Alguacil Mayor Francisco González Pacheco[1]

Varón


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  • Nombre Francisco González Pacheco 
    Título Alguacil Mayor 
    Nacimiento Extremadura, España Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.  [2
    Sexo Varón 
    ID Persona I34512  Los Antepasados
    Última Modificación 5 Ago 2012 

    Padre Los González Pacheco 
    ID Familia F14350  Hoja del Grupo  |  Family Chart

    Padre Juan González Pacheco 
    Madre Juana González 
    ID Familia F14351  Hoja del Grupo  |  Family Chart

    Familia 1 Beatriz Fajardo 
    Casado Potosí, Bolivia Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.  [3
    • Francisco González Pacheco se desposó primeramente, tal vez en Potosí, con Beatriz Fajardo - aquella señora interrogada por la justicia en 1619, cuando la fuga de su marido a raíz del contrabando de azogue. De ella nacieron varios hijos muertos en la infancia.
    Última Modificación 22 Dic 2009 
    ID Familia F14348  Hoja del Grupo  |  Family Chart

    Familia 2 Juana Romero de Santa Cruz 
    Hijos 
     1. Juan Pacheco de Santa Cruz
    Última Modificación 22 Dic 2009 
    ID Familia F14349  Hoja del Grupo  |  Family Chart

    Familia 3 Antonia de la Serna Salazar,   n. Valladolid, Valladolid, España Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar. 
    Casado Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.  [2
    Hijos 
    +1. Francisca Pacheco de la Serna,   n. Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.,   f. 22 Oct 1698, Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.
     2. Gaspar Pacheco de la Serna,   f. Charcas, Bolivia Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.
     3. Manuela Pacheco de la Serna
     4. Antonia Pacheco de la Serna
    Última Modificación 13 Mar 2010 
    ID Familia F14347  Hoja del Grupo  |  Family Chart

  • Notas 
    • FRANCISCO GONZALEZ PACHECO - mi antepasado - nació en la noble ciudad de Plasencia, en tierras de Extremadura, por el año de 1567. Era hijodalgo notorio, y sus padres se llamaron Francisco González Pacheco y Juana González. Antes de radicarse en Buenos Aires había venido de España al Perú, donde luego de algún tiempo, llegó a explotar un ingenio de metales en Potosí; en cuya Imperial Villa, precisamente, el 29-VIII-1617, adquirió en pública almoneda, mediante la oferta de 31.000 pesos, el oficio de Alguacil Mayor para la ciudad puerto que fundara Garay a orillas del Río de la Plata.
      Fue, don Francisco, hombre acaudalado; por eso solicitó y obtuvo de las autoridades virreinales limeñas licencia para que por un año pudiera nombrar un sustituto en el dicho "offiçio" rioplatense, en tanto liquidaba, sin apuro, sus importantes bienes potosinos, antes de trasladarse a Buenos Aires.
      El título habilitante del referido cargo - fechado en Lima el 4-XI-1617, que firmó el Virrey Príncipe de Esquilache -, en su parte pertinente decía; "Tengo, nombro, elixo, y probeo a bos, Françisco Gonçález Pacheco, para Alguacil Mayor de la dicha çiudad de la Trinidad y jurisdicción y puerto de Buenos Aires, de mar y tierra, para todos los días de buestra vida ... Y mando se os guarden ... las onrras, gracias, mercedes, que deveis aver y goçar, y os deven ser guardadas". Ya que, cual estaba escrito en las venerables "Partidas" de Alfonso "el Sabio"; "Alguacil llaman en arávigo a aquel que ha de prender e justiciar los omes en la corte del Rey, por su mandado o por los Juezes que judgan los pleitos".
      En cuanto al aspecto remunerativo del empleo en nuestro medio porteño, Hernandarias habíale escrito e Su Magestad, el 26-VI-1608, que el Alguacil Mayor cobraba aquí "derechos de las execuçiones a rrazón de çinco pesos por el primer çiento, y dos y medio por los demás, hasta la cantidad de tres mill pesos, y de cada visita de entrada y salida de navíos a quatro pesos, y tiene aprovechamiento de alcayde de la cárcel, prissiones y otras cosas que se ofreçen, de suerte que frequentándose este puerto es ofissio de consideraçión e ynterés".

