Manuel José Hermenegildo de  Aguirre Lajarrota

Manuel José Hermenegildo de Aguirre Lajarrota[1, 2]

Varón 1786 - 1843  (57 años)

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  • Nombre Manuel José Hermenegildo de Aguirre Lajarrota  [2
    Nacimiento 12 Abr 1786  Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.  [2
    Bautismo 13 Abr 1786  Basílica Nuestra Señora de la Merced, Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.  [3
    • Lº Fº 96. Padrinos: don Felipe de Elizalde y doña Josefa de la Quintana y Riglos, su abuela paterna. Bautizado por el padre Miguel de Riglos. [2]
    Sexo Varón 
    Fallecimiento 22 Dic 1843  Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar. 
    ID Persona I80051  Los Antepasados
    Última Modificación 4 Ago 2016 

    Padre Agustín Casimiro de Aguirre Micheo,   c. 8 Sep 1744, Donamaría, Navarra, España Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.,   f. 14 Mar 1790, Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.  (Edad ~ 45 años) 
    Madre María Josefa Xaviera Engracia Lajarrota de la Quintana,   n. 15 Abr 1757, Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.,   f. 31 Ene 1822, Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.  (Edad 64 años) 
    Casado 17 Mar 1777  Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.  [4
    ID Familia F1480  Hoja del Grupo  |  Family Chart

    Hijos 
    +1. Carmen Aguirre,   c. 16 Jun 1813,   f. 2 Jun 1883  (Edad ~ 69 años)
    Última Modificación 2 Oct 2015 
    ID Familia F35  Hoja del Grupo  |  Family Chart

    Familia 2 María Victoria Ituarte Pueyrredon,   n. 17 Nov 1799, Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.,   f. 5 May 1827, Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.  (Edad 27 años) 
    Casado 9 Dic 1818  Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar. 
    Hijos 
    +1. Manuel Alejandro Santiago Aguirre Ituarte,   n. 14 Sep 1819, Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.,   f. 12 Ene 1911, Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.  (Edad 91 años)
     2. Agustín Casimiro Aguirre Ituarte,   c. 21 Oct 1820, Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.,   f. 19 Nov 1901, Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.  (Edad ~ 81 años)
    +3. Emiliano Camilo Esteban de Aguirre Ituarte,   n. 26 Dic 1821, Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.,   f. 9 Jun 1886, Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.  (Edad 64 años)
     4. Aurelio Hortensio Aguirre Ituarte,   n. 18 Sep 1823, Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.,   f. Sí, fecha desconocida
     5. Hortensio Aurelio Aguirre Ituarte,   n. 28 Dic 1824, Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.,   f. 1850  (Edad 25 años)
     6. Victoria Romana Aguirre Ituarte,   n. 8 Abr 1827, Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.,   f. Sí, fecha desconocida
    Última Modificación 3 Abr 2016 
    ID Familia F20789  Hoja del Grupo  |  Family Chart

    Familia 3 María Mercedes Tomasa del Corazón de Jesús Ibáñez Marín,   c. 9 Sep 1805,   f. 2 Dic 1870, Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.  (Edad ~ 65 años) 
    Hijos 
    +1. Mercedes Aguirre Ibáñez,   c. 15 Oct 1832,   f. 23 Jul 1902  (Edad ~ 69 años)
    +2. Josefa Aguirre Ibáñez,   c. 3 Dic 1836,   f. 14 Oct 1870  (Edad ~ 33 años)
    +3. Manuel Salustiano Aguirre Ibáñez,   c. 30 Jun 1838,   f. 3 Feb 1909  (Edad ~ 70 años)
     4. Rafael Hilarión Aguirre Ibáñez,   c. 16 Nov 1840,   f. 15 Mar 1876, San Remo, Italia Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.  (Edad ~ 35 años)
     5. Pedro Crisólogo Aguirre Ibáñez,   c. 27 Dic 1842,   f. 9 Jul 1868  (Edad ~ 25 años)
    Última Modificación 22 Dic 2009 
    ID Familia F7  Hoja del Grupo  |  Family Chart

  • Mapa del Evento
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    Enlace a Google MapsBautismo - 13 Abr 1786 - Basílica Nuestra Señora de la Merced, Buenos Aires, Argentina Enlace a Google Earth
    Enlace a Google MapsCasado - 9 Dic 1818 - Buenos Aires, Argentina Enlace a Google Earth
    Enlace a Google MapsFallecimiento - 22 Dic 1843 - Buenos Aires, Argentina Enlace a Google Earth
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  • Fotos
    Aguirre Lajarrota, Manuel José Hermenegildo
    Aguirre Lajarrota, Manuel José Hermenegildo

  • Notas 
    • MANUEL JOSE HERMENEGILDO DE AGUIRRE Y LAJARROTA nació a la noche, el 12-IV-1786, en Buenos Aires, en la casa paterna que hacía esquina a la Plaza Mayor, con frente a la entonces calle llamada "Santísima Trinidad" - hoy Bolívar -, siendo cristianado al cumplir un día en la Catedral, como consta en la partida que corre al folio 96 del Libro 16 de Bautismos, archivado ahora en la Iglesia de La Merced, que transcribo a renglón seguido:
      "En trece de Abril de mil setecientos ochenta y seis años, el Señor Miguel de Riglos dignidad de Arcediano de esta Santa Iglesia Catedral (tío bisabuelo del párvulo), bautizó, puso óleo y crisma, á Manuel Jose Hermenegildo, que nació el día doce a la noche, hijo legítimo de Don Agustín Casimiro Aguirre y de doña María Josefa Lajarrota; sus abuelos paternos Don Francisco Casimiro de Aguirre y Doña María Micaela Micheo; abuelos maternos Don Domingo Alonso de la Jarrota y Doña María Josefa de la Quintana; fueron padrinos Don Juan Felipe de Elizalde y doña María Josefa de la Quintana, de que doy fé: Vicente Arroyo".

      El Colegio carolino

      A los cuatro años de edad, Manuel Hermenegildo quedó huérfano de padre, y había cumplido los once años cuando ingresó como alumno pupilo en el Real Colegio de San Carlos.
      Por inspiración y empeños del Virrey Juan José de Vertiz - pariente de los Aguirre, cual es sabido -, sobre la base del convictorio de los jesuitas proscriptos - comúnmente llamado colegio grande de San Ignacio, anexo su edificio a la Iglesia de este nombre -, habíase fundado, catorce años atrás, el 3-XI-1783, el Real Colegio de San Carlos, "para eternizar la memoria del Señor Don Carlos Tercero que, desde el solio de España, por bondad del cielo nos rige". La dirección de ese centro educador fué puesta a cargo del clero secular de Buenos Aires, pero bajo la superintendencia directa de los Virreyes del Rio de la Plata. En sus aulas se enseñaba gramática latina, filosofía y teología, y su reglamento interno impuso a los colegiales una rígida disciplina, casi monacal.
      Al ingresar en 1797 al Colegio el jovencito Aguirre, quedó incorporado al curso de Gramática dictado por el clérigo Pedro Fernández. Ejercía entonces el gobierno de la Casa, el presbítero Luis José de Chorroarín. Ante este Rector y el Vice, padre Cirilo Estanislao Garay, ante el cuerpo de profesores y el conjunto de alumnos, reunidos todos en la Capilla del establecimiento, el flamante pupilo trocó su indumentaria mundana por la "opa" (hopalanda, loba o ropón talar de paño negro) y el gabán (de paño "musgo", que "encubría cualquier mancha"). Así vestido el novicio de riguroso luto, tercióse al pecho la "beca encarnada" (banda distintiva del Colegio), se puso "del lado del corazón" un escudo de plata con las armas reales y, tocado con bonete de picos, prestó de rodillas este juramento indispensable: "Yo Manuel Hermenegildo de Aguirre, natural de Buenos Aires, hijo legítimo de don Agustín Casimiro de Aguirre y de doña María Josefa de Lajarrota, juro por Dios nuestro señor y la gloriosísima Virgen Maria, y por los bienaventurados San Pedro y San Pablo, y por el glorioso San Carlos Borromeo, Patrón de este Colegio, que desde esta hora en adelante, seré obediente fiel al Rey nuestro señor, y a su Virrey de estas Provincias, así Dios me ayude y estos Santos Evangelios. También prometo obedecer al Sr. Rector y Vice-Rector que presentes son y en adelante fueren, en todas las cosas del mayor servicio de Dios y de su Iglesia, y del mayor culto y veneración de su divina Magestad, según lo ordenan las Constituciones, las cuales guardaré inviolablemente. Y con todas mis fuerzas defenderé el misterio de la Inmaculada Concepción de María Santísima, y procurare la honra, libertad y preminencia de este Real Convictorio, mientras viviere en cualquier estado o dignidad en que me vea constituido, y lo ampararé siempre. Así mismo prometo manifestar y decir siempre, con toda fuerza, al señor Rector y Vice-Rector, cuanto parezca convenir al buen gobierno o a que se corrijan las graves transgresiones de los díscolos".
      No está demás añadir que, tal como en los Colegios Mayores de España, el haber cursado en nuestro Real Colegio carolino, otorgaba a los alumnos patente de hidalguía, ya que fué requisito necesario para la admisión, presentar testimonios fehacientes de ser "christianos viejos y limpios de toda mácula y raza de moros y judíos y recién convertidos a nuestra Santa Fé Católica, y que no tienen su origen de penitenciados por el Santo Oficio, ni hayan ellos o sus padres tenido oficios infames".
      Como es notorio, de aquellos claustros salieron muchos de los personajes descollantes a quienes consagra próceres la Historia Argentina: Cornelio Saavedra, Mariano Moreno, Manuel Belgrano, Juan José Castelli, Manuel Alberti, Juan José Passo, Vicente López y Planes, Feliciano Chiclana, Hipólito Vieytes, Francisco de Paula Castañeda, Juan Martín de Pueyrredón, Manuel Dorrego, Tomás Guido, Felipe Arana, Esteban de Luca, y tantos y tantos otros, más estos antepasados míos: Juan José de Anchorena, Mariano de Zavaleta y Patricio Lynch.
      Al cabo de tres años (1797 a 1799) matriculóse Manuel Hermenegildo de "gramático". De 1801 a 1803, se graduó en Filosofía, materia que enseñaba el clérigo Gregorio Gómez; y, durante el año 1804, nuestro muchacho recibió lecciones de Teología, dadas por el octogenario sacerdote Matias Camacho y por el Dr. Mariano Medrano, futuro Obispo de Buenos Aires. En estas o en aquellas disciplinas Aguirre tuvo como condiscípulos a Tomás Manuel y Nicolás de Anchorena, a Bernardino y Santiago Rivadavia, a Manuel José García, a Luis Dorrego, a Juan Ramón Rojas, a Buenaventura Arzac, a Francisco Narciso Laprida, a Miguel Estanislao Soler, a Matías Patrón, a Pedro León Banegas, a Francisco Planes, entre los de mayor renombre.

      Emancipación y viaje a España

      Hacia el mes de junio de 1807, Manuel Hermenegildo le facilitó al Ayuntamiento local, en calidad de préstamo, la suma de 6.500 pesos fuertes, pertenecientes a la herencia paterna; herencia que el mozo recibiera, previa venia de edad, obtenida legalmente para una emancipación voluntaria, de acuerdo al viejo derecho español. Y a fines del mismo año - ya derrotados los ingleses de la segunda invasión - el joven Aguirre viajó a España, y poco después se hallaba en San Sebastián, según consta en el poder que su hermano José Agustín otorgó en Buenos Aires, el 8-III-1808, mediante el cual éste lo facultaba para que tomara posesión del Palacio Mayorazgo de Juanenea, sito en el barrio de Arce de Donamaría, que al poderdante le dejó, por testamento sujeto a ciertas condiciones, su abuelo Francisco Casimiro de Aguirre.
      Era tradición repetida en la familia - la oí de labios de mi tío Julián, quien de igual manera la recogió de su padre -, que Manuel Hermenegildo estuvo en aquella época por incorporarse a los Guardias de Corps, el escogido regimiento de origen francés organizado en España en 1706 durante el reinado de Felipe V. Constaba dicha unidad militar de tres compañías: dos nominalmente formadas por hidalgos de sangre valona e italiana, y la otra donde se confundían peninsulares y americanos nobles. En las postrimerías del siglo XVIII y principios del XIX, la tropa de Guardias de Corps alcanzaba a cerca de 1.000 plazas. Los soldados de tan selecta escolta de Casa Real, tenían categoría de oficiales, los cadetes rango de capitanes, los ayudantes, de tenientes coroneles, los simples tenientes equivalían a generales, y eran los capitanes de dicha fuerza nada menos que Grandes de España, al par que Capitanes Generales del Ejército.
      Empero, lo cierto fué que mi tatarabuelo Aguirre no portaría nunca espada ni lució - como el caraqueño Manuel Mallo y el salteño José Moldes - el vistoso uniforme de los Guardias de Corps, bajo cuyo atavío habíase encumbrado, hasta el supremo poder de España, un modesto hidalgüelo extremeño: Manuel Godoy, amante de la Reina convertido en Primer Ministro y Príncipe de la Paz.
      Así, pues, al finalizar el año 1809 o quizás a comienzos de 1810, Manuel Hermenegildo estaba de retorno en Buenos Aires. Aquí, de llegada nomás, se vinculó a alguno de los activos grupos secretos precursores del movimiento revolucionario de Mayo, y a la oficialidad del cuerpo de Patricios, del cual su hermano José Agustín era Capitán.

      Conspiraciones y conspiradores

      Tomás Guido en su Reseña acerca del histórico acontecimiento emancipador argentino señala, como verdaderos impulsores del mismo, a una pequeña minoría de patriotas y a la fuerza militar de los batallones criollos, cuyo factor principal y decisivo resultó la unidad armada que tenía por Comandante a Cornelio Saavedra. En sus recuerdos lejanos, escritos en 1855, Guido destaca la preponderancia que adquirió el regimiento porteño de Patricios sobre los tercios españoles, después de haber sofocado el motín del 1º de enero de 1809 dirigido por el Alcalde Alzaga para deponer al Virrey Liniers, y que "ello reveló al pueblo de Buenos Aires la existencia de un poder que hasta entonces no había tenido ocasión de ensayar, y la autoridad del Virrey vino a quedar bajo la única salvaguardia de los batallones nacionales. Resuelto así un problema que pendiera de este hecho - sigue Guido -, empezaron a trabajar más desahogadamente, aunque en reuniones secretas, los pocos ciudadanos preocupados de la idea grandiosa de la emancipación de la patria. La casa del señor Vieytes en la calle de Venezuela, y la de don Nicolás Rodríguez Peña en la calle de la Piedad, tras la Iglesia de San Miguel, servían frecuentemente de punto de reunión a los iniciados en el pensamiento de formar un gobierno independiente de la antigua metrópoli. Se inventaban excursiones al campo y partidas de caza para disfrazar el verdadero intento de este figurado pasatiempo".
      El historiador Martín V. Lascano - masón indubitable y patriota sincero, a quien conocí en sus últimos años - afirma, con verdad en su obra Las Sociedades Secretas Políticas y Masónicas de Buenos Aires, que "fué foco incubador de la independencia", el trabajo subterráneo y político de pequeñas minorías idealistas provenientes de "capas elevadas", y no "de anónimas muchedumbres de sentimientos rudimentarios". Sostiene Lascano, convencido, que el núcleo revolucionario precursor se aglutinó en la misteriosa logia "Independencia", de neto corte masónico, practicante del Rito Azul de origen francés; pero, en términos más claros, admite más adelante que (sic) "la revolución de Mayo fué una revolución religiosa". "Hemos visto - puntualiza el venerable don Martín - a los hombres de Mayo, masones y no masones, para la realización de su grandiosa obra, apoyarse en la religión, por ser, entonces, ésta, la columna más fuerte social y politicamente". Y con respecto a la presunta hermandad secreta llamada de la "Independencia", Lascano estampa nombres de posibles integrantes de la misma, entre ellos el de Manuel Aguirre, junto a los de Feliciano Antonio Chiclana, Matías y Manuel de Irigoyen, Antonio Luis Beruti, Ignacio Iñarra, Juan Madera, Fray Manuel Torre, José Darregueira, Florencio Terrada, Martín Thompson, Ramón Vieytes, Juan Ramón Balcarce, Martín Rodríguez; además de los componentes de aquella supuesta "Sociedad de los Siete" que - según Lascano - surgió del conciliábulo de la logia "Independencia", como comisión ejecutiva de este "taller", con amplias facultades de acción revolucionaria, y formada por Manuel Belgrano, Nicolás Rodríguez Peña, Agustín Donado, Juan José Passo, Hipólito Vieytes, Juan José Castelli y el cura Manuel Alberti.
      "La Sociedad de los Siete es una fábula destituida de todo arraigo", enfatiza el investigador Juan Canter, especialista en la materia; y creemos que le asiste razón, pues ninguna Memoria, Autobiografía ni documento de aquel tiempo registra al septeto conspirador de marras; aunque el General Enrique Martínez, en sus Observaciones a las Noticias Históricas de Ignacio Núñez, recuerde, al pasar, que "desde una época remota existía en Buenos Aires la sociedad masónica (que no nombra) y Peña y Vieytes pertenecían a ella, y fué la que les sirvió para reunir a sus amigos".
      Cabe advertir, que de haber funcionado aquí la aludida logia dentro de las clásicas formalidades masónicas, su estructura tendría la férrea organización jerarquizada que caracteriza a tales sectas: con un Gran Maestre o Jefe supremo, coordinador de la acción política del bloque de cofrades. En consecuencia, de militar en la masonería - cual pretenden algunos historiadores - los patriotas, cuyos nombres se dieron más arriba, hubieran uniformado su votación en el Cabildo abierto del 22-V-1810, en vez de dispersar sus sufragios, sin concierto previo, en pos de opiniones de éste o de aquel personaje, o en forma individual - como lo hizo mi tatarabuelo Aguirre -; lo que patentiza la ausencia, detrás de ellos, de un alto jerarca rector. Y mucho menos podríamos admitir que a esos congresales se les hubiese jabonado el cerebro en lo de Vieytes, a fin de inculcarles el sistema moral y las alegorías rituales de una institución cosmopolita, que, al preconizar el culto abstracto de la Humanidad, desvanece la idea concreta de Patria - sin perjuicio de la explicable influencia que sobre muchos próceres pudieron ejercer algunas cogitaciones filosóficas, relativamente heterodoxas, de Montesquieu, de Rousseau y de Raynal, los trabajos económicos de Campomanes y Jovellanos, la crítica social de Cadalso y del regalismo afrancesado de Macanáz: sea ahora nombrado este apellido libre de todo argentinismo malicioso.
      Pero dejando tendencias de lado, lo cierto fué que los patriotas de la primera hora - "nuestros gigantes padres" - no se atrevieron a consumar la revolución en aquella asamblea del 22 de Mayo: "Tenían miedo - dice don Vicente F. López concluyente -, temblaban, no por cobardía delante del peligro, sino por la inmensa responsabilidad que asumían si se echaban a derrumbar con un empuje repentino la armazón venerable de tres siglos, bajo cuya sombra habían nacido, que los había cobijado hasta entonces, y que poco antes habían defendido con las armas. No estaban seguros del estado general de la opinión en las provincias, ni contaban con su cooperación para emprender una lucha a muerte entre la Rebelión y la Legitimidad".

      Cabildo abierto y Revolución de Mayo

      Ese 22 de Mayo tuvieron los revolucionarios todo a mano para dar el golpe decisivo al régimen virreinal: mayoría en el Cabildo abierto; tropas en su apoyo que se salían de la vaina en los cuarteles; copada la Plaza Mayor por 600 "chisperos" armados, gente de acción movida por French y Beruti; y vacilaron sin embargo.
      Enrique J. Quintana, en un muy interesante estudio vindicatorio del Síndico Procurador Julián de Leyva - inédito supongo, pues lo encontré escrito a máquina entre los papeles de mi padre -, hace certeras reflexiones cuando analiza la actuación de los próceres "mayos" en aquel Cabildo abierto memorable, al que concurrieron "sin ponerse previamente de acuerdo en lo que iban a resolver, y lo que es más asombroso, sin llevar en sus cabezas, no ya un plan premeditado, sino - y esto es muy grave -, ni siquiera una idea política o de gobierno definida. Si se piensa que los componentes de esa sociedad (alude Quintana a la ilusoria de los 7) venían imaginando su proyecto desde el año 1808, y que habían comprometido a su favor el apoyo de los cuerpos militares y de la masa toda de la población americana (?), hay que concluir reconociendo que los dirigentes del movimiento se comportaron como unos ineptos o como unos irresponsables ... La verdad, que se encuentra perfectamente documentada en el acta capitular del 22 de Mayo, es que los patriotas, en lugar de votar una fórmula única revolucionaria que tuviera candidatos propios e ideas definidas de gobierno, delegaron en el Ayuntamiento la tarea de reformar el gobierno, entregando en manos del Síndico una revolución en proyecto para que éste se las devolviera ya consumada, demostrando que no tenían el menor concepto de la grave responsabilidad que ante el pueblo habían asumido ... Esta es la verdad y la única explicación lógica del resultado de aquel célebre Cabildo abierto, y debe decirse de una vez por todas en obsequio de la verdad histórica, aunque nos duela reconocer la debilidad e ineptitud que demostraron en este primer ensayo revolucionario, los padres de nuestra libertad".
      En la deliberación de referencia, el voto de mi antepasado figura escrito así en el acta capitular respectiva: "Por el Señor Don Hermenegildo Aguirre se dixo: que en concepto a haver caducado la Soberanía en la Suprema Junta Central, es su dictámen se subrrogue provicionalmente el Govierno general del Exelentísimo Señor Virrey al Exelentísimo Cavildo, previas las circunstancias de acompañar a éste Exelentísimo Ayuntamiento, en calidad de Consejeros, por lo que pertenece a lo político del govierno, el Doctor Don Julián de Leyva, el Doctor Don Juan José Castelli, el Doctor Don Juan José Passo y el Doctor Don Mariano Moreno; y en lo militar Don Cornelio Saavedra; todo esto provisionalmente, hasta la formación del nuevo Govierno"; o sea que mi tatarabuelo propuso, concretamente, substituir a Cisneros por una Junta compuesta por el Cabildo y cinco Consejeros, los cuales - excluido Leyva - integraron, tres días más tarde, como núcleo ejecutivo, a la Primera Junta revolucionaria.
      Por su parte Cornelio Saavedra opinó "que deve subrrogarse el mando Superior que obtenía el Exelentísimo Señor Virrey en el Exelentísimo Cavildo de esta Capital, interin se forme la corporación o Junta que deve egercerlo; cuia formación deve ser en el modo que se estime por el Exelentísimo Cavildo, y no quede duda de que el Pueblo es el que confiere la autoridad o mando". Y a ese parecer de Saavedra adhirieron totalmente, o con pequeñas variantes, los presuntos logistas Fray Manuel Torres, Juan José Castelli, Matías de Irigoyen, José Agustín Aguirre, Martín Thompson y Florencio Terrada.
      A su vez Martín Rodríguez, si bien dijo "que reproducía en todas sus partes" el voto de Saavedra, agregó "que el Señor Síndico tenga voto activo y decisivo en su caso"; y este sufragio tuvo apoyo, entre otros, de los hipotéticos masones José Darragueira y Francisco Passo. Asimismo Manuel Belgrano hizo suyo el criterio de Saavedra, con una adición muy parecida a la de Martín Rodríguez; y a Belgrano se plegaron Antonio Luis Beruti y Agustín Donado, supuestos logistas también. Feliciano Chiclana se inclinó por el voto de Pascual Ruiz Huidobro, con ligeras modificaciones, y le siguieron Juan Ramón Balcarce, Nicolás Rodríguez Peña e Hipólito Vieytes. El cura Alberti, con otros congresales, se sumó prácticamente a la fórmula propuesta por el presbítero Juan N. Solá, de que el gobierno debía subrogarse en el Cabildo provisionalmente, con voto del Síndico, hasta la elección de una Junta con diputados del interior.
      Como se vé, si bien, en conjunto, los revolucionarios llamados precursores coincidieron en separar al Virrey del mando, sus pronunciamientos en el Cabildo abierto se expresaron de distinta manera, votando mociones diversas, aunque todas le endosaban al Ayuntamiento la responsabilidad de nombrar una Junta de gobierno.
      ¿Qué pasó entonces? Inspirado en la pública opinión del clérigo Bernardo de la Colina - cuñado precisamente del Procurador Leyva -, el Ayuntamiento designó, el 23 de mayo, aquella Junta gubernativa presidida por Cisneros - el cual trocaba su titulo de Virrey por el de Presidente - asociado a los "quatro individuos" representativos que sugirió Colina: un eclesiástico, que fué el cura Juan Nepomuceno Solá; un militar, el comandante Cornelio Saavedra; un jurisconsulto, el doctor Juan José Castelli y un comerciante, José Santos Inchaurregui.
      Acto seguido - en tanto se comunicaba la novedad al público por un bando - el Cabildo pide la opinión de los Comandantes de las fuerzas militares urbanas, quienes contestaron "que aquel arbitrio era desde luego el único que podía adoptarse en las actuales circunstancias, como el más propio a conciliar los extremos que debían constituir nuestra seguridad y defensa; que no dudaban seria de la aceptación del pueblo". Y el día 24, a la tarde, jura la Junta que encabeza el ex Virrey y se instala en el Fuerte sin oposición a la vista. Esa noche, sin embargo, se produce un tremendo alboroto en los cuarteles por no haber sido excluido Cisneros "del mando de las armas". "Creció la agitación; los ciudadanos concurrían al cuartel de Patricios que era el punto de reunión y la tribuna de aquel tiempo, y se habían constituido en conferencia permanente junto con los oficiales del Cuerpo y otros militares, hasta horas avanzadas, discurriendo con ardorosa irritación sobre los medios de encaminar las cosas a un desenlace inmediato" - relata Manuel Moreno. Y entre los ciudadanos reunidos en el cuartel de Patricios se encontraba Manuel Hermenegildo de Aguirre.
      Un grupo de oficiales de esas milicias criollas acude al Fuerte a poner a Saavedra en antecedentes de la grave turbulencia cuartelera, que, por lo pronto, reclamaba que Cisneros dejase "el mando de las armas". Castelli, entretanto, va a lo de Rodríguez Peña, y allí sus amigos lo enteran de dicha efervescencia castrense. Seguidamente, Saavedra y Castelli alléganse a Cisneros y le dan cuenta de la "agitación en que se halla alguna parte del pueblo" - "especie de conmoción y gritería", cual la llamaría Posadas más tarde. Tras esto, el Presidente y los cuatro miembros de la Junta renuncian a sus cargos, y remiten las dimisiones al Cabildo. "En aquella noche - informaría al mes siguiente el depuesto Virrey a las autoridades de España -, al celebrarse la primera sesión o acto de gobierno, se me informó por algunos de los vocales, que alguna parte del pueblo no estaba satisfecha con que yo obtuviese el mando de las armas; que pedía mi absoluta separación, y que todavía permanecía en el peligro de conmoción, como que en el cuartel de Patricios gritaban descaradamente algunos oficiales y paisanos, y esto era lo que llamaban Pueblo..."
      Ante el inesperado aborto de la Junta que había concebido, el Ayuntamiento procura contener la insurrección amenazante. El día 25, a la mañana, convoca otra vez a los mandos militares para saber si aún era posible contar con ellos. Concurren a la cita los siguientes Jefes: el 2º del cuerpo de Patricios Esteban Romero; Pedro Andrés García, de "Montañeses"; Francisco Antonio Ortiz de Ocampo, de "Arribeños"; Juan Florencio Terrada, de "Granaderos de Fernando 7º"; Martín Rodríguez y Lucas Vivas, del 1º y 2º escuadrón de "Húsares"; Pedro Ramón Ruiz, de "Naturales"; Gerardo Esteve y Llac, de los "Artilleros de la Unión"; José Merelo, de "Andaluces"; Alejo Castex, de "Migueletes"; Antonio Luciano Ballester, de "Lavradores voluntarios de Caballeria"; Francisco Orduña, comandante del cuerpo de "Artillería"; Bernardo Lecoq, de "Ingenieros" y José Ignacio de la Quintana; de "Dragones". Todos aquellos - menos estos tres últimos "que nada dijeron" - manifestaron "que el disgusto era general en el pueblo y en las tropas ... que no sólo no podían sostener el Gobierno establecido, pero ni aún sostenerse a si mismos". El triunfo de los patriotas, a partir de ese momento, era inevitable.
      Carlos Ibarguren, en un estudio sobre Mariano Moreno, señaló con verdad: "El 25 de mayo el pueblo no apareció en parte alguna. Un grupo alborotador formado por jóvenes entusiastas, algunos religiosos, vecinos y comandantes y oficiales de los cuerpos militares fué el que tomó la voz del pueblo exigiendo por escrito a los cabildantes que reconocieran como gobierno a la Junta que proponían. La ausencia del pueblo está protocolizada en el acta del 25 de mayo, sobre todo en la pregunta del Sindico Procurador ¿dónde está el pueblo?".
      "El número de facciosos es tan corto - informó el ex Virrey Cisneros en su memoria al Consejo de Regencia gaditano - que apenas alcanzará a trescientas personas con ocho o diez caudillos que llevan la dirección del proyecto, pero como hasta el día cuentan con las fuerzas de las armas que están por ellos, he aconsejado y persuadido, cuanto me ha sido posible, al vecindario a que no aventure un paso que por ahora no tendría más éxito que desgracias y desastres~. Y Carlos Ibarguren, en su estudio aludido, acota: "La minoría autora del movimiento se impuso con la cooperación de las milicias, mediante amenazas de violencia. La intimidación fué el procedimiento empleado desde el primer momento para hacer triunfar el nuevo sistema, en un medio displicente para la novedad, como era el de Buenos Aires".
      Y en tren intimidatorio irrumpe en el Cabildo un bullicioso tropel subversivo en pos de Beruti, quien en la sala capitular - según infiere Mitre - "iluminado por una de esas inspiraciones súbitas que definen una situación, tomó la pluma y escribió varios nombres en un papel. Era la lista de la futura Junta revolucionaria, que fué aceptada por aclamación popular.
      Groussac destruye la fantasía con su habitual gracejo: "No es admisible en grado alguno - dice - que los organizadores de un movimiento, cuyo objetivo único era la creación de una Junta gubernativa, discutiesen durante toda una noche de invierno sin entrar a tratar el asunto que los reunía, dejando que una inspiración de lo alto iluminase al chispero Beruti!".
      Consta, sí, que los cabildantes, tras discordar verbalmente con el "chispero" del revuelto enjambre, manifestaron "que para proceder con mejor acuerdo, representase el pueblo aquello mismo escrito, sin causar el alboroto escandaloso que se notaba". Y fué así como, con la premura del caso, se redactó en el cuartel de Patricios la "petición del pueblo" requerida por el Cabildo, que firmaron los revolucionarios allegados ahí; la cual comenzaba de esta manera: "Exmo. Señor: Los vecinos, comandantes y oficiales de los Cuerpos Voluntarios de esta Capital de Buenos Aires que abajo firmamos, por nosotros y a nombre del pueblo, hacemos presente que hemos llegado a entender que la voluntad de éste ... quiere que V.E. proceda a manifestar, por medio de otro bando público, la nueva elección de vocales que hace de la Junta de Gobierno que ha de regir y gobernar, compuesta por los señores don Cornelio Saavedra, para Presidente de dicha Junta de Gobierno y Comandante de Armas; doctor don Juan José Castelli, doctor don Manuel Belgrano, don Miguel Azcuénaga, doctor don Manuel Alberti, don Domingo Matheu y don Juan Larrea; y para Secretarios al doctor don Juan José Paso y doctor don Mariano Moreno ... etc., etc.".
      En el primer cuadernillo del referido documento, estampó su firma "Hermenegildo Aguirre" (sic), y, antes y después de la rúbrica suya, aparecen la de su hermano José Agustín - Capitán en dicho regimiento -, y las de sus compañeros conspiradores Nicolás Rodríguez Peña, Hipólito Vieytes, Feliciano Chiclana, Miguel de Irigoyen, Antonio Luis Beruti, Agustín José Donado, Marcos y Juan Ramón Balcarce, Ignacio Iñarra, Juan Madera y Tomás Guido, entre 400 firmas.
      "Qué el cuartel de Patricios y la mayor parte de los oficiales del Cuerpo decidieron la caída de Cisneros y la creación de la Junta Patria, es punto que nos parece resuelto" - afirma el historiador Roberto H. Marfany. "La petición del pueblo entregada al Cabildo, fué escrita por el Subteniente Nicolás Pombo de Otero, del 1º batallón de Patricios. Pombo era hijo de una hermana de Hipólito Vieytes".
      Instalado el gobierno revolucionario, en una colecta hecha entre los vecinos a fin de contribuir al costeo de la expedición militar que se enviaba a las provincias interiores, los hermanos José Agustín y Manuel Hermenegildo de Aguirre donaron 200 pesos fuertes y pusieron sus personas a disposición de la Junta; en tanto la madre de ambos, doña María Josefa de Lajarrota, suscribíase también con una onza de oro, pagadera "todos los meses mientras dure la Expedición".

      Manuel Hermenegildo: Regidor y Alférez Real revolucionario

      El 17 de octubre - después de haber removido por sorpresa y extrañado fuera de la ciudad a los Alcaldes y Regidores del antiguo régimen (ver el apellido Anchorena) - la Junta revolucionaria expidió el siguiente decreto: "Exigiendo el orden público la remoción de los individuos que formaban ese Exmo. Ayuntamiento, por los repetidos ultrajes que se han inferido a los derechos de este pueblo, y residiendo en esta Junta una representación inmediata del pueblo, que la constituye órgano legitimo de su voluntad, ha separado a los expresados Capitulares, con expresa declaratoria de que jamás puedan exercer cargo concejal en esta ciudad, ni en ninguna otra de su distrito; y en su lugar ha elegido, a nombre del pueblo, a D. Domingo Igarzabal, Alcalde de 1º voto; D. Atanasio Gutiérrez, Alcalde de 2º voto; D. Manuel Aguirre, Regidor Alférez Real; Regidores: D. Francisco Ramos Mexía, D. Ildefonso Passo, D. Eugenio Balbastro, D. Juan Pedro Aguirre, D. Pedro Capdevila, D. Martín Grandoli, D. Juan Francisco Seguí, y Síndico Procurador al Dr. D. Miguel Villegas".
      Dentro de esa tónica, y así renovado el Cabildo, el Alférez Real revolucionario - paradojas del destino -, veintidós días más tarde, ante el Alcalde de 1º voto, rendía pleito homenaje y se recibía del Real Estandarte tan ceremoniosamente como lo hicieron cada uno de sus antecesores desde los tiempos de Juan de Garay.
      Entre el crecido número de disposiciones tomadas por el cuerpo edilicio que integraba mi antepasado, señalo la restitución del badajo, que a raíz del motín de Alzaga, en 1809, se le había quitado a la campana del Cabildo para guardarlo en el Fuerte, y acallar así esa voz de bronce, cuyos tañidos anunciaban al vecindario los días fastos y nefastos de la historia ciudadana. También se adoptó para uso de las escuelas de enseñanza primaria (adviértanse las sinuosidades de la que algunos llaman ahora "línea o ideario de Mayo") el Tratado de las obligaciones del hombre, obra del discutido e intrigante canónigo Juan Escoiquiz, que fuera preceptor nada menos que ... de Fernando VII. En cuanto a reformas didácticas, fué consultada la opinión del Dean Funes, suerte de Escoiquiz cordobés, según lo presentan muchos historiadores.
      Con motivo de la llegada a Buenos Aires de la bandera tomada a "los reveldes del Perú" en la batalla de Suipacha (7-XI-1810) - primera victoria de las armas de la Patria - la Junta gubernativa resolvió que dicha enseña quedase depositada en la "Sala Capitular". En consecuencia, el 2 de diciembre, Manuel Hermenegildo de Aguirre y sus colegas, congregados en ese recinto, mandaron adornar la galería del Cabildo con colgaduras y dispusieron la venida de instrumentistas para acoger con música aquel estandarte conquistado al enemigo.
      La Junta de gobierno, a su vez, salió del Fuerte en dirección al Ayuntamiento, "por entre un numeroso concurso que, con signos, voces y demostraciones, manifestava el júvilo y contento de que se hallavan penetrados sus corazones al verse en posesión de tan glorioso trofeo, devido a los sudores y fatigas de los buenos y verdaderos Patriotas".
      Simultáneamente Manuel Hermenegildo y sus pares, en "traje de ceremonia", enfilaron hasta media Plaza al encuentro de los miembros del Poder Ejecutivo que traían el esperado pendón. Cumplidos los saludos de rigor, tornaron todos al edificio del Cabildo; y allí, en el salón de los acuerdos, instalados los gobernantes bajo dosel, el Secretario Mariano Moreno leyó estos renglones, producto de su ardorosa literatura: "La Junta ha recivido en la bandera de los reveldes del Perú el premio de sus tareas patrióticas, el fruto de los travajos militares de este gran Pueblo, el anuncio más seguro de la livertad permanente de estas Provincias, y el más precioso presente que nuestros bravos guerreros podían hacer a su Patria. La Junta, después de aceptar con ternura tan glorioso trofeo, ha resuelto depositarlo en la Sala Capitular, no creiendo pueda encontrarse mejor custodio de las glorias de los hijos de Buenos Ayres que el Cuerpo Municipal que los representa".
      Agradeció las palabras de Moreno el Alcalde de 1º voto Igarzabal. Luego, el Presidente de la Junta Cornelio Saavedra salió al balcón empuñando la bandera, y arengó al pueblo, instándolo a sostener la "justa causa en que estaba empeñado".
      De tal manera, la enseña ganada en Suipacha "quedó expuesta al Público por todo el día en el balcón principal para dar más ensanche al regocijo del Pueblo, y por tres días consecutivos hubo iluminación general con música en los balcones del Cavildo". Y agrega el acta respectiva que cuando finalizó la solemne ceremonia, "se retiró la Exelentísima Junta acompañada del Cuerpo Capitular - el Regidor Alférez Real Aguirre inclusive -, entre mil victores, aplausos y vivas en que se desacía el Pueblo"; y la comitiva en pleno, con Saavedra a la cabeza, encaminóse a la casa de "Doña Dominga Buchardo, consorte del mayor general del ejército vencedor Don Antonio Balcarce, a felicitarla por tan plausible suceso".

