a poder de Juan de San Martín Gutiérrez de Paz en la siguiente forma:
      1ª) En 1645 Bartolomé Burgos le vendió a Roque de San Martín (abuelo) 3000 varas de unas tierras frente al río Areco, que Burgos heredó de su mujer Catalina de Encinas.
      2ª) En 1681 los cónyuges Antonio Romero y Francisca Bernal de los Cobos transfirieron al Capitán Juan de San Martín (padre) una suerte de estancia en la otra banda del río Areco y sobre el río Baradero; estancia que dichos vendedores hubieron por herencia del padre de Antonio; Juan Romero: el cual, a su turno, había heredado esa tierra de su madre, María de Garay (hija de Juan de Garay "el Mozo" y nieta del Fundador de Buenos Aires), esposa de 1as nupcias de Bartolomé Pintos, y de 2as del Sargento Mayor Diego Romero, abuelo de los enajenantes.
      3ª) En 1682, Ambrosio López Camelo vendió a Juan de San Martín (padre) una legua de terreno sobre el río Baradero, que lindaba, "por la parte de arriba" con tierras de Juan Romero (antes de Juan de Garay "el Mozo"), y por "la de abajo" con tierras de Miguel Pintos (que pertenecieran también a Garay "el Mozo").
      4ª) En 1685 María de Garay (tataranieta del Fundador), viuda de Juan de Godoy, le vendió a Juan de San Martín (padre) unas tierras sobre el río Arrecifes, lindantes por el Norte con Gaspar de Godoy (marido de Isabel Gómez de Sarabia), y por el Sur con tierras del comprador San Martín. Correspondieron esas tierras a la vendedora por haberlas heredado de su madre Juana Pintos, esposa de García Espinosa.
      5ª) El 30-III-1686, el Gobernador José de Herrera Sotomayor otorgó de merced a Juan de San Martín (padre), una fracción de campo sobre el río Arrecifes, "desde el lindero de Gaspar de Godoy, río arriba, hasta topar con la primera merced que hallare"; y también lo agració dicho Gobernador a San Martín (padre) con "todas las tierras que estén vacantes entre los ríos Arrecifes y Areco, con el arroyo que llaman el Sauce (hoy Cañada del Jugüel), Camino Real que va a la ciudad de Santa Fé". Tales campos lindaban, por el Oeste con la vieja merced de mi antepasado Rodrigo Ponce de León (que adquiriera en 1729 Nicolás de la Quintana, otro antecesor mío), y por el Este con más campo de San Martín .
      6ª) El 14-V-1697, Francisco de Cabrera vendió a Juan de San Martín (padre), 333 varas de unas tierras "en el Rincón del Río Baradero", las cuales limitaban por el Sur con las del Capitán Ramón Machado y las de Gregoria Cabrera, viuda de Diego Giles; y por el Norte con campos del comprador San Martín. A Cabrera habíanle correspondido esas tierras por herencia de sus padres.
      7ª) el 4-X-1714, Juan Giles le vendió a Juan de San Martín Gutiérrez de Paz 333 varas de tierra "frente al Río Paraná en la Cañada Honda", linderas por el Norte con tierras del comprador, y que el vendedor heredó de su madre Gregoria Giles.
      8ª) También ese 4-X-1714 Juan de San Martín y Gutiérrez le compró a Tomás Monsalve, un campo de 3.000 varas de frente por 9.000 de fondo, que se ubicaba "en la otra parte de la Cañada Honda", y limitaba "por abajo" con tierras pertenecientes al dicho San Martín, y "por arriba" con las de Sebastián Machado. El referido campo fue heredado por Monsalve del Capitán Ramón Machado, quien lo había comprado a Lorenzo Melo. Por lo demás, esa "suerte en la Cañada Honda", originariamente, fue del General Juan Tapia de Vargas, recibida por éste de merced.

