Notas


Coincidencias 501 a 525 de 59,328

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501 "Pita" López Camelo Errea, Josefa (I1263)
 
502 "Poeta, periodista, soldado y hombre de empresas comerciales. Nació en la ciudad de Montevideo el 28 de julio de 1840. Era hijo del doctor don Florencio Varela, abogado, publicista y periodista, y de doña Justa Cané de Somellera, cuya salud preocupa en estos momentos a la alta sociedad porteña, con cuyas familias está vinculada por el doble lazo de la amistad y de la sangre. Juan Cruz Varela murió en Niza en Enero de 1908. "El Diario" al anunciar su muerte y considerar su labor publicaba los siguientes conceptos: "Miembro de una familia numerosa y toda ella tan espléndidamente dotada, por el genio que preside la distribución de la inteligencia y las aptitudes del talento, Juan Cruz Varela fue el poeta, el cantor juvenil y entusiasta de las pasiones amables y de las mujeras bellas, de las aventuras de amor, de los celos trágicos, de las pecadoras que se arrepienten y no se arrepienten, de los mancebos galantes, de las damas tiernas de corazón a cuyo semblante trascienden esos sentimientos en forma de belleza capitosas y cautivantes, en fin, de todos los entusiasmos y de todas las alegrías. Con los años, terminada la cosecha de rimas sonoras como clarines, el hombre de su tiempo que dormitaba bajo aquel trovador, recuperó su imperio, poniendo de lado los versos, para volverlos a tomar más tarde como pasatiempo de rico hombre que ha conquistado la independencia de sus gustos, se dedicó a los negocios y en ellos tuvo la compensación de sus entusiasmos, haciendo varias fortunas que gastó enseguida, con sus gustos de coleccionista de bellas obras de arte y de opulento gran señor, que realiza los caprichos del poeta, en viajes dispendiosos y en fantasías de existencia millonaria. Sus exquisitas facultades de bondad, y las de gentes, su afabilidad imperturbable y obsequiosa, el amor a los suyos y el cariño a sus amigos, fueron razones permanentes de su atracción, a través de todas las diversas situaciones de su existencia, en que poeta, periodista, soldado, hombre de negocios, fue siempre y sobre todo por sus gustos, por el garbo de su carácter y de su espíritu un verdadero gentil hombre". Son numerosas y de toda índole las producciones poéticas debidas a su pluma y a su inspiración. Ellas están perdidas en las colecciones de los diarios, periódicos, revistas, y en hojas sueltas que circulaban de mano en mano por su carácter un tanto libre. Su hijo Dalmiro Varela Castex está reuniendo estos trabajos que publicados serán buscados con empeñoso interés". (Biografía de Don Juan Cruz Varela y Cané publicada en las "Notas Biográficas" de José A. Scotto, editadas en 1910).  Varela Cané, Juan Cruz (*) (I80298)
 
503 "Profundo pesar ha causado en nuestros círculos sociales la noticia de la desaparición de D. Miguel Enrique Saubidet, fallecido ayer en esta capital a las 24 años de edad. Su trayectoria, con haber sido breve, se distinguió por las virtudes caballerescas y la fina sensibilidad que caracterizaron su paso a través de diferentes esferas de la vida ciudadana. El acto de su sepelio- que se realizará hoy a las 16 en el cementerio de la Recoleta- ha de constituir un fiel trasunto de los sentimientos que había sabido despertar". (La Nación, 13.7.1955) Saubidet Quiroga, Miguel Enrique (I280159)
 
504 "Protector de los Naturales" Plaza, Isidoro (I635)
 
505 "Que se halla de religioso jesuita", dijo su padre al testar en 1710. Ruiz de Llanos Albarracín, Diego (I46778)
 
506 "Regidor de Jerez, Alcaide del Real Alcázar por cesión de su futuro suegro el Conde de Arcos Juan Ponce de León y Cabrera ? mi antepasado ?, fechada en Marchena el 20-VIII-1462. Estuvo por casarse ? o se casó ? con Florentina Ponce de León, hija bastarda de aquel 2º Conde, la cual luego tomó por marido a Juan de Suazo, con quien prolongó sucesión. Fernando de Zurita vivió muy poco y murió en Jerez el 3-VI-1466, bajo testamento otorgado 5 días antes, el 29 de mayo. Lo heredó su madre doña Mencía por no tener descendencia legítima." Zurita Suárez de Figueroa, Fernando Alfonso de (I625088)
 
507 "Religiosa de velo negro en el Convento del Espíritu Santo de la villa de Guadalcanal..." (conf. testamento de Don Cristobal de Buiza Sanabria Forero, otorgado en Azuaga el 29 de diciembre de 1750). Buiza Toledo, María Antonia de San Joaquín de (I247821)
 
508 "Sacador de reses" en 1744 (hijo de Bernardo Lara, dueño de la "Punta Lara" en la Ensenada de Barragán). Fueron padres de seis hijos: los Lara Izarra. De ellos vienen los Lara Izarra Rodríguez Flores, los Lara Izarra Melo y los descendientes de ambas fami Lara, Agustín de (I57472)
 
509 "Salió de Marsella junto a su esposa y sus tres hijas menores, rumbo a Buenos Aires. Su hijo mayor, Juan Enrique, de 20 años de edad, ya residía en Argentina.
De Marsella a Buenos Aires, barca francesa 'Moshesh', 8 de abril de 1867". 
Segiser, Heinrich (I225647)
 
510 "Se realizará la boda de la srta Maria Florentina Madero Molina con don Marcos Malbrán Cranwell, que será bendecida por el presbítero Das Neves en la iglesia de San Miguel. Serán padrinos Carolina Cranwell de Malbran, madre del novio, y don Juan Jose Madero, padre de la novia. No habrá fiesta alguna celebrando el acontecimiento a causa del luto que guarda la familia de la contrayente." Recorte de diario (desconocido), gentileza de Isable Blaquier de Sojo Familia F12213
 
511 "Sebastián de Baldivia y Ariza" (así figura en el testamento de su madre); él y su hermana Ana heredaron aquellas cabezadas y bañados de la "Isla del Trigo", cuya propiedad vendieron, el 29-VIII-1692, al Capitán Juan Báez de Alpoin. Valdivia Agreda de Vergara, Sebastián de (I39479)
 
512 "Sepelio del coronel (RE)José M. Maldonado
Falleció en el Hospital Militar Central el coronel (RE) José María Maldonado y sus restos recibieron sepultura en la Chacarita.
El Comando en Jefe del Ejército designó una comisión, compuesta por los coroneles Benito Alberto Viola- quien habló en el sepelio-, Ubaldo Ciminieri, Santiago Corradi, Juan Nicolás Maggio y Julio Alberto Arana para acompañar los restos del compañero de armas." ( La Nación, 16.7.1970)
 