      La liga de alto copete monopolizadora del contrabando en el Rio de la Plata

      Así, pues, con aquellas credenciales y al disfrute de estos gajes se vino González Pacheco de Potosí a Buenos Aires, a fin de asumir dicho cargo, cuyas funciones - además de auxiliar judicial de los Alcaldes - equivalían a las de un jefe policial que fuese, a la vez, fiscalizador aduanero. Por tanto, el 28-XI-1618, presentó su título al Cabildo - como correspondía para incorporarse a ese cuerpo -, y cual no sería la sorpresa del interesado cuando su alguacilazgo resultó objetado por el Gobernador Góngora y los Regidores; quienes, de consuno apelaron ante la Real Audiencia en lo referente al ejercicio marítimo de la función; "por estar en costumbre de que los Governadores en esta Provincia tienen y nombran su Alguacil Mayor" - alegó Góngora. "En rrazón de su officio los Oficiales Reales tienen facultad de nombrar guardas de los navíos y Alguacil de la Mar" - adujo el Tesorero Simón de Valdés. Ante cuyas objeciones el impugnado "dixo que de no recivirle llanamente como por su título se manda", él apelaría también contra el Cabildo, y que mientras tanto "recivirá la vara y hará la solemnidad del juramento". De esta manera, entre reservas y reticencias, asumió sus obligaciones el jerarca aduanero de nuestro puerto.
      En realidad, detrás de tales cuestiones formales de privilegio, se ventilaba una enconada lucha política; la de Juan de Vergara y su poderosa camarilla mercantil, contra Hernandarias, el caudillo de los "hijos de la tierra". Este gobernante nativo - que a la sazón acababa de ser reemplazado por Góngora - había llevada adelante y a fondo, durante su gestión, una severa pesquiza a propósito del contrabando, en la que cayeron enredados Juan de Vergara y sus cómplices; el ex Teniente de la Gobernación Mateo Leal de Ayala, el rico comerciante judeo-portugués Diego de Vega, el Regidor Enríquez de Guzmán, y el infiel Tesorero de la Real Hacienda Simón de Valdés, al cual Hernandarias despachó a España preso como delincuente común.
      Por otra parte, mientras la apasionante investigación seguía su curso, una medida trascendental de la Corona dispuso - por Real Cédula del 16-XI-1617 - la división de la vasta Gobernación rioplatense en dos jurisdicciones; la del Paraguay y la de Buenos Aires; ésta que se apartaba de aquella y que, con la ciudad porteña y sus contornos, comprendía también a las poblaciones y campañas de Santa Fé, Corrientes y Concepción del Bermejo.
      A consecuencia del aludido ajuste territorial, Hernandarias fue reemplazado en el mando por Diego de Góngora y Elizalde, a quien el Rey colocó al frente de la flamante provincia bonaerense como su primer Gobernador exclusivo.Y sucedió que Góngora, antes de embarcarse en Lisboa con rumbo a la sede de su gobierno, fue atraido a su causa por el astuto Simón de Valdés, el cual, luego de una fuga y gracias a las influencias que hizo valer en la corte, a más de las chicanas empleadas en el proceso pendiente, había logrado burlar a la justicia y hacerse reponer en la Real Tesorería rioplatense.
      Valdés, en adelante, ejercerá sobre el ánimo de Góngora un ascendiente decisivo; al punto de que junto a dicho mandatario retornó al puerto de sus hazañas dispuesto a ejercer venganza contra sus enemigos. Y entreverando a Némesis con Mercurio, el - por decirlo así - redomado Simón, poco antes de su viaje, hizo despachar para Buenos Aires tres navíos repletos de efectos clandestinos. Pero como el Consejo de Indias se enterara del negociado - en el que iban a medias Tesorero y Gobernador - los aludidos contrabandos fueron retenidos en Bahía, donde esperaron que Góngora empuñara las riendas del Gobierno a fin de ser introducidos impunemente en el territorio de su mando.
      Hombre práctico e inescrupuloso, Valdés sedujo al nuevo Gobernador, complicándolo en los latrocinios fiscales que realizaba en sociedad con Juan de Vergara y sus cómplices. De consiguiente, en Buenos Aires diose vuelta la tortilla política; Hernandarias fue encarcelado y los agiotistas locales, por intermedio de Góngora y de sus personeros cabildeños, lograron la completa subordinación de la autoridad local a sus intereses mercantiles.
      Una de las tantas escaramuzas de la pugna política de referencia, resultó esa serie de reparos que Góngora y los cabildantes opusieron al nombramiento de González Pacheco como Alguacil de mar. Y ello se explica; ya que, a la sazón, don Francisco no pertenecía al triunfante partido "confederado" - como llamaba Hernandarias al grupo de sus enemigos -, ni tal círculo exclusivo de contrabandistas de alto bordo estaba dispuesto a admitir que un Alguacil Mayor, imparcial, fiscalizara las cargas de los navíos que arribaban al puerto llenos de mercaderías prohibidas. De ahí aquella resistencia tenaz contra el nuevo funcionario, de la que fueron voceros Góngora y Valdés en el Cabildo, sin poder rechazar del todo su nombramiento, dado lo categórico de las facultades que el inobjetable título de González Pacheco expresaba. Otro, pues, habría de ser el procedimiento de los traficantes para anular la acción de quien - tan para ellos inoportunamente - acababa de llegar del norte.
      Por otra parte, el vecindario bonaerense - la opinión pública, diríamos hogaño - empezó a murmura a causa del desparpajo con que Vergara y sus socios aprovechaban del gobierno como cosa propia; y era ya un secreto a voces que tanto el Gobernador Góngora como el Tesorero Valdés, medraban en sociedad, al margen de las leyes.
      En el navío en que llegaron ambos de Lisboa a este puerto, el 17-XI-1618, vinieron también muchos pasajeros luso-hebreos, de esos que Hernandarias había expulsado del país a consecuencia de aquella campaña contra los fraudes aduaneros; "los quales - son palabras del nombrado Caudillo - truxeron muchas mercaderías, en particular Gregorio Alemán, un fulano Silva y un Florentín, hombre de caudal, a quien el dicho Simón de Baldéz agaxajó en su casa, y otros bendieron las dichas haziendas en tiendas públicas, y sólo las que este navío traxo llenó el pueblo y estos se bolbieron con los proçedidos destos empleos a la costa del brazil".