      Maneras de sosegar al indiaje pampeano, y un festival que hizo época en la ciudad

      El 15-VII-1747 destacó nuestro personaje, en una de sus habituales notas al Cabildo, el peligro que significaría la posibilidad de que los indios pampas, amigos de los españoles, llegaran a coaligarse con las demás "naciones" salvajes del desierto. Entre los pampas había cundido, en los últimos tiempos, un gran descontento, debido a la intolerancia del Deán y del Cabildo Eclesiástico local, que ordenaron la absoluta supresión del suministro de bebidas alcohólicas para tales indígenas de dudosa mansedumbre, excomulgando a quienes les vendieran aguardiente y vino. Tal prohibición - decía San Martín - "les es a los dichos indios en el todo displicente, por cuia causa podrán quebrantar la paz de que actualmente se está gozando". El veterano jefe de fronteras pedía, en consecuencia, gestionara el Ayuntamiento ante las jerarquías eclesiales "se sirvieran alzar dicha excomunión en quanto a la bebida, por ser práctica corriente en el Reyno de Chile y demás provincias venderles a los indios bebidas para conseguir su amistad y sosiego". Este empeño de quien tanta experiencia tenía en la materia, les pareció razonable y oportuno a los cabildantes, por lo que se acordaron ocuparse de que aquella amenaza de excomunión fuese levantada, mientras el Maestre de Campo, "como persona práctica, verá el mejor medio que se halla de tomar, para que a dichos indios se le suministre la dicha bebida, sin que sea perjudicial a esta ciudad".
      Y a propósito de ciudad, en noviembre de 1747 celebráronse en Buenos Aires las fiestas por la exaltación al trono del Rey Fernando VI. Durante quince días, se sucedieron los desfiles religiosos y militares, los fuegos de artificio, las comedias, saraos, músicas, toros y cañas. Y no era para menos, ya que tales muestras de regocijo llevábanse a efecto luego de guardar la población entera seis meses de luto, en los que no se interrumpieron los funerales por la muerte de Felipe V, padre y antecesor del nuevo Monarca. Así pues, clausuradas las pompas fúnebres, llegaron las horas alegres y divertidas; las lidias de toros y el "juego de cañas", que gozaban entonces de gran auspicio popular.
      Adoptado en la Península materna desde la dominación de los moros, el "juego de cañas" consistía en un torneo de destreza a caballo, en el cual los participantes - señores de viso exclusivamente - simulaban combates agrupados en distintas cuadrillas, provistos de cañas en vez de armas, en cuyas competencias, muy a menudo - igual que en los encuentros deportivos actuales -, asomaba la violencia.
      Ahora bien, cierto día de aquel noviembre de 1747, a las cuatro de la tarde, esa ardorosa disputa cañera tuvo por escenario nuestra Plaza Mayor bajo la dirección del Maestre de Campo Juan de San Martín, sin duda el veterano equitador de más renombre en estos pagos sureños. Participaron en la justa, fiscalizados por mi antepasado, cuatro bandos o equipos de 12 hombres cada uno: "moros", "turcos", "indios" y "españoles", lujosamente vestidos según a la cuadrilla que pertenecían, en especial los "turcos" y "moros" que ostentaba ropas de brocato guarnecidas con fajas de plata y oro, "que daban en muestra al Oriente".
      Los jinetes del torneo emprendían a la carrera audaces evoluciones con sus corceles; figuras de pelea; ataques y esquives; arriesgados virajes, aprontes y pechadas; ya individualmente, ya en armónico conjunto. Iniciábase el juego con la salida a gran galope, desde uno de los ángulos de la Plaza, de un jinete "turco" - por ejemplo. Entonces, del extremo opuesto, irrumpía rápidamente un "indio" que lo perseguía y le lanzaba unas boleadoras rematadas con naranjas. Así, en ristre las cañas y protegidos por adargas, arremetíanse alternativamente los integrantes de los cuatro equipos competidores, en lucido derroche de cabriolas y habilidades ecuestres que encantaban al público de cualquier extracción social; ganando el caballeresco enfrentamiento, el bando que mejor había esgrimido sus cañas y esquivado las contrarias.
      Finalizada la ardorosa pugna, el Alférez Real obsequió a los participantes con sendas medallas que llevaban la imagen del Rey de un lado y en el otro el escudo de Buenos Aires.
      Dada la importancia que antaño tenían dichos festejos públicos, agrego el siguiente detalle pintoresco: Un mes antes de iniciarse las diversiones, San Martín le hacía saber al Alcalde Rodríguez de Vida, que si bien él ya llevaba "alistadas a todas las personas que havían de salir al juego de cañas y acompañamiento del Real estandarte", con los trajes y caballadas de cada cuadrilla, dichas personas "se excusaban la maior parte". Enterado el Cabildo de tales negativas que conspiraban contra el éxito del festival, se dirigió al Gobernador Andonaegui, con el pedido de que "atendiendo a que la función es la más clásica de las que puede haber, a la que están todos obligados sin que para ella aya esepción de persona", Su Señoría mandara pregonar un edicto "ordenando concurran todas las personas que por parte de dicho Maese de Campo han sido alistadas para dicha función de cañas, bajo pena de multa de quinientos pesos".

