Juan José Cristóbal Anchorena López de Anaya[1]

Varón 1780 - 1831  (51 años)


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  • Nombre Juan José Cristóbal Anchorena López de Anaya  [1
    Nacimiento 26 Jun 1780  Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.  [1
    Bautismo 30 Jun 1780  Basílica Nuestra Señora de la Merced, Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.  [2
    • Lº Fº 50vta. Bautizado por "gran necesidad" por la partera Petrona Miranda. Luego por el padre Josè Antonio Acosta. Sus padrinos fueron, don Cristóbal de Aguirre y doña Juana Josefa Ruiz y Gámiz. [1]
    Sexo Varón 
    Fallecimiento 20 Dic 1831  Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar. 
    Enterrado/a 20 Dic 1831  Cementerio de la Recoleta, Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar. 
    ID Persona I80028  Los Antepasados
    Última Modificación 5 Ago 2016 

    Padre Juan Esteban Anchorena Zandueta,   n. 15 Feb 1734, Pamplona, Navarra, España Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.,   f. 6 Mar 1808, Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.  (Edad 74 años) 
    Madre Romana Josefa López de Anaya Ruiz,   n. 1754, Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.,   f. 30 Oct 1822, Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.  (Edad 68 años) 
    Casado 4 Sep 1773  Basílica Nuestra Señora de la Merced, Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar. 
    ID Familia F3990  Hoja del Grupo  |  Family Chart

    Familia 1 María Bonifacia de Lezica Vera,   n. 15 May 1792, Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.,   f. 2 Sep 1818, Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.  (Edad 26 años) 
    Casado 5 Jul 1813  Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar. 
    • Matrimonio sin sucesión.
    Última Modificación 28 Nov 2014 
    ID Familia F3925  Hoja del Grupo  |  Family Chart

    Familia 2 Andrea Mercedes Carmen Ibáñez Marín,   n. 29 Nov 1803, Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.,   f. 11 Jul 1862, Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.  (Edad 58 años) 
    Casado 4 Nov 1820  Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar. 
    Hijos 
     1. Juan José Sebastián Martiniano del Corazón de Jesús de Anchorena Ibáñez,   n. 16 Oct 1821, Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.,   f. 29 Sep 1832, Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.  (Edad 10 años)
    +2. Pedro Tomás Estanislao de Anchorena Ibáñez,   n. 17 Dic 1822, Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.,   f. 28 Jul 1908, Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.  (Edad 85 años)
    +3. María de las Mercedes Anchorena Ibáñez,   n. 23 Ene 1826, Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.,   f. 16 Oct 1866, Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.  (Edad 40 años)
    +4. Rosa Anchorena Ibánez,   n. 23 Ene 1827, Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.,   f. 5 May 1893, Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.  (Edad 66 años)
    Última Modificación 13 Mar 2010 
    ID Familia F3143  Hoja del Grupo  |  Family Chart

  • Mapa del Evento
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    Enlace a Google MapsBautismo - 30 Jun 1780 - Basílica Nuestra Señora de la Merced, Buenos Aires, Argentina Enlace a Google Earth
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  • Lápidas
    Anchorena López de Anaya, Juan José Cristóbal
    Anchorena López de Anaya, Juan José Cristóbal

  • Notas 
    • JUAN JOSE CRISTOBAL DE ANCHORENA Y LOPEZ ANAYA surgió a la vida el 26-VI-1780, en la casa paterna que sabemos, situada frente a la Iglesia de La Merced. Cuatro días más tarde, recibió las aguas bautismales apadrinado por el tío político Cristóbal de Aguirre (debido a lo cual llevó su tercer nombre) y por su abuela materna Juana Josefa Ruiz y Gamiz. (Archivo parroquial de La Merced, libro de Bautismos nº 16). Corridos un par de lustros, el niño - como la mayoría de los niños del vecindario principal - terminó sus estudios elementales en la Escuela pública, para iniciar luego los secundarios en el Colegio de San Carlos; donde el año 1792 cursó Gramática hasta 1794; Filosofía durante los años 1795, 96 y 97; y Teología en 1798. Según certificado de la Secretaría de los Reales Estudios de Buenos Aires, el Joven Juan José aprobó Lógica el 7-XII-1795; el segundo bachillerato de Filosofía el 6-XII-1796, y un último examen de esta materia el 7-XII-1797. En tales pruebas anuales examinaron al muchacho los doctores - todos sacerdotes - Carlos José Montero, Matías Camacho, Melchor Fernández y Diego Estanislao Zavaleta.
      Como se dijo anteriormente, en 1798 el padre envió a Juan José al Alto Perú, a fin de que atendiera allá los negocios comerciales de su casa, tomando contacto directo con los representantes y clientes de la firma familiar, para lo cual el mozo estableció su centro de operaciones en la villa de Potosí.
      La nutrida. periódica e inédita correspondencia del viejo Anchorena con su hijo distante, ha sido extractada más atrás en el presente trabajo, pero las cartas que el hijo envió a su progenitor desde las provincias arribeñas a partir de 1798 hasta 1802, año en que aquel regresó a Buenos Aires, no se encuentran entre los papeles que conservamos sus descendientes Ibarguren. Casi todo ese epistolario trataba de asuntos mercantiles, y mi padre lo donó, con otros testimonios equivalentes, al Archivo General de la Nación. Alguna carta de aquellas, sin embargo, quedó entre los documentos de nuestro repositorio particular: como ésta, de fecha 26-XI-1801, en la que Juan José da cuenta a "Mi muy estimado Padre", de la muerte de uno de sus corresponsales, Juan Vicente Zavala, "que nos hace bastante falta para el cuidado de la casa, pues por su avanzada edad no salía de ella jamás; murió cuando menos lo creía, amaneciendo duro como un pedernal..." Después, el jóven Anchorena pasa a referirse a la situación económica de Manuel Salvador Fernández, mercader de Salta; "Fernández esta fundidísimo - advierte en cuatro líneas -, y tiene una mujer que es capaz de gastar en un año todo el oro que hasta ahora se ha sacado del Tipuano (aurífero rio del Alto Perú). Este hombre no tiene ni quien le asegure ni quien le haga favor, y todo es pobreza".

      Viaje a España

      Al cabo de un año de haber llegado Juan José Cristóbal de las provincias del norte a Buenos Aires, emprendió viaje a España para ampliar los negocios de su casa, ajustar cuentas y cobranzas, cerrar contratos con acreditadas firmas comerciales metropolitanas, y establecer nuevos agentes quienes, allá, debían comprar mercaderías destinadas a revenderse en estas regiones ultramarinas del centro y el sur, y, a su vez, recibir y colocar ventajosamente los productos americanos en la madre patria.
      Así, pués, mi tatarabuelo Anchorena partió a mediados de octubre de 1803 de la rada bonaerense en una balandra que lo transportó a la vecina orilla, arribando a Montevideo el 21 de aquel mes, para embarcarse el 7 de noviembre en la fragata "Espik" - a cargo del maestre Miguel Pascual -, cuya nave desplegó velas tres días más tarde, y después de surcar los procelosos dominios de Neptuno, fondeó en Cádiz el 15-II-1804. El derrotero, desde Buenos Aires, había durado más de 110 días.
      Juan José pisó tierra gaditana el 17 de febrero "a las cinco de la tarde" (según las puntuales manecillas de su "relox Eardley Norton de London", consultado a cada momento); descargó el equipaje a la mañana siguiente "a las diez"; y a las oraciones del mismo día fué a alojarse en casa de Antonio Arribillaga, representante y socio de su padre, donde estuvo viviendo hasta el tres de marzo, fecha en que salió a rodar para Madrid en calesa, "a las ocho de la mañana".
      En tal itinerario por polvorientos caminos, el joven indiano hizo escalas para almorzar, comer o dormir, en estas villas y localidades que él apuntó en su libreta viajera: Puerto de Santa María, Jerez de la Frontera, Cuervo, Utrera, Alcalá de Guadaira, Carmona, La Luisiana, Ecija, La Carlota, Córdoba, El Carpio, Aldea del Río, Andujar, Bailén, La Carolina; y atravesada la Sierra Morena descansó en la venta de Cárdenas, para proseguir a Santa Cruz, Valdepeñas, Manzanares, Villalta, Madrilejos, Tembleque, Ocaña, Aranjuez, Valdemoro y hacer su entrada en la Real Villa del Oso y el Madroño el 19 de marzo - tras 16 jornadas de intenso traqueteo - alojándose en una fonda llamada "La Fontana de Oro", en la "Plazuela de Santo Domingo".
      Estuvo el recién venido un par de meses en la "alegre y confiada " capital del Reino. Ahí - sus cartas lo dicen - no dejó de asistir reloj en mano, "a la comedia", como también "a los toros" y "a la casa de las fieras". El 18 de junio, "a las cinco de la mañana", mi tatarabuelo partió hacia Valencia, a donde llegó el 24, "a las seis de la tarde", hospedándose en casa de Mariano Espinosa, uno de los factores comerciales de su padre. El 12 de octubre en horas matinales, Anchorena abandonó Valencia rumbo a Barcelona, en la doble compañía de "don Pedro Sierra y de Bosch". (Francisco Bosch Alvareda, hermano de Gerardo, quien era marido en Buenos Aires de Juana Josefa Aguirre López Anaya, prima hermana de nuestro viajero). A la Ciudad Condal arribó el 17 de octubre "a las cinco de la tarde", e hizo alto en una posada de nombre - como la madrileña - " La Fontana de Oro", en la calle "de los Escudilleros" (Escudellers). En ese albergue permaneció desde su llegada hasta el 4-I-1805, en que, "a las ocho de la mañana" se transladó a la calle "Del Perrito", hasta el día 24, en que mudose "a lo de Camiot"; hostal ubicado en la esquina "a la calle de la Trinidad". Y en Barcelona, el escrupuloso muchacho se abocó a la tarea de regentear los lucrativos intereses paternos, cuya actividad fué interrumpida por la invasión de los franceses, en febrero de 1806. Todo lo cual surge de sus cartas y prolijísimos apuntes.

      Repercusión en Europa de los triunfos de Buenos Aires sobre los ingleses. Juan José se militariza en Cataluña

      "Mi muy estimado Padre" (escribía desde Barcelona, el 21-II-1807, mi tatarabuelo, con referencia a la primera invasión de Beresford y Popham a Buenos Aires": "No puedo significar a Vmd. cuanta ha sido mi aflicción de espíritu que he tenido desde el 2 de Octubre, al saber la toma de esa plaza por los ingleses: la capitulación; los refuerzos que se mandaron; el plan de combate que se arregló, y, después, la reconquista, siendo la acción general en esa calle de La Merced. En toda hora estaba mi imaginación ocupada en considerar a Vmds. en el estado de mayor aflicción, con el sentimiento de no poderlos acompañar, ni aliviar en tantos trabajos como han padecido. La imposibilidad de tener noticias algunas por haberse perdido toda la correspondencia, a pesar de inquirirlas por todos medios, me ha sido una grandísima pena hasta ayer, que recibí, en contestación, una de don Manuel Ruiz de Gaona en que me expresa que ni Vmd. ni su familia, como ni tampoco Aguirre, Elorriaga y Pombo, habían tenido novedad mayor en la salud; y sigue que le consta ningún menoscabo han experimentado en sus interese y reputación, antes sí grande honor por estas noticias, que me han sido de extraordinaria complacencia. Considero la falta que les habrá hecho Tomás, y creo lo tengan ya a su lado, al mismo tiempo que habrán pensado en poner sus personas en el sitio más libre de todo insulto. Espero con mucha ansia la hora en que reciba carta de Vmd. para saber el estado de su salud, y si les falta alguna cosa para disponer el remedio". Después de hablar de libranzas, recibos y negocios, añade, incorregible, el mercader: "en caso de sacar intereses de Buenos Aires, que sea a la Plata o Tucumán, por que los parajes inmediatos a la mar, como Chile, Lima, etc., corren mucho riesgo, por que los Ingleses tienen ahora ociosos sus navíos y sus soldados, y todo lo emplean en expediciones de 4 a 6 mil hombres".
      En otra carta barcelonesa del mes de marzo de ese año, dirigida a su hermano Tomás Manuel, mi tatarabuelo relata que ha sido movilizado para la guerra, y en los comentarios acerca de su improvisada iniciación marcial, mezcla, alegremente - pañero experto como era -, los casimires de los uniformes con los quehaceres y disciplinas del recluta. "Se acercó la tormenta - dice - y mucho ha habido que sufrir. Por lo que a mí toca, me han obsequiado con un fusil que tengo que limpiar una o dos veces al día, por que, sobre ser el aire salaroso, se les ha antojado que se le quite el empavonado. Hasta ahora todo eran comodidades, pero llega el momento en que llueve y es preciso hacer las horas de centinela; es preciso presentarse a las horas que ordenan; es preciso presentar ejercicios y evoluciones, aunque se quejen los pies, los huesos, las manos; aunque la ropa se seque en el cuerpo, etc. etc.. En cuarteles y cuerpos de guardia, al instante debe uno estar más limpio que tienda de buen mercader; pero a todo se hace uno. Yo creía que jamás saldría de la levita azul, y ahora me hallo con una casaca de cien colores en que hay paño a dos costados, casimir idem, troplo, sarga de seda, chamelón, etc., con visos y forros. La espada que me parecía enemiga de toda filosofía, ahora me exige algunos ratos para que la limpie y la haga aparecer bien. Correajes relumbrantes, negros y que no manchen la casimira blanca, la color de ante, el troplo verde, el color grana y el café. El pantalón de casimira blanca un día, otro de percala, otro de mahón y otro de paño café; valiéndose solamente en el invierno de cotín negro bajo, y alto en los días de gala, y poncho de paño café con cuello color de ante, cuando llueve, demuestran que ya muchas gaditanas se quejan del trabajo que les dan los vestidos de sus maridos. todos huyen de España y nos quedamos solos unos pocos, para que el malhumor nos acabe y consuma. La fortuna es que a pesar que los solteros tienen que ser soldados, muy raro es se arrepientan de serlo, por que en estas ocurrencias se ha conocido cuanto vale la libertad de un soltero...".
      A su madre Juan José le pone el 8 de agosto al enterarse de la expedición de Whitelocke al Rio de la Plata: "Señora ... Duró poco el contento de la Reconquista, y a los dos días se supo de los que habían ido a Maldonado, y, sucesivamente, la desgracia de Montevideo. Dios nos quiere purificar en esta vida por los trabajos y desgracias; espero nos asista por la resignación...".
      Cinco meses después (9 de enero) el primogénito se dirige alborozado a su padre con estas noticias: "... En grande sentimiento consideraba la fatalidad que causaría en esa un ejército tan numeroso como el que reunían los ingleses para el ataque, cuyo resultado supe en 30 de Setiembre había sido tan favorable a todo español y de tanta gloria a los habitantes de esa capital. La Gaceta extraordinaria de Madrid de dicho día, copió el oficio del general Witelok a su gobierno, el que por su mejor estilo refiere del modo brillante la defensa de esa capital, acción que ha sido la admiración de toda Europa, y que ha merecido que el hermano de la Emperatriz de Francia (el Marqués Francisco de Beauharnais, cuñado de Josefina y embajador de Madrid), el 14 de Octubre en El Escorial, participáse a S.M. lo mucho que ha celebrado su Soberano (Napoleón) los buenos sucesos de Buenos Aires y la gloria que han adquirido los españoles en América. El 17 de Noviembre llegó a Cádiz en el bergantín portugués "La Felicidad", procedente en 10 dias de la Madera, don León Altolaguirre, en compañía de un hijo de Sarratea () y otro de Perichón (), los que conducían pliegos y oficios de ese general Liniers, cuya copia publicó la Gaceta extraordinaria de Madrid del 26 del mismo mes...".

      Napoleón invade España

      Hay en nuestro archivo familiar, entre los papeles de Anchorena, una carta muy informativa, de tono diría casi periodístico, enviada desde Barcelona por un señor "Joseph de Anaya", "afectísimo hermano" - según él expresa - de "Josefa de Anaya" vecina de Buenos Aires, a quien va dirigida tal misiva.
      Esta señora, indudablemente, no puede ser sino Romana Josefa López Anaya de Anchorena, aunque en ninguna forma haya podido yo ubicar al susodicho "hermano" Joseph, que vivía en España. En el testamento de Juana Josefa Ruiz y Gamiz - madre de Romana -, otorgado el 29-VI-1782, ante el escribano porteño Pedro Núñez, la causante sólo declaró por sus hijos a estos tres: Lucas Francisco Javier López Anaya y Ruiz, fraile mercedario; María Manuela López Anaya y Ruiz, desposada con Cristóbal de Aguirre y Hordeñana; y Romana Josefa, mujer de Juan Esteban de Anchorena. Sea de ello lo que fuere, lo cierto es que nuestro desconocido "Joseph de Anaya" proporcionó entonces a su parienta americana, una vívida crónica de la ocupación barcelonesa por las tropas napoleónicas. Hela aquí en su parte sustancial:
      "Sra. doña Josefa de Anaya", Barcelona 5-III-1808. "Mui señora Mía: En enero escribí dos y en febrero otras dos, y esta (última) misiva decía que el 13 de febrero entraron en ésta tropas de la Francia, las más de napolitanos, italianos y suizos; y en 10 mil hombres sólo 500 franceses. Dificultades al entrar, por que no había orden para recibirlos, pero la prudencia de Espeleta (José de Ezpeleta y Veire de Galdeano, Capitán General de Cataluña, a la sazón) lo venció todo: entraron, se alojaron y todo aprobó la Corte. Entretanto algunas puñaladas, y el Domingo 21 hasta pistolas. Por fin volvió la tranquilidad. El lunes de carnaval, 22 de febrero a la 1 1/ 4 del día, a tiempo que iban a hacer la revista, se entraron en la ciudadela e intiman que toman posesión en nombre de S.M.I. y R. Al mismo tiempo marchaban muchos y (traspasaban) las murallas; otros entraban por la puerta del mar; otros por la puerta nueva; otros corrían por los paseos en patrullas y piquetes. Los guardias dobles, que ellos tenían, no permitían salir a nadie. Todo era tambor y clarín. Momento terrible. Al mismo tiempo después de tomada dicha ciudadela, mandaron tropas al Castillo de Montjuit; su Gobernador no quiso entregarlo. En estas 10 horas el pueblo estaba en conmoción, pero todo era susto. Conociendo la prudencia de nuestros jefes, en ese instante fijaron edictos para la tranquilidad. Patrulla por todos puntos la caballería francesa. En un día quedaron dueños de todas las baterías y fortalezas... En Pamplona entraron el 9 de febrero... El 26 ha llegado a Bayona el duque de Berg (Murat) ... Estamos en la mayor aflicción de aflicciones, sin saber qué sera de nosotros ... Portugal en todo a disposición de Francia ... En Castilla hay 9 mil hombres franceses repartidos entre Logroño, Valladolid, Burgos, etc.; y con arrimos de Madrid a 3 y 6 leguas. Pienso hacer que mi hijo mayor, que nació el 26 de junio de 1780, esté listo para marchar de ésta para otro punto, por que los franceses, en donde entran, levantan tropas para retirar aquellas fuerzas, y con ellas hacer nuevas conquistas... Procuren conservarse Vmd. buena y rogar a Dios me asista con su misericordia en tantas congojas que se padecen, y mande Vmd. a su afectísimo hermano: Joseph de Anaya".

      Tribulaciones de Juan José

      Por su parte Juan José Cristóbal de Anchorena, en su correspondencia, relata a sus padres cómo fué ocupada Barcelona por las fuerzas de Napoleón, entre ellas un contingente napolitano, "que es la peor canalla", sin que se pudiera impedir el que "saqueen, maten, deshonren, desfloren, asesinen y roben sin excepción los vasos sagrados, quemen templos y casas, pisen formas consagradas, rompan y destruyan imágenes". "No era prudente permanecer más tiempo en Barcelona con tanto riesgo de mi vida, expuesta a cada instante en las calles, expuesta a una falsa delación de los espías, y no pudiendo sufrir por más tiempo la opresión con que aflijen aquella ciudad, no permitiendo con un calor de 25 y 26 grados se abran los balcones y ventanas; registrando conventos y parroquias y casa particulares y cobrando contribuciones". Por eso Juan José huyó el 24 de julio a Sitges, en un bote, pués era imposible viajar por tierra, ya que "los paisanos armados mataban y asaltaban a los que presumían no ser de los suyos". Además era riesgoso "el tener que estar a 8 leguas de Barcelona, errante, sin determinarme a pasar a adelante, por que cada provincia y cada partido tiene su Junta Suprema, que dicta disposiciones como le agrada, por lo que es absolutamente imposible viajar por tierra".
      En trance tal, el fugitivo encontró en Sitges un barco de pescadores, "en el que me embarqué para Cádiz, después de tener que pasar el día y la noche sobre cubierta, mal sentado, mojado de los golpes de mar y remojado de tres días de lluvia, siendo ésta menos incómoda, a pesar de falta de ropa aparente,que la fortaleza del sol que me ha hecho mudar de pieles causando bastante ardentía e incomodidad". Así, la lancha pesquera arribó a cierta ensenada donde a punto estuvo de caer cautiva de una escuadrilla de veleros moros, que apresaban las embarcaciones españolas carentes de "contraseña" para navegar. Seguidamente, a duras penas, el forzado argonauta alcanzó los puertos de Motril y Málaga. Aquí, después de esperar cinco días "por tiempos contrarios, me embarqué con otro pescador que tenía contraseña y venía cargado de almejas"; pero el día 16 de agosto a las tres de la mañana, el barquito varó hasta las cinco, y "haciendo esfuerzos tres hombres y un muchacho safamos de un banco a que la obscuridad nos había conducido".
      "Esto escribo a Vmd. - decíale Juan José a su madre en carta del 26-IX-1808, fechada en Cádiz - "por que no diga que no le escribo ocurrencia alguna. De lo que he visto y sucedido en la Cataluña, conviene que no tenga Vmd. noticia, pués algunos sucesos que medio he referido a hombres que tienen motivo para ser algo insensibles, les han hecho saltar las lagrimas, por que las historias de los Moros no cuentan cosa igual... Si Bosch (Gerardo) no tuviera noticias de su hermano - seguía Juan José - , puede Vmd. decirle que por un sujeto que le conoce he sabido existía hasta el 20 de Agosto; que cuando la tragedia de Mataró huyó a la montaña en compañía de don José Vilardebó (éste nativo de Montevideo). (A Mataró llegaron los invasores y, ante la resistencia de los mataroneses, saquearon la villa, degollando a muchos vecinos y violando a sus mujeres).
      En medio de tantos horrores - continúa el relato de mi antepasado - "hasta el presente no tengo nada perdido, aunque casi todo sin poder hacer uso, que pocos contaron igual suerte. Pero anoche me ha quitado el sueño la precisión en que me hallo de ser soldado, por ser soltero y no poder salir de España. Ningún Rey ha tenido soldados más ricos, pues los hay de más de 300 y 400 mil pesos: don Francisco Lisaur, es soldado; Ugarte id.; Genesy id.; los hijos de Veramurguía id.; el de Arribillaga id.. Los casados sin hijos y todo soltero deben marchar, sin que haiga remedio, para lo que tocare, y ¡cuidado el Médico que se descuide con certificaciones!". Aconseja luego el corresponsal a sus hermanos "que no piensen salir de América; que se acuerden de mis cálculos y proyectos antiguos, aunque parecían rancios y melancólicos; y por fin escarmienten en cabeza ajena; que a los de Buenos Aires que no han muerto de peste o hipocondría, después de cuatro años de días negros, unos por falta de dinero y otros por demasiado, después de haber sufrido mil iniquidades, majaderías y hablillas, ahora les coronará la fiesta un fusil, una fatiga diaria y tener que gastar lo que no se gana. No puedo escribir más porque en todo tiempo hay que callar ... Desde Mayo en que se interceptó la correspondencia con Navarra, no tengo noticia alguna de los parientes, lo que me es bastante terrible, porque si no han padecido lo que en Cataluña, sé lo malo que son los huéspedes...".
      El 26 de setiembre Juan José, sin saber que su padre había muerto el 5 de marzo anterior en Buenos Aires, le comenta como salió de Barcelona para Sitges, y, de allí, embarcado para Cádiz; y cómo a pesar del caos y de tantos trastornos "tengo como especial favor de Dios no haber sufrido hasta ahora pérdida en los intereses, aunque mi salud ha decaído". Y refiere en la forma que resguardó dichos intereses: Partidas de "gros de seda" y "tercios de medias y gorros de algodón", depositados, indistintamente, en las casas de Arribillaga e Hijo y de la viuda de Mariano Granja, en Cádiz; como en Valencia en lo de Mariano Espinosa e Hijos. En Barcelona, nuestro mozo, dejó en poder de Bruno Llobet, "un cofre de suela negro con secreto", que "contiene unas docenas de medias de algodón, ropa de mi uso, y todos los papeles y cartas de correspondencia interesante: libros de caja, copiador de carta, etc., con más una carta reservada para el Padre Baltasar, del Oratorio de San Felipe Neri"; que Llobet debía entregar al religioso "en caso de mi fallecimiento, para que dicho Padre dirija copias de su contenido". También le dejó a Llobet "800 pesos fuertes en confianza, que quedaron sepultados con intervención de su socio y apoderado Sebastián Mareca". Enumera luego Anchorena unos documentos y efectos que dejó en manos de Juan de Alsina y Ambroa, y otros que custodiaban Olivero y Mantells. Y finalmente agrega el hijo errante, que al llegar a Cádiz, "me he alojado en una posada a pesar de las instancias de don Antonio Arribillaga, que se haya impedido de aire perlático, quien se empeñó fuera a vivir a su casa".
      El 19 de octubre, desde Cádiz, se lamenta Juan José con su madre del fallecimiento de su padre, y dice que por no abandonar "los intereses" quedó en España y se hizo soldado, revistando en la 4ª compañía del 1º batallón del Regimiento de Voluntarios Distinguidos, donde se alistaron también Juan Alsina y Ambroa y, después, "el hijo de Alzaga" (). Dicho regimiento no salía de la ciudad y estaba formado por comerciantes solteros y casados. Su Coronel era el Gobernador de Cádiz, "y mi Capitán el Conde de Rio Molinos, el hombre más amable de todos". La unidad se componía de 2.000 milicianos que guarnecían la plaza, y , salvo los días de guardia, pernoctaban en sus domicilios, conservando sus armas y el equipo, que "es fino y a costa propia".