Maldonado Tallón, Coronel José María (I636593)
 
513 "Teniente Coronel de los Exércitos del Rey de España" Lequerica, Mariano (I1059)
 
514 "Terminada la labor de emplazar la ciudad (léase Mendoza), se dispuso Jufré a poblar en la provincia de Tucumán, Caria o Cariagasta (Calingasta), de acuerdo a sus obligaciones. Fue bien recibido por el cacique de los huarpes, Angaco, con una de cuyas hijas convertida tiempo más tarde con el nombre de Teresa de Asencio, se casó Juan Eugenio Mallea, segundo jefe de la expedición. En el lugar poblado por ese cacique resolvió Jufré fundar la que llamó "Ciudad de San Juan de la Frontera, Provincia de los Huarpes". (Vicente D. Sierra, Historia de la Argentina, tomo I, pag. 432) Asencio, Teresa de (I107092)
 
515 "Todos los finales de año, el 31 de diciembre, antes de cenar con sus amigos habituales, Borges hacía una visita a un apartamentito de la calle Independencia, entre Chacabuco y Perú, si la memoria no me falla. Allí me llevó dos veces.El apartamento era uno de esos que se abren sobre un corredor largo,angosto y húmedo. Tenía dos piececitas diminutas que daban a un patiecito escuálido. En el patiecito no había plantas y los cuartos, cuya única abertura eran las puertas que comunicaban con ese patiecito, debían ser difíciles decalentar en invierno.Aquí vivía una mujer ya vieja, alrededor de unos sesenta años, muy pálida, rolliza y que nunca había sido bonita. Borges consideraba que esta visita de fin de año era un tributo y un homenaje que había que rendir a esta mujer. Se llamaba Elvira de Alvear y su padre había sido uno de los hombres más ricos del país. El matrimonio de la madre de Elvira, Mariana Cambaceres,con Diego de Alvear había sido uno de los acontecimientos más escandalosos de la crónica mundana. Mariana Cambaceres había estado antes casada y había tenido la suerte de enviudar; esto le permitió casarse con Alvear, que era su amante. Otras coloridas historias corrían sobre esta familia, pero no hace al caso contarlas ahora. El hecho es que Diego de Alvear había dilapidado su fortuna y su hija vivía ahora precariamente.Un detalle que se repetía todos los años conmovía especialmente a Borges. Sobre la mesa del comedor había una campanilla de plata. Elvira de Alvear la agitaba y después comentaba: «¿Dónde se ha metido la gente de servicio? ¡Fíjese, Borges, nunca, nunca están cuando los llamo!».Esto emocionaba a Borges. Salía de allí con la sensación del deber cumplido y cierta melancolía. Nunca había estado enamorado de Elvira de Alvear, pero el desvarío de esta nueva pobre tocando su campanilla de plata lo conmovía."
"Borges a contraluz" por Estela Canto 
Alvear Cambaceres, María Elvira de (I10157)
 
516 "Tomasa Ruiz de Robles" - así la llamaban -, enferma en cama, redactó su testamento ológrafo, cuya carta sellada y lacrada entregó, el 17-III-1718, al Escribano Domingo Lazcano. La causante ordenó se sepultaran sus restos en la Iglesia de La Merced, amortajados con hábito de esa congregación. Declaró no haber tenido hijos en ninguno de sus matrimonios. Fundó una Capellanía y nombró por albaceas a Miguel de Obregón y a Bartolomé de Aramburu - mi antepasado. A la mujer de éste último, María Ruiz de Ocaña - sobrina de Tomasa y 6ª abuela mía -, le dejó la testadora un esclavo negro llamado Martín. Ella murió cuatro días más tarde. Ruiz de Ocaña de la Rosa, Tomasa (I40578)
 
517 "TORCUATO" ANTONIO DE ALVEAR Y SAENZ DE LA QUINTANILLA , nacido en Montevideo, Uruguay el 23 de Julio de 1822, bautizado allí el 24 de Julio de 1822 (Catedral Metropolitana de Montevideo). Hacendado de la Pcia. de Buenos Aires, Diputado Nacional, el 14 de Mayo de 1880. El Presidente Julio Roca lo nombra Primer Intendente Municipal de la Capital Federal 1880-1887. Una de sus primeras medidas fue ordenar la demolición de la Recova Vieja, que se levantaba en medio de la Plaza de Mayo. Hacia la segunda mitad del siglo, presidentes como Domingo Faustino Sarmiento marcaron una intención clara de dar una nueva imagen a la ciudad que se iba perfilando como la capital de una pujante y gran nación. Torcuato de Alvear, sin duda, había quedado impresionado de los magníficos trabajos de reformas urbanísticos que se desarrollaban en París entre 1852 y 1870 bajo la supervisión del Barón de Hausmann y empezó a considerar como modelos a los Campos Elíseos de Par­s, el Bois de Boulogne y el Paseo del Prado de Madrid. A él le tocó revivir las teorías urbanística del Barón y hacia 1880 una de sus primeras medidas es ordenar la demolición de la Recoba Vieja, que se levantaba en medio de Plaza de Mayo para dar inicio a la apertura de una avenida que unían la tradicional Plaza de Mayo con la Plaza de los dos Congresos, con anchas veredas bordeadas de plátanos, con mesas de café que invitaban a la pausa y edificios monumentales exquisitamente trabajados. Sin duda, una avenida con muchas lecturas: una ciudad con vocación de grandeza, la expresión de una Argentina pujante y la conexión entre dos de los poderes de una gran República: el Ejecutivo y el Legislativo. Otras medidas importantes como parte de las mejoras urbanísticas de su gestión, fueron el rediseño del barrio de la Recoleta, nivelando, abriendo y pavimentando sus calles, además se remodeló el Cementerio y el Asilo de Mendigos, actual Centro Cultural Recoleta. En esta plaza, como en la mayoría de las de aquel tiempo, se construyó una gruta con movimiento de agua similar a un manantial y un pequeño arroyuelo. Hacia 1887 se la llamó Plaza de La Paz y desde 1898 se la conoce como Plaza Intendente Alvear, en reconocimiento a su acertada labor. También después de su muerte se colocó allí un monumento dedicado a su memoria que se erigió por Ley Nacional inaugurándose en 1900, enfrentando a la avenida que honra a su padre, el General Carlos María de Alvear. El busto a Torcuato de Alvear rubricado con una palma de flores, está situado en el tercio inferior de la columna, en cuyo remate hace pié una figura alada que simboliza "La Gloria" en actitud de avanzar triunfante. Los bajo relieves de la base están firmados por A. Joris, escultor y Juan Lauer, fundidor. La Aveinda Alvear fue trazada en 1885 por el Intendente Torcuato de Alvear y bautizada en homenaje a su padre, Carlos de Alvear, general y político que presidió la Asamblea del año XIII y fue Director Supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata en 1815. Originalmente se extendía desde la Plaza San Martín, siguiendo el actual curso hasta La Recoleta y descendía al bajo para continuar hasta Palermo. El tramo desde la barranca hasta el bosque de Palermo fue bautizado en 1950 como Av. Libertador General San Martín. Construyó su casa, una suntuosa residencia en Cerrito esquina Juncal donde años más tarde, se reunirían los descendientes de don Carlos María de Alvear. Falleció en Buenos Aires el 7 de Diciembre de 1890. La localidad de "Don Torcuato" emplazada en tierras que fueron de su propiedad, conmemora su persona, etc. Alvear Sáenz de la Quintanilla, Torcuato Antonio de (*) (I5733)
 