      El famoso caso del mercurio clandestino

      Asimismo en la descarga del barco en que vino Góngora, fondeado en "el rriachuelo", parece que al sacarse algunos barriles pequeños, estibados sobre cubierta, se desfondó uno que estaba lleno de azogue; y, según denuncia posterior que hizo Hernandarias al Rey, "huvo algunas personas de este puerto que lo vieron, en particular el Alguacil mayor Françisco Gonçales Pacheco y un hermano suyo"; lo cual motivó que la noticia muy publicitada se divulgara rápidamente. Por lo demás el azogue disimulado en dicho navío se lo había vendido a Simón de Valdés cierto mercader flamenco, casado en Lisboa de apellido netamente judío; Juan Sinel.
      La noticia trascendida era grave, ya que la importación del azogue - codiciado metal que se empleaba en el laboreo de las minas de plata -, estaba rigurosamente prohibida a los particulares, por ser monopolio de la Corona. Además - como dice Raúl A. Molina que estudió ese episodio en una publicación titulada Un Pleito Célebre en el Siglo XVII - "el suceso acaecido en plena fermentación política adquiría sin duda singular relieve, sobretodo porque establecía la vehemente sospecha de que el Gobernador lo había introducido de contrabando". De manera, pues, que Góngora, seriamente comprometido, resolvió, mediante un ardid sensacional, distraer a la opinión pública con un escándalo, y achacarle a sus opositores el delito de introducción ilícita de azogue.
      Previamente, por motivos baladíes, y con evidente intención vejatoria, el Gobernador mandó arrestar en un cuarto del Cabildo al Alguacil Francisco González Pacheco y al Escribano Cristóbal Remón que entendía en los procesos por cohecho y negociados que investigaba Hernandarias. Y en la mañana del 14-III-1619 - como lo expresó el propio Góngora en carta al Consejo de Indias - "apareció derramado, con industria diabólica y orden cuidadoso, a la puerta del Fuerte y Casas Reales donde tengo mi posada, un rastro de azogue, desde la puerta de la calle, por la banda del rio, hasta la barranca que va y desciende a la Real Aduana y playa del rio, sito hasta una cuadra, sin haber hallado, por la parte de adentro, grano, señal ni rastro alguno, como se vió". Es decir, que en un trayecto de cien metros, más o menos, desde la Fortaleza hasta la ribera del rio, brillaba esparcido por el suelo un reguero de mercurio.
      De ser exacto el relato de Hernandarias al Rey, quien primero advirtió aquella chorreadura mercurial fue, sugestivamente, el hijo del Tesorero Valdés, y luego los criados del Gobernador, "que con esto alborotaron y desaçocegaron, de manera que se movió una común ynquietud en el pueblo llamando (Góngora) a todos los rreligiosos y demás gentes dél, enseñándoles lo más secreto de su cassa y baúles, para que biesen el testimonio que le abían lebantado; y ante todo este concurso, a boz alta, dixo el dicho Gobernador - 'Hernandarias es un traidor, y sinó fuera Governador le diera de palos, y esto muchas vezes"; atribuyendole que por su orden se había "hecho el derramamiento".
      Por otra parte, Góngora informó al Consejo de Indias que al descubrir el hilete de metal blanco en tierra, "mandó disparar e disparó una pieza de artillería e tocar una caxa, a cuyo sonido vinieron al Fuerte muchas personas, eclesiásticas e seglares, en cuya presencia mandó a los Alcaldes ... buscasen e mirásen toda su casa e aposentos ... de los que hicieron públicamente cala y cata, sin dejar cosa alguna, y no se halló ni pareció grano de azogue, rastro ni señal, y con ser el patio muy grande y espacioso, no había desde la puerta de calle, por la parte de adentro, ningún azogue, sinó de la puerta de afuera".
      Después de tan aparatosa exhibición de inocencia, el Gobernador hizo detener a Francisco García de Villamayor, a Felipe Navarro "el mozo" y a Tomás de Escobar, considerados como leales partidarios de Hernandarias; y procesar, con aquellos, a González Pacheco y a Cristóbal Remón; acusado el primero de haber traído "cierto azogue del Perú", además de que profirió "algunas manifestaciones muy comprometedoras"; y al segundo porque, la noche antes del misterioso derrame, mantuvo "una larga plática" con su compañero de encierro.
      El proceso ocupó muchas fojas, declararon en el expediente muchos testigos, y sus procedimientos resultaron tremendos; como que Navarro y Remón fueron sometidos a tormento. (De las torturas, destierro y muerte de Remón me ocupo en la biografía de su suegro Cristóbal Naharro). Por su parte - ya lo dijimos - Hernandarias lo notició a Felipe III de que el famoso azogue, traído desde Lisboa en un barrilito, pertenecía a Simón de Valdés; y fray Sebastián del Pozo, testigo presencial del episodio, afirmó también "que el propio Gobernador trajo algunos barrilitos de azogue … y habiéndose hallado azogue derramado desde la casa hasta la Aduana, prendió a un Alguacil Mayor que es un Francisco Pacheco, y dió tormento a un Escribano, Cristóbal Remón y puso quistión a otros, y de aquí resultó que todos decían que él (Góngora) lo había traído".