      Puja facciosa de "morenistas" y "saavedristas"

      Como es sabido, entre contradicciones, sobresaltos y choques armados, la Revolución fué imponiéndose con sangre a lo largo del Virreinato. En Buenos Aires, mientras tanto, los integrantes de la Junta Provisoria Gubernativa habíanse dividido en dos bandos de tendencias opuestas e irreductibles: "saavedristas" y "morenistas"; conservadores moderados y extremistas efervescentes, cuyas facciones, al correr del tiempo, con distintos nombres, se seguirán enfrentando durante toda la historia argentina.
      No se puede tratar la Revolución de Mayo y eludir esa profunda disidencia política que, latente en el seno de la Junta, saldría a luz después del 2 de diciembre, en que al final de una comida en el cuartel de Patricios, el Capitán Atanasio Duarte - "cargado de vinos y licores" - brindó "invitando al Coronel Saavedra a ceñir la corona de América"; mientras galantemente le ofrecía a doña Saturnina Otárola, esposa de aquel jefe, una coronita de azúcar que adornaba la torta del postre.
      El episodio baladí fué aprovechado por Mariano Moreno, cuatro días más tarde, para provocar un alboroto, y arrancarle a la Junta el famoso decreto que suspendía los honores a su Presidente Saavedra; en tanto declaraba reo de cadalso al Capitán Duarte, aunque "por el estado de embriaguez en que se hallaba se le perdonaba la vida, pero se lo desterraba perpetuamente de esta ciudad, porque un habitante de Buenos Aires, ni ebrio ni dormido, debe tener expresiones contra la libertad de su país".
      A partir de entonces cobra incremento en los cuerpos armados la oposición a la "ebriedad" ideológica y terrorista de Moreno; y tal repudio se hace carne en la gran mayoría del vecindario, que miraba con horror al "systema Robespieriano que se quería adoptar en ésta, a imitación de la rebolución francesa" - como le escribiera Saavedra a Chiclana. De esta discrepancia con el jacobinismo del Secretario de la Junta, resultó la incorporación de los diputados de las ciudades interiores; lo cual fué causa de la renuncia de Moreno, al ver su influencia desautorizada de modo aplastante en el gobierno. Nace así la Junta Grande, y su vocero más conspicuo será el Deán Funes, venido de Córdoba como diputado.
      La noche anterior a la dimisión de Moreno (producida el 18 de diciembre), el "morenista" Domingo French, jefe del regimiento de "la Estrella" o "América", fracasa en el intento de sublevar las tropas de la guarnición a favor del númen suyo en derrota. Este, un mes más tarde (21 de enero), junto con su hermano Manuel y Tomás Guido, se embarca rumbo a Inglaterra en misión diplomática; pero muere en el trayecto a bordo de la fragata "Fama", el 4 de marzo. Dicen que dijo: "viva la Patria aunque yo perezca"; mas en definitiva a su cadáver lo arrojaron al mar envuelto en la bandera inglesa. Algún fabulador de la historia hizo correr la anécdota que Saavedra, al enterarse de la muerte inesperada de su rival, soltó la siguiente frase: "Se necesitaba tanta agua para apagar tanto fuego". Acaso pertenezcan también a la fantasía las palabras atribuidas a Moreno en momentos de subir al barco: "Me voy, pero la cola que dejo atrás es larga". Dicha cola, en verdad, quedó prolongada en la "Sociedad Patriótica", cuyo punto de reunión era el café de Mallco, donde los jóvenes "morenistas", acaudillados por los albaceas políticos del fogoso personaje desaparecido (Monteagudo, Julián Alvarez, Agrelo, French, Arzac, Beruti, Donado, Felipe Cardoso, Francisco Planes) planeaban insurgencias entre peroratas furibundas contra el gobierno, mientras bebían "copas de aguardiente francés", para salir luego a repartir pasquines jacobinos que infamaban a Saavedra y a los diputados de la Junta Grande.

      Algunas cuestiones que ocuparon al Cabildo patriota

      Durante el breve lapso en que Mariano Moreno le imprimió fuerza ejecutiva e ideológica al gobierno revolucionario, el Cabildo del que formaba parte Manuel Hermenegildo de Aguirre - se encargó de contratar la reimpresión de 200 ejemplares de El Contrato Social de Rousseau, prologado por el mismo Moreno - no traducido por éste, como a menudo se afirma. El cajista Jaime Mora, de la Imprenta de los Niños Expósitos, puso manos y dió fin a dicha labor. Concluidas y entregadas las publicaciones, ocurrió que el prologista del filosofo ginebrino viose obligado a dejar el mando. Entonces mi antepasado Aguirre y demás señores del Ayuntamiento, el 5-II-1811, "refleccionaron que la primera parte reimpresa del Contrato Social de Rousseau no era de utilidad a la juventud, y antes bien pudiera ser perjudicial, por carecer ella de los principios de que debiera estar adornada para entrar a la lectura y estudio de semejante obra". En consecuencia, los capitulares hicieron venir al impresor Mora, le devolvieron los 200 libros "perjudiciales" para que los vendiera por su exclusiva cuenta, mientras el hombre reintegraba a la Tesoreria del cuerpo 224 pesos, importe de tan comprometida tirada.
      Diez días más adelante, el Regidor Manuel de Aguirre se hizo cargo del Juzgado de 1º voto y prestó el juramento competente, debido a que el titular Igarzabal hallábase enfermo. Poco después Igarzabal vuelve a ejercer sus funciones, pero al ser elegido el Alcalde de 2º voto Atanasio Gutiérrez vocal de la Junta Grande, Aguirre asume el puesto y empuña la vara judicial de Gutiérrez.
      El 21-III-1811, la Junta Grande tiró un decreto fijando tres días para que los españoles solteros abandonaran la ciudad; y esa tarde, los muchachos "morenistas" desataron un tremendo batifondo en el café de Mallco contra la Junta. Entretanto, gran número de "españoles europeos", afectados por la expulsión, invaden la plaza y se agolpan frente al Cabildo, advirtiendo a los capitulares "que ellos no havían dado la menor nota de su conducta con respecto al Govierno; que por el contrario havían manifestado adhesión a nuestra presente causa"; cual lo podrían acreditar cada uno de los Alcaldes de Barrio; que la expulsión les acarrearía "grande e irresarcible perjuicio, obligándolos a dexar abandonadas y cerradas sus tiendas, pulperías, almacenes, casas de taller y de otros oficios mecánicos". De consiguiente los manifestantes solicitaban que el Cabildo se dirigiera a la Junta, por medio de una diputación, pidiendo dejara sin efecto aquel bando expulsador.
      Puesto el asunto a votación, los capitulares opinaron en discordancia: unos que debía el Cabildo apadrinar a los españoles solteros ante la Junta; otros que nó, que aquellos hicieran su pedido directamente al poder ejecutivo. El parecer de Manuel Hermenegildo de Aguirre - al que se sumó el Regidor Pedro Capdevila - fué: "que siempre que los Españoles Europeos que no hayan dado sospechas de oposición a la causa pública ofrezcan pruevas reales y efectivas de adhesión al Sistema Actual, se suplique al superior Govierno por la suspensión de la providencia que ha expedido, relativa a esta clase de individuos".
      Así las cosas, el Cabildo destacó ante la Junta al Regidor Ildefonso Passo y al Síndico Procurador Miguel de Villegas. Ambos recibieron de Cornelio Saavedra las seguridades de que la orden de expulsión no comprendía a "los ancianos, enfermos, imposibilitados, ni a aquellos que huviesen manifestado adhesión al actual sistema, o diesen pruevas reales de contribuir a nuestra causa".
      Disconformes los munícipes con esta solución, volvieron a tratar el asunto al día siguiente, y "meditaron por mucho tiempo sobre el modo más adequado de conciliar los extremos y evitar los perjuicios que forzosamente van a experimentar los que hayan de ser expulsados, y aún el público de esta ciudad". Se acordó entonces pedir la suspensión lisa y llana de la drástica medida, y se propuso que los peninsulares comprendidos en ella prestaran "un juramento solemne ante esta corporación de obedecer religiosamente en cualquier tiempo todas las órdenes y disposiciones emanadas de esa superioridad; y de que lejos de atentar directa ni indirectamente, contra nuestro sistema actual, contribuirán a su consolidación ... hasta el extremo de tomar las armas en defensa de la patria, o lo que es lo mismo, de nuestra causa, siempre que lo determine ese superior gobierno".
      Ante tales empeños del Cabildo y tras el alboroto provocado por los "morenistas" en el café de Mallco, cuya algazara - es sabido - contaba con el respaldo del regimiento "La Estrella", obediente a las directivas políticas de French, la Junta Grande no tomó en cuenta el pedido cabildeño.
      Por otra parte, esa condescendencia del gobierno con las reclamaciones bochincheras del circulo opositor sería momentánea, y la reacción de los "saavedristas", concluyente y popular, tomó cuerpo el 5 y 6 de abril contra aquella "Sociedad Patriótica" congregante de una minoria ilustrada y liberal de porteños centralistas que, al modo de los clubes de la revolución francesa, proponíase la reconquista del poder que se le había ido de las manos al quedar eliminado Moreno de la Junta.

      Pronunciamiento orillero-militar del 5 y 6 de Abril

      El 5 de abril, en las últimas horas de la tarde, desde las quintas y chacras suburbanas, acuden a caballo a concentrarse en los corrales de Miserere grandes grupos de pueblo, para de allí, al promediar la noche, afluir a la Plaza de la Victoria. Llegaban esos hombres de poncho y chiripá, conducidos disciplinadamente por el Alcalde de quintas Tomás Grigera, criollo rico y con prestigio, a quien secundaban el doctor Joaquín Campana - "saavedrista" neto, sobrino político del Deán Funes - y los Alcaldes de Barrio Rafael Ricardes, José Bernabé Mármol, Alejandro Lima, Pascual Suárez, Francisco Dias, Pedro Fernández, y el de Hermandad Andrés Hidalgo. ¿Por qué avanzaba decidida aquella cabalgata de más de 1.500 orilleros emponchados?; porque se había corrido la voz de que French intentaria derrocar a Saavedra mediante un golpe de cuartel.
      A par de esta movilización arrabalera, pronunciábanse también en favor del Presidente de la Junta, los Comandantes de los cuerpos de la guarnición: Marcos y Juan Ramón Balcarce, Juan Florencio Terrada, Francisco Fernández de la Cruz, Ignacio Alvarez Thomas, Juan Bautista Bustos, Francisco Pantaleón Luna, Bernabé San Martín y Francisco Pico. Estos jefes sacan las tropas a la calle - Patricios, Húsares del Rey, Granaderos de Fernando 7º, Arribeños, Pardos y Morenos, Artilleros de la Unión - y al frente de sus regimientos marchan a la plaza a "fraternizar con el pueblo", en una "alianza de charreteras y chiripás" - como dice Ignacio Núñez en sus Noticias Históricas.
      Entretanto Manuel Hermenegildo de Aguirre y sus compañeros de capitulo son llamados por la Junta a la Fortaleza, después de las 12 de la noche, "para acordar y expedir las providencias oportunas" que los acontecimientos requerian. Y allí deliberaban ambas autoridades cuando, desde la calle, irrumpen cerca de 40 individuos encabezados por el Coronel de Húsares Martín Rodríguez y por el doctor Campana, los cuales "expusieron a voces que el Pueblo se hallaba congregado en la Plaza de la Victoria para representar al Gobierno lo conveniente a sus derechos, y que lo haria precisamente al amanecer del día siguiente, por medio del Exmo. Cabildo, que debía retirarse desde aquel instante a su Sala Capitular".
      Así lo hicieron Aguirre y sus pares - eran las 3 de la mañana -, y al atravesar la Plaza en corporación, observaron "que en ella habia formado un quadro de gente a caballo que ocupaba los quatro ángulos, sin notarse la menor voz, ni susurro alguno". Y reunidos después los cabildantes en la sala de acuerdos de su caserón, el doctor Campana "a voz y nombre de muchos Alcaldes de Barrio y de la multitud agolpada en la Plaza" - que reclamaban "cabildo abierto" - les entregó a los Regidores un memorial - mejor dicho pliego de condiciones - con 17 pedidos imperativos.
      El largo petitorio - rubricado en primer término por el Alcalde quintero Tomás Grigera - contenia cerca de 150 firmas de Jefes militares, del paisanaje nutrido y los Alcaldes suburbanos, apiñados todos y a la expectativa, en el ágora porteña.
      El aludido documento, entre solicitaciones perentorias, requeria la expulsión de los extranjeros europeos que no acreditasen de modo fehaciente su lealtad al Gobierno; el otorgamiento, en plenitud, a Saavedra, del mando político y militar que "se le sustrajo"; la separación de los vocales de la Junta, Vieytes, Azcuénaga, Larrea y Rodríguez Peña, quienes serían reemplazados por Chiclana, Atanasio Gutiérrez, Juan Alagón y el doctor Joaquín Campana, éste último como Secretario en el puesto que ocupara Moreno; la disolución del regimiento de "la Estrella"; el exilio inmediato de French, Beruti, Donado y Posadas, vale decir de todos los "morenistas" que actuaban en el gobierno y en la milicia. Se enjuiciaría también a Belgrano, por su deslucida campaña en el Paraguay (pero una semana más tarde, el Cabildo, los milicos y ediles de barrio, declararon que Belgrano se habia "conducido con valor, celo y constancia, dignos del reconocimiento de la patria"). Creabase asimismo un Tribunal de Seguridad Pública, encargado de "velar contra los adversarios del sistema político".
      Al presentarse al Cabildo ese memorial con las exigencias de la coaccionante multitud, se retiraron de la sala el Alcalde Domingo de Igarzabal y el Regidor Eugenio José Balvastro, exponiendo que "no debían tomar conocimiento de aquella representación", por ser el primero suegro de Nicolás Rodríguez Peña, y pariente el otro de Posadas y de French, todos ellos condenados a cesantía y destierro en el documento de referencia. Los demás capitulares, mal que les pesara, acordaron remitir los pliegos sediciosos a la Junta Grande gubernativa, y a tal fin se designó una diputación compuesta por los Regidores Manuel de Aguirre y Juan Francisco Seguí y por el Síndico Procurador Miguel de Villegas. Estos señores trasladáronse en seguida al Fuerte, y entregaron a Saavedra las peticiones de los Jefes militares identificados con el alzamiento callejero y con la "ínfima plebe del campo" (que de esta despectiva manera la llama Juan Manuel Beruti en sus Memorias Curiosas).

      La Pirámide de Mayo y otras cuestiones comunales

      Tiempo atrás, a fin de celebrar el primer aniversario del 25 de Mayo, la comisión de festejos del Cabildo dispuso sustituir una "pirámide figurada", que se había levantado en medio de la Plaza con carácter transitorio, por otra de material firme y duradero; "y que las inscripciones que han de ponerse, han de ser contraídas a nuestra reconquista del doze de Agosto de ochocientos seis, defensa de cinco de Julio de ochocientos siete, e instalación de la Junta de veinte y cinco de Maio de ochocientos diez", habiendo de colocarse, en uno de los ángulos, "las Armas de la Ciudad". Al efecto, el Cabildo encargó a los Regidores Manuel de Aguirre y Martín Grandoli entenderse con el alarife Francisco Cañete, el cual proyectó la construcción de un obelisco de ladrillos, al estilo romano, con la sola inscripción alusiva al 25 de Mayo. Para ello destináronse 6.000 pesos, y para pagar también parte de los gastos del Coliseo de Comedias, que edificaban el mismo Cañete y su sobrestante Martín José de Torres. Estos expertos en albañilería - inspeccionados por Aguirre y Grandoli - pusieron manos a la obra y construyeron el primer "Altar de la Patria", de apenas 8 varas de altura, cuya modesta pirámide coronaba su punta con una pequeña bola de argamasa.
      Por otra parte, en el acuerdo del 22 de mayo, el Regidor Pedro Capdevila hizo presente "que aproximándose como se aproximan los días del aniversario del beinte y cinco de Mayo, en que todo el Pueblo a porfía se prepara para regosijos públicos correspondientes a la Celebridad de tan plausibles dias, parecía regular que el Exmo. Cavildo enjugase las lágrimas de muchas familias qe. existen en esta Ciudad cargadas de aflicciones por la expulsión de sus maridos, Padres, parientes y deudos; y qe. por lo mismo creia una acción propia de este Exmo. Ayuntamiento en semejantes circunstancias, el que interpusiese su valimiento con el superior govierno para obtener la gracia, de que sean restituidos a sus Casas los Capitulares confinados del año de ochocientos diez, y algunos otros individuos particulares, en quienes sea compatible indulto con la seguridad de nuestros derechos, en atención a la grandeza del día, a tener ya de algún modo compurgado su delito, y a que ésta será para los demás Pueblos una prueva muy relevante de la generosidad con qe. en todo procede el de Buenos Ayres".
      Los munícipes del "nuevo sistema", con la única excepción de mi tatarabuelo Aguirre, consideraron "inoficioso" aquel pedido de clemencia, y que no debía hacerse dicha gestión ante la Junta por intempestiva. Don Manuel Hermenegildo, contra todos sus colegas, en apoyo de la moción de Capdevila, "dixo: que siendo compatible con los interezes de la Patria, es su dictámen, se solicite de la Exma. Junta la suspensión del destierro de los Capitulares expulsos del año de mil ochocientos diez, en atención a lo grande del dia qe. se celebra".
      Anteriormente los Regidores Manuel Aguirre y Pedro Capdevila habían sido comisionados para atender la obra del nuevo Coliseo, tarea que el primero hubo de suspender desde el 19 de abril hasta el 11 de mayo, pués un "decreto superior de la Exma. Junta Gubernativa" le concedió "permiso para retirarse por un mes al campo a restablecer su salud quebrantada". Cumplida la licencia, Manuel Hermenegildo tornó al ejercicio de sus responsabilidades edilicias.

      Intrigas "carlotistas" y bombardeo de Buenos Aires por las navios de Montevideo

      En sus Noticias Históricas, recuerda Ignacio Núñez que, en aquel tiempo, "el presidente Saavedra, como jefe del partido que aspiraba a sofocar las ideas liberales de la revolución, se hizo por consiguiente un objeto de las más agrias acriminaciones de sus contrarios, y en este concepto se levantó también contra su persona, entre los pueblos y el ejército, la acusación de estar vendido a la reina de Portugal doña Carlota, atribuyéndose la separación y confinación de los vocales del gobierno en la conspiración del 5 y 6 de abril, al único interés de remover estorbos para la realización de aquel plan".
      En torno a ello, en la sesión celebrada el 27-VI-1811, con asistencia de Manuel de Aguirre y demás titulares del cuerpo comunal, el Síndico Procurador Villegas hizo presente que "tenia noticias seguras, tomadas del mejor origen, sobre un movimiento que habia habido en el Perú, trascendido a las Tropas del Exercito auxiliador, a mérito de falsa noticia generalizada alli, de que se trataba de entregar esta Capital y las Provincias del antiguo Virreinato del Plata a la Serenísima Señora Princesa del Brasil". A juicio del Síndico, el Ayuntamiento debía contribuir "al remedio de unas conmociones verdaderas emanadas de unos principios tan falsos"; por lo que "contemplaba necesario se oficiara al Exmo. Señor Representante en el Perú (Castelli) y al General en Xefe. del Exército Auxiliar (Balcarce) haciéndoles entender la falsedad y malicia con que acaso algunas plumas díscolas, descontentas y mal avenidas, se han producido para una impostura que quizás no tendrá semejante en su clase", pués tanto el Gobierno como el Cabildo "vigilan incesantes sobre la felicidad de estas Provincias, y de llevar a cabo el sistema de su suerte sancionado el veinte y cinco de Mayo, y que son mui zelosos de sus derechos para que con tanta serenidad se arrastre al yugo portugués".
      "Y - sigue el acta respectiva - los SS. acordaron se haga en todo como lo ha propuesto y pedido el Caballero Sindico Procurador general, extendiéndose el oficio con la brevedad que exige la pronta salida del Correo". A esto se opuso Ildefonso Passo, "quien dixo, que no teniendo el Exmo. Cabildo la noticia por datos ciertos y oficiales, sinó por vagas voces del Pueblo", consideraba "degradante", para el Gobierno, que el Cabildo oficiara a Castelli y a Balcarce, y "se trate con el Superior Gobierno este asunto de oficio, o por Diputación, para no exponernos a que se tenga a mal, con lo qual el Ayuntamiento se pone a cubierto".
      El 13 de julio, por enfermedad del Alcalde de 2º voto Miguel Grandoli, se depositó la vara de éste en Manuel de Aguirre, quien la retuvo hasta el 22 de ese mes, dia en que Grandoli, ya aliviado de sus males, reanudó el ejercicio de su función.
      Otro asunto de verdadera importancia en el que intervino mi tatarabuelo Aguirre, como cabildante, fué el relacionado con la guerra empeñada entre los gobiernos de Buenos Aires y de Montevideo, que presidía Francisco Javier de Elio, titulándose Virrey del Rio de la Plata, por nombramiento del Consejo de Regencia de Cádiz.
      El 1-VII-1811, el Ayuntamiento porteño trató una prevención que le hizo llegar la Junta Gubernativa por intermedio de su Secretario Vocal Joaquin Campana. Este expuso: "que haviéndose tenido noticias seguras que Don Francisco Xavier Elio trataba de hacer en esta Capital una imbasión nocturna tentado con la sorpresa, y con el partido que se supone tiene en los Españoles Europeos apoderarse de la Real Fortaleza, verificar lo mismo en los cuarteles que pudiese, y de esta manera, por fin, señorearse de la Plaza; esperaba la superioridad que, en esta virtud, tomase el Cuerpo Capitular las medidas y providencias más activas para la seguridad de la Patria".
      Retirado Campana, los cabildantes "entraron a tratar acerca de un asunto tan grave ... y después de oida la exposición del Cavallero Síndico, y ventilada la materia por largo rato, consideraron ... era necesario para la seguridad de la Patria el estrañamiento de los Españoles Europeos solteros a lugares distantes de las costas; esto es aquellos que no sean de la satisfacción de este Cavildo; deviendo permanecer en sus casas los casados, desde la oración en adelante, vajo pena de vida, encargando para el efecto a los Alcaldes de Barrio, vajo la responsabilidad más estrecha, el exacto cumplimiento de esta última parte".
      La Junta Grande aprobó tales medidas, al propio tiempo que los señores del Cabildo ordenaban a los Alcaldes de Barrio que durante la noche hagan "con los Patricios las patrullas de primera y segunda ... y que para mayor satisfacción del público y seguridad del Pueblo, empezasen desde mañana a la noche a patrullar los individuos del Ayuntamiento, alternando todos, a exepción de los Señores Alcaldes, a quienes se releva de esta pensión, por las infinitas otras con que están recargados, y por sus notorias enfermedades".
      Una semana después (13 de julio) el Cabildo recibió un oficio de la Junta "que avisa acaba aora mismo de saver que los catorce buques salidos de Montevideo para atacar a esta Capital se hallan a la vista de esta Plaza; esperando del zelo del Cavildo tome por su parte las medidas y mejores precauciones para la seguridad común de este suelo, en defenza de la imbasión enemiga". Y Aguirre y sus colegas "acordaron no se pierdan momentos para su verificativo, en cuia virtud combocaron a los Alcalde de Barrio para que celasen con el mayor empeño sus respectivos cuarteles, dando cuenta de cualquier novedad que en ellos observasen, haciéndoles entender que éste era el preciso caso en que iba a brillar el desempeño de sus deveres, su patriotismo y la confianza que se havían merecido de esta municipalidad. Acordaron asi mismo rondasen recíprocamente cada uno de los SS, la Ciudad y sus cuarteles, y que para las mejores disposiciones de lo que se huviese de obrar, se mantuviesen firmes en la Sala de este Ayuntamiento todo el tiempo que lo permitiesen las circunstancias, sin omitir, no obstante estas disposiciones, el que cada uno de ellos arvitrase los mejores medios en ofensa del enemigo y en defensa de este suelo".
      A vuelta de dos dias (15 de julio), como a las 8 de la noche, se arrimaron a las balizas porteñas 6 buquesillos mandados por Juan Angel Michelena - caraqueño nativo -, y - cuenta Juan Manuel Beruti - "principiaron a las 10 un bombardeo que duró hasta la una de la mañana, en cuyo tiempo despidieron a las ciudad 31 bombas y 3 cañonazos de bala rasa, retirándose después a un punto distante de nuestros fuegos". "El daño que experimentó la ciudad no fué de consideración en sus edificios, y en sus habitantes solo dos personas fueron heridas de unos cascos de bomba".
      [1]
    • Tratativas con Elio

      Un mes más tarde (13 de agosto) -- conocido ya aquí al detalle el descalabro sufrido en Huaqui -- el gobierno de Buenos Aires intentó abrir negociaciones de paz con Elio. Al efecto dispuso enviar una diputación a Montevideo, compuesta por el Dean Funes y por los doctores José Julián Pérez y Juan José Paso. El propósito de momento fracasó. Elio quería que la entrevista se realizara a bordo de una fragata española frente a Montevideo; los diputados "argentinos" -- diré -- quisieron que el encuentro tuviera lugar en un barco inglés, neutral. Empero, el terco mandatario montevideano consideró vigorizada su causa con el triunfo obtenido en Huaqui, y lejos de prestarse a un avenimiento con los revolucionarios de esta banda, se dispuso a someterlos por las armas, aliado a Goyeneche, que amenazaba por el norte, y con las tropas portuguesas de Diego de Souza, que invadían el territorio oriental.
      El Cabildo, al enterarse del propósito de la Junta de enviar aquella diputación negociadora ante Elio, que "tenia en grande espectación al Pueblo", creyó de su deber dirigirse a ese poder ejecutivo, pues, "desearia este Ayuntamiento orientarse de los motivos que puedan haber influido a tamaña novedad".
      Puesto a votación el asunto, el Alcalde de 1º voto Domingo de Igarzabal, fué de parecer se mandase a consultar con la Junta una comisión compuesta por el Regidor Manuel de Aguirre y por el Síndico Procurador Villegas. El Alcalde de 2º voto Grandoli se opuso a ello, considerando que las negociaciones diplomáticas eran del resorte exclusivo del Superior Gobierno, y pueden "ser un sigilo reservado a él", y que "en este caso no debe el Ayuntamiento quererlo investigar". La opinión de Villegas y de Igarzabal cosechó 6 votos y la de Grandoli 4. Manuel de Aguirre, en apoyo de la primera propuesta, dijo: "que considera debe este Exmo. Cabildo, como representante nato del Pueblo, imponerse de los asuntos relativos a su seguridad presente y futura; por consiguiente, impuesto de la diputación mandada por la Superioridad a tratar con el Señor Francisco Xavier Elio, sobre los intereses particularmente de este Pueblo, debe instruirse de los fines, modos y términos de la diputación; por cuio motivo se conforma con el parecer del Señor Alcalde de primer voto, con excepción de que en lugar de diputación, se pase oficio (a la Junta) al intento indicado". Resuelta, por mayoría, "la Diputación que han de componer el Señor Don Manuel de Aguirre y el mismo Caballero Síndico", ambos partieron en el acto a entrevistarse con los miembros del Gobierno, mientras sus compañeros quedaban aguardándolos.
      En el Fuerte, Aguirre y su acompañante recibieron la siguiente información: Que el propósito de la Junta de parlamentar con Elio habíase originado después de "una entrevista que por disposición de la Superioridad tubieron los Tenientes Coroneles Don Nicolás de Bedia, del regimiento número tercero, y Don Ignacio Alvarez (Thomas), del número quatro, con Don Felipe Contuchi, residente en Caraguatá y en la Hacienda de Doña Margarita Viana" (viuda de 1as nupcias de Juan Pedro de Aguirre Uztáriz, tío de Manuel Hermenegildo, y tia abuela política del florentino Contucci). Que Contucci era "Agente, a lo que parece, de la Serenísima Princesa Doña Carlota Joaquina de Borbón"; y era él quien habia solicitado negociar con el gobierno de Buenos Aires los intereses de la Carlota, sin desdoro de el Brasil; cuya corte reconocía -- según Contucci -- "mui al revés de lo que se creia, lo sagrado que eran los derechos de la Señora Carlota hacia la Nación Española y sus Indias; y por lo mismo se le debia reconocer y jurar, por el Superior Gobierno y Provincias de su dependencia, por Regenta de las Américas; en cuio caso las tropas portuguesas que se movían por la otra Banda, vendrían en auxilio de las nuestras a reforzar y estrechar el sitio de Montevideo, y acabar con nuestros enemigos". Oída ésta argumentación por Vedia y Alvarez Thomas, estos le pidieron al oficioso gestor carlotista "el término de quince dias para consultar con el Gobierno, logrando el don Felipe diera la orden para que suspendiera entretanto sus marchas el Exército Portugués, como así lo verificó". En tal estado de cosas, la Junta revolucionaria bonaerense "habia dispuesto esta ocasión para hacer entender al Señor Elío y pueblo de Montevideo, por los capitulares que éste diputaria, los siniestros designios que traían las tropas que llamaron en su auxilio".
      Informados los señores del Cabildo por Aguirre y Villegas de esos entretelones escabrosos, "acordaron se tubiese asi entendido, por lo que pueda convenir a los derechos de este Pueblo".
      A escasas semanas de esto, Elio se decidió enviar a Buenos Aires una comisión negociadora que integraban José Acevedo Salazar, Francisco Garfias y Miguel Sierra, quienes fueron recibidos en el Fuerte por las autoridades porteñas.
      Dicha visita trajo por consecuencia la elaboración de un proyecto de armisticio que implicaba el levantamiento del sitio de Montevideo y la entrega del territorio de la Banda Oriental a los dirigentes de esa ciudad, con Elio a la cabeza. Y el 2-IX-1811, a la noche, los vocales de la Junta Grande (Saavedra habia partido a tomar el mando del ejército al Alto Perú) citaron al Cabildo en pleno, a los Comandantes y Jefes de la guarnición, "al vecino Don Manuel de Sarratea" (en rigor vocero de Lord Strangford, embajador inglés en el Janeiro), y en presencia de los comisionados de Elio, reunidos todos en el Fuerte, se proyectó acordar en un tratado (sic) "el reconocimiento de nuestro Soberano Señor Don Fernando Séptimo". Y luego también a las Cortes de Cádiz con el envio a ellas de diputados, pués los pueblos rioplatenses (sic) "forman un cuerpo de nación como los de España, igualmente que con los demás Pueblos y territorios de ambos continentes de América, fieles a la Dominación del Señor Don Fernando Séptimo".
      Las autoridades bonaerenses, de añadidura, reconocían al gobierno de Elío, en los límites propios de la Banda Oriental, quedando el resto del Virreinato bajo la soberanía de la Junta. Nadie seria perseguido por sus opiniones políticas. La Junta ordenaria el levantamiento del sitio de Montevideo; y Elio, a su vez, haría levantar el bloqueo fluvial que afectaba a los puertos de la ribera occidental platense; como asimismo oficiaría al jefe de las fuerzas portuguesas, Diego de Souza, para que suspendiera su marcha por el ámbito uruguayo, hasta que se alcanzara un entendimiento amistoso definitivo.
      El Cabildo reunido en su sede, analizó posteriormente ese proyecto de tratado, y entre las varias modificaciones que sus miembros propusieron a la Junta, se objetó el artículo referente a la jurisdicción de Elío sobre toda la Banda Oriental, reduciéndola únicamente al recinto de la plaza de Montevideo, "y en lo que alcance el tiro de cañón, por no ser propio ni regular que se entreguen bajo su dominación a tantos vecinos y habitantes que, poseídos del más puro patriotismo, se han declarado por la justa causa, de que se podrían resultar consecuencias demasiado tristes".
      El Regidor Aguirre y el Sindico Villegas llevaron a la Junta dichas observaciones, las cuales, luego de discutirlas el Gobierno, se aprobaron como suyas; pero no fueron aceptadas por los comisionados de Montevideo; ni tampoco más tarde por Elio, quien, desairando a una delegación plenipotenciaria bonaerense, reanudó en seguida las hostilidades contra Buenos Aires y contra la intransigencia absoluta de Artigas.