518 "Un pedazo de atmósfera dadaísta"
por Soledad Vallejos

Anteúltimo heredero del matrimonio de Federico Peralta Ramos y Adela Balcarce, Federico asomó al mundo por primera vez el 29 de enero de 1939 en Mar del Plata, la ciudad que decenios atrás fundara su tatarabuelo Patricio, la misma tierra que lo vio, ya adolescente, persiguiendo la bocha sobre su caballo en los partidos de polo disputados en la estancia de su abuelo. Hasta llegados sus años universitarios, se encargó de cumplir con todo lo esperado de un joven continuador de la más rancia aristocracia criolla: estudiante sin grandes complicaciones ni tampoco brillantez excesiva en el bachillerato del Colegio Cardenal Newman, eligió la Universidad de Buenos Aires para rendir las materias que le permitirían ejercer la arquitectura y, tal vez, sólo tal vez en su fuero más íntimo, formar parte de Sánchez Elía, Peralta Ramos y Agostini, el reconocido estudio que su padre formó con algunos socios. Sin embargo, la inquietud por el entorno del arte, la vida nocturna y la gestación de las vanguardias pudo más, y lo empujó, de buenas a primeras, a recorrer los círculos de los jóvenes provocadores de los sesenta.
Pero la vida del artista, ese "detectador de lo inadvertido", era para Federico mucho más que simplemente recorrer el camino taller-exposición-taller. Necesitaba dar un paso más allá, comprometerse por completo en la creación de una obra efímera y eterna a la vez: generar una sumatoria de provocaciones, contradicciones evidentes y meditadas hasta la perfección, una recopilación de hechos, pensamientos, anécdotas y realizaciones que confluyeran en la gran obra que todo artista ansía legar. Y uno de sus primeros pasos fue tomar cartulina, marcador y engendrar la religión gánica ?"ser gánico significa hacer siempre lo que uno tiene ganas", aclaró?, una construcción que cuadraba con su "patafísica" y su vocación de "filósofo callejero y peripatético". Tras un encabezamiento digno de un sacerdote supremo ?"Habitantes de este sistema solar, yo, Federico Manuel Peralta Ramos?"?, el elegido del Señor garabateó los mandamientos que regirían, desde entonces, la vida de los nuevos adeptos. Se trataba de 23 preceptos como "A Dios hay que dejarlo tranquilo", "Ampliar la esencia hasta llegar al halo", "Vivir poéticamente", "Creer en el gran despelote universal", "Superar el plano físico", "Jugar con todo", "Creer en un mundo invisible, más allá de los lejos y de los cerca", "Provocar movimiento", "No mandar", "Flotar".
Pero su arte psicototalista "una especie de creación por entregas", decía, era incomprendido. Durante la exposición de Ganadería de la Sociedad Rural Argentina de 1967, Federico, descendiente de terratenientes de larga data al fin, se presentó al remate de un toro reservado gran campeón "que, según dicen los especialistas, es superior al gran campeón porque aún no ha llegado aún a su máximo y tiene mucho por rendir", un charolais, "era bellísimo, blanco". En medio de una puja ardiente, su imponente voz se alzó y logró que el martillo de Arturo Bullrich bajara justo a tiempo para acreditárselo a él en 1.150.000 pesos. "Yo lo quería exponer como arte vivo. Fui al Fondo Nacional de las Artes a gestionar un crédito para pagarlo, pero me lo negaron". Entonces intentó que el gerente de un pueblo donde la familia tenía campos le habilitara un préstamo, se dice que el gerente le preguntó quién era. Federico señaló con la mano hacia los costados del pueblo y confesó: "Yo? soy el dueño de la tierra".
Las gestiones no fueron exitosas. El Gordo jamás obtuvo el dinero necesario para retirar al animalito de marras del establo. "Entonces mi hermano Diego, el Caballero del Mar, fue a Bullrich y anuló la compra". Pero la historia de la compra frustrada no terminó allí. Debido a la promesa no cumplida, la familia Peralta Ramos veía acercarse la posibilidad de tener que enfrentar un juicio para que la compra se concretara, o por lo menos para que se pagara algo de dinero por el tiempo perdido. Federico, que ocupaba una de las cinco habitaciones de servicio del departamento familiar a pesar de los cuartos de huéspedes siempre vacíos, que tras la muerte de los padres se negó a mudarse a algún cuarto más grande y cómodo porque allí lo "pusieron ellos", que no desaprovechaba oportunidades de recordar que "ellos, mis padres, lo entienden todo", agachó la cabeza y sus 28 años acataron el mandato paterno de anular la compra alegando su demencia. Así fue como sus ojos azul cielo debieron resignarse a ser iluminados sólo por la luz artificial de un instituto psiquiátrico durante los cuatro meses de internación que alejarían los fantasmas de los litigios legales.
El artista plástico Pier Cantamessa, amigo de la familia y amigo personal de Federico desde su primera juventud, iba regularmente a visitarlo junto con Enrique Barilari. "Adentro del manicomio hacía exactamente lo que hacía afuera, dentro de sus posibilidades. Él era creativo ahí adentro, y siempre fue un gran organizador. Les daban mate cocido a la tarde, y él había organizado "La fiesta del mate cocido". Todos los locos habían puesto cosas para la fiesta. Habían estado trabajando, con papeles hacían dibujitos y los pegaban, era una terapia ocupacional. Y para los locos era un dios, estaban todos tomando mate cocido, y cuando llegamos nos puso a nosotros a tomar mate cocido. Había un cartel que decía: "organizador: Federico", porque ahí no había apellido. Pero estaba muy triste. Cuando nos fuimos, que vio que nosotros podíamos irnos y él no, nos miraba con tristeza". Según contó una vez a Marta Minujín, allí, a pesar de haber sido internado por cuestiones formales, recibió sesiones de electroshock, lo que en combinación con sus dosis diarias de alopidol "una suerte de regulador nervioso que debió tomar desde siempre" se transformaba en una alquimia poco recomendable para cualquiera.
Doce años después del episodio toril, un italiano con más suerte que Federico consiguió exponer un toro en la Bienal de Venecia. Y ganó el primer premio. "Una lástima, porque cuando yo lo compré recibí un mensaje cósmico: al año siguiente, el toro salió Gran Campeón y lo vendieron mucho más caro".