      Lejos de temblar como azogados, los reclusos escapan disfrazados

      A González Pacheco envuelto arbitrariamente en el contrabando de mercurio habíanlo transladado de la cárcel del Cabildo a un calabozo del Fuerte. Ahí, con otros compañeros detenidos, se mantuvo alicaído hasta la noche del 4 al 5 de agosto, en que su hermano Lucas - el Alférez Real - simulándose monje, apareció vestido con hábito talar y encapuchado, alegando acudir a confesar a los reclusos. El falso fraile, con audacia extraordinaria, se introdujo en el alojo de los penados, llevando varias sotanas escondidas bajo su amplia saya. Con esas ropas monásticas se vistieron los presos, y luego de despistar completamente a sus carceleros ganaron la calle. Junto al atrevido liberador y a su hermano Francisco, juyeron también disfrazados mi lejano abuelo Cristobal Naharro (preso por "maravedís" que debía al fisco), Pedro de Medina (por haber traído en su navío pasajeros sin licencia), Antonio Leal (tuerto de un ojo), Juan López (dicho el "Alcoholado"), dos mulatos insignificantes y el Sargento Arredondo que los cuidaba; todos "con caballos, arcabuces y armas que desde afuera había preparado Lucas Pacheco".
      Al día siguiente, en el habitual acuerdo del Ayuntamiento (5-VIII-1619), el Alcalde Sebastián de Orduña dió cuenta a sus colegas "que anoche, a desoras, le dieron abiso como Francisco Gonssales Pacheco, Alguacil Mayor a quien tenía preso con guardas en una sala del Fuerte y Cassas Reales por un delito criminal", habíase evadido. El propio Alcalde informante, con la premura del caso se trasladó "a las cassas" del fugado, "y no le halló en ellas, y fizo dilixenssias con doña Beatriz Faxardo, su muger, y con los negros de su serbisio, y dixero y declararon que ayer, domingo por la tarde, el dicho Francisco Pacheco y Lucas Pacheco, Alférez Real en cuyo poder está el Real Estandarte -- se habían ydo a caballo con dos escopetas a su chacara y a cazar, porque así lo habían dicho ellos".
      El acontecimiento conmovió al vecindario y le creó al Cabildo un serio problema, puesto que nada menos que Lucas Pacheco, su Alférez Real, había puesto inopinadamente los pies en polvorosa, abandonando el Real Estandarte, no obstante los juramentos "de no le desamparar y de entregallo a quien lo debe entregar".
      Por esto las autoridades "de República", como urgente medida, resolvieron la búsqueda del desaparecido pendón y reemplazar en el cargo al inescrupuloso Alférez que, evidente, si le sobraba amor fraternal no había cumplido con su deber de funcionario.
      En el "Juerte y Cassas Reales" reuniéronse, pues, el Gobernador Góngora y el Cabildo en pleno; sus Alcaldes Francisco García Romero y Sebastián de Orduña; los Oficiales Reales, Contador Luis de Salcedo y Tesorero Simón de Valdés; los Regidores Bernardo de León, Juan de Vergara, Diego de Trigeros, Francisco de Merlo, Tomás de Rosendo y Juan Bautista Angel; el Asesor Letrado Gabriel Sánchez de Ojeda y el Escribano de dicha corporación, Pedro de la Poveda; quien "yncontinenti" - nos entera el acta respectiva - salió del fuerte en companía de los Alcaldes, a fin de apersonarse a los moradores de la casa de los Pacheco, y a reclamarles el "Estandarte de Su Majestad".
      En la vivienda de mi antepasado prófugo, Notario y Alcaldes hallaron a Beatriz Fajardo - primera esposa de aquel - y le preguntaron "si sabía que el dicho Lucas Pacheco ubiese llevado el Real Estandarte, o dexádolo en alguna parte"; a lo que la señora respondió que "le tenía en un cofrecillo", como se lo dejó su cuñado. Entonces los Alcaldes dispusieron que dos negras esclavas de la casa sacaran un baúl que había en el aposento donde se encontraban. Doña Beatriz se encargó de abrir el cofre y, entre la "ropa blanca de bestir", envuelto en un paño blanco, ocultábase el lábaro venerando.
      Conocido por las autoridades el éxito de la pesquisa, mandaron "tocar caxa", a cuyos redobles acudieron funcionarios, vecinos, soldados y otras personas. El Gobernador, por su parte, abandonó el Fuerte, seguido por mucha gente atravesó la "Plaza Mayor" hasta llegar - tras de una caminata de ocho cuadras - a la morada de González Pacheco. Una vez allá, el Alcalde Orduña, en presencia de la selecta comitiva, irrumpió en la sala para sacar del baúl el envoltorio donde estaba el estandarte. Lo "descogió", y puso la Real divisa "sobre un tafetán ensima de una fuente de plata". Después, "con mucho acatamiento", los capitulares Francisco de Merlo y Juan Bautista Angel tomaron la bandeja y, seguidos de Góngora, del numeroso séquito y de no pocos curiosos, siempre al son de la "caxa", marcharon para entronizar de nuevo la regia enseña en la Fortaleza; "que se puso y arboló en un asta"; en tanto lo elegía a Luis de Salcedo Alférez Real para completar el año 1619.
      Dije que aquella procesión salida del Fuerte con destino a la casa de mi antepasado hubo de caminar ocho cuadras. En efecto; en ese tiempo, el solar edificado del referido Alguacil Mayor lindaba, por uno de sus costados, con el que fuera del Capitán Bartolomé López - después vendido a don Gaspar de Gaete (otro de mis remotos abuelos) - de manera que la vivienda aludida ubicaríase hoy en la esquina sudeste que forman las calles Florida y Corrientes; distante, más o menos, ocho cuadras de la actual Casa Rosada.