      Destitución de Saavedra y caida de Campana

      Sumido en un abismo de desgracias -- derrota de Huaqui, fracaso de arreglo claudicante con Montevideo, bloqueo y bombardeo de Buenos Aires, y la Junta mostrándose incapaz de reparar los descalabros --, creció en torno del gobierno una fuerte oposición al Secretario Campana -- y por ende al ausente Presidente Saavedra, que seria destituido el 26 de agosto --, oposición que fomentaban, en el propio seno oficial, los vocales Juan Ignacio Gorriti, Francisco Antonio Ortiz de Ocampo y José Julián Pérez, ante la pasividad complaciente del Dean Funes.
      Por su parte, los señores del Cabildo tampoco veían con buenos ojos a Campana, quien, cierta vez, "habia insultado con palabras de ningún comedimento (a los capitulares Ildefonso Passo y Miguel Villegas) ... y por dos ocasiones trató de despedirlos dejándolos con la palabra en la boca ... agraviando no sólo al cuerpo sinó al benemérito pueblo de Buenos Aires, digno de ser mejor atendido".
      "El secretario Campana -- estampa Juan Ignacio Gorriti en su Autobiografía Política -- jamás asistia a los acuerdos como debia, y cuando entraba durante ellos era a acusar revoluciones y acusar personas las más respetadas de Buenos Aires. Los que no pertenecíamos al circulo de Saavedra, veíamos la tempestad que se armaba sobre nuestras cabezas ? Un domingo por la mañana me encontré en el Fuerte con don Domingo Matheu, español de probidad a prueba, vocal de la Junta, que conversaba con don Manuel Hermenegildo Aguirre de Lajarrota; me asocié a ellos; luego cayó la conversación sobre el deplorable estado de nuestra situación política y la continua alarma en que estaba la capital por los rumores de revolución que esparcia el secretario Campana, según se expresó Aguirre". Gorriti entonces le dijo a mi tatarabuelo: "Señor Regidor, si el Cabildo conoce esto, en su mano está el remedio, y si no lo toma es responsable al público. -- ¿Cómo asi? replicó Aguirre. -- Manifestando a la Junta con franqueza y sin rebozo esto mismo" (agregó Gorriti) -- ¿Y con qué apoyo contará para hacerlo?, repuso nuevamente Aguirre". -Señor Regidor (fué la respuesta); que el Cabildo cumpla con su deber y yo respondo del resultado. ¿Me lo promete usted? -- Sí, señor! Mañana propondré esto en acuerdo y no dudo que el Cabildo lo haga -- dijo Aguirre y se despidió ... Al dia siguiente Aguirre cumplió su palabra y yo la mía. El Cabildo envió una comisión a la Junta para que expusiese y explorase lo mismo que oficialmente decía por escrito contra Campana. Este no supo ni en detalle los puntos de acusación, sino en globo, que el Cabildo lo acusaba, porque se lo mandó salir, entretanto se oía que deliberaba. El terror se apoderó de él; su audacia se convirtió en pusilanimidad; se creia tan universalmente aborrecido que temía ser atacado y asesinado en la secretaria. Suplicó a la Junta que se le custodiase con guardia doble, y que en el mismo día se le hiciese salir de la ciudad. En efecto, la acusación tuvo lugar a la una, y a la oración Campana, con una buena escolta, habia salido para Chascomús dando gracias a la Junta".
      Aconteció que descabezada la Junta por el alejamiento de Saavedra, y constituida ella en su mayoría por vocales provincianos, suscitóse una gran agitación entre algunos elementos del localismo porteño, quienes llevaron a la calle el alboroto contra el Gobierno. Varios agitadores cayeron presos, y a raíz de esto acudieron a la casa del Sindico Villegas como catorce individuos "exponiendo tenían que representar al Exmo. Cavildo sobre los males de mucha gravedad que sentía este Pueblo, no menos que sobre los remedios que para su extirpación devían aplicarse con la mayor brevedad; que a este fin pretendían se les garantiese sus personas y se alzasen los arrestos de varios ciudadanos". El Ayuntamiento, diligente, destacó ante la Junta a Manuel de Aguirre y al Síndico Villegas como intérpretes de esa inquietud callejera que presagiaba violentos estallidos pasionales. La Junta pareció dispuesta a atender el reclamo, a condición de que se le presentara un pedido firmado por los reclamantes ante Notario, "encargándoles tengan muy presente la conservación del órden público y los respetos a la autoridad". Con todo la efervescencia opositora no cesó; y dos dias más tarde (14 de septiembre) los Regidores Aguirre y José Balbastro, ya en franca pugna con el Gobierno, insistieron en "la suspensión de prisiones y arrestos por las circunstancias en que nos hallamos". Llegadas a este punto las cosas, el 16 de septiembre se presentaron en la Sala Capitular muchos ciudadanos solicitando lo mismo que Aguirre y Balbastro, y que no "tendrá su deseado efecto la solicitud, mientras no se suspenda el ejercisio de su empleo al Secretario de Govierno y Guerra Don Joaquín Campana, y mientras no se asegure su persona"; como asimismo las de Tomás Grigera, Domingo Martínez y Andrés Hidalgo, "por hallarse vendidos a los particulares intereses de aquel"; lo cual fué comunicado por el Ayuntamiento a la Junta Gubernativa, apadrinando asi la iniciativa de expulsar a Campana.
      En la tarde de esa misma jornada, resolvía la Junta "la separación del Doctor Don Joaquin Campana, con orden de salir dentro de quatro horas al Pueblo de Areco, guardando entre tanto arresto en su casa sin comunicación". Y los señores cabildantes, ipso facto, "a fin de propender por todos los modos a la seguridad y tranquilidad pública, y precaver qualesquiera consecuencias que pudieran resultar de la novedad, determinaron que los SS. Alguacil Mayor (Manuel Mansilla) y Don Manuel Aguirre, patrullen esta noche, acordando entre ellos los barrios, y ocurriendo al Señor Comandante general de Armas, a fin de que imparta las ordenes competentes a los quarteles para que se les franquee tropa y Santo".
      El dia 17, la deliberación del Cabildo fue interrumpida por un grupo de ciudadanos: Vicente López, Justo García Valdes, Martín Thompson, Francisco Paso, Juan José Sosa, el doctor Navarro, Francisco J. Planes y Martín de Arandia, que titulándose "diputados del pueblo" exigían "cabildo abierto" para efectuar la elección de Diputados al Congreso General. Los Regidores hicieron saber tal pretensión a la Junta por intermedio de mi tatarabuelo don Manuel Hermenegildo, y el Gobierno dispuso que se suspendiese el "cabildo abierto", pués la consulta electoral se efectuaría inmediatamente.

      La primera jornada comicial revolucionaria no fué con voto secreto

      Desde meses antes de ser destituido Campana, existia una profunda divergencia doctrinaria entre la Junta Grande y el Cabildo. El 22 de marzo la Junta habia manifestado a los miembros del Ayuntamiento que "es llegado el caso de que en esta Capital se proceda al nombramiento de Diputados en ella, para que en el lleno de sus poderes concurran al Congreso que se halla próximo a celebrarse ... y se proceda a las elecciones por el modo y la forma que acaba de practicarse en los pueblos interiores" para la designación de las Juntas provinciales.
      El Cabildo, luego de estudiar el asunto, llegó a la conclusión "que el método propuesto presenta varias dificultades, especialmente en orden a la expresión de la voluntad general de los vecinos de esta ciudad", y acordó comisionar al Regidor Manuel de Aguirre y al Síndico Manuel de Villegas, a fin de que consultaran con la Junta Gubernativa acerca de los distritos electorales y del voto de los españoles europeos.
      Así las cosas, después del movimiento antimorenista porteño del 5 y 6 de abril, y de la posterior desbandada del ejército de Castelli en el Alto Perú, la Junta Grande procuró retardar aquella elección de diputados para un Congreso General futuro, en tanto los miembros del Cabildo urgían una pronta consulta popular. Estos señores estimaron (el 31 de julio) "ser ya tiempo oportuno para la elección de Diputados y ser dever de esta corporación el fixar quanto contribuya al mayor orden y acierto, sin perjuicio de la libertad". En consecuencia, Aguirre y sus colegas de Ayuntamiento propusieron a la Junta "se combide al Pueblo por esquelas" y que "la elección deve hacerse en villetes secretos".
      La Junta al responder a tal opinión, manifestó que habia "pendientes ante la Superioridad varias reclamaciones sobre el modo y forma con que ha de procederse al nombramiento de Diputados de esta Capital", de suerte que "se hace indispensable adoptar un sistema en que, consultando la mayor armonia y dignidad de un acto de tanta importancia, evite los embarazos y parcialidades que se han suscitado con tanto perjuicio de la común tranquilidad".
      Nota va y oficio viene, la Junta advierte al Cabildo, el 4-IX-1811, "que la elección ha de ser pública; que el ciudadano puede elegir libremente, siendo el individuo por quien vote Americano de origen". En definitiva el Gobierno rechazaba el voto anónimo y establecía un referendum a la vista: "cantado", como decimos hogaño. Pero el Ayuntamiento objetó tal consulta de sufragantes responsables, pues, "haciéndose la elección pública se ponen conocidas trabas al elector, quitándole libertad de votar en un caso en que se hacen valer demasiado las relaciones de parentesco, amistad y otros intereses y cábalas". En mérito de ellos, Aguirre y sus compañeros de capítulo, paladines in illo tempore del voto secreto, "acordaron se le represente enérgicamente (al Gobierno) para que no haya semejante variación".
      Todo fué en vano. En el agrio debate que sostuvieron sobre el asunto en el Fuerte, los cabildantes Ildefonso Paso y el Procurador Villegas con los vocales del Poder Ejecutivo, aquellos recibieron "el insulto del Secretario de Gobierno Dr. Joaquin Campana, quien con palabras de ningún comedimiento a la representación que llevaban, por dos ocasiones trató de despedirlos, dexándolos con la palabra en la boca y el negocio con indiscusión". En resumidas cuentas el Cabildo quedó humillado y derrotado.
      Caido más tarde Campana, y urgida la Junta Grande por las agitaciones callejeras antedichas, el 19-IX-1811 verificose en Buenos Aires la primera consulta electoral popular -- digamos así --, con el concurso de "multitud de pueblo, tanto en la Plaza Mayor como en los arcos de las Casas Consistoriales", aunque la votación fué "pública", contra el parecer del Cabildo que abogaba por el "voto secreto". En la oportunidad, Genaro Ferreyra Igarzabal, uno de los tantos "vecinos americanos electores", sufragó por Manuel Hermenegildo de Aguirre y por el tocayo de éste Manuel Belgrano, para Diputados de un futuro Congreso que debia constituirse a fin de "asegurar nuestra común felicidad".
      Cuatro dias después, la achicada Junta Grande producía el enjuague que dió origen al Primer Triunvirato formado por Paso, Chiclana y Sarratea, como Vocales, asistidos por tres Secretarios, sin voto: José Julián Pérez, de Gobierno; Bernardino Rivadavia, de Guerra; y Vicente López, de Hacienda. Se creó, asimismo, la "Junta Conservadora", integrada por los Diputados de las provincias y dos por la ciudad capital.
      Sustraidos por un momento de los graves asuntos de la vida colectiva, Aguirre y sus pares, en una de las últimas sesiones cabildeñas del año 11, consideraron "ser mui gravoso el costo de los vestidos de Terciopelo y Paño de seda que usa el Ayuntamiento en sus funciones y concurrencias públicas, por cuia razón deseando por una parte simplificar los gastos de los individuos que obtengan cargos Consejiles, cuio puntual desempeñio les prepara siempre perjuicios de consideración, y por otra dar una prueba pública de moderación y virtud, comenzando por si propio a desterrar el luxo que tráe aparejado aquel Vestuario; acordaron substituir en su lugar un uniforme de Paño negro para todo tiempo, cuyo Vestido, sobre ser honesto, sencillo y decente, se conforma también con el que usa el Superior Govierno, a quien no debe aventajar está Corporación".

      Viaje a Londres

      Tras 14 meses y 14 dias de desempeñarse como Regidor -- con cortos periodos en que fué Alférez Real y Alcalde de ambos votos --, Manuel Hermenegildo de Aguirre -- calculo que por abril de 1812 -- se embarcó para Londres. Ignoro el motivo de ese viaje. Sólo consta que el 17 de marzo el Canónigo Luis Jose de Chorroarin -- su antiguo Rector en el Colegio de San Carlos, a la sazón primer Director de la flamante "Biblioteca Pública" --, le entregó 3.500 pesos-fuertes para que adquiriera una partida de libros en la capital inglesa, de acuerdo a un catálogo impreso que habia remitido Manuel Moreno, residente entonces en la ciudad del Támesis, quien le daria allí, al viajero, "noticias de la tienda donde se venden".
      No era esta la primera vez que nuestro biografiado se interesaba por aquella naciente Biblioteca estatal. Ya en 1810 él había contribuido a su formación con "3 onzas de oro y una obra importante"; y, precisamente en 1812, donó un "Diccionario histórico de los hombres que se han hecho célebres por sus talentos, virtudes, crímenes y errores, compuesto por una Sociedad de Literatos": obra de 8 tomos en francés.
      Así, con aquellos 3.500 pesos recibidos de manos de Chorroarin, don Manuel se fué a Inglaterra, para retornar a Buenos Aires en los primeros meses de 1813, y rendir las respectivas cuentas a dicho Canónigo sobre cómo se invirtieron aquellos dineros en los volúmenes que recibió aquella institución de cultura desde el viejo mundo, en diferentes buques, por intermedio de la casa Hullet Brothers.

      Otras actuaciones de Aguirre antes y después de su viaje. Su firme nacionalismo económico en 1815 y 1816

      El 31-III-1812 Manuel Hermenegildo -- lo mismo que su hermano José Agustín -- habia votado por el presbítero Luis de Chonroarin y por el poeta Vicente López para electores de los miembros de la efímera Asamblea llamada "del año 12". Y cuando la siguiente Asamblea Soberana del 13 y el Supremo Director Alvear resultaron barridos por la revolución de 1815, mi tatarabuelo colaboró activamente con el nuevo orden de cosas, del que nacería el futuro partido federal: ya como elector del cabildante Oliden para el cargo de Gobernador Intendente, ya como vocal suplente de la Junta de Observación, ya como integrante -- junto con Felipe Arana y Juan José de Anchorena -- de la "Comisión de Secuestros", uno de los organismos procesadores de los funcionarios del régimen derrocado. En el curso de 1816 don Manuel, por mandato del gobierno, distribuyó dinero entre las familias pobres de Barracas, víctimas de la inundación. Luego el Cabildo le designó, con Miguel Belgrano y con José Olaguer Feliú -- los tres habían viajado a Europa -- para investigar las cuentas presentadas por Pueyrredón, respecto a la misión suya (1807-08) ante la Corte de Madrid, cuyos gastos calificaron los revisadores, oportunamente, de "bastante moderados". También el Ministro Tagle encargó a Aguirre y a Matías de Irigoyen examinaran los comprobantes de lo que gastó Manuel Moreno en Londres por cuenta del Estado. Tras esto, a mi antepasado se le designó --junto con 50 ciudadanos -- elector de la Junta Protectora de la Libertad de Imprenta.
      En su nunca bien ponderada Historia de la Argentina, Vicente D. Sierra trata (capitulo 4º del tomo VII) acerca de "La economía en el curso de los primeros años de la Revolución". Explica Sierra que los mercaderes británicos, admitidos en 1809 en el país por el Virrey Cisneros, abarrotaron la plaza con sus importaciones, y que producida la Revolución de Mayo, practicamente todo el comercio de importación y exportación (cuero y sebo) y el transporte marítimo, fue pasando a manos de los negociantes ingleses. Ello, como es natural, inquietó a los hombres del comercio nativo, aglutinados en el Consulado; pero las autoridades patrias, a la busca del padrinazgo de Inglaterra en el campo internacional, frente a las potencias de la Santa Alianza, no tomaron las medidas proteccionistas que el verdadero interés de las Provincias Unidas reclamaba en la esfera de su economía y de sus finanzas.
      En 1814, el sindico del Consulado, Carlos Gómez, puso estos conceptos por escrito: "Un Estado en que casi todo su comercio de importación y exportación se hace por manos extrañas, no puede prosperar de modo alguno; está a merced de los que lejos de interesarse en su incremento acaso desean su debilidad, para sacar de ella mejor partido". Y mi tatarabuelo Juan José Cristóbal de Anchorena presentó, a su vez, un memorial notable, señalando lo funesto que resultaba abandonar la protección de la industria y el comercio locales, en aras de una ilusoria libertad mercantil, sólo beneficiosa para las grandes naciones capitalistas extranjeras. De ello me ocupo con amplitud al historiar a los Anchorena.
      Pero encuentro en el dicho capítulo de la obra de Sierra, que Manuel Hermenegildo de Aguirre, el 1-IX-1815, leyó en el Consulado una extensa representación, en la cual él demostraba que, desde 1809, el país se habia empobrecido, "haciéndonos lentamente dependientes de unas naciones que nos debilitan con su sistema de comercio".
      Denunciaba don Manuel Hermenegildo la manera de actuar de los traficantes ingleses, que luego de anclar en Buenos Aires un buque fletado en Inglaterra, "el capitán de él baja a tierra, presenta la correspondencia y conocimiento a varios extranjeros para quienes tráe carga a su consignación. El mismo capitán consigna su buque a extranjero residente aquí. Los interesados, por medio de sus dependientes, también extranjeros, solicitan el permiso para el desembargo. Este se verifica en botes y tripulación extranjera. Entra en la Aduana el cargamento: de alli se conduce a almacenes de extranjeros; se vende por éstos por mayor o por menor, aquí y en el exterior. Los extranjeros ajustan por si los fletes, hacen sus compras por si mismos de los frutos del país que necesitan (si no han hecho ya en sus barracas acopios para este efecto), ya comprando los cueros frescos en los mataderos para salarlos, ya derramando por esta campaña y la otra banda un número considerable de los de su nación para procurar las compras más cómodas. Son tan nacionales, que preferirían marquetas de sebo fabricadas por un paisano (de ellos) a cualquiera otro del país. Hechos los acopios, en lanchas extranjeras embarcan los frutos, y en lanchas extranjeras de guerra embarcan la plata. Resulta, pués, de este examen, que los únicos ocupados en este giro son extranjeros, a excepción de algunos miserables peones, carretilleros y carniceros, que ayudan con su poco lucrativo trabajo".
      Posteriormente se organizó en Buenos Aires una junta general de comerciantes hijos del país, y el 4-1-1816, cuatro comisionados de la misma: Manuel Hermenegildo de Aguirre, Ildefonso Passo, Manuel José Galup y Juan Pedro Aguirre, presentaron al Consulado un Proyecto de Reglamento de Comercio para la reforma y mejora del que actualmente tiene y hace la Capital de Buenos Aires. Dicho Proyecto menciona las aspiraciones populares de independencia económica en sus diversos aspectos, que abarcaban a la industria, al comercio, a la desocupación del trabajador criollo, a la marina mercante; ello en amparo del nativo, sin hostigar al extranjero ni negarle por eso la tradicional hospitalidad de nuestra tierra. El Proyecto -- según lo sintetiza Sierra -- limitaba las introducciones de efectos suntuarios, que sólo habían servido para despertar el afán por el lujo y tronchar la industria local, prohibición que alcanzaba a muchos artículos que podían producirse en el país, y gravaba a otros para limitar su consumo. "Para fomentar las fábricas de las provincias de Cochabamba, Tucumán, Córdoba, Mendoza, etc. -- decía el documento -- serán gravados con un cuarenta por ciento las mantas o frazadas, ponchos, pellones, alfombras de lana, lienzos originales de algodón y todos los tejidos de lana y algodón extranjeros que se asemejen a los de nuestras fábricas". Se consagraba la libre introducción y exención de derechos para las máquinas destinadas a la agricultura, las artes y las ciencias. Se establecían premios a los cultivadores de lino, algodón, cáñamo, caña de azúcar, tabaco y café; se señalaban medidas en favor del mantenimiento y crecimiento del stock ganadero, se defendía la libertad interior de tránsito para los productos nacionales, asi como la exención de impuestos a su exportación. A los extranjeros se les prohibia tener tiendas de menudeo, pulperias, barracas y fábricas de sebo y velas, e internar productos en las provincias; pero se pedían medidas de protección para que los maestros y oficiales extranjeros pudieran abrir talleres, con la condición de admitir, bajo contrato, a uno o más aprendices hijos del país, hasta que pudieran recibirse como oficiales. A ninguna tienda o taller le estaria permitido tener más de una tercera parte de oficiales extranjeros. Los dueños y capitanes de los barcos de cabotaje, y de los que se ocuparan de la carga y descarga de los navíos de ultramar, debían ser vecinos del país, o sea tener no menos de seis años de residencia en él.
      Ese Proyecto -- cuya tendencia ajustada a la realidad actual podria aplicarse para fortalecer a la Argentina -- fué elevado al Supremo Director Pueyrredón, quien lo pasó a informe del Administrador de la Aduana, Manuel José Bonifacio Lavalle y Cortés (padre de Juan Galo el famoso adalid unitario), y presumo que Lavalle debió admitir que, dadas las circunstancias por las que atravesaba el país, no era conveniente mutación ninguna en el sistema comercial imperante, a riesgo de encocorar a la blonda y poderosa Albión.

      Misión diplomática a Norteamérica

      En mérito de una resolución votada por el Congreso de Tucumán, en la sesión del 26-IX-1816, para que "el Poder Executivo procediese al nombramiento de un enviado cerca del Gobierno de los Estados Unidos de Norte América, para que negocie el reconocimiento de nuestra independencia y logre de aquella Nación las ventajas posibles en favor del país", el Director Pueyrredón designó a Manuel Hermenegildo de Aguirre -- que poco antes declinara un cargo similar en la Corte de Rio de Janeiro -- agente diplomático en la república del Presidente Monroe a los efectos antedichos; en tanto San Martín y O'Higgins le encargaban, al mismo agente, la compra de barcos y pertrechos de guerra destinados a la expedición libertadora del Perú.
      Aquel nombramiento que firmara Pueyrredón el 18-IV-1817, refrendado por su Ministro de Gobierno y Relaciones Exteriores Gregorio Tagle, expresaba: "Siendo necesario nombrar una persona que, con el carácter de agente de este Gobierno cerca del de Estados Unidos de Norte América, deba promover cuanto conduzca al progreso de la causa en que están comprometidas estas provincias para su honor y la consolidación de la gran obra de su libertad; teniendo en cuenta las nescesarias cualidades de probidad, capacidad y patriotismo, unidas en el Comisario General de Marina, ciudadano Don Manuel Hermenegildo de Aguirre, lo he nombrado agente de este gobierno, etc., etc.". En despacho separado, el Poder Público, con las firmas de Pueyrredón y del Ministro del ramo Matias de Irigoyen, habia concedido a Aguirre "los honores de Comisario de Guerra de Marina".
      Un mes atrás (8-III-1817), el "Director Supremo del Estado de Chile" Bernardo O'Higgins, con el refrendo de su Ministro Miguel Zañartu, otorgaba "toda mi representación con pleno poder y facultades a ... (aquí el espacio se dejó en blanco y fué llenado posteriormente en Buenos Aires, por San Martín, con el nombre de Manuel de Aguirre), "para que contrate y entable todas las negociaciones que sean relativas a la compra de buques de guerra, de fragatas inclusive para abajo, armados y equipados completamente, y a la de toda clase de armamentos, municiones y demás pertrechos útiles al ejército, en la inteligencia que el valor de las especies y su conducción a Chile, que éste encargado comprare o estipulare, ha de ser satisfecho en el acto mismo que se avise su realización, y que al cumplimiento de esta protexta quedan obligados todos los intereses del Fondo Público y del Estado Chileno en general".
      San Martín, que acababa de triunfar en Chacabuco, vino apresuradamente de Chile a Buenos Aires, de incógnito casi, con ese mandato de O'Higgins. En los pocos dias de su estada porteña, el campeón de los Andes -- según el historiador Alberto Palomeque, que estudió a fondo la misión de mi tatarabuelo a Norteamérica -- "celebró reuniones secretas en la propia casa del señor De Aguirre, que actualmente (decía Palomeque en 1905) ocupa su distinguido hijo Manuel Aguirre, rodeado de su bondadosa y humanitaria familia; y alli se convino que San Martín diera poder, a nombre de O'Higgins, llenando el claro que tenia el documento que aquel habia traido consigo, con el nombre del señor don Manuel Hermenegildo de Aguirre"; propuesto por Pueyrredón y aceptado, sin duda, por la Logia Lautaro.

      Convenio de Aguirre con San Martín y decreto de Pueyrredón

      El 17 de abril, "el Exmo. Sr. Capitán General Don José de San Martín y el ciudadano de las Provincias Unidas Dn. Manuel Aguirre" celebraron un convenio de 16 cláusulas, mediante el cual aquel "en ejercicio de los poderes con que se hallaba investido por el Director O'Higgins", nombraba a Aguirre agente "para el objeto de comprar o fabricar en los Estados Unidos de Norte América, dos fragatas de guerra de 34 cañones, 115 pies de quilla, 41 de manga ..."; los cuales buques, luego de armados, equipados y tripulados, debia Aguirre enviarlos al Rio de la Plata o en derechura a Valparaiso. Al logro de tal cometido poniase a disposición del agente la cantidad de 100.000 pesos, que él conduciria a los Estados Unidos, y dentro del término de 3 meses de la fecha, se le entregarían 100.000 pesos más; cuyas sumas "se suponen ser suficientes a la compra o fábrica de dos fragatas de primera clase"; suma, la segunda, que recibirá el plenipotenciario viajero por conducta de su apoderado en Buenos Aires don Miguel de Riglos. "Eligirá -- aquel -- sujetos respetables para oficiales de estos buques, y los tripulará y provisionará en la forma más completa para su viaje de los Estados Unidos a Valparaiso, como propiedad del Gobierno de Chile, bajo cuyo pabellón deben abrir la campaña". Los sueldos de los oficiales y de la tripulación "serán los mismos que se pagan en la escuadra de los Estados Unidos en tiempo de guerra"; además del disfrute de la mitad de toda propiedad enemiga que apresen, con poder de nombrar sus propios agentes. Dichos tripulantes estarán obligados a servir al Estado de Chile por el término de un año, pasado el cual tendrá facultad cualquier oficial o marinero para dejar el servicio cuando le acomode. Aguirre responsabilizábase "a ordenar se asegure, en la forma ordinaria de comercio, todo el dinero que embarque con este objeto, como igualmente los buques, cargando al expresado Gobierno los premios que se paguen por seguros, fletes del dinero y, en suma, todos los desembolsos que haga en el manejo de este negocio". "El Gobierno de Chile toma sobre si todos los peligros, accidentes y ocurrencias por mar y tierra que no estén expresados en estas instrucciones". "Deseando ansiosamente el citado Gobierno que este negocio sea conducido pronta y fielmente, se obliga a conceder a Dn. Manuel Aguirre y entregar a su orden, como un extraordinario premio, cien mil pesos en dinero, en el caso de tomarse Lima con el auxilio de los buques mencionados". Si no encontrara Aguirre exactamente los buques requeridos, se dejará a su juicio que con el dinero que lleva compre los que considere más acomodados. Asimismo "llevará consigo 25 patentes de corso del Gobierno de Chile, y otras tantas del de las Provincias Unidas, con facultad de promover el armamento de corsarios para el mar del Sur, con los premios ordinarios de corso, y a más la gracia de introducir en cualquiera de los puertos de Chile u otros de la costa occidental, que estuvieren bajo las armas de la patria, libres de todo derecho, las presas que hicieren en el mar Pacifico". San Martín autorizaba a Manuel Aguirre "para tomar cualquier cantidad de dinero en nombre del Gobierno de Chile para completar el armamento de las fragatas". Si no bastaran aquellos 200.000 pesos puestos a disposición del agente, Chile "garantizará con sus fondos el pago religioso de cualquier cantidad que se le avanzare, hasta con el premio de 60% por este servicio, pagable en dinero o cobres a la orden y a elección de los prestamistas". "El General San Martín ofrece la garantía de los gobiernos de Chile y de las Provincias Unidas sobre el cumplimiento de todo contrato que celebre Manuel Aguirre. El General San Martín, a nombre del Gobierno de Chile, empeña todo el honor y celo de Don Manuel Aguirre para el exacto desempeño de esta confianza, recomendándose sobre todo la celeridad. Los gastos de manutención y demás para la existencia de don Manuel Aguirre en el Norte de América, durante esta comisión, su pasaje de ida y vuelta, serán de cuenta del Gobierno de Chile, y a su regreso se le entregarán a su orden 12.000 pesos, por via de indemnización de los quebrantos que pueda haber sufrido su giro".
      Firmaba el convenio "José de San Martín", y al dia siguiente el comisionado estampó de su puño y letra, debajo de la rúbrica del Gran Capitán: "Acepto y me obligo a obedecer y a tomar sobre mi toda la responsabilidad que en las antecedentes instrucciones me liga, y a cuyo cumplimiento y exacto desempeño ofrezco todo el celo que merece tan distinguida confianza: Manuel H. de Aguirre".
      También el Director Pueyrredón, con su Ministro de Guerra y Marina Matias de Irigoyen, por decreto "dado en el Palacio de la Capital de Buenos Ayres a diez y ocho de abril de mil ochocientos diez y siete", encomendaba "al ciudadano de este país Don Manuel de Aguirre" -- tal como lo hiciera "nuestro íntimo aliado el Reyno de Chile" -- "adquirir los recursos y medios vigorosos para la prosecución de la guerra, por mar y tierra, contra los Españoles en tanto no reconocieran la emancipación de la América ... facultándole para empeñar el crédito del Estado de mi dependencia sobre el religioso cumplimiento de lo que de mi orden ha sido garantido por el Capitán General Don José de San Martín, en convenio separado de esta fecha". Se autorizaba también a Aguirre "para que en el caso de haberse realizado en todo o parte del empréstito de dos millones de pesos, promovido por varios comerciantes de los Estados Unidos, pueda disponer, sobre estos fondos, de las cantidades que sean necesarias para completar el armamento y equipo de dos o más buques de guerra, caso de no ser suficiente la suma de 200.000 pesos que se le entreguen a cuenta del Gobierno de Chile, empeñando a este efecto los respectos y dignidad de la autoridad suprema nacional". (Aquel empréstito, aludido por Pueyrredón, era el de un grupo de capitalistas yanquis representados por cierto Coronel Devereux, cuya negociación se hizo en Buenos Aires a través del agente comercial norteamericano Thomas Lloyd Halsey, empréstito que luego quedó en la nada).
    • Rumbo al Norte

      Arreglados, con la premura del caso, sus asuntos particulares; nombrado apoderado general a ese fin su primo Miguel José de Riglos (sobre todo para atender el negocio de acopio de cueros que el poderdante exportaba en gran escala a Inglaterra y Francia, por intermedio de la Casa Fermín Fastet y Cia. de Londres. con cuya firma habían surgido dificultades en las cuentas que quedaron impagas, y se cancelarían medio siglo después como lo explico al ocuparme del hijo Manuel Alejandro) Manuel Hermenegildo de Aguirre, el 20-V-1817, a bordo del bergantín estadounidense "Emmeline", zarpó de la rada de Buenos Aires hacia los Estados Unidos.
      Acompañaba al viajero como Secretario, "en clase de segundo", José Gregorio Gómez Orcajo, cófrade y amigo de San Martín, cuyo nombramiento hizo la Logia Lautaro "en forma ejecutiva", oficializándolo en seguida el Gobierno con la retención del empleo y sueldo de vista de la Aduana bonaerense que Gómez disfrutaba a la sazón.
      Llevó asimismo Aguirre junto a si, "en clase de mi dependiente, por la aptitud y conocimientos que manifiesta tener en el comercio", a "un hijo de don José Vaudrix" (hermano por tanto, el muchacho, de Angelita Baudrix, la esposa de Manuel Dorrego); a más de dos criados: uno para el titular de la misión, el otro para el secretario Goyo Gómez. Y el 17 de julio -- "después de haber sido reconocidos en la Bahia de Chesapeake" -- Aguirre y su corto séquito desembarcaron en Baltimore, para de ahí dirigirse a Washington, sede de las autoridades federales del país.
      Instalado en la capital norteamericana, llega a manos del comisionado argentino una carta, fechada el 4 de junio en la ciudad chilena de Concepción, cuyo texto revela el alto concepto que don Manuel Hermenegildo le merecia al Jefe Supremo de Chile, quien asi lo manifestaba: "Muy Sr. mío de mi primera atención: Apenas fui instruido por el Gral. D. José de San Martín de que a su delicadeza y altos conocimientos se habia conferido la negociación interesante de disponer una esquadra en Norte América que nos diere la dominación del Pacífico, quando di por segura y acabada una empresa que indudablemente va a fixar la Independencia de todo el Mediodia. Reconozco intimamente la generosidad de Ud. en posponerlo todo a los intereses del Paiz. El mirará en Ud. a su Libertador. Y yo por mi parte protesto cumplir inviolable y religiosamente todos los empeños y comprometimientos que Ud. emprenda en aquella Nación, ratificándolos desde ahora. La atenta consideración de Ud. hacia mi persona, me es de la mayor satisfacción, y doy a Ud. Ias más debidas gracias por el aprecio con que se sirve distinguir mi ningún mérito. Entretanto tengo el honor de ofrecerme a Ud. con la más alta consideración. Su Atento Amigo y afmo. servidor O.B.S.M. Bernardo O'Higgins."

      Aguirre inicia sus contactos con las autoridades de la Unión y presenta credenciales y cartas dirigidas a Monroe

      La doble misión diplomática y comercial del agente que enviaban los gobiernos rioplatense y de Chile a la república norteña, tropezó, desde el primer momento, con serias dificultades, debido, sobre todo, a las equívocas actitudes de los dirigentes estadounidenses que temían contrariar a las grandes potencias europeas, unidas en Santa Alianza contra las revoluciones emancipadoras del siglo. Sin embargo, como Aguirre estaba decidido a no perder el tiempo, a los nueve días de haber pisado tierra, le envió desde Baltimore al Secretario interino de Estado Richard Rush, sus cartas credenciales y demás documentos de presentación. Entre esos papeles tres misivas dirigidas al Presidente Monroe: una de Pueyrredón, otra de O'Higgins y otra de San Martín; con el agregado de una más que lo acreditaba ante los señores Cesar Rodney y John Graham, quienes vendrían como comisionados especiales de la Unión a Sudamérica.
      Pueyrredón decía a Monroe en un mensaje fechado el 28 de abril: "Cuando los intereses de la nación están de acuerdo con los principios de justicia, nada es más sencillo y placentero que el mantenimiento de la armonía y buena correspondencia entre poderes que están vinculados por estrechas relaciones. Este parece ser el caso en que se encuentran Estados Unidos y estas provincias, respecto del otro: una situación halagüeña que da la prueba de nuestro éxito y que forma nuestra mejor apolojía. Es en esta ocasión que el ciudadano don Manuel Hermenegildo de Aguirre, comisario general de guerra, es enviado cerca de S.E. en el carácter de ajente de este gobierno. Si sus recomendables cualidades son el mejor titulo de fiel desempeño de la comisión y de éxito favorable, los rectos y jenerosos sentimientos de S.E. no son menos auspiciosos para ello. La concurrencia de estas circunstancias nos inducen a confiar en el resultado más favorable. Por tanto, espero que S.E. se servirá conceder al citado ciudadano Aguirre, toda la protección y consideración requerida por su rango diplomático y por el presente estado de nuestras relaciones. Este sería un nuevo vínculo con el cual los Estados Unidos del Norte asegurarán más fuertemente la gratitud y afecto de las libres Provincias del Sur".
      San Martín comunicaba al Presidente norteamericano: "Encargado por el Supremo Director de las Provincias de Sud América con el mando del ejército de los Andes, el cielo coronó mis fuerzas con una victoria el 12 de febrero contra los opresores del hermoso reino de Chile. Como los derechos sagrados de la naturaleza se han restaurado para los habitantes de este país, debido a la influencia de las armas nacionales y al eficaz impulso de mi gobierno, la suerte ha abierto un campo favorable a nuevas empresas que asegurarán el poder de la libertad y la ruina de los enemigos de América. Con el objeto de asegurar y consolidar esta obra, el Director Supremo del gobierno de Chile ha considerado, como un principal recurso, el armamento en esos Estados de una escuadra destinada al océano Pacífico, la que unida a las fuerzas que se preparan en el Rio de la Plata, debe cooperar al sostenimiento de las ulteriores operaciones militares del ejército bajo mi mando en Sud América; y convencido de las ventajas que nuestra posición política promete, he atravesado los Andes con el objeto de concertar en esta capital (Buenos Aires), entre otras cosas, la garantía de mi gobierno, y el cumplimiento de las estipulaciones entre el Supremo Director de Chile y sus íntimos aliados, para llevar a efecto el plan confiado a don Manuel de Aguirre. S.E., que tiene el honor de presidir a un pueblo libre, que luchó y derramó su sangre en causa idéntica a la que están comprometidos los habitantes de Sud América, querrá, lo espero, dignarse extender a la nombrada persona la tal protección que sea compatible con las relaciones actuales de su gobierno; y tengo la alta satisfacción de asegurar a S.E. que las armas de mi país, bajo mis órdenes, no trepidarán en dar valor y respeto a los compromisos de ambos gobiernos".
      Y O'Higgins le hacia saber al mandatario de la Casa Blanca que: "Habiéndose restablecido el hermoso reino de Chile el 12 de febrero último por el ejército de las Provincias Unidas del Rio de la Plata, bajo el mando del valiente General José de San Martín, y confiriéndoseme la suprema dirección del Estado por la elección popular, me hago un deber en anunciar al mundo entero el nuevo asilo que estas comarcas ofrecen a la industria y amistad de los ciudadanos de todas las naciones ... Si la causa de la humanidad interesa a los súbditos de S.E., y la identidad de los principios de nuestra actualidad se comprenden en los que en otro tiempo sirvieron a los Estados Unidos para asegurar su independencia, y disponen favorablemente a su gobierno y a su pueblo hacia nuestra causa, S.E. siempre me encontrará abiertamente dispuesto a promover relaciones de amistad y de comercio entre los dos países, y remover cualquier obstáculo para el establecimiento de la más perfecta armonía y buenos entendimientos".