El reinado del bien

"Pinté sin saber pintar, escribí sin saber escribir,
canté sin saber cantar. La torpeza repetida se
transforma en mi estilo". FMPR

Tal vez la consciencia de ser considerado un loco a pesar de que él se definía como psicodiferente, de tener que enfrentar violencia encubierta con su mejor sonrisa, de no haber vendido más que una obra en su vida ?ni más ni menos que el sueño de cualquier argentino: un buzón, exhibido en la sala de Alvaro Castagnino, hecho por él pero idéntico a los originales, una obra que adquirió en un remate la vedette Egle Martin aunque jamás lo pagó?, fueran demasiado aún para él. "Sueño con un mundo donde exista el Reinado del Bien, donde no tenga que defenderme más del Error". A pesar de que uno de sus pasatiempos favoritos era contribuir a la construcción de su imagen de loco "arte provocante, según propia definición y la de su entorno", por más que, como un niño, su alboroto sólo tuviera el objetivo de llamar la atención de los demás -especialmente la de su padre, tan distinto a él", más de una vez el menosprecio se colgó de su cuello hasta hundirlo en un lago construido de pequeñas depresiones.
Cierta vez, en medio de una de las angustias que le generaba no sentirse reconocido como artista en su país, enfrentó a Pier Cantamessa, y le planteó con gravedad:

"Decime una cosa, yo creo que a vos nunca te pude sorprender, nunca hice algo que te asombrara. Ya hice muchas cosas, como estar vestido con el traje y los zapatos adentro de la cama, y todo eso, y vos nada. ¿Alguna vez te sorprendí?.
" Una sola vez.
" ¿Cuándo?
" ¿Te acordás esa vez que íbamos por Viamonte y vos fuiste a un kiosco a comprar un paquete de diez pastillas de menta, y te los comiste todos de una vez? Ese día yo quedé sorprendidísimo.
" ¿Y por qué no me dijiste nada? ¿Así que te sorprendí? ¡Menos mal!

Y la depresión abandonó su mente ante el paso impertinente de la euforia por saberse admirado, por haber logrado impactar con la reproducción de una de sus escenas favoritas de Anthony Quinn ?la vez que en la película La Strada su personaje traga entero y de un bocado un helado? a su amigo, al punto que en ese mismo instante decidió salir a festejar con una cena.
Periódicamente, las nubes de la tristeza regresaban y opacaban su sonrisa tiernamente infantil, pero su necesidad de permanecer en Buenos Aires "porque el que se va de Buenos Aires se atrasa, es la ciudad del futuro" podía más. Y qué mejor camino para reafirmar su decisión ante los demás y ante él mismo que lanzando un poema con aires de manifiesto nacionalista a su manera:

"No quiero ir a la luna,
a mí me gusta acá, a mí me gusta acá, a mi me gusta acá.
Quiero caminar por las calles de Buenos Aires,
a mí me gusta acá, a mí me gusta acá, a mí me gusta acá.
Me quiero sacar una foto en la plaza San Martín,
a mí me gusta acá.
Quiero ser amigo del obelisco,
a mí me gusta acá.
Me encanta el atardecer en el campo argentino,
a mí me gusta acá, a mí me gusta acá, a mí me gusta acá."

Y, tras las tormentas, los proyectos volvían a ocupar su tiempo. A principios de 1970 iniciaba otra de sus obras: un disco que "se refiere a un mundo metafísico" editado por Columbia records y producido por Francis Smith, una tirada de exactamente 1.333 copias hallables en ese tiempo en farmacias y disquerías. Se llama "Soy un pedazo de atmósfera" y "Tengo un algo adentro que se llama el coso", adelantaba en una entrevista a la revista Confirmado. "La gente que tiene el coso adentro es mutante y las conversaciones no se hacen de cuerpo a cuerpo sino de coso a coso. El coso es la esencia". De más está decirlo: su producción no lo consagró como artista del año, ni lideró listas de preferencias, pero sí vendió lo suficiente como para agotar la edición, que también incluía el tema Oso goloso. Y tal vez dejara claro cuál era el arte de Federico, el pequeño gran provocador: "La superioridad irrita, yo sólo soy un ser psicodiferente, es decir, yo no soy un hombre común, mi cerebro provoca cortocircuitos, dice un amigo. Y otro dice que soy un "maestro en ser feliz en la desesperación", alguien que puede enseñar a ser feliz en un mundo plagado de obstáculos".
Hacia fines de 1965, su nombre figuró entre los ganadores del Premio Nacional e Internacional Instituto Torcuato Di Tella, organizado en celebración del quinto aniversario del epicentro de la vanguardia porteña. Allí su obra en óleo y cemento Nosotros II compartía la muestra junto a, por ejemplo, trabajos de Pérez Célis, Rogelio Polesello, Carlos Squirru y Delia Puzzovio. En el catálogo de la exposición, donde cada premiado disponía de un pequeño espacio para explicar sus motivaciones, objetivos y demás, Federico prefirió publicar una poesía:

"Creo en un mundo invisible
más allá del plano físico
más allá de los lejos, y de los cerca
donde se mezclan los caminos de las cosas
Un mundo amigo
Para ustedes
donde los caballos nunca se cansan
donde está treff
Era amigo del patrón
un tal Peralta
se detuvo al peligroso
yo coloso".