      Ulterioridades en torno de la desvergonzada cuestión referida

      El huído González Pacheco, a todo esto, se había refugiado en Charcas, y el asunto del contrabando repercutió en el Consejo de Indias, cuya autoridad designó al Licenciado Matías Delgado Flores como Juez pesquisador en Buenos Aires, a fin de que investigara la conducta del Gobernador Góngora, del Tesorero Valdés y de los otros funcionarios complacientes - por no decirlos lisa y llanamente coimeros -, subordinados a Juan de Vergara.
      Flores llevó adelante su cometido, tropezando de continuo con los obstáculos que el Gobernador y sus aprovechados secuaces le opusieron a su misión esclarecedora; donde no faltaron los incidentes - algunos ruidosos - con el Cabildo, hechura de Juan de Vergara. Hasta que el zarandeado sumariante hubo de ser removido y reemplazado en sus funciones por el Oidor Alonso Pérez de Salazar.
      Pero, imprevistamente, falleció Góngora en mayo de 1623, y su Teniente de Gobernador, Diego Paez de Clavijo (ver la biografía de este antepasado) hízose cargo del mando. Francisco González Pacheco, en consecuencia, ante el nuevo estado de cosas, retornó de Charcas a fin de asumir su cargo de Alguacil Mayor en Buenos Aires.
      Mas el Regidor perpetuo Juan de Vergara y su colega y paniaguado Juan Barragán, presentaron una petición, requiriéndole al Cabildo "no consienta se asiente en él Francisco González Pacheco, por las raçones que en ella se alega". Como se echa de ver, la camarilla del famoso traficante no cejaba en su oposición a que el Alguacil Mayor ejerciera sus atribuciones de inspeccionar los navíos que entraban y salían del puerto. Y cuando los cabildantes hubieron de tratar sobre la confirmación definitiva en su cargo de nuestro Alguacil Mayor - que venía ordenada por Real Cédula fechada en Madrid el 10-XI-1623, con la firma de Felipe IV -, Jerónimo de Medrano (también antepasado mío) - elemento incondicional del inescrupuloso Vergara - alegó que "antes de lo contenido en la Real Cédula está el pleyto pendiente en la Real Audiencia de La Plata, por apelación interpuesta por el dicho Gonsález Pacheco". En seguida habló Vergara - "líder", digamos, de los Regidores porteños - y se opuso enérgicamente a confirmar el nombramiento de referencia, "atento - dijo - quel dicho Francisco Gonsález Pacheco, dentro de quatro años, desde el día del remate, havía de traer y presentar la confirmación de que agora se quiere aprobechar fuera de tiempo". Según Vergara, era preciso, "ante todas cosas", que el impugnado funcionario debía probar "aver pagado y enterado los treinta mill pesos del precio de su oficio como Su Majestad lo manda". Por eso - concluía Vergara - "no ha de ser recibido ... ni lo dejen entrar ... hasta que haya pagado".

      Posteriores acontecimientos relacionados con la función de mi biografiado

      No obstante la intransigencia verbal de los munícipes porteños, a partir del 21-X-1624, González Pacheco ocupa entre ellos su sitio de Alguacil Mayor; y en la sesión del 3 de diciembre siguiente, con el consenso general de sus colegas impugnadores de la víspera, nuestro biografiado propuso se prohibiera sacar ganado en la jurisdicción de Santa Fé, "porque el día de hoy hay poco ganado en las estancias ... de los quales dueños sin licencia hasen vaquerías de mil y más cabesas, solo para las querer y se está dejando perder la carne".
      Como el oficio de nuestro personaje era vitalicio, éste prácticamente hasta el fin de sus días estuvo presente en los acuerdos del Cabildo. En 1626 tuvo el honor de ser elegido Alférez Real; lo que no impidió que al año siguiente tuviera un conflicto bastante curiosos con el Gobernador Céspedes: González Pacheco estaba contraído al desempeño habitual de sus funciones alguacilescas, cuando lo sorprendió una notificación de Céspedes, en el sentido de que, "dentro de quatro oras presentase certificazión de la paga" de aquellos 31.000 pesos que habían sido el precio de la compra de su cargo, en 1617, en la almoneda de Potosí.
      El conminado, entonces - luego de demostrar haber amortizado mas de 27.000 pesos a la Real "caxa" -, en airada actitud de protesta, declaróse en huelga: hizo abandono de su puesto y se retrajo en el convento de Santo Domingo.
      Planteadas de tal modo las cosas, la administración pública quedaba seriamente resentida al no haber funcionario "que execute los mandamientos de la Real Justicia". Ello determinó al Gobernador a designar un Alguacil de emergencia en la persona de Antonio de Aspitía. Mas no duraría mucho tiempo el sustituto en el cargo, pues, el 15-I-1628, el titular presentaba a la autoridad competente el recibo del pago total de la deuda aludida, por lo que, definitivamente, fue reincorporado por el Cabildo al ejercicio perpetuo de su prebenda.
      En otra oportunidad (1631), exhibió González Pacheco una "real provisión executoria", "para que no sean electos en ningunos oficios de Alcaldes, ni otros rreales, ningunas personas estrangeras ni portuguesas". Y poco después, el Procurador Toribio de Peñalba, pedía al Cabildo "que Francisco Pacheco, Alguacil Mayor, deje libremente los caminos para que pasen los vecinos y sus carretas", puesto que frente a la chacra suya había cavado una enorme zanja que impedía el paso a vehículos y personas.