      Aguirre oficia al Primer Mandatario de la Unión

      Tres meses más tarde, el 29-X-1817, ya establecido en Washington, el comisionado de "las Provincias Unidas de Sud América" se dirige por nota el Presidente Monroe. Las expresiones empleadas en ese despacho por el vástago de conquistadores, de colonizadores y cabildantes hispanos; por el ex alumno carolino y antiguo Alférez Real; pertenecen al más crudo repertorio de la "leyenda negra" contra España; y su grandilocuencia vituperante -- sólo justa para ciertos aspectos de la política de aquella hora -- tenía por finalidad halagar al personaje virginiano de raigambre puritana a quien iban dirigidas. He aquí el texto, en castellano, de dicho manuscrito: "Exelentísimo Señor: Tres centurias de opresión colonial por parte de una corrompida, supersticiosa e ignorante nación, cuya porfiada e inicua política siempre ha tendido a envilecer a los habitantes de Sud América, como estando destinados a vegetar en la oscuridad e ignominia: el violento sistema de conservarlos en la ignorancia de toda información incompatible con sus principios de dependencia colonial; la perversa política de negar a los hijos de la madre patria y sus descendientes legales en el continente americano los derechos cívicos en el ejercicio de una práctica igualitaria; el monopolio del comercio despóticamente ejercido, regulado por leyes dictadas solamente en favor de la madre patria, y mantenido al precio de la sangre de víctimas inocentes, nativas del país; la negra ingratitud con que se condujo respecto a la capital de Buenos Aires, después de haber tan gallarda y enérgicamente defendido el dominio español contra el ejercito inglés bajo las órdenes del general Beresford en 1806, y el ejército de 12.000 hombres de la misma nación, mandado por el general Whitelocke en 1807; finalmente el infame compromiso para obligarlos, contra su voluntad, a someterse bajo el yugo que el emperador Napoleón impuso a España para vengar la sangrienta usurpación de los imperios de México y Perú; preparó a esos pueblos, el 25 de mayo de 1810, para la separación de la nación española, inmediatamente conquistada por Francia, no sin admitir la circunstancia adicional de que los habitantes de esas provincias las conservaban para el rey cautivo don Fernando VII y sus sucesores legales. Al restaurarse el rey de España en su trono, había corrido tiempo bastante para darles la oportunidad de volver sobre sus resoluciones, recordando los agravios e injurias hechos, y finalmente para proponerles una honrosa transacción de esas diferencias. Aún no había llegado el enviado a la corte de Madrid (Rivadavia), cuando el rey inmediatamente había dictado sus inexorables y sangrientos decretos, y la expedición a las órdenes del general Morillo cruzó los mares para llevar una guerra de devastación a esas comarcas. El derecho natural de propia defensa impuso la necesidad de tomar medidas para repeler la fuerza con la fuerza. Ejércitos hostiles fueron pobres medios que pudieron emplearse para llegar a un arreglo. Cuando el diputado en la corte de Madrid informó al gobierno (criollo) que el rey de España insistía en no dejar otra alternativa que la de la más abyecta sumisión, y que consideraba a esas provincias como propiedad de su corona -- indudablemente para hacerlas víctimas de la venganza española --, fué entonces que el Congreso Soberano de esas provincias se reunió, a imitación del ejemplo de sus hermanos y amigos naturales de Norte América, y unánimemente proclamaron en la Ciudad de Tucumán, el 9 de julio de 1816, el acta solemne de su independencia civil de la nación española, del rey de España, los suyos y sucesores, y juraron, junto al pueblo por ellos representado, defender su emancipación política a costa de sus vidas, fortunas y honor. Dios guarde a S.E. muchos años. Manuel H. de Aguirre".

      Correspondencia con Adams

      La callada por respuesta dió Monroe a esa presentación escrita del delegado argentino, el cual entonces cambió de destinatario para concretar sus demandas. Y en sucesivas notas y entrevistas verbales mantenidas con el Secretario de Estado John Quincy Adams (14 de noviembre, 16, 22, 24, 26 y 29 de diciembre de ese año 1817; y 6,13,16 y 21 de enero, 29 de marzo, 5 y 30 de abril, 21 de mayo y 8, 10 y 27 de agosto de 1818), don Manuel Hermenegildo puso a su interlocutor al corriente de los propósitos de su misión, de los obstáculos con que tropezaba para adquirir barcos armados debido a la ley de neutralidad con que los Estados Unidos favorecían a España, de la autorización que traía a fin de negociar el reconocimiento de la independencia de su patria y firmar un tratado comercial con la república norteamericana, cual lo comprueban los documentos que guarda el Archivo Nacional de Washington.
      Así, el 16 de diciembre Aguirre le decía a Adams: "Habiendo tenido el honor de comunicar a V.E., en octubre último, que las Provincias Unidas en Sud América se habían declarado estados libres e independientes ... V.E. habrá descubierto que aquella declaración no fué prematura, y que las Provincias del Rio de la Plata se abstuvieron de hacerla mientras ella hubiese podido atribuirse a efectos de las congojas en que se hallaba la metrópoli ... prefiriendo agotar antes cuantos medios de consiliación sugiriese la prudencia ... Durante los seis años que precedieron a su declaración de independencia, las fuerzas de aquellas habían obtenido victorias distinguidas en la Banda Oriental; habían obligado a rendirse a una de las más fuertes plazas de nuestro hemisferio y hecho prisionera a la guarnición que la sostenia; y si la victoria no fué siempre compañera inseparable de nuestras armas en el Perú, lo fué más de las veces haciéndonos capaces de rechazar a los defensores de la tirania más allá de nuestro territorio ... Las Provincias del Rio de la Plata no sólo han podido conservar por todo este tiempo los preciosos bienes de su libertad, sino darla, sin auxilio extranjero, a la de Chile, y hacer retirar al Perú a las tropas del rey que, alentadas con nuevos refuerzos, osaron introducirse en nuestro territorio. Es en circunstancias semejantes, después de haber puesto de manifiesto los apoyos de su declaración, y los medios que posee para sostenerla, que mi gobierno ha creido compatible con el decoro de las naciones el manifestar su resolución y solicitar que lo reconozcan como soberano. Al considerar mi gobierno al de los Estados Unidos como uno de los primeros de quienes debiera solicitar aquel reconocimiento, creyó que la identidad de principios políticos, la consideración de pertenecer al mismo hemisferio y la simpatía tan natural de aquellos que han experimentado los mismos males, serían otras tantas razones que cooperasen a apoyar su solicitud. Aún existen, aún presiden los Consejos de la Nación norteamericana muchos de los que sostuvieron y sellaron aquí con su sangre los derechos del género humano. Aún existen sus cicatrices, permitame V.E. decirio: sus cicatrices son otros tantos abogados que tiene también aquí la causa de la América española. Al recordar que fueron estos Estados los que nos mostraron más inmediatamente el recto sendero de la gloria y gustaron más de lleno los frutos de la libertad, me atrevo a asegurar que toca a ellos también ser los primeros en revelar que han sabido apreciar nuestros esfuerzos, y alentar asi a las otras Provincias que, menos venturosas, no han podido dar fin todavía a la lucha sangrienta".
      Con evasivas y pretextos dilatorios contestó Adams a la nota de nuestro mandatario, "porque -- decía -- el gobierno de los Estados Unidos deseaba hallarse plenamente informado de los trámites sobre los cuales las Provincias Unidas del Rio de la Plata hacen su solicitud", y porque también era preciso que "toda duda fuese removida con relación a la existencia real y a la permanencia de las soberanias de dichos gobiernos".
      Aguirre, sin tardanza (26 de diciembre), replicó al Secretario de Estado: "Durante más de siete años estas Provincias han llevado adelante una activa y fructífera guerra ... Entre tanto nuestra organización interior ha adelantado progresivamente. Nuestro pueblo ha hecho un ensayo en la ciencia del gobierno y reunido un Congreso de representantes que está empeñado en promover la felicidad general. Se ha formado un plan de defensa militar, en el que antes éramos deficientes, y organizado un sistema fiscal, el cual desde entonces ha sido bastante a proveer nuestras numerosas necesidades ... Las fuerzas de nuestros opresores disminuyen con el aumento de nuestros medios de defensa; sus esperanzas de continuar tiranizándonos por más tiempo declinan; un sistema regular de gobierno, la decisión de nuestros ciudadanos, una renta adecuada, una fuerza organizada suficientemente poderosa para la defensa del territorio, una escuadra a flote, un ejército disponible en Chile y otro operando en el Perú, todo esto debe seguramente imponer a nuestros enemigos, si es que la costumbre de gobernar aún los lisonjeara con esperanzas. No obstante la resolución de neutralidad por parte de los Estados Unidos ? no querria ofender a V.E. con la idea de que considera necesario el que nosotros debiéramos ofrecer pruebas de la justicia de nuestra causa ... Las Provincias del Rio de la Plata no aspiran a excitar la sensibilidad de los Estados Unidos, sólo reposan en su justicia. La contienda en Sud América no puede ser mirada sino bajo el aspecto de una guerra civil". Aguirre sostenia que las naciones no pueden ni deben reconocer otro poder soberano sino aquel que lo es de hecho, y no deben averiguar otra cosa que la realidad, sin inmiscuirse en las cuestiones internas de los paises con derecho a ese reconocimiento; que España se habia dividido, de hecho, en dos paises: Sud América y la Monarquia allá en la Península, y "ambas tienen los mismos derechos y se les imponen las mismas obligaciones a las naciones neutrales; y si estas reglas admiten algún cambio, la excepción deberia estar siempre en favor del oprimido y en contra del opresor ... En nuestra última conferencia resultó que V.E. encontraba una objeción en la ocupación de Montevideo por las tropas portuguesas. Pero -- arguia Aguirre -- "uno de nuestros más distinguidos jefes (alude generosamente a Fructuoso Rivera), ayudado con recursos amplios (versión antojadiza de don Manuel) está ahora empeñado en rechazarlos; y no obstante los dobles vínculos de familia que en la actualidad unen al soberano de Portugal con el rey de España, nuestra existencia nacional, por lejos que quisiera seriamente ser llamada, a causa de la guerra en ese rincón (Montevideo), está fortalecida en ella (en la Banda Oriental) ... Los Estados Unidos -- concluia Aguirre -- darían un ejemplo de justicia al reconocer la soberanía e independencia de estos Gobiernos que tan gloriosamente y por tan duros sacrificios han sabido ahora cómo se la obtiene".
      El 6-I-1818, el agente criollo de las Provincias Unidas del Sur, vuelve a insistir, ante el alto jerarca "bostonés", manifestando que de acuerdo a las directivas recibidas al partir de Buenos Aires, encontrábase plenamente autorizado para abrir negociaciones con el gobierno de los Estados Unidos, sobre la base de una mutua amistad y de un intercambio económico.
      Diez dias más adelante (16 de enero) Aguirre hace notar a Adams que la ocupación de la Banda Oriental fué siempre considerada por su gobierno como violatoria del tratado suscripto con Portugal, y que, en consecuencia, el territorio uruguayo invadido pertenecia a su nación. Estas fueron sus palabras: "Señor: Tuve el honor en mi entrevista con V.E., el día 13 del presente, de comunicarle el punto de vista bajo el cual la invasión de una de las Provincias Unidas por las tropas del rey de Portugal fué mirada por mi gobierno; por cuyo hecho se violaba la neutralidad que ellos están obligados a mantener conjuntamente con mi gobierno. De la misma manera me apresuro a informar a V.E. que este acto de invasión por una nación neutral, con el propósito de desmembrar la integridad del territorio de la América Española dentro de sus límites legales, fué considerada, en opinión de mi gobierno, como un acto de hostilidad entre las naciones, y que bajo este principio han regulado su conducta respecto al rey de Portugal". Añadido a lo antedicho, nuestro agente reiteraba su deseo de llegar a un acuerdo amistoso y comercial con los Estados Unidos.
      Por su parte Adams, a los concretos argumentos del delegado sudamericano, les opuso, invariablemente, la exigencia dilatoria de que se le demostrara la real emancipación de las Provincias rioplatenses, alegando que si bien Aguirre pretendia representar a todos los pueblos que formaron el antiguo Virreinato, cuatro provincias del Alto Perú estaban aún en poder de España; que Artigas no se sometia a Buenos Aires en la Banda Oriental; y que Montevideo hallábase ocupada por los portugueses. Y cuando, el 25-III-1818, el Poder Ejecutivo yanqui preparaba el envio de su mensaje al Congreso, el habilidoso Secretario de Estado -- con la mirada puesta en España, a fin de negociarle las dos Floridas -- le aconsejo al Presidente Monroe se puntualizase en dicho documento que, "debido al estado inorgánico de las Provincias de la América Española", "no seria prudente, por el momento, auspiciarles el reconocimiento".
      Es que el pragmático Juan Quinciano -- para nombrarlo en idioma extraño al de su despejo verbal (mi tatarabuelo entendia inglés, pero creo expediase frente a su interlocutor en francés) -- consideraba a don Manuel Hermenegildo "agente público del gobierno de la Plata y privado del de Chile"; asi lo calificó en nota dirigida al Congreso de su país; aunque agregaba que si bien el gobierno rioplatense "exige que (Aguirre) debe ser recibido con la consideración debida a su carácter diplomático, no tiene comisión alguna como ministro público de ninguna categoria, ni ningún poder bastante para negociar como tal". Adams informó igualmente al Parlamento acerca de las conferencias mantenidas con el enviado argentino, donde se trató "cómo reconocer a su gobierno en caso de ser admisible ... y cuales eran los territorios que él (Aguirre) consideraba como formando el Estado o Nación a reconocerse. Se observó -- seguia exponiendo Adams -- que la manera en que los Estados Unidos fueron reconocidos por la Francia, fué por un tratado ... en el cual cada uno de los Estados que entonces componían la Unión, fué expresamente nombrado". Aguirre habiale dicho "que el gobierno cuyo reconocimiento deseaba, era el territorio que fué, antes de la revolución, el Virreinato de La Plata. Se le preguntó por qué no incluia a Montevideo y al territorio ocupado por los portugueses, desde que la Banda Oriental, entendíase, estaba lejos del gobierno español". El agente argentino "observó que Artigas, aunque en hostilidades con el gobierno de Buenos Aires, sostenia sin embargo la causa de la independencia contra España, y que los portugueses no podrían finalmente mantener su posesión en Montevideo ... Estas observaciones hechas al señor Aguirre -- finalizaba Adams -- fueron unidas a otras, con referencia a las razones por las cuales el presente reconocimiento del gobierno de La Plata, en cualquier forma no era considerado de la competencia del Presidente (Monroe), en atensión a los intereses bien entendidos (de los pueblos rioplatenses) como a los de los Estados Unidos".

      Construcción de las fragatas

      Al propio tiempo que nuestro comisionado tramitaba ante la Secretaria de Estado de Washington el reconocimiento de las Provincias Unidas del Plata, abocábase a la tarea de hacer construir, equipar y armar, dos fragatas de guerra, en cumplimiento de la comisión que le confiriera O'Higgins y con arreglo a las instrucciones recibidas de San Martín, a fin de emplear dichos barcos artillados en la campaña del Pacifico, destinada a independizar al Perú.
      A propósito de ese asunto, Pueyrredón le escribió a San Martín, que estaba en Chile, el 24-XI-1817: "He recibido las primeras noticias de nuestro Manuel Aguirre ... Se vá a encontrar en apuros de gran tamaño por no habérsele cumplido la promesa de los cien mil pesos que están aún en las cajas de Santiago, y su descrédito va a ser trascendental al de estos gobiernos. Haga usted por Jesucristo que vuele ese dinero a cualquier costo que sea, porque todo es menos que nuestra desopinión. De todos modos el golpe se ha perdido para el tiempo que lo teniamos dispuesto; pero no lo perdamos para siempre, y con él el resto de crédito que podemos conservar y restablecer con los norte-americanos".
      Aquellas gestiones las inició Aguirre de llegada al país de los yanquis, pero, anticipándose a cualquier paso decisivo, quiso obtener del gobierno de Monroe las seguridades de que la adquisición de buques armados no se consideraria como contraria a las leyes de neutralidad vigentes en los Estados Unidos. Con ese motivo nuestro agente le dirigió una nota, el 14-XI-1817, al Secretario Adams, manifestando que su misión veiase obstaculizada por el decreto que prohibia a los ciudadanos de la Unión vender barcos a los revolucionarios sudamericanos, debido a la situación de amistad entre los Estados Unidos y España. Solicitaba se le aclarara dicha cuestión, pués habia mandado construir en Nueva York un par de embarcaciones que luego no podria llevarlas a los mares del sur.
      Ocho dias más tarde, mantuvo Aguirre una conversación con el Secretario interino Rush quién, oficioso le aseguró que "buques, cañones, armas y municiones son artículos de comercio permitido por las leyes de este país, y que seria protegido por este gobierno en la ejecución de aquella comisión, siempre que apareciese como una especulación mercantil"; que la política estadounidense "de estrecha neutralidad" era impuesta por el tratado que tenia su gobierno con España, y que tal actitud prescindente -- según Rush -- "era también la conducta más propia en beneficio de los mismos americanos del sud". Fué Aguirre informado "que le estaba permitido comprar armas y municiones de guerra a los comerciantes", mas, en esos casos, "la parte interesada tomaba sobre si el riesgo de llevar el contrabando". Le fué también dicho "que él estaba en libertad para comprar buques de cualquier tamaño de individuos particulares en nuestros puertos de mar, pero que él no debia armarlos ni de modo alguno equiparlos para la guerra ... que debia moverse al tiempo de hacer las compras, en la mera esfera de un individuo; que mientras asi se condujese, evitando toda infracción a nuestras leyes, su conducta seria aprobada y él mismo protejido; y que si la causa de su patria pudiese ser de este modo beneficiada, yo -- Rush -- creia que el pueblo y gobierno de los Estados Unidos se hallarían bien satisfechos". Agregó que, anteriormente, don Manuel Hermenegildo habia puesto en manos suyas las cartas credenciales y misivas para el Presidente Monroe -- ausente, a la sazón, de Washington --, las que "fueron empaquetadas con varias otras escritas en lengua española y portuguesa"; sobre cuyos papeles -- confesó a posteriori Rush -- "fué enteramente la omisión del infrascripto no llamar la atención del Presidente, particularmente a estas cartas"; las cuales, de tal suerte, nunca tuvieron acuse de recibo por parte de Monroe.

      Ley norteamericana de neutralidad. Dificultadas y encarcelamiento de Aguirre

      El 30 de diciembre insiste Manuel Aguirre, en largo alegato destinado a Adams, acerca de los efectos desastrosos que tendria para la suerte de las armas patriotas la promulgación de una ley sobre neutralidad votada por el Parlamento norteamericano. Ley arbitraria, estimaba Aguirre, pués sus consecuencias serían unilaterales y en detrimento de los pueblos que luchaban por su independencia, privados entonces de comprar material bélico en el más próximo país donde podrían abastecerse. "Bien penoso es para mi tener que ocupar la atención de V.E. -- escribiale mi tatarabuelo al Secretario de Estado --, mas yo no corresponderia a la confianza con que me ha honrado mi gobierno y a lo que debo a mi país natal si, instruido de la letra y efecto de la ley de estos Estados, aprobada en tres de marzo último y dirijida a protejer mejor la neutralidad de esta nación, no hiciese presente a V.E. que sus efectos sólo pesan sobre los que luchan por la independencia de la América Española ... Si V.E. me permitiese exponer los efectos de esta ley, aún sobre aquellas provincias que, aunque empeñadas en la misma causa que las del Rio de la Plata, se hallan sin embargo bajo distintos gobiernos, podria yo observar que su armamento es muy inferior al del enemigo; que algunas de ellas no tienen como aumentar el suyo, si la nación neutral más próxima a ellas les rehusa la ocasión; y la ley que las sujeta a esa imposibilidad propende directamente a que sean sojuzgadas." "La ley priva a muchas de ellas de lo que más necesitan, y no priva a sus enemigos de extraer de aquí provisiones sin las cuales los ejércitos de estos no podrían dar un paso en los territorios adversarios ... Confio en que al informar V.E. al señor Presidente de estas quejas a que me impele la más dura necesidad, le exponga también que en la lucha en que estamos empeñados no sólo defendemos los derechos del género humano y los bienes de la civilización, sino que peleamos por la conservación de nuestras familias y por nuestra propia existencia".
      Pese a esa norma de "estrecha neutralidad" -- en la doble acepción del adjetivo -- don Manuel Hermenegildo llevó adelante su resolución de cumplir el peliagudo encargo que habia recibido de San Martín: proporcionar naves artilladas, con tripulación completa y aviamiento guerrero, para la escuadra de Chile. Por lo pronto estudió aquella ley federal norteamericana del 3-III-1817 sobre compra de armas, que estaba en el tapete y tanto le embarazaba; y -- cual lo dijo el agente argentino posteriormente en nota a la cancilleria estadounidense -- "previo al consejo de los más ilustrados jurisconsultos, ordené la construcción de dos fragatas de guerra en Nueva York, con la intención de despacharlas a Sud América como mercantes con bandera neutral".
      Empero, antes de haber tenido listos y armados a dichos navios, nuestro comisionado tuvo que sortear en tierra la mar de dificultades. Por la fragata "Congreso" Aguirre le anticipó noticias de sus trabajos al gobierno de Chile. Así se desprende de una carta suya del 18-III-1818 a O'Higgins: "Sensible me fué -- se lee en ese papel -- anunciar que me consideraba sumamente embarazado en la ejecución de sus órdenes por falta de cumplimiento de los artículos más esenciales del convenio celebrado entre el señor General don Jose de San Martín, a nombre de S.E. el Director Supremo de las Provincias Unidas del Rio de la Plata, y el infrascripto comisionado, y que me encontraba sin fondos suficientes, y el crédito de ambos gobiernos de Buenos Aires y de Chile en el mayor abatimiento, por irregularidad de las promesas y comprometimientos que el señor don José Miguel Carrera empeñó aquí en nombre de su patria (al armar dos embarcaciones con las que Carrera se vino a Buenos Aires y, según parece, dejó impagas a los armadores yanquis); "como por las relaciones (informaciones) sucesivas que conducen los buques que trafican por las costas de ese Estado (Chile), anunciando la situación más desesperada de medios y recursos para sostenerse ese gobierno en sus empeños y promesas ... El proyecto de la construcción de dos fragatas de guerra de primera clase, y con arreglo a lo que prevenia el citado convenio, fué iniciado (por Aguirre) sobre la base de un fondo cierto y seguro de 200.000 pesos. Partiendo de este principio, se ordenó por mi la construcción de dichos buques por contrata, la que concluida el 20 de noviembre del año anterior, en cuyo tiempo prudentemente suponia la remisión de los restantes 100.000 pesos, con los que debían quedar listas las citadas fragatas para partir a destino (Valparaiso) ... Tengo ahora el honor de comunicar a V.E. que, hallándose las dos fragatas ya concluidas y en las aguas de este puerto (Nueva York) no es realizable su salida por falta de fondos para el efecto, y que los gastos que diariamente aumentan en proporción del tiempo que se hallan aquí detenidas, harán montar su valor a una suma de bastante consideración. Teniendo presente los perjuicios tan considerables ... he considerado conveniente que mi segundo, don Gregorio Gómez, parta con la mayor celeridad a instruir V.E. sobre todos estos particulares, y al mismo tiempo suplicarle se digne cuanto antes V.E. disponer y ordenar su última resolución (de completar aquellos 200.000 pesos), pués son incalculables los perjuicios que deben ser consiguientes, con esta suspensión, a mis intereses particulares".
      Por lo demás, Aguirre agregábale a O'Higgins que hubiera deseado incluir al pueblo de Chile en su solicitud, dirigida al gobierno de los Estados Unidos, de reconocimiento de la independencia, pero como carecia de poderes expresos, se habia visto en la imposibilidad de representar a la nación trasandina. Con ese motivo se ofrecia a representarla si se le enviaban "poderes amplios en forma, a lo menos con el carácter de encargado de negocios".
      También don Manuel Hermenegildo, por esas fechas, se dirigió al Director Pueyrredón, dándole cuenta de "los enormes entorpecimientos y embarazos en que me hallo para despachar aquellos barcos a su destino". Exponia que el Secretario interino Rush "me aseguró verbalmente que buques, cañones, armas y municiones eran artículos de comercio permitidos por las leyes de este país, y que seria protegido por este gobierno en la ejecución de aquella comisión, siempre que apareciera como una especulación mercantil en buque y bandera neutrales". Informaba Aguirre que consultó luego con el Secretario de Estado Adams respecto de los veleros guerreros para Chile, y tanto éste como los abogados norteamericanos le manifestaron que "el acto de preparar y despachar buques armados en guerra, equipados y tripulados en puerto neutral, es un acto de hostilidad que viola la neutralidad y quebranta las leyes de este país, por lo que el administrador de esta aduana se halla facultado para detenerlos y confiscarlos, y su valor dividirlo entre el delator y el Estado. Su propietario, o la persona que aparece serlo, debe ser encarcelado por diez años y multado en dies mil pesos". "No obstante que la ley abre camino a su relajación, sujetado a fianzas de mucha consideración, puede V.E. estar persuadido -- le declaraba don Manuel a su eminente futuro tío político -- que arriesgaré mi seguridad personal hasta el caso de comprometerla, si es preciso, por cumplir las promesas que ofrecí a V.E., aunque arrancadas como de sorpresa a nombre de la patria". Y añadía Aguirre, que al no contar "con más fondos que los remitidos hasta aquí por el gobierno de Chile", le "será imposible, después de satisfacer el valor principal de los barcos, y cubrir las fianzas que es necesario dar en este país, que suben a un valor de mucha consecuencia...".
      En tan crítica circunstancia las autoridades de Washington desconocieron a mi tatarabuelo todo privilegio diplomático. De consiguiente éste, a fin de evitarle desaires a su gobierno, se despojó del carácter oficial de Comisario de Marina y de agente de que estaba investido, y devolvió esos despachos a sus mandatarios de Buenos Aires, manifestando "los deseos de conservar únicamente el titulo de simple ciudadano de mi patria, con el que me hallo suficientemente honrado".
      En anteriores conversaciones con Adams (13-I-1818), Aguirre habia dicho que la apertura de puertos norteamericanos a barcos rioplatenses ofrecida por aquel como testimonio de buena voluntad hacia los revolucionarios de Hispanoamérica, no aportaba ningún beneficio a su país, ya que Buenos Aires carecia de poder naval, sin flota mercante propia ni mareantes experimentados, y que si facilitaba patentes a corsarios para hostilizar al enemigo, casi ninguna de las embarcaciones patentadas pertenecían a nativos de su país.

      Rodeado de dificultades, mi tatarabuelo anticipa, allá en el norte, cinco años antes que Monroe, el fundamento de la "doctrina" epónima

      A raíz de tratos de un Estado americano con naciones imperialistas europeas para comprarles o venderles territorios continentales, Aguirre, el 22-I-1818, le señalaba a Adams por escrito: (sic) "que su gobierno no podia permanecer indiferente a las transacciones de cualquier potencia respecto a antiguas colonias del Imperio Español, tanto en el Norte como en Sud América" -- cuyo argumento, mutatis mutandis, esgrimiria el Presidente Monroe pro domo sua, aconsejado por el Secretario Adams, en su famosa declaratoria de 1823. Ese párrafo de don Manuel referíase a la isla Amelia: de 22 kilómetros de largo y 6 de anchura, situada en la costa oriental de la península española de La Florida; refugio seguro para naves dedicadas al corso y contrabando en perjuicio de España; base estratégica de operaciones que fuera tomada, a nombre de la revolución emancipadora hispanoamericana, por el aventurero escocés sir Gregor Mac Gregor, titulado General, al que respaldaron los representantes criollos destacados en yanquilandia: Lino de Clemente, de Venezuela, Pedro Gual, de Nueva Granada y México, y Martín Thompson, de Buenos Aires -- a quien, por ello, desautorizó y destituyó el gobierno de Pueyrredón. (Ver mi libro De Monroe a la Buena Vecindad). A poco andar, otro aventurero titulado "Capitán de Navio de los Estados independientes de México y Nueva Granada", Luis Aury, apoderóse de la isla con idénticos propósitos liberadores, desalojando a Mac Gregor. Entonces los Estados Unidos, a fin de impedir que un tercero tomara posesión de lo que deseaba para si, mandó tropas y ocupó el islote -- que junto con La Florida compraria, más adelante, en 1819, a España por 5.000.000 de dólares (25.000.000 de pesetas). En razón de aquellas ocurrencias que antecedieron al referido toma y daca, debióse la recordada manifestación escrita de Aguirre al Secretario Adams, en el sentido de que el gobierno de las Provincias Unidas no veia con indiferencia la intervención yanqui en la isla Amelia y el inminente cambalacheo de Monroe con Fernando VII.

      Los inconvenientes no desalientan a nuestro "ciudadano patriota"

      En medio de engorros financieros y obstinadas trabas políticas, don Manuel Aguirre logró concretar la hechura de las naves de combate que sabemos; aunque, al no alcanzar el numerario puesto a su disposición por el gobierno chileno, vióse obligado a poner plata de su bolsillo y a reducir el tamaño de aquellas, que tomaron proporción de corbetas; con visos de fragatas; y mi antepasado, inspirándose en la historia de Roma, bautizó a las gemelas: la "Horacio" y la "Curiacio". (En la vieja chacra de Aguirre, en San Isidro, yo me extasiaba de niño contemplando un antiguo grabado: el juramento de los Horacios, trillizos romanos, antes de lanzarse a la pelea con los Curiacios, trillizos de Albalonga. Creo que esa estampa habia pertenecido a don Manuel Hermenegildo, y reproducia al célebre cuadro de David existente en el museo del Louvre).
      Como Aguirre se hallaba vigilado en todo momento en Nueva York por los espias del ministro plenipotenciario español Luis de Onis, habia hecho figurar como dueños de aquellas cañoneras a los capitanes destinados a mandarlas: John Skinner de la "Horacio" y Pedro Delano de la "Curiacio". La escasez de fondos para contratar las respectivas tripulaciones -- unos 500 hombres -- obligó a hipotecar a la "Horacio" en 69.541 dólares y 45 céntimos a favor del prestamista Mateo L. Davis, por el valor de letras de cambio; en tanto el armamento -- 36 cañones para cada navío, balas, cuñas, sacatrapos, cureñas, atacadores, etc. se mantuvo oculto en dos paquebotes mercantes de bandera neutral, hasta que pudiera despacharse a Buenos Aires y, de aquí, a Valparaiso.
      Compelido a realizar esas actividades furtivas, don Manuel, además, estaba generosamente empeñado en todos los sentidos del vocablo cuando (dejemos que él lo relate con palabras de queja, escritas el 10 de agosto, dirigidas al Secretario de Estado Adams): "Hallándose aquellos buques prontos a partir a sus destinos, y con la dotación regular a estilo de comercio, se me comunicó una orden de arresto y prisión por el juez de los Estados Unidos residente en Nueva York comprendiéndose en ella a los capitanes de los buques, y dándose por causa haber sido violadas las leyes del país y haberse cometido delitos de alta traición. Cuatro dias de una custodia inquisitorial precedieron a la declaración del juez sobre la inocencia de nuestra conducta y, por con siguiente, quedamos descargados de tan altos crímenes. En el curso de tales procedimientos se inventaron tormentos hirientes a los sentimientos de delicadeza y honor de todo hombre de principios. Desde entonces los enemigos naturales del país han discurrido y ejecutado, por viles medios de intriga, el entorpecimiento de aquella expedición, unas veces seducidos y corrompiendo a algunos individuos de la tripulación de aquellos buques, otras induciendo y promoviendo cuestiones, directa o indirectamente, con el fin de causar gastos y pleitos, detenciones y demoras. En fin, señor, calculando sobre el principio de agotar los recursos que se hallaban en mi poder, han conseguido reducirme a la alternativa que es imposible proseguir en este empeño sin protección del gobierno general de los ciudadanos de estos Estados, o decidirme por la venta de aquellos buques al gobierno de estos Estados Unidos; pareciéndome, en este último caso, más prudente que el Estado de Chile sufra menos quebranto con esta determinación ... Ha sido tan poderosa la influencia de los enemigos comunes de nuestro país, que han conseguido inspirar la más desesperada desconfianza sobre el crédito y recursos de aquellos gobiernos (de Buenos Aires y de Chile); de modo que no siendo hoy en dia los medios efectivos que obran en mi poder capaces de soportar los gastos que originan la intriga de mis enemigos, no encontrando, por otra parte, protección bastante que me escude contra sus proyectos, he meditado, por último, la venta de aquellos buques al gobierno general, en caso de no hallarme capaz de despacharlos a su destino".
      Esta nota de Aguirre dedicada al jefe de la Cancilleria de Washington -- con el reproche de que "nunca tuve la satisfacción de ser contestado por V.E. sobre este particular" (de hacer construir y armar naves de guerra), lo cual "me colocaba en un estado de duda que equivalia a una prohibición", fué puesta en conocimiento del Presidente Monroe, y respondida por Adams al infrascripto el 27 de agosto. En su escrito, el Secretario de Estado reiteraba sus anteriores manifestaciones verbales de que el gobierno estadounidense consideraba a la revolución sudamericana como una simple contienda civil entre España y sus colonias, y que la "política declarada de los Estados Unidos, en estrecha conformidad con sus leyes existentes, era observar entre las partes una neutralidad imparcial"; por tanto "el presidente Monroe me ha encargado informar a usted que la administración ejecutiva no está autorizada para hacer compra de las dos fragatas que han sido construidas bajo su dirección en Nueva York". Adams admitió que Monroe procedia en el asunto "con cautela": "Usted ha pedido el reconocimiento del gobierno de Buenos Aires como supremo sobre las Provincias del Plata, mientras que Montevideo, la Banda Oriental y el Paraguay no sólo están poseidos de hecho por otros, sino bajo gobiernos que desconocen toda dependencia de Buenos Aires, no menos que de España" mañoseaba, dilatorio, el autorizado vocero de la Casa Blanca, calculando las ventajas del negocio con Madrid acerca de la transferencia de dominio sobre La Florida. Respecto a las inmunidades diplomáticas y prisión de nuestro representante, Adams interpretó que las credenciales de Aguirre le daban sólo carácter de "agente", sin el privilegio de exención de arresto personal. "De que usted haya sido sujeto al inconveniente de un tal arresto agregaba John Quincy es sinceramente sentido por el señor Presidente, pero es una circunstancia que no tiene poder para preveniria. Por la naturaleza de nuestra Constitución, el Superior Ejecutivo no posee autoridad para dispensar la ejecución de las leyes, excepto en los casos prescriptos por las leyes mismas". Y la nota, luego de considerar al equipamiento de barcos de guerra como acto violatorio de la neutralidad, concluía con estas significativas palabras: "Aún es imposible para mi decir que la ejecución de las órdenes de su gobierno (de comprar buques y armarlos para Chile) sea impracticable; pero el gobierno de los Estados Unidos no puede dar más la cara o participar en modo alguno o que se evada la intención de las leyes, ni menos dispensar su ejecución. De la amistosa disposición del Presidente hacia su gobierno, muchas pruebas han sido dadas. Yo soy encargado por él para renovar la seguridad de aquella disposición y asegurar a usted que continuará manifestándola en todo modo compatible con las leyes de este país y la observancia de sus deberes hacia otros. Yo tengo el honor de ser con alta estima, Señor, su más humilde y atento servidor: John Quincy Adams".
      El proceso criminal a Aguirre duró algún tiempo más. Llevado el asunto a la Suprema Corte, el alto cuerpo declaró la inocencia del encausado, fundándose en que si bien el presunto reo habia hecho construir, equipar y dotar de tripulación a los buques antedichos, no se pudo probar que él los hubiera personalmente armado.

      Consecuencias de la misión de don Manuel Hermenegildo

      Aquellas patrióticas gestiones de mi tatarabuelo en el país de los yanquis, desarrolladas en medio de tantos bemoles, dejaron sin embargo, para el futuro cercano, saldo favorable. Por lo pronto se planteó directamente, ante el gobierno de los Estados Unidos, el reconocimiento, como Nación, de las Provincias Unidas del Rio de la Plata, cuya propuesta formal, tendría por corolario definitivo el mensaje de Monroe reconocedor de la independencia de los pueblos de Hispano América el 8-III-1822. En segundo lugar, esas diligencias y el arresto posterior del comisionado argentino, provocaron una corriente de simpatia en el Parlamento estadounidense, que coadyuvó al logro del reconocimiento pretendido. El diputado Henry Clay, sobre todos sus colegas, con fogosos discursos abogó por la aceptación oficial de las ex colonias hispanoamericanas como repúblicas. Era su tendencia -- al decir acertado de Carlos Pereyra en su Mito de Monroe -- "formar un grupo de naciones americanas con instituciones semejantes a los de los Estados Unidos; un sistema nuevo, dentro del cual podria desenvolverse el comercio de un modo ilimitado, sin los peligros a que le sujetaban las contiendas de Europa. Los Estados Unidos serían la cabeza del nuevo sistema, y no el ludibrio del europeo".
      Asimismo, la presencia de Aguirre en Washington sugirió a Monroe disponer el envio a Chile, al Perú y al Rio de la Plata, del agente William G.D. Worthington, quien arribó a Buenos Aires el 5-IX-l817, sumándose a Thomas Lloyd Halsey, el delegado comercial yanqui malquisto con Pueyrredón. En seguimiento de esto -- no obstante haberle negado Adams el exequátur a su compatriota David de Forest, como cónsul general de las Provincias Unidas en el país del Norte --, por iniciativa de la Casa Blanca se despachó para Buenos Aires una comisión de informantes confidenciales, integrada por Cesar Augusto Rodney, John Graham y Teodorico Bland, que llevaron de secretario a Henry Marie Brackenrigde, redactor, a su turno, de un Voyage to South América, suficientemente conocido. Dichos husmeadores oficiosos zarparon a bordo de la fragata "Congress" y tomaron tierra en la sede "directorial" porteña el 28-II-1818. Tras de corta estadia en este medio, ellos recogieron datos históricos y recientes noticias políticas, mercantiles y demográficas de las provincias rioplatenses, que, sacados a luz, en informes personales amplios y pintorescos, debieron, en buena medida, contribuir como elementos favorables al reconocimiento de nuestra independencia.

