| Notas |
- Fundador en 1880 de la empresa Bossio y Camuyrano, gracias a la cual amasó una considerable fortuna, siendo propietario de edificios y quintas distribuidos por Buenos Aires, y una estancia en la estación La Penca de más de 10.000 hectáreas, poblada por 8.000 vacunos, 4.000 lanares y 300 yeguarizos. [4]
- "[...] Bajo el título Los envenenadores del pueblo, en casi todos los diarios que se publican en la capital leemos que comerciantes poco escrupulosos - y muy bien podemos suprimir el poco - estaban envenenando media población, y en la lista de esos comerciantes sin escrúpulo figura el nombre de Don Miguel Camuyrano, multimillonario próximo a convertirse en un segundo Morgan.
Bien, Don Miguel Camuyrano es genovés; vino al país cargado de ambiciones; llegó a Buenos Aires y se compró dos canastas, se marchaba tempranito al antiguo mercado viejo, juntaba la fruta podrida que había tirada por el suelo y en la basura, y se iba por los conventillos, a vender a cinco el montón (su fortuna la debe, en realidad, al envenenamiento de la población), y cuando tuvo reunido un capital y pudo robar y envenenar en más alta escala, Don Miguel se propuso envenenar al pueblo con toda clase de comestibles, se hizo dueño de la Pescadora Argentina, y cuando el pescado estaba en estado de descomposición, y allí lo tenía hasta que escaseara la mercadería para poder vender podrida y a más alto precio, sin importarle nada a Don Miguel que el que lo comiera se inflara como un escuerzo; él sólo sentía una gran satisfacción mirando sus pesos amontonados.
Más tarde se le ocurrió un nuevo gran negocio, después una maquiavélica idea, concibió la creación de la Única, y así fue como nos libró Don Miguel del mal aspecto que ofrecían los caballos muertos en la calle, que antes permanecían cinco o seis o más días tirados en la vía pública por negligencia de la municipalidad.
Don Miguel se encargó de llevarlos a su Única y a los pocos días al mercado, en forma de factura fresca, chorizos, mortadela, matambre, salame y grasa de "chancho". ¿Que la municipalidad llamaba al orden a Don Miguel? Él se imponía pues se trataba de nada menos que el señor Camuyrano, era el prestamista de la municipalidad. [...]"
El obrero en dulce, Buenos Aires, 1/5/1920, página 3
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