En el nombre del padre

Federico padre conocía de sobra las costumbres de su hijo, pero no era precisamente eso lo que podía inquietarlo. Los amigos de Federico Manuel, al menos quienes llegaron a formar parte habitual del paisaje del departamento de Alvear y Parera, aseguran que, en realidad, todas y cada una de sus provocaciones tenían como único objetivo espantar a su progenitor, o por lo menos ?moverle el piso?. Pero pocas veces lo conseguía. Cuando las vías de acceso al punto del espanto podían retardarse, Federico prefería ser directo. ?Vos, papá, tenés alma de comisario?. Pero la sonrisa paterna le hizo saber que, más que una ofensa, lo que había dicho era un motivo de orgullo.
Otro intento. Cena familiar, es decir: madre, padre, Rosario "la hermana más cercana a Adela, su madre, y a él, otras hermanas, hermano menor, Federico Manuel y Pier Cantamessa. Ya habían quedado atrás las penitencias de comer en la cocina, junto con los empleados, por hablar de sexo ante las hermanas o por insultar en el preciso momento en que las personas del servicio doméstico se acercaban para servir. La mucama llevó a la mesa una bandeja de peceto cortado en rodajas y puré en cantidad suficiente para todos, se sirvió Federico padre, la madre, las hermanas y el invitado. Por regla, seguían en el orden Federico y luego su hermano. Al llegar la bandeja a sus manos, Federico se sirvió todo lo que quedaba, es decir, alrededor de ocho piezas de carne y su correspondiente guarnición, ante la mirada atónita de los demás. "¿Y Sebastián qué?", lo retó la madre. "Yo tengo hambre, me lo sirvo todo". "Bueno, si tiene hambre". Marcharon unos huevos fritos para el despojado y fin de la cuestión.
Un amanecer, tras agotar las estrellas en Can-Can, Federico invitó a Cantamessa a compartir el desayuno en su casa. Cuando llegaron, Federico padre dejó de lado la lectura del diario. ?¿Vienen de joda??. ?Sí?. ?¿Buenas minas??Bah, a Federico le gustan las gordas?: Impaciente, Federico fue a la cocina y volvió con un café con leche matinal, un ritual que habían inspirado sus ??Canciones para antes y después del desayuno?, porque cuando tomás el desayuno no te podés distraer?. Mientras Pier y Federico padre conversaban y hacían los honores a sus desayunos preparados por la mucama, Federico, con la naturalidad de siempre y en el más completo silencio, tomó una taza de café con leche con algunas medialunas. Y otra. Y otra. Y así hasta llegar a seis servicios. ?¿Te das cuenta por qué no lo interno en un manicomio a éste??, espetó de golpe Federico padre señalando a su retoño, ?Me saldría un dineral sólo la comida?.
Probablemente el enfrentamiento más grave haya sido la vez una discusión que empezó cuando el padre se refirió a Clorindo Testa de manera poco cortés en la mesa y Federico ?que sentía gran admiración por Testa y se consideraba su amigo? lo defendió. Fue entonces cuando FMPR abandonó la casa familiar para refugiarse en una pensión no muy distinguida frente a Harrods. En el tiempo que duró el alejamiento, no hubo más contacto con sus padres que el estrictamente necesario para obtener el dinero con que pagar el alopidol. Sin embargo, tras más de veinte días sin ver a su hijo, un comentario dicho al pasar desesperó a su madre lo suficiente para levantar el teléfono. ?¿Pier, vos lo ves a Federico??. ?Sí?. ?Me dijeron que lo vieron con el traje de fiesta y zapatillas. ¿Es cierto??.
La relación entre Adela Balcarce y su hijo no conoció las mismas rispideces. Ella, definida en alguna oportunidad como ?una mujer remota y sensible hasta la fragilidad? por Carlos Insua, otro amigo de la familia, sabía comprender y respetar a Federico. Las telas y los caballetes fueron grandes aliados de su delicado espíritu, de ellos se sirvió para inmortalizar a su hijo en un cuadro que él después colgó en su pequeña habitación: un óleo que enmarca la cabeza de Federico sobre un fondo de cielo azul cobalto salpicado de estrellas, un retrato en que los ojos son los protagonistas.
Cuando se acercaba el festejo de los cincuenta años de casados de sus padres, Federico intentó infructuosamente convencer a su padre de que invitara a su madre a cenar a Don Pepe, una fonda de mala muerte, sucia, donde la esposa del tal Pepe recibía a los clientes al grito de "¿Qué quieren comer?" en sus días buenos o los lapidaba con un "¿Qué carajo quieren?" cuando le molestaban, un lugar donde los precios dependían de la cara del comensal aunque eran siempre altísimos "y no descontaban el porcentaje del plato que era obligatorio convidar al perro que vagaba por el local". En pocas palabras: un lugar "irresistible para la gente rica". Pero no hubo caso, en especial porque Federico padre, conociendo los gustos poco ortodoxos de su hijo, había tomado la precaución de visitar el lugar a tiempo para descartarlo. Decepcionado por la escasa repercusión de su propuesta, Federico se dedicó a agotar la tarde en busca del regalo perfecto para la feliz casada. Muchas cuadras y horas después de iniciado el raid, encontró lo que, definitivamente, sería la sensación de la noche. Paquete en mano, él y Pier llegaron a la fiesta. ?Federico, todavía estás a tiempo de cambiar de regalo?, imploró su amigo. Pero no. Federico entró, llegó frente a su madre y le entregó una caja prolijamente envuelta. Adela, curiosa, abrió el paquete y sacó un brillante par de guantes de box rojos. Y se los puso, para dejárselos toda la celebración. Más de una foto la muestra, posando guantes en mano y sonriente a más no poder. Federico, por su parte, muy a pesar de los deseos de su padre, la persiguió toda la noche para acomodárselos, atarlos bien para que no se salieran y recordarle lo bien que le sentaban.