      Un brulote patriótico contra Murat; y siguen las cartas de Juan José

      Junto con sus noticias personales y minuciosas apuntaciones sobre los negocios de la común empresa mercantil, mi tatarabuelo Anchorena solía remitir de España a su familia, papeles sueltos y documentos copiados de su propia mano, como el siguiente histórico y pintoresco desafío titulado Carta escrita por los Murcianos a Murat, que dice así: "Murat: La leal y valerosa nación española armada en masa, no tumultuariamente y si bien organizada, que tiene prontos 300.000 hombres combatientes listos y preparados a cebarse en tí y en tus ejércitos, te intima respetes las vidas de sus conciudadanos, así en la corte como en los demás puestos que con alevosía ocupas. Esta moderación es la que puede salvarte. Como leones defenderemos nuestro Soberano y hogares. Te has engañado en creernos bárbaros, sólo lo seremos en la venganza que pensamos tomar de tí, si cometes la alevosía de derramar sangre de los que sin causa se han dejado desarmar. Nuestras victorias de San Quintín y Pavia tenlas presentes: los mismos somos que eramos entonces; la posteridad hará honrosa conmemoración de nuestros esfuerzos. Recuperaremos nuestro antiguo esplendor. La nación española romperá las indignas cadenas que le tienes preparadas. Diez y seis millones de almas no se conquistan con proclamas: a la victoria corremos. Hespaña llá está libre" ()
      Siempre desde Cádiz (23-I-1809) Juan José le expone a su madre que la casa y los negocios de la familia deben continuar a pesar de la muerte del padre y bajo el rubro de "Sra. Viuda de Anchorena e Hijos". Y cinco días más tarde, toma de nuevo la pluma para contarle a doña Romana que "el 25 hemos estado de formación por las exequias al Presidente de la Junta Central, Florida Blanca, que murió el mes pasado en Sevilla. Hoy voy de guardia al Castillo de Santa Catalina - agrega -, en donde están (prisioneros) los comandantes franceses y genoveses".
      Al mes siguiente (12 de febrero) insiste el mayor de los Anchorena con su madre sobre un tema que le preocupa: "por mis anteriores habrá Vmd. conocido mi modo de pensar ... Mi opinión es que siga la casa unida y que los bienes se mantengan indivisos; me parece que a todos nos conviene, por que a la separación de bienes suele generalmente seguirse el que uno u otro de los hijos, ya por falta de inteligencia, ya por otros acasos, se arruina". Y a un pedido que le hiciera anteriormente misia Romana, contesta; "Ahora no se puede comprar ni el brocato, ni el galón, por que no lo hay a ningún precio, ni de donde venga, pero cuente Vmd. que, como Juan José viva, N.S. de Mercedes no se quedará sin el vestido". (El culto y devoción a la Virgen de la Merced - cual lo tengo dicho en el capítulo que dedico a los López Anaya - era tradicional y se mantenía y prolongaba, a través de las generaciones, en las familias de Gamiz, Ruiz, López Anaya, Anchorena y demás linajes entroncados con ellos).
      Leamos esta otra carta gaditana (20 de abril) de Juan José a "Mis hermanos Tomás y Nicolás": "Aquí - les dice - nos ha resultado la conveniencia de aumentarse la fatiga y guardar el Parque de Artillería ... se nos ha dado a Fernando 7º por Coronel (honorífico), fuero militar castrense y unos galones por distintivo, a lo que hay alguna oposición por nuestra parte, por oponerse al sistema fundacional del cuerpo y a la libertad, que es preciso defender, de no considerar a los jefes sino cuando se está de servicio ... Las noticias venidas por una fragata mercante inglesa que salió de Montevideo en diciembre, han sido poco satisfactorias, lo que agrava nuestros malos ratos. Os encargo como hermano que os mantengais separados de toda ocurrencia, que no os mezcléis ni de palabra, ni con la firma, en ninguna novedad. Cuando el gobierno legítimo os ocupe, procurad cumplir con vuestro deber, huyendo de hacer papel visible. La experiencia está cada día demostrando lo arriesgado que es un empleo u ocupación visible. Cuidado con dejarse seducir del empleo y de la amistad; mirad que los que os conducen al precipicio son los primeros en abandonaros y publicar vuestra caída. Oir, ver, callar y escusarse en todo, debe ser el sistema. En la fragata 'Proserpina' va el Virrey don Baltasar Hidalgo de Cisneros. Es hombre de poco lujo y muy llano. Todos me han dado buenos informes de su proceder, y se espera que él arreglará ese gobierno. Aquí ha pedido a todo el mundo cartas de recomendación para esa, y las lleva a centenares, para toda clase de personas. Yo me he hecho el sordo por que no quiero mezclaros en nada, ni menos en relaciones que no son con comerciantes. Si tubiereis necesidad, o lo juzgais conveniente, podéis apersonaros con él, pretextando mi insinuación". Cisneros - según Juan José - "es sujeto de buenos sentimientos, y de los que han presenciado que los hombres más grandes son los que tienen mayor necesidad de los más pequeños". Cádiz - reseña mi antepasado - "se ha vuelto el refugio de los grandes que han venido huyendo de la quema . En Madrid ocupaban palacios y aquí en un piso se colocan tres, para que conozcan que su cuerpo no es mayor que el de los demás. A mi batallón se han agregado algunos hijos de Marqueses y Condes para aprender lo que es ser soldado y pasar malos ratos. Bonaparte, el facineroso, nos dijo que venía a regenerar la España, y efectivamente por él han conocido muchos lo que ellos eran y la necesidad les obliga a mudar de conducta; otros han conocido la falsedad de los hombres; otros la vanidad de las riquezas; otros la de los empleos. Entretanto, para frustrar los proyectos de los inicuos, a permitido S.M. Divina la guerra de la Austria, con lo que este verano van a morir cuantos se nos han acercado, y me parece que antes de 50 años se ha de ver la Francia desolada".

      Reflexiones acerca de esta carta de Juan José

      Tal carta de mi tatarabuelo no tiene desperdicio y me lleva a exponer algunas reflexiones marginales. Por lo pronto el acento familiar, espontáneo de su correspondencia, descubre a las claras los impulsos íntimos del remitente, y pone de manifiesto - diré así - su genio y figura: firme temperamento conservador, amante de las instituciones sociales permanentes, cimentadas en la religión, la propiedad, el ordenamiento jerárquico y la disciplina. Odiaba y temía, en consecuencia, las revoluciones y trastornos políticos, cuyas malandanzas, en carne propia, estaba padeciendo en la madre patria desde el motín de Aranjuez. El caótico y sangriento espectáculo que ofrecía España, y los riesgos que corrió para salvar su vida, escarmentaron definitivamente a Juan José en punto a turbulencias y luchas civiles, que si derivan en guerras, suelen ocasionar la intervención armada del extranjero. Por tanto, las noticias que trajo a Cádiz aquella fragata inglesa salida de Montevideo, en diciembre de 1808, debieron producirle honda preocupación.
      En efecto: el Virrey Liniers, por nativo de Francia y haber recibido al Marqués de Sassenay, emisario de Napoleón - no obstante su posterior jura de lealtad a Fernando VII, ya despojado del cetro - había sido desconocido por Elío, Gobernador de Montevideo, provocando la primera fractura del Virreinato, que se contagiaba del mismo desbarajuste que Anchorena veía con sus propios ojos extenderse en la península.
      Asimismo el arribo de Goyeneche a Buenos Aires, enviado por la Junta de Sevilla, "a instalar en América - a su decir - juntas de gobierno semejantes a las creadas en la metrópoli"; y por otra parte las intrigas, más o menos secretas, de la Infanta Carlota Joaquina de Borbón - hermana de Fernando VII y consorte del Príncipe regente portugués -, la cual desde Río de Janeiro postulaba su candidatura para coronarse en el Plata como Reina, alegando derechos eventuales al trono español, complicaban sobremanera el panorama.
      A ese juego tan ambicioso como confuso de Carlota - alentado por el Almirante Sidney Smith y otros agentes de Inglaterra a través de su zaguero Saturnino Rodríguez Peña y de algunos correveidiles de la Princesa - se habían prestado muchas figuras que luego ocuparían el primer plano de la revolución argentina: Belgrano, Castelli, el deán Funes, Saavedra, Passo, Chiclana, Azcuénaga, Vieytes y varios más, a quienes se sumarán después Pueyrredón y Sarratea.
      Frente a tal conjura "carlotista", Liniers permanecía vacilante, mientras el Alcalde Alzaga y sus amigos del Cabildo maquinaban un golpe de mano, de total acuerdo con Elío, para derrocar al Virrey francés.
      Juan José Anchorena, entonces, desorientado en Cádiz por las noticias contradictorias que le llegaban del Río de la Plata, aconsejó a sus hermanos Tomás y Nicolás mantenerse "separados de toda ocurrencia", no mezclarse "ni de palabra, ni con la firma, en ninguna novedad". "Cuando el gobierno legítimo os ocupe - agregaba - procurad cumplir con vuestro deber, huyendo de hacer papel visible ... Oir, ver, callar y escusarse de todo debe ser el sistema". En aquellas circunstancias inciertas lo sensato, sin duda, era dar un paso al costado, "desensillar hasta que aclare": despejado el horizonte llegaría más adelante, para los Anchorena - enemigos de las reformas violentas, apegados a las leyes destinadas a mantener el orden social - el momento de actuar.
      Los conceptos de esa carta revelan tino, juicio, cordura - instinto político, diría. De haberlos conocido Sebrelli los hubiera aprovechado para reforzar el argumento capital, que repite como estribillo en su libelo: "A los Anchorena no les interesa la publicidad, no les conviene que se recuerde el origen poco prestigioso de su dinero, y tampoco les interesa que las demás clases los vean como los verdaderos responsables del poder político y social del país. Siempre han ejercido un poder oculto e ilimitado que les permite pasar inadvertidamente ante la opinión pública, quien distraídamente ejerce su crítica en otros poderes o en otros personajes más aparentes y superficiales". "La necesidad de secreto de sus negocios particulares, llevó a los Anchorena a desinteresarse de los puestos preponderantes ... ellos prefirieron siempre permanecer en las sombras, de una actividad silenciosa y secreta que no dejara huellas". "La actividad política fué para los Anchorena solo un medio para asegurar sus privilegios económicos".
      También Carretero estampó en su publicación: "Los Anchorena fueron comerciantes y financistas, no interesados en la política de manera directa, sino como medio para favorecer el acrecentamiento de su fortuna. No tuvieron política sino economía y la utilizaron para defensa y fomento de sus actividades, pero nunca para provocar actos jurídicos que redundaran en beneficio general".
      Cierto que los Anchorena fueron comerciantes y financistas, pero es falsa, temeraria y maligna, la afirmación - hecha sin concretar ni el vestigio de una prueba - que aquellos solo incursionaron en la política para acrecentar su fortuna. Es de igual modo pura mistificación facciosa afirmar que ellos siempre ejercieron "un poder oculto e ilimitado" que les permitió "pasar inadvertidamente ante la opinión pública", "en las sombras", "sin ocupar puestos preponderantes", y que - según conjetura la lógica viperina de Sebrelli - "probablemente quemaron los papeles secretos para no dejar huellas", de sus negocios, usuras, coimas y chanchullos.
      Muy otra cosa, en verdad, ocurrió con los Anchorena, los cuales nunca pasaron inadvertidos en su tiempo ante la gente, y siempre destacaron su relieve en los cargos que les tocó desempeñar, dando en todo momento la cara para defender - a veces contra predominantes mayorías - sus ideas y convicciones políticas y económicas : en el Consulado y en el Cabildo, en el Congreso de Tucumán, en la Junta de Observación, en la Legislatura y en el Ministerio de Gobierno y Relaciones Exteriores durante la administración de Rosas. Y si Tomás y Nicolás no aceptaron ser Gobernadores de Buenos Aires en 1832, después de la revuelta que tumbó a Balcarce, fue porque ambos estimaban - con razón - que sólo su primo Juan Manuel era el caudillo capaz de "restaurar las leyes" en circunstancias tan críticas. Opositores de Rivadavia y fundadores del partido federal, los Anchorena sufrieron apresamiento y destierro, precisamente por no haber actuado "en las sombras, en una actividad silenciosa y secreta". En cuanto a la calumnia verbal - que nadie se atrevió a poner en letras de molde - que los Anchorena adquirieron dolosamente sus estancias al amparo de los gobiernos de Rosas, se destruye con las respectivas escrituras de dominio sobre aquellas grandes fracciones territoriales, cual se consignará más adelante: el campo en la Matanza se compró en 1821; "El Tala" o "Las dos Islas", en el Tuyú, en 1822; los campos de las lagunas "del Sermón" e "Hinojales", en Pila, en 1825; en 1826 "La Dulce", en la banda exterior del Salado, hoy partido de Lobos; "Arroyo Grande" y "Carralauquén" en 1827: como asimismo la estancia santafesina de "San Lorenzo", en el "Rincón de Gorondona". Como es sabido, Rosas asumió el Poder, por primera vez, el 8-XII-1829. Con posterioridad en 1837 acogidos los Anchorena a la ley del 10-V-1836, mediante la cual la Junta de Representantes autorizó al Gobierno de la Provincia a vender 1.500 leguas cuadradas de las tierras ocupadas por los enfiteutas desde el tiempo de Rivadavia, don Nicolás y los herederos de su finado hermano Juan José, en calidad de tales, adquirieron, al precio de 5.000 pesos la legua 23 1/2 leguas cuadradas, que comprendían los campos "Lafquelufú", "Lafquenpulquí", "Espadaña Grande", "Espadaña Chica", "Laguna del Hinojal" y "Toldos Viejos", todos en Pila.
      Respecto a la publicidad, que según sus novísimos detractores aterraba a los Anchorena en su carácter de "eminencias grises", ellos en cierto sentido, fueron populares, ya que nunca los ignoró la opinión pública; y menos sus opositores unitarios, que los zaherían en sus pasquines con chistes y sangrientas caricaturas, y con los motes, que aún se recuerdan, de "Plata Blanca" (a Nicolás), "Macuquino", "Torquemada" y "Mahmud Foedoris" (a Tomás Manuel).
      El autor de estas monografías histórico-genealógicas no tiene predilección especial por los hombres de cifras, devotos de Mercurio que, habitualmente, se rascan para adentro. Quien esto escribe admira a los seres que sueñan con ideales desinteresados, y a los que bien despiertos, jugándose la vida o el prestigio emprenden aventuras que culminan, a veces, en hazañas estupendas. Por eso, antes de conocerlos a fondo, no le atraían demasiado sus ascendientes Anchorena, repletos de pesos fuertes. Con alguna suspicacia - a qué negarlo - el autor de este trabajo resolvió cierto día examinar los documentos públicos y la correspondencia particular y mercantil - inédita - de dichos personajes, depositada en un arcón familiar. Confrontó más tarde escrituras en antiguos protocolos, acuerdos capitulares y actas de sesiones legislativas. A la pesca de mayores sugerencias hizo repaso de biografías, releyó el ensayó de Julio Irazusta sobre don Tomás Manuel, y, tras todo eso, se puso a apostillar el descolorido libro de Carretero y la desfachatada alegación marxistoide de Sebrelli. Puestos así en orden los elementos que conforman la presente historia, pudo el autor darse a la tarea de humanizar a los Anchorena, bajándolos del pedestal laudatorio erigido por panegiristas complacientes, y de la picota en que los colocó el odium plebis de dos escribidores resentidos. Y cerrado este largo paréntesis digresivo, corresponde retroceder al año 1809.

      Ultimos meses de Juan José en Europa

      Desde de su refugio gaditano, el 26 de agosto, mi tatarabuelo Anchorena le escribió a "Mi mui amada Madre", lo siguiente: "Por la de Tomás he sabido que Vmd. había pasado a San Nicolás a tomar las aguas del Paraná, lo que he celebrado, como el que haga Vmd. algún ejercicio que me parece le convendrá mucho, y sobre todo el cuidarse y algunas veces salir al campo. Sigo practicando diligencias para el recojo de los interese, en lo que se experimentarán algunas demoras, por lo cual, y hallándome cerca de los 30 años de edad, y bastante disgustado con las dificultades que sufre todo transeunte, he resuelto tomar estado con una jóven de buen nacimiento y educación. Para esto pido a Vmd. su licencia y bendición, y el que me remita la fé de bautismo y una información de limpieza de sangre en la que se exprese que soy soltero. Cuando se verifique (la proyectad boda) una de las condiciones será que (la desposada) me deberá seguir a donde me convenga". Y el 17 de octubre, Juan José les decía a su madre y hermanos: "... En una guardia de la semana pasada estube mojado y me resultó una cerrazón de pecho que me tiene incomodado por no haber tenido lugar para estar recogido".
      La aludida niña con quien Juan José pensó en casarse era tarraconense y hermana de su socio catalán Juan Alsina y Ambroa. Este desde Tarragona el 13-XII-1809, en una carta le hablaba a aquel - que permanecía en Cádiz - de negocios, de paños, balletas, gorros y algodones, y agregaba a continuación: "Los asuntos políticos van bien. Ya se han recogido los 2 millones de duros en la Provincia y se van levantando 72 mil hombres de Somatén (a toque de rebato) que se arreglan para legiones. A cada corregimiento le han tocado 6 mil hombres. El día que yo me hallé en Sitges se sortearon los 158 de su contingente. Los del corregimiento de Figueras y Gerona ya están en sus puestos señalados: qué heroismo! esta ciudad que está escasa de víveres con el sitio, pero no tardará en ser socorrida y libre. Una amigo que hace 14 días salió de allí herido, me ha dicho que las gallinas valen a 12 duros, un gallo 26 reales, y en fin de este tenor lo demás. Hay muchos amigos nuestros que por Navidad quieren comer el gallo en Barcelona, y puede ser muy bien, mediante que hay inteligencia con muchos de sus buenos habitantes que aún conservan armas y municiones. Hace dos días pasaron continuamente - y en este mismo instante por la rambla frente a nuestra casa - somatenes armados. Te repito que esto tiene buen semblante, y me parece que tendré el gusto de ver Barcelona antes de partir para esa, que será a últimas de Febrero. Una visita en casa Indart, y dispón del afecto de tu futuro Hermano: Alsina".
      La última carta de Juan José a su madre está fechada en Cádiz a 19-XII-1809. Doña Romana se hallaba en San Nicolás, y el hijo le dice que "desde el 17 de Octubre he prevenido no me remitan intereses algunos". "Puede ser que por las futuras ocurrencias convenga permanezca Vmd. en San Nicolás de los Arroyos, y que Mariano Nicolás le acompañe a fin de que disfrute Vmd. la mejor comodidad".
      Cuatro meses más tarde, Anchorena solicitó y obtuvo la certificación que literalmente transcribo: "Don Antonio de Artecona, Marqués de Casa Ravago, Caballero del orden de Santiago, Coronel de Infantería, Sargento Mayor, tercer Jefe del Cuerpo de voluntarios Distinguidos de Cádiz, del que es Coronel el Rey N.S. Don Fernando Séptimo Q.D.G. - Certifico: que Dn. Juan José Cristoval de Anchorena se alistó en este Cuerpo el 2 de Julio del año próximo pasado de 1808, y fue destinado a la 4ª Compañía del primer Batallón de Linea, de voluntario Distinguido de ella, en la que ha servido las fatigas que le han correspondido con la mayor actividad y Celo, portándose con una Conducta irreprensible; y a su pedimento, para los efectos que le convengan, le doy la presente en Cádiz a onze de Abril de mil ochocientos diez" - Firma: "El Marqs. de Casa Ravago", con rúbrica característica.
      Al promediar ese lluvioso abril andaluz, mi tatarabuelo Juan José - según licencia de embarque - zarpó de Cádiz para el Rio de la Plata, a bordo de la fragata "Vigarreña". Después de navegar aproximadamente 70 días, el velero ancló en Montevideo, el 21-VI-1810. Casi en seguida, un lanchón de cabotaje depositó al peregrino en Buenos Aires, justo al mes de producidos en la ciudad los memorables sucesos de Mayo. (Olvidaba indicar que la novia catalana no acompañó al viajero a sus distantes lares. Es probable que la niña le diera calabazas en vísperas de partir).

      Juan Jose se inicia en la vida pública de su patria

      De aquellos sucesos "mayos" me ocupé con amplitud en el trabajo dedicado al linaje de Aguirre, donde trato la actuación de mi tatarabuelo Manuel Hermenegildo; como más adelante he de seguir con tales acontecimientos en la biografía de Tomás Manuel de Anchorena. En cuanto a la primera actividad cívica de Juan José en el patrio foro - por decirlo así -, ella se produjo el 19-IX-1811, cuando la Junta Provisional Gubernativa - contra la opinión del Cabildo que propugnaba voto secreto - citó por "cartel fixado en los parajes públicos" a "todos los vecinos Americanos" a la plaza mayor, a fin de que, desde las 8 de la mañana hasta las 4 de la tarde, mediante voto personal responsable, eligieran diputados para un futuro Congreso general; como asimismo a "sujetos de conocida providad y talentos que deverían ser nombrados por el Pueblo para consultar con el govierno los medios de asegurar nuestra común felicidad".
      Juan José Anchorena, en consecuencia, allegóse a la plaza de la Victoria, y votó para diputados a Feliciano Antonio Chiclana y a Juan José Paso, "por sólo un año"; quienes finalmente resultaron electos, al cosechar la mayoría de los sufragios: 783 el primero, y el otro 743. Nuestro Anchorena, a su vez, quedó elegido miembro consultor de aquella Junta de "Apoderados particulares del Pueblo", asesora del Gobierno, cuyos integrantes fueron los siguientes vecinos más votados: Manuel de Sarratea (610 votos), el cura Marcos Salcedo (546), fray Ignacio Grela (545), José Francisco Ugarteche (538), Martín de Arandía (536), Juan José de Anchorena (532), Esteban Romero (513), fray Francisco Castañeda (463), Tomás de Rocamora (432), el presbítero José León Planchón (383), Bernardino Rivadavia (360), Victorino Lafuente (306), fray Nicolás Herrera (225), el clérigo Antonio Sáenz (209), el cura Joaquín Ruiz (163) y Vicente López y Planes (161).
      A tres días de este procedimiento comicial, la Junta Grande - achicada y en minoría - acordó instalar un Triunvirato ejecutivo de gobierno compuesto por los diputados recientemente electos - Paso y Chiclana - y por el miembro de la comisión consultiva con mayor número de votos, es decir Sarratea . Esos triunviros estaban acompañados por tres secretarios sin voto: José Julián Pérez, de Gobierno; Bernardino Rivadavia, de Guerra; y Vicente López de Hacienda. A par de dicho organismo creóse una "Junta Conservadora" de los derechos de Fernando VII, formada por los diputados de las provincias y dos de la capital. Mas esta Junta apenas se conservaría dos meses en el candelero: un efímero "Reglamento Orgánico" redactado por ella, desagradó al Triunvirato, el cual el 7-XI-1811 de un plumazo disolvió el flamante engendro.

      La "Junta Protectora de la Libertad de Imprenta" y el "Estatuto Provisional"

      El 26 de octubre, decretó el Triunvirato la libre publicación de ideas por la prensa sin censura previa, agregando que el abuso de esa libertad era un crimen si ofendía derechos particulares o atentaba contra la religión católica, la tranquilidad pública y la constitución del Estado; en cuyo caso las autoridades impondrían el castigo según las leyes. A fin de evitar abusos a este respecto, se estableció la "Junta Protectora de la Libertad de Imprenta", compuesta por 9 miembros a elegirse por el Gobierno dentro de una lista confeccionada por el Cabildo de 50 "ciudadanos honrados", que no fueran empleados públicos. Dentro de ese medio centenar de vecinos espectables, el Ayuntamiento incluyó a Juan José de Anchorena, como también a mis antepasados Antonio José de Escalada, y con posteridad, a Patricio Lynch.
      Igualmente el Triunvirato dictó, el 22 de mayo, el Estatuto Provisional del Gobierno de las Provincias Unidas del Rio de la Plata a nombre del Sr. D. Fernando VII (sic). El organismo de marras - que había sido amañado entre el Triunvirato, la Junta Grande en minoría y el Cabildo, dejando de lado el parecer de las provincias - quedaba como depositario de la soberanía hasta que se convocara una "Asamblea General", formada por el Ayuntamiento local, por los representantes del interior que nombrasen sus respectivos Cabildos, y por un considerable número de ciudadanos bonaerenses y algunos provincianos residentes en Buenos Aires, elegidos por el vecindario porteño. El Estatuto disponía la renovación alternativa de los Triunviros cada seis meses, empezando por el más antiguo, y la elección se haría por la antedicha "Asamblea General", no pudiendo el Triunvirato resolver las grandes cuestiones del Estado sin acuerdo de la Asamblea.
      El Estatuto se juró el 1º de diciembre bajo los arcos del Cabildo, donde - narra Juan Manuel Beruti en su Diario - "se puso un dosel con el real busto del Soberano", y la formula del juramento fué: "Jura el Superior Gobierno Provisional de las Provincias del Rio de la Plata, a nombre del Sr. Fernando VII, de esta Capital y demás Pueblos Unidos por Dios Nuestro Señor y sobre estos Santos Evangelios, observar y hacer cumplir involablemente el Estatuto y Decreto que le entregan y acaba de leerse". Y juraron solemnemente así, con sus manos derechas puestas sobre los Sagrados Libros, Paso, Chiclana y Sarratea! Nuestros historiadores liberales, sin embargo, insisten en aquello de la "máscara de Fernando VII". Tal interpretación falaz, carnavalesca de la realidad pretérita argentina, sirve de base a toda una escuela ideológica enquistada en la enseñanza oficial, en los grandes órganos periodísticos, y en los medios masivos de propaganda radial y televisiva.

      Regidor del Cabildo

      El 1-I-1812 Juan José Cristóbal de Anchorena fué elegido Regidor quinto del Cabildo. Votaron por él los cabildantes salientes: Domingo de Igarzabal, Martín Grandoli, Manuel Mansilla, Manuel Hermenegildo de Aguirre, Ildefonso Paso, Eugenio José Balbastro, Pedro Capdevila y Juan Francisco Seguí; 8 sufragios sobre 9: Unico voto en contra el de Francisco Ramos Mejía, que votó por Agustín de la Lastra. Así pués, en aquel año 12 el Cabildo quedó integrado de esta manera: Alcaldes de 1º y 2º voto, Francisco Xavier de Riglos y José Pereyra Lucena: Regidores: Manuel de Lezica, Manuel José García, Mariano Sarratea, Fermín de Tocornal, Juan José de Anchorena (que se recibió del cargo el 4 de enero), José María Yevenes, Carlos José Gómez, Antonio Alvarez Jonte y Manuel de Andrés de Pinedo y Arroyo; y como Síndico Procurador, Gervasio Antonio Posadas.
      Durante ese agitado año 12, La Gaceta registra en las listas de donaciones de los vecinos patriotas la modesta contribución de don Juan José con una docena de pesos fuertes, destinados a la compra de caballos para el ejército. Y en el campo político institucional, recordaré que para aquella "Asamblea General", proyectada a fin de renovar alternativamente a los triunviros y prestar acuerdo a las resoluciones del Poder Ejecutivo, quedó establecido un reglamento encaminado a verificar la elección de sus componentes: hombres de Buenos Aires y provincianos de paso por la capital. El Cabildo en unión con 8 electores votados por el vecindario, formaría una nómina de 100 ciudadanos, de los cuales sortearíanse 33 para integrar la Asamblea. Conforme a ello, producida esa votación, el Ayuntamiento designó a los Regidores Juan José de Anchorena, Francisco Tocornal, Manuel Arroyo y Manuel José García, para recolectar los sufragios. Y los días 31 de marzo y 2 y 3 de abril, se congregaron en la sala capitular los miembros titulares del cuerpo - entre ellos el Regidor Anchorena - y procedieron al escrutinio de las cédulas con los nombres para electores de asambleístas cuyos 8 candidatos más votados fueron: Juan Nepomuceno Solá, Alejo Castex, Marcos Salcedo, José Joaquín Ruiz, José Miguel Díaz Vélez y Vicente López. Estos electores y el Cabildo sortearon luego a los 33 miembros bonaerenses de la Asamblea, y, por su parte, las provincias quedaron representadas por 12 ciudadanos del interior estantes en el municipio porteño.
      El 4 de abril la "Asamblea General" fué convocada por primera vez a fin de llenar la vacante que dejaba el Triunviro Paso. El organismo deliberante, presidido por el Alcalde de 1º voto Francisco Xavier de Riglos, eligió, en lugar de Paso, a Juan Martín de Pueyrredón, y en ausencia de éste, como suplente, al Dr. José Miguel Díaz Vélez. Tal designación resultó observada por el Triunvirato, que desconoció a Díaz Vélez y , en vez, designó a su Secretario Rivadavia hasta la llegada de Pueyrredón. Luego del encontronazo, la Asamblea declaróse "Suprema" de todas las demás autoridades de las Provincias Unidas. Esto provocó un fulminante decreto del Triunvirato disolviendo la Asamblea, por entender que su declaración de Suprema era nula, ilegal y atentatoria contra los derechos soberanos de los pueblos, la autoridad del Gobierno y del Estatuto Provisional.