      Propiedades campestres de don Francisco

      ¿Donde se ubicaba esa chacra de nuestro antepasado, cercana de la ciudad? ¿En el "Monte Grande"? ¿En Matanzas? No he podido localizar hasta ahora el tal inmueble; aunque sí a una estancia de su propiedad en el pago de Luján, que le dió de merced el Gobernador Pedro Esteban Dávila, el 16-VII-1635. Al pedir dicha gracia argumentó el solicitante "que a más de diez y ocho años que soy vecino de la ciudad, y en ella he sustentado casa y familia, sirviendo a Su Magestad con el dicho oficio de Alguacil Mayor en todos los casos y cosas que se han ofrecido, en razón de rebatos y defensa de la tierra, con armas y caballos ... y a mí no se me ha hecho hasta ahora merced ninguna".
      Aquellas tierras vacas quedaban sobre el río Luján, y lindaban, por una parte con los herederos de Antón Higueras, y por la otra con Cristóbal Naharro; y se tasaron - de orden de Dávila - en doscientos pesos por el Capitán Gonzalo de Carbajal y por Alonso Muñoz Vejarano.
      Fuera de esto, la exacta ubicación de dicho campo - dentro de la superficie común de las estancias primitivas: 3.000 varas de frente y legua y media de fondo - resulta ahora muy difícil de precisar. Sin embargo, como la propiedad lindera de su costado nordeste, que había pertenecido a Antón Higueras de Santana, se encontraba "del paso de Córdoba y hacia arriba" (llamado también "Paso de las Carretas", pues ahí vadeábase el río Luján cuando se iba hacia la región cordobesa), el predio de don Francisco, con frente al curso de la aludida corriente de agua, quedaría hoy - calculo - entre las localidades de Pilar y de Matheu. Posteriormente a dichas tierras las poseyó Pedro de la Poveda, y, mas tarde, la viuda de este Luisa de Guzmán, que se volvió a casar con Sebastián Dami, el cual, a su vez, le vendió la mitad del lote - 1.500 varas fronteras y legua y media de fondo - a Antonio Rocha Bautista. Todo ello me induce a sospechar que el antepasado González Pacheco fue solo propietario nominal de aquella estancia que poblaron sus posteriores dueños.

      Distintos sucedidos en la actividad pública de mi antecesor lejano

      Consta en las actas capitulares que, en 1632, los Regidores le encargaron a González Pacheco y a Diego de Roxas hicieran reparar el corral donde se mataban las reses para el abasto urbano. Pero mucho no debió de ocuparse don Francisco en hacer clavar las estacas de tala de esa cerca, pues al poco tiempo fue suspendido de su empleo de Alguacil Mayor, "por estar en rresidencia"; enjuiciado. Salió bien de este trance, sin duda, ya que al año siguiente, como si nada hubiera sucedido, el encausado de nuevo ocupaba su puesto.
      En 1635 el Gobernador Dávila le condenó - junto con el General Juan de Tapia y Vargas y el Regido Diego de Roxas - (acaso por aquel descuido de los corrales) a dos años de suspención del empleo, más 200 pesos de multa. La pena prolongaríase por casi un año y medio, hasta que los tres funcionarios interdictos fueron repuestos en sus cargos por la Audiencia de La Plata. Asimismo, en 1638, el Alguacil Mayor de que hablamos, estuvo "preso en la cárcel pública por deudas que deve, e ympedido de usar el dicho officio"; ello no fue óbice para que cuatro meses después González Pacheco representara al cuerpo en el Convento de La Merced, durante las ceremonias de Semana Santa.
      Por el mes de julio de 1641 apareció en el rio, frente al puerto de Buenos Aires, "un batel de vela y rremos" con unos marineros a bordo pescando. Como aquellos argonautas no tuvieran "licencia y horden" de las autoridades para tender sus redes ni merodear por el estuario, el Sargento Mayor González Pacheco "los trujo y fueron puestos en la cárcel". A raíz de este incidente, el Cabildo reiteró la prohibición de que las embarcaciones sin permiso se acercasen a la costa.
      También aquel año, la corporación municipal comisionó al Alguacil Mayor González Pacheco y al Alcalde Crespo Flores a fin de que le pidieran a Fray Fernando Mejía, superior de los dominicanos, dispusiera que "las obejas que tiene en la playa y rribera deste rrio grande y en los pastos de la ciudad y su égido, las rretirase a una estancia (la actual Villa Dominico), o a donde no hiziesen daño a los pastos, como lo an hecho y ban haziendo". Y como ese prior mostrárase remiso en alejar a su majada ambulante se le insistió "que mande remediar el dicho daño, porque no es justo que dentro de la ciudad y sus arrabales se aga estancia de ganado de ningún género, particularmente de ovejas qués fuego que abrasa a los pastos por mucho tiempo".
      Empero, más que los ovinos churros de los frailes predicadores, interesaban al Cabildo las malas pécoras del rebaño humano. Aludo a la prostitución, cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos, y que existió y existe donde quiera los hombres se constituyan en sociedad. Por eso, corrido el medio siglo del asentamiento bonaerense de Juan de Garay, "les chemin de Buenos Aires" - que descubriera el novelista Albert Londres tres centurias después - estaba prefijado también en estas riberas para las mujeres dedicadas al amor venal. Así lo consigna el acuerdo capitular del 8-II-1642 (del que participó González Pacheco con su voto), donde quedó resuelto "que las mugeres mal opinadas tengan vivienda aparte de las casas honrradas y principales"; que "a las justicias" - es decir a los Alcaldes y Alguacil Mayor - les correspondía vigilarlas; y que "si se hallaren en las calles principales", habrá que "quitallas dellas", y procurar "darles vivienda en uno de los arrabales del lugar, acomodado para que la puedan tener; y que todas (esas rústicas precursoras de la vida airada porteña) se pongan en un parage para que las justicias con mayor comodidad puedan rrondarlas y evitar los daños que se ofresieren".
      Meses más tarde, nuestro personaje - por negocios quizás - se ausentó a "la provincia de Cuyo", y allí hubo de permanecer casi cuatro años; desde fines de 1642 hasta el 25-VI-1646, fecha en que se reintegró nuevamente al Cabildo bonaerense.