      Más acerca de las actividades de mi ancestral jerarca militar y diligente ganadero

      Poco tiempo después, el incansable Maestre de Campo dirigió al Gobernador una nota por la que pedía se impusiera una pensión o gravamen "a los vezinos estantes y avitantes de esta ciudad ... que no asen el servisio en las salidas que se ofresen al reparo de ella ... en las inbasionez que le asen los indios enemigos". Andonaegui, por su parte, dió traslado al cuerpo comunal de dicho pedido; y los Regidores entonces, el 22-I-1748, acordaron que "a este Cavildo no le es facultatibo pensionar ni imponer gabelas, por tocar esto solo al Gobernador; que asta aora se a suministrado al Maese de Campo D. Juan de Sa Martín los avíoz nesesarios en las ocasionez que se an ofresido de salidas de su xente a la campaña". Acorde a ello, "ni ai motivo, por aora, para dicha imposición, porque (el Ayuntamiento) procurará executarla y contribuir con todas sus fuersas para lo susesibo".
      En la primavera de 1748, una sequía tremenda asolaba la llanura circundante y, el Cabildo, se había puesto a analizar tan grave problema, directamente vinculado al abasto de la comunidad urbana; dada "la suma escasez que se experimenta de la carne por la esterilidad de los campos ... y a que algunos suxetos, de los vesinoz de esta ziudad, tienen porsión de ganado, y que éste es de buena calidad". Entre esos "suxetos" figuraba Juan de San Martín, a quien se le pasó "recado de cortesía, asiéndole manifestación de la urxensia que ai del abasto", a fin de que "lo execute dando carne en el tiempo que se le asignare".
      Acerca de este asunto, el 16 de septiembre del año referido, el Fiel Ejecutor Juan de la Palma, informaba a sus colegas "que aviendo visto al Maestre de Campo Juan de Sa Martín, sobre que diese abasto de carne a la ziudad", el requerido estanciero le respondió "que por lo presente no podía dar ni traer el dicho ganado, respecto de la esterilidad del tiempo, y que lo daría para enero"; pero que cierto grupo de hacendados del pago de Luján, cuyos "ganados están razonables", se hallaban en condiciones de suministrar reses de consumo. Y el 1 de octubre siguiente, San Martín, en persona, acudió al Ayuntamiento; y "en carácter de Maese de Campo a cuio cuydado está la defensa de las campañaz por correr a su cuidado las milizias", dió cuenta de las medidas ordenadas por él para conjurar el alzamiento y dispersión de las haciendas que, a causa de la gran seca, huían de las estancias fronterizas con peligro de ser llevadas por los indios. A fin de hacer el "recoxo" de esas bestias alzadas, y que las "entren para dentro de sus querenzias", San Martín había destacado a distintos Capitanes al mando de sus compañías en los siguientes pagos; Arrecifes - la caridad empieza por casa -, Areco, Luján, Las Conchas, Matanza y Magdalena; los cuales destacamentos, si bien lograron repuntar a gran parte de los animales arreándolos a sus estancias, hallábanse listos para salir de nuevo, "con la xente de dichos pagos, a recorrer por su uviera quedado algo disperso".