      Fiestas Mayas

      Juan José de Anchorena y sus colegas de capítulo procedieron a organizar "la solemnización del veinte y cinco de Mayo" en su segundo aniversario, y, en verdad, los festejos adquirieron espectacular relevancia y patriótico fervor. A ese objeto se dispuso la suma de 9.000 pesos a distribuirse de la siguiente manera: 1.000 pesos destinados a la "función de Iglesia, música e iluminación de cera en las Casas Consistoriales, Recoba y Pirámide", durante las noches del 24, 25 y 26; 3.000 pesos se aplicaron para dotar a seis "niñas honradas, pobres y decentes"; 1.000 "para socorro de viudas, madres y hermanas infelices de los que han muerto en la defensa de nuestra Santa Libertad"; 1.600, en diez "suertes" de 100 pesos, "para socorro de familias notoriamente honradas e indigentes" (en esta categoría entraron y fueron beneficiadas por la suerte dos remotas "tías" solteronas mías: Máxima y Catalina Lynch Galain, cuñadas de Juan José Castelli - ya atacado por el cáncer en la lengua que lo llevó a la muerte cinco meses después - ; 1.200 pesos en cuatro "suertes" de 300, a fin de libertar cuatro esclavos, dos de cada sexo; y 1.200 pesos, en "suertes" de 100, "para socorro de doce soldados que hayan perdido algún miembro o quedado inútiles de resultas de alguna acción en defensa de la Patria".
      Estos sorteos lleváronse a la práctica los días 24 y 25 en la Plaza Mayor, cerca de las Casas Consistoriales. Allí se levantó un magnífico tablado, sobre el cual tomaron asiento los representantes de las instituciones públicas: el Gobierno (Triunvirato), el Cabildo (mi tatarabuelo Anchorena y sus pares), la Cámara de Apelaciones, el Consulado, los Jefes militares y el Cabildo Eclesiástico. Desde esa tarima, el Regidor Antonio Alvarez Jonte lanzó un discurso exaltando el "augusto aniversario", cuyos "honorables y dulces recuerdos harán las delicias de las generaciones siguientes; y la posteridad tocada de la más intima impulsión de gratitud y respeto, leerá con asombro y entusiasmo la serie de estos hechos que fixarán el Reynado de los principios liverales".
      Tras la edulcorada perorata, hubo en la Fortaleza un "primoroso refresco general", con dulces de verdad que hicieron las delicias de los asistentes; entre ellos Anchorena, quien luego encaminóse con sus colegas a la sala capitular donde se ejecutaron "varias clases de danzas que representaban al vivo el traje, baile y carácter de los naturales Americanos"; mientras afuera, en la plaza estallaban triquitraques y fuegos de artificio. Horas más tarde, culminó la fiesta con una velada de gala en la Casa de Teatro, frente a la Iglesia de la Merced - en la misma vereda de la mansión de los Anchorena -, y en dicho coliseo rudimentario se estrenó el "Melo-drama" titulado "el beinte y cinco de Mayo", "compuesto por el Cómico Morantes".
      Dicho magno 25 tuvieron lugar, al aire libre, los consabidos sorteos para socorro de viudas, inválidos y familias indigentes. No se saco a relucir el Real Estandarte, pués el gobierno consideró su paseo "una ceremonia humillante introducida por la tiranía", y tal protocolo quedó suspendido hasta que las autoridades decidieran "una demostración más digna y análoga con nuestra regeneración civil". En cambio la noche del 26, al pie de la pequeña pirámide, tres niños: Gervasio Arzac, José Antonio y José María Rodríguez de Vida, entonaron la "Canción patriótica", cuya música compuso Blas Parera, para unos versos de Saturnino de la Rosa.

      Revolución del 8 de octubre del año 12

      Al clarear la madrugada de ese día primaveral, la Plaza de la Victoria fue ocupada por el regimiento de Granaderos a Caballo, al mando de su jefe Coronel José de San Martín y de su segundo el Sargento Mayor Carlos de Alvear; por el cuerpo de Artillería a órdenes de su Comandante Manuel Guillermo Pinto, y por los batallones del 2 de Infantería con su Coronel Francisco Antonio Ortiz de Ocampo; toda esta fuerza acompañada por un nutrido grupo de civiles: los muchachos de la "Sociedad Patriótica", acaudillados por Bernardo Monteagudo y Julián Alvarez, y también algunos partidarios de Juan José Paso. ¿Que motivaba el bélico despliegue? En síntesis lo siguiente: Tres días atrás debió cubrirse el cargo de Triunviro en reemplazo de Sarratea, y resultó elegido Pedro Medrano, hechura entonces de Rivadavia, frente a Monteagudo, candidato de la "Logia Lautaro" y caudillo de la "Sociedad Patriótica". Estas dos organizaciones - una pública la otra secreta - consideraron fraudulenta la elección de Medrano, y debido a ello - aunque ciertamente gravitaron causas políticas más profundas - salieron las tropas a la calle, en apoyo de una petición popular dirigida al Cabildo - firmada por Monteagudo con 400 firmas detrás - que exigía la destitución del Triunvirato y que el Cabildo reasumiera la autoridad a fin de establecer otro gobierno "que mereciera la confianza del pueblo" y, en seguida convocara una nueva "Asamblea Constituyente".
      Impúsose de tal suerte - contra Rivadavia y su círculo - el golpe urdido por la logia militar y el club de antiguos prosélitos morenistas. Pero he aquí que pasaban las horas y las discusiones entre el cotarro civil y los señores del Cabildo, llevaban miras de nunca acabar, hasta que los militares, drásticamente, suprimieron el charloteo populista, conminando al Ayuntamiento a que eligiese un Segundo Triunvirato formado por Juan José Paso, Nicolás Rodríguez Peña y Antonio Alvarez Jonte; trio que, en definitiva, consagró la mayoría de los sufragios capitulares. El Regidor Juan José Cristóbal de Anchorena, en la agitada emergencia, dió su voto por Juan José Paso, José de San Martín y Antonio Alvarez Jonte.

      Tribunal de Concordia

      Una semana después, el Regidor Anchorena y su colega José María Yevenes fueron nombrados conjueces del Tribunal de Concordia. Esta institución original había sido creada por el Reglamento de Administración de Justicia el 23 de enero anterior, y estaba compuesta por el Síndico Procurador del Cabildo - a la sazón Vicente López - y dos Regidores. El tribunal de referencia trataba de llegar siempre a un acuerdo que evitase el litigio judicial entre las partes, y de no conseguir un avenimiento entre ellas, decidía acerca del mérito de la cuestión para ir o no a pleito; instancia que ningún Juez admitía sin el previo visto bueno del Tribunal de Concordia. Tal magistratura perduró hasta 1815, en que fue suprimida por el Estatuto Provisional.

      Casamiento de Juan José

      El 5-VII-1813 Juan José Cristóbal de Anchorena se casó con Bonifacia de Lezica y Vera. Bendijo la boda el presbítero José León Planchón y fueron testigos de la misma Nicolás de Anchorena, hermano del contrayente, y Petrona de Vera, madre de la novia. Esta había sido bautizada en Buenos Aires el 16-X-1792 y era hija de Juan José de Lezica y Alquiza, nativo de Coropata, Sica Sica, Alto Perú, y de su 2ª esposa la santafesina Petrona Antonia de Vera y Muxica; nieta paterna de Juan José de Lezica y Torrezuri, natural de Lezica, en la Merindad vizcaína de Busturia, y de Elena de Alquiza y Peñaranda, oriunda de la Paz, Alto Perú; nieta materna de Francisco Antonio de Vera y Muxica y Torres, nacido en Santa Fé, donde fué Teniente de Gobernador, y de la santafesina Juana Ventura López Pintado Marcos de Mendoza. La linajuda doña Bonifacia murió en 1818 sin darle posteridad a su marido, después de testar el 2 de septiembre ante Narciso Iranzuaga. Luego de muerta la Señora, su viudo - el 16 de septiembre - abonó una factura de 32 pesos y 4 reales al "Café de Marco" por servicio de ambigú - durante "los días de entierro y honrras" - consistente en el suministro de "12 limetas de licores, 8 libras de biscotelas, 8 de viscochos, 8 de plantillas, 4 de panales y 4 de amargos".

      En el Consulado

      El año 1814 Juan José de Anchorena se desempeñó como consiliario en el Consulado porteño. En tal carácter presentó el 30 de septiembre un notable memorial acerca de la situación del país, abogando por un régimen aduanero proteccionista que gravara la importación de productos extranjeros a fin de favorecer la agricultura y la industria vernácula. Mi antepasado - según apunta Vicente Sierra en su Historia de la Argentina - se refirió a la ruina del comercio nacional como consecuencia de las introducciones británicas, diciendo que por ellas holgaban los mercaderes y artesanos del país, pués los comerciantes británicos manejaban hasta la moneda y el crédito. Destacó Anchorena cómo el proteccionismo era practicado por la Gran Bretaña y por los Estados Unidos, y constituía un régimen cuya implantación señaló como imprescindible en el Rio de la Plata. Si se trata de la prosperidad del Estado - expuso don Juan José -, es necesario proteger la industria y comercio del país, no despreciar los clamores de nuestros comerciantes y artesanos como se ha hecho hasta ahora; no dejarse llevar por apariencias y superficialidades ... y proscribir para siempre las ideas de esos políticos que encantados con las voces Libertad e Igualdad no se detienen en reducirlas en la práctica".
      Sucedía que una junta de mercaderes ingleses habíase dirigido al jefe de la escuadrilla de su nación, comodoro Bowles, para que procurara fueran liberados de abonar un impuesto sobre el comercio bonaerense; impuesto del que, al principio, estuvieron excluídos los extranjeros, pero que en 1814 se les comenzó a exigir el pago. Esto lo consideró Bowles, tras de sus cañones, "un atentado violento", "opuesto a las naciones cultas". El gobierno respondió al oficio del comodoro que si dicho gravamen se aplicara únicamente a los comerciantes del país, estos no podrían competir con los extranjeros en el mercado; que si los ingleses menudeaban en las tiendas y almacenes y emprendían negociaciones en la provincias interiores, era debido a una gracia reciente del gobierno, por lo cual era justo que pagaran las contribuciones impuestas al comercio interior. Pero los marchantes de la rubia Albión no cejaron en demandar privilegios, y el 19-XII-1815 consiguieron que el comandante de la fragata de guerra "Orfeo", Mantagu Fabián, suscribiera una solicitud al gobierno para que sus compatriotas fueran exonerados de cierta contribución mensual que se había impuesto al comercio con las provincias arribeñas, pués - en opinión del comandante - ello implicaba "poner restricciones al comercio de Europa en favor de la capital y a expensas de los pueblos y habitantes del interior". "Quiere decir - comenta el historiador Sierra - que se trataba al interior vendiéndole más barato la mercadería importada, arruinando con esto sus posibilidades de producirla".
      Anchorena, que vivía del comercio de importación y exportación, al haberse cortado por la guerra el intercambio con España, bien pudo acomodarse - como tantos aprovechados colegas suyos - con los ingleses. Sin embargo, atenido a un indudable patriotismo, abogó en favor de los intereses del país, convirtiéndose en paladín de las industrias artesanales de nuestras provincias interiores. Ello, desde luego no será óbice para que el corrosivo Sebrelli estampe impunemente que "la actividad política fué para los Anchorena solo un medio para asegurar sus privilegios económicos"; y para que el archivista Carretero afirme con olímpica prosopopeya: "los Anchorena fueron comerciantes y financistas, no interesados en la política de manera directa, sino como medio para favorecer el acrecentamiento de su fortuna. No tuvieron política sino economía y la utilizaron para defensa y fomento de sus actividades, pero nunca para provocar actos jurídicos que redundaran en beneficio general".
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    • Caída de Alvear. Comisión de Secuestro y Junta de Observación

      El 3-IV-1815 se subleva en Fontezuelas la tropa que, al mando del Coronel Ignacio Alvarez Thomas, había destinado el Director Supremo Alvear para combatir a Artigas. Seguidamente Alvear, trasládase a Olivos, dispuesto a movilizar las fuerzas acampadas allí y enfrentar a los rebeldes, pero sus soldados se desbandan; en la capital se produce un alzamiento popular acaudillado por Soler y, ante esa situación, el Director renuncia el 16 de abril, toma un barco en el amarradero de las Conchas y fuga a Rio de Janeiro, en una fragata inglesa.
      Caído el Directorio el Cabildo asume el mando. La revolución triunfante encarcela y procesa a los alvearistas. Para ello establece tres comisiones; una de Justicia militar, otra civil y la tercera "de Secuestros", encargada de "la indagación y hallazgos de los bienes e intereses de todos los que resulten reos". Como integrantes de esta "Comisión de Secuestros" fueron nombrados Felipe Arana y mis tatarabuelos Juan José Cristóbal de Anchorena y Manuel Hermenegildo Aguirre. voca el 18 de abril a elecciones al vecindario porteño, por serle "imposible consultar en el momento el sufragio universal de las Provincias", y no poder "sostener el Estado acéfalo y sin aquel centro de unidad que conserbe relaciones exteriores, facilite los recursos de nuestra fuerza contra los enemigos de la causa Americana, cautele la entera disolución de ese nudo precioso que infelizmente había afloxado la tiranía entre unos Pueblos que , sin ley constitucional, facilmente correrían al caos de una nulidad política en medio de disensiones domésticas y exclusivas; siendo por último, absolutamente necesario, presentarles el remedio provisorio al lado de la crisis terrible de que acabamos de salvarnos por los esfuerzos de la Capital y de sus hermanos del Benemérito Exército Libertador". Lenguaje, éste, aplicable a todos los tiempos, cuando se produce una intervención militar contra la arbitrariedad de un mandón o de la demagogia populista.
      A fin de proceder a la antedicha votación, el Cabildo dividió a la ciudad en cuatro departamentos, y al siguiente día, a cada uno de esos sectores concurrió un Regidor acompañado de Escribano, para recoger los sufragios. Realizado el escrutinio la noche de aquel día 19, fueron designados Electores del Gobierno Provisional, junto con el Cabildo -- que delegó su representación en el Regidor Manuel de Oliden -- los once individuos mas votados en la referida jornada, a saber: Ramón Anchoriz, Diego Estanislao Zavaleta, Mariano Serrano, Nicolás Laguna, Pedro Medrano, Esteban Gascón, Marcos Salcedo, Manuel Obligado, Tomás Manuel de Anchorena, Juan José de Anchorena y Juan Martín de Pueyrredón.
      Veinticuatro horas más tarde, los hermanos Anchorena pidieron audiencia al Cabildo, y siendo recibidos en la Sala de acuerdos expusieron: "Que habiéndosele hecho saber que a pluralidad de votos habían sido nombrados por el Pueblo para Electores de Govierno, debían hacer presente al Exmo. Ayuntamiento que, aunque el parentesco no se considera un impedimento legal en las elecciones generales, en unas circunstancias era necesario no solo obrar con la mayor pureza, sino también alejar de la vista de los Pueblos toda sombra que pudiese en algún modo induzirlos a desconfianza y recelo, o que pudiese dar así (motivo) a los facciosos para desfigurar la buena fé con que se procede, creían de necesidad, el que uno de los hermanos al menos fuese excluído". El Ayuntamiento, sin demora, contestó a los Anchorena "que habiendo sido hecha la elección de los hermanos por el Pueblo, no estaba en sus facultades el revocarla ni variarla; que el público estaba muy satisfecho de la pureza conque se havía procedido en dicha elección, y que con esto debía aquietar a los exponentes, pues dexaba bien cubierta su delicadeza". Enseguida, entraron los 12 electores a la Sala, y tras unos párrafos de Oliden contra el "desenfrenado Tirano abatido", y que "la Patria no debe ser presa de ningún partido pués es heredad de todos", y "cuidado con poner el puñal en las manos de los resentidos", exortó a los presentes a elegir "un govierno firme y permanente, cuyos funcionarios se mudaran magestuosamente y plácidamente, como los astros por leyes inmutables se cambian en el firmamento al imperio de las Estaciones". Organizada tras esto la asamblea electoral, quedó nombrado Director Supremo del Estado el General José Rondeau, Jefe del Ejército del Norte, y en ausencia de éste, como suplente suyo, al Coronel Alvarez Thomas. Después, los electores establecieron una "Junta de Observación", compuesta de 5 miembros: Estaban Gastón, Pedro Medrano, Antonio Sáenz, Mariano Serrano y Tomás Manuel de Anchorena, a cuyo organismo se le encargó dictar una constitución provisoria: el Estatuto Provisional, que más adelante sería rechazado por las Provincias, salvo un punto aceptado por todas -- menos por el recalcitrante Artigas -- que trataba la convocatoria de un Congreso a reunirse en Tucumán. Posteriormente la "Junta de Observación" renovó sus titulares, quedando integrada por mis antepasados Juan José Cristóbal de Anchorena y Antonio José de Escalada y por José Miguel Díaz Vélez, Pedro Fabián Pérez, Ramón Eduardo Anchoríz y José Joaquín Ruiz.

      Elección de Diputados Bonaerenses al Congreso de Tucumán

      El 16-VIII-1815, el Cabildo verificó el recuento "de los sufragios prestados por los Ciudadanos para electores de los siete Diputados que debe nombrar ésta Provincia en el Congreso General con arreglo al Bando publicado el doce del corriente". Por mayoría de votos resultaron electos los siguientes 12 electores por la ciudad: Diego Estanislao Zavaleta (177 votos), José Darregueira (117), el Cabildo (88 votos -- que sería representado por el Alcalde Francisco Belgrano), Ramón Eduardo Anchoríz (80), Pedro Medrano (79), Felipe Arana (74), Luis José Chorroarín (71), Esteban Agustín Gascón (67), Mariano Tagle (64), Juan José de Anchorena (63), Luciano Montes de Oca (62), y empataron (con 59 votos) Juan Cossio, Domingo Achega, Luis Dorrego y Antonio Sáenz, quedando finalmente éste último elegido por sorteo como elector.
      Y el siguiente día 22, reunidos aquellos electores con los de la campaña para designar los 7 representantes de Buenos Aires al Congreso de Tucumán, mi tatarabuelo Anchorena votó por Luis Chorroarín, Esteban Gascón, Diego Estanislao Zavaleta, Pedro Medrano, Antonio Sáenz, Juan José Paso y Alejo Castex. Hecho luego el escrutinio, resultaron electos los siguientes Diputados: Pedro Medrano (17 votos), Juan José Paso (17), Antonio Sáenz (11), Fray Cayetano Rodríguez (11), José Darregueira (11), Tomás M. de Anchorena (10) y Esteban Agustín Gascón (10).
      A fin de ese año, el Gobierno dió cuenta de la "recaudación de un préstamo voluntario" realizado entre un grupo de vecinos para alivio de sus finanzas: en la lista respectiva, que publicó La Gaceta, figuran Juan José de Anchorena con el aporte de 500 pesos fuertes.

      Don Juan José preside la Junta de Observación

      En tanto realizábase en Tucumán el Congreso memorable que declaró la Independencia, en Buenos Aires el Director interino Alvarez Thomas mantenía continuos choques con la Junta de Observación, celosa de sus prerrogativas, que presidía Juan José de Anchorena. Por lo demás, la gestión administrativa y política de Alvarez Thomas le fue restando prestigio -- muchos le apodaban "Capón", por el tono aflautado de su voz. La Junta de Observación y el Cabildo, de consuno, procuraban en vano que el mandatario abandonase el poder, mas sólo cuando las tropas que él enviara a Santa Fé se le dieron vuelta, conducidas por Eustoquio Díaz Vélez, el hombre renunció a su cargo, tras ejercerlo durante 11 meses y 25 días. El Cabildo y la Junta de Observación, entonces, nombraron Director interino al Brigadier Antonio González Balcarce.
      Así las cosas, al elegir el Congreso de Tucumán Director Supremo efectivo a Juan Martín de Pueyrredón, presentó Balcarce su renuncia como interino ante el Cabildo y la Junta de Observación, pero ambos organismos adujeron no tener facultades para considerarla. Ello en medio de una gran agitación popular, que se originó al presentarse a las autoridades locales dos petitorios firmados por 207 personas que planteaban la conveniencia de que Buenos Aires se trocara en provincia -- como las demás del interior -- y dejara de ser capital: asiento de los poderes nacionales y del Congreso, donde la diputación porteña era minoría para contrarrestar a los representantes arribeños.
      Este delicado asunto -- ruidosa manifestación de localismo -- enfrentó a Balcarce con el Cabildo y la Junta de Observación. Aquel pretendía convocar al vecindario en cabildo abierto, para decidir acerca de la antedicha federalización; en cambio el Ayuntamiento y la Junta, con Juan José de Anchorena a la cabeza, querían que se consultara a la opinión pública por medio de representantes tranquilamente elegidos. Balcarce impulsado por Soler -- caudillo de los "cívicos" -- por Dorrego, Pinto y otros camaradas, convocó "al pueblo soberano" en la Iglesia de San Ignacio -- sin la concurrencia del Ayuntamiento ni de la Junta Observadora -, y el acto resultó tumultuoso. Balcarce y sus parciales localistas, con todo, fueron derrotados, ya que 1.020 individuos votaron en favor de que el pueblo fuera oído a través de sus representantes, contra 86 en favor de resolver la cuestión mediante una cabildada demagógica.
      Pocos días más adelante, llegó a Buenos Aires la noticia de que los portugueses habían invadido la Banda Oriental. El Ayuntamiento y la Junta de Observación, ante la gravedad del trance, acusaron a Balcarce de pasividad, de "introducir la desunión" al "promover un provincialismo extemporáneo", y lo declararon cesante -- tras gobernar 2 meses y 26 días -, nombrando en su reemplazo una "Comisión Gubernativa Provisoria", integrada por un miembro del Cabildo y otro de la Junta: Francisco Antonio de Escalada y Manuel de Irigoyen, respectivamente.

      Relación de don Juan José con el General Arenales

      El 6-X-1815, desde Jujuy, Tomás Manuel de Anchorena le escribía a su hermano Juan José; "Te acompaño en copia la recomendación que me ha dirigido don Juan Antonio Alvarez de Arenales en favor de sus dos hijos don Valentín (sic, por Florentín) y don José dadores de ésta; pués no pudiendo satisfacer yo personalmente a ella por mi ausencia en esta ciudad, y deseando servir a dicho Señor por ser un sujeto apreciable de todas circunstancias, y digno de la mayor consideración, es necesario que tu, sin embargo de tus muchas ocupaciones, lo hagas en mi nombre, bien sea solicitándoles acomodo con algún comerciante, para que se instruyan debidamente en esta carrera, o bien dirigiéndolos en cuanto puedas para el empleo que intenten hacer con destino a estas plazas o las del Perú. Hasta el logro de uno u otro objeto, desearé que los hospedes en casa, y si hubiese una vivienda desocupada y cómoda en donde puedas recibirlos, y sinó, les procurarás un cuarto de alquiles en que se acomoden a su satisfacción. Mi madre tendrá ésta por suya, quedando a su cargo el cuidado y obsequio de estos dos jovenes, para quienes me asiste un interés muy especial; con lo que he dicho lo necesario, y omito todo otro encarecimiento. Tu affmo. hermano Thomás".
      La carta que Arenales había dirigido desde Cochabamba, el 30 del pasado junio de aquel año 15, al "Sr. Doctor Don Tomás Ml. de Anchorena", decía lo siguiente: "Amado amigo y muy Señor mío: Ha llegado el caso de tener que disponer sobre la carrera o destino que hayan de emprender, sin perder más tiempo, mis hijos Florentín y José, criados de Vmd. Con este único designio se separan de mi lado y emprenden la marcha para esa capital. Ellos, si llegan a merecer el honor de saludar a Vmd., le significarán las consideraciones sobre que hemos meditado para esa determinación, y manifestándole las dificultades o imposibilidades para seguir los estudios; ambos, o el uno y el otro le dirán a qué se inclinan; y no habiendo arbitrios para otras miras que las de instruirse y ensayarse en el comercio, ocurren por mi dirección al favor que, en otra ocasión, ofreciéndose hablar de esto, indique a Vmd. Llevarán algunos reales de casa, con el fin de emplearlos, pero aún para esto son totalmente bisoños, sin conocimiento ni experiencia, por lo que ruego a Vmd. muy encarecidamente, tome parte en su interés y los dirija bien, sea para hacer algún negocio ayudándoles con lo que tenga a bien fiarles, por sí o por otro, con la responsabilidad de mis bienes; o bien para que ambos, o el uno, se pongan en casa y a cargo de un comerciante que los emplee en la versación del giro, y sepa conducirlos por la aplicación, hombría de bien y buena conducta. En fin Vmd., como que tiene a la vista las cosas y su talento y conocimientos son sin comparación muy aventajados a los míos, hágame el gran favor de determinar en el asunto como cosa propia; advirtiendo, para su gobierno, que si al José se le pudiese proporcionar como seguir con sus estudios, es más aparente para este designio, y él mismo manifestará a Vmd. su inclinación, quedando siempre la mía ansiosísima de corresponderle estos favores, y emplear en su obsequio la verdadera buena voluntad y reconocimiento de su invariable amantísimo atento amigo. Q.S.M.B. Jn. Anto. Alvarez de Arenales".
      Poco después de recibir, en propia mano de los jóvenes Arenales -- Florentín Antonio de 18 años y José Ildefonso de 17 -- las misivas transcriptas, a Juan José de Anchorena le llegó otra carta jujeña de Tomás, donde entre distintas noticias y comentarios, expresaba: "... Con fecha de 6 del corriente te he dirigido una recomendación a favor de don Valentín (sic, por Florentín) y don José Arenales, acompañándote copia de la que me remitió su Padre el Gobernador de Cochabamba. En ella te digo que los hospedes en casa, si hubiera una vivienda desocupada y cómoda donde puedas recibirlos, y sinó les procurarás un cuarto de alquiler en que se acomoden a su satisfacción, pero tu harás lo que te parezca mejor, pués aunque me aseguran que son buenos muchachos, te los he recomendado por que no he podido prescindir de hacerlo; ya ves las circustancias de las cosas, y al menos proporcionarles el que vayan a comer cuando gusten o todos los días, hasta que logren el objeto de su viaje...".
      Aconteció entonces que don Juan José tuvo a los hijos del General Arenales alojados en su casa, y por cierto que el hospitalario anfitrión les dispensó a los muchachos un trato afectuoso y paternal. Ello se comprueba por el texto de esta carta agradecida del heroico guerrero a mi tatarabuelo Anchorena, despachada en Jujuy el 16-VI-1816, cuyos párrafos más significativos transcribo. "Señor mío y de todo mi aprecio: Su estimable de Mayo último acaba de ratificarme el concepto en que estube de serle deudor de fabores que yo no seré capaz de corresponder muy a pesar de los positivos deseos que tengo de ello. Estoy demasiado satisfecho del hospedaje que Vmd. se ha servido dispensar a esos sus criados, mis hijos ... Yo no debo dar consejo en materia de comercio, por que me son ya desconocidos, pero por una razón natural reflexionaba y había escrito a Florentín ... que en todo y para todo se sujete al dictámen y dirección de Vmd. ... que si pudiera lograr que ese niño se acomode en una casa de comercio, semejantemente que lo ha hecho José, sería lo más seguro...Por fin repito que se sujete en todo a su consejo y dirección, en que reciviré la maior satisfacción y muchos fabores del honor que Vmd. me dispensa.-
      "Reservado.- Hace cinco días que por disposición del nuebo Sr. Director Pueirredón se celebró una Junta de Guerra de los Jefes de este Exército, presidida del mismo Superior, en que después de haverse discurrido varios puntos sobre medidas y planes de seguridad, unión y enlaze de las Provincias, y adelantamiento para intentar algún progreso, se acordó deverse retirar estas tropas veteranas al Tucumán o sus inmediaciones, hasta poder ponerlas en estado de abrir nueva campaña, quedando inter el Marqués de Yabi con su Batallón como avanzada a la inmediación de los enemigos que se hallan en la maior parte de sus fuerzas desde Santiago (de Cotagaita) a Suipacha y puntos paralelos inmediatos, y el Gobernador Güemes, con la contraporción de veteranos que tiene y la gauchada, está a la mira y sobre estos parajes como de banguardia. En consecuencia se empieza a mober este exército en retirada, que acabará de salir en toda esta semana entrante. Dios quiera que produzca buenos efectos esta determinación, como me sería fácil presumir si el Exército tuviese a su cabeza otro jefe de las cualidades que son necesarísimas, y sin las quales es imposible progresar. Mucho pudiera expresar acerca de un punto tan interesante como éste, pero creo no es cordura darlo a la pluma quando las comunicaciones padecen lo que nos hace ver la experiencia..." Firma: "Juan Ant. Alvz. de Arenales".
      Tres años más tarde, el 8-VI-1819, el General Arenales le escribía desde Córdoba a Juan José de Anchorena: "Señor mío de todo aprecio: Justamente había notado Vmd. mi falta, y justo será por lo mismo que yo le satisfaga. Cuando Florentín me remitió las charreteras que había encargado a la bondad de Vmd., no me avisó su precio, ni hasta hoy lo sé. Como a la sazón obtuvo el pase para el Exército de los Andes, creí que viniese muy pronto y me dijese el valor de aquellas para despachar a Vmd. el dinero sin dilación; mas obstáculos impensados para mi, que han entorpecido la salida de ese muchacho, muy a pesar mío, me han hecho incurrir en la indicada falta. En este concepto suplico a Vmd. sírvase dispensarme y tomarse la molestia de advertirme dicho importe para remitirlo en la brevedad posible...La demora de Florentín me tiene ya desazonado, y más por las bochornosas circunstancias que la han motivado". (Arenales alude, sin duda, a la guerra civil en que participaba Florentín como Capitán de las tropas porteñas contra las montoneras santafesinas de Estanislao López, guerra que dificultaba las comunicaciones normales entre Buenos Aires y Córdoba).