      Levan anclas las fragatas y llegan a Buenos Aires con Aguirre

      Cumplido un año y dos meses de permanencia en los dominios del Tio Sam, por septiembre de 1818, cual contrabandista escurridizo, don Manuel Hermenegildo, desde el puerto de Nueva York, a bordo de la "Horacio" al mando del capitán Skinner, pudo hacerse a la mar para Buenos Aires. Simultáneamente soltó cordajes la "Curiacio" a órdenes del capitán Pedro Delano (antiguo deudo de Franklin Delano Roosevelt?); y ambas mellizas náuticas -- con el benevolente disimulo de las autoridades portuarias neoyorquinas, sin duda -- desplegando sus velas al viento enfilaron sus proas rumbo al sur.
      Iban las fragatas desarmadas, con falaz apariencia de mercantes, completas sus dotaciones y avios bajo el amparo -- supongo -- del pabellón neutral de los Estados Unidos. Y el 3 de noviembre, frente al cabo San Antonio, extremo de la ensenada de Samborombón en la costa del Tuyú (hoy partido de Lavalle), Aguirre, embarcado en la "Horacio", envió por medio de un acompañante suyo, el General colombiano Pedro de Labatut, un mensaje al Ministro de Guerra y Comandante de Marina, Matias de Irigoyen de la Quintana (su tío 2º), informándole "la feliz llegada de la fragata ?Horacio? procedente de New York ... y me parece prudente -- advertia -- recelar que en la entrada del Rio podrían tal vez cruzar buques enemigos de nuestro gobierno, haciéndose necesario, en este caso, prevenir medidas adecuadas de cautela. He encargado muy especialmente a aquel General, me buelba con ésta información lo más brebe que le sea posible; y al mismo tiempo suplique a S.E., el Superior Director, se digne dirigir sus órdenes a fin de que dos de los mejores prácticos del Rio pasen a borde de ésta fragata para conducirla a ese puerto con seguridad, pués siendo su calado algo profundo, corre riesgo de encallar en caso de mala dirección. La fragata ?Curiacio?, de la misma descripción y procedente del mismo destino, si aún no se halla en ese puerto, es muy probable que dentro de pocos dias estará en este Rio, y yo sería de opinión que el buque conductor de los prácticos para la ?Horacio?, cruzare ocho o quince dias entre los cabos de Santa María y San Antonio, para dirigir aquella fragata a ese destino".
      Días después, el Director Pueyrredón le escribia a San Martín lo siguiente: "Don Manuel Aguirre llegó anteanoche en la fragata ?Horacio? que dejó enfrente de la Ensenada esperando práctico para entrar; de un momento a otro llegará también la ?Curiacio?, que salió de Norte América a un mismo tiempo. Ambas son de 36 cañones y en extremo veleras, pero su artillería viene en dos buques mercantes porque no se le permitió salir de otro modo. Me ha hecho ayer (Aguirre) una larga exposición de los contratiempos que ha sufrido y de las dificultades que ha debido vencer para llegar al término de su comisión. Escribe por este correo a O'Higgins, y sólo espera poner aquí listos los buques para trasladarse a Chile a dar cuenta personalmente de su encargo a ese Gobierno". (Archivo de San Martín, tomo IV, página 601).

      Correspondencia del agente chileno Zañartu con su gobierno y ulterior destino de las fragatas

      El representante diplomático de Chile en Buenos Aires, Miguel Zañartu, le hacia saber al Director O'Higgins y a su Ministro Joaquín de Echeverría Larrain, en sucesivas comunicaciones, estos pormenores -- pormayores dijérase mejor -- acerca de las embarcaciones traidas por Aguirre.
      * (11-XI-1818) "Se halla ya en la Ensenada el buque en que viene el comisionado de Norte América. Extraordinariamente he sabido que la artillería correspondiente a las fragatas viene atrás en un buque mercante fletado al efecto. Hasta ahora ignoro si traerá más piezas de las necesarias a la dotación de otros buques, según se le ha encargado".
      * (1-XII-1818) "Fondeó el buque fletado para transportar la artillería de las fragatas en esta rada (el 25 p.p.). Desde esa fecha he sido incesante en pedir a este gobierno, por cuenta del Estado, ya por notas oficiales ya verbalmente, el dinero necesario para pagar lo que ha devengado la tripulación, cuya cantidad ascendia a 10.000 pesos hasta el citado 25. Pero la escasez de fondos públicos no ha ayudado los deseos de S.E., y asi es que hasta la fecha insulta la gente, la más insubordinada del mundo y menos capaz de acomodarse a nuestra situación. Combinando los resultados sensibles de esta falta de auxilio, he empeñado el crédito de mi gobierno y del Señor General (O'Higgins?) con algunos amigos que me han ofrecido proporcionarme la cantidad necesaria para pagar el flete de la artillería, lo devengado por la tripulación y su nuevo enganche. No dudo de su desempeño y, en consecuencia, me atrevo a asegurar a V.E. (el Ministro Echeverría) que puede anunciar a S.E. (O'Higgins) saldrán las fragatas dentro de pocos dias, a pesar de estar aún hipotecadas al pago de cantidades crecidas que viene debiendo el Comisionado" (Aguirre).
      * (18-XII-1818) "Los comerciantes encargados de la suscripción que fueron Dn. Manuel Pinto, Anchorena (Juan José?), Arana (Felipe?), Aguirre (Juan Pedro?), Linch (Patricio?)", hicieron a Zañartu la propuesta de facilitar dinero, siempre que el gobierno chileno les otorgara privilegio exclusivo de introducir yerba en Chile, libre de derechos, obligándose ellos a no venderla a más de 10 pesos. En caso de concederse la ganga, los comerciantes favorecidos comprometianse a entregar en Buenos Aires, para el gobierno trasandino, la cantidad de 40.000 pesos en efectivo y 80.000 en letras sobre Chile, a 15 y 45 dias vista. "No he querido resolver sin consultar a V.E. -- informaba Zañartu --, espero la decisión por un extraordinario ... Yo suplico a V.E. que se comparen las entradas de la Aduana, para este ramo, con los 120.000 pesos que donan los proponentes, y me persuado que después de esta confrontación, el ofrecimiento no aparecerá desventajoso como se presenta a primera vista. Aún me restan los extranjeros (mercaderes ingleses, sin duda) a quienes pienso mover en el último caso con la amenaza de que se concederán privilegios exclusivos a los hijos del país, para hacer recaer las ventajas en los que hacen sacrificios".
      Pese a las empeñosas recomendaciones de Zañartu, nada de aquello pudo concretarse; como tampoco "el juego propuesto por Dn. Pedro de Lezica, consentido y conocido en Europa baxo el título de Roleta. Es una especie de Loteria, pero su mecanismo más análogo al juego de Banca (lo ilustraba Zañartu a O'Higgins) ... Se ha establecido por el proponente (en Buenos Aires) con la pensión de dar mil pesos mensuales a la Policia, pero con la amplitud de poner quantas cosas guste. En mis extremos apuros por mandar la fragata le propuse (a aquel "roletero" de campanillas: don Pedro Casto de Lezica y de la Torre Tagle) el allanamiento de V.E. para que se estableciese en la capital de ese Estado (Santiago), siempre que se me anticipase, en numerario, igual cantidad de la que aquí (en la porteña sede) exhivia por temporadas. Pero sólo se avanza a dar diez mil pesos por el permiso, haciendo entrar en sus cuentas los gastos de biaje, la incertidumbre de que alli tenga sectarios la invención y otros mil riesgos que entrevea. Como los goviernos nada pierden en estos permisos, pués ya que no pueden evitar los juegos deben regularlos y dirigirlos para moralizar, en cierto modo, a las gentes de esta profesión, yo habria admitido la propuesta ... sin embargo tres días más solo espero el resultado de otras diligencias pendientes sobre dinero, y, si no lo hallo, me tomo la libertad de aceptarla como último recurso para despachar esta maldita fragata, detenida solamente por falta de marineros". ( )
      Y bien, "esta maldita fragata" era la "Horacio", cuyos tripulantes impagos habían demandado al gobierno chileno a causa de "los manejos ocultos, fraudes y vicios que embuelbe la contrata" -- según opinaba Zañartu. "Pendemos -- añadia -- de la entrega que debe hacer Aguirre de las cuentas para terminar este pesado negocio. V.E. (O'Higgins) bien advertirá que aún cuando no sea pagable toda la demanda, siempre será preciso satisfacer al contado, sino toda la deuda liquida, al menos una buena parte. Yo no sé de donde sacar este dinero. Este govierno no lo tiene, ni aquí hay quien preste un centavo. Si V.E. resolviera sobre la proposición de la yerba, ya podríamos aplicar a este objeto parte de su producido...".
      Así las cosas, el gobierno argentino recibe la noticia del próximo arribo de un ejército de 21.000 soldados españoles, los cuales, bajo la jefatura del General O'Donnell, Conde de La Bisbal, se estaban concentrando en Andalucia, para ser transportados en 4 navios, 6 fragatas, 12 bergantines, otras tantas goletas y 26 cañoneras, surtas en la bahia de Cádiz. Tales poderosos efectivos se destinaban a la toma de Buenos Aires, foco principal de la revolución emancipadora en estas latitudes. (Posteriormente dichos efectivos fueron amotinados por Riego, el 1-I-1820, en "Cabezas de San Juan", con el propósito de restaurar en España la Constitución de 1812).
      Comoquiera, aquella noticia, comunicada por fuente segura a las autoridades argentinas, resultaba tremenda. Entonces nuestro gobierno pidió a O'Higgins le cediera la "Horacio" y la "Curiacio", a fin de integrar con ellas una escuadrilla que obstaculizase el posible jaque mate; mas como al poco tiempo se supo que la expedición enemiga cambiaba de rumbo, y que al Perú vendria un refuerzo de buques con tropas, los gobernantes chilenos reclamaron, otra vez, la pronta salida de aquellas dos naves que trajo mi antepasado Aguirre a Buenos Aires desde Nueva York.
      "Boy a proporcionarme medios para enganchar la marineria, que es lo único que falta a la fragata que se me ha entregado" -- le escribia Zañartu a O'Higgins el 3-III-1819. "Este gobierno no tiene (caudal); los particulares lo ocultan o lo niegan ... de manera que todas mis combinaciones han hallado un obstáculo inbencible. Espero que V.E. no extrañará que hallándome situado de este modo, tome el expediente de solicitar dinero por cualquier partido menos bentajoso". Zañartu, a renglón seguido, advertia el peligro de "que los Portugueses, resentidos de la prisión que sufre su agente de este pays, intenten una azonada sobre las fragatas, sin respeto a la bandera que las distingue. Esta sospecha está apoyada en denuncias que he tenido ... Por estos principios he mandado doblar la vigilancia a bordo; he aumentado la fuerza y no pongo pie en tierra buscando los recursos para hacerlas salir prontamente".
      Y los recelos del representante chileno sobre una "azonada" cobraron realidad en la "Horacio", cuyos oficiales y marineros impagos, al mando del capitán Skinner, cierta noche se sublevaron a fines del mes de junio. Esa fragata -- o corbeta --, que aún no habia recibido su armamento, levó anclas sorpresivamente, escapando de su fondeadero rio afuera. Más tarde se supo estaba en "el Janeiro", y que el capitán Skinner habia hecho entrega del buque al cónsul norteamericano acreditado en la capital carioca, para retornar él a los Estados Unidos. El cónsul, a su vez, ofreció de motu proprio el barco en venta; y el gobierno portugués, haciendo caso omiso de la reclamación diplomática entablada por Chile -- que apoyó también el Director Supremo argentino Rondeau, sucesor de Pueyrredón --, sin tomar en cuenta tampoco la carencia de títulos de propiedad y falta de personeria del vendedor, compró a la "Horacio" en 75.000 pesos (de los cuales 65.000 se aplicaron en pagar una hipoteca debida a Mateo L. Davies, según escritura otorgada en Nueva York en 1818). De esta suerte se agregó la nave a la armada "fidelísima" con el nombre de "Maria da Gloria", en homenaje a una hija del Principe heredero don Pedro -- futuro 1º Emperador del Brasil --, nacida tres meses antes. (En 1826, durante la guerra del Imperio brasilero con la República Argentina, la "Maria da Gloria" -- ex "Horacio" -- hostigó con sus andanadas a la flota del Almirante Brown, en los combates de Los Pozos y Quilmes).
      En cuanto a la "Curiacio", de 830 toneladas y artillada con 28 cañones -- cuyo envio urgían las autoridades chilenas para sumarla a su marina en el océano Pacifico --, zarpó el 13 de mayo (1819) de la rada porteña al mando del capitán Pedro Delano, y "dió la vela para el puerto de Valparaiso". "LIeva 213 hombres incluso tropa. La gente escogida y la fragata va bella" -- el piropo lo estampó Zañartu en uno de sus habituales informes a los gobernantes de su país. La corbeta -- ya nunca más la titularían fragata -- llegó a destino el 22 de junio siguiente, y trocado el nombre de "Curiacio" por el de "Independencia", fué incorporada a la escuadra de Cochrane, como lo hizo saber por oficio a su gobierno el representante argentino en Chile Tomás Guido. Después participó la nave en las operaciones del Ejército Libertador del Perú; y el 8-1X-1820, en el puerto de Pisco, tras temerarios abordajes, el guerreante velero apresó a dos bergantines y a un guanero enemigos -- hazañas que quizás no llegaran a conocimiento de su olvidado padrino tutelar: Manuel Hermenegildo de Aguirre.
    • Trámites y trajines de Aguirre para cobrar su deuda. Enojo con Pueyrredón

      Estractaré ahora, en la forma más comprimida posible, el largo proceso emprendido por mi tatarabuelo para obtener lo que le quedó debiendo el gobierno de Chile -- o en su caso el de las Provincias del Rio de la Plata -- por la construcción, armamento, equipo, seguros, fletes y demás gastos desembolsados allá en Norteamérica, para aparejar aquellas dos naves que sabemos, hasta ponerlas, con sus tripulaciones completas, en la rada bonaerense.
      La cuenta de referencia totalizaba la suma de 318.989 pesos con 61 centavos, de los cuales Aguirre habia recibido 266.891 con 43 centavos, en giros y letras que hizo efectivos en los Estados Unidos, incluyendo aquellos 100.000 pesos que le anticipara San Martín al embarcarse don Manuel para Baltimore. Por tanto, la diferencia de 52.098 pesos con 18 centavos a favor del Comisionado -- sin contar gastos personales y la gratificación prometida -- era lo que éste reclamaba al Estado chileno. Así consta en la factura que el acreedor presentó, a su arribo de Nueva York, al representante del gobierno trasandino en Buenos Aires, Miguel Zañartu, el 18-XI-1818.
      Pero transcurrieron cerca de tres años, y las diversas gestiones y reclamos hechos por don Manuel, directa o indirectamente, ante las autoridades de aquende y allende los Andes, para lograr el abono de su deuda, fracasaron del todo. Entonces, el 12-VII-1821, Aguirre presentó un escrito al Gobernador porteño Martín Rodríguez, en el cual decía: Que por convenir al honor y crédito de la Provincia, y al suyo particular, solicitaba que el Director que fué del Estado el año 1817, declare o informe ... si se halló autorizado por el Soberano Congreso para conferir, en los términos en que confirió, la comisión a Norte América en el Infrascripto ciudadano"; el cual aprovechaba "la eventualidad de la permanencia del citado ex Director en el Pays", para con la declaración de éste, "deducir mis acciones donde corresponda". El Gobernador Rodríguez, en concesuencia, proveyó mediante decreto que Don Juan Martín de Pueyrredón "informe sobre los particulares que expresa el interesado".
      La presentación de Aguirre y el decreto de Martín Rodríguez fastidiaron a Pueyrredón, quien contestó al Gobernador 'Yo estaré siempre tan pronto como gustoso a prestar a V.E., particularmente, cuantos conocimientos y noticias me haga V.E. el honor de suponerme y puedan conducir al mejor desempeño de V.E. en los negocios públicos, pero no me es dado satisfacer de oficio a intereses particulares en materias que tocan directamente mi manejo como Director del Estado. La Autoridad Soberana que me colocó en el mando Supremo, me dió Leyes para mi conducta ... El ex comisionado se halló en esta Capital en el tiempo hábil de mi residencia ... debió entonces exigirme legalmente las noticias que hoy reclama su honor y su crédito particular ... No lo hizo, y expiró exesibamente el término de la Ley que me sujeta a semejantes contestaciones ... La solicitud del ex comisionado a N. América es extemporánea y viciosa, y yo no puedo contestar a ella sin violar las prerrogativas de la Autoridad Suprema que exercí". "No quiero detenerme -- concluia don Juan Martín -- en la poca civilidad con que se expresa el ex comisionado en su pedimento, cuando dice que hace ahora esta solicitud por la eventualidad de la permanencia del ex Director en el País, por que este concepto es un desaire personal que no conduce al intento, y al que quiero dar el mérito que en si tiene: pero no puedo pasar en silencio la extrañeza con que veo que dos Ministros Letrados (el asesor Alejo Villegas y el fiscal Juan Francisco Acosta) han aconsejado a V.E. ... el decreto citado".
      Sin más tardar (17 de julio) Aguirre insistió ante el Jefe de la Provincia a fin de que, conforme a los dictámenes del Fiscal de la Cámara y del Asesor gubernativo, el ex Director Pueyrredón evacuara el informe de referencia. Observaba el interesado que ese asunto no atañía sólo a intereses particulares, sino a públicos entre el Estado, un ex Director y un ex comisionado a Norteamérica; "no obstante -- estampaba con acrimonia -- es de extrañarse cómo el ciudadano Pueyrredón haya olvidado tan pronto la historia de nuestro país, en la que aspirando él a ocupar la primera página, quiere vendar los ojos a sus ciudadanos sobre su conducta política: Nosotros lo hemos visto en repetidas ocasiones atropellar en otros esas mismas Prerrogativas Supremas que quiere hacerlas tan altas y venerables en su persona; y hemos visto que este Pueblo, justamente irritado, ha encorvado tiranos, y se ha avanzado a pedir razón de su conducta a los Jefes que lo han governado, por Supremos que ellos se creyesen, y por más alta que fuera la Soberania de donde arrancan ellos su poder". Aguirre sostenia que el ex Director cometia gran injusticia al negarse a declarar en una acción pública relativa a las obligaciones de la Nación con sus servidores. "Si los particulares que hayan sido sacrificados por una Administración arbitraria no tienen el amparo de un gobierno que sostenga sus derechos -- continuaba el reclamante --, valdria más el triste desengaño que convenciese y persuadiese la necesidad de mirar cada uno para su propia defensa y seguridad, o la de una absoluta expatriación de un país donde el gobierno no pudiese proteger con la Ley al ciudadano". "El Ex Comisionado -- puntualizaba éste -- no habria aceptado la comisión a N. América a saver que el Director se hallaba escudado con una Ley discrecionaria que disminuia, sino lo dispensaba, de toda responsabilidad que era anexa a su enorme poder". Aludia después Aguirre al juicio de residencia que se le hizo a Pueyrredón al ser separado del mando, en cuyo trámite se "podia con livertad formar al ex Director cargos justos o injustos contra su administración, en un tiempo en que en la obscuridad de la noche se suspendia la seguridad individual, y se remitían barcadas de ciudadanos a Martín García: a unos se ponían en prisión por meras sospechas, y a otros se perseguia de un modo sordo y baxo cuerda, hasta ponerlos en estado de perecer de miseria con sus mujeres y sus tiernos hijos". Y terminaba don Manuel Hermenegildo suplicando al Gobierno no hiciera lugar a la excepción opuesta por don Juan Martín, y se sirviera mandarle evacuar el informe solicitado. Este enérgico reclamo no prosperaria, mas las relaciones entre el sobrino y su tío político quedaron cortadas.
      Al mes siguiente (27-VIII-1821) nuestro "ex comisionado" presentó otro escrito al Gobernador de Buenos Aires, manifestando resultar "injusta y enormemente onerosa la privación de sus bienes y propiedad por tanto tiempo, por cuyo motivo se halla empeñado su honor y su crédito, no sólo en esta ciudad, sino en los paises extranjeros, donde debió ejecutarse aquella comisión". En términos estrictos, mi antepasado pedia que reconocida que sea la cuenta presentada, se agregue a la deuda pública del Estado; y que a proporción de los recursos y entradas del erario, se la vaya satisfaciendo lo que resulta a su favor, de modo "que sea posible y conciliable a las urgencias y apuros del gobierno".
      Y no le faltaba razón ni derecho a don Manuel Hermenegildo en dirimir el asunto ante el Poder Ejecutivo bonaerense, puesto que el gobierno argentino -- por medio de su Director Supremo -- habiase comprometido a garantizar el convenio que ajustara con el recurrente, facultándolo "para empeñar el crédito del Estado de mi dependencia (según dijo Pueyrredón) sobre el religioso cumplimiento de lo que de mi orden ha sido garantido por el Capitán General don José de San Martín ... empeñando al efecto los respectos y dignidades de la suprema autoridad nacional". Aval, éste, subsidiario a las garantias que el gobierno de O'Higgins habia otorgado a Aguirre para que en Norteamérica, a nombre de Chile, llevara a cabo sus contrataciones navales.
      El Gobernador Rodríguez, ante dicha presentación escrita, dió vista de la misma al Fiscal sustituto de la Cámara de Justicia José Francisco Acosta, quien expuso: Que las obligaciones contraidas por nuestro gobierno no eran directas, sino subsidiarias, y para el caso que el Estado de Chile no cubriese el haber del ciudadano suplicante, el cual debia efectuar primero sus reclamos ante el gobierno trasandino.
      El gobierno porteño (7-X-1821 ) tras este dictámen, por resolución del Ministro de Hacienda Manuel José García (que 4 años más tarde casaria con una hermana de Aguirre), se consideró libre de la garantia de marras. García opinó que la naturaleza de tal fianza no tuvo "legalmente otro objeto que el de asegurar a los gobiernos, o a los particulares extranjeros, para el caso en que subyugada por enemigos la república de Chile fuera imposible alli el pago de las cantidades que se hubiesen anticipado a su agente en los Estados Unidos, las que deberían ser satisfechas entonces por el tesoro de las Provincias Unidas". Pero al encontrarse en la fecha más asegurada que nunca la independencia de Chile, la provincia argentina se hallaba fuera del caso de la garantia en cuestión. Ello no significaba negarse ese gobierno, "por la protección debida a sus súbditos, de recomendar al gobierno aliado de Chile, si necesario fuese, la preferencia posible en el pago de aquellas cantidades liquidas a favor del ciudadano Aguirre".
      La respuesta del interesado contra las razones que aducia este decreto se produjo inmediatamente, y en nota al Ministro de Relaciones Exteriores Bernardino Rivadavia, mi tatarabuelo argumentó de la siguiente manera: "Supóngase, por un momento, que la república de Chile, sin ser subyugada, no pueda o no quiera cumplir sus empeños, ¿seria justo que el agente no pudiera reclamar entonces al garante por el religioso cumplimiento de sus promesas, con tanto mayor motivo cuando éste (agente) se halla en el caso de haber contribuido con sus propios intereses y compromisos de su crédito particular para el logro del objeto de su comisión? ¿Con qué medios coercitivos podria él mismo requerir del gobierno de Chile la justicia que reclama, en casos de resistencia? ¿Cómo seria justo que no sólo se viese obligado a ausentarse de su país y familia, sinó que a expensas suyas se mantuviera en un país extraño, entretenido a la discreción de aquel gobierno?". Y don Manuel terminaba considerando a la interpretación dada a su problema por el Ministerio de Hacienda, "tan ilegal como contraria al tenor de los documentos de referencia": o sean las garantias que en 1817 estipularon el Director Supremo Pueyrredón y el General San Martín.
      Formulada esa "apelación a Poncio Pilatos" -- redivivo en Martín Rodríguez, Manuel José García y Bernardino Rivadavia -- vióse don Manuel Hermenegildo "obligado a ausentarse de su país y familia", presentó la renuncia de vocal presidente de la Junta Protectora de la Libertad de Imprenta, que ejercia a la sazón, y, "a expensas suyas", viajó a Chile a fin de hacer valer su derecho frente al gobierno de O'Higgins.

      Los reclamos se extienden al otro lado do los Andes

      El 14-III-1822, Aguirre reanuda en Santiago la instancia interrumpida ante las autoridades de Buenos Aires, presentándole al Ministro de Relaciones Exteriores transcordillerano Joaquin de Echeverría, una amplia exposición escrita con su demanda. Manifestaba en ella que desde su retorno de los Estados Unidos habia reclamado el pago del saldo a su favor por los gastos efectuados en el país del norte, y que no podia atribuir el poco miramiento del gobierno hacia su causa, sinó a las premuras que exigia la guerra de la independencia; pero que cesado ya tan poderoso motivo, juzgaba muy del caso fuese atendida su solicitud. "Observará V.S. también -- recalcaba Aguirre en su escrito -- que el rigor con que se me ha exigido acreditar las cuentas con documentos fehacientes, no sólo excede los términos de las instrucciones (de San Martín), en que nada de esto se previene, sino que invade el honor y buena fé que supone por base y fundamento dicha comisión y la naturaleza de la misma". "En vista de lo perjudicial que me es la permanencia por más tiempo en esta capital, por el abandono en que he dejado mis negocios privados y mi familia en Buenos Aires", proponiale don Manuel Hermenegildo a O'Higgins -- por intermedio del Ministro Echeverría -- renunciar al premio extraordinario de 100.000 pesos, a que se habia comprometido pagarle el gobierno chileno en el caso de tomarse Lima, a cambio de "que se me satisfaga en letras o billetes sobre la aduana, el saldo que resulta a mi favor de 52.098 pesos y 18 centavos, que se halla en la cuenta presentada del expediente indicado.
      El gobierno chileno dió vista de esta presentación al Tribunal de Cuentas, adjuntándole, por separado, las notas que sobre ese objeto recibiera de Zañartu, su agente diplomático en Buenos Aires. Dicho organismo, a su vez, aconsejó a O'Higgins la conveniencia de una transacción con Aguirre, y a propósito de los comprobantes que acreditaban la cuenta de éste, estimó "que eran quasi bastantes, atendida la clase de Comisión, y que sólo había comprobado sus guarismos, por estar en idioma inglés, pués si se hubieran de traducir seria interminable el juicio de la cuenta y siempre vendríamos, en gran parte, a descansar en la buena fé del Comisionado".
      Acto seguido, el gobierno designó una junta integrada por el Ministro de Hacienda José Antonio Rodríguez, por el Decano del Tribunal de Cuentas Rafael Correa de Saa y por el Contador de la Casa de Moneda Anselmo de la Cruz, quienes, a continuación, delegaron en el citado de la Cruz y en el Alcalde de la Aduana Francisco del Rio, la tarea de examinar las facturas relativas a la compra de buques en Norteamérica presentadas por Aguirre. Y yendo y viniendo en esto, ambos funcionarios observaron que "aunque dichas cuentas no estaban documentadas bastantemente, tanto por no ser originales los documentos a que se refieren, como por hallarse en otro idioma", ese débito podía aceptarse en principio como válido; mas al no haber arribado la fragata "Horacio" a puerto chileno, había que descontar su precio de los 264.567 pesos que figuraban como el costo que, en Nueva York, pagó Aguirre por esa nave y su melliza la "Curiacio". De tal forma, cabía reconocer sólo la mitad de esa suma. Tampoco -- a juicio de los contadores susodichos -- correspondía que Aguirre cobrase la comisión del 5% sobre las partidas recibidas, ya que se le abonaban todos los gastos y un premio de 12.000 pesos. En consecuencia, eliminados los pesos (9.751) tocantes a la comisión, junto con la rebaja íntegra del valor de la fragata "Horacio" (132.333), resultaba un saldo contra Manuel Aguirre, y a favor del Estado de Chile, de 89.937 pesos con 4 reales.
      A argucias de semejante calibre, amañadas con burocrática impavidez, contestó el reclamante que los documentos originales eran de sobra conocidos por O'Higgins y sus colaboradores inmediatos. Que lo mismo les constaba la llegada de la "Horacio" a Buenos Aires junto con la "Curiacio", de cuyos navíos se habia hecho cargo, a los pocos dias de anclar en balizas, el delegado chileno Miguel de Zañartu. Recordaba Aguirre que estando hipotecada la "Horacio" por valor de letras de cambio y por el monto de los sueldos de oficiales y marineros, no fué posible nacionalizar a dicha fragata antes de cumplirse, por el gobierno comitente o su garante, las deudas que, a nombre de ambos Estados, habia él contraido como agente de ellos en Norteamérica. Además, el nombramiento de Lord Cochrane para Almirante de la escuadra, efectuado por el gobierno chileno, estaba en oposición con el que hizo Aguirre en carácter oficial, dándole el grado de Comodoro al capitán Skinner de la "Horacio", "de acuerdo con la prevención que le tenia hecha el General San Martín". Esto, y la falta de pago al personal navegante, provocaron el motín desertor de la "Horacio": caso fortuito cuyo riesgo corría a cargo del gobierno de Chile, como lo consignaba el articulo 8º del contrato que celebró Aguirre con San Martín. Por último, la comisión del 5% sobre las partidas recibidas que requería el peticionario, era enteramente conforme a lo prevenido en el articulo 6º del contrato de referencia, y de uso común en el comercio. En cuanto a los 12.000 pesos asignados a Aguirre no tenían carácter de comisión, sino de indemnización, como claramente se expresó en el mismo contrato.
      Chicana va, chicana vuelve -- que no estaba completa ni debía figurar en autos la correspondencia reservada de Zañartu acerca del alzamiento y fuga de la "Horacio"; que Cochrane debía calcular el valor aproximado de la "Independencia", ex "Curiacio", y hacer inventario y avalúo del armamento recibido --, los personeros aquellos, nombrados por la directorial voluntad del jefe supremo de Chile, transferían la solución del caso Aguirre para las calendas griegas.
      Harto de aquel expedienteo interminable, don Manuel Hermenegildo, en virtud de que su convenio equivalía a un tratado público, propuso a las autoridades chilenas una amistosa transacción, que no prosperó de manera alguna. Así las cosas, desesperanzado del éxito de su reclamo, mi tatarabuelo pidió testimonios de las principales actuaciones y documentos obrantes en autos y, a fines de octubre de aquel año 22, con las copias de esos papeles autenticadas por el Escribano mayor de Gobierno Gerónimo Araoz, se vino para Buenos Aires; defraudado por O'Higgins, que otrora lo abrumó con elogios llamándole "Libertador", mientras prometía "cumplir inviolable y religiosamente todos los empeños y comprometimientos que Ud. emprenda en aquella Nación" (de América del Norte).

      Reanuda Aguirre sus gestiones en Buenos Aires

      Una vez en su patria, el 3-V-1823, don Manuel Hermenegildo se dirigió por nota al Ministro de Gobierno y Relaciones Exteriores Bernardino Rivadavia, planteándole de nuevo su caso. De ese documento transcribo los párrafos sustanciales: "Después del periodo de cerca de tres años del oneroso entorpecimiento que certifica el expediente que eleva a V.E. el que suscribe; después de la injusta privación de sus bienes y propiedad por igual tiempo; después de sentir empeñado su nombre y crédito en el destino adonde le condujo la agencia del gobierno de Chile y el de su dependencia, ha tenido el desconsuelo de ver interpretados, como nunca esperaba", el despacho de su nombramiento y garantías dadas por Pueyrredón y O'Higgins, y el convenio celebrado con San Martín. "Partió, pués, el que suscribe, al Estado de Chile; hizo allí cuantos esfuerzos pudo para que se le reconociera el crédito a su favor y se le satisfaciese; sufrió cuanto es decible, y los resultados fueron hostilidades encubiertas y manifiestas para eludir el pago, para desesperarlo y aburrirlo ... Al fin pidió sus pasaportes y se ha retirado entre grandes gastos en su ida, en su permanencia en la capital de Chile, en su regreso y entre no menores perjuicios por la separación en que ha estado de su familia, y por el abandono de sus negocios privados". Sostenía Aguirre, con verdad, que la alianza de las Provincias Unidas con Chile "nadie la ha contradicho, y la que enlazó la agencia que se le confió (a él en Norteamérica) está descubierta por un conjunto de circunstancias que la evidencian ... que hacen efectiva la garantía del gobierno de quien él (Aguirre) dependía; y son muy luminosas las cláusulas del convenio, de modo que el oscurecerlo es querer inferir restricciones que no son permitidas contra lo que entendieron las partes al tiempo de su celebración y aceptación ... El gobierno de las Provincias Unidas halló razones para ligarse con el de Chile en sus promesas ... y su razón (la de Aguirre) para aceptar la agencia fué bajo terminante garantía del gobierno de las Provincias Unidas, y en igual diploma que el gobierno de Chile" (Lo cual era una verdad de a puño: mi tatarabuelo no lo conocía a O'Higgins ni de vista, y éste extendió el nombramiento para un agente en yanquilandia en blanco, llenado después en Buenos Aires con el nombre de Aguirre por San Martín y Pueyrredón, quienes le pidieron encarecidamente aceptara ese sacrificio con la garantía material y moral del gobierno argentino). "Resta pués que V.E. conozca la injusticia del Estado de Chile -- proseguía la nota a Rivadavia --, y es ya de estrechante necesidad que V.E. salve el honor de su aliado: ello es muy duro, pero aún lo es más y seria una injusticia pretender que por ser el que suscribe un particular, lleve sobre sus hombros el peso de la injusticia de aquel aliado". Por tanto, el reclamante pedía a Rivadavia que, sin que sea su ánimo desistir de una transacción sobre el monto de su deuda, "se le satisfaga en proporción a los recursos y fondos del gobierno".
      Rivadavia dió vista al Fiscal Francisco Pico del escrito antedicho, y éste reiteró: "Si el Estado de Chile, como se queja el agente, le paraliza el cobro, este gobierno por ahora no debe mezclarse en la justicia o injusticia de tal proceder, dejando al Estado contratante y al agente en libertad de esclarecer y allanar sus gestiones, sin tocar más resortes que recomendar lo que ya ha prometido hacer, si necesario fuese". Así el Poder Ejecutivo porteño -- Pico y Rivadavia mediantes -- resolvía una vez más eludir el planteamiento de Aguirre.
      Pasan cuatro años y el Gobierno decide que en Chile Félix de Alzaga liquidara sus cuentas con dicho país. Entonces acá, el 4-VI-1825, los diputados José de Ugarteche, José Saturnino Hernando y el clérigo Miguel García, proponen en la Junta de Representantes tomar en consideración la causa justa de Manuel H. de Aguirre, "ciudadano recomendable por los distinguidos servicios que rindió, a costa de grandes quebrantos de su fortuna particular, y que el Gobierno autorizara a la misión confiada a Alzaga, mandar hacerle pago (a Aguirre) de los alcances que resultan a su favor, y cuya importancia se agregaría en la cuenta general que tenía con el Estado de Chile". Empero al debatirse esa propuesta fué desechada, alegando la mayoría de los legisladores que el crédito de Aguirre no estaba comprendido por no haber sido presentado a tiempo.
      Con posterioridad la casa Taitet y Cia. de Londres exigióle a Aguirre el pago del seguro procedente de los 100.000 pesos conducidos a Norteamérica; seguro que se contrató bajo fé del convenio celebrado en nombre de Chile y de las Provincias Unidas, cuyo cargo ascendía a la suma de 3.531 libras esterlinas y 7 chelines. Don Manuel, en razón de ello, efectuó otro reclamo al gobierno chileno por intermedio de Sebastián Lezica, apoderado suyo en Santiago, a quien se le contestó que allí habían extraviado el expediente original. Por tanto -- otra vez de Herodes a Pilatos -- Aguirre tuvo que ocurrir al gobierno porteño el 5-IV-1827, a fin de que encarara aquella -- diré -- endiablada negociación.
      Dada vista al Fiscal Acosta y al Asesor Pedro Somellera, ambos aconsejaron que debía exonerarse al peticionante de la responsabilidad del pago de tales deudas. Que respecto a aquella de los aseguradores Taitet y Cia., le era preciso al gobierno interesarse con el de Chile para lograr su pago, previniendo también la inconveniencia de retardarlo por el aumento de los intereses. Y el gobierno, que presidía Dorrego (Aguirre integraba entonces la Junta de Representantes) obró conforme al dictamen de sus letrados. Eximió a don Manuel Hermenegildo de la responsabilidad en las consabidas deudas, librando orden de pago a favor de Taitet y Cia. por el valor del seguro e intereses vencidos; mientras su Ministro de Relaciones Exteriores, Tomás Guido, daba curso a una correspondencia oficial con su colega trasandino, sobre reconocimiento y pago de las cantidades adeudadas a los acreedores de Chile, en perjuicio del erario de la Provincia de Buenos Aires.
      A todo esto los funcionarios chilenos, con una mala fé que asombra, seguían desde una década atrás haciéndole gambetas a aquella deuda flotante; concerniente -- valga el retruécano -- a las flotantes barcas que sabemos. En un memorial dirigido por don Manuel Hermenegildo al Ministro Guido, el 12-XI-1828, aquel decía que el colega de Chile alegaba "que mi cuenta no es más que un documento confidencial, y que no tiene otro apoyo que mi solo dicho; como si la vista y presencia de dos corbetas de guerra de 861 toneladas, 250 hombres, 36 piezas de artillería, cada una bien municionada de pertrechos navales de guerra y de boca, dejase de ser un hecho presenciado por todo un pueblo, y el documento más fehaciente y evidente de la cuenta presentada".