      Por lo demás, el Cabildo satisfecho con estas explicaciones, acordó se apartaran y trajeran hacia el pago de Luján 500 o 600 vacunos, "si los huviere de calidad que puedan servir para sacarles algún sevo y grasa para remediar dicha falta". Sin perjuicio de que el Alcalde de Hermandad, Pedro Leguisamo, examine "las cavezas que huviere de cada vesino hasendado, y de sus yerros haga una nómina expresando con toda claridad las que pertenesen a cada uno, para satisfacer a cada uno lo que le corresponde". De esta manera, sencilla y ejecutiva, conciliaba el Cabildo los derechos individuales de propiedad con los intereses colectivos del pueblo, dentro de aquella economía enderezada al bien común, sin sobresaltos sociales, que rigió la vida de Buenos Aires hace más de dos centurias.
      Siempre diligente en su actividad, nuestro Maestre de Campo solicitaba a las autoridades, en septiembre de 1749, permitieran a su "jente de guerra que mantiene las fronteras de Luján", saliera a vaquear al campo, "a cojer el ganado que anda disperso", en procura de la "manutensión de aquella guardia"; sin que dichos milicianos abandonaran su apresto, a la espera de una invasión de "aucáes"denunciada por el padre Matías Strobel, desde la Reducción jesuítica de "Nuestra Señora del Pilar" (en la estancia "la Mar Chiquita", hoy a escasos kilómetros de Mar del Plata). Asimismo, aquel jefe, un año después, se preparaba "para echar a campaña quatrocientos ombrez al castigo de los yndios serranos que días pasados (agosto de 1750), ostilizaron la guardia del Sanjón" (al margen del río Samborombón, en el ahora partido de Coronel Brandsen). El Cabildo, por su parte, el 23-VIII-1751, le urgía a San Martín tomar las providencias necesarias que permitieran "poner remedio conveniente en las fronteras desta jurisdicción", recientemente asaltadas por los salvajes en Pergamino, con el triste saldo del asesinato del "theniente de cura y otros más vezinos".
      Empero, esta vida azarosa de correrías y de constantes malocas contra los pampas intrusos, debía de terminar alguna vez para mi antepasado. En consecuencia, el 17-VI-1752, San Martín solicitó al Ayuntamiento, " por lo que ase y aser puede al vien público", ocurriera al Gobernador para que lo relevara de sus funciones militares; puesto que - dijo - "mediante cargado de años y enfermo" (frisaba en los 66 a la sazón), no podía "dar ya espendio a las cosas del cargo de Maestre de Campo de Milicias". Dicho pedido de baja era por demás razonable, y los Regidores lo resolvieron conforme a los deseos del interesado, promoviendo como reemplazante suyo, al Capitán de Dragones Lázaro Mendinueta.
      Todavía el 8-VIII-1753, el Cabildo le requirió a San Martín dar cuenta y razón de las armas - "cuarenta vocas de fuego y una porsión de sables" - que éste conservaba en su poder. Tal fue la postrera referencia sobre el veterano "conquistador del desierto", manuscrita en las actas del municipio porteño.