      Más sobre la actividad mercantil de los Anchorena

      A partir de la muerte de su padre, los hermanos Anchorena acrecieron y diversificaron los negocios de su Casa en el país y en el extranjero. A este respecto el libro de Carretero proporciona abundantes informes sacados de documentos existentes en el Archivo General de la Nación: cartas comerciales intercambiadas entre aquellos -- en especial Juan José Cristóbal, dinámico conductor de la empresa -- con algunos socios o agentes suyos acreditados en distintos lugares o plazas donde realizaban sus transacciones: cuyos párrafos -- a veces no exentos de referencias políticas de interés -- fragmenta y transcribe, desordenadamente, dicho publicista a lo largo de su trabajo.
      Los Anchorena mantenían un activo comercio, por vía fluvial, con toda la zona litoraleña argentina y con el Paraguay. Los rubros más importantes que ellos colocaban ahí eran paños, lienzos, sombreros de pelo de lana, cotonías, ferretería surtida, efectos de hojalata, y hasta remesas de cerveza embotellada. A cambio de esto, personeros de los Anchorena adquirían en aquellas regiones y mandaban a Buenos Aires, fuertes partidas de yerba mate -- que se vendía luego en Mendoza y Chile --, cueros vacunos y caballares -- para exportar a Europa --, y sebo, maní, tabaco, tiranterías de madera, entre otros cargamentos.
      En Santa Fe y su vasta área de influencia -- extendida a Entre Ríos, Corrientes y al ámbito paraguayo -- trabajan asociados con los Anchorena, cada uno por su cuenta, Francisco Alzogaray y Francisco Antonio de la Torre. Aquel -- a quien frecuentemente veremos figurar en la correspondencia de mi antepasado Juan José -- estaba casado con la santafesina Mercedes Echagüe y Andía ( ), la cual, entre otros hijos dió vida a Alvaro José de Alzogaray, "digno de renombre de intrépido y sereno guerrero", según lo expresó el parte de combate de la Vuelta de Obligado, donde él se destacó al mando de la batería "Restaurador".
      Por su parte Francisco Antonio de la Torre resultaba sobrino de la mujer de Juan José de Anchorena, Bonifacia de Lezica y Vera Muxica, pues era nieto de una tía carnal de ella: Teodora de Vera y Muxica, consorte de Francisco Javier de la Torre.
      Un cuñado de don Juan José: Sebastián de Lezica y Vera, establecido de momento en Rio de Janeiro, fue agente suyo en la capital carioca. Lezica adquiría azúcar, tabaco, aguardiente y café en el Brasil, y conectaba a los Anchorena con mercaderes europeos, compradores de cueros, lanas, sebo y quesos. A propósito de quesos, la suspicacia malevolente de Carretero hacia los capitalistas argentinos en su libro, salta de pronto, presentándolos -- sin prueba ninguna -- como llevando a cabo una subrepticia fuga de capitales, poco menos que en perjuicio del interés nacional: ello a raíz de ocho renglones sacados de una carta de don Juan José, enviada en 1814, al fuerte comerciante gaditano José Genesy: "Están por salir con destino al norte dos cargamentos de quesos -- escribe Anchorena --, estimaría a Ud. remita en letras a Londres a los señores Hullet y Cía. todo el efectivo que le sea posible. Este negocio (de exportar quesos) he emprendido (para) resarcir las muchas pérdidas que por distintos modos he experimentado en ésta época, que tan ventajosa a sido a los pícaros" (ingleses). Tras reproducir estos párrafos claros, de sentido intergiversable, Carretero afirma muy suelto de cuerpo "que los quesos de referencia eran envolturas de dinero en metálico que se enviaban afuera del país (?), y que la técnica de hacerlo envuelto en sebo se había cambiado por la del queso. También la misma carta expresa que Juan José Cristóbal mandaba sus dineros a Londres, consignados a Hullet Hnos..., tal vez porque estimaba que estos ingleses eran más honestos que los que operaban en Buenos Aires".
      Linda manera de escribir historia la del archivero de marras! Porque a él se le ocurre, hace aparecer a mi tatarabuelo dándoselas con queso a los capitanes de navíos mercantes británicos a fin de eludir el pago de fletes sobre unos supuestos lingotes, que, en la neblinosa ciudad del Támesis, los hermanos Hullet extraerían de entre aquellas pastas cuajadas, saladas y consistentes, de rudimental elaboración en las chacras de los alrededores de Buenos Aires!
      Grandes partidas de cuero colocaba don Juan José en Londres, por intermedio de sus representantes Vicente Casares y Juan Nowell, relacionados con la firma Hullet Brothers, Brown Watson, Hill Huildhin, entre otras; y tales remesas de corambre -- aseguradas en la compañía Stervast Mac Gall -- transportábase invariablemente en naves inglesas que se llamaban: "George Canning", "Warpe", "Bellona", "Friad", "Lovely Anne", "Wellington", "Lusitania", para no nombrar sinó unas cuantas. Asimismo frutos del país remitidos por Anchorena se desembarcaban en distintos puertos del viejo mundo, como Hamburgo, Amberes (consignados a la Casa de Norberto Luis José de Weil, por intermedio de Eduardo Verschaesen), el Havre y Burdeos (dirigidos a Changeirny y Cia.). En Chile atendían los negocios de los hermanos Anchorena: Felipe del Solar y Juan de Santiago Barros. En la Habana trocaban los empresarios Anchorena cantidad de pellejos curtidos por azúcar de caña dulce; y hasta llegaron a vender cueros en Calcuta, de donde a su vez trajeron para el Rio de la Plata géneros bengalíes, rasos, "madrases" y gasas blancas y azules.
    • Don Juan José visto por un biógrafo empeñado en sacarle el cuero

      Aparentando objetividad, Carretero lo pinta así a don Juan José Cristóbal: "Hombre firme, de conceptos claros, conciso en las palabras, concreto en los negocios, detallista hasta la fatiga, de una memoria asombrosa sobre los hechos y sobre los hombres ... Pulcro en la conducción de los negocios, aceptó como medio la realización de operaciones al margen de la ley, pero siempre se mostró remiso a utilizarla, cuando quedara en evidencia ante la consideración de sus contemporáneos, pues siempre se impuso como limpio y respetuosos de las leyes (?). Ferviente católico, se negó siempre a admitir que la fuerza de los hombres pudiera cambiar el destino señalado por Dios, y siempre reiteró su creencia en el triunfo de la justicia divina sobre los devaneos y desmanes humanos. Su formación política lo inclinó hacia los gobiernos fuertes, centralistas, pero ampliamente liberales en materia económica ... Se negó a intervenir en algunos negocios no claros, previendo que ello lo colocaba a la misma altura de quienes detestaba, pero no tuvo inconveniente en hacerlo, y con largueza, cuando tenía la certeza de la impunidad...".
      Las inferencias antojadizas de Carretero presentan a mi antepasado como un personaje contradictorio, frio, ávido por ganar dinero, mezcla de Tartufo y católico ardoroso; urdidor, en secreta impunidad, de operaciones al margen de la ley para lograr su propio ascenso; inclinado en política hacia los gobiernos fuertes, centralistas. Por cierto que en aquel tiempo, como hoy -- y lo mismo mañana --, todo gobierno débil -- acá y en cualquier parte del mundo -- está condenado a ser barrido de la escena. Mas el biógrafo, en su afán de restarle simpatías al primogénito de los Anchorena, omite, en su libro, consignar que don Juan José votó favorablemente, en la Legislatura, el tratado del Pilar -- pacto interprovincial preexistente a la Constitución nacional --, y que, con posterioridad, el hombre fue uno de los fundadores del partido federal, opositor acérrimo del centralismo unitario.
      Veamos ahora las únicas pruebas que aporta Carretero para sostener, en su libro, que don Juan José Cristóbal se reveló "fríamente concentrado a la marcha de los negocios ... sin desdeñar en ningún momento los caminos al margen de la ley, si con ellos obtenía beneficios financieros": El 1-VI-1816, Francisco Antonio de la Torre, que había huído de Santa Fé a causa de la guerra civil, le escribe a Anchorena desde Córdoba: "... No dudo sabrá Ud. el completo saqueo que sufrió nuestra casa en Santa Fé; sin embargo de lo cual puedo asegurar el principal que a Ud le adeudo; si no es que hay ya otra revoltija, y den con el contrabando, tengo hecha la resolución de esperar en ésta (Córdoba) a que calmen un poco las desavenencias para regresar (a Santa Fé), y entre tanto cobraré aquí algunos reales que me deben...".
      "Esta carta -- sentencia Carretero -- sirve para demostrar que en las negociaciones de Juan José Cristóbal de Anchorena el contrabando era una manera de comerciar, confirmando lo que se aseguró antes, sobre su compleja personalidad".
      Y bien, las cosas ocurrieron así; En Santa Fé, el 1-III-1816 el Teniente Estanislao López, con una compañía de Dragones y gente de la campaña, se subleva en Añapiré a favor de Artigas, contra el gobierno de Juan Francisco de Tarragona, considerado títere de Buenos Aires. López obra en combinación con Mariano Vera, jefe de un numeroso grupo de vecinos y alma de la insurrección. Ambos caudillos se disponen a expulsar del territorio santafesino a las tropas porteñas que, a órdenes de Viamonte, ocupan la ciudad. En Santo Tomé (8 de marzo) y Estanzuela (20 de marzo) los contingentes federales lugareños inflingen reveses a las fuerzas de Viamonte; quien finalmente (31 de marzo) se ve obligado a capitular en la ciudad, quedando prisionero de Vera. Allá, entretanto, la casa de negocios de Anchorena es saqueada por las turbas o la soldadesca, pero el corresponsal suyo de la Torre logra sacar "el principal" -- o sea el dinero contante y sonante que de la Torre adeudaba a Anchorena --, y llevarlo de "contrabando" a Córdoba, desde donde (1 de abril) le comunica a don Juan José, que puede asegurar ese "principal", sino se produce, en la docta ciudad, "otra revoltija". La torcida interpretación de la carta antedicha revela, mas que mala fé, el razonamiento insipiente del acusador de Anchorena.
      Segunda prueba tremenda de Carretero para tachar a don Juan José Cristóbal de contrabandista. El 19-II-1817, desde Buenos Aires, Anchorena le manda una carta a su asociado Francisco Alzogaray que estaba en Santa Fé, y , entre otros asuntos relativos a sus negocios, le dice: "... Estoy por embarcar en la goleta de aquel francés Mervó, 39 piezas de lienzo portuguesas y 3 fardos con 90 piezas de paño de la Estrella: si se verifica irán con el despacho por puertos extranjeros y usted, tratará de desembarcarlos en Santa Fé o Paraná, en donde más convenga, si sobre el puerto del Rosario hubiera dificultad...".
      El francés Mervó -- nos ilustra Carretero -- fué un viejo contrabandista que tuvo varios procesos, pero siempre pudo evitar los castigos por las amistades que tenía en los tratos comerciales. La indicación de puertos extranjeros constituye una argucia para poder introducir mercaderías sin pagar derechos aduaneros en los puertos de destino, pués ya habían sido pagados al ser introducidos en Buenos Aires. De allí la recomendación de allanar las dificultades que se pudiesen presentar".
      Y bien; todo el litoral argentino estaba revuelto entonces por la guerra civil. Cinco meses atrás de aquella carta de Anchorena a Alzogaray, la escuadrilla porteña al mando de Brown varó en el Paso de Santo Tomé, y Estanislao López, con las milicias santafesinas, se había apoderado de ella; mientras, por tierra, marchaba contra Santa Fé un ejército bonaerense comandado por Eustoquio Díaz Vélez, quien tomó la ciudad, derrotando a López y a su montonera. Por cierto que el puerto de Buenos Aires manteníase cerrado para "los pueblos libres" que acaudillaba Artigas y, a la recíproca, los embarcaderos de esas provincias artiguistas no admitían efectos originarios de Buenos Aires, aunque sí, despachados por puertos extranjeros. En consecuencia, la única alternativa que le quedaba a Anchorena para sostener su intercambio comercial con el litoral argentino, era facturar el envío de mercaderías como procedentes de "puertos extranjeros", y así introducirlos en el Rosario, en Santa Fé o en Paraná, interdictos a causa de la guerra civil. Tal la razón de aquel falso despacho: recurso empleado no para burlar el impuesto aduanero, ni para introducir géneros prohibidos en aquellas zonas del país convertidas en campo de Agramante, sino con el fin de mantener un tráfico mercantil momentáneamente trastornado por situaciones políticas de hecho. Atento a ello, la actitud de Anchorena en esa emergencia nadie, de buena fé, podría calificarla como delito económico.
      Por lo demás, uno de los transportistas de las mercancías de Anchorena a lo largo de nuestros ríos interiores en sus embarcaciones de cabotaje, era José Pons, alias "Pepe de Mahonés" (tatarabuelo de Estela mi mujer -- ver la biografía de Pons en el Apéndice del capítulo que dedico al apellido Roo). Sobre el particular, el 20-VII-1818, Juan José Cristóbal le comunicaba a su socio santafesino Francisco Alzogaray: "... El Mahonés tubo aventura; el barco se vino a la plaia y fué preciso descargar 690 cueros en lo de Soler" (la barraca de Soler). Y el 29-VIII-1821, Juan José lo instruía por carta a su hermano Nicolás que estaba en Montevideo: "... En esa se halla un barco del Mahonés que pasa a Santa Fé, y deben salir correos; embarca, como te dije, yerva y algunos rollos de tabaco...".

      Juan José y su hermano Tomás Manuel vistos por anónimo informante realista

      Por el año 1817, un documento anónimo de procedencia realista, titulado "Idea de Yndibiduos que figuran o tienen influencia en el estado actual de Buenos Aires", así define a mi antepasado: "Don Juan José Anchorena: Comerciante de gran crédito e influjo público, con facilidad hace una revolución: ha figurado en ellas pero siempre con miras pacíficas, destruyendo los embates e intentonas fraccionarias y sugiriendo la concordia. Quiere bien a los Españoles Europeos: ha desempeñado empleos de consecuencia y despreciado otros muchos. Hombre de juicio e integridad y se le considera capaz de un acomodamiento con España". Debajo de su nombre va escrito: "Confirmado".
      A renglón seguido el documento prosigue con: "Doctor Don Tomás Anchorena: Diputado en el último Congreso y hermano del anterior: no de tanto crédito pero sí de ideas semejantes". Debajo del nombre también se escribe: "Confirmado". (Documento publicado por Ricardo R. Caillet Bois en el Boletín del Instituto de Investigaciones Históricas de la Facultad de Filosofía y Letras. Tomo XXIII. Buenos Aires 1939).

      Don Juan José a lo largo de la administración de Pueyrredón

      En 1817 Juan José Cristóbal de Anchorena, Felipe Arana y Pedro Fabián Pérez renunciaron a la Junta de Observación, cuyo organismo dejó de existir, en adelante, al ejercer el Poder Legislativo el Congreso reunido en Tucumán con carácter nacional. Al año siguiente a mi antepasado lo designó el gobierno miembro de la Junta para el establecimiento de la Caja de Descuentos, entidad que tenía por objeto cambiar los vales del Estado por numerario, mediante el descuento de un determinado porcentaje -- creo que el 6%.
      A fines de 1819 el Director Pueyrredón encargó oficialmente a don Juan José Cristóbal y a Vicente Anastasio Echevarría para que, juntos con Juan Manuel de Rosas, organizaran el establecimiento de fortines en la campaña, a fin de transladar a estos centros de resistencia el gobierno y alguna población urbana, en caso de que la ciudad fuera atacada por aquella expedición española de 21.000 hombres que tenía reunida en Andalucía, con destino al Rio de la Plata, el General O'Donnell, Conde de la Bisbal. (Ejército expedicionario que amotinó Riego, en 1-I-1820, con el propósito de restaurar en España la Constitución de 1812).
      Con ese motivo Rosas, a la sazón muchacho de 26 años, elevó al gobierno su primer documento público: una Memoria notable, que más allá de un plan de emergencia proponía la colonización militar, pacífica y definitiva, de la pampa salvaje: "La paz -- escribió convencido el futuro "Héroe del Desierto" -- es la que conviene a la Provincia. Unos tratados que la afianzasen, traerían la civilización, la población y el comercio; serían el bálsamo que curase las heridas a la vida, honor y propiedades de los habitantes de la campaña y a centenares de familias. Los indios hasta llegarían a suplir la presente escazes de brazos ... En mis estancias "Los Cerrillos" y " San Martín" tengo algunos peones indios pampas que me son fieles y son de los mejores: lo que he conseguido de ellos, podrían conseguir otros hacendados, poniendo los medios. Los tiempos actuales no son los de quietud y de tranquilidad que precedieron al 25 de mayo. Entonces se hacían entradas a los indios por que eran éstos los únicos enemigos de las provincias; por que la subordinación estaba bien puesta; por que las guardias protegían la línea; por que sobraban recursos; por que el fuego devorador de las guerras civiles no nos abrasaba; por que había unión ... Poner por lo tanto las fronteras en un pie brillante de defensiva, es hoy lo que nesecita la campaña. Una gran población o ciudad cuartel en el centro, en Kaquel Huincul, la laguna del Sermón o la de Hinojales, u otro lugar apropiado, sería la plaza fuerte ... Luego, los fortines menores desde Lobos a Viboratá o Cabo Corrientes, que se convertirían en otros tantos pueblos, a una distancia de veinte leguas de la sierra...". Un impuesto indirecto, de cuya cobranza y administración se encargaría una "Sociedad de labradores y hacendados", nombrada por el gobierno, costearía los gastos del referido plan de fomento y defensa de la campaña. "Algo quiso hacerse entonces -- estampó Rosas mucho después, superando con su iniciativa a sus compañeros Anchorena y Echevarría --, pero al fin nada se hizo".

      Actuación pública de don Juan José durante el caótico año 20

      Después de gobernar 7 meses y 11 días (del 10 de junio de 1819 al 31 de enero de 1820) el Director Supremo Rondeau delegó el mando en el Alcalde de 1º voto Juan Pedro Aguirre -- primo hermano de los Anchorena --, y al frente de las tropas porteñas salió a campaña para concluir derrotado al día siguiente, en la Cañada de Cepeda, por las fuerzas montoneras federales de los caudillos de Santa Fé y Entre Ríos, Estanislao López y Francisco Ramírez -- ambos prosélitos aún de Artigas, máximo "Protector de los Pueblos Libres".
      Tras ese descalabro militar, cayó para siempre el régimen directorial, centralista y monarquizante instalado en Buenos Aires, asumiendo, en lo sucesivo, cada provincia su propia autonomía.
      He aquí la versión de Juan José de Anchorena sobre el encuentro de Cepeda y sus derivaciones, contenida en una carta del 14 de febrero a su socio Francisco Alzogaray, que en el Brasil adquiría grandes partidas de yerba mate, que luego embarcaba para Montevideo y Buenos Aires, de donde poníanlas en camino hasta Mendoza y traspasaban la cordillera con destino a Chile: "... El 1º de éste fue atacado Rondeau en las inmediaciones de Pergamino por 800 hombres que mandaba Ramírez. Las fuerzas nuestras eran 500 hombres de infantería y 280 de caballería y negros montados. La caballería corrió y envolvió a la infantería (atacante), pero finalmente siguió aquella hasta esta ciudad; y la infantería con toda la artillería (porteña) siguió a San Nicolás, en donde se halla. Nuestra pérdida sería como de 30 a 40 hombres, entre ellos 5 oficiales: Castellanos, Beláustegui, Hurtado y otros dos. Los cobardes vinieron diciendo que todos los demás habían sido acuchillados, que había en el campo de batalla 700 hombres, pero después todo ha salido falso. El 7 se recibieron oficios de Artigas y Ramírez convidándonos con la paz, de cuyas resultas se aumentaron las jaranas. Ha cesado el Congreso y Rondeau entregó el mando al Cabildo, y para el despacho de lo militar ha puesto a Soler, y de lo político a Miguel Irigoyen. Entretanto se negocia con los santafesinos, se convoca a elecciones de Gobernador provincial, quedando esta provincia dispuesta a la federación. Estas novedades debe Ud. considerarlas de mucha consecuencia, porque el partido que prepondere podrá continuar la amistad con ese Gobierno (portugués) o declararle la guerra, que siempre será nominal. Hasta el día carecemos de toda correspondencia del interior. Las comunicaciones entre Santa Fé y Córdoba se han franqueado. No hay noticia que se haya franqueado con Mendoza, y en caso de verificarse me parece que podrá internarse tanta yerba que pase a Chile en esta cordillera ... A consecuencia de la paz con Santa Fé vendrán algunas partidas que están en Goya, Corrientes y el Paraná...".
      El Cabildo bonaerense, a todo ésto, había quedado en pie como única institución legal, y con el nombre de "Cabildo Gobernador" reasumió el gobierno de la ciudad y su campaña. Apremiado por las circunstancias, convoca entonces a votar a la parte "sana y principal " del vecindario por electores, los cuales, a su vez, debían elegir a los futuros Representantes del nuevo Estado federativo. Ramírez y López, junto al general Miguel Estanislao Soler -- jefe del ejército veterano y de las milicias cívicas, que acababa de firmar un armisticio con esos caudillos --, rechazan la personería del "Cabildo Gobernador"; cuyo organismo, no obstante ello, reúne el 16 de febrero a 182 "honorables vecinos" que, en "cabildo abierto", consagran por pluralidad de sufragios (cada asistente votaba por dos nombres) a los siguientes doce miembros de la Junta de Representantes, flamante entidad depositaria de la soberanía provincial; Vicente Anastasio de Echevarría (que obtuvo 50 votos), Juan Pedro Aguirre (43), Victorio García de Zúñiga (35), Tomás Manuel de Anchorena (31), Juan José de Anchorena (30), Antonio José de Escalada (24), Sebastián Lezica (15), Vicente López y Manuel de Sarratea (14, cada cual,) Manuel Luis de Oliden (11), Juan José Passo (10) y Manuel Obligado (9).
      Veinticuatro horas más tarde, dichos Representantes designaron Gobernador de la Provincia a Manuel de Sarratea. Y una semana después (24 de febrero) los referidos legisladores -- entre ellos Tomás Manuel y Juan José de Anchorena y mi quinto abuelo Antonio José de Escalada -- aprobaron y ratificaron el tratado del Pilar, firmado el día anterior por Sarratea, Ramírez y López ( ).
      El 20 de febrero Juan José Anchorena despachó para su socio Alzogaray, que aún permanecía en tierras tropicales, estas noticias frescas: "Han sobrevenido grandes convulsiones en medio de las cuales se firmó el 17 un armisiticio en Luxan. Se ha formado una Junta de Representantes en que estamos Tomás y yo; las muchas ocupaciones no han dado lugar a conversar los tratados, pero están indicadas las bases y creo se verificará la paz en breve. Hoy se ha podido prorrogar el armisticio por el Gobernador de esta Provincia Sarratea. En esta inteligencia suspenda Ud. las compras y espere mi segundo aviso, pués yo creo se hará la paz". Y el 4 de marzo otra carta de Anchorena le expresa a Alzogaray: "Por el adjunto impreso verá Ud. la paz que se firmó el 24 de dicho febrero. Los generales Ramírez y López han estado en esta ciudad paseando, y varias divisiones se han retirado, pero con la llegada de Balcarce de San Nicolás y de Alvear de Montevideo, hay agitaciones y no sabemos si la paz durará. Por todo esto suspenda Ud. la compra y solamente siendo muy barata continúe comprando y remita a Chile".
      Mientras tanto, la ciudad porteña convertida en pandemonium se debatía en el caos. Una seguidilla de sublevaciones militares, de estrepitosas asambleas demagógicas y de intrigas políticas confusas, amañadas por Sarratea, Soler, Balcarce, Alvear y el chileno José Miguel Carrera -- para mentar sólo a los actores de mayor fuste -- levanta y voltea personajes y trastorna situaciones de un día para el otro. De todo esto Alzogaray se va enterando por don Juan José quien (20 de marzo) le escribe: "El 6 fué nombrado popularmente Balcarce por Gobernador y Capitán General de la Provincia; Soler y Sarratea, que no pudieron oponerse a este golpe militar, salieron al campo y reuniendo gente, asociados del General Ramírez, se situaron en Caseros. El vecindario y tropas que conocieron el engaño que habían padecido con Balcarce, empezaron a salir y reunirse con Soler; los primeros los cívicos, después los veteranos. Entretanto se declaró la guerra, con repiques de campanas y salvas de artillería por haber sido declaraciones populares por aclamaciones. Todos los días había Cabildos abiertos y reuniones populares, pero se iban quedando solos. Cada hora una proclama, bandos, decretos, penas, etc. etc.; todo el pueblo creía que Balcarce y sus secuaces -- entre los que estaba el Dr. Chabarría y el Dr. Medrano, quien arengando por la guerra hizo llorar al auditorio -- estaban locos. Ultimamente, el 11 a la noche, los aguerridos, los argentinos y los cívicos pasados, que se hallaban concentrados en la Fortaleza, se abrieron camino a balazos; hubo algunas averías y muerto el Mayor Francisco Bausá; fugaron Balcarce, Viamonte, Rolón, los dos Irigoyen, Ambrosio Lezica y otros muchos, quedando la Fortaleza por más de dos horas sin centinela...". Y (24 de marzo) prosigue el mismo remitente: "Huídos Balcarce y sus secuaces, Viamonte, Díaz Vélez, J. Alvarez, Baldovinos, Galup, Ambrosio Lezica, Dr. Medrano, Dr. Chabarría, los dos Irigoyen, Rolón y otros fogosos, entró Sarratea, con lo que queda subsistente el tratado de paz del 24 de febrero. Esperamos que se franqueará el comercio con el Paraguay; ya han salido los buques que había en San Nicolás. La yerba está aquí a 19 pesos. En Chile a 20. En Santa Fé no hay sino unos pocos tercios. En cuya virtud repito mi opinión de que toda la yerba que haya comprado la remita a Chile, en el modo que he prevenido en mis anotaciones. Los chilenos han tomado todos los puertos de Bolivia. Sabemos la revolución de España por la Constitución. El Gobernador Ramírez, en su estada en esta, ha dado patentes de corso contra los Portugueses...".