Federico no sólo aplicó su arte provocante a las exposiciones o a forjar anécdotas ante los amigos. Se dice "como tantos hechos en el relato de su vida, se dice, pero pocas veces se sabe quién, cómo o cuándo" que ni siquiera la sacralidad de los claustros universitarios logró amilanarlo. Durante un examen o una clase de la carrera de arquitectura, un profesor "un arquitecto llamado Solsona" le preguntó: "¿Por qué no me explica quién fue Wright?". Federico, como solía pasar, no tenía la más mínima idea. "De Wright no le voy a hablar porque era muy mala persona".
"Una vez -contó en los sesentas-, concurrí a un banquete que se daba en el Círculo de Armas. Como soy un caballero, fui con mi traje azul, mi camisa blanca y mi corbata oscura, impecable como un burócrata. A la hora del brindis, todos, muy solemnes, me pidieron que dijera un discurso y me ubicaron en la cabecera. Yo, un poeta, obligado a pronunciar una oprobiosa cháchara a los postres de un festejo. Surgió mi rebeldía ancestral y me puse a cantar La hora de los magos, de Jorge de la Vega, un tema que poco tiempo atrás había integrado mi espectáculo en el cabaret Can-Can. Era, realmente, una situación absurda y paradojal. Yo esperaba que se levantaran y se fueran, o que, en un gesto algo menos aristocrático pero más contundente, me tiraran con los panes y las botellas. Nada de eso. Mi interpretación fue premiada con un aplauso estruendoso y mi alegría contagió a esas almas normalmente almidonadas. Saltaron desde la perplejidad hacia la entrega y recorrieron el mágico camino de la sonrisa. "Nada más bello que el gris que se vuelve oro", pensé entonces. "Nada más bello que el oro", pienso ahora".
Pues bien, hacia 1973, tras algún tiempo de inactividad, pisó los estudios de un canal de televisión con una misión absolutamente novedosa en su carrera: realizar, semana a semana, un sketch en el programa que Tato Bores tenía por entonces en canal 13. En una experiencia que repetiría en sus últimos años, poco antes del horario de grabación, Federico se enfundaba en su mítico traje azul ?combinado con camisa blanca y corbata al tono?, se calzaba los zapatos de charol con hebilla dorada ?regalo de un viaje que el padre había hecho a Estados Unidos?, y meditaba brevemente cuál sería el tema de su disertación. La actuación era, detalle más, detalle menos, algo así: mientras Tato desgranaba un largo monólogo sobre un fondo escenográfico despojado, Federico se acercaba y enunciaba una frase, como ?Hoy quiero diagnosticar que se aproxima el fin de hoy?, sino recitaba A mí me gusta acá. O Federico irrumpía en algo parecido a un escritorio portando un apropiado par de antiparras sobre la cabeza y explicaba alguna teoría inverosímil. O, mientras exponía obras con cámaras de cubierta, las presentaba como ?la solución neumática a los imprevisibles peligros que acechan a la humanidad?. O, en los tiempos que el dólar registraba un precio inestable, se subía a un sube y baja y, mientras subía y bajaba, explicaba las variaciones monetarias desde su propia y personal perspectiva.
Fue también en esos años que, en el Centro de Artes y Comunicación, montó El Gordo, una exposición donde lo expuesto era él mismo, sentado en un ambiente de paredes blanquísimas, tomando mate si la hora lo aconsejaba. En Bonino, una galería ubicada en la Galería del Este, cierta vez concretó una obra junto a Antonio Berni y Jalil de la Serna, un ?científico artista?. Federico, no sin dedicación, había creado la cripta funeraria de Tutankamón, encarnado, precisamente, por De la Serna. Los visitantes, entonces, debían acercarse y preguntar a la momia viviente acerca de cualquier tema, que él tendría siempre una respuesta a flor de venda.
Llegado a la metaplástica, Federico eligió simbolizar conceptos y brindar el camino para alcanzarlos antes que evidenciar los mensajes de manera grotesca. Así, por ejemplo, exhibió una galería con cuadros en blanco colgados de la pared. Bajo cada tela, descansaba una pistola. A un lado, un cartel rezaba: ?Cuidado con la pintura?.
Pero aún así ?o por eso mismo? el mote de loco pisaba sus talones con tenacidad. ?Yo soy un pionero, un precursor de ideas. ¿No te diste cuenta que soy un adelantado? Galileo estaba adelantado 400 años y sus contemporáneos creyeron que estaba loco. ¿Sabías que yo mismo tengo fama de loco??. Y, a falta de reconocimientos ajenos, decidió rendirse él mismo un homenaje. ?He inventado un monumento para mí. La Costa Atlántica, que va desde Quilmes hasta Río Gallegos. Es el monumento para Federico Manuel Peralta Ramos. Entonces, cuando la gente se meta al mar para bañarse, se bañará en el monumento. Es una de las proposiciones que pienso hacer para los habitantes de mi país y para los habitantes de este sistema solar. Porque yo, por ejemplo, me animaría a comunicarme con los habitantes de otros planetas, con ruidos y con ondas que yo emano?.
Luego de sus primeros años y la participación televisiva, la década del setenta significó un impasse para su vida pública, a excepción de las veladas de hasta diez horas en las mesas del Florida Garden con Marta Minujín y Pier Cantamessa, conocidos por algunos como los tres mosqueteros. Por entonces, Federicó formuló la teoría de la albóndiga psíquica. ?Creo en un mundo fenomenológico que está más allá del libre albedrío cósico de la gente, que influye sobre los libres albedríos. Está ese mundo fenomenológico y los libres albedríos albondigares?. Por caso de que sea necesario despejar dudas, la albóndiga psíquica consistía en ?una mezcla de todos los estados mentales: la conciencia, el inconsciente, la subconsciencia, la preconciencia. Si la albóndiga psíquica funciona normalmente, si sus elementos se imbrican, se sostienen, se alimentan, el ser humano tiene salud mental. Yo soy un ser sano, por ejemplo. Y cuido mi salud más que a nada, para que no me enfermen extrañas influencias. Gracias a eso nada me angustia. Me dí cuenta de que todo es cuestión de tiempo. Nos van pasando cosas. Y, lentamente, la albóndiga psíquica va amalgamando las situaciones nuevas, nos hace crecer, madurar?. Luego se llamó a silencio.
En los tempranos 80s, explicaría la oscuridad de esos años ??los años pálidos?? de una manera muy particular y, en plan de exigencia, muy parcial, pero definitivamente personal: ?El país, a medida que fue perdiendo tela, fue de Guido Di Tella a Minguito Tinguitella?.
La nueva década lo encontró con nuevo, aunque efímero, trabajo: un puesto de columnista en la revista La Semana. Cualquiera fuera el tema, Federico había instaurado un ritual, aunque sólo conocido puertas adentro. Mientras que los demás colaboradores se resignaban a entregar sus notas en el tradicional formato del papel con caracteres estándar ?no se había generalizado, aún, el uso de la computadora y mucho menos de los procesadores de texto?, Federico desafiaba la inteligibilidad con artículos siempre escritos a mano ?de más está decir que tenía una letra compleja de entender?, en ocasiones volcados sobre papiros, y con el agregado de cualquier paratexto que hiciera la nota más difícil de comprender a simple vista.