      Otros datos que complementan la presente biografía

      Paralelamente a los servicios militares de frontera y a sus labores de estanciero, realizadas en los campos de Arrecifes, Juan de San Martín figura suscribiendo varias escrituras públicas. Ellos consta en distintos protocolos notariales que hemos revisado. Así, por ejemplo, el 28-V-1733, el "Capitán" San Martín otorgó una fianza, ante el Escribano Juan Antonio Carrión, a favor de Alonso García de Zúñiga, demandado en cierto pleito que le entabló Juan Silva de Arce. García de Zúñiga debía ausentarse de Buenos Aires, posiblemente a Montevideo, donde eran notorias sus relaciones comerciales con el empresario Francisco de Alzaybar, el célebre colonizador de la ciudad del cerro.
      El 9-II-1738, San Martín, ante Joseph Esquivel, daba carta de pago a Juan de Eguía, su yerno, Regidor del Cabildo, por 1.840 pesos que Eguía recibiera en préstamo anteriormente del otorgante. Y el 2-VII-1740, también ante Esquivel, San Martín, con poder de Roque Azocar (pasado en el mismo registro el 27-VII-1733), vendió a Bartolomé Blanco una casa en Buenos Aires de propiedad de Azocar, ausente a la sazón en el Perú, primo hermano del apoderado, hijo de la tía de éste Francisca San Martín Humanés.
      Asi mismo, el 19-VII-1743, ante Esquivel, San Martín como apoderado de Francisco de Merlo, canceló un censo de 200 pesos que el Síndico del Convento de San Francisco, Tomás de Arroyo y Arteaga, en nombre de la comunidad seráfica, había colocado en hipoteca sobre la chacra del expresado Merlo. Y el 25-IX-1747, ahora ante Francisco de Merlo en su registro notarial, Juan de San Martín le compró a Alonso Pastor un mulato esclavo llamado Baltasar. Como el 3-VI-1750, igualmente ante Merlo, nuestro Maestre de Campo hacía donación a Gerónima de San Martín, su hija, mujer de Juan de Eguía, de un "sitio" de 18 varas de frente y 203 de fondo, en la ciudad de Buenos Aires.
      A propósito de la amistosa relación de San Martín con Francisco de Merlo, aquel, en cierta forma, coadyuvó a la fundación del pueblo bonaerense que hoy lleva el apellido del segundo. Veamos como; por junio de 1738, el respetable Escribano Merlo, presentó al Cabildo una petición tocante a que en su estancia "San Antonio del Camino", apartada 7 leguas de la ciudad en el "pago de Las Conchas", se le permitiera fundar " un pueblo de españoles ... a su costa y sin el menor dispendio del erario". Merlo había levantado una Capilla en su propiedad, la cual - desde 1731 - servía de parroquia en el lugar; en torno de cuyo campanario mandó plantar un monte de frutales y construir una vivienda y algunos ranchos. Tal casco primitivo, con su templete, quedaba a 300 varas del Camino Real que unía a Buenos Aires con las provincias norteñas y cuyanas. Así las cosas, la solicitud pobladora de Merlo seguía el lento curso burocrático, cuando en 1740 irrumpieron aquellos malones dirigidos por el cacique "Calelián", que arrasaron a Fontezuelas y a los pagos de la Matanza y Luján, deteniéndose a escasa 7 leguas de Buenos Aires, casi sobre el oratorio de la estancia "San Antonio del Camino". Ello justificó, pues la urgente necesidad de establecer el proyectado pueblo en ese sitio que serviría de valla a los ataques de la indiada. Por tanto, el 10-XII-1741, el Maestre de Campo Juan de San Martín, Comandante de aquellas fronteras sobresaltadas, destacó en un informe terminante la necesaria instalación de dicho pueblo. Y siete meses más tarde, el 10-VII-1742, allá en "San Antonio del Camino", el dueño de la tierra repartió entre 15 familias los primeros solares del villorio en cierne urgido por el Maestre de Campo San Martín, cuya indicada fecha, - según el historiador Jose Torre Revello - puede considerarse la fundadora de la actual cabecera del partido bonaerense de Merlo.