      El desquicio persiste y se complica

      En Buenos Aires el desbarajuste político era mayúsculo. El 25 de febrero, los porteños tuvieron que soportar la humillación de ver recorridas sus calles desguarnecidas por Ramírez, López y el chileno Carrera, a la cabeza de sus "vándalos anarquistas", que ocuparon la Plaza de la Victoria atando los caballos en las cadenas y postes de la pirámide de Mayo.
      Recordemos que solo 10 días estuvo Sarratea encima del sillón gubernativo, cuando su situación se complicó con aquel arribo de Juan Ramón Balcarce desde San Nicolás, al frente de la infantería que saliera intacta del combate de Cepeda. Alterada entonces la escena política, Sarratea en apuros tomó las de Villadiego -- las de la villa de Pilar, mejor dicho --, donde se asila en el campamento de los caudillos federales.
      Imputábanle a Sarratea haber entregado a los montoneros gran cantidad de fusiles, sables, tercerolas, municiones y hasta artillería, sin anuencia del pueblo y de la Junta de Representantes; y también se le atribuía haberlo hecho venir a Alvear de Montevideo, en complicidad con José Miguel Carrera. Acéfalo el gobierno, Balcarce asumió el mando, tras una cabildada reunida a pedido de 165 ciudadanos. De ahí a poco, Soler perpetra su cuartelazo y se lleva la tropa a dos leguas de la ciudad, a Caseros, donde se pronuncia contra Balcarce; quien huérfano de apoyo militar hace mutis por el foro. Aparece después Alvear y con apoyo de algunos oficiales pretende birlarle el mando a Soler; pero una pueblada enfurecida -- adicta sin duda a este jefe -- casi lincha al recién venido, el cual termina preso en la cárcel del Cabildo "bien estropeado".
      Reinstalado Sarratea en la silla ejecutiva por Ramírez y López, decreta en seguida la liberación de los presos para beneficiar a Alvear; más como el Cabildo tenía las llaves del calabozo, el Gobernador tuvo que negociar con los cabildantes la entrega del detenido, que fué soltado a condición de embarcarlo inmediatamente para Montevideo. El diplomático chileno Miguel Zañartu le refirió a O'Higgins que resuelto el embarque de Alvear, "lo llevaron un Regidor y un oficial al muelle, hasta cuyo punto los persiguió un hombre desconocido con resolución de matarlo, y tan enfurecido que quería seguirlo aún al barco". Y Zañartu cerraba su misiva con esta reflexión: "Mientras el heroico pueblo de Chile y su digno gobierno sostiene el crédito de la revolución del Sud, evita la ruina total de estas Provincias y se prepara sus últimos laureles dando un golpe decisivo sobre el Perú (San Martín mediante, desde luego), Buenos Aires, en contradicción con sus intereses y la más beneficiada en aquellos sacrificios dispone en su mismo seno una expedición (la de Carrera fomentada por Sarratea) que llebe el exterminio y la desolación a ese Estado virtuoso" (Chile).
      Zañartu, en definitiva, resultó declarado persona non grata por el gobierno porteño, y obligado a alejarse de la ciudad. Así que, desde Montevideo, el 21 de Abril, envió a Santiago el detallado informe que transcribo a renglón seguido:
      "Exmo. Sor. Supremo Director del Estado de Chile: La desgraciada provincia de Buenos Ayres, cuya sociedad y administración embuelve todos los elementos del desorden, recoge ya los tristes frutos de su desorganización. Los sugetos respetables del país, todos los individuos capaces de poner un dique a la anarquía, desesperando del remedio, se han trasladado a este pueblo. Y se apresuran también a separar sus familias de un suelo que no ofrece al ciudadano ni al habitante la protección de ningún derecho. Tal es el resultado horrible de una federación que sólo servía de pretexto a unos aspirantes viciosos, que jamas podían figurar baxo otro orden. Ellos profanando aquel santo nombre, creyeron llegar a ser bastante fuertes para darse recíproco auxilio contra los mismo pueblos que oprimían. Pero ha sucedido lo que era inevitable en el órden de la sociedades. La hez de ellas, enseñada en la escuela de aquellos integrantes inmorales, vende su protección al que sabe negociarla, y amenaza tomar pronto las redes del Gobierno, con ruina absoluta de todas las fortunas y con sacrificio de los ciudadanos virtuosos. En estos días se ha sofocado afortunadamente una explosión que preparaban los argentinos cuerpos compuestos en su mayor parte de negros y mulatos. El Gobierno actual, que no subsiste por el voto de los hombres de bien, tendrá que disimular los crímenes de los que lo apoyan. Esto es por lo respectivo a Buenos Ayres. El Entrerios está igualmente presa de la anarquía. Un tal Correa, llamado el cojo, se ha apoderado de los principales puntos de la Provincia, formándose partido con la concesión del saqueo y del robo. Ramírez ha tenido que volver a su socorro; pero todos opinan que llega tarde, porque su competidor es ya más fuerte. Santa Fé sufre igual desgracia. Los indios capitaneados por un Aldao tienen muy apurado a López el menos malo acaso de los coaligados. De manera que la federación sólo está en los tres individuos que la promovieron, y en Carrera que se afana también en buscar medios para llevarla a ese país" (Chile).
      A todo esto Alvear, lejos de haber partido para la vecina orilla, permaneció oculto, en medio del río, en la goleta "Heroina". Sorpresivamente baja a tierra; y la noche del 26 de marzo trama un audaz golpe en el cuartel de "Aguerridos", a fin de suplantar a Soler en el mando general de las armas.
      Sobre ello Juan José de Anchorena, en carta fechada el 20 de abril, le pone a Alzogaray que estaba en Paranaguá: "... El 26 de marzo, de acuerdo con los militares, se apoderó Alvear del mando militar, habiendo preso a varios y extendido su órden a nosotros, que con disputas evitamos el golpe. A la tarde ocupó el Retiro con todas las tropas. En la noche se reunieron los cívicos, sus vecinos, y se vió obligado el 27 a retirarse a la Chacarita, en donde lo abandonaron los soldados y algunos oficiales. Ramírez y Carrera pidieron su amnistía, que no se le concedió, y ultimamente quedó sólo con 18 oficiales en lo de don Tiburcio Venegas ".
      En efecto: Aquella madrugada del 26, eufórico el incoercible revoltoso, creyéndose triunfante, le escribió a José Miguel Carrera: "Mi amigo: El Exército me ha proclamado General; todo está concluído sin desorden y con dignidad. Soler, French y Beruti han sido embarcados; Manuel y José María Escalada han fugado al campo; Vedia y Rojas escondidos; se va a arrestar a los Anchorena. Pagola está con nosotros. Ud. puede tener cuidado por lo que pueda suceder". Empero, horas después, al no conseguir respaldo popular y desertársele la tropa, Alvear huye a buscar protección en el campamento de Carrera -- otro que tal! -- establecido en la Chacarita, desde donde ambos se encaminan a sumarse a los caudillos enemigos de Buenos Aires, acampados en las márgenes del Arroyo del Medio.
      "El Indio (Ramírez) -- proseguía la carta de Anchorena a Alzogaray -- aspiraba 1º a la Comandancía de esta campaña, y, después de destronarlo Alvear, al gobierno de Santa Fé, por que el Entre Rios esta invadido por Correa y los portugueses ... Entre tanto siguen los pueblos en confusión. En Córdoba fusilaron el Sábado Santo 17 cabos y soldados por una conspiración descubierta el jueves. Tucumán se ha declarado república. En Santiago los del campo atacaron y destrozaron al partido sostenido por tropas de Tucumán. En la Rioja (atacaron) los del campo a los del pueblo, y hubo 60 muertos. En San Luis y Mendoza siguen las jaranas. En San Juan mandan dos sargentos y han impuesto al vecindario 12 mil pesos por impuesto mensuales, para gastos de los mil hombres que mandan. Lo más tranquilo es Santa Fé, mi Señora doña Mercedes (Echagüe y Andía, esposa de Alzogaray) tuvo sus sustos el 26 y 27 por la jarana de los cívicos que andaban en esas calle a balazos. Toda su familia está sin novedad".

      Cada vez se revuelve más el avispero político

      Por otra parte los caudillos federales victoriosos habían impugnado a los Representantes Echevarría, Paso y Juan Pedro Aguirre, tachados de directoriales. Y como Sarratea ocupaba la gobernación secundado por Oliden en calidad de ministro, y los Anchorena y Vicente López resolvieron dimitir a su representación legislativa, la Junta quedó desintegrada, reducida a 5 miembros. Entonces, el 22 de marzo, ambos Anchorena, Victorio García de Zúñiga, Vicente López, Sebastián Lezica y Antonio José de Escalada, sin investidura pública, como simples ciudadanos, elevaron un oficio al Gobernador Sarratea, instándole a que llame a elecciones al vecindario de la ciudad y campaña, a efectos de recomponer la Junta.
      De tal modo, electores urbanos y rurales designarían, por mayoría de sufragios (votando cada vecino por 3 candidatos) a 12 y 11 diputados en sus respectivos distritos. Realizados los comicios, el escrutinio consagró, el 27 de abril, a estos Representantes capitalinos para dicha segunda Legislatura: Tomás Manuel de Anchorena (con 212 votos), Ildefonso Ramos Mejía (con 180), Manuel Obligado (con 153), Juan José de Anchorena (con 136), Victorio García de Zúñiga (con 127), Juan Pedro Aguirre (con 119), Vicente López (con 105), Antonio José de Escalada (con 95), Francisco Antonio de Escalada (con 89), Miguel de Riglos (con 79), Juan José Paso (con 71) y Juan Alagón (con 70).
      Mas ocurrió que el Gobernador Sarratea impuso un veto acusando de directoriales y monarquistas a Tomás Manuel de Anchorena, a Vicente López, a Paso y a Juan Pedro Aguirre, y los procesa, además, como traidores aliados a Portugal. El Cabildo, sin embargo, desconoce ese veto, y sostiene que sólo a la Junta de Representantes corresponde juzgar a sus miembros. Sarratea, con todo, hace arrestar a Paso, a López y a Aguirre. Mientras la Junta, el 2 de mayo, resuelve dejar cesante a Sarratea del cargo de Gobernador, ordenándole, bajo palabra de caballero, que debía guardar arresto en su domicilio. Y aquel mismo día es elegido Ildefonso Ramos Mejía Gobernador Interino de la Provincia.
      Dos semanas más adelante, el cuerpo encomienda a Juan José de Anchorena y a Victorio García de Zúñiga, la redacción de un proyecto de instrucciones para Matías Patrón, a quien se pensaba enviar al Congreso de San Lorenzo en carácter de delegado de la Provincia, conforme a lo prescrito en el tratado del Pilar. Ello infunde optimismo a don Juan José, por lo que toma la pluma y escribe a su socio Alzogaray: "Aquí se van poco a poco aquietando los ánimos, y después de mi última del 20 ppdo. no ha ocurrido novedad. En Santa Fé algunas intenciones contra López, pero se ha situado con 400 hombres en lo de Larrechea, y con esta medida será lo bastante para imponerse". Y con fecha 23 de mayo amplía Anchorena estas noticias que, ansioso, debe haber devorado Alzogaray allá en los yerbatales brasileños: "Artigas se halla en hostilidades contra Ramírez, que está unido a Correa. Aquel ocupa la provincia de Corrientes, y estos defienden el Entre Ríos. No habiendo querido Ereñú unirse a Ramírez, lo prendió Correa y destinó la gente. Los buques bajan del Paraguay permaneciendo en Goya y no sabemos que hayan pasado. Por esto conviene permanesca Ud. en donde se halle, hasta ver qué semblante toman estas jaranas, por si conviene continuar la negociación de yerba ... Artigas detiene hoy buques del Paraguay. Siempre se vende en Chile la yerba con estiamción, y ya está prevenido Solar". (Felipe Santiago del Solar, factor comercial trasandino de Anchorena).
      Respecto de la caída en desgracia de Sarratea, el chileno Zañartu, temporariamente en Montevideo, le comentaba a su Ministro Joaquín de Echegaray: "El puerto de Buenos Ayres se ha mantenido cerrado en éste intervalo con el fin de aprehender al malvado Sarratea, que ha fugado de la reclusión que guardaba en su casa bajo su palabra de honor. Tarde han conocido aquellos ciudadanos que el vínculo de la palabra no liga a los malvados, y que en este rol debía considerarse al que traicionó su país desde los primeros momentos que ocupó indignamente la silla del gobierno. Sus primeros pasos fueron disolver los cuerpos veteranos, armar abundantemente a los enemigos del orden, cooperar con el infame Carrera en la destrucción de Chile, llamar a Alvear para apoyarse en su partido, libertar todos los prisioneros, y embolver al país en la anarquía. Seguramente no hace honor a Buenos Ayres el silencio vergonzoso que guardaba a la presencia de estos males, ni haber creído estúpidamente que era posible comprar la paz de los anarquistas en estas condiciones humillantes. El desengaño lo reciben cuando las salas de armas se hallan ya vacías, cuando los anarquistas han extraído del pueblo toda clase de auxilios, y cuando han descontentado a los pocos militares virtuosos que pudieron salvar al país ... La ruta de Sarratea es, según opinión general, a unirse con Alvear y Carrera que se hallan en Santa Fé negociando la cooperación con López y esperando a Ramírez que fué a pacificar Entrerios. Aquel triunvirato prepara un nuevo ataque a Buenos Ayres, y entretanto el pueblo se halla en el sueño de la muerte, y no se atreve ni aún a disponer los ánimos a una justa defensa. Carrera, Alvear, Sarratea y Ramírez, son unos malvados, unos traidores en la boca de todos cuando hablan en las cocinas de sus casas, pero cuando es preciso tomar una medida pública y enérgica, todos se encogen de hombros...".
      Pero mi antepasado don Juan José ante ningún reto insolente se encogería de hombros ni menos achicaría su ánimo: El 27 de mayo hizo presente a sus pares de la Junta que, por noticias recibidas de Santa Fé y Entre Ríos, consideraba urgente "tomar medidas activas capaces de oponer vigoroza resistencia a los insultos y amenazas en que se ve provocada esta Provincia". Propuso, en consecuencia, "se nombre un Gobernador por ocho meses, con todas las facultades civiles y militares que les piden las ocurrencias", y que "se nombre igualmente un Consejo cerca de éste Xefe, compuesto de cinco individuos, suspendiendo las sesiones esta Corporación por quatro meses".
      Tal moción dió lugar a "muchos debates y discursos encontrados", mas al fin los Representantes "quasi por unanimidad", resolvieron que Ildefonso Ramos Mejía continuara al frente de la Provincia. Sólo el diputado Manuel Hermenegildo Aguirre (como lo consigno en el estudio dedicado a ese tatarabuelo mío) no estuvo de acuerdo con la antedicha resolución, y dió su voto a favor de su colega Juan José de Anchorena.
      En la sesión posterior del 29 de mayo, otra vez don Juan José alertó a los Representantes acerca de "que no debe considerarse distante de ser atacada esta Provincia", y ante ese cuadro de cosas estimaba preciso "se le franquearan al Sr. Governador omnímodas y absolutas facultades, con algunas restricciones que fuesen como trabas a la arvitrariedad y despotismo". Sin tardanza pués, el 6 de junio, la Junta designó Gobernador titular y Capitán General de la Provincia, por ocho meses, a Ramos Mejía, al cual debía asesorar un "Consejo Consultivo" integrado por tres vocales titulares y dos suplentes.
      A poco andar (16 de junio), Estanislao López -- aliado con Carrera y Alvear -- declara la guerra e invade territorio bonaerense, a pretexto de que los porteños no habían cumplido los tratados de paz. Cuatro días después (20 de junio) el General Soler, al frente de sus milicias acantonadas en Luján se pronuncia contra el gobierno. Ramos Mejía, "hombre de orden pero pusilánime" -- al decir de Zañartu --, presenta su renuncia a la Junta de Representantes; cuya corporación la acepta y, acto seguido se declara disuelta por unanimidad. Tras esto, don Ildefonso encamínase acompañado por los ex representantes Juan José de Anchorena y Pedro Sebastiani, al Ayuntamiento local, donde deposita el bastón de mando en manos del Alcalde de 1º voto Juan Norberto Dolz. Entretanto en Luján, Soler exige que el Ayuntamiento capitalino legalice su status faccioso; y dicho organismo comunal -- al que se suman como meros ciudadanos los miembros de la disuelta Junta: Juan José de Anchorena, Manuel Obligado, Manuel Hermenegildo de Aguirre, Juan Alagón, Francisco de Escalada y Victorio García de Zúñiga --, en razón de que sus componentes "jamás habían tenido otro objeto delante de los ojos que el bien y la tranquilidad de sus Conciudadanos, a cuyo fin se habían dispuesto a hacer toda clase de sacrificios, acuerdan oficiar a Soler para que acuda a prestar el juramento de ley en esta Sala Capitular". El anárquico proceso de referencia había llegado a su culminación aquel 20 de junio, llamado "día de los tres Gobernadores"; Ramos Mejía (que hasta esa fecha gobernó por espacio de 1 mes y 18 días), el Alcalde Dolz (depositario del bastón por unas pocas horas), y el General Soler (que gobernaría 10 días -- 5 de facto y 5 de jure, por así decir --, hasta su derrota en la Cañada de la Cruz por los montoneros de Estanislao López).
    • Recrudece la guerra civil

      Soler antes de ponerse en marcha para rechazar la invasión de la montonera de López -- reforzada con indios del Chaco, parciales de Alvear y chilenos de Carrera --, deja como Gobernador interino al Coronel Manuel Dorrego; pero tras su descalabro en la Cañada de la Cruz, cerca de Morón (28 de junio), concluye abandonando la jefatura de la Provincia y retirándose a la Colonia, en la vecina orilla. El 7 de julio Juan José de Anchorena, "calamo currente", le informa a Alzogaray, que se hallaba en el Janeiro, acerca de los conflictos que aquejaban al país: "Habiendo sido dispersada la gente que mandaba Soler y embarcándose éste, nos hallamos desde el 29 último sobre las armas. López, Carrera y Alvear están en Santos Lugares, y desde allí hacen correrias hasta el Miserere (hoy Plaza Once) y Cueli (terrenos actualmente comprendidos entre las avenidas Santa Fé y Las Heras lindantes con el Jardín Botánico), pués no se animan a atacar a los cívicos que están con mucho calor en medio de unas heladas de las que no hay ejemplo...". Y en la siguiente carta (19 de julio), después de hablarle como siempre de negocios a su corresponsal, don Juan José lo entera de estos acontecimientos. "...Continúan las incursiones, robos, saqueos, etc, por Alvear, Carrera y López: están en San Isidro en breve habrá acción ... Sabemos que han llegado al Paraná 4 buques con yerba, y Ramírez continúa deteniéndolos ... Créase Ud. feliz en estar en esa (el Janeiro). Nicolás (Anchorena) en 22 días, solamente 3 días se ha desnudado por que manda el 1º tercio Cívico. Juan Pedro (Aguirre, su primo) manda el 2º y trabajan mucho, como que les vá el cuello. Creo que a la larga hemos de vencer a los ladrones. Tomás (Anchorena) tuvo que huir a Montevideo, por que Soler lo quería entregar por precio de los tratados (que exigían procesar a los directoriales), y habiendo corrido éste, a los 5 días tuvo que ir a Montevideo a ver los que él había hecho huir, que son muchos. Ahora es Gobernador político y militar don Manuel Dorrego...".
      Ocurrió que Dorrego se había dirigido a los pagos del sur, a fin de oponer resistencia, con las milicias campesinas, a los montoneros intrusos. El Cabildo, seguidamente, eliminado Soler, reasume el mando como "Gobernador Provisorio", y sin anuencia de Dorrego nombra comandante de los cuerpos cívicos urbanos a Marcos Balcarce. Pero he aquí que de improviso el Coronel Pagola, con alguna tropa salvada de la derrota, ha penetrado en la ciudad, y, por cuenta propia se adueña de la Fortaleza; mientras Alvear, en Luján, con el visto bueno de López, consigue hacerse pregonar Gobernador por unos diputados adictos, reunidos por él a todo galope en los "pueblos libres de la campaña". Pagola, por su lado, no transa con el "Cabildo Gobernador", cuya corporación de un día para el otro logra convocar una Junta Electoral (doce vecinos, entre ellos Nicolás Anchorena) destinada a elegir un gobernante que preserve al pueblo de la anarquía. Empero Pagola se niega a reconocer tal organismo, irrumpe en la sala de las deliberaciones, y la Junta electoral suspende su cometido por falta de garantías.
      Dorrego, entre tanto, ha reunido a las milicias sureras, y con los blandengues subordinados a Martín Rodríguez -- al cual secundan Lamadrid y el comandante Juan Manuel de Rosas, jefe de los escuadrones colorados -- entra en la ciudad amenazada, resuelto a defenderla a cualquier costa. Debido a este vuelco de situación, Pagola queda fuera de la escena; al propio tiempo que los ediles y electores de la Junta vuelven a sesionar y eligen Gobernador a Martín Rodríguez, quien no acepta su nominación. López, Alvear y Carrera, en el interín, se alejan hacia el norte, sin atreverse a atacar la capital de los porteños. Entonces el Ayuntamiento y la Junta, por unanimidad, proclaman Gobernador interino a Dorrego, salvador momentáneo de Buenos Aires; quedando Marcos Balcarce como Gobernador sustituto, ya que "por lo crítico de las circunstancias", la presencia del primer mandatario podría ser indispensable en "algunos puntos donde debe hacerse la defensa de la Ciudad".
      Sin demora, pués, Dorrego sale a campaña en persecución de los invasores, y en San Nicolás (2 de agosto) sorprende el campamento de Alvear y Carrera, derrotando a su gente tras feroz carnicería. Tanto el chileno como su inescrupuloso aparcero no cayeron en la volteada por hallarse fuera del pueblo -- "único sentimiento que tenemos de habérsenos escapado estas cabezas, que tantos males han originado a la Patria", anotó, con pesadumbre, el porteñísimo Juan Manuel Beruti, en sus Memorias Curiosas.
      Diez días más tarde -- luego de fracasada una tentativa de paz entre los beligerantes ("Dorrego ha firmado un armisticio que no sé que resultados tenga", le escribió Juan José a su hermano Tomás) --, las fuerzas que acaudilla López sufren un nuevo revés en las márgenes del arroyo Pavón.
      Sobre esos episodios lo entera don Juan José a su socio Alzogaray que aún permanecía en el Brasil: (26 de agosto) "...Habiendo marchado cívicos y campestres contra los federales, los obligan a salir de esas inmediaciones; los persiguen; en San Nicolás el 2 de éste atacaron a los chilenos y milicia: 600 hombres muertos y prisioneros toda la criollada, 3 mil caballos, más de 50 oficiales, incluídos los proscriptos, y todos los diputados (que proclamaron Gobernador a Alvear). El 6 se hizo un armisticio, y el 11 cuando estaba todo convenido, al ratificarlo salió Cosme Maciel (secretario de López) pidiendo disparates; entre otros la indemnización de todos los perjuicios durante la guerra; otro fue dar lugar a hacerse de gente a los de Santa Fé. El 12 atacó López con 700 hombres; en el Arroyo de Pavón fue derrotado y perseguido 42 leguas; muertos 120 hombres y 50 prisioneros; se le disparó la gente hacia Córdoba; él pasó el Carcarañal con 60 hombres; se le propuso la paz; no la quiere hasta volver por su honor. Dorrego se halla en lo de Andino el 18 del corriente, y temo le dé la locura de entrar en Santa Fé, si no quitan a López. Se dice que éste a fusilado a Alvear por no haber cumplido sus órdenes, pero no lo creo. Entretanto Ramírez es dueño de Entre Ríos y se ha convenido con Correa, etc., de Corrientes, pero es de temer lo ataquen los paraguayos ...Toda su familia (de Alzogaray) está sin novedad, excepto Martincito que está bastante agravado de llagas en la garganta...".
      Tenía razón Juan José Anchorena en temer que le diera la locura de internarse en Santa Fé a Dorrego. Este, en verdad, procuró entenderse con López para poner fin a la guerra. Mas el santafesino dilata su respuesta. Impaciente Dorrego ordena a sus soldados avanzar sobre Santa Fé, convencido de batir a su astuto rival. Rosas y Martín Rodríguez -- que buscaban la paz -- al discrepar con aquella determinación de reanudar pelea, obtienen a su solicitud, licenciamiento por parte de Dorrego; quien el 2 de septiembre, con su hueste mermada, resultó completamente vencido en el Gamonal.
      Ese desastre ya lo había supuesto mi tatarabuelo Anchorena, cuando el 26 de agosto le participaba a su hermano Tomás, de momento en Montevideo: "No ocurre novedad sino el tejido de intrigas que gobiernan: ha llegado Quintana (Hilarión) y Martín Rodríguez. Dorrego iba sobre el Carcarañal. Se le han venido los más, y le quedan solamente 600 hombres...".
      Respecto del mismo infausto lance guerrero, el agente de Chile en Buenos Aires, Miguel Zañartu, le daba cuenta (8 de septiembre) a su gobierno: "Han obtenido ventajas muy considerables sobre el General Dorrego, López y Carrera en calidad de segundo. Después de la jornada de Pavón el jefe de Buenos Aires despreciando más de lo que debiera al enemigo, licenció la mayor parte de sus tropas, y quedó solamente con número de 500 a 600 soldados, que no tenían ni aún la dotación completa de oficiales. El enemigo noticioso de la confianza indiscreta del jefe de esta provincia ... logró juntar en su campaña como 700 hombres, que le dieron la victoria por una fuga inesperada que hizo nuestra ala izquierda sin haber entrado en acción, en circunstancias de estar ya arrollada la derecha del enemigo ... El señor Dorrego ha conseguido replegar a unos 300 hombres que iban a reemplazar la fuerza licenciada, con lo cual ha formado ya una división capaz de reparar el quebranto sufrido. Nuestra campaña también se ha movido en masa, y con estas disposiciones para oponerse a los invasores nada debe temerse de ellos".