      Prosiguen las gestiones durante el gobierno rosista

      Durante la primera administración de Rosas, el Fiscal Pedro José Agrelo dictaminó se cancelara la cuenta de referencia, por "los graves males que se siguen con su demora al benemérito ciudadano don Manuel H. Aguirre". Tal resolución le fué comunicada al gobierno chileno por el Ministro Guido el 3-II-1830, exponiendo que el pago de dicha deuda "era reclamado por el honor de ambas repúblicas, y por la necesidad de reparar los perjuicios a un ciudadano que se ha distinguido y ha padecido por el servicio de ellas". Comoquiera el poder público trasandino en manera alguna se ocupó del caso Aguirre, a raíz, sin duda, de las turbulencias que siguieron a la abdicación de O'Higgins, entre "pipiolos" (liberales) y "pelucones" (conservadores). Sin embargo, al restablecerse la calma debida a la acción de Portales, era de presumir que habia llegado la hora de considerar aquella deuda pendiente que jamás se pagaría.
      Entretanto, en nuestro país, el gobierno del "Restaurador de las Leyes" dispuso que una comisión especial integrada por Mariano Sarratea, Miguel de Riglos y Félix de Alzaga, examinara las cuentas de Aguirre. Dichos caballeros aconsejaron al Poder Ejecutivo transar con don Manuel Hermenegildo, y reconocerle una cuarta parte de sus reclamos originales, sin interés. Ello conformó al interesado, no obstante reservarse el derecho de repetir contra el Estado de Chile por el resto de la deuda.
      De consiguiente el 15-X-1831 los Ministros de Rosas -- a cargo del gobierno, pués don Juan Manuel andava todavía en campaña contra las fuerzas unitarias de Córdoba, en apoyo de Estanislao López -- emitieron el siguiente decreto: "Visto este expediente por lo alegado por el ciudadano don Manuel H. de Aguirre, comisionado por el gobierno de la República de Chile y por el de las Provincias Unidas del Rio de la Plata para la construcción, armamento y equipo, en los Estados Unidos de América, de dos corbetas de guerra que se consideraban absolutamente necesarias para dominar el Pacífico y proseguir con ventaja la guerra contra la corte de España, hasta asegurar la independencia de Chile, del Perú y la de estas mismas provincias del Rio de la Plata; pesados igualmente los fundamentos asentados por el ministerio fiscal, y atendiendo: Primero: que después de haber el señor De Aguirre cumplido bien y a satisfacción de este gobierno su comisión, armando, equipando y conduciendo hasta este puerto de Buenos Aires las dos corbetas de guerra, ha consumido doce años en dispendiosas e inútiles reclamaciones ante el gobierno de Chile, para que sus cuentas fuesen reconocidas y pagados sus sueldos. Segundo: Que las varias recomendaciones e interpelaciones de este gobierno de las Provincias Unidas al de Chile, para que hiciese pronta y cumplida justicia al ciudadano De Aguirre no han podido surtir su efecto. Tercero: Que después de llenar este gobierno con lo que parecía exijir la consideración y el respeto debido a la dignidad y el honor del gobierno de Chile, ha resultado la ruina del ciudadano De Aguirre, agotada en gastos de pleitos y recursos interminables, con abandono completo de sus negocios y de su carrera mercantil, reducido a cesar en toda gestión ulterior por la imposibilidad de proseguirla en Chile; es llegado el caso de dispensar la protección que el gobierno debe a sus súbditos y que llenan la obligación de honor que ya le resulta con respecto al ciudadano De Aguirre, por la garantía que le prestó formalmente del exacto cumplimiento de las promesas y obligaciones contraídas con su aliado el gobierno de Chile; y porque seria deshonroso e impropio de la lealtad y buena fé de este gobierno, que habiendo el ciudadano De Aguirre confiado en su garantía se le dejase víctima de esa confianza, cuando se han pagado constante y cumplidamente las deudas y servicios hechos durante la guerra de la independencia, no sólo a extranjeros y naturales, sino hasta a los enemigos sin excepción. Por todo ello es que habiendo resuelto, a petición del ciudadano De Aguirre, conocer del negocio y nombrar una comisión compuesta de tres ciudadanos que arbitrasen sobre él, por cuya operación resulta un saldo liquido de 27.368 pesos y 3 1/2 reales moneda metálica de oro o plata a favor del mencionado don Manuel H. de Aguirre, con lo que se ha conformado éste; el gobierno, de conformidad con lo informado por la contaduría general, pedido por el ministerio fiscal y dictaminado por su asesor general, acuerda: Que considerando, como considera la justicia, le paguen por la tesorería general de la provincia al ciudadano don Manuel H. de Aguirre los 27.368 pesos ... que resulta alcanzar en las cuentas generales de la comisión a los Estados Unidos de América, con lo que, y salvas las reservas que hace (de repetir contra Chile), debe quedar chancelada y fenecida toda obligación por parte de este gobierno, y agregarse dicha suma a su cuenta pendiente con el de Chile, a quien se dará aviso por turno. Se pase original este expediente a la Honorable Sala de Representantes a fin de obtener la debida autorización para el pago". Firman: "Anchorena" (Tomás Manuel, Ministro de Gobierno y de Relaciones Exteriores), "Balcarce" (Marcos, Ministro interino de Guerra y Marina), y "García" (Manuel José, Ministro de Hacienda). Y el 31-VIII-1832, la Junta de Representantes aprobó lo resuelto por el Poder Ejecutivo.
      Tres años más tarde (21 -X1-1835) Manuel Hermenegildo de Aguirre envió a los gobernantes de Chile un largo memorial con el repetido informe de su misión en los Estados Unidos en el cual apuntaba, además, la ulterior serie de trámites realizados para lograr el finiquito de sus cuentas. Pedía ahí, por enésima vez, a los mandatarios de la nación vecina -- el Presidente Joaquín Prieto y su célebre Ministro Diego Portales -- "una declaratoria sobre el modo de apreciar su comportación, que salvase su honra y dejase una buena memoria para sus inocentes hijos". Y en diciembre del mismo año, Portales le contestó no ser posible deferir su solicitud, por hallarse la gestión promovida pendiente para su resolución ante el Consejo de Estado.
      Otro escrito despachó enseguida mi tatarabuelo requiriendo a aquellas autoridades recomendasen al Consejo estatal pronto despacho de ese asunto, pués "hacía 17 años que habia tenido el honor de desempeñar la comisión conferida, no habiendo recibido la satisfacción de obtener de ese gobierno la declaración tan justa que expresamente solicita ahora, y es ver si como comisionado de ese gobierno en Norte América he cumplido bien o nó, y a satisfacción del mismo, la expresada comisión. V.E. no puede ignorar que el silencio, en este caso, envuelve un ataque bien manifiesto a mi honor, estimación y crédito, por las sospechas que en sí encierra, y que ha servido de instrumento y arma para lastimar mi reputación". Aguirre señalaba que los fines de su comisión, admitidos "como contrabando de guerra" por el mismo Estado chileno, requería "se guardase la consideración debida en las formalidades que se exigían para justificar las cuentas". Que bueno era tener presente que el enganche de 500 hombres en los Estados Unidos, era calificado de "robo de hombres", por lo cual no pudo Aguirre exigir allá "documentos justificativos de lo que se llama crimen". Que siempre consideró para liquidar aquella deuda, que lo más honorable para todos seria una transacción, en cuya virtud pudiera el gobierno de Chile, "si no podía satisfacer una suma de consideración de pronto, lo realizara en pequeñas porciones y en distintos y remotos periodos que, como no llevan intereses, debe quedar chancelada y concluida (dicha deuda) en tiempo dado".
      La administración chilena, empero, nada resolvió hasta 1840, en que propuso a Aguirre someter sus diferencias al juicio de árbitros, lo cual mi antepasado aceptó; nombrando, por su parte, árbitro suyo al Encargado de Negocios estadounidense en Santiago, Ricardo Pollard, o a quien éste nombrase, y por su apoderado especial a Santiago Ingran.
      Tres años después moría don Manuel Hermenegildo, y su larga demanda ante el gobierno trasandino quedó suspendida. En su testamento (8-XII-1843) manifestó solemnemente el causante: "Se me abonaron por el superior Gobierno 283.520 pesos moneda corriente (¿incluidos a aquellos 27.368 en metálico?), por cuenta de lo que se me debía por mi viaje y comisión acerca del gobierno de los Estados Unidos. Del mismo modo declaro que el gobierno del Estado de Chile" me adeuda 100.000 pesos plata, que prometió pagar por dicha comisión, y aunque considero éste crédito de difícil cobro, encargo muy particularmente a mis Albaceas y a mis hijos, practiquen las diligencias que deben hacer y crean necesarias para hacerlo efectivo".
      Tras el extenso relato de la misión de Aguirre en los Estados Unidos, con la secuela de un cuarto de siglo corrido en fracasadas reclamaciones sobre los gastos por él adelantados de su bolsillo para proporcionarle dos naves de guerra a Chile, que Chile nunca pagó; vuelvo a la biografía de mi tatarabuelo, interrumpida a principios de noviembre de 1818, cuando el regreso de éste a bordo de la "Horacio" al puerto de Buenos Aires desde Nueva York.

      Casamiento do Aguirre y crisis del año 20

      Don Manuel Hermenegildo, antes de partir hacia el país de los yanquis, estaba comprometido para casarse con Victoria Ituarte Pueyrredón, sobrina carnal del Director Supremo. (Ver los linajes de Ituarte y de Pueyrredón). Conforme a ello, al mes de llegar el novio de Norteamérica, formalizó en la Curia porteña su contrato matrimonial con dicha niña, y ambos contrayentes recibieron en seguida la condigna bendición, según lo expresa el documento que original se guardaba en el incendiado archivo del Arzobispado metropolitano (legajo 129, año 1818, nº 107), cuyo testimonio, hoy en mi poder, dice textualmente así:
      "En Buenos Aires a nueve de Diciembre de mil ochocientos diez y ocho; Don Manuel Hermenegildo Aguirre, natural de esta Ciudad, de estado soltero, de edad de veinte y ocho años, aparroquiado en la Parroquia de la Catedral, hijo legitimo de Don Agustín Casimiro Aguirre y de Doña María Josefa Lajarrota; y Doña Victoria Ituarte, igualmente natural de esta Ciudad, también de estado soltero, de edad de diez y ocho años, feligresa de la antedicha Parroquia, hija legítima de Don Juan Bautista Ituarte y de Doña Magdalena Puirredón, que está presente y le da su consentimiento y licencia; por ante mí el notario de diligencias, habiendo procedido al juramento de estilo dijeron: Que para mejor servir a Dios Nuestro Señor, quieren de su libre voluntad contraer matrimonio, según órden de la Iglesia, mediante a que no tienen impedimento alguno canónico de cuanto se le ha explicado en el acto de esta diligencia, que firman de que doy fé. Manuel H. de Aguirre -- Victoria Ituarte -- Justo José Viera, Notario de diligencias.
      "Buenos Aires nueve de Diciembre de mil ochocientos diez y ocho. Mediante lo que resulta de la anterior diligencia practicada de nuestro mandado, y en atención a que por justas causas que se nos han manifestado, hemos dispensado las tres conciliares proclamas; procédase a la autorización del matrimonio que trata este expediente: Doctor Fonseca -- ante mí: Silverio Antonio Martínez, Notario Mayor Eclesiástico." "Nota: Que hoy nueve de Diciembre de mil ochocientos diez y ocho, el Señor Provisor Gobernador de Obispado, autorizó el matrimonio de Don Manuel Hermenegildo de Aguirre con Doña Victoria Ituarte, siendo testigos Don Antonio de las Cagigas y doña Magdalena Puirredón, y de mandato verbal del Señor Provisor, lo anoto en este lugar para que conste. Los derechos del Cura no ha pagado." Firma: "Martínez".
      Corren trece meses, y el 1-II-1820 a consecuencia del desbarate militar infligido en la cañada de Cepeda al Director Rondeau, por los caudillos federales de Santa Fé y Entre Rios, Estanislao López y Pancho Ramírez, tanto el régimen directorial como el "Soberano Congreso Nacional" son barridos definitivamente de la escena.
      El Ayuntamiento bonaerense, única institución que quedaba en pie, se hace cargo entonces de la Provincia con el nombre de "Cabildo Gobernador", y convoca a votar por electores, los cuales se encargarían de elegir a los futuros mandatarios provinciales. Ramírez y López por una parte, y por la otra el General de las tropas veteranas y de los cívicos locales, Miguel Estanislao Soler -- que había firmado un armisticio con dichos caudillos -- rechazan la autoridad del "Cabildo Gobernador" y exigen la formación de un nuevo gobierno elegido sin el influjo "de la administración depuesta".
      El Ayuntamiento, entretanto, reúne en Cabildo Abierto a 182 ciudadanos -- "gente sana del pueblo" -- citados por los Alcaldes de Barrio; y tales "vecinos honorables", presididos por aquel organismo municipal, eligen, el 16 de febrero, por pluralidad de votos (cada asistente votaba por dos nombres) a estos miembros de la Junta de Representantes, flamante institución depositaria de la soberanía provincial: Vicente Anastasio de Echeverría (que obtuvo 50 votos), Juan Pedro Aguirre (43), Victorio García de Zúñiga (35), Tomás Manuel de Anchorena (31), Juan José de Anchorena (30), Antonio José de Escalada (24), Sebastián Lezica, Vicente López y Manuel de Sarratea (14, cada cual), Manuel Luis de Oliden (11), Juan José Passo (10) y Manuel Obligado (9). Tales representantes, a su vez, eligieron veinticuatro horas más tarde, Gobernador de la Provincia a Manuel de Sarratea.
      Como partícipe de aquella cabildada a toda prisa, Manuel Hermenegildo de Aguirre votó por Victorio García de Zúñiga y por Vicente Anastasio de Echeverría; en tanto que por él sufragaron únicamente Domingo Belgrano y Francisco Mansilla. De suerte que en el aludido referendum, mientras mis tatarabuelos Juan José de Anchorena y Antonio José de Escalada alcanzaron 30 y 24 sufragios, uno y otro, el tatarabuelo Aguirre apenas sumó 2.
      A partir del 28 de febrero, se irán desencadenando en Buenos Aires golpes militares y maniobras políticas, durante cuya anárquica progresión ocuparán alternativamente la silla del gobierno: Manuel de Sarratea (4 días), Hilarión de la Quintana (interinamente una semana), otra vez Sarratea (6 días), Juan Ramón Balcarce (6 días), de vuelta Sarratea (1 mes y 21 días), hasta que, huérfano de apoyo, al discutido personaje lo hicieron renunciar los Representantes el 2 de mayo; mientras Tomas Manuel de Anchorena lo fulminaba con la acusación de intrigante internacional ligado al Conde de Cabarrús.
      Dos meses atrás, la Junta de Representantes se encontró reducida a cuatro miembros: Sarratea, como Gobernador presidía el Poder Ejecutivo; Echeverría, Paso y Juan Pedro Aguirre habían sido vetados por los caudillos federales triunfantes; Oliden aceptó el cargo de Ministro de Hacienda; y los Anchorena y Vicente López, por último, presentaron sus renuncias. Entonces la Junta decidió renovar sus integrantes y llamar a elecciones a los vecinos de la ciudad y la campaña, quienes designarían por mayoría de sufragios 12 y 11 Diputados, votando cada vecino por 3 candidatos. Y el 27 de abril realizóse el escrutinio de los Representantes urbanos, quedando consagrados miembros de esa segunda Legislatura: Tomás Manuel de Anchorena (con 212 votos), Ildefonso Ramos Mejia (con 180), Manuel Obligado (con 153), Juan José de Anchorena (con 136), Victorio García de Zúñiga (con 127), Juan Pedro Aguirre (con 119), Vicente López y Planes (con 105), Antonio José de Escalada (con 95), Francisco Antonio de Escalada (con 89), Miguel de Riglos (con 79), Juan José Paso (con 71) y Juan Alagón (con 70) . Inmediatamente en pos de Alagón venia Manuel Hermenegildo de Aguirre con 68 votos, sin alcanzar a ser electo. También muy alejado de éste, en la larga nómina de candidatos votados, aparece mi tatarabuelo Patricio Lynch, con sólo 10 sufragios.
      A todo esto, el Gobernador Sarratea tacha de directoriales, pueyrredonistas y monarquisantes aliados de Portugal, a Tomás Manuel de Anchorena, a Vicente López, a Juan José Paso y a Juan Pedro Aguirre, y pretende procesarlos por "alta traición". Pero el Cabildo desconoce tal veto, pués considera a la Junta único juez de sus Diputados. No obstante ello, Sarratea hace arrestar a Paso, a López y a Juan Pedro Aguirre, los cuales un día antes de la caida del arrestador recobran su libertad.
      Desplazado Sarratea, la Junta reunida el 2 de mayo, cubre la vacante de Gobernador, eligiendo jefe interino de la Provincia a Ildefonso Ramos Mejia. Y a los tres dias de ello, el cuerpo legislativo dispone que Manuel Hermenegildo de Aguirre, Manuel Pinto, Nicolás de Anchorena y Joaquín Belgrano o sea los candidatos más votados tras de los titulares -- reemplacen a los cuatro colegas enjuiciados.
      Empero, cinco dias más tarde, don Manuel Hermenegildo se excusaba por nota de incorporarse a la Junta, "por haber sido -- decía -- enbiado el año diez y siete por el gobierno directorial cerca de los Estados Unidos de Norte América, cuyo hecho supone ignoró el Pueblo quando sufragó a su favor" . Los señores de la Junta estimaron fuera de lugar los escrúpulos del presentante, quien fué llamado en seguida a la Sala, donde "se le recibió el competente juramento". Acto continuo, a propósito del veto impuesto por Sarratea a los legisladores que sabemos, la Junta acordo nombrar una comisión compuesta por Manuel Pinto y "Man. Hermenegildo Lajarrota" (sic), los cuales debían abocarse a estractar aquel famoso proceso e informar sobre su verdadero mérito a la Honorable Junta.
      En la sesión del 12 de mayo, la Junta recibió una "representación suplicatoria" de los miembros del disuelto Congreso Nacional, destinada a que se hiciese publicar por la prensa "ciertas piezas que señalan de su archivo secreto, desglozadas por el ex Governador Sarratea, quando publicó varias de sus actas" -- referentes, sin duda, a las tramitaciones para establecer acá una monarquía. Después de "encendidas muchas y opuestas consideraciones" -- según reza el acta del acuerdo respectivo --, Manuel Hermenegildo de Aguirre hizo moción "para que se suspendiese la decisión de este delicado y grave negocio, quando menos por un par de dias"; moción que resultó apoyada "cuasi uniformemente".
      Días más adelante (27 de mayo), el diputado Juan José de Anchorena propone a la Junta que siendo necesario tomar "medidas activas capaces de oponer vigorosa resistencia a los insultos y amenazas en que se ve provocada esta Provincia ... se nombre un Governador por ocho meses, con todas las facultades civiles y militares" y que se "nombre igualmente un Consejo cerca de este Xefe, compuesto de cinco individuos, suspendiendo esta Corporación las sesiones por quatro meses". Tal propuesta dio lugar a "muchos debates y discursos encontrados", aunque en definitiva los diputados, "quasi por unanimidad", resolvieron que continuara Ildefonso Ramos Mejia al frente de la Provincia. Solo el representante Aguirre Lajarrota no estuvo de acuerdo con esa decisión, y dió su voto a favor de su colega Juan José de Anchorena.
      En la inmediata sesión del 29 de mayo, el mismo diputado Anchorena dijo "que no debe considerarse distante de ser atacada esta Provincia" (por las montoneras de Estanislao López, de José Miguel Carrera y de su aliado Alvear), así resultaba preciso "se le franquearan restricciones que fuesen como trabas a la arvitrariedad y despotismo". A este propósito opinó Aguirre Lajarrota "que juzgaba necesario facultar ampliamente al Sr. Governador, con las restricciones de que no pudiera tener ingerencia en asuntos de justicia civil ni criminal, ni tampoco poder cargar impuestos ni contribuciones sin acuerdo de la H.J., a no ser que sea en los momentos de conflicto o alarma, en que sólo podrá hacerlo a consulta de su Consejo".
      Planteadas de esa manera las cosas, el 6 de junio, los Representantes designaron Gobernador Titular de la Provincia a Ildefonso Ramos Mejia por ocho meses, y, al propio tiempo, para asesorarlo a éste, establecieron un "Consejo Consultivo" integrado por Juan José Paso, Tomás Manuel de Anchorena y Mariano Andrade, y dos suplentes: Manuel Hermenegildo de Aguirre Lajarrota y el Brigadier Miguel de Azcuénaga.
      Un par de semanas después (20 de junio), el General Soler se pronuncia contra el gobierno, al frente de sus tropas acantonadas en Luján, y el Cabildo lujanero lo proclama Gobernador de la Provincia. Ramos Mejia renuncia entonces ante la Junta de Representantes; cuyo organismo se declara también disuelto por unanimidad. En seguida el Ayuntamiento de Buenos Aires asume el mando a través de su Alcalde de 1º voto Juan José Dolz. Pero Soler exige ser legalizado gobernante por el Cabildo, y esta corporación -- a la que se suman como simples particulares los ex representantes de la disuelta Junta: Manuel Hermenegildo de Aguirre, Juan José de Anchorena, Manuel Obligado, Juan Alagón, Francisco de Escalada y Victorio García de Zúñiga -- velando por "el bien y tranquilidad de sus Ciudadanos", acuerda dirigirse al General Soler para que concurra "a prestar el juramento de ley en esta Sala Capitular". El caótico proceso referido llegó a su punto más álgido aquel 20 de junio, llamado "día de los tres Gobernadores": Ramos Mejía (que hasta el momento habia gobernado 1 mes y 18 dias); el Alcalde Dolz (depositario del poder por unas horas); y el General Soler (que a partir de esa fecha gobernaría 10 dias, hasta su derrota por las huestes santafesinas de Estanislao López).

      Otros desempeños públicos y particulares do Aguirre

      En orden a distintas actividades al margen de la política, agrego que en aquel año 20 don Manuel Hermenegildo, con otras 50 personas, fué nombrado por el Cabildo, el 17 de enero, elector de los 9 individuos que debían componer la Junta Protectora de la Libertad de Imprenta; y que entre aquellos ciudadanos electores figuraban también mis tatarabuelos Patricio Lynch y Juan José de Anchorena.
      Posteriormente, el 17 de abril, el Cabildo aprobó la diligencia del remate de concesión anual para abastecer de carne a la población urbana, adquirida en 37.200 pesos por Aguirre, con la fianza de su cuñado Antonio de las Cagigas. Sin embargo, corridos dos meses, don Manuel renunció a seguir con ese importante suministro, que no le resultaba negocio, a causa de la "decadencia enorme que sufre su derecho por las escandalosas matanzas en los saladeros de esta ciudad y suburbios con destino al abasto público en corrales particulares, y a las dificultades que oponen algunos abastecedores en los corrales públicos, substrayendo los infractores el derecho establecido". De yapa, nuestro concesionario habíase atrasado en pagar su deuda al municipio, que, el 16 de diciembre, le canceló el privilegio carnicero, dándole "el plazo de seis meses para el pago de las cantidades en que resultó alcanzado, debiendo cubrirlas por terceras partes cada dos meses".
      El l9-VIII-1821 Rivadavia, Ministro del Gobernador Martín Rodríguez, se dirige al Consulado señalando los beneficios que reportaría al comercio bonaerense la instalación de una "Bolsa Mercantil", que "ha sido en todos los paises cultos uno de los medios que han dado más impulso y rapidez a los negocios". El Consulado puso buena voluntad en concretar la iniciativa de don Bernardino, y al efecto nombró dos comisiones: una integrada por Miguel de Riglos, Mariano de Sarratea y José María Milá de la Roca, que debía proyectar las bases de la nueva institución; y otra compuesta por José María Rojas y Patrón y Manuel Hermenegildo de Aguirre, encargada de redactar la ordenanza de corredores. La "Bolsa Mercantil" instalose el 1º de febrero siguiente en la misma casa que ocupaba el Tribunal Consular. Fueron sus 4 primeros corredores: Juan Manuel de Alzaga Cabrera, Camilo Velarde, Miguel del Cerro y Santiago Spenser Wilde. Empero la guerra contra el Brasil y nuestras luchas civiles paralizaron el funcionamiento de aquel ente comercial rivadaviano, que epilogó su sino en la inoperancia y el olvido.
      Asimismo Rodríguez y su Ministro Rivadavia habían nombrado (9-VIII-1821) una Junta de 12 ciudadanos (6 comerciantes y 6 hacendados) para que asesorara al gobierno en los asuntos de la agricultura, comercio e industria. Los expertos comerciales fueron Juan José de Anchorena, José María Rojas y Patrón, Julián Panelo, Manuel H. de Aguirre, Juan Alsina y Patricio Lynch; y los estancieros Juan Miguens, Joaquín Suárez, Lorenzo López, Agustín Lastra, José Domínguez y Mauricio Pizarro.
      En enero de 1822 -- muy poco antes que Manuel Hermenegildo partiera para Chile a fin de intentar el cobro de lo que el gobierno chileno le debía por la compra y equipamiento, en los Estados Unidos, de aquellas fragatas que sabemos -- falleció su madre María Josefa Lajarrota, en el viejo solar de sus mayores. Y cuando mi tatarabuelo estuvo de vuelta del país trasandino, compareció ante el Escribano José Cabral, el 21-I-1823, y en su carácter de Albacea de la finada expuso: Que daba en alquiler toda la casa mortuoria de ésta, "situada en la Plaza Mayor, calle de la Universidad" (hoy Bolívar), a don Félix Castro y Cia." por el precio de 180 pesos mensuales, "incluido el cuarto que ahora se halla de zapatería y la parte del almacén del Sr Pericena", "pués las más de las piezas se hallan vacias". Puntualizó la escritura que por el término de 10 años los propietarios del inmueble se comprometían a no desalojar a los inquilinos, aunque estos podrían dejar la casa al vencimiento de los 6 años del contrato, y no antes. La firma "Félix Castro y Cia." constituíanla Castro y Manuel Hermenegildo de Aguirre, como socios capitalistas, para explotar "la casa de café" intitulada "de la Victoria". Así, en la tradicional morada de mis antepasados maternos (ver el Apéndice del capítulo referente a Riglos), frente a la Plaza llamada entonces "de la Victoria", funcionó dicho clásico "Café", que con el de "Mallco" y el de "Los Catalanes" resultaron, en su tiempo, los sitios públicos porteños más famosos donde se bebía la aromática infusión brasilera.
      Tres años después (9-VI-1826), ante José Cabral, don Manuel Hermenegildo declaró libre al pardo Timoteo, comprado en 250 pesos a Juan Antonio Chaparro, por la "Sociedad de la Casa Café de la Victoria". Y el 24-IX-1827 -- ahora ante Manuel Cabral -- Aguirre hizo cesión, por 6.000 pesos, a León Monguillot, de la parte que le tocaba como accionista de la "casa café" de referencia; ello por liquidación final "de todo cuanto corresponderle pueda por el capital que puso". Tras de esa venta, mi tatarabuelo quedó separado de la sociedad con Félix Castro. Monguillot llevó adelante el negocio, transformándolo en acreditada confitería.

      El Banco Nacional

      En vísperas de "la aventura presidencial del señor Rivadavia" -- calificativo histórico que pertenece a don Vicente F. López -- el Congreso unitario creó, el 28-I-1826, el Banco Nacional. Su primer directorio, nombrado 5 días después por el Gobernador Las Heras, lo formaron: Juan Pedro Aguirre, como presidente, y Manuel Hermenegildo de Aguirre, Miguel de Riglos, José Maria Rojas y Patrón, Manuel Arroyo, Félix de Alzaga, Pedro Capdevila, Sebastián Lezica, Diego Brittain, Juan Zimmermann, Johsua Thwaites, Juan Molina, Manuel Haedo, Mariano Fragueiro, Braulio Costa, Mariano Sarratea y Francisco del Sar, como vocales.
      Esa institución se fundó por el término de 10 años, con un capital de 10 millones de pesos fuertes, que en realidad nunca pasaron de los 3 millones incobrables, arrastre de las renovaciones del empréstito Baring Bros. de 1824, aportados por el gobierno -- al decir del historiador Juan Pablo Oliver. El Banco Nacional -- del que mi tatarabuelo se retiró del directorio, al poco tiempo -- había tomado a su cargo el activo y pasivo y las acciones del Banco de Descuentos, establecido en 1822, bajo el auspicio de los Ministros del Gobernador Martín Rodríguez, Rivadavia y Manuel José García.
      Tal Banco de Descuentos, estuvo constituido por empresarios particulares, los cuales en sus tres cuartas partes fueron extranjeros, como su propulsor más efectivo, el británico William Castwright. Habíaselo autorizado para funcionar durante 20 años, con monopolio emisor de billetes, amén de gozar privilegios judiciales y exenciones impositivas. De hecho y de derecho esa sociedad -- indica Juan Pablo Oliver -- era la reguladora del crédito y economía de la Provincia. Estaba al borde de la bancarrota, cuando se la reemplazó por el Banco Nacional; cuyo destino fué también aciago: cayó en descrédito, paralelamente con la administración rivadaviana, de la que en realidad provenía; sus billetes no merecieron la confianza del público; y una vez que asumió el poder el "Restaurador de las Leyes", éste, haciendo honor a su apodo, respetó aquel plazo legal de 10 años para el funcionamiento de dicho organismo financiero. Cumplido su término en 1836, el mentado Banco particular -- Nacional de sobrenombre -- entró en liquidación, creando Rosas en lugar suyo un Banco de Estado, el Banco de la Provincia de Buenos Aires; mientras tomaba el gobierno a su cargo, a través de la Caja de Moneda, la facultad de emitir pecunia, que, como vimos, corría anteriormente por cuenta de agiotistas y comerciantes acaudalados metidos a banqueros.

      La "capitalidad" de Buenos Aires y el intento de dividir la Provincia en dos

      El 13-II-1826 Rivadavia, flamante "Presidente de las Provincias Unidas del Rio de la Plata", envia al Congreso, con su firma y la del Ministro Julián Segundo de Agüero, el proyecto llamado "de capitalidad"; el cual, tras apasionados debates, fué ley el 4 de marzo siguiente. La sanción parlamentaria -- sin modificar en nada dicha iniciativa del Poder Ejecutivo -- designaba a la ciudad y parte de la campaña de Buenos Aires capital de la República y sede de gobernantes nacionales; nacionalizando también todos los establecimientos bonaerenses, y las acciones, deberes y empeños contraidos por la Provincia, así como sus fuerzas militares.
      La periferia que quedaba "capitalizada" en torno al recinto propiamente urbano, era la comprendida, de Norte a Sur, entre el puerto de Las Conchas (Tigre) y la Ensenada de Barragán (hogaño rio Santiago), y de Este a Oeste, entre el Rio de la Plata y el de Las Conchas hasta el puente Márquez (que une al actual partido de Morón con el de Moreno), debiendo el resto del territorio bonaerense organizarse como Provincia bajo la dirección de sus autoridades. De esta suerte, aquellos políticos y congresistas unitarios le arrebataban a la histórica Buenos Aires su ciudad y su inalienable soberanía, con el propósito de convertir a las Provincias en simples entidades administrativas subordinadas al poder central.
      Mas no pararon ahí los estrafalarios designios reformistas de don Bernardino, y seis meses después (12 de setiembre), el Presidente eleva al Congreso otro plan encaminado a partir en dos a la Provincia de Buenos Aires, a fin de improvisar dos nuevas provincias: una al Norte, que se denominaría "Provincia del Paraná", con capital de San Nicolás de los Arroyos; y otra al Sud, nombrada "Provincia del Salado", con capital en el pueblo de Chascomús.
      Este intento peregrino ("salado" y que no serviría "para ná") conmueve a la opinión pública porteña. Los hombres del partido oficial movilizan a un grupo de vecinos de Chascomús y a otros habitantes de la campaña, quienes en sendos memoriales, con 420 firmas presentadas al gobierno, adhieren al plan divisionista rivadaviano. Frente a esa colección de nombres sin relieve mayor (fuera de Joaquín Campana, Manuel Ruiz Moreno, Juan Ignacio San Martín y alguno más), Nicolás de Anchorena se encarga de hacer firmar listas de protesta dirigidas al Congreso. Una, fechada el 2 de diciembre, con pedido de gran parte de los principales propietarios de La Matanza, Durazno (hoy Las Heras), Lobos y Navarro, "para que no se sancione el proyecto de división del territorio de Buenos Aires en dos provincias". Y diez días más tarde, don Nicolás remite cinco legajos al Congreso, con súplicas análogas firmadas por "un crecido número de propietarios residentes en la campaña", cuyas solicitudes, añadidas a la primera presentación, totalizaban 650 firmas, aproximadamente; entre las cuales hallamos la de Manuel Hermenegildo de Aguirre, quien dejó constancia que "suscribe por la individualidad de la Provincia tal qual ella era antes de la Ley de Capitalización".
    • La enfiteusis rivadaviana

      Un documento existente en el Archivo General de la Nación, titulado Relación de los terrenos concedidos en enfiteusis desde el 27 de septiembre 1824 hasta el 1º de mayo de 1827, registra como enfiteuta en el "Partido de Monsalvo" a "M. Aguirre, Rojas y Cia.". Tal concesión fué puramente nominal; su realidad quedó solo ahí, en ese apunte oficinesco. También en 1826 obtuvo Manuel Hermenegildo 9 leguas cuadradas en enfiteusis en el actual partido de Azul; cuyo derecho transfirió a Felipe Arana en 1828, el cual lo cedió en 1837 a Juan José Lahitte y a Francisco Piñeyro Fernández; quienes adquirieron ese campo en propiedad en 1839.
      Mi tatarabuelo, por lo demás, nunca llegó a poseer efectivamente ni a trabajar en persona campo alguno de pastoreo, y del referido derecho al uso y disfrute de aquella tierra fiscal en Monsalvo -- 100 leguas cuadradas -- que compartía con Roxas y Patrón y otras personas, jamás se tuvo noticia en su familia; ni semejante negocio consta formalizado en ningún documento notarial ni en cartas íntimas. Por esos años sus actividades pecuarias consistían en la explotación de un saladero con Miguel de Riglos y Prudencio Rosas; como antes hiciera grandes acopios de cueros de novillo para exportarlos a Inglaterra y Francia; y, en 1820, él adquirió "en remate" -- por licitación, diré mejor -- aquel pasajero derecho a abastecer de carne a la ciudad.
      Cabe indicar que la imprevisión y el desorden caracterizaron a la ley de tierras públicas -- como lo demostró Emilio A. Coni en su irrefutable estudio La verdad sobre la enfiteusis de Rivadavia. A raíz de esa ley de enfiteusis, inmovilizaronse las tierras fiscales que habían quedado hipotecadas en garantía del empréstito inglés: un millón de libras (cinco millones de pesos fuertes).
      Tal empréstito formalizóse en Londres por intermedio de los banqueros Baring Brothers y Cia. "Para decir estrictamente la verdad -- puntualiza Roberto de Laferrere en su notable monografía El nacionalismo de Rosas --, del impréstito inglés lo que realmente entró al país, si algo entró de Inglaterra, fué una suma irrisoria, como que la operación real consistió principalmente en emitir documentos de crédito sobre los comerciantes ingleses de la plaza: ingleses de nacionalidad, pero con capitales formados o acrecidos en el país. Los ingleses, pués, nos prestaron lo nuestro y después nos lo cobraron con intereses como si fuera de ellos".