      Acendrado espíritu religioso e inequívoca generosidad de Juan de San Martín

      Debo destacar ahora que ya en 1721 ese 6º abuelo mío había pedido al Cabildo le proporcionara 6.000 adobes a fin de terminar de construir una Capilla que sirviera de curato evangelizador para los indios capturados en las campañas del desierto. Dicha Capilla llamóse de "San Juan", por devoción y homenaje al Santo cuyo nombre llevaba el fundador de la misma; quien la levantó en la esquina sudoeste de las actuales calles Alsina y Piedra, donde con posterioridad fue construído el templo parroquial de "San Juan Bautista".
      Por 1749 llegaron de Chile unas monjas capuchinas dispuestas a establecer su orden en nuestra ciudad. Una Real Cédula las autorizaba a fundar su hospicio "en la quadra de tierra en que se halla la Yglesia de San Nicolás de Bari". Empero, antes de instalarse en ese lugar, las religiosas consideraron "aquel sitio en los arrabales y extremo de la ciudad" (hoy yérguese allí triunfal el Obelisco), "terreno sumamente bajo que aún en lo más vigoroso del verano conserva la humedad de la lluvia del invierno, dificultándose, en ambos tiempos, el tránsito por los muchos pantanos de las calles". Además, el "río único de donde se provee la población", estaba lejos del convento, lo que requería mantener "dos hombres con dos caballerías que continuamente estuviesen llevando agua para todo el gasto". A su vez el Gobernador Andonaegui opinó que el barrio de San Nicolás "era de gente común y pobre que se mantiene de la matanza del ganado para las carnicerías", y ello "causaría el alboroto, malos olores y grave inquietud y perjuicio a las Religiosas"; sobre carecer de "agua para beber, guisar y labar", pues "los pozos de este país, por lo salobre de ellos, son inútiles para todo".
      Planteados los inconvenientes, "sucedió - es la Abadesa capuchina quien lo destaca - que el cavallero Don Juan de San Martín, Maestre de Campo de Milicias, vino a este hospicio y nos ofreció gratuitamente hacernos donazión de la Yglesia del Señor San Juan, que fabricó a su costa, siendo con la condición le mantuviéramos su culto en ella". Esto complació mucho a la Superiora ya que en contraste con el barrio de San Nicolás, "la mayor parte de la quadra en que está fabricada la Yglesia de San Juan es despoblada y limpia, a excepción de algunas pequeñas casas que, por aora, no se necesitan para la fábrica completa de nuestro Monasterio, y todo el expresado terreno está en paraje elevado". Tales constancias y pedimentos se elevaron al Rey, y éste el 22-III-1753, previo dictamen de su Consejo de Indias, resolvió aprobar la permuta que le solicitaban las reverendas capuchinas, las cuales se instalaron en la Capilla construida por Juan de San Martín.
      También mi antepasado tuvo participación en el establecimiento de la Casa y Orden de las monjas catalinas en esta ciudad, cuya iniciativa se debe al presbítero Dioniso de Torres Briceño, quien, en 1717, hizo colectar a ese fin la suma inicial de 40.000 pesos entre su parentela y amigos. Empero, como los trámites y dificultades previas a la materialización de la obra la demoraran más de la cuenta, los administradores de aquellos caudales los colocaron a réditos entre diferentes personas, con la condición de que los respectivos capitales serían reintegrado oportunamente, no bien pudieran iniciarse las obras del monasterio. En el inventario de los bienes y créditos de la piadosa entidad - practicado por el Escribano Merlo en 1737 - figura en una escritura de fecha 17-X-1733. que Juan Bautista de Sagastiverría y su fiador Juan de San Martín, debían al fondo pro Convento catalino, 2.000 pesos de capital "principal", que dichos deudores integraron, sin duda, a su tiempo; cuando gracias a la acción posterior de Juan de Narbona y de sus herederos, tras no pocas dificultades, el templo y parte del claustro, se pudieron financiar, construir e inaugurar el 21-XII-1745, en el lugar donde hoy se encuentran; en la intersección noreste de las calles San Martín y Viamonte, que correspondían, en aquella época, al "Barrio del Retiro". (Trato con más detalles la fundación del Convento de las Catalinas, en el capítulo que dedico al apellido Cabezas).