      Se elige nueva Junta de Representantes

      Mientras suceden los referidos enfrentamientos campales, en Buenos Aires el Cabildo convoca a elecciones a los ciudadanos con "arraigo y vecindad", para restablecer la Junta de Representantes -- la tercera en seis meses --, cuyo escrutinio, efectuado el 31 de agosto, consagró diputados a los 12 individuos con mayor cantidad de sufragios, a saber: Vicente López (con 109 votos), Juan Pedro Aguirre (104), Manuel Pinto (103), Félix Alzaga (93), Ildefonso Ramos Mejía (75), Nicolás de Anchorena (74), Juan José Cristóbal de Anchorena (73), Juan José Passo (69), Esteban Gascón y Victorio García de Zúñiga (ambos 65), Joaquín Suárez (50) y Francisco Escalada (48).
      Veinticuatro horas después de su nominación, don Juan José le escribía a su hermano Tomás que se hallaba en Montevideo: "...No ocurre novedad sino que ha desembarcado Soler y otros, lo que causará agitaciones. Son representantes por la ciudad (nombra junto con él a los 12 diputados antedichos) ... Dudo resucitar (a la Junta), porque yo no he de ser y otros no han de servir, porque el infiernillo sigue...". Efectivamente, mi antepasado Anchorena si bien prestó juramento, dejó de concurrir a las sesiones de la Junta. Y dieciocho días más tarde, el renuente diputado -- entre los sempiternos temas mercantiles --, vuelve a proporcionarle noticias políticas a Tomás: "... Hoy marchan las divisiones para Dorrego ? Los xefes, excepto Pico, van descontentos porque Rodríguez y sus amigos pretenden el gobierno en propiedad, pero este y los representantes están en continuar de interinos. Dorrego porque es peleador, y con las circunstancias se recibirá. Habrás sabido que fué derrotado en Pabón (sic., por Gamonal) el dos de ésta, por haber atacado con mermadas fuerzas sin oficiales, y flaquearon los veteranos, conque los cívicos y la milicia fué envuelta. Me hicieron concurrir el 8 con engaño (a la Junta), y por evitar escándalos presté juramento con protesta, etc., y no he asistido ni asistiré. Entretanto la Junta se ha quejado de haber admitido a Soler, y no se acuerda que es de necesidad hacerlo salir. Yo soy de oposición...".
      El 26 de septiembre, llena la Junta el requisito de elegir Gobernador y Capitán General interino de la Provincia: y a dicha alta función resulta promovido el Brigadier Martín Rodríguez, quien alcanzó la suma de 11 votos: Dorrego, con su prestigio disminuido tras la derrota de Gamonal, sólo obtuvo 4 sufragios; Francisco Fernández de la Cruz 3, y Marcos Balcarce y Manuel Obligado 1 cada cual.
      Por Fernández de la Cruz votaron Juan Pedro Aguirre, Victorio García de Zúñiga y Juan José de Anchorena. Este último, como había dejado de concurrir a las reuniones de la Junta -- con el anticipo de su renuncia --, mandó por escrito el voto en los siguientes términos: "Habiéndome indispuesto para asistir a las Sesiones de esa Honorable Junta, y previniéndome en este momento el Sr. Presidente (Francisco Antonio de Escalada), por medio del Edecán, mande mi voto por escrito para Governador de la Provincia. Hago presente a Vuestra Honorabilidad que tengo hecha mi renuncia del cargo de Diputado por esta Ciudad, pero para no ser responsable de los males que ocurriría la demora, nombro para Governador y Capitán General de la Provincia al Sr. Dn. Francisco de la Cruz Fernández, Mayor General que fué del Exército del Sr. Belgrano, y para desempeñar este cargo durante su ausencia al Sr. Brigadier D. Martín Rodríguez; y si éste Señor después de posesionado del mando tubiese que salir a Campaña, para sustituto al Sr. Coronel mayor D. Marcos Balcarce, para que mientras permanesca en Campaña el Sr. Rodríguez, desempeñe el cargo del Governador en lo relativo al Govierno, Hacienda y Marina, quedando los asuntos del Departamento de la guerra a la resolución del Sr. Rodríguez".
      Don Juan José decepcionado de la política, se alejaba así momentáneamente de ese "infiernillo" al que nadie era capaz de ponerle fin. El crédito de Dorrego había disminuido, sin duda, luego de su acometida contra Santa Fé desbaratada en el Gamonal. Anchorena -- como Rosas, su primo y amigo -- temió, con razón, que al emprender Dorrego aquella ofensiva tras el Arroyo del Medio, el tiro le saliera por la culata. A partir de ese momento, los hechos van a convertirlo a don Juan José -- políticamente hablando -- en un federal porteño que reclama orden y paz para su patria chica, mediante un gobierno fuerte, celoso defensor de la autonomía lugareña, aunque dispuesto a establecer honorables y sólidos vínculos de convivencia con los caudillos de las provincias hermanas. Esta tendencia pragmática de enérgico federalismo discordaba, por cierto, con la opinión de la mayoría de sus colegas de la Junta, simpatizantes con las anteriores administraciones directoriales centralistas, de cuya misma raigambre ideológica brotaría, a poco andar, el partido unitario impulsado por Rivadavia, Ministro y mentor de Martín Rodríguez en su gestión gubernamental.

      El manifiesto de Fernando VII con la carta del Conde de Casa Florez. Sus antecedentes y posterior derivación aquí

      Una semana atrás de la exaltación de Martín Rodríguez al poder por la Junta de Representantes, en la sesión del 20 de septiembre, los señores legisladores abrieron un pliego enviado por sus colegas ausentes Nicolás y Juan José de Anchorena, fechado el día anterior, en cuyo papel ambos hermanos avisaban "que la noche antes un hombre desconocido había entregado al negro Portero de su casa la carta que adjuntan del Conde de Casa Florez, acompañando al manifiesto de Fernando 7º que ya ha sido impreso en esta Ciudad, lo que participaban a esta Honorable Junta para que tomando en consideración los males que trahe a nuestra libertad e Independencia el descaro conque la atacan sus enemigos de toda especie, prevalidos de la impunidad, se digne dictar medidas que contengan y escarmienten su audacia, y garantizen a los buenos Ciudadanos de ser insultados por sugestiones ridículas".
      El Representante Ramos Mejía manifestó luego que otra carta igual "se había dejado en su casa del mismo modo a una criada por persona desconocida"; y otra idéntica remitió, a la Junta, el Secretario de Gobierno Manuel Obligado.
      "Tomada en consideración esta materia -- prosigue el acta parlamentaria que me ocupa -- y hechas al efecto, por algunos Representantes, las reflexiones convenientes sobre el rastrero e indecente manejo del Conde de Casa Florez, insultando por este modo insidioso y sugestivo la libertad, dignidad y decoro de este Paiz, y de sus buenos honrados Ciudadanos", los Diputados resolvieron pasar "dichos comunicados al Sr. Governador sustituto (Marcos Balcarce), para que reunidos a otros de igual clase, "que según noticias se habían esparcido en la propia forma", las enviara "inmediatamente al Ministerio fiscal (a cargo de Matías Patrón), a fin de que continúe la instancia que sobre el mismo manifiesto de Fernando 7º, tenía entablada y pendiente". Y se le encarecía a Marcos Balcarce, "actividad, zelo y patriotismo en este importante negocio, en que se considera insultada la dignidad y libertad de esta Provincia, comprometiendo la tranquilidad y buen orden público, no deviendo el Govierno sostituto omitir la averiguación del conducto y manos por donde se hayan difundido las cartas de dicho Conde".
      Por los demás, el Vicepresidente del cuerpo Juan José Passo, sugirió la conveniencia de "hacer un manifiesto con la energía y razones que exige y presenta esta ocurrencia, para manifestar y poner en ridículo el indecente e insultante manejo del enviado de España en la Corte del Brazil, incapaz de producir en esta Provincia, libre y patriota hasta el sumo grado, la corrupción que se proponía"; moción de Passo que "aunque fué apoyada por algunos Señores," no pasó.
      Mas a santo de que circulaban en Buenos Aires esos papeles que alborotaron a "nuestros gigantes padres?": Producida el anterior 1º de enero la sublevación masónica-liberal de las tropas españolas, que en la villa andaluza de Cabezas de San Juan encabezó el Comandante Rafael Riego -- tropas destinadas a la reconquista de los dominios hispanoamericanos para el trono de Fernando VII --, y triunfante luego aquella insurrección en toda la Península, sus ejecutores obligaron al Monarca a restablecer la Constitución que se promulgara en 1812 en Cádiz, el 19 de marzo día de San José. (Que por eso fué llamada "la Pepa"; y de ahí viene el "Viva la Pepa!", mote trasparente con que los liberales vitoreaban a esa Carta Magna cuando, en 1814, el absolutismo borbónico la derogó).
      Y bien: restablecida allá "la Pepa", el nuevo gobierno liberal de España impone a Fernando VII la firma de un "Manifiesto a los habitantes de Ultramar", en cuyo texto el Rey, después de anunciar a sus díscolos vasallos americanos que había jurado -- de nuevo -- la Constitución de 1812, "por la cual suspirabais", les exhortaba a deponer su rebeldía mediante el envío a la Metrópoli de delegados, a fin de tratar en las Cortes sus problemas con la vuelta de los hijos pródigos al viejo redil, ahora liberalizado. "Pero -- advertía el tornadizo Monarca -- si desoís los sanos consejos que salen de lo íntimo de mi corazón, y si no cogéis y estrecháis la fiel amiga mano que la cariñosa Patria os presenta ... temed todos los males que producen los furores de una guerra civil ... y los terribles efectos de la indignación nacional al ver ofendido su Gobierno, este Gobierno ya fuerte y poderoso por que se apoya en el pueblo, que dirige y vá acorde con sus principios".
      Seguidamente Fernando designó comisionados con destino a la Guayra y Puerto Cabello (Venezuela), a Nueva Granada (Colombia), a Lima y Buenos Aires. Para entablar negociaciones en la antigua capital del virreinato rioplatense, fueron despachados el Coronel Manuel Herrera, Tomás Comyn y el Capitán de Fragata Manuel Martín de Matheu. Estos regios emisarios, a bordo del bergantín "Aquiles" llegaron a Rio de Janeiro el 16 de septiembre, donde los recibió el ministro español ante la Corte de los Braganza, José Florez Pereyra, Conde de Casa Florez; el cual se encargó de remitir a Buenos Aires, anexo a una carta suya, aquel "Manifiesto" de Fernando VII, que, entre otra gente de pró, recibieron clandestinamente Juan José de Anchorena y su hermano Nicolás, quienes -- como se dijo -- pusieron tales documentos a la consideración de la Junta de Representantes.
      Entre tanto los antedichos comisionados realistas parten del Brasil y reanudan su navegación en el "Aquiles" rumbo a Buenos Aires. Las autoridades bonaerenses, que en principio habían resuelto recibir a los viajeros y alojarlos en el Fuerte, previa aceptación de sus credenciales para negociar con ellos una paz decorosa, cambian de idea y no los dejan desembarcar. A este respecto Juan Manuel Beruti anotó, puntual, en sus Memorias Curiosas: "4 de diciembre de 1820. Fondeó en estas balizas un buque de guerra español con bandera parlamentaria, y a su bordo varios sujetos de rango mandados por el rey Fernando VII de diputados a nuestro gobierno; y como de sus credenciales no se veía traer condiciones amplias para poder reconocer nuestra independencia, no quiso la Junta de Representantes permitirlos bajar a tierra (lo que solicitaron) por lo que el 7 del mismo izaron velas y se fueron sin haber tratado cosa alguna, ni decir qué asunto traían, ni contestado el oficio de la referida Junta; por lo que se cree que su misión sería el que jurásemos la constitución española".

      El cuartelazo de octubre y la restauración del orden por Rosas

      La "jarana" -- como diría Juan José de Anchorena -- culminó el 1º de octubre de aquel año 20, a la madrugada, cuando algunos oficiales y el Coronel Pagola provocaron la sublevación del 2º tercio de cívicos -- dependiente del Cabildo -- y del regimiento fijo de infantería veterana, alojado en el cuartel del Retiro. El desmán iba contra el Gobernador Martín Rodríguez, que apenas cumplía cuatro días al frente de la Provincia. Tomando como bandera el nombre de Dorrego, encabezaban la revuelta los siempre desapacibles Manuel Pagola e Hilarión de la Quintana (dorreguista aquel y conmilitón de Soler el otro), unidos al Capitán "solerista" Epitasio del Campo, al Comandante "alvearista" Genaro González Salomón, y al no menos díscolo doctor Pedro José Agrelo (en la cárcel por amigo de Sarratea, que sería liberado después); en tanto en el Cabildo eran cómplices del levantamiento el Alcalde Juan Norberto Dolz y los Regidores Ventura Ignacio Zavaleta, José Tomás Isasi, Zenón Videla y Ramón Villanueva (todos partidarios de Dorrego, aunque los cuatro últimos, después, trataron de lavarse las manos).
      En la Plaza Mayor se produce un vivo tiroteo entre los insurrectos y alguna poca tropa de cazadores que manda el Coronel Celestino Vidal; más los cazadores no resultan presa difícil para Pagola y los suyos que, tras breve lucha se apoderan de la Fortaleza.
      Martín Rodríguez de antemano había abandonado la ciudad y dirigídose rápidamente, por la costa del río, a Barracas. Allí se le incorporan algunos oficiales adictos con un pequeño resto de cazadores fugitivos. Desde allí también el Gobernador requiere el concurso de Rosas, que con sus milicianos del sud hallábase acampado en Santa Catalina (ahora Lomas de Zamora) a una legua del río Matanzas y a dos de Barracas
      Los jefes rebeldes, mientras tanto, adueñados del Fuerte y del Cabildo, han puesto en libertad a sus amigos políticos detenidos: "antes que a otros a Agrelo -- le informaba el agente chileno Zañartu a su ministro trasandino --, que inmediatamente comenzó a trabajar para sacar partido del tumulto y colocar a Sarratea en el Gobierno. Pero afortunadamente estaba tan desacreditado este caudillo, aún entre los malvados, que la proposición fué desatendida, resolviendo citar al pueblo para el día siguiente para la elección de gobernante".
      "En efecto -- prosigue Zañartu -- luego que amaneció hicieron señal de convocación: es decir, tocaron la campana del Cabildo y tiraron en el Fuerte tres cañonazos, pero el pueblo no concurría. Repitieron la señal ese día, el siguiente y subsiguiente siempre sin suceso. Los tumultuarios empezaron a temer ... llaman en su auxilio al Gral. (sic) Dorrego, que estaba en las fronteras de la Provincia defendiéndola de los montoneros".
      El Cabildo a su vez, se reune en acuerdo extraordinario bajo la presidencia del Alcalde Dolz y con los Regidores Videla, Zavaleta, Isasi y Villanueva; únicos cuatro que acudieron a la cita. En eso -- expresa el acta capitular respectiva -- "se presentaron el la sala una porción de hombres" que impugnaban la elección de Gobernador realizada por la Junta en la persona de Martín Rodríguez, "por ser de la facción destruída del Congreso y Directorio, enemiga de la libertad de los Pueblos y de los Patriotas, contra quienes había desplegado, desde su ingreso al mando la misma sanguinaria persecución que ha marcado los pasos de aquella". Pedían esos intrusos "que el Cavildo reasumiera provisoriamente el mando, y se procediese a la creación de un nuevo Govierno". Y los cinco munícipes presentes, ni lerdos ni perezosos, revocan entonces el nombramiento de Rodríguez, declaran nulos los poderes de la Junta de Representantes, y asumen el mando como "Cabildo Gobernador", hasta las resultas de una asamblea popular a realizarse en la Iglesia de San Ignacio, al día siguiente; y para mantener el orden -- el desorden dijérase mejor -- nombran Comandante de Armas y Jefe de los cazadores a Hilarión de la Quintana, y Coronel de la brigada cívica a Manuel Pagola; de todo lo cual se dá aviso a Dorrego, quien en su campamento de San Antonio de Areco -- previo acuerdo con sus oficiales -- acata la autoridad del Cabildo. (Dorrego, disconforme con la elección de Rodríguez como Gobernador -- despechado acaso por ello -- había remitido dos días antes su renuncia de jefe del ejército provincial, renuncia que se cruzó con la nota de su destitución y la orden, firmada por Rodríguez, de entregar sus efectivos al Coronel Blas José Pico).
      Por otra parte Rosas, en su vivac, recibe instrucciones del Cabildo de subordinarse a Dorrego; más don Juan Manuel -- tras escuchar la opinión de sus cinco jefes de escuadrón en junta de guerra -- decide restablecer a la autoridad legal derrocada, y marcha con sus "colorados" hacía Barracas en apoyo de Rodríguez.
      A todo esto (3 de octubre) los amotinados creyéndose triunfantes convocan al vecindario a cabildo abierto en la Iglesia de San Ignacio, a fin de nombrar Gobernador. Pedro Agrelo, en fogosa perorata, indica el nombre de Dorrego. Nicolás de Anchorena le replica, solicita el concurso de los hombres de orden y en medio de infernal griterío saca un par de pistolas para hacerse respetar y defender su integridad física.
      La asamblea -- copio a Manuel Beruti -- "resultó una gangolina, insultos y bullicio, que al fin se fué el día y no se resolvió cosa alguna" -- salvo que el Ayuntamiento ejerciera la autoridad suprema de la Provincia hasta la elección de nuevo Gobernador. "Desgraciado pueblo -- estampa Beruti en sus Memorias -- que no hay gobierno que se ponga que los malvados no traten de quitarlo porque no es de su facción, de manera que no hay orden, subordinación ni respeto a las autoridades, cada uno hace lo que quiere, los delitos quedan impunes y la patria se ve en una verdadera anarquía, llena de partidos y expuesta a ser víctima de la ínfima plebe, que se halla armada, insolente y deseosa de abatir la gente decente, arruinarlos e igualarlos a su calidad y miseria". Todos los jefes del estado mayor fugaron para reunirse con Rodríguez, que se hallaba algunas leguas distantes de la ciudad. "El 4 de octubre -- sigue Beruti -- amaneció la plaza sola, por que la noche antes se fueron los cívicos aburridos de su propio desorden, y ya pesarosos de lo que habían hecho, como otros temerosos de ver que el plan se iba deshaciendo, pués no tenían fuerza que los sostuviera, a no ser la poca del fijo".
      A la mañana siguiente (5 de octubre) Martín Rodríguez penetra con sus efectivos en la ciudad. Rosas marcha a la vanguardia seguido de los "Colorados del Monte" -- cerca de 1.000 paisanos reclutados tanto en su estancia "Los Cerrillos", ubicada en Monte, como en los pagos de Cañuelas, Ranchos, San Vicente, Quilmes, Lobos, Chascomús y campos de Pila, del otro lado del Salado --, todos armados, montados, instruidos para la guerra y mantenidos a costa de don Juan Manuel. Sin embargo Rodríguez, antes de ordenar el ataque, deseoso de evitar derramamientos de sangre, hace reunir a la Junta de Representantes en el convento de las monjas capuchinas (anexo al templo de San Juan a cuatro cuadras de la plaza mayor, hoy en la manzana comprendida entre las calles Alsina, Piedras, Moreno y Tacuarí); y aquellos Representantes, al amparo de los "Colorados" de Rosas, reeligen Gobernador a don Martín. Este, entonces, intima rendición a los sublevados, con apercibimiento de romper el fuego en caso contrario.
      He aquí la crónica del combate y triunfo de los restauradores del orden, que despachó Zañartu para su ministro en Chile, Joaquín de Echeverría: "...El Coronel Quintana, hecho jefe de los bandidos por aquella inconsecuencia de su carácter que siempre lo arrastra a la parte que más lisonjea su amor propio, despreció la intimación y en consecuencia se empeñó el ataque más vigoroso que jamás he visto. A las cuatro horas de un fuego vivísimo, en que los cívicos del primer y tercer tercio habían ganado a fuerza de sangre los puntos más dominantes, y la caballería de Rosas, con un denuedo sin ejemplo, había reducido a los enemigos al estrecho recinto de la plaza; ponen éstos bandera de parlamento, encargando de la capitulación al coronel Lamadrid, a quien tenían prisionero en su poder. La negociación no pudo sellarse porque los revolucionarios exigían condiciones que no correspondían a su situación. Salió también Quintana en calidad de parlamentario, y se le ofreció perdón como desarmase a los sediciosos. Volvió a la plaza con este encargo, pero no pudo llenarlo; así fué preciso tocar a la carga que desempeñaron los sitiadores de un modo que haría honor a las tropas de Napoleón. Ví entonces con asombre tomar una plaza fuerte con caballería que jamás había oído el zumbido de las balas. Los colorados (ésta denominación tiene el cuerpo de Rosas) se avanzan sobre la artillería despreciando la muerte que por todas partes le presentaban los fuegos de las azoteas, se apoderaron de la plaza, hechan pie a tierra sable en mano, desalojan sitiados de sus puntos fuerte, y todo se concluye. Los resultados de esta grande acción son más felices -- prosigue Zañartu --, y ya puedo lisonjearme de anunciar a V.S. el restablecimiento del orden. El 2º tercio cívico que siempre lo turbaba queda desarmado. Las cabezas de la anarquía presas o prófugas, y sentado sobre firmes bases un gobernante del cual debe esperarse todo. Antes de ayer nos había puesto en nuevos cuidados el Gral. Dorrego que venía en auxilio de los tumultuosos. Pero se le esperaba con firmeza, y él sabía lo que debía temer de un pueblo decidido en masa por la causa del orden; así es que se detuvo en sus marchas, asegurando que venía con la mejor fé y llamado por el Cabildo. Efectivamente, el Alcalde de primer voto Dolz ha resultado cómplise y queda incomunicado con un par de grillos, y se ha abierto también causa a 5 más de los cabildantes que parecen haber contribuído a la sedición. Dorrego perderá sin duda el mando del ejército, porque su comportamiento en este negocio no ha sido muy satisfactorio al Pueblo. Quintana ha obtenido pasaporte para Montevideo en desempeño del indulto que el Sr. Gobernador le ofreció. Todo se viene presentando a nosotros favorable para el establecimiento del antiguo régimen -- estima el diplomático chileno --, claman por él las provincias interiores cansadas ya de anarquía. Este Pueblo lo desea: el ejemplo de Chile lo estimula y lo hacen necesario dos comisiones que están en el Janeiro, según noticias ayer de Montevideo: una con diputados de España y otra con la embajada de Norte América ( ). Tendré el honor de expresar a V.S., en primer oportunidad, los objetos y resultados de ambas".
      Rosas, el 7 de octubre ascendido a Coronel, proclamó así a sus milicias campesinas: "Los insubordinados, los seductores, los diseminados del funesto gérmen de la rivalidad, alucinando a unos pocos, imprimiendo en los mismos el furor del encono que, os juro, no hubo en nosotros, mandaron a las armas el éxito que se decidió por la autoridad constituída. La división del sud, así como fue brava para sostenerla, la habeis visto humilde, subordinada y ejemplar después de vencedora. Vino a protejer, no ha ofender. La representación de la Provincia queda ya en el libre ejercicio de sus funciones: el gobierno legítimo reconocido y sostenido ... Ojalá que la sangre vertida sirva para restituirnos el bien que nos han arrebatado las pasiones ... Sed precavidos, mis compatriotas, pero más que todo sedlo con los innovadores tumultuarios y enemigos de la autoridad ... Odio eterno a los tumultos! Amor al orden! Obediencia a las autoridades constituídas!"
      Juan José de Anchorena, durante esas cinco jornadas sangrientas; viudo aún y solitario acompañante de su madre en el caserón familiar, a dos cuadras de la Plaza Mayor; bloqueado en ocasiones a causa de la lucha callejera; ensordecido a cada rato por el retumbo insistente de las armas, sin saber como ni cuando ni a favor de quien se inclinaría la suerte del combate; debió de recordar seguramente aquellas escenas de horror que viviera en Barcelona, invadida por las tropas de Napoleón. Entonces él le escribió a su madre: "de lo que he visto y sucedido en Cataluña conviene no tenga Vmd. noticia, pués algunos sucesos que medio he referido a hombres que tienen motivo para ser insensibles, les han hecho saltar las lágrimas". Y con el ánimo extenuado después de la tensa incertidumbre, al recibir la información de que su primo Juan Manuel de Rosas había puesto término al zafarrancho político fratricida y a los desbordes demagógicos que siempre detestó, alguna lágrima se desprendería sin duda de sus ojos, velados por la emoción.

      Don Juan José pasa a segundas nupcias

      El acta respectiva dice que el 4 de noviembre de 1820 el presbítero Doctor Manuel Villegas "casó privadamente, según forma de nuestra Santa Madre Iglesia, a don Juan José Cristoval de Anchorena -- hijo legítimo de don Juan Esteban de Anchorena y de Romana Josefa López de Anaya --, viudo de doñ Bonifacia Lezica, con doña Andrea Ibáñez, hija legítima del Coronel Pedro Ibáñez y de doña Rosa Marín. Testigos: don Sebastián Lezica (hermano de la primera esposa del contrayente) y doña Rosa Marín y Quintana (madre de la novia)". (Libro 7 de Matrimonios de la Catedral, folio 210).
      La desposada, en vísperas de cumplir el día 29 sus 17 "noviembres", era 23 años menor que su consorte cuarentón; nieta paterna del Brigadier y ex Sargento Mayor de la Plaza Pascual Ibáñez García de la Roca y de Francisca de Rospigliosi y Ramírez de Sagüez, y nieta materna del Coronel de los Reales Ejércitos Juan Antonio Marín Cáceres Salgado y de Rosa Estefania Jacoba de la Quintana y Riglos -- de cuyas respectivas personalidades me ocupo en las monografías correspondientes a sus apellidos.
      El 21 de noviembre, Juan José de Anchorena, en plena luna de miel, le escribió a su hermano Nicolás, quien para acompañar al otro hermano Tomás momentáneamente enfermo, habíase trasladado a Montevideo; y entre el habitual cúmulo de referencias y directivas mercantiles, le puso estas noticias: "En los asuntos políticos de ésta, aunque los logistas tienen influjo, no resuelven absolutamente. En la Junta campea Rivadavia (Don Santiago, padre del Ministro Bernardino). En breve debe resolverse la causa de Dolz, que ha estado 28 días incomunicado sufriendo insultos ... El 4, a la noche, verifiqué mi casamiento, siendo testigo Sebastián (de Lezica, su cuñado). Reciban expresiones de la nueva hermana...".