      Aparcería "non sancta" con Valdés, la famosa mesa de "truques" y los embrollos judiciales y extra-judiciales de mi antepasado

      De otros aspectos más particulares de la vida de don Francisco, diré que terminó por entenderse con su adversario de la víspera, el Tesorero Simón de Valdés. Este turbio personaje - que antes impugnara su título de Alguacil Mayor - consiguió, no se sabe con que sutiles artes, la complicidad de González Pacheco al que traspasó por venta simulada la totalidad de sus bienes, en previsión de posibles embargos y confiscaciones; las "cassas de su morada", construidas sólidamente de ladrillo y tejas, con puertas y ventanas de maderas labradas del Brasil; una chacra poblada con bueyes y ovejas; cuatro esclavos negros adultos y dos crios; y - entre otros objetos y muebles valiosos - un escritorio, dos sillas "bridas", unas espuelas de plata, un armario con tres libros, dos retablos de Nuestra Señora, varios baúles con vestidos, tres barrilitos de vino y una mesa de truques".
      Raúl Molina publicó en la revista Historia un artículo titulado Los juegos de Truques y de Ajedrez en el Buenos Aires del 1600. Dice ahí mi erudito amigo, que "quien introdujo aquella mesa de truques fue Simón de Valdés, el inquieto Tesorero de la Real Hacienda, que además de robar a Su Magestad, inició la primera casa de juego en la ciudad, con naipes, dados, billar y ajedrez", cuya "coima" cobraba con el mayor desparpajo.
      El tal juego de "truques" - antecesor directo del billar - desarrollábase sobre una mesa cuadrada con bandas forradas de tela, donde se colocaban unas tablitas, varios aros y un bolillo. Había también mesas con troneras, alrededor de las cuales podían competir dos personas, munida cada una con su taco de madera y bola de marfil. La partida consistía en voltear el bolillo o palo colocado en la cabecera de la mesa y al mismo tiempo pasar la bola por un aro, entre las tablitas, y meterla después en las troneras.
      Todo ello muy divertido, según se ve. Más se dió el caso que en razón de aquel impúdico contrabando de azogue - que relatamos anteriormente -, llegó a este puerto el pesquizador Delgado Flores, enviado por el Consejo de Indias, y procesó a Simón de Valdés. Este, ni corto ni perezoso, huye rumbo a Chile; mas antes de arribar a Santiago fallece en el trayecto. Entonces González Pacheco se queda en Buenos Aires con los bienes del finado prófugo, que estaban a su nombre. Y de esta suerte la famosa "mesa de truques" pasó a poder de mi antepasado; quien, por lo demás, al contraer terceras nupcias con Antonia de la Serna, sobrina del Obispo Cristóbal de Aresti, resolvió transferirle, a dicho monseñor los bienes que fueron del Tesorero Valdés, a fin de burlar a los herederos de éste, con los que venía litigando un pleito interminable.
      El mitrado - un buen tío, sin duda - se prestó a la tramoya para evitar que las propiedades aquellas pasaran a la antigua concubina de Valdés; Lucía González. Y el reverendísimo Aresti; antes de viajar a Charcas - a ruego del propio González Pacheco que así creyó resguardar mejor sus bienes de los acreedores - puso a la finca de Valdés a nombre de Luis de Aresti, otro de sus aprovechados sobrinos.
      Apenas necesito decir que alejado el Obispo de la ciudad, estalló la pelea entre sus parientes. Luis Aresti se negó a pagar los alquileres del inmueble - que hoy se ubicaría en la esquina sudeste de las calles Alsina y Bolívar -; y en el consiguiente pleito (descubierto por Raúl Molina en el Archivo) González Pacheco sostuvo que la casa litigada era suya; que su venta había sido simulada, pues él permaneció como habitante de la tienda y trastienda donde instaló su "mesa de truques"; cuyo artefacto le costó 2.000 pesos, oportunamente cobrados por Simón de Valdés; que dicho local donde se jugaba "a los truques" le rendía 1.000 "patacones" anuales de renta, suma con la cual "se sustentaba con su familia". El mismo don Francisco "cobraba el barato de los partidos que se hacían", en su carácter de dueño del garito, hasta que delegó tal menester en su sobrino Gaspar Pacheco. Como nada nuevo hay bajo el sol, también en los viejos tiempos el Alguacil Mayor - máximo jerarca policial de Buenos Aires - para ayudarse a vivir administraba una casa de juego.
      Ahora bien; cierto nefasto día el Gobernador Jacinto de Lariz, ordenó le llevaran la mesa de timba al Fuerte; no para moralizar la función pública combatiendo los juegos de azar, como pudiera creerse, sinó para divertirse con sus amigos, volteando palitos y metiendo a tacazos en las troneras las bolas de marfil. González Pacheco entonces, sin poder refrenar su furia se precipitó sobre el armatoste con un martillo en la mano y mediante varios golpes rotundos, lo hizo pedazos, a fin de que nadie pudiera gozarlo sinó él.
      En el posterior juicio de residencia del Gobernador Lariz, nuestro biografiado demandó contra dicho Mandatario por haberle quitado el oficio de Alguacil y, asimismo, ajustándose a derecho, por considerarlo responsable de la destrucción de su lucrativa "mesa de truques", con la cual - decía - sustentaba su vejez. Tales argumentos fueron tomados en cuenta por el Juez Baygorri, Gobernador reemplazante de Lariz, quién lo condenó a éste a pagarle a don Francisco 3.000 pesos de indemnización.