      Aguirre queda viudo. Es elegido Representante luego de la caída de Rivadavia y vota por Dorrego para Gobernador

      El 5-V-l827 se apagó la vida de Victoria Ituarte, después de dar a luz a su hijita Victoria, que habría de morir párvula. Dos meses más tarde caía Rivadavia del sillón presidencial, a consecuencia de la componenda de paz con el Brasil, que firmó su agente Manuel José García en Rio de Janeiro; pacto lamentable que cedía la Banda Oriental al Imperio enemigo.
      Aceptada la dimisión de Rivadavia (7 de julio), Vicente López y Planes es nombrado Presidente provisorio de la República. A los dos dias de ello, se convoca a elecciones para Representantes a la Legislatura; y cumplidos apenas cinco semanas del alejamiento de don Bernardino. el Congreso Nacional queda disuelto.
      Quince días después, Manuel Hermenegildo de Aguirre resultó electo Representante legislativo junto con Manuel Vicente Maza, Nicolás de Anchorena, Félix de Alzaga, Justo García Valdés, Felipe Arana, Pedro Medrano, Bernabé Escalada, Juan N. Terrero, Angel Pacheco, Victorio García de Zúñiga, Braulio Costa y Felipe Senillosa, entre otros; y estos y demás colegas -- en número de 31 -- eligen, el 13 de agosto, Gobernador de la Provincia y encargado de las relaciones exteriores nacionales, de paz y guerra, al Coronel Manuel Dorrego.
      He aquí el voto del Diputado Aguirre, de excelente factura y noble sentimiento: "Señor Presidente (del cuerpo legislativo, Felipe Arana): El individuo por quien estoy determinado a votar para el gobierno de mi país y que nombraré después, es un militar probado que ha hecho servicios distinguidos a la patria; es un ciudadano honrado, que ha defendido los derechos e intereses de la provincia con celo, energía y dignidad que le es debida, y con el suceso que hemos visto; es un padre de familia que llena sus deberes de acuerdo con los principios de moralidad que deben gobernar a toda sociedad bien arreglada. Pero, todo eso no sería bastante para preferir a ese ciudadano a otros de igual mérito que existen en el país. Lo que me impulsa a decidirme por él, es la experiencia que he adquirido de que es imposible gobernar bien a los hombres sin haber cursado antes la escuela de la adversidad y el infortunio; que el que no ha conocido sino la prosperidad -- por más ilustración que se le reconozca -- es insolente, inaccesible y duro con los desgraciados, e incapaz de buen gobierno. En ella (en la adversidad) lo he conocido y clasificado de hombre fuerte que sabe sobreponerse a la condición de un hombre desgraciado, abandonado a la piedad y a la compasión de unos extranjeros que lo apreciaron cuando conocieron su mérito. En ella ha aprendido él la verdadera sabiduría, que consiste en saber sufrir y abstenerse, en la moderación y prudencia con que él ha visto gobernar a los hombres en el lugar de su asilo (los Estados Unidos), y el modo práctico de hacerlos felices. Por todos estos motivos doy mi voto por el ciudadano don Manuel Dorrego".

      Aguirre es designado Ministro de Hacienda y no acepta el cargo

      Aquel mismo día el Gobernador asume el mando, cesa en sus funciones el Presidente provisorio Vicente López, y con él la institución presidencial como suprema jefatura del Estado. Poco después Dorrego forma su primer gabinete con los siguientes Ministros: de Gobierno, Manuel Moreno; de Guerra y Marina, Juan Ramón Balcarce; y de Hacienda, Manuel Hermenegildo de Aguirre.
      La designación de mi tatarabuelo estaba redactada en estos términos: "Buenos Ays. Agosto 17 de 1827. El Gobernador y Capn. Gral. de la Prova. ha acordado y decreta. Art. 1º: Queda nombrado el Sor. D. Manuel Hermenegildo Aguirre en clase de Ministro Secretario del Departamento de Hacienda. 2º: Estiéndase el correspondiente despacho, comuníquese a quienes corresponde y publíquese: Dorrego: Manuel Moreno". Y Moreno al remitirle copia del decreto al interesado (en oficio con el encabezamiento de "Viva la Confederación Argentina. Mueran los salvajes unitarios") le agregaba que el Gobernador espera "querrá admitir un cargo a que lo llaman los intereses del País, y cuyo exacto desempeño es garantía bastantemente por las notorias aptitudes y patriotismo que le acompañan".
      Empero diez días más tarde, Aguirre no aceptó el Ministerio ofrecido, "fundado en el mal estado de las finanzas, para las cuales se necesitaba un hombre bien preparado", como dijo en su renuncia. Y ese "hombre bien preparado" resultó el hacendista José María Roxas y Patrón; prefiriendo el dimitente mantenerse como legislador, antes que poner manos en el embrollo financiero que dejara la administración rivadaviana.

      Aguirre en la Legislatura

      El legislador Aguirre fue siempre responsable, enérgico y patrióticamente inspirado. En la sesión del 12 de agosto, junto con Felipe Arana y Vicente Anastasio Echeverría, se le nombró para redactar la minuta de comunicación que debía dirigirse a las demás Provincias, avisando el restablecimiento en Buenos Aires de la Junta de Representantes. Y el 17 del mismo mes, mi tatarabuelo fundamenta un proyecto de remoción de los Diputados porteños que integraron el Congreso Nacional. Creía don Manuel Hermenegildo que esos Diputados merecían castigo por haber contribuido a la capitalización de la histórica sede de su Provincia. Su proyecto establecía que: "los que promovieron y cooperaron a la infracción de la ley fundamental; los que acordaron y decretaron la disolución, partición y división de la Provincia, quedarán privados de los votos activo y pasivo hasta tanto justificaran que habían obrado de acuerdo con la voluntad y derechos de la Provincia que representaban". Y con énfasis porteñista mi antepasado "protestaba, ante los señores Representantes, que el día que viera a su lado en esta Honorable Representación a cualquiera de los que abiertamente se habían declarado en contra de los derechos e intereses de la Provincia, sin haberse purificado y justificado ante ella misma, abandonaría este puesto que creo ahora ocupar con honor, porque me consideraría impropiamente confundido, alternando con los que, en mi opinión, no son acreedores de la confianza pública". Tal proyecto de inhabilitar políticamente a los ex legisladores comprovincianos del ex Congreso Nacional, fué aprobado por la Honorable Sala.
      También sus colegas designaron el 1º de septiembre a don Manuel presidente del Crédito Público, en pareja con Bernabé Escalada como vicepresidente. Dicho organismo financiero del Estado equivaldría, en cierta manera, al actual Banco Central.
      No era por cierto don Manuel Hermenegildo un espíritu dado a la contemplación de abstracciones espirituales, ascéticas o místicas; su filosofía -- si podemos llamarla de esa manera -- era la del siglo de las luces: racionalista, cientificista, con ingenua fé en la libertad, en el progreso, en la filantropía, en la moral práctica; ideales todos ellos encerrados en preceptos para una religión sin misterios, que él vió florecer pujante -- y admiró quizás -- en los Estados Unidos de Norteamérica. Es así que, al discutirse en la Cámara de Representantes, el 2 y 5 de noviembre, un pedido de autorización para aumentar el número de monjas Catalinas en la ciudad, mi tatarabuelo -- fiel a aquella ideología acerca del mundo y de la vida -- se opuso a esa demanda. "No es el número --dijo -- de 10, 20 o 30 el que yo creo han tenido presente los señores Diputados para oponerse al aumento, sinó los principios; y sobre esto no se ha dicho nada. El primer principio que creo está atacado aquí, es el de la libertad. Yo entiendo por libertad el derecho de poder hacer lo que no ofenda el derecho del hombre. El otro principio es el que los conventos no son la Religión; puede haber Religión Católica, Apostólica Romana en el país, sin que haya conventos. Y el otro, que en un país despoblado como es éste, en que hay para un habitante una legua cuadrada, todo establecimiento que proteja el celibato es antipolítico. Estos son los tres principios que yo he tenido en vista y he aducido en la sesión anterior para oponerme al aumento del número de monjas. Por lo que respecta a la comparación que acaba de hacerse del matrimonio con la profesión de las monjas, yo diré que hay más libertad y más medios de poder remediar cualquier mal que haya en el matrimonio, que no en el monasterio; porque en el monasterio no hay más remedio ni más arbitrio que sufrir o morir o volverse loco. Pero lo principal es la capacidad de esas niñas para hacer esos votos, porque son menores de edad, y no saben lo que hacen; por lo que ni la ley civil les permite votos en los juicios. A la verdad, es lo más horroroso que pueda permitirse en un país civilizado, el que una niña de esa edad entre a hacer unos votos que no sabe si podrá cumplirlos o no. Por tanto, mi parecer es que el número de monjas sea el de antes, y no se haga novedad".
      En la sesión secreta del 4 de diciembre, a propósito de la Convención Nacional que se había reunido en Santa Fé, con dos diputados por cada provincia, a fin de nombrar al Presidente definitivo de la República, que se organizaría bajo el sistema federal (cuyos móviles frustraron acontecimientos políticos posteriores), don Manuel Hermenegildo observó que en las instrucciones dadas a los diputados de Buenos Aires -- Vicente Anastasio Echeverría y Domingo Victorio Achega -- nada se les decía acerca de las bases que, en dicha Convención, ellos debían establecer "para que el Poder Executivo pudiese aceptar o negociar la paz con el Emperador del Brasil, y que éste era un punto esencial que no debía omitirse en las instrucciones". Indicación de Aguirre que no prosperó, por estar -- dijo el Presidente de la Sala, Victorio García de Zúñiga -- "concluído este asunto".
      A lo largo de esos años 1827-28, el legislador Aguirre había intervenido -- cual lo apunta Alberto Palomeque en su obra citada -- en debates relacionados con la fiscalización del estado del Banco, la enfiteusis de tierras públicas, la reglamentación de las panaderías y las multas a aplicarse a los panaderos, la elección de miembros del Crédito Público, el empréstito de dos millones y la libertad de imprenta. Y al clausurarse la 6a Legislatura, nuestro hombre integró la comisión permanente del cuerpo, junto con Tomás Manuel de Anchorena y Juan José Viamonte.
      En otra sesión del 18 de septiembre del 28, en la cual el diputado Nicolás de Anchorena propuso un voto de reconocimiento al Gobernador Dorrego -- encargado de las relaciones exteriores de la Nación -- por los tratados de paz firmados, en nombre de la República, con el Imperio del Brasil; el diputado Aguirre -- según se lee en el acta respectiva -- "manifestó estar en oposición a que se obrase en el sentido propuesto". "Dijo que la ratificación de los tratados era un acto Nacional, y no correspondía a la Sala de esta Provincia. Que si ella había prestado todos los auxilios para la guerra, esto no la autorizaba, ni le daba el derecho de conocer en lo que era esencialmente de la Nación. Que el mismo Emperador no podría ser indiferente a tal conducta; y que sobre todo, vendría el tiempo y la oportunidad de que la Sala tubiese conocimiento de este asunto, y por lo tanto no había necesidad de obrar con anticipación". La Sala no tomó en cuenta las atinadas observaciones de Aguirre, y apoyó la propuesta de Anchorena.
      Ese año 1828, Manuel Hermenegildo forma parte, junto con Tomás Manuel de Anchorena y Mariano Sarratea, de la comisión nombrada (4 de noviembre) por Dorrego y su Ministro de Relaciones Exteriores, Tomás Guido, a efectos de conocer los reclamos y liquidar las cuentas que se presentaran contra los armadores de corsarios, por actos ilegales cometidos durante sus cruceros. Y el 12 de dicho mes y año, se le nombra también a Aguirre, en unión de Tomás Manuel de Anchorena, Marcos Riglos y Victorio García de Zúñiga, para examinar el estado del Banco Nacional, y aconsejar al gobierno sus reformas.

      El motín de Lavalle

      En la madrugada del 1-XII-1828, las tropas que acababan de llegar a Buenos Aires de la Banda Oriental, concluida la guerra contra el Brasil, son sublevadas por su jefe el General Lavalle, y se posesionan de la Plaza Mayor a fin de deponer al Gobernador Dorrego. Este, sin elementos suficientes para resistir, fuga a Cañuelas resuelto a reconquistar el poder desde la campaña; pero es batido el 9 de diciembre en Navarro; cae prisionero el 11; y lo fusilan el 13: "por mi orden y en el término de una hora" -- según mandato imperativo de Lavalle.
      La facción unitaria triunfante dispuesta al exterminio, arremete contra sus adversarios políticos que se han levantado en el interior de la provincia. En el combate de "Las Palmitas", cerca de la laguna del Potroso (hoy partido de Junín), es capturado el Mayor Mesa, a quien luego se degrada y fusila espectacularmente en la Plaza de la Victoria. A Manuel Hermenegildo de Aguirre, por federal y dorreguista, lo sacan de su casa para embarcarlo preso en el bergantín "Rondeau". Allí se hallan asimismo detenidos otros conspicuos federales, civiles y militares: Juan Ramón Balcarce, Juan José de Anchorena y su hermano Tomás Manuel, Enrique Martínez, Felipe Arana, Manuel Vicente Maza, Victorio García de Zúñiga, Tomás de Iriarte, Juan Antonio Martínez Fonte, Francisco Antonio Wright, Epitacio del Campo, José Bares. El barco zarpa de la rada el 28 de febrero, a órdenes del comandante Juan Antonio Toll, con su selecta carga de proscriptos. Al día siguiente atraca en la Colonia de Sacramento, donde Toll hace desembarcar a Aguirre, junto con Balcarce, Iriarte y Enrique Martínez. Después el barco se dirige a Bahia Blanca con los demás prisioneros a bordo. Ahí se confina a varios de ellos, y, con el resto, torna el "Rondeau" a Buenos Aires, para fondear en las balizas exteriores del puerto.
      En cuanto a Manuel Hermenegildo y sus tres compañeros de ostracismo, a los pocos días dejan el pueblo de Colonia y se embarcan para Montevideo, adonde arriban el 8 de marzo.

      Aguirre en las "Memorias de Iriarte"

      Tomás de Iriarte relata aquella andanza forzosa en sus muy entretenidas Memorias. A lo largo de 22.000 páginas impresas para la posteridad, el autor exalta constantemente su actuación pública de tercera fila; y atribuye las propias frustraciones de su trayectoria militar y política, a la maldad, la estupidez o la ignorancia de los demás. En medio de un conjunto de canallas e imbéciles, él aparece como espejo de rectitud, sabiduría y bravura; lanza reflexiones y advertencias inspiradas, y ningún superior jerárquico las recoge; insulta y provoca a medio mundo, y todos eluden batirse con él. Fuera de Belgrano y el chileno José Miguel Carrera, a gatas se salvan de sus diatribas Dorrego y, en el extremo opuesto Bernardino Rivadavia; el resto de los próceres es fulminado por sus anatemas y sarcasmos resentidos. De Alvear, su protector, lo que menos dice es que era "un depravado e inmoral ... se creía un Federico, un Napoleón, un semidios, y su petulancia era extremada"; y lo más grave que afirma es que "cuando Alvear regresó de Bolivia estaba exhausto de medios pecuniarios ... y no necesitó más de tres meses de ministerio para comprar poco después una casa de treinta mil pesos fuertes, en la que dejó a su familia, cuando marchó al ejército". San Martín era "hombre de hábitos y tendencias absolutistas". Pueyrredón "de origen oscuro ... fué ascendido a General, y aunque no hizo la guerra con habilidad, la tuvo para volver la espalda a los españoles, salvando los caudales de las cajas de Potosí, y convirtiendo una carga de oro en plata, al tiempo de hacer la entrega ... él hizo fusilar a un comerciante español ... y después tuvo la avilantez, inmoralidad o como se quiera llamarse, de casarse con su hija, jóven rica de catorce años. Este hecho sólo bastaría para hacer conocer a Pueyrredón, si su vida no fuese un tejido de iniquidades y concusiones". Güemes, "jefe ambicioso y anarquista ... se hacía adorar, como que era un verdadero tirano ... Si hubiera tenido coraje y puéstose a la cabeza de aquellas partidas ... habría encontrado su sepulcro en Salta; pero jamás expuso su pecho a las balas, y así cada comandante obraba con entera independencia".
      Cobardes, pérfidos, ineptos, ambiciosos, soberbios o brutales, en mayor o menor grado, resultan Soler, Mansilla, Rondeau, Las Heras, Viamonte, Chilabert, Manuel José García, Cavia, Chiclana, Manuel Moreno, el Almirante Brown, Arana, los Anchorena, Juan Cruz Varela, Lavalle, Guido, los caudillos federales de las provincias de arriba, del medio y de abajo ... y sigue y sigue el desfile de vilipendiados personajes; aunque ninguno de ellos alcance a recibir los atroces epítetos y calumniosas imputaciones que, a mansalva, descarga el incansable artillero contra Rosas en su lucubración solitaria; contra Rosas que lo había ascendido a Coronel Mayor, después que el deslenguado participara en un avance anodino de las tropas porteñas contra Paz.
      También Manuel Hermenegildo Aguirre cae en la volteada. Iriarte en una anécdota picaresca y divertida -- maligna a más no poder -- caricaturiza a su compañero de exilio montevideano; y -- bravucón post mortem -- explaya su grafomanía, destinada a futuras generaciones de lectores, dándose aires de superioridad, mientras pinta a mi tatarabuelo como mamarracho presuntuoso y chupista empedernido.
      "Aguirre -- escribe Iriarte -- era un hombre exéntrico y pedante ... Tenía el hábito abominable de la bebida, pero era para nosotros un misterio la hora y el lugar en que se hacía sus libaciones. Se sentaba a la mesa con la cabeza fresca y en buen estado, no se excedia en la bebida, y sin embargo, a los postres mi hombre estaba completamente ebrio con la razón ofuscada. Una noche descubrí el secreto: era ya tarde y yo estaba despierto; mi compañero de habitación se incorporó de su cama, con gran cautela aplicó el oido en dirección de la mía, como para cerciorarse de mi sueño, yo fingí que dormía, a favor de falsos ronquidos. Aguirre se levantó -- dormía sin camisa --, era preciso haberlo conocido, era la estampa de una anguila, o con más propiedad de lo que en el país llamamos mamboretá: largo, delgado como un esqueleto, brazos y piernas longitudinales y descarnadas, y desde los pies a la cabeza una serie de eses, corbaturas y ondulaciones -- un don Quijote desnudo como vino al mundo. Se levantó en gran silencio, y tomando las mayores precauciones para no hacer ruido y despertarme: abrió su baúl, lanzó una mirada investigadora hacia el lecho en que yo yacía, sacó del baúl una botella de coñac y le dió un prolongado beso; volvió a guardarla. Tuve la paciencia de espiarlo una buena parte de la noche, hasta que el sueño me rindió, y conté cinco o seis libaciones consecutivas. Descubrí, pués, el secreto: recordé que durante los postres Aguirre Lajarrota acostumbraba levantarse con frecuencia de la mesa: era para visitar la querida botella que encerraba su baúl. Mucho celebramos con Balcarce y Martínez mi descubrimiento. Este hombre, una tarde que estábamos de sobremesa, se atrevió, bajo el influjo del vino, a faltarme el respeto con expresiones insolentes e insultantes que no tuve sangre fria para soportar, bien que él fuese el blanco de nuestras bromas y sarcasmos. Cuando nos levantamos fui a buscarlo, y lo amenacé con palabras descomedidas, precursoras de una explosión de hecho. Aguirre calló, el miedo lo contuvo a pesar de su caracteristica petulancia y altanería; en seguida le ofrecí una satisfacción a guisa de caballeros: no la admitió, y lo volví a amonestar para lo sucesivo; guardó silencio como un cordero. Todo habia pasado, y ya no me acordaba de cosa de tan poco momento. Cuando por la noche, mientras yo tomaba el fresco en un balcón de la fonda que caía a la calle, se me presentó Aguirre con un par de pistolas cargadas y amartilladas, asestándomelas sobre el pecho al mismo tiempo que me abrumaba de improperios. Yo me creí perdido cuando me vi a la merced de un borracho armado y sediento de venganza, con todas las apariencias de la ira más reconcentrada. Sin embargo, traté, aunque en vano, de imponerle silencio para evitar el escándalo de los que pasaban por la calle, que le daría una satisfacción: él continuaba en sus denuestos los más descomunales, mis observaciones no lo aplacaban, no cesaba de asestarme sus pistolas. Me levanté, fui a mi cuarto para vestirme, él me siguió: yo tomé las botas, y en aquel momento poniéndome las pistolas en la cabeza me dijo que me iba a matar; me creí muerto, el hombre estaba furioso, pero con una bota en cada mano se las descargué en la cara hirléndolo con los tacos con una rapidez uniformemente acelerada, de modo que lo trastorné y se le cayeron las pistolas de las manos. Aguirre se retiró quejándose: entró en un cuarto de la fonda que no le pertenecía y cerró por dentro. Poco después se oyó el fracaso de platos y botellas: era un aparador que se habia desplomado al impulso de los descompasados y vacilantes pasos del héroe de las pistolas. Por la mañana se mudó de domicilio, haciendo primero cargar en una carretilla todo su bagaje. Le dirigí una carta insultante y amenazante por medio del carretillero; lo provocaba a un duelo; pero esta carta no fué contestada. Aguirre conservó en su rostro por muchos dias el sello impreso por los tacos de mis botas. No habia tenido valor para tirar del gatillo, sinó me habría muerto. Pués bien, este Aguirre habia sido candidato para el Directorio supremo de las Provincias Unidas. Era un fatuo que se pavoneaba hablando sin cesar de su árbol genealógico; se decía pariente de los Borbones, y más de una vez nos costeó la diversión con sus sandeces aristocráticas. Quedamos libres de su presencia insoportable".
      Este hazmerreir grotesco que pintó Iriarte habia sido, en la realidad de su vida, precursor revolucionario cabildante de Mayo; Regidor, Alférez Real y Alcalde de ambos votos; diplomático en los Estados Unidos para negociar con el Presidente Monroe; interlocutor de los Secretarios de Estado John Quincy Adams y Richard Rush; agente en el país del Norte de San Martín y O'Higgins a fin de reforzar con dos fragatas la escuadra del Pacífico; Representante, en sucesivos periodos, a la Legislatura porteña; Ministro de Hacienda de Dorrego y, a poco andar, lo seria de Juan Ramón Balcarce -- de Balcarce, tan luego!, el compañero de destierro y presunto testigo de las temulencias del futuro conductor económico de su gobierno...!

      Derrota de Lavalle. Pactos de Cañuelas y Barracas y sus consecuencias

      A todo esto, el 26 de abril las tropas que manda Lavalle son derrotadas en los campos de Alvarez (ahora en el partido de Moreno) aledaños al Puente de Márquez, por los milicianos acaudillados por el Gobernador santafesino Estanislao López y el Comandante General de Campaña bonaerense Juan Manuel de Rosas. Consecuencia de tal hecho de armas resultó el pacto de Cañuelas (24 de junio), que estipularon Rosas y Lavalle a fin de lograr la conciliación entre los porteños. (Estanislao López habíase retirado a Santa Fé, temeroso de que el General Paz llevara la guerra a su provincia).
      En dicho pacto de Cañuelas (celebrado por los antagonistas en terreno neutral: la estancia "Nueva Caledonia" del escocés John Miller -- introductor de "Tarquino", el primer toro puro de raza cuernicorta --, se convino públicamente dar por terminadas las hostilidades y que se convocaría a elecciones con arreglo a las leyes. Rosas encargábase de mantener el orden en la campaña, y tanto éste como Lavalle acatarían a quien resultara electo Gobernador; y ningún ciudadano seria molestado por sus opiniones políticas.
      Junto a ese tratado manifiesto, Rosas y Lavalle acordaron otro secreto, por el cual habría de votarse para Gobernador a Félix de Alzaga, designarse Ministros de Gobierno a Vicente López y de Hacienda a Manuel José García, y elegirse Representantes a los candidatos incluidos en una sola lista, que cada uno de los negociadores haría sufragar por su partido, "siendo ello base fundamental y condición precisa para que tenga efecto lo pactado en el convenio público".
      En la aludida lista de Representantes seleccionados de antemano, figuraban, entre otros, los nombres de Manuel Hermenegildo de Aguirre, Tomás Manuel y Nicolás de Anchorena, León Rosas, Felipe Arana, Juan Ramón y Marcos Balcarce, Manuel Vicente Maza, Juan N. Terrero, Diego Estanislao Zavaleta, Juan José Passo, Marcelo Gamboa, Justo García Valdes, Matias de Irigoyen, Victorio García de Zúñiga, Juan José Viamonte, Gregorio Tagle, Pedro Medrano, José María de Escalada, Juan Bautista Peña, Faustino Lezica, Miguel Marín, Braulio Costa y Lorenzo López.
      Pero he aquí que los empeños de Lavalle por cumplir con lo pactado en Cañuelas viéronse frustrados, debido a la oposición tenaz de sus correligionarios, quienes amañaron una elección en la ciudad con lista propia, que el fusilador de Dorrego, exasperado, acabó por anular. Ello dió motivo a una nueva reunión entre Lavalle y sus principales colaboradores, y Rosas y sus amigos en el saladero de Francisco Piñeiro, en Barracas. Ahí se concretó otro pacto (24 de agosto), adicional al de Cañuelas, por el que se nombraba Gobernador provisorio de Buenos Aires, al General Juan José Viamonte, con las "facultades extraordinarias que se consideren necesarias para la conservación de la tranquilidad pública"; organizándose también un Senado Consultivo, integrado por 24 personalidades, siendo miembros natos de dicha corporación, el Presidente de la Cámara de Justicia (Manuel Antonio Castro), el General más antiguo (Miguel de Azcuénaga), el Presidente del Senado Eclesiástico (Diego Estanislao Zavaleta), el Gobernador del Obispado (José León Banegas) y el Prior del Consulado (Faustino de Lezica), escogiéndose los restantes 19 Senadores entre "ciudadanos notables": militares, eclesiásticos, hacendados y comerciantes. Fueron estos: Manuel Hermenegildo de Aguirre, Juan José Passo, Manuel y Mariano Sarratea, Vicente López, Victorio García de Zúñiga, Pedro Medrano, Mariano Andrade. Miguel Estanislao Soler, Francisco de la Cruz, Juan Ramón Balcarce, Matías de Irigoyen, Roque Illescas, Tomás Manuel de Anchorena, Miguel Marín, Félix de Alzaga, Felipe Arana, Francisco Piñeiro y Joaquín Belgrano.
      Las atribuciones del Senado eran: Aconsejar al Gobierno en los negocios sometidos a su examen en todos los ramos de la administración interna y política exterior. Proponer al Gobierno todo lo que considera útil para ocurrir a las necesidades ingentes del erario y del crédito de la Provincia, y a la más pronta remoción de los obstáculos que retardaban el establecimiento del orden legal o impidieran la buena ejecución de las leyes.
      El 16 de setiembre se inauguró el Senado Consultivo. Asistieron el Gobernador Viamonte y sus tres Ministros: Tomás Guido, Manuel José García y Manuel de Escalada. El jefe de la Provincia fué quien tomó juramento a los 13 miembros presentes, de los 24 nombrados, en estos términos: "¿Jurais por Dios y prometeis a la Patria desempeñar fielmente los deberes de vuestro cargo y auxiliar con celo al Gobierno para restituir cuanto antes a la Provincia su régimen Representantivo?". En seguida, tras un discurso del Primer Magistrado, se procedió a elegir autoridades, designándose Presidente del organismo a Manuel Hermenegildo de Aguirre, y Vice a Miguel de Azcuénaga, ocupando este último la Presidencia por ausencia del primero, que se encontraba enfermo.
      Si bien el Senado Consultivo se abocó al estudio de importantes asuntos que le fueron cursados por el Gobierno, un grave problema político vino a plantearse y a debilitar su eficacia, así como la autoridad del Gobernador Viamonte: la amenaza de que el partido federal se dividiera en desmedro del prestigio de Rosas, fautor, con Lavalle, de los acuerdos de Cañuelas y de Barracas, de los cuales el Senado y Viamonte, como gobernante, procedian. En efecto: el grupo dirigente dorreguista y los "federales de categoría" rechazaban esos pactos en los que se convino llamar a elecciones para establecer una nueva Legislatura, integrada con candidatos mixtos -- unitarios y federales -- a votarse en una sola lista. Aquellos conspicuos partidarios de Dorrego, negábanse a colaborar con los autores materiales y morales del asesinato del Gobernador legal. Casi todos ellos habían sufrido cárcel, vejaciones y destierro, por parte de los unitarios decembristas encaramados en el poder tras el motín de Lavalle. Así Juan Ramón Balcarce, Pedro Medrano, Victorio García de Zúñiga, su yerno Tomás Manuel de Anchorena y Félix de Alzaga, fueron presentando sus renuncias al Senado Consultivo, hechura del pacto de Barracas. Anchorena estampó en su renuncia que le parecía imposible "organizar el país con asesinos y parricidas, que desde el 1º de diciembre se arrojaron a cometer toda clase de crímenes, y con honrados ciudadanos que han sabido defender a todo trance la autoridad de las leyes".
      En consecuencia, la suerte del Senado Consultivo estaba echada, lo mismo que la de las elecciones legislativas que acordaron Lavalle y Rosas. Este hizo todo lo posible por cumplir aquellos compromisos apaciguadores, mas no pudo torcer la oposición mayoritaria de su partido que se consideraba vencedor, ni quiso provocar un cisma entre sus amigos. Se plegó entonces a la realidad; como tuvo que plegarse el Gobierno provisorio de Viamonte: no se llevaron a cabo las nuevas elecciones de Representantes capituladas en Cañuelas y Barracas, y la Legislatura derrocada con Dorrego el 1º de diciembre, la legitima, quedó restablecida por decreto.
      Como derivación de ello, el 23-XI-l829 el Senado Consultivo efectuó su última junta, con asistencia del Gobernador y sus Ministros. En esa oportunidad, Viamonte manifestó que dicho organismo asesor terminaba su misión; que la Provincia recobraba sus instituciones; y que los Senadores habían expedido sus consejos con dignidad, acierto y patriotismo. El Presidente del cuerpo Manuel Hermenegildo de Aguirre, a su vez, contestó al Gobernador con palabras sobrias y juiciosas. Dijo que el Senado prestó su colaboración a las autoridades provisorias, porque no pudo resistir "al clamor de V.E., cuando pidió el auxilio de todos los buenos ciudadanos, en circunstancias que nuestro desgraciado país se hallaba al borde de la ruina".

      Reinstalación de la Legislatura. Las facultades extraordinarias. Rosas Gobernador

      El 1-XII-1829 -- aniversario del motín de Lavalle -- Viamonte convoca y reinstala a la Legislatura disuelta tras la caida de Dorrego, entre cuyos Representantes está Manuel Hermenegildo de Aguirre. Reunido el cuerpo, el día 5 -- bajo la Presidencia de Felipe Arana -- el diputado Tomás Manuel de Anchorena, en nombre de la comisión respectiva, pide se le concedan al Gobernador legal a elegirse, las mismas "facultades extraordinarias" de que estaba investido Viamonte, por la "necesidad de prevenir los ataques que intentan los anarquistas y afianzar el orden y tranquilidad pública, hasta la reunión de la próxima Legislatura, a la que dara cuenta (el futuro Gobernador) del uso que haga de esta especial autorización" (pués el periodo que completaban los Representantes en ejercicio, caducaba el venidero mes de abril). Estamos -- decía Anchorena -- frente "a un partido oculto y secreto que no pelea con armas, pero que mueve todos los elementos que están a su alcance".
      El diputado Aguirre tomó entonces la palabra, y en forma dubitativa dijo a propósito del asunto de referencia: "No obstante que observo que la situación del país es bastante peligrosa, y que la Sala se ve obligada a crear un gobernante fuerte y vigoroso, desearía que alguno de los Señores de la comisión me salvase una contradicción que yo encuentro. Entre los tópicos que han producido la guerra civil y estas facultades extraordinarias que se tratan de dar al Gobierno, hay dos principales: el uno, derrocando las instituciones y las leyes (como lo hizo el partido unitario), y el otro sosteniendo el restablecimiento de ellas (a cargo de los federales), y no puedo yo convenir cómo habiendo prevalecido aquella parte que había sostenido el restablecimiento de las leyes y de las instituciones, se intenta ahora crear un gobernante sobre toda ley y, por consiguiente, no marchando de acuerdo con las leyes e instituciones de nuestro país; quisiera que se me deshiciera esta contradicción por alguno de los Señores para poder yo arreglar mi juicio".
      Al otro día Anchorena insistió: "Estamos en un estado de hostilidad, sin más diferencia que el que antes estábamos frente a un ejército, y ahora estamos frente a un partido oculto y secreto"; las facultades extraordinarias eran "un mal necesario, por cuanto no hay otro medio de evitar la conspiración que amenaza al país, y que producirá el mayor de todos los males, a saber: la pérdida de la patria". Por su parte el diputado canónigo Pedro Pablo Vidal, aludiendo a Aguirre manifestó. "un Señor diputado, sin hacer oposición al proyecto ... con una recomendable conformidad de principios" debería advertir que los unitarios no habían renunciado a reconquistar el poder desde Córdoba con el general Paz, y no creía Vidal que los plenos poderes convirtieran al futuro Gobernador en Nerón o Calígula.
      Pese a aquel reparo doctrinario de don Manuel Hermenegildo, cuando ese 6 de diciembre le llegó el momento de votar la ley que concedía poderes extraordinarios al inminente Gobernador, mi antepasado votó a favor de los mismos, y, acto seguido, la Sala -- con el voto de Aguirre entre 33 favorables -- eligió Gobernador a Juan Manuel de Rosas, que tuvo sólo un sufragio en contra: el de su fraternal amigo y socio Juan Nepomuceno Terrero, que se pronunció por Viamonte.

      Actuación del legislador Aguirre

      En la sesión del 18 de diciembre se presentaron a la Sala tres proyectos: Uno que declaraba "libelos infamatorios y ofensivos de la moral y decencia pública" a todos los papeles impresos que a partir del cuartelazo de Lavalle, hasta el pacto de Barracas, tuvieran expresiones de menoscabo a la memoria de Dorrego, a la personalidad de Rosas y "de los beneméritos patriotas que han servido en la causa del orden". El otro proyecto confería a Rosas el grado de Brigadier y se le donaba un sable de oro y una medalla de lo mismo con brillantes y esta leyenda en el anverso: "Buenos Aires al Restaurador de las Leyes"; y en el reverso la imagen de Cincinato con la frase "Cultivó su campo y defendió la patria". Y el tercer proyecto recomendaba al Poder Ejecutivo provincial una pronta comunicación con la Santa Sede.
      Aguirre impugnó el primer proyecto, con el argumento de que violaba las estipulaciones apaciguadoras de las convenciones de Cañuelas y Barracas; alegación suya que no fué tomada en cuenta por la mayoría. Respecto a la ley de homenajes a Rosas, el propio don Juan Manuel la rechazó, fundado en que "la liberalidad de los Representantes es un paso peligroso a la libertad del pueblo, y un motivo quizás de justa zozobra a los que no descienden a la conciencia del infrascripto, porque no es la primera vez en la historia que la prodigalidad de los honores ha empujado a los hombres públicos hasta el asiento de los tiranos".
      La Sala entonces postergó la consideración de aquellas honras; y al debatirse posteriormente el asunto, no pasó lo del ascenso, lo del sable y la medalla de oro, objetados por Aguirre -- y por Justo García Valdés y Matías de Irigoyen, con parecidas razones a las que adujo Rosas --, aunque quedó firme la declaración de que "el ciudadano D. Juan Manuel de Rosas ha sido Restaurador de las Leyes e Instituciones de la Provincia".
      Aguirre, al discutir dicha iniciativa, rindió homenaje a Rosas, señalando que de los gastos particulares hechos por este durante la guerra civil, nadie había hablado a lo largo del debate ... "porque con honor y dignidad se puede pedir limosna, y con honor y dignidad, solamente, no se come; yo sé que el Señor Comandante Militar ha hecho sacrificios en menoscabo de su fortuna; yo no hablo de compensación, sinó de restitución de lo que ha empleado en objetos de utilidad pública".
      En cuanto al pedido de pronta comunicación del Gobierno porteño con la Silla Apostólica de Roma, la opinión de don Manuel Hermenegildo fué la siguiente, que revela sus hondas convicciones federalistas y su auténtico sentimiento nacional: "La religión católica es de todo el Estado, y parecería muy monstruoso que Buenos Aires sóla se pusiera en comunicación con el Sumo Pontífice y que lo hiciera también así cada una de las provincias de la República. Por lo tanto yo sería de opinión que antes de dar este paso el gobierno se pusiera de acuerdo con las demás provincias, como han hecho para reconocer la constitución de la Banda Oriental ... Yo desearía que explicase el señor miembro informante de la Comisión, qué clase de representación tiene la Sala de Representantes de la provincia de Buenos Aires, y hasta donde alcanza su soberanía, porque yo entiendo que es por la correspondiente a esta provincia, y nada más. Yo veo que trata de abrir comunicaciones con la corte de Roma, pero he dicho antes que no encuentro, para eso, concentrada la opinión de las demás provincias en ésta (de Buenos Aires) ni le tienen dado su consentimiento a este respecto; y veo que se va a usurpar la soberanía de esas provincias, que tienen tanta soberanía como nosotros tenemos la nuestra. ¿No tienen estas provincias el carácter de soberanas? ... Pués ¿cómo se va a ejercer este acto, que comprende a todas, sin haberles consultado su voluntad? Yo encuentro una monstruosidad en querer ejercer un acto de soberanía, en mi opinión usurpada. Nosotros podremos ejercerlo como Representantes con respecto a ésta provincia, pero no por lo correspondiente a las demás. Así quiero yo que se haga, pero previo acuerdo y consulta con las demás".
      La mayoría aprobó el proyecto tal como lo había presentado la Comisión: vale decir que el Gobierno bonaerense estableciera directamente comunicaciones con el Vaticano.
      Por sendos decretos del 16 de diciembre, el gobierno de Rosas dispuso se levantaran dos monumentos: uno a la memoria del Brigadier General Cornelio Saavedra, y otro a la del Doctor Feliciano Antonio Chiclana. Y cuando en la Cámara de Representantes se dió curso a una solicitud de la viuda de Chiclana, doña Micaela Juana Alcaráz, pidiendo una pensión por hallarse indigente, don Manuel Hermenegildo usó de la palabra y trajo este recuerdo: "testigo de Mayo le he visto (a Chiclana) correr el riesgo, en medio de la Plaza, de pagar con su vida para lograr esta Independencia que no podemos dudar que es un bien: lo he visto también a éste hombre atravesado con dos barras de grillos en Martín García, llevado a un destierro, y luego en Norte América, sufriendo las mayores miserias, después de haber hecho servicios los más eminentes al país ... démosle esos mil pesos (a su viuda), siquiera por una especie de expiación".