      El tratado de Benegas y sucedidos posteriores en los comentarios de Anchorena

      Vencida la cuartelada de Pagola y Quintana y repuesto con firmeza Martín Rodríguez en el mando, era llegado el momento de poner término a la guerra entre Buenos Aires y Santa Fé que llevaba más de un año de duración. El Gobernador de Córdoba, Juan Bautista Bustos se adelantó a ofrecer sus buenos oficios para ello. A tal fin destacó ante las autoridades de las provincias beligerantes, en carácter de amigables componedores, al presbítero José Saturnino de Allende y a Lorenzo Villegas. Enseguida Estanislao López invita a Rodríguez a negociar la paz, y éste, sin hacerse de rogar, acepta la invitación. Por tanto (11 de noviembre) ambos gobernantes se entrevistan cerca de San Nicolás, en la estancia de Insaurralde, "sobre los pellones en el verde" -- como lo propusiera epistolarmente el jefe porteño --; y allí, "de paisano a paisano", don Martín y don Estanislao se estrechan en un abrazo. Poco después los dos mandatarios, con los delegados santafesinos Pedro Tomás de Larrechea y Juan Francisco Seguí, y bonaerenses Matías Patrón y Mariano Andrade, vuélvense a reunir en la estancia del finado Tiburcio Benegas, en las márgenes fronterizas del Arroyo del Medio, donde, el 24 de noviembre -- en presencia de los mediadores cordobeses -- ajustan el tratado de "paz, armonía y buena correspondencia" entre Santa Fé y Buenos Aires; tratado de 7 artículos, el 2º de los cuales obligaba a los firmantes a promover, en el término de dos meses, la convocatoria de un Congreso general de todas las provincias a realizarse en Córdoba, con el propósito de organizar la Nación bajo el sistema federal, como meses atrás lo estableciera el incumplido tratado del Pilar, sin llevarse a cabo en San Lorenzo. Por el artículo 4º, las partes contratantes acordaron poner en libertad, recíprocamente, a todos los prisioneros existentes en sus respectivos territorios.
      Al comienzo de estas gestiones pacificadoras, surgió un escollo que a punto estuvo de malograrlas: la exigencia de Estanislao López de recibir una indemnización por los daños y perjuicios que -- según él -- habían causado las tropas porteñas en sus últimas invasiones a los dominios santafesinos. La Junta de Representantes bonaerense se negaba a pagar tal tributo, y Martín Rodríguez no quería que dicha deuda de guerra figurara en el tratado de paz. Y fué Rosas quien salvó la dificultad, obligándose, "por mí y prestando voz por todos los ciudadanos y hacendados amantes de la paz", a ofrecer a Santa Fé un donativo de 25.000 cabezas de ganado vacuno -- "de todas edades de un año para arriba" -- puestas en el Arroyo del Medio en el plazo de tres meses. Este documento -- que garantizaron además los mediadores cordobeses -- lo firmó don Juan Manuel en San Nicolás de los Arroyos la mañana del 24 de noviembre, como complemento del acuerdo de Benegas, concluído esa misma tarde; manteniéndose el compromiso fuera del texto oficial para no afectar el amor propio del gobierno porteño, que consideraba humillante dicho pago obligatorio.
      Acababa de celebrar Buenos Aires la paz con Santa Fé, cuando recibió con espanto la tremenda noticia de haber sido saqueado el Salto por la caterva insurgente que acaudillaba José Miguel Carrera. "El perverso Carrera -- le enteraba Miguel Zañartu a su gobierno trasandino -- persuadido de no poder hallar cooperadores entre los hombres que discurren, se ha mezclado con las tribus salvajes de los indios como último recurso reservado a su zaña". En su travesía hacia la provincia chilena de Concepción, "se ha detenido en el Salto, donde con 40 indios y unos 100 chilenos, que aún lo acompañan, ha hecho atrocidades que las fieras mismas no executan. Después del robo, su pasión favorita, siguió la degollación, el rapto de mujeres y toda especie de exesos cometidos en personas inermes e indefensas. Las furias infernales deberían ser en fin retratadas tomando como modelo a Carrera ... No dudo que con semejante conducta los pueblos del tránsito se alarmen y cruzen los designios de aquel Nerón abominable". Y el jefe del Fortín de Areco comunicaba a sus superiores de Buenos Aires que los indios bárbaros impulsados por Carrera "han llevado trescientas personas, entre mujeres, criaturas, etc, sacándolas de la iglesia, robando todos los vasos sagrados, sin respetar el copón con las formas consagradas, ni dejar como pitar un cigarro en todo el pueblo, incendiando muchas casas".
      Martín Rodríguez sale al punto (4 de diciembre) a batir a la indiada y a Carrera, y para ello requiere la colaboración de Rosas; el cual -- apunta Carlos Ibarguren en su libro sobre don Juan Manuel -- "sentíase incómodo y molesto con el Gobernador Rodríguez por la reserva que este guardaba respecto del plan de campaña. En todo momento Rosas había manifestado su enérgica oposición a que se atacaran a los indios pampas ... y había solicitado reiteradamente al gobierno, sin éxito, que se pusieran en práctica los proyectos que para el arreglo de la campaña había presentado, tiempo atrás, al Ministerio. La indiferencia de las autoridades a ese respecto lo tenía mortificado".
      Del epistolario de mi tatarabuelo Anchorena con su hermano Nicolás, que aún permanecía en Montevideo (21 y 29 de noviembre), extraigo las siguientes ocurrencias políticas que salpican el asiduo tema comercial: "... Ya están en libertad todos los oficiales y soldados (de Carrera y Alvear) tomados en San Nicolás, se ignoran los motivos políticos ... Rosas se disgustó (con el Gobernador Rodríguez) pero lo hemos compuesto y sigue hasta cumplir esta campaña ... Rosas intervino en la paz y es de opinión que durará, porque van de acuerdo en separar a Carrera. Este ha fugado a los indios con 120 chilenos, y se dice que López marchó a Melincué a deshacerlo. Si permanece en esta Provincia a robar causará males, pero temo que robando algunos pueblos o carretas se vaya a Concepción a revolver a Chile. De Ramírez se dice que va al Paraguay; todo esto alarmará a Francia (el autócrata paraguayo) ... He recogido 50 tercerolas, escopetas las más, 2 ponchos, 10 monturas y un sable, como tuyas, del cuartel (de los cívicos) ... En el Cabildo no pagan ... todo está parado ... Tratado secreto es darle 25 mil cabezas de ganado (a Santa Fé) que creo Rosas trata de proporcionarlas de los Hacendados. Piensa si en lugar de estar en esa (Montevideo) te sería mejor dar un paseo a Chile y estar allí hasta el 25 de Marzo ... que si estás aquí en Enero te han de poner en Cabildo, que no tienen a quien nombrar. Yo me he de sostener en no ser nada. A Rosas, era hora, le nombraron Coronel Graduado de Caballería en atención a sus servicios. Este ha marchado a defender su pago de los Indios, muy desengañado de lo que sucede...". El 19 de diciembre Juan José le escribe a Nicolás: "...Sigue la farsa, Rodríguez, después de mil ofertas, no ha querido verse con Rosas y se ha ido al Sud, y esto lleva mal semblante...". Y en otra carta de Anchorena le pone a Juan Santiago Barros, uno de sus apoderados en Chile ; "...Nicolás se halla en Montevideo acompañando a Tomás que ha estado en agonías ... Las calamidades continúan. Los Indios han robado las estancias del Sud y hecho bastante mortandad".
      Por su parte el 21-II-1821, Martín Rodríguez remitió a la Junta de Representantes un mensaje encomiástico acerca de la gestión del "Coronel Don Juan Manuel de Rozas": "Nada más digno -- indicaba el Gobernador -- ni más propio de las primeras autoridades de esta Provincia, que el proteger y auxiliar eficazmente a éste benemérito ciudadano en este compromiso a que solo lo condujo aquel interés sagrado que solo ha desplegado por el bien y prosperidad de toda ella; y aún cuando es verdad que el gobierno no tomó una parte oficial en él, que pueda obligarlo en manera alguna a su cumplimiento, no obstante no debe ni puede ser indiferente a la ruina de un ciudadano tan recomendable, mucho menos a las fatalidades que puedan sobrevenir sobre este territorio en el desgraciado caso de no llenarse un compromiso tan sagrado ... Considere V.H. la influencia que ha tenido el rasgo del Coronel Rozas, y la que puede tener para la consolidación de la paz, el cumplimiento de sus empeños ... porque aquellos habitantes (de Santa Fé) ... formaran con nosotros, en vez de un cuadro de llantos y ruinas, una cadena hermosa de deliciosas y recíprocas satisfacciones. Todo esto tuvo presente, sin duda, el benemérito Coronel Rozas cuando suscribió el compromiso. El creyó fundadamente que sería fácil llenarlo, más hay acasos que en el orden humano no pueden preverse ni pueden evitarse. El creyó, lisonjeado, que ocurrida la paz todos los habitantes de la campaña secundarían sus miras en donar a Santa Fé las 25.000 cabezas de ganado sin reparar en sacrificios ... pero las terribles irrupciones de los salvajes del Sud, los estragos y pérdidas que han sufrido en sus propiedades los hacendados, y los trastornos que el mismo Coronel Rozas ha experimentado en su fortuna, dificultan esa medida. Por ello es que ocurre este gobierno pidiendo se arbitre un medio que a él lo ponga a cubierto y también a la provincia. No dudo que V.H. mirara con el mayor interés este asunto ... y apurara sus esfuerzos a fin de que produzca resultados lisonjeros al jefe comprometido, al país y a vuestra misma Honorabilidad".
      Los honorables Representantes, a su vez, calificaron en sus deliberaciones al "Coronel Juan Manuel de Rozas,como iris de la tormenta", y resolvieron no solo prestarle auxilios para hacer efectiva la promesa de completar aquellas 25.000 reses para Santa Fé, sino también dirigir una circular a fin de que todos los ganaderos "se empeñen en suscribirse al propio intento", y facultaron al Gobernador Rodríguez a prestar a Rosas hasta la suma de 20 ó 25 mil pesos para los gastos de arreo de la tropas vacunas hasta el Arroyo del Medio.
      De tal suerte Rosas llegó a entregar a Estanislao López 30.146 animales, o sean los 25.000 prometidos más una yapa de 5.146. Y como de propina las autoridades porteñas habían quedado con un remanente de mil novillos en su poder, pusieron ese saldo en venta, a fin de resarcirse de aquellos auxilios prestados a Rosas para conducción y transporte de las reses convenidas hasta la frontera santafesina.
      A propósito de ese saldo vacuno que el gobierno tenía resuelto enagenar, Juan José de Anchorena, el 13-XII-1821, "invitado por el departamento de Hacienda", le propuso oficialmente al Ministro Manuel José García, la compra de 949 novillos, "donados por los hacendados del norte", al precio de 26 pesos por cabeza, pagaderos dos mil pesos de contado y el resto a los 90 días", corridos desde la fecha de su entrega "a mi socio don Juan Manuel de Rosas".
      Y una semana después (20 de diciembre) el Ministro resolvió: "Admítase la propuesta que hace el sujeto por la compra del ganado que expresa, girándose las órdenes correspondientes en los términos acordados, por lo que deberá hacerse entero de la cantidad que se ofrece al contado". Firma : "García".
      Agregaré que los novillos de referencia los adquirió Anchorena, en sociedad con Rosas, para pastorearlos en su campo en Matanzas. Así se lo había anticipado Juan José, el 13 de Junio anterior a Nicolás: "...Esta surtiéndose la Estancia de la Matanza, y en breve tendrá 4 mil cabezas. Benito (Sosa, el capataz) asiste allí, y Rosas la protege (la administra), vendiendo (las reses) en (la estancia) que compró a Pino, adonde ha concentrado todo lo de los Cerrillos...". (Ese campo llamado "El Pino" o "San Martín" acababa de comprarlo la razón social "Rosas y Terrero" a José María del Pino, hijo del ex Virrey don Joaquín. En cuanto a la "Estancia de La Matanza", habíala adquirido Anchorena, el 17-VII-1821, del Coronel Manuel de Escalada, como se vera más adelante).

      Otros acontecimientos y alusiones políticas en las cartas privadas de don Juan José

      Mientras Estanislao López arreglaba su querella con Buenos Aires, el entrerriano Pancho Ramírez había roto con Artigas, el cual le reprochó haber firmado el pacto del Pilar a espaldas suyas, sin exigir que los porteños declararan la guerra a los portugueses, invasores de la Banda Oriental. Tras de varios combates en Entre Rios y Corrientes, el ex Protector de los Pueblos Libres, derrotado por Ramírez, huye al Paraguay a buscar la protección del tirano Francia, quien lo interna lejos de la Asunción, en Curuguatí, donde la cabo de 30 años de cautiverio, la vida del caudillo uruguayo se apagó, octogenaria, en la indigencia y el olvido.
      Ramírez, vencedor de Artigas, funda como "Jefe Supremo", el 29-IX-1820, la "República Federal Entrerriana" (con Entre Ríos, Corrientes y Misiones) y proyecta medir armas con el Paraguay, e incorporar esa provincia recalcitrante a su federación litoraleña, como también aspira a la liberación de la Banda Oriental, arrojando de su territorio a los portugueses.
      El 1-II-1821 mi tatarabuelo Anchorena le escribió a Nicolás, su hermano, aún en la vecina orilla al cuidado del convaleciente Tomás: "... En casa me dicen que para pujos de sangre es eficasísimo remedio la cascara de granada hervida en leche y tomarla ésta. No dejes a Tomás enfermo: es preciso sacrificarlo todo para consolarlo con tu presencia y acompañarlo hasta que sea tiempo que venga, que creo se podra verificar a principios de Marzo, allanadas las cuentas de Ramírez ... Hace días que tengo no sé que aprensión de que hemos de tener guerra con el Paraguay, sea por medio de Ramírez y Cía., sea por el Congreso futuro, sea porque confiados en los cuentos de insurrecciones en el Brasil, victorias en Lima, lo consideren más conveniente. Al fin ésta es una aprensión de aquellas que suelo padecer y temo porque suelen salir. Por el contrario no temo a Ramírez, veo sus preparativos etc.: para mi fuero íntimo no se conforma. Sé que si viene a de atar el caballo en la plaza. Todo lo que Vmd. me dice es cierto, excepto el no poderme embarcar en cualquiera hora antes de que él entre. Pero cómo abandono yo la casa prematuramente! Si la hubiera dejado en octubre (cuando el motín de Pagola) Qué perjuicios? Parece que no hago nada, pero lo cierto es que yo no he podido ir a pasar un día en la chacara (en Olivos), y si no lo creen vengan a verlo".
      Corrida una semana (8 de febrero) don Juan José le vuelve a escribir a Nicolás: "Ya considero lo de Ramírez en nada. Este amainó luego que las demás Provincias no se prestaban. Y en la siguiente carta (17 de febrero) Juan José le pone a su hermano: "... Las muestras de papel irán mañana por certificado si sale el correo que han anunciado, pués no salen correos para Salta de Corrientes, y estos van hacia Córdoba por ahora, que están dos mil santiagueños en campaña con Araoz del Tucumán, éste en alianza con Catamarca, y aquellos con Güemes. Del Paraguay vienen 4 buques con yerva, y Juan Pedro (Aguirre, su primo) reservadamente me ha asegurado que venderán en el Paraná la mayor parte, y podra ir a Chile por tierra ... Por carta propuse que viniera Tomás por dos o tres meses, así lo quiere Madre, y así lo aconseja Capdevila" (José Alberto, el terapeuta).
    • Fracaso del Congreso General en Córdoba y varios apuntes epistolares de Anchorena

      Cambiando el tema diré que la Junta de Representantes porteña, "después de maduras reflexiones", resolvió nombrar cuatro Diputados para aquel Congreso general a reunirse en Córdoba, prescrito en el tratado de Benegas, a fin de que las provincias sellaran la unidad nacional. Esos Diputados fueron el cura Julián Segundo de Agüero, Matías Patrón, Mariano Andrade y Tomás Manuel de Anchorena; pero los cuatro, sin demora, se excusaron de aceptar el cargo. Admitió la Junta las renuncias de Anchorena y Andrade, reemplazando a estos por Pedro Medrano y Manuel Vicente Maza, ninguno de los cuales quiso agarrar viaje, por lo que los Representantes creyeron solucionar el caso nombrando Diputados a dos residentes en Córdoba: el canónigo Gregorio Gómez y Teodore Sánchez de Bustamante, a quienes se unirían, desde Buenos Aires, Juan Cruz Varela y el fraile dominico Valentín de San Martín. Mas este cuarteto tampoco aceptó el cometido. Entonces, el 20 de febrero, los señores de la Junta apelaron a la suerte. A presencia del público que asistía a la barra, se pusieron cedulillas "en una xarra" con los nombres de los renuentes candidatos, y "un niño de la escuela de pilotaje" sacó dos papelitos que correspondían a Justo García Valdés y a Matías Patrón; y ambos, junto con Juan Cruz Varela, fueron despachados a Córdoba a principios de marzo.
      "Dile a Tomás -- escribía el 21 de febrero, entre otras cosas, Juan José de Anchorena a su hermano Nicolás -- que le escribí y le mandé unos remedios, que no sé si recibió de unas mujeres ... Acaban de decirme que no han encontrado quienes vayan al Congreso, han puesto en un cántaro a los anteriormente nombrados y les ha tocado a Patrón y Justo García...".
      Ese Congreso cordobés estaba destinado a fracasar. El alzamiento de Ramírez y la guerra que envolvía a Santiago del Estero y Salta contra Tucumán y Catamarca, convencieron al Ministro Rivadavia de que el país no se hallaba en condiciones de organizarse, por lo que el gobierno bonaerense retiró sus Diputados. Las provincias -- en opinión de Rivadavia -- necesitaban primero desenvolverse por sí mismas, unirse de hecho, antes que pretender imponerles una Constitución Nacional. Tal criterio realista -- contrariado poco después por el mismo Rivadavia -- fue el que Rosas llevó a la práctica más tarde, durante su larga dictadura, para dominar ante todo la anarquía, imponer el orden y dar unidad perdurable a la Confederación Argentina.
      El 19 de mayo Juan José le expresaba a Nicolás: "... Estos días los he perdido con Rosas y Maza, y no me han dejado desde las 8 de la mañana hasta las 11 de la noche. El gobierno quiere que tome el mando (Rosas, de Comandante de Campaña), yo se lo aconsejo, pero él se resiste, y concurre el que se le han acercado algunos como Pedro Capdevila y Luis Dorrego". Y como Nicolás le pedía que se fuera a Montevideo, porque en Buenos Aires acaso pudiera correr peligro su vida ante una invasión montonera, el hermano mayor respondía: "Con respecto a mi vida, créeme que me iré, pero ahora no es posible; hay diferencia en irse Vmd. quedando yo; y al irme yo quién queda? ¿Que perjuicios no tendrías en un mes que estuviera yo ausente? Sabes que todo corre por mi mano ... No tengas cuidado, López ha dado pruebas de su buena fé. En la ciudad no han de entrar (Alvear y Carrera, compinches de Ramírez). Estos están vigilados. El gobierno tiene algunos fugados de espías...".
      A su hermano Tomás -- después de interesarse por la enfermedad que lo aqueja, y de hablar de los achaques de su madre doña Romana -- Juan José le hace el siguiente comentario: (28 de julio) "... Las provincias las considero en tan mal estado que calculo muchos Güemes, muchos Ramírez, y me parece que salen como hormigas. Antes era uno en cada provincia, ahora calcula tantos cuantos jefes han aparecido. No quiero nada de Luján en adelante. Han reventado esos hormigueros y todo han devorado; los bárbaros han de ser los amos; los que hasta ahora usaban corbata han de tener que huir. Para mi nunca, nunca han estado las Provincias como ahora. Todo eso de Diputados es una farsa, ¿los obedecerán? Sí, en lo que decreten contra las cajas de Buenos Aires y los ricos; y Buenos Aires, ¿obedecerá al Congreso?; lo quiero ver...". Y el 9 de agosto Juan José le agrega a Tomás, anticipándole el fracaso de la asamblea cordobesa: "Por los impresos verás el estado de las Provincias, y que aquí no se espera en el Congreso...".
      Entretanto, el 9-VIII-1821, el gobierno nombra una comisión de 12 ciudadanos (6 comerciantes y 6 hacendados) a fin de que asesore al poder público en los asuntos de la agricultura, comercio e industria. El Ministro Rivadavia designó como expertos en temas económicos a los negociantes Juan José de Anchorena, José María Roxas y Patrón, Julián Panelo, Manuel H. de Aguirre, Juan Alsina y Patricio Lynch, y como peritos en prácticas rurales, a los estancieros Juan Miguens, Joaquín Suárez, Lorenzo López, Agustín Lastra, José Domínguez y Mauricio Pizarro. Demás esta decir que, cual tantas otras, esa iniciativa rivadaviana sólo entintó el pliego del decreto respectivo.

      Don Juan José integra una vez más la Junta de Representantes

      Pese a aquella afirmación suya: "Yo me he de sostener en no ser nada", mi tatarabuelo Anchorena aceptó integrarse a la Junta de Representantes el 29-VIII-1821 -- junto con Diego Estanislao Zavaleta, José Joaquín Ruiz y Manuel de Luca -- y fué nombrado presidente de la comisión de Presupuesto. Tras ello, en la sesión del 31 de agosto, presentó por escrito una moción del siguiente tenor: "Que atendiendo a los males que han experimentado los habitantes de las Provincias hermanas, tanto en repeler a los ejércitos realistas como en las últimas guerras civiles, se sancione : I) Que todo individuo de dichas Provincias que desde la fecha hasta el fin de 1823 se haya ocupado en labores de campo, sea exento por cinco años de ser alistado en los cuerpos veteranos y en los regimientos de milicias de campaña. II) Que esta gracia sea extensiva a los que hayan sido desertores de los Ejércitos Nacionales, pues por este motivo, ni por sus opiniones políticas, jamás podrán ser de modo alguno incomodados. III) Que todos los que vengan con sus familias a establecerse en esta Provincia, sean atendidos por las poblaciones que se formen sobre las nuevas fronteras". "Y habiendo sido esta moción suficientemente apoyada -- expresa el acta respectiva -- se reservó tratar de ella en oportunidad".
      Al leer dicha proposición de mi tatarabuelo, no puedo menos que señalar la pertinaz maledicencia del publicista Carretero, cuando rotundamente afirma en su libro que los Anchorena "utilizaron la política para defensa y fomento de sus actividades, pero nunca para provocar actos jurídicos que redundaran en beneficio general".
      Con fecha 1 de noviembre, Juan José recibió, desde Montevideo, un pedido de su hermano menor interesado en que no se opusiera con su voto al retorno de Alvear, refugiado allá tras las malandanzas políticas suyas conocidas: "Hace tiempo -- escribía Nicolás -- que Alvear anda o nos anda moliendo a mí y a Tomás con que puede suceder que su restitución al país se ponga a votación de esa Junta y que, para este caso, cuenta no solo con que no te opongas a ella sino que la apoyes, y al efecto hace mil protestas de arrepentimiento y de que lo compadezcan; que seis años de padecimientos son bastantes para juzgar cuanto mal hizo; que su última jornada fué obra de su desesperación y a esfuerzo de los llamamientos que le hicieron de ésa: que a mi me consta que fue invitado a las últimas empresas del año y uno, y que lejos de entrar, él retrajo a muchos, finalmente, que vuelven otros más criminales que él, y que nunca han hecho servicio alguno al país; de lo que tiene razón, y que porqué no se le ha permitido a él? Yo por mi parte te digo que, supuesto que vaya el asunto a votación, ya ha de ser acordada en el consejo de los barbudos, y que tu voto nada influirá; que en un país de puros pícaros, poco importa uno más; que él para nosotros no es de los peores, porque siempre nos respetará a los casacas; y finalmente que la experiencia nos ha enseñado que el partido que hay que sacar de la revolución es no hacerse de enemigos; mientras no se comprometa el honor de uno, no te opongas. Después tengo entendido que en la Administración hay empeño en absolverlo...".

      El caso del Padre Castañeda

      El 19 de septiembre, don Juan José le había manifestado en una de sus cartas al hermano Nicolás: "... Estamos trabajando mucho en asuntos políticos, mientras Vmds. pasean ... El Padre Castañeda ha sido juzgado y sancionado por la Sala por haber atacado sus fundamentos. Sale a Chascomús...".
      ¿Que ocurría con dicho franciscano?: El valiente fraile, transformado en feroz panfletario, no cesaba de arremeter contra el liberalismo extranjerizante que sustentaban, en el gobierno y la Junta, el Ministro Rivadavia y sus acólitos intelectuales señalando, por ejemplo, sin pelos en la lengua, en su Despertador Gauchi- Político, el desarraigo de todos ellos: "Nos hemos ido alejando -- decía -- de la verdadera virtud castellana que era nuestra virtud nacional y formaba nuestro apreciable y saludable carácter ... Pero los demagogos, los aventureros, los sicofantes, los tinterillos, los Zoilos ( ) indecentes, impregnándose en las máximas revolucionarias de tantos libros jacobinos, cuantos abortó en el pasado y presente siglo la falsa filosofía, empezando a revestir un carácter absolutamente antiespañol; ya vistiéndose de indios para no ser ni indios ni españoles, ya aprendiendo el francés, para ser parisienses de la noche a la mañana; o inglés, para ser místeres recién desembarcados de Plymouth. Estos despreciables entes avanzaban al teatro para, desde las tablas, propinar al pueblo, ya el espíritu británico, ya el espíritu gálico, ya el espíritu británico-gálico; pero lo que resultó fué lo que no podía menos de resultar, esto es una tercera entidad: el espíritu triple gauchi-británico-gálico, pero nunca el espíritu castellano o el hispano-americano e ibero-colombiano, que es todo nuestro honor, y forma nuestro carácter, pués por Castilla somos gente".
      Y bien; estos tremendos ataques y mil más del furibundo fraile, le valieron un proceso iniciado por el Agente Fiscal, quien consultó a la Junta y al gobierno sobre si a Castañeda, el Provincial de los franciscanos, Fray Lorenzo Santos, "podría prohibirle, con arreglo a las leyes de la orden, el que escriba sin previa licencia y visto bueno", ya que el tal prelado aseguró "no haber concedido licencia al Padre Castañeda, por escrito ni de palabra, para que pudiese escribir". A su vez, la Junta Protectora de la libertad de Imprenta había determinado que era "indispensable detener en sus marchas espantosas a algunos escritores públicos, ordenándoles suspendan absolutamente la exhibición de sus escritos hasta tanto se provee lo conveniente sobre los abusos de la libertad de escribir y censurar".
      Así las cosas, en la sesión del 3-III-1821 -- aún no integraba Anchorena la Junta de Representantes -- el Presidente del cuerpo Manuel Pinto expuso: "Que eran ya demasiado públicos los insultos que le hacía y acababa de hacerle recientemente en el último periódico de los que escribe el Padre Francisco Castañeda ... que insolentado el escritor, con impunidad repetía cada día sus golpes que lastimaban altamente su honor y buenos servicios al país"; que debido a ello "venía a esta Honorable Junta, como autoridad suprema de la Provincia, a implorar el remedio de aquel mal y su desagravio por una competente providencia, para no verse en el triste caso de usar de sus derechos naturales en defensa de su honor y persona ultrajada".
      Los Representantes entonces empezaron a discutir sobre "los escándalos y abusos conque se ha conducido la libertad de la prensa, especialmente en los papeles y periódicos del Padre Castañeda, ofendiendo la decencia pública, violando los más sagrados respetos, burlando las autoridades, presentando en ridículo la conducta de Magistrados del país, y atropellando de modo nunca visto a las personas de carácter y opinión bien establecida, con imputaciones indecentes, groseras y calumniosas, hasta el extremos de penetrar en los secretos recónditos de la vida privada de los ciudadanos". Por tanto, el cuerpo votó se le acordaran facultades al Gobernador interino, Marcos Balcarce, para que reprimiera los abusos de ese libertinaje periodístico, y en especial al Padre Castañeda por sus panfletos.
      Sin embargo el gobierno -- mejor dicho el Ministro Rivadavia -- sugirió que en el asunto de reprimir las demasías de la prensa, fuera la Junta de Representantes quien le sacase del fuego esas castañas: del ardiente Castañeda precisamente: el cual, por lo demás, seguía publicando, bajo su firma, artículos y versos atroces -- verdaderos castañazos -- contra las autoridades de la Provincia. Los Representantes, en consecuencia, resolvieron encargar que el "edecán de la Sala" citase al seráfico energúmeno al recinto de las deliberaciones, a fin de entablarle un juicio público.
      A todo esto, el foliculario de marras no comparecía ante sus juzgadores, a pretexto de "que la fatalidad de hallarse con una llaga en un pié le impide el asistir a la barra como se le había prevenido", y, para colmo de complicaciones, el insumiso recoleto resultó elegido Diputado por la ciudad, nombramiento que, desde luego, anularon los colegas de la Junta, alegando vicios de procedimiento en la elección respectiva. Y en la nota que Castañeda pasó a esos Representantes, puntualizaba "que nada tenía que contestar a la Honorable Junta (sobre su elección de Diputado), y decir al pueblo que no reconocía su soberanía, es para que se abstenga de votar por él, y le deje de Padre, que es el dictamen único que apetece; y que en esta virtud dispusiese la Honorable Junta de aquel Padre que desea servir a la Patria según el todo de sus limitadísimas facultades".
      Como no se podía esperar otra cosa, en la sesión del 15 de septiembre, los miembros de la Junta debatieron acerca de si el "escrito que aparece suscripto por el Padre Castañeda ataca la primera prerrogativa de la representación Provincial, su base y fundamento". Y "habiéndose determinado que la votación se hiciese nominal, se practicó así, resultando por mayoría absoluta sancionada la afirmativa de dicha proposición" -- con el voto de Juan José de Anchorena inclusive. Después, el Representante Pinto hizo moción, "suficientemente apoyada", de que "se tomase en consideración la indicación del Señor Ministro de Govierno -- Rivadavia -- para que desde luego se mandase en reclusión la persona del Padre Castañeda". A lo que la Junta, por 18 sufragios contra 11 (supongo que entre los votos negativos se contaría el de don Juan José), resolvió aplicarle al fraile la siguiente pena: "que se le prohiva escribir por quatro años, y se recomiende al Govierno para que aperciviéndole, seria y formalmente, le separe de esta ciudad a alguna distancia, por el tiempo que el mismo Govierno considere conveniente, con prevención de que no haya de ser su viaje por mar, ni para fuera de la Provincia". De acuerdo a ello, el Gobierno inspirado por Rivadavia -- el "Sapo del Diluvio", como le apodaría más tarde el irreverente Castañeda -- confinó ipso facto a nuestro fraile en el Fortín de Kaquel-Huincul, más allá de Chascomús, en tierra de indios al sur del rio Salado, dentro de los campos que poblaba Francisco Ramos Mexía (hoy, en el casco de la estancia de la tataranieta de éste: doña Estela Landívar Elía de Velar Irigoyen, en el partido de Maipú).