      Enlace, últimas disposiciones, deceso y sucesión del histórico personaje

      Juan de San Martín y Gutiérrez de Paz - siendo Alcalde de 2º voto - fundó su hogar el 17-VII-1714, previa dispensa por consanguinidad en 4º grado, con María Rosa Ana de Avellaneda y Lavayén, (hija del Capitán y Regidor Gaspar de Avellaneda Gaona y de Josefa de Lavayén Ponce de León -ver sus respectivos linajes). Bendijo esa boda, en la Catedral porteña, el Obispo Fray Gabriel de Arregui Gutiérrez de Paz - deudo de ambos contrayentes -, ante los testigos; Antonio de Larrazabal, José de Ibarra, Joaquín de Trebiño Suazo, Pablo de la Cuadra y Baltasar de la Quintana. Como San Martín guardaba riguroso luto por la reciente muerte de su madre, los novios "se casaron, velaron y comulgaron de madrugada".
      María Rosa trajo como dote al matrimonio 8.000 pesos, y San Martín, en concepto de arras, aportó un capital de 24.000 pesos; ello fue protocolizado en escritura pasada ante el Notario Domingo Lezcano. En la manifestación de bienes que el marido hizo a raíz de sus esponsales, declaróse dueño de una vivienda en la ciudad, sita en la "calle de San Juan" (ahora Piedras), estimando su valor en 1.600 pesos. El edificio constaba de cuatro aposentos, huerta a la calle y techo de tejas, hallábase amueblado con camas y sillas "de madera del Tucumán y de jacarandá", y servido por 15 negros esclavos. Treinta años después - de acuerdo al censo y empadronamiento urbano que efectuó el Cabildo en 1744 -, en "casa principal" mi antepasado habitaba con su familia y 16 esclavos domésticos. Hogaño localizamos aquella vivienda en la esquina de las calles Piedras y Moreno, detrás de la Iglesia de San Juan Bautista.
      Juan de San Martín y Gutiérrez de Paz expiró a los 68 años y 8 meses cumplidos, el 3-XII-1754, "en una de sus haciendas del Arrecifes llamada el Rincón". Antes había otorgado poder a sus hijos Carlos y Roque y a su yerno Marcos José de Riglos (5º abuelo mío), nombrándolos albaceas para que extendieran su testamento, conforme a las instrucciones que les dió. Dispuso sepultaran su cadáver en la Iglesia del convento de San Francisco, "con mortaja y cuerda del Santo Hábito". De los hijos que tuvo vivían entonces 5: Jerónima, Roque, Francisca (mi 5ª abuela) y el clérigo Carlos (legítimos estos 4) y Juan Ignacio (natural). Los principales bienes denunciados por el causante fueron: la casa de su morada "en la calle de San Juan" y cuatro estancias "en el Río de los Arrecifes", con cantidad de ganado - bovino, yeguarizo y mular - casas, corrales y esclavos. Con el 5º del haber hereditario debía fundarse una Capellanía de 4.000 pesos de principal, a fin de que se rezaran 100 misas al año - dotada cada una con 2 pesos -, por el alma del finado y de su mujer, en cualquier Iglesia y altar. De esa fundación debía nombraarse 1er Capellán el clérigo Carlos San Martín; y fallecido este, el cargo recaería en los descendientes legítimos del instituidor, con preferencia de mayor a menor, "sin distinción de líneas varonil o mujer, sino que todos entren en el lugar y grado que les corresponde, atendiendo solamente a la inmediación y mayor edad". En caso de no haber clérigos entre la posteridad aludida, será Capellán un indeterminado sacerdote.
      Este testamento extendióse por los albaceas del Maestre de Campo "nuestro padre", Carlos y Roque San Martín y Marcos José de Riglos, el 21-III-1755, en el Registro del Escribano Francisco Javier Ferrera, y ante los testigos Clemente Cordero, Juan Joseph de Castro, Juan Agustín de Ibarra y Juan Grande. Y la sucesión del difunto tramitó seguidamente en el Juzgado del Alcalde de 1º voto Luis de Escobar y Gutiérrez. En el cuerpo de bienes heredables figuraban estas estancias: "La Cañada Honda" (una legua de frente y legua y media de fondo); "El Rincón de Arrecifes" (dos y media leguas de frente y una y media de fondo); "El Paso" (2.500 varas de frente y una y media legua de fondo); y "La Cañada Bellaca" (una legua y tres cuartos y de frente y media legua de fondo).
      por Carlos F: Ibarguren Aguirre

  • Fuentes 
    1. [S112] Los Antepasados, A lo largo y mas alla de la Historia Argentina, Ibarguren Aguirre, Carlos Federico, (Trabajo inedito).

    2. [S758] Curiosos Entronques Genealógicos, Rivero Lavayén, Rolando.

    3. [S451] Medrano Balcarce, Juan Manuel, Medrano Balcarce, Juan Manuel, (jmedrano76(AT)hotmail.com).

    4. [S52] Almanach de Gotha, (2001), Tomo VIII, Los Gutiérrez (Confiabilidad: 3).

    5. [S451] Medrano Balcarce, Juan Manuel, Medrano Balcarce, Juan Manuel, (jmedrano76(AT)hotmail.com), https://www.familysearch.org/ark:/61903/3:1:939D-VB9V-Y8.

    6. [S112] Los Antepasados, A lo largo y mas alla de la Historia Argentina, Ibarguren Aguirre, Carlos Federico, (Trabajo inedito), Tomo VI, Los Avellaneda (Confiabilidad: 3).