      Ultimos años, decrepitud y muerte del protagonista de esta historia

      A principios de 1651 - en plena administración de Lariz, por motivos políticos supongo - el Alguacil Mayor González Pacheco estaba "impedido y preso", según se lee en el Acta Capitular del 7 de enero. Un año después no participaba en la habitual elección de autoridades comunales, "por avérsele suspendido el uso del ofisio por causa e ympedimento de su mucha vejez y ser de edad de más de ochenta años". Recién cuando el advenimiento del nuevo Gobernador, Pedro de Baygorri, en la sesión del Cabildo del 15-III-1653, dióse a conocer un "Memorial" firmado por el aludido Alguacil, donde decía; "que respecto de los muchos años en que me allo, no puedo acudir a la administración de la rreal justicia y obligación que tengo del dicho oficio", y solicitaba que - si el Virrey de Lima, Conde de Santisteban, no mandaba otra cosa - pasase a ejercer el alguacilazgo porteño "mi eredero". Tal deseo fue proveído de conformidad por el Gobernador Baygorri, quien - previa la correspondiente fianza paterna - nombró por sustituto del Alguacil Mayor al único "eredero" varón del peticionante; Juan Pacheco de Santa Cruz, que juró y fue recibido en el cargo por el cuerpo comunal.
      No obstante ello, cuando el 1 de enero de 1654 hubo de efectuarse la elección que renovaba el Ayuntamiento por ese año, los capitulares reunidos a ese objeto, no se olvidaron de citar al viejo colega que, alejado del "municipal ruido", soportaba en su casa los achaques de la edad. "Y - expresa el acta respectiva - aviendo ynviado a llamar a Francisco González Pacheco por Pedro Ochoa, portero del Cabildo, ynbió a desir estaba enfermo en la cama y muy ympedido".
      Igual cosa ocurrió quince días más tarde, cuando el portero volvió a requerir la presencia del Alguacil Mayor, quien "dixo no podía benir sino le ynbiaba (el Cabildo) una mula, porque de otro modo no podía benir". Al año siguiente (1656), para la elección de autoridades, don Francisco, pese a sus dolencias de octogenario, concurrió - a lomo de mula, quizás - al Cabildo a consagrar con su voto a los nuevos Regidores. Durante el resto del año, el nombre del veterano Alguacil perpetuo, "ympedido por su enfermedad avitual y su mucha edad", figura ausente en los acuerdos cabildeños. En 1657 persistían agravados los padecimientos seniles del personaje. Todavía el 9 de agosto de ese año las actas capitulares consignan su no concurrencia por estar "ympedido y falto de salud". Tal situación no se prolongaría demasiado. Dos años después, en 1659, con sus 90 inviernos a cuestas, mi arcaico e inquieto antepasado, previa disposición testamentaria, entró en la eterna quietud.
      por Carlos F. Ibarguren Aguirre

  • Fuentes 
    1. [S112] Los Antepasados, A lo largo y mas alla de la Historia Argentina, Ibarguren Aguirre, Carlos Federico, (Trabajo inedito), Tomo X, Los Rodríguez de Estela (Confiabilidad: 3).

    2. [S168] Los Sojo Torres, Vásquez Mansilla, Roberto, (Cuaderno anillado e inédito).

    3. [S112] Los Antepasados, A lo largo y mas alla de la Historia Argentina, Ibarguren Aguirre, Carlos Federico, (Trabajo inedito), Tomo VIII, Los González Pacheco (Confiabilidad: 3).