Pero las inquietudes del pedazo de atmósfera con ojos color del cielo no se detuvieron allí. Hacia 1981, poco después de que se cumpliera un siglo de la fundación de Mar del Plata por parte de su tatarabuelo Patricio, Federico decidió retomar la tradición que tantos laureles había ganado a los Peralta Ramos. Hay quienes dicen que el lugar elegido para el anuncio fue una galería de arte, otros aseguran que sucedió entre cafés y vasos de agua con hielo ?su consumición habitual en el lugar? de La Biela. Los 43 años de su garganta se aseguraron que el clima fuera lo suficientemente solemne, y, con la elegancia de sus 83 kilos del momento, anunció la fundación de la ciudad de Mal del Plata, un lugar, aseguró, más frecuentado que la Feliz. Desde sus inicios, la novísima urbe ?creada para que los argentinos ?no nos vayamos al tacho?? tuvo nobles propósitos, a pesar de su nombre: se trataría de un lugar ?para andar en bicicleta, comer sólo dieta, no hablar de tasas, pensar mucho y sufrir poco?. Pero no tuvo mayor trascendencia que sumarse a su ya extenso currículum.
El atardecer del 19 de noviembre del año ?85, el Plaza Hotel ultimaba los detalles para la realización de El arte en la gastronomía. Poco antes, a cambio de una de sus obras, Federico había gozado durante una semana de las delicias de contarse entre los huéspedes del lugar, y la experiencia despertó en su cabeza la idea de organizar una exposición-comida que, finalmente, sirvió para recaudar fondos a beneficio del Museo Nacional de Bellas Artes. Entusiasmados por la idea, Pablo Bobbio, Rogelio Polesello, Silvina Benguria, Pedro Roth, Nicolás García Uriburu, Remo Bianchedi, Josefina Robirosa, Clorindo Testa, Enrique Barilari y los omnipresentes Pier Cantamessa y Marta Minujín se sumaron a la muestra colectiva y efímera por excelencia. Se estamparon con el logotipo del hotel y las firmas de los artistas-cocineros encargados de diseñar cada receta alrededor de mil platos. Pero los cálculos más optimistas no previeron que la tirada estaría quinientos cubiertos por debajo de la cantidad de interesados. Cada creador era responsable de supervisar la correcta ejecución de sus órdenes y del armado del plato que era llevado a la mesa, en realidad, una ruleta cuyos resultados se conjugaban con los números que arrojaba un dado. Cada comensal debía dejar que, mediante los números, la suerte decidiera lo que comería. Si el azar había deparado los langostinos ?preparados de manera poco ortodoxa pero, al parecer, exquisitos? y se quería repetir la tentativa, no había posibilidad de elección: era estrictamente necesario abandonarse al destino. Lo mismo pasaba con el bife crudo. Todo un éxito que quinientas personas que pagaron su entrada no pudieron degustar por falta de cuenco.
De tanto en tanto, su carácter de niño lo empujaba a situaciones poco comprensibles, por más que se aplicara la lógica que gobernaba sus acciones. Marta Minujín y Federico habían labrado, a lo largo de muchos años y no pocos pulsos telefónicos, una amistad que parecía completamente sólida, sin importar cuántas veces se insultaran en público? ?a mí no me importaba, era una forma de arte?, dijo siempre ella-, o en cuántas fiestas a las que ella lo llevaba Federico dejaba caer improperios de su boca ?muchos y de los más procaces?. Ni siquiera el abismo que la experimentación con drogas de Marta había abierto entre ellos ?Federico, por prescripción médica, había abandonado desde hacía tiempo las excursiones en compañía de Luis Centurión para beber el vino más barato posible, por lo que mucho menos podía siquiera probar alguna sustancia- había logrado despegarlos. Un día de primavera de 1987 Marta levantó el teléfono y la voz de Federico apuró: ?Me divorcio de vos. Me hacés mucho mal, te quiero mucho. Me divorcio de vos como amigo. Y voy a divorciarme de todos mis amigos?. Y nunca más le habló. Inevitablemente se cruzaban en las muestras, se veían en los bares, debían mirarse, era imposible no hacerlo, compartían amigos y costumbres. Pero no volvió a dirigirle la palabra. Ni a ella, ni a Federico González Frías ni a Finita Ayerza, todos amigos de mucho tiempo atrás.
?Creo que nunca hay que perder la niñez y la locura: el adulto que abandona la infancia abandona la creatividad. El enemigo de alguien creativo es la vanidad, enfermarse de pomposidad y solemnidad, convertirse en un tronco cristalizado. Es bárbaro fomentar eso, porque lo que le hace falta a la Argentina son creadores?. Y su eterno afán de Don Fulgencio seguía la marcha. Su última exposición, en Los Altos de Sarmiento, por 1989, respiró los mismos aires que la vez que la mesa serruchada frente al público en el Di Tella, o del tacho de basura repleto de cuadros embadurnados de alquitrán. Durante la semana previa a su última inauguración, los cincuenta años de Federico invitaron a cerca de mil personas a su muestra. Sería, aseguraba, realmente revolucionaria. Llegado el día, las puertas se abrieron. Los invitados, ansiosos por descubrir los nuevos caminos de la vanguardia o simplemente por curiosidad, ingresaron. El salón estaba completamente vacío. Ni una sola tela sobre las paredes blancas. Ni siquiera una pequeña escultura, un objeto. Federico aplaudió. ?Señores, ésta es mi exposición. El arte son ustedes. Ustedes son mi obra de arte?. La perplejidad nunca fue suficiente. Ni siquiera cuando intentó explicar el significado de su obra: ?el arte no tiene elementos intermediarios. El sujeto es el objeto y la contemplación estética desaparece, disuelta en la vida social. En un mundo cada vez más poblado por ficciones de todo tipo, el arte encuentra su lugar en la vida social?.
Ese mismo año, la coquetería ?la misma que cuando pesaba 130 kilos le indicaba que lo más aconsejable era meter panza si una mujer que le gustaba pasaba a su lado? no lo impulsó a restarse edad. Había cumplido 50 años, y no lo negaba. ?Tuve talento para cumplirlos. Apagué 50 velitas, canté A mi manera. Siempre viví a mi manera, dice la canción. Y quiero seguir viviendo a mi modo. Porque sé que voy a terminarme si me convierto en una persona lógica. Por esto, quiero dar un mensaje a la Argentina actual: creo que la felicidad, en esta época, consiste en encontrar lo mucho en lo poco?.
Federico no pudo jamás concentrarse en las páginas de un libro, ni aún cuando realmente le interesara. Pero, mediante su lectura ?por ósmosis?, siempre estaba al tanto de las lecturas obligadas según las épocas. Por ejemplo: en un momento, Oscar Massota veneraba un libro determinado de Lacan. Federico retenía el nombre del libelo y corría a comprarlo. Y, mientras lo sacaba a pasear bajo su brazo, recorría las mesas de los lugares que lo tenían como habitué preguntando a quien estuviera cerca si lo había leído. Una vez que encontraba un conocedor, se sentaba a su lado y le rogaba: ?¿Qué dice, más o menos? Decimelo así, como para saber?. Entonces siempre sabía lo que había que saber de quien había que saber
Una de sus producciones jamás concretadas hubiera sido, tal vez, un verdadero hito de su carrera: un libro. Iba a titularse Del infinito al bife, y se trataría de "un libro barajable, con hojas sueltas, algunas en blanco para escribir direcciones. Una obra para tratar de unir a toda la gente porque ya se sabe que hay gente infinito y gente bife".
 