      Otra vez las facultades extraordinarias

      En el mensaje de 3 de mayo a la Junta de Representantes, el Gobernador Rosas manifestó que ese día expiraba el plazo para la duración de las facultades extraordinarias que le fueron conferidas, y que sus Ministros concurrirían a la Sala a dar cuenta del uso que ha hecho de tan "odioso poder". Y esa prometida información de Rosas a través de sus ministros, tuvo lugar, once días más tarde, en sesión secreta.
      Poco después, cierto foliculario español llamado José Maria Jardón, colaborador del periódico La Aurora que aparecía en Córdoba -- feudo militar del unitario General Paz --, fué encarcelado por el Gobierno. Jardón, entonces, se dirigió en queja a la Legislatura, tachando su arresto de ilegal. El Gobierno a raíz de esto, por intermedio del Ministro Anchorena, mandó un informe que calificaba de grave la ingerencia de una porción de españoles y franceses que cooperaban en "la espantosa división entre federales y unitarios", y en apoyo del "furor e insaciable sed de sangre que devora a los que se dicen partidarios de la unidad". Tales extranjeros como Jardón -- decía Anchorena -- "advenedizos con el distintivo de liberales, que tienen más influjo en nuestra sociedad que los mismos hijos del país", eran agentes de un plan revolucionario organizado por las sociedades secretas, "de funestos efectos que no hay gobierno que no las tema cuando no está establecido por ellas". Y refiriéndose a las garantias individuales el Ministro de Rosas manifestaba: "Si a esas garantías hubiésemos de librar nuestra seguridad, sería bien lamentable la suerte de un verdadero federal. Esas garantías que tanto se decantan no son sino el escudo del crimen, y la espada de los malvados contra el hombre de bien". Al par de esta conjura unitaria, Anchorena denunciaba la amenaza de una recolonización europea en Sudamérica: "La causa de nuestra independencia es causa de casi todas las naciones de Europa, todas tienen interés en ella, y tal vez no habrá una que no procure sacar partido de nuestra debilidad. El gobierno ha recibido avisos oficiales que confirman estos asertos".
      Abocada la Legislatura al caso Jardón, nombró una comisión compuesta por los diputados Vega, Figueredo, Obligado, Ugarteche y Cavia, cuyo dictamen fué que la Sala debía autorizar al Gobierno para que con "la plenitud de las facultades extraordinarias" adoptara todas las medidas que creyera conducentes a salvar la Provincia de los peligros que amagan su existencia política y libertad civil; que la Sala continuara contrayéndose a los negocios constitucionales, y que fuera compatible su deliberación con el poder discrecional que se otorgaba al Gobierno; que el uso de las facultades extraordinarias cesaría después que el P.E. anunciara a la Sala haber pasado la crisis peligrosa, o desde que, con conocimientos exactos y previo informe del Gobierno, declarara ser ya innecesaria la continuación de ellas".
      Al plantearse este asunto en la sesión del 30 de julio, el diputado Aguirre manifestó que "después de oir el dictámen de la Comisión y los fundamentos en que se apoya, es fuera de toda duda que es preciso conferir al Gobierno el terrible poder discrecional de las facultades extraordinarias. Pero, al dar mi voto a favor del proyecto, limitándolo sólo a la suspención de la libertad individual por seis meses, y suspendiéndose entre tanto las sesiones de la Sala, me permitirán los Señores Representantes que observe las razones que tengo para esto y los fines que me propongo. Señor: o el Gobierno es acreedor a la fé pública y a la de los Señores Representantes, o no lo es. Si lo primero, es fuera de duda que se deben conferirle las facultades extraordinarias que se han indicado; si lo segundo, es necesario cambiar la presente administración gubernativa; porque ni al país ni al Gobierno es honorable que continúe, cuando sus miembros no son acreedores a la confianza pública. Señores: no son las facultades que se dan a una República por las vías ordinarias las temibles, sino las que se toman contra las leyes; y si a esto se agrega la usurpación de este poder, entonces sí que se puede asegurar que la República se pierde".
      Tras de este introito principista, Aguirre vino al terreno concreto, y para que nadie dudara ni se le atribuyera haberse negado a conferir poderes extraordinarios al Gobierno de Rosas, expresó: "Le pido (al P.E.) que al hacer uso de las facultades extraordinarias, tenga muy presente la necesidad de reparar y echar a un lado todo elemento heterogéneo y externo que de intento se haya introducido en nuestros negocios, porque Señores Representantes, a nosotros solos, los de ésta Provincia, nos es dado disputar, discurrir y resolver. Dios solo es nuestro Juez, porque por querer hacer de nuestra patria la patria de todos, confiar nuestros negocios a personas de origen extraño, y que no tienen el interés que nosotros, es porque el país se halla en estas circunstancias. Y últimamente le pido (al Gobierno de Rosas) con el mayor ardor, en honor del pueblo mismo, que haga uso de este terrible poder extraordinario que se le confía, y de la fuerza misma, hasta el rigor, si es preciso, para que restablezca cuanto antes la concordia entre los miembros de esta Provincia despedazada por rencores y opiniones que han debido moderarse; porque no debe haber duda que hay entre nosotros una minoría que, si ha podido errar y ser extraviada sosteniendo con las armas el errado principio de la intolerancia civil, también tienen derechos y servicios que merecen respetarse y considerarse".
      Así, en dicha oportunidad, don Manuel Hermenegildo justificó los poderes extraordinarios otorgados al Gobierno de don Juan Manuel, contra las licencias disolventes de la prensa, manejada por "elementos heterogeneos". "Cuando he hablado de elementos heterogéneos y extraños (había dicho Aguirre en una sesión anterior, al tratarse un proyecto de petición que se reservaba sólo para los nacidos o avecindados en su Provincia) "es en el sentido que veo preparada la tormenta en este país; por que veo una reunión de habitantes de las provincias contra ésta" (la Liga Unitaria comandada por el General Paz), "que nos llama vulgarmente porteños; y como veo que ha de haber necesidad de reunir a los porteños en defensa de la Provincia, es que he hablado en este sentido".
      Las pasiones que la política había desatado entre unitarios y federales, entre porteños y provincianos, no se dirimían sólo en la escena pública y en los campos de batalla: llegaba también a producir choques y roces en la intimidad de las familias, en el seno mismo de los hogares. Ello se trasluce a través de las siguientes líneas que don Manuel Hermenegildo dirigió a su cuñada Juana Ituarte de Saenz Valiente. Dicen textualmente: "Mi querida Juanita: devuelvo a U. la carta que me entregó ayer: creo que hará U. muy bien de quemar la mía y la adjunta, porque para nada y para nadie sirven. Siento mucho haber incomodado a su amiga, según lo manifiesta su carta; no ha sido esta mi intención: creo que no me ha comprendido bien, y si esto es cierto, habrá penetrado que yo no puedo ni quiero alistarme baxo su bandera; porque su mote es Intervención, Dominio, Sumisión: la mía es Independencia, Amor, Concordia; no estando pués de acuerdo en estos tópicos tan esenciales, aquí quedó concluído este asunto: así también lo manda su amiga de U. y mía. Pero hágame U. el fabor de asegurarle que acepte la verdadera amistad que le promete para en adelante: Su amigo de U. y de ella. Man. H. de Aguirre".
      Ese año 1830, a don Manuel Hermenegildo se le volvió a nombrar (11 de mayo) Presidente de la administración del Crédito Público, con Francisco Piñeiro como Vicepresidente. Y el 1º de septiembre, nuestro viudo contraía segundas nupcias con su prima segunda, Mercedes Ibañez Marín (hija del Coronel Pedro Nolasco Ibañez Rospigliosi y de Rosa Marín de la Quintana Riglos), bautizada el 9-IX-1805, diecinueve años menor que el contrayente cuarentón.

      El Pacto Federal

      El 4-I-1831 se firmó en la ciudad de Santa Fé, entre las provincias de Buenos Aires, Santa Fé y Entre Rios, representadas por José Maria Roxas y Patrón, Domingo Cullen y Antonio Crespo, respectivamente, el tratado conocido por "Pacto Federal" o "Liga del Litoral", el más importante de los "Pactos preexistentes" aludidos en el preámbulo de nuestra vigente Constitución de 1853. Por dicho tratado se creaba una "Comisión Representativa" de los Gobiernos de las provincias litorales, uno de cuyos atributos (artículo 16, inciso 5º) era el de invitar a todas las demás provincias a reunirse en federación con las firmantes, para que "por medio de un Congreso General Federativo, se arregle la administración general del país bajo el sistema federal". (Con posterioridad, fueron adhiriendo al Pacto: Mendoza, Corrientes, Córdoba y Santiago del Estero, el 9, 19, 20 y 20 de agosto de 1831; y San Juan, Tucumán, San Luis, Catamarca y La Rioja, el 25 de febrero, 8 y 12 de julio y 12 de octubre de 1832).
      De acuerdo a la ley, el 13 de enero de aquel año 31, el gobierno de Rosas dió cuenta del famoso Pacto de alianza ofensiva y defensiva, a la Junta de Representantes, cuya Comisión legislativa aconsejó a la Sala la ratificación del mismo, con algunas modificaciones de redacción en los artículos 6º, 7º, 8º, 9º, 10º y 16º, de los 17, más otro reservado que se adicionaba. Y al discutirse en sesión secreta el documento, el 25 de enero, el diputado Manuel Hermenegildo de Aguirre se opuso a las modificaciones aconsejadas por la Comisión, y pidió se desecharan, pues se había omitido una muy principal, a saber, "que después de ajustados los artículos de un tratado por los Diputados comisionados, con entera sujeción a las instrucciones que se les habían dado, no habia facultad en los Gobiernos comitentes para hacer en aquellos alteración alguna".
      Al cabo de 7 sesiones y de largos debates en los que tomó también parte el Ministro de Gobierno Tomás Manuel de Anchorena el célebre "Pacto del Litoral" fué aprobado por los Representantes tal como se redactó y firmó en Santa Fé, o sea "sin alteración alguna", conforme a los fundamentos terminantes del diputado Aguirre.

      Una vez más las facultades extraordinarias

      En las postrimerías del año 1831, ocurridas la captura a tiro de bolas del General Paz y las victorias de Quiroga en las provincias del interior, mientras que Rosas y Estanislao López hallábanse firmemente asentados en Buenos Aires y Santa Fé, el partido unitario aparecía vencido. Habida cuenta de ello, en la sesión del 17 de octubre, el parlamentario Aguirre obstinado legalista inicia la disconformidad del grupo federal doctrinario a conceder al P.E. derechos ilimitados. Propone, en consecuencia, que "la comisión de negocios constitucionales quedara encargada de informar a la Sala si el Gobierno debía o nó continuar el ejercicio de las facultades extraordinarias".
      Fundamentó su iniciativa diciendo que "después que los periódicos nos han ilustrado sobre esta materia, poco puedo yo instruir sobre ella; sólo si, diré, que es una duda en que se ha puesto al publico sobre si el Gobierno debe o no continuar con las facultades extraordinarias. Los Señores Representantes cuando dieron la ley, confiaron al Gobierno el tiempo en que debían cesar, a su juicio, y también se reservaron su propio juicio, y en este estado creo que es preciso satisfacer al público. Para mí es una duda. Yo no sé realmente si el Gobierno tiene motivo para continuar con estas facultades extraordinarias; y cuando él continúa, me parece que realmente tendrá algún motivo. Por tanto, creo necesario, por mi propia conciencia como Representante, salvar este escrúpulo: y no puedo menos que invitar a los individuos de la comisión de negocios constitucionales a que investiguen al señor Ministro de Gobierno el estado de los negocios públicos, y, en cuanto pueda, informe a la Sala, en sesión pública, si conviene o nó continuar esta facultad extraordinaria. Si esta moción merece el apoyo de los Señores Representantes, yo tendré el honor en haberla presentado".
      La comisión denegó el pedido de Aguirre. El miembro informante diputado Olavarrieta estimó que ese pedido implicaba una injuria al Gobernador Rosas, y duramente zahirió la actitud parlamentaria de don Manuel Hermenegildo, cuya moción fué rechazada por gran mayoría de votos.
      Al mes siguiente (9 de noviembre) el diputado Pedro Feliciano Cavia pide informes al Gobierno acerca de las facultades extraordinarias, y al discutirse su propuesta, Aguirre la apoya con estas palabras: "Declaro que el motivo que me indujo a votar así (en 1830, a favor de las medidas de excepción) fué el estado peligroso en que se encontraba esta Provincia, amenazada de una invasión exterior por las fuerzas del General Paz, combinadas con los emigrados de la Banda Oriental, y ambas esforzadas por la explosión de una mina interior; y no se negará que contaban con elementos bastantes para sus operaciones". Empero, esta vez la situación no era la misma: "posteriormente del resultado de la expedición del General Quiroga pregunto yo: ¿existe ahora aquel estado de peligros que precedió al expediente de dar facultades extraordinarias?". Esta pregunta advertía el orador se la hace el pueblo, y la duda en que se halla el país merece ser satisfecha. "Por eso me he arrojado a presentar la moción que se discute, proponiendo que en lugar del proyecto de la comisión, se sustituyera el otro de: informe el Gobierno".
      A esa altura del debate el diputado Aguirre fué molestado con gritos y agresiones verbales que lo obligaron a exigir al Presidente, Felipe Arana, garantías para poder seguir hablando. "Si esto continúa así -- recalcó el ofendido -- seria más prudente no expresar opinión, sino por la afirmativa o negativa o de ningún modo, si es que no existen las garantías y el respeto que debe haber hacia las personas". Finalmente la Sala, tras acaloradas discusiones, rechazó el pedido de informes de Cavia, que asimismo habia apoyado Aguirre.
      El 7-V-1832 el legislador Aguirre es nombrado Presidente de la Junta de Representantes, y Manuel Insiarte Vicepresidente de dicha corporación. Ese mismo día, Rosas devolvió las facultades extraordinarias a la Legislatura, cediendo a la opinión de los "federales distinguidos" cuyo intérprete parlamentario más señalado era sin duda Aguirre -- los cuales consideraban que terminada la guerra y vencidos los unitarios, los poderes discrecionales de emergencia otorgados al Gobernador no tenían ya razón de ser mantenidos.
      Rosas, al devolver las facultades extraordinarias decía que: "ha llegado a convencerse de que la parte que tiene el concepto de más ilustrada, y que sin embargo de ser poco numerosa es la mas influyente en la marcha de los negocios públicos, está por la devolución. Pero el Gobernador, respetando, como respeta, el buen juicio de tan distinguidos ciudadanos, teme que, reducido el Poder Ejecutivo a los estrechos límites que le estaban señalados antes del motín del 1º de Diciembre, se desaten sordamente las pasiones, recobren su fruto el imperio de la inmoralidad, y se preparen de un modo progresivo nuevos elementos de combustión que hagan repetir aquella terrible escena. Si juzga necesaria la devolución, es tan sólo por respeto a la opinión de las personas que sostienen debe hacerse".
      "Las opiniones en el partido federal, ante esta cuestión tan delicada y tan largamente discutida, se dividieron escribe -- Carlos Ibarguren en su libro Juan Manuel de Rosas. "Un grupo selecto y reducido de federales doctrinarios y principistas, que Rosas llamaba irónicamente ?los hombres de las luces y de los principios?, ?los botarates?, devotos de las normas liberales, constituyeron una minoría frente a la gran masa que seguía ciegamente las miras y los deseos de su jefe".
      Llevada aquella cuestión a la Legislatura, el diputado Aguirre pidió la asistencia de los Ministros a la Sala. Y cuando el 22 de octubre tuvo lugar el apasionado debate acerca de la devolución de las facultades extraordinarias (oponiéndose a su vigencia los diputados Olavarrieta, Lozano, Senillosa, Martínez, Argerich, Vidal y Cernadas, y abogando por su perdurabilidad Baldomero García, Manuel Obligado, Roque Saenz Peña, Bernardo Pereda y Paulino Gari), cuyo resultado final concretó el rechazo de dichas facultades por 19 votos contra 7; el diputado Aguirre que fuera el contradictor más definido de tan "terrible poder", como él lo calificara, no estuvo presente en la sesión decisiva.
      Ocho sesiones ocupó el debate de referencia, desde el 22 de octubre al 15 de noviembre, y Aguirre sólo concurrió a la del 29 de octubre, sin usar de la palabra. Yo lo supongo enfermo, o que estuviera enferma su mujer, doña Mercedes, la cual siete dias antes (15 de octubre) había dado a luz a su hija primeriza Mercedes, luego de un parto seguramente complicado. Rechazo la idea de que mi tatarabuelo, el más tenaz y notorio campeón impugnador de las facultades extraordinarias, no hubiera concurrido a votar como lo presume con demasiada suspicacia Palomeque porque, un año antes, el Gobierno de Rosas le reconociera la deuda resultante de su misión a los Estados Unidos. Ello no se compadece con la realidad de los hechos. En efecto: aquella deuda se la reconocieron a don Manuel Hermenegildo el 15-X-1831 y, dos días después, en la sesión del 17, "el parlamentario Aguirre -- cual lo destaqué en la página anterior -- inicia (en la Cámara) la disconformidad del grupo federal doctrinario a conceder al P.E. derechos ilimitados", con los fundamentos que, a renglón seguido se transcriben. Por lo demás, el voto de mi antepasado no era necesario para vencer en la jornada del 15-XI-1832.

      Rosas se niega a continuar en el gobierno. Balcarce es elegido Gobernador

      El 5 de diciembre, en que según la ley debía designar la Legislatura nuevo Gobernador sin facultades extraordinarias, pues Rosas terminaba su mandato, el diputado Aguirre votó por la reelección de Rosas que obtuvo 29 sufragios y 7 otros candidatos. Pero el reelecto, invocando motivos de salud, no quiso admitir el cargo, que la Junta de Representantes -- sin conceder poderes excepcionales -- insistió por tres veces que aceptara. Ante esa actitud irreductible, la Sala, el 12 de diciembre, eligió Primer Magistrado de la Provincia al Brigadier General Juan Ramón Balcarce, hombre de confianza y Ministro de Guerra de Rosas.
      Llamado a colaborar Aguirre por Balcarce en el Ministerio de Hacienda de su segundo gabinete, el Ministro renuncia al poco tiempo su cartera, en razón de la profunda crisis política que divide al partido federal; y cae con sus amigos luego de la revolución "restauradora", donde triunfaron, en toda la línea, los correligionarios del bando "apostólico" que tenían a Rosas por caudillo indiscutido; mientras los federales "doctrinarios" -- vale decir antipersonalistas --, calificados por sus rivales de "cismáticos" y "lomos negros", se ven condenados al ostracismo.

    • Expatriación voluntaria de Aguirre. Su carta a Manuel Vicente Maza

      El 19-I-1835 llega Manuel Hermenegildo a Mercedes, en el departamento de Soriano de la República Oriental del Uruguay, "después de haber ocurrido con bastante peligro un terrible temporal" en el rio. A partir de entonces finaliza su actuación política. No tuvo, sin duda, mi tatarabuelo, mucha amistad ni menos ciega benevolencia para con su pariente (primo 3º) Juan Manuel de Rosas -- siete años menor que él -- de temperamento y modos de acción tan diferentes a los suyos. Mas a pesar de ello, a pesar de su definitivo fracaso partidario, correlativo al apogeo del otro como caudillo, Aguirre nunca dejó de considerarse federal. En consecuencia, rechazó indignado los calificativos de "cismático" y de "traidor" con que pretendieron infamarlo los corifeos de la situación triunfante.
      He aquí una carta de don Manuel Hermenegildo, escrita en mayo de 1835, y dirigida desde la localidad uruguaya de "Higueritas" a Manuel Vicente Maza, Presidente de la Junta de Representantes, que acababa de ejercer el gobierno de la Provincia con carácter interino, para entregarlo a Rosas que lo asumía con la suma del poder público. Esa carta a Maza (cuyo original obraba entre los papeles de mi tío Hortensio Aguirre) puede considerarse como el testamento político del remitente; por eso, a continuación, la transcribo del principio al fin. Dice así:
      "Mi respetable compatriota y amigo:"
      "Hallándose de vuelta a mis pagos mi familia, la que como Ud. sabe se transportó a este destino a mediados de Enero pasado con el solo intento de que restableciese su salud mi Esposa, entonces con síntomas de una indisposición crónica y de graves consecuencias, según la opinión de los facultativos de ésa; he sabido tanto por relaciones verbales cuanto por los periódicos de esa Capital, todas las variaciones políticas que han tenido lugar en mi Patria, desde aquel período; muy especialmente después de las funestas ocurrencias de Salta y del aleve asesinato del Benemérito Gral. Quiroga y sus compañeros, de cuyas resultas apercibida la Sala y el Pueblo por el Gobierno, a cuya cabeza se encontraba (Maza), habían creído que en tan críticas circunstancias el único arbitrio para salvar el país de la completa ruina era el de conferir, como confirieron, a mi Benemérito compatriota D. Juan Manuel de Rozas, el pesado cargo de Gobernador de esta Provincia, con toda la suma del poder público de que estaba en posesión la Sala de Buenos Aires".
      "Hasta aquí, yo me hallaba muy conforme con lo que el Gobierno, la Sala y el Pueblo habían acordado a ese respecto, que si en tiempo tranquilo las leyes y las formas Constitucionales debían ser el fanal por donde se guiasen esos Gobiernos, no lo es menos que en tiempos turbulentos y en que se consideraba comprometida la seguridad pública, mi voto fué siempre por un poder fuerte y único que salvase el País de igual conflicto".
      "Pero lo que me ha sorprendido después de la aceptación del mando por el Sr. Rozas, en varios de sus decretos destituyendo de sus empleos a diversos conciudadanos nuestros, es el motivo porque los destituye; es a saber: a unos clasifica de unitarios y a otros de traidores a la causa de la Federación".
      "En cuanto a los primeros, nada más justo y razonable. y lo que es de sentirse que desde el año 29 no se hubiese ejecutado eso, según se practica en otros paises civilizados como N. América e Inglaterra, con la diferencia en este último, de que los empleados renuncian de si mismos sus destinos, porque tienen a menos servir bajo un Partido a que no pertenecen. Mi opinión a este respecto, desde el año 29, la saben muy bien el Sr. Rozas, Anchorena Don Tomás y Arana, y que a no haber sido la resistencia de Don J. J. Anchorena, entonces miembro de la Administración del Crédito público, yo la habría realizado el primero en aquel Establecimiento. Por lo que respecta a los segundos, es decir por traidores a la causa de la Federación, yo creo que esa calificación corresponde a los que sirvieron en tiempo de la Administración del Sr. Balcarce, y es aquí que entra la duda que me ha sorprendido e inquietado hasta ahora, y la que yo espero con confianza de su amistad me hará el bien de resolverla".
      "Tres son las combinaciones de la Administración del Gobierno del Sr. Balcarce: La 1a se componía del Sr. V. García Zúñiga, del Sr. Roxas o Lagos y el Sr. Martínez. La 2a el Dr. Tagle, Ugarteche, Martínez y yo. Y la 3a el Sr. Ugarteche y Martínez solamente. De la 1a y 3a nada puedo decir a Ud. que no lo sepa".
      "De la 2a puedo decirle los principios que nos propusimos el Ministerio de Gobierno y yo, como prevaleciendo en aquella composición de Administración, y en los que estuvo de conformidad el Sr. Balcarce a lo menos mientras hablaba delante de nosotros; ellos eran en aquellas circunstancias: 1º Evitar el desorden y división del Partido Federal. 2º En caso de no poder conseguirlo, detener la revolución que amenazaba a aquella Administración, haciendo descender al Sr. Balcarce y sus ministros, antes que despedazarse ambas fracciones del mismo Partido, y cuya división siempre la califiqué de suicidio político. Se dirá, tal vez, que esto era un error, o si se quiere una presunción de mi propia opinión o prestigio: la experiencia lo acreditó yá; pero que tales principios nos traigan la infame nota de traidores a la causa de la Federación, es lo que yo no puedo concebir y me confunde. ¿Qué diferencia hay entonces entre los que se unieron con los unitarios para hacer la guerra a Federales de su Partido, desacreditando las reputaciones más bien cimentadas y las más precisas y necesarias para la conservación del Partido? Que estos sufran la pena de su temeridad después de haber probado con las armas y con todos los medios en su poder su debilidad, falta de medios y opinión, creo está en el orden ordinario y común de las guerras civiles, pero que los que se ponen de por medio de dos amigos en actitud de hacerse pedazos, para impedir que se asesinen, porque es preciso confesar, hasta cierto período, a don J. R. Balcarce y otros miembros del Partido Federal, sean clasificados con la denigrante nota de traidores, y esto en circunstancias que fué como imposible descubrir la opinión del Jefe del Partido a la distancia en que se hallaba, es lo que yo no puedo sobrellevar ni soportar, y en este caso, preferiría la resolución de abandonar el país, que vivir en él con tal infamia".
      "Si el Sr. Rozas, pués, se halla dispuesto a marcarme así con tanta ignominia, permítaseme desterrarme voluntariamente de mi Patria sin poder jamás considerarlo mi enemigo político, porque un ciudadano que desde el principio de la revolución ha sostenido la causa por la que se le infama, no debe desertar de ella por el error o injusticia de un Funcionario de su propio partido".
      "Sufriré el tiempo de su mando, y el tiempo también que dure el feroz y asesino partido Unitario, si por desgracia nuestra y de la Patria llega a entronizarse sobre las ruinas de los Federales. Si por el contrario el Sr. Rozas me considera aunque no amigo de su confianza, porque hasta ahora no ha querido exijirme prueba de ello, pero como ciudadano comprometido hace mucho tiempo por el sistema Federal y que debe correr su suerte desgraciada cuando ello sucediere, y que Dios no permita, entonces conocerá mi disposición voluntaria, dando ejemplo cuantas veces se me presente ocasión de obediencia al primer Magistrado de nuestra Patria, elevado a ese destino con tanto acierto y justicia por el voto del Pueblo y de los Representantes".
      "Se dijo en tiempo que me hallaba en el Ministerio de Hacienda, que me habia vendido a la Administración de entonces, con alusión a que el Sr. Balcarce había mandado pagar la deuda del Gobierno resultante de la comisión a Norte América. Esta calumnia deshonrosa se halla desvanecida en el expediente de la materia. Allí se vé que el Sr. Dorrego 1º, después el Sr. Rozas y con especialidad el Sr. Don Tomás Anchorena, fueron los que pusieron este negocio en estado de que se pagase por el Gobierno, y por lo tanto es natural que se me considere fuertemente reconocido a estos Señores. No hay duda que como particular yo le debo al Sr. Balcarce el servicio de haber mandado satisfacer aquel crédito por la Aduana, en letras de la misma a 3 y 6 meses de plazo y sin interés alguno, pero me conoció mal aquel calumniante (Gregorio Gómez Orcajo, que lo acompañara a Aguirre como Secretario a Estados Unidos) cuando creyó, como lo vió al contrario poco después, que sacrificaba mi opinión y Partido a mi interés personal; y desafío a que se me marque un solo hecho en que se me haya visto en contradicción a este respecto, o que no pueda explicarlo satisfactoriamente. Confieso y confesaré siempre que he errado algunas veces, y que mis opiniones no han sido las más acertadas, pero no puedo persuadirme que esto deba atraerme una nota infame, cuando más, me servirá en adelante para no guiarme solo por mi propio consejo".
      "Finalmente, mi amigo, le pido encarecidamente me aclare la duda sobre si puedo o no entrar en mi país en calidad de amigo o enemigo del Sr. Rozas y demás Federales; su falta de contestación será lo bastante para que yo me persuada de esto último; y en el caso de que Ud. tenga la bondad de contestarla, mi esposa queda encargada por mi de recogerla y remitirmela a este destino".
      "Hágame el gusto de dar mis sinceras expresiones a su señora y demás señoritas, quedando de Ud. como siempre su invariable amigo y affmo. SS.: Manuel H. de Aguirre".

      Ultimos años. Testamento, muerte y funerales de Aguirre

      Relegado a la vida doméstica, mi tatarabuelo le arrendó un campo en "el Arroyo de Azul" a Prudencio Rosas, por 130 pesos mensuales. Allí, hacia el mes de mayo de 1843, vendió sus vacas, ovejas y caballos "y todo lo que haya de mi marca", al "Sr. Mackinlay". Siete meses después, en su casa de la calle Chacabuco, el viernes 22-XII-1843, fallecía don Manuel Hermenegildo a los 57 años cumplidos, y sus restos se inhumaron en el cementerio de la Recoleta. Catorce días antes, el hombre enfermo y a punto de morir, otorgó sus disposiciones de última voluntad ante el Escribano Marcos Leonardo Agrelo.
      Tras el encabezamiento de fé católica, habitual en dichas solemnes escrituras precedido, en esa época, por la leyenda política "Viva la Confederación Argentina; Mueran los salvajes unitarios", el causante declaróse "hijo legítimo de Don Agustín Casimiro de Aguirre y Doña Josefa Lajarrota, hoy finados". Dijo haber sido casado en primeras nupcias con "Doña Victoria Ituarte, que falleció intestada dejándome cinco hijos, todos menores de edad". "Por muerte de esta Señora no practiqué inventario ni división de bienes por no haber gananciales; y por muerte de mi suegra, madre de ella, la Señora Doña Magdalena Pueyrredón, recibí 4.400 pesos moneda corriente ... Reconozco también 1.000 pesos plata que la mencionada Señora Doña Magdalena, viviendo, entregó a su hija y mi esposa, por razón de herencia paterna ... Pasé a segundas nupcias con la Señora Mercedes Ibáñez, de cuyo matrimonio tengo cinco hijos menores de edad ... He recibido 3.000 pesos moneda corriente que le han correspondido a mi citada esposa actual por herencia paterna ...; al contraer matrimonio yo tenia 15.000 pesos plata de mi herencia paterna, y a la muerte de mi Señora Madre recibí 107.657 pesos 4 reales moneda corriente; y posteriormente, después de casado con mi segunda esposa, se me abonaron por el Superior Gobierno 283.520 pesos moneda corriente, por cuenta de lo que se me debía por mi viaje y comisión acerca del gobierno de los Estados Unidos. Del mismo modo declaro que el gobierno del Estado de Chile me adeuda 100.000 pesos plata, que prometió pagar por dicha comisión, y aunque considero este crédito de difícil cobro, encargo muy particularmente a mis Albaceas y a mis hijos practiquen todas las diligencias que deben hacer y crean necesarias para hacerlo efectivo. Mis demás bienes aparecerán del Inventario que encargo a mis Albaceas formalicen, con sujeción a mis libros, documentos y papeles ... Lego el remanente del quinto de mis bienes a mi Esposa Doña Mercedes Ibáñez. Es mi voluntad que separando de mis bienes el tercio, se haga de él dos mitades de las que una se adjudique a mis dos hijas mujeres, Doña Mercedes y Doña Josefa Catalina, y la otra mitad vuelva a la masa común para ser dividida entre todos mis herederos ... Ordeno y mando a mis Albaceas, que separen de mis bienes 2.000 pesos plata, con lo que llenaran, a mi nombre, cumpliendo con las disposiciones de mi Señora Madre, todos los objetos de beneficencia que les he comunicado ... Nombro por mis Albaceas, en primer lugar a mi Esposa Doña Mercedes Ibáñez, mancomunada con mis hijos don Manuel Alexandro y don Agustín Casimiro; en segundo a mi Madre Política, mancomunada con mis otros hijos Don Emiliano Camilo y Don Hortensio Aurelio, la Señora Rosa Marín; y en tercero al Señor Don Manuel José García y su Esposa mi legítima hermana Doña Manuela de Aguirre ... Nombro por mis únicos y universales herederos a mis hijos legítimos...", de ambos matrimonios, cuyos nombres consignó prolijamente el testador; que así lo otorgó y firmó por ante el Escribano Agrelo y los testigos Pablo Gómez, Pablo Gómez hijo y Mauricio Cruz, en esta ciudad de Buenos Aires a 8 días del mes de Diciembre de 1843, "año 34 de la Libertad, 28 de la Independencia y 14 de la Confederación Argentina".
      Veinte días después, La Gaceta Mercantil publicó la siguiente comunicación: "La viuda e hijos de don Manuel H. de Aguirre (q.e.p.d.) suplican a los señores que por algún accidente no hayan recibido esquelas, se sirvan acompañarlos en los funerales de dicho finado, que han de celebrarse en el templo de Nrt. P. San Francisco, el sábado 30 del corriente a las 9 y media de la mañana, favor que les serán muy reconocidos".
      La testamentaria del causante tramitóse en el Juzgado de Primera Instancia Civil del Dr. Manuel Mansilla. Los bienes inventariados en autos fueron: La casa de la calle Chacabuco Nº 59; otra casa en la calle Arenales, sin Nº, esquina al "Hueco de Cabecitas" (ahora Plaza Vicente López); la casa quinta en el mismo "Hueco", que el finado compró a su suegra Rosa Marín de Ibáñez, el 17-XII-1833, con los edificios contenidos en ella, compuesta de una manzana de terreno, limitada por las calles Santa Fé, al Sud, Arenales al Norte, Uruguay al Este y Paraná al Oeste; asimismo parte de la quinta; heredada de su madre Josefa Lajarrota, en las calles Cangallo y Cuyo; y los muebles, alhajas, libros, loza, batería de cocina, acciones y dinero, que consignan las hijuelas respectivas.

  • Fuentes 
    1. [S112] Los Antepasados, A lo largo y más allá de la Historia Argentina, Ibarguren Aguirre, Carlos Federico, (Trabajo inédito), Tomo II, Los Aguirre (Confiabilidad: 3).

    2. [S451] Medrano Balcarce, Juan Manuel, Medrano Balcarce, Juan Manuel, (jmedrano76(AT)hotmail.com).

    3. [S451] Medrano Balcarce, Juan Manuel, Medrano Balcarce, Juan Manuel, (jmedrano76(AT)hotmail.com), https://familysearch.org/pal:/MM9.3.1/TH-1-12145-59753-87?cc=1974184.

    4. [S112] Los Antepasados, A lo largo y más allá de la Historia Argentina, Ibarguren Aguirre, Carlos Federico, (Trabajo inédito).