Peralta Ramos Balcarce, Federico Manuel (*) (I1318)
 
519 "Uno de los primeros descubridores que entraron en esta tierra hasta el Río de la Plata con el capitán Diego de Rojas, a los cuales llamaron los de la Entrada..."
"Documentos del Archivo de Indias para la Historia del Tucumán", Antonio Larrouy, 1923 
Sanchez Garzón, Gonzalo (I625155)
 
520 "Vino de Rusia escapando del Zar por su origen judío". Entrevista a Marcos Peña. Pág. oficial. 7/02/2018 Braun Hamburger, Mauricio (I25269)
 
521 "Ya Jacinto Andrada, en abril 16 de 1841, escribía desde Córdoba 'que los Oficiales orientales que estuvieron con el General Garzón en Santa Fe, habían acusado como unitarios a Pepe Iturraspe, Tiburcio Aldao y otros santafesinos que hallábanse en las tropas de oribe; que hubo de lancearse a Pepe, pero Andrada logró salvarlo, siendo desterrados y enviados a Buenos Aires todos los sospechosos'. " (Citado por Manuel María Cervera en "Historia de la ciudad y provincia de Santa Fe", T.III, pág. 57 (Ed. UNL, 1982).

Carta de Manuel Leiva al General José María Paz (septiembre de 1841, anunciándole la pronta llegada a Corrientes de don José Iturraspe con más detalles sobre el levantamiento de Santa Fe contra Rosas. Aclara que "Ha sido enemigo de López, y dirá en qué consiste el cambio". Posteriormente, en carta del 10 de septiembre, le comunicaba que Iturraspe acababa de llegar de vuelta de Santa Fe transmitiendo que su pueblo se mostraba distante de Rosas y Echagüe, pero que no sabía Iturraspe si se declararía la guerra. Empero, algunos proclamaban 'Muera el Tirano', y cuando se preguntaba quién era, contestaban que después se sabría… "Pero que todos conocen que el tirano es Rosas y Echagüe", le había informado Iturraspe a Leiva" (En "Isidoro Ruiz Moreno: "Alianza contra Rosas. Paz, Ferré, Rivera, López".

"Los Iturraspe, sobre todo don José, tenía (sic) varios negocios, y era muy amigo de mostrar su ciudad, hospitalario y franco, su mesa estaba abierta para sus amigos. La familia de Cullen, la de Crespo, la de Leiva, la de Iriondo, la de Zaballa, y tantas y tantas otras eran muy dables:" ( En Víctor Gálvez (Vicente Quesada): "Memorias de un viejo"). 
Iturraspe Gálvez, José de Buenaventura (I12770)
 
522 "Yo sólo escribo lo que no puedo realizar mis versos y mi prosa son los sobrantes de mi acción". El párrafo - toda una definición - corresponde al doctor Joaquín Castellanos, poeta, escritor, periodista, político, gobernante, legislador, pero sobre todas las cosas un "hombre de pensamiento y acción". Un salteño como pocos, "el único de este siglo que llegó a la altura de los próceres". Extraordinario orador, "el mejor que yo presencié en el Parlamento" escribe Columna en uno de sus libros, fascinaba con su palabra cálida, su verbo arrebatado y su elocuencia incomparable.
Fue un patricio cabal, tanto por herencia como por su propio comportamiento. Por línea paterna descendía de aquel Castellanos que fue médico de Güemes, cirujano mayor de los ejércitos de la Patria, y por parte de la madre, una Burela, de aquel gaucho que cuando el paisanaje alzado le preguntó con que armas pelearían a los españoles, les respondiera " con las que les quitemos a ellos". Guerrero cívico estuvo en el Frontón y en Parque y a los 19 años quedó rengo en la revolución del Ochenta. "Esto me ha impedido, especialmente en la juventud hacer las cosas que otros a esa edad hacen. Ni bailar, ni practicar deportes.
Pero todo tiene una compensación en la vida, y este mal me ha impedido concorde con mi temperamento arrodillarme ante nadie". Castellanos poeta es más conocido que el Castellanos político. ¿El vate eclipsó al repúblico?... En todo caso habría que preguntarse que sectores interesados se encargaron de que pasara a segundo plano el reformador social y el demócrata revolucionario. Es que Castellanos fue radical, de los fundadores del partido, estando entre los que firmaron el manifiesto liminar el 16 de abril de 1891 junto con Alem. Del Valle, Barroetaveña. De la Torre, y también quien propuso el agregado de la palabra "radical" a la Unión Cívica. Amigo de Alem, seguió en la línea política del "Primer Caudillo de la Democracia Orgánica".
Prevaleciendo en su concepción una actitud de indoblegable intransigencia ante las injusticias, el privilegio, la reacción, el personalismo y la obsecuencia.
Siendo gobernador de Salta promulgó la " Ley de Güemes" de protección a los trabajadores, anticipándose con clara visión a medidas que luego se tomaron en el orden nacional, tanto en materia de salarios como en el pago de éstos en dinero efectivo.
Contempló el derecho al descanso y la asistencia médica al obrero y su familia. La Organización del Trabajo, dependiente de la Liga de las Naciones con sede en Ginebra tuvo conceptos elogiosos para las reformas sociales introducidas en Salta por Castellanos. Y también proyectó la "Ley de Riesgo", destinada a terminar con arraigados privilegios en la distribución del agua pública - fomentó la industria y el abaratamiento de los artículos de primera necesidad, gestionó la instalación de chacras en Campo Belgrano para arrendarlas a familias que se dedicaran al cultivo de hortalizas, proyectó la creación de una Escuela de Agricultura y realizó trabajos en procura de la iniciación de las obras del ferrocarril de Salta a Antofagasta. Se interesó por el abaratamiento del precio del azúcar y sobre el uso de trajes económicos, hasta que borrascosos episodios políticos que se registraron durante su gestión, desembocaron en la intervención federal. " Con su temperamento de poeta y con su impa frente amplia y la melena leonina, los ojos vivos, chispeantes y el rostro severo. Fue un idealista, un Quijote de la política y murió pobre. Cuando agonizaba, la enfermera quiere cerrar la ventana del cuarto, pero no la deja: "No la cierre... Quiero morir mirando a lo lejos..."
Siempre la inmensidad y el misterio. Uno de sus biógrafos dijo que Joaquín Castellanos era puro fuego, volcánico e inextinguible y sólo el soplo de Dios pudo apagarlo.
Fuente: http://www.camdipsalta.gov.ar/biblioatiliocornejo/castellanos.htm 
Castellanos Burela, Joaquín (*) (I59724)
 
523 ( L.2 fs 25 ) Familia F7566
 
524 Al menos un individuo vivo está vinculado a esta nota - Detalles Reservados. Mauriz Lanús, Aixa (I43650)
 
525 (1-123v) Ibarguren Aizpuru, Juan (I44459)
 

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