      Supresión del Cabildo

      Dentro de las finalidades del Ministro Rivadavia dirigidas a establecer "una economía comercial de tipo liberal, apoyada en instituciones del mismo carácter, respondiendo a una concepción de los valores espirituales de raiz iluminista y orientación utilitaria -- para decirlo con palabras del historiador Vicente Sierra --, era de fundamental importancia barrer con cuanto respondiera al pasado o tuviera tinte tradicionalista, y en tal sentido una institución condenada a morir era el Cabildo secular". Para llevar adelante tal proyecto, el Ministro movilizó a algunos vecinos de la villa de Luján, quienes el 19-XI-1821, le presentaron un petitorio a efectos de que suprimiese el Cabildo local, con el argumento de que "las rencillas, enemistades y pleitos no los causaban los díscolos acostumbrados a vivir de la discordia y enredos", sino "un Cabildo tan innecesario como gravoso y perjudicial al vecindario".
      El asunto lo giró Rivadavia a la Junta de Representantes, y el 5 de diciembre el Ministro, en un discurso sostenedor del decreto que suprimía aquel Ayuntamiento lujanero -- antecedente del que en seguida eliminaría al de la ciudad capital -- "puso en consideración de la Sala la historia de los Cavildos ... fixándola en el nacimiento y funestos progresos del Govierno feudal". Don Bernardino peroró que en los reinados absolutos de España necesarios fueron "los Cavildos en aquel orden, como innecesarios al presente", donde, "este establecimiento era incompatible con un Govierno Representativo, en que esa autoridad suprema ha retrovertido a la sociedad y se exerse con toda plenitud de un sistema liberal, por medio de autoridades que tienen la viva representación de los Pueblos, con funciones reales que les ha circunscripto la naturaleza del Govierno actual y los pactos sociales. Que en este estado aparecen los Cavildos sin una atribución real y útil al Público", pués "la administración de justicia en 1ª instancia, que han tenido hasta ahora, no puede ser más viciosa", por cuya razón "ya tenía el Govierno un modo de ocurrir a su mejora por medio de un Reglamento provisorio de administración de Justicia y por otro de la Policía".
      En la sesión del 6 de diciembre, el Diputado Juan José de Anchorena pidió la palabra y - según el acta respectiva -dijo: "que sin oponerse a la extinción de los Cavildos de la Provincia fue de opinión se exceptuase el de esta Capital, por los recomendables servicios que particularmente tenía prestados al Público, antes y después de nuestra gloriosa revolución, tanto en la guerra exterior de la independencia quanto en las oscilaciones políticas de las que desgraciadamente había sido teatro este Pueblo, siendo en todas ellas su Municipalidad el iris de Paz y conciliación. También dedujo las ventajas que proporcionaba al Público la administración de Justicia y Policía en el orden actual, que era desempeñada por sujetos de fortuna que devían ser relevados cada año, y concluyó pidiendo la conservación del Cavildo de esta Ciudad, sin perjuicio de qualquiera resolución que se tomase con respecto a los demás".
      A ello el Ministro Rivadavia "repuso sosteniendo la necesidad de la supresión de los Cavildos baxo de la amplitud que antes se había considerado de incluir aún el de la Capital ... funestos fragmentos del Govierno Peninsular"; y terminó abogando por la supresión de esos cuerpos municipales. El 28 de diciembre don Juan José le comentaba a su hermano Nicolás esta resolución que prohijó Rivadavia y votaron sus epígonos de la Junta detrás del clérigo Julián Segundo de Agüero: "Es el disgusto general por la supresión del Cabildo, esto no es de corregirse, lo que resultara es que el Gobierno no tendrá en sus deliberaciones tanto apoyo como antes...". Y en otra carta, mi antepasado le ponía a su hermano Tomás: "Por Nicolás avisé que el 20 expiró el Cabildo a manos del tuerto Agüero y otros 12 bobines del ministerio. Yo no podía asistir por estar pendiente mi renuncia de Representante y de Administrador de las Amortizaciones. La noche fué tempestuosa y faltaron 5 ó 6 votos de oposición".
      En efecto: el 15 de diciembre don Juan José había sido nombrado Presidente de la Caja de Amortización, que acababa de establecer la Junta, pero he aquí que, 48 horas después, el hombre renunciaba al cargo, como asimismo a "la Representación que exercía por esta Ciudad". Tal actitud se la insinuó el 1º de diciembre Juan José a Tomás en una frase de su correspondencia: "Son tantas las ocupaciones que no tengo cinco horas para dormir, pero esto a de durar poco...".
      A fines de ese año 21, mi tatarabuelo Manuel Hermenegildo de Aguirre se aprestaba a trasladarse a Chile, con intención de cobrar lo que las autoridades chilenas le debían por haber pagado, armado y equipado, de su bolsillo, dos fragatas de guerra en los Estados Unidos a cuenta del gobierno trasandino, el cual ni un céntimo le reembolsaría jamas por tamaño servicio. (Ver el capítulo acerca del linaje de Aguirre, donde me ocupo detalladamente de ese asunto). Consigno aquí que el 22 de noviembre, mi tatarabuelo Anchorena le escribió a su agente comercial en Santiago, Felipe Santiago del Solar, a propósito del antedicho viaje: "En esta fecha he dado una carta de introducción a don Manuel H. Aguirre, enviado que fué de ese gobierno cerca del de Norteamérica, y pasa a esa a asuntos de su comisión. Puede necesitar de Ud., para conseguirle algunos intereses o personas que le faciliten relaciones entre esos Señores, a fin de que sea bien despachado, pues la tal empresa lo ha perjudicado sobremanera. Compadecido de que tenga que abandonar su familia para ir a cobrar de los que gobiernan, suplico a Ud. lo atienda en lo que sea posible". Y el 1º de diciembre don Juan José le reiteraba a del Solar: "El 22 de noviembre escribí por Don Manuel Aguirre, y habiendo quedado este enfermo, llevó las cartas Mr. Watson...".

      Trágicos finales de Ramírez y Carrera

      En tanto se habían ido desarrollando gran parte de los acontecimientos referidos en el ámbito bonaerense, la figura de Ramírez alzábase amenazante en el litoral argentino. "Las noticias contextes del Entrerrios, la Bajada y Santa Fé -- le transmitía el 3 de marzo de 1821 Zañartu al gobierno chileno -- no dejan ya una duda de que Ramírez emprende contra Buenos Aires, sugerido y halagado por las magníficas promesas que le han hecho Sarratea, Agrelo y otros anarquistas refugiados en aquel territorio. Se cree que Carrera, a quien se supone entre los indios obrando en connivencia con aquellos, aparezca al mismo tiempo, hostilizando por el Sud con los infieles. El Gobernador Rodríguez ha desplegado en estas circunstancias una energía extraordinaria, y hace preparativos que deben alejar todo recelo, aun cuando fueren los enemigos más poderosos. La escuadrilla compuesta por tres fuertes bergantines y otros tantos buques menores, saldrá dentro de 15 días a situarse en San Nicolás, para estar en observación y guardar toda la costa, impidiendo que Ramírez desembarque en ella y para obligarle a que lo haga por la parte de Santa Fé, en donde lo espera el Gobernador López que está, según parece indudable, de buena fé con Buenos Aires. La necesidad y el odio casi general contra Sarratea, que se considera el corifeo de esta malvada empresa, hace reunir todos los partidos a formar una causa común. Sin embargo el Gobierno se vera en la necesidad de asegurar a muchos individuos, cuya sola aspiración es la anarquía, curzando con este fin todas las medidas dictadas para afirmar el orden".
      Con todo, el "Supremo Entrerriano", cual se titulaba Ramírez, resuelve hollar los dominios de su antiguo aliado Estanislao López para abrirse paso y rendir finalmente a Buenos Aires. Con ese propósito desembarca su hueste montonera en Coronda. Tres ejércitos se oponen al invasor: el santafesino de López, el porteño al mando de La Madrid, y el cordobés que obedece a Bustos. Luego de dos combates favorables sobre La Madrid, sufre Ramírez un serio descalabro en las proximidades de Coronda. El 10 de mayo Juan José de Anchorena le había escrito a su hermano Nicolás: "Yo veo como necesario que permanezcas en esa (Montevideo). Es preciso sacar fondos de ésta porque a La Madrid lo ha corrido Ramírez. Aquí todo es pavor. Si (Ramírez) trastornase o desbancase a López, borrasca tenemos". Pero ocurrió lo contrario, Ramírez con la pequeña fuerza que le resta, escapa al territorio cordobés, y logra juntarse con Carrera; pero Bustos, el 13 de junio, da al traste con ambos en Cruz Alta. Entonces el chileno y el entrerriano se separan: aquel toma el rumbo de Cuyo con ánimo de pasar a Chile; éste emprende el camino de regreso a su provincia por el Chaco. El destino, no obstante, frustra las intenciones de cada cual: Pancho Ramírez alcanza una muerte romancesca, el 10 de julio en el Rio Seco, al encarar casi solo una partida de López que le había capturado su barragana, la "China Delfina"; y José Miguel Carrera, vencido en Punta del Médano, termina pasado por las armas, el 4 de septiembre, en la Plaza Mayor de Mendoza, donde, tres años atrás, un pelotón de fusilamiento dió cuenta de sus hermanos Juan José y Luis.
      El 12-VII-1821, desde Córdoba, Francisco de la Torre le escribió a su empresario y deudo lejano Juan José de Anchorena esta posdata en una carta comercial: "A las 8.30 hs de este día ha venido un chasque con noticias de que Ramírez es muerto por la banguardia de López a 5 leguas del Rio Seco, y destrozada su gente que piensa organizar el Padre Monterroso, su segundo -- y creo no tendrá efecto -- para hacer nueba tentativa".

      La ley del olvido

      Dejemos, de momento, las luchas sangrientas para volver al recinto de las leyes, donde nuestro antepasado Anchorena ocupaba en 1822, a justo título, su banca -- no precisamente para la tramitación de cobros, giros, cambios, recibir depósitos en cuentas corrientes y otorgar préstamos en dinero, como podría confundirnos la homonimia del escaño.
      Así pues, el 27 de septiembre del año anterior, el Ministro Rivadavia, en nombre del Poder Ejecutivo, presentó a la Junta de Representantes un proyecto de ley de amnistía política, como homenaje "a la noticia plausible de los faustos sucesos de las armas de la Patria sobre Lima", que el 9 de julio pasado cayera en poder de las fuerzas de San Martín.
      Dicha ley llamada "del Olvido", establecía que las causas suscitadas por opiniones políticas anteriores a la fecha de su promulgación no embarazaran a ningún individuo en el pleno goce de la seguridad que la ley concede en la Provincia de Buenos Aires a las personas y a la propiedad.
      Debatido en varias sesiones el asunto, el cuerpo legislativo resolvió: 1º) Que tal ley de Olvido sería considerada más adelante, dentro de 4 meses a partir del 6 de octubre de aquel año 21. 2º) Que, entretanto, debían restituirse al país las personas que fueron detenidas sin forma de causa por orden del Gobierno. 3º) Que podían volver a la Provincia los que voluntariamente se ausentaron de ella para ponerse a cubierto de los riesgos de las agitaciones particulares. Y 4º) Que lo dispuesto en los artículos precedentes no favorecerá a quienes durante su ausencia hayan adoptado medidas o formado proyectos de conspiración contra el Gobierno y tranquilidad de la Provincia, o a los oficiales que hayan desertado de sus banderas.
      Dentro de esos lineamientos, la ley del Olvido fué traída de nuevo al debate el 3-V-1822, y tres días más tarde el diputado Juan José Anchorena expuso que la Honorable Junta carecía de conocimiento de los sujetos aludidos en dicho proyecto, como también cuales resultaban sus delitos, y si alguno de aquellos sujetos delinquió contra la Provincia durante su expatriación. Que durante el debate se había propuesto que la amnistía fuera resuelta mediante juicio: "en cuyo caso, de nombrarse un Consejo de Guerra, no habían Jueces, testigos ni acusadores; y en caso de haberlos, saldrían complicados una porción de hombres que al fin, por sus relaciones, harían sancionar el indulto o la ley del olvido". Opinaba Anchorena que atendiendo al interés que manifestaba el Gobierno por dicha ley, ésta se sancionase "facultando al Gobierno para que suspenda sus efectos respecto de aquellas personas cuya restitución a esta Provincia no convenga a la tranquilidad pública, con la obligación de dar cuenta a la Sala, a los dos meses, de los sujetos respecto de los cuales haya suspendido los efectos de la ley y las causales, para que tomando todo en consideración resuelva la Sala".
      Estas atinadas observaciones se perdieron en el aire, y la "Ley del Olvido" se sancionó -- con el voto favorable de Anchorena -- tal como breve y genéricamente la redactara el Gobierno: "Las causas suscitadas por opiniones anteriores a este día, no embarazan el pleno goce de la seguridad que la ley concede en la Provincia de Buenos Aires a las personas y a la propiedad".
      A raíz de tan generosa decisión, doce días más tarde (15 de mayo) se sometió al criterio de la Sala una solicitud del presbítero Antonio Romero "tío del Padre Castañeda", pidiendo declarara la Honorable Junta si su sobrino se hallaba o no comprendido en la "Ley del Olvido". El diputado Valentín Gómez estimó inválida la personería del tío para promover la mencionada solicitud, por no tener poder expreso del interesado. Apoyó el argumento de Gómez el Ministro Rivadavia, agregando que "no habiéndose comprehendido en el beneficio de la ley de olvido a los juzgados y sentenciados, por ningún motibo debía serlo el Pa. Castañeda", pues su sentencia derivó de autoridad soberana por el "alto crimen" de haber atacado la propia existencia de esa autoridad; que en este caso no correspondía la indulgencia del Gobierno, y "no debía hacerse lugar a la presente solicitud sino repelerla, como arto merecía". El representante Somellera, en cambio, consideró valida jurídicamente la personería del tío carnal del fraile penalizado y, en definitiva la Sala, luego de dos días de amplio y movido debate entre varios legisladores, por 16 votos contra 15 -- supongo que Anchorena votó con los primeros --, resolvió que "habiéndose promulgado la ley de olvido sin limitación alguna no parecía motivo que se excluyese al Pa. Castañeda".

      Ley de reclutamiento de las fuerzas armadas

      En la sesión del 10 de mayo el Ministro de Guerra, General Francisco Fernández de la Cruz, abogó por el alistamiento voluntario en el ejército, y, en caso de insuficiencia, por la conscripción mediante sorteo. Planteó, ademas, la necesidad de contar con una fuerza de 1.222 hombres de caballería, incluso cabos y sargentos; y tres batallones de infantería: uno con 320 artilleros; otro de 500 plaza de fusileros de raza blanca; y otro de medio millar de "cazadores", integrado por "castas" (negros y mulatos); recalcando "que la Caballería era la arma principal de nuestra situación topográfica, y de las aptitudes personales para hacerla ventajosa".
      El diputado Juan José de Anchorena, tras la palabra del Ministro, pidió al Gobierno informara acerca del número de oficiales necesarios para el ejército y para las milicias urbanas y de la campaña. Después, distintos colegas suyos debatieron sobre la conveniencia o desventaja de la conscripción militar por sorteo; o si el cumplimiento de dicho servicio debía efectuarse por medio de alistamiento voluntario o por el de "contingentes". (El contingente era el cupo o número de mozos aptos que cada zona, pueblo o provincia podía aportar anualmente como soldados al ejércitos).
      Mi antepasado Anchorena -- antaño "voluntario distinguido" en la 4ª compañía del 1º batallón de línea de Cádiz, organizado para oponerse a la invasión napoleónica -- se opuso al proyecto de conscripción por sorteo, aduciendo "que el exemplo de los funestos efectos que habían experimentado los Reynos de España, donde se habían admitido las quintas, que corresponden al sorteo propuesto; al paso que habían prosperado los que en su lugar subrogaron el contingente"; y el acta respectiva consigna que Anchorena fué de opinión que en lugar de sorteo se sustituyese el contingente, bajo las mismas formas y modos que se trataba de reglamentar el sorteo para evitar arbitrariedades".
      Usaron después de la palabra el Ministro Rivadavia y los diputados Pascual Rivas, Pedro Somellera, Alejo Castex y Juan José Paso; éste último sugirió que se agregara al proyecto que el Gobierno destinara también al servicio de las armas "a los vagos, ociosos y aún delicuentes que no tengan la nota de infamia"; pero tal sugerencia de Paso no pasó.
      Puesto a votación el proyecto quedó sancionado en el sentido propuesto por Anchorena: "el ejército sera reclutado por alistamientos voluntarios, y, en caso de insuficiencia, por contingentes. Queda a disposición del Gobierno admitir o no a los individuos que no sean oriundos de América. Por ningún título podra recibirse en el ejército individuo alguno que haya cometido un crimen que castiga la ley con pena infamante".
      Al mes siguiente (7 de junio), al tratarse en particular los artículos de la referida de reclutamiento, Anchorena "pidió se tomara en consideración la misión que tenía hecha (el 31-VIII-1821) para que se exceptuaran del Servicio Militar por el término de cinco años a los individuos de las provincias que vengan a ocuparse en las labores del campo", siendo la principal razón, el proveer de brazos a nuestra decadente agricultura, que se hallaba en lamentable estado, en el que se ve por haberse ausentado varios forasteros sobre quienes principalmente había recaído el reclutamiento por levas, y que sancionado el artículo como proponía, se conseguiría su vuelta por las proporciones que ofrecía la Provincia a los trabajos de utilidad". Votada esta moción de Anchorena resultó rechazada.

      Distintas intervenciones parlamentarias de don Juan José en ese año 22

      El 13 de septiembre la Legislatura discutió un proyecto de decreto concebido por los diputados Diego Estanislao Zavaleta, Valentín Gómez y Julián Segundo de Agüero, que "contenía una medida provisoria para precaver los abusos de la libertad de prensa que al presente se notaban en los periódicos, entre tanto se sancione la ley sobre el particular". Al respecto Anchorena intervino en el debate pidiendo se suspendiera la sanción de dicho proyecto, el cual antes debía imprimirse y repartir sus ejemplares a cada uno de los miembros de la Sala "para que estuvieran en actitud mejor sobre esta grave materia"; agregando que, por lo pronto, rechazaba que una Comisión de Censura fuera nombrada por el Gobierno, como proponía dicho proyecto, pues era presumible que el Gobierno "no permitiese publicar alguno que no fuese conforme a las ideas de éste". El 15 de octubre, durante las discuciones acerca de la Reforma Eclesiástica, el diputado Anchorena presentó una moción "para que los individuos del Clero Secular fueran adscriptos a las Parroquias para el mejor desempeño de su Ministerio". El 4 de noviembre Anchorena sometió a consideración del cuerpo un proyecto de decreto para que las tahonas de panaderías giradas por mula o caballo pudieran continuar y restablecerse dentro del recinto de la ciudad. El asunto se trato el 20 de diciembre siguiente, y luego de confrontarse opuestas opiniones, la moción de Anchorena quedó sin resolverse. Finalmente el 22 de noviembre, nuestro legislador, en nombre de la Comisión de Hacienda, presentó a la Sala, una minuta de ley que declaraba libre de todos los derechos de puerto, e incluso de patente, a los buques nacionales que naveguen por la costa patagónica. Tras breve análisis de sus colegas, la ley quedó sancionada en los términos propuestos por Anchorena.

      El Banco de Descuentos

      Conforme a una ley aprobada el 20-VI-1822 por la Honorable Junta de Representantes, esa institución financiera -- promovida por el Ministro de Hacienda Manuel José García -- nació con el monopolio, por espacio de 20 años, de emitir billetes al portador y con facultad hipotecaria sobre sus acreedores. El Banco de Descuentos se abrió al público con un capital nominal de un millón de pesos fuertes, que sería aportado por sus accionistas particulares, ingleses y argentinos; los cuales, después de preparar su reglamento interno, formalizaron el directorio con las siguientes personas: William Cartwright, Juan José de Anchorena, James Brittain, Félix Castro, Robert Montgomery, Sebastián de Lezica, Rafael Riglos y Juan Pedro Aguirre, quien actuó como presidente.
      Menos de dos años figuraría mi tatarabuelo Anchorena como director del Banco de Descuentos, que cayó luego en descrédito, y su activo y pasivo tomaría a cargo, en 1826, el denominado Banco Nacional, establecido para sucederle durante la administración del Gobernador Las Heras. En 1836, Rosas transformó dicha entidad en Banco del Estado, con el nombre que actualmente lleva de Banco de la Provincia de Buenos Aires.

      Un debate económico memorable

      Bajo el título del epígrafe, el analista Carlos Alberto Pintos publicó, en 1972, un artículo en el tomo XIII de Investigaciones y Ensayos de la Academia Nacional de la Historia. Se trataba de una glosa del debate que tuvo lugar el 20-X-1823, al considerarse la ley de aduana para 1825, cuyos conspicuos protagonistas fueron los diputados Julián Segundo de Agüero y Juan José Cristóbal de Anchorena, quien seguía ocupando su escaño en la Sala de Representantes.
      Ya don Juan José hubo manifestado antaño por escrito -- en 1814, cuando era Conciliario en el Consulado -- sus puntos de vista antiliberales y proteccionistas en materia económica. En dicha oportunidad afirmó que las naciones más importantes protegían a sus ciudadanos, concediéndoles franquicias comerciales exclusivas, como lo demostraban las ordenanzas de Inglaterra, Holanda y los Estados Unidos, "realizando -- acota Pintos -- un estudio de legislación comparada de una información sorprendente".
      En 1823, Anchorena da comienzo al debate legislativo de referencia. Advierte que la ley de aduana, proyectada por el Poder Ejecutivo, permitía introducir calzado y ropa hecha con el recargo del 25%; manifiesta interés en conocer qué medidas había tomado el gobierno para evitar el contrabando de dichas mercaderías, "por que en este caso sería de desear que se prohibiese absolutamente su introducción" y concluye preguntando si las autoridades estaban dispuestas a fomentar la artesanía del país sobre la extranjera.
      A ese discurso replicó el clérigo Agüero, y trajo a colación un pedido de los carpinteros, "cuyo objeto -- dijo -- era que se recargase los muebles extranjeros", lo cual equivalía a conceder un monopolio a esos artesanos de la madera, "obligando a los consumidores de sus obras a comprarlas, bien o mal hechas, por el precio que impusiera. ¿Sera justo que unos cuantos hombres sean exclusivamente vendedores de un artículo y tengan los consumidores que comprarlo a ellos precisamente?", preguntaba el orador; para quien nuestra mano de obra era cara, debido a la escasez de población y a los pocos trabajadores con oficio. En cuanto los zapateros criollos -- que Anchorena acababa de defender -- el fantástico optimismo del replicante vislumbraba para estos un panorama promisorio con el correr de los años, siempre que se multiplicara ese gremio, y así podría tener la posibilidad de surtir de calzado "a la misma Europa" nada menos! Para alcanzar tales bellezas futuras, Agüero aconsejaba "que nuestros artesanos se hagan buenos artistas, y entonces las manufacturas extranjeras perderían nuestro mercado. Respecto del contrabando, entendía que la política prohibicionista lo fomentaba, ante la imposibilidad de vigilar "una costa tan dilatada y extensa".
      Anchorena retoma entonces la palabra. Precisa que no sólo había abogado por dar protección con impuestos aduaneros a los trabajadores lugareños de la ropa y el calzado, sino también a los fabricantes de toda clase de muebles. Agrega después que confía en la eliminación del contrabando en el término de dos años; y sostiene que con un número suficiente de artesanos en el país, el monopolio se desdibujaría, haciendo presente que en ciertos ramos de la industria así sucedía; y reclama se le informe qué medidas había tomado el gobierno para satisfacer estas necesidades y "poner al país en independencia del estranjero, al menos en el calzado y ropas hechas".
      Seguidamente Agüero vuelve a la carga: "en un país tan abierto como el nuestro -- dice -- no se podía responder si habría o dejaría de haber contrabando", y declara que su improbable eliminación no favorecería sino a los monopolistas: que los artesanos nativos debían realizar obras "tan buenas y tan baratas" como las que venían de afuera, y eso, de momento, no ocurría. Exaltando el libre cambismo, criticó lo dicho por Anchorena, acerca de que la llegada de extranjeros con oficio desplazaría a la mano de obra local. "¿Se ha de impedir que vengan buenos artesanos que hagan muebles y casacas?", clamaba como desde un púlpito el preste legislador. Según él, si algún daño temporal causasen esos extranjeros a sus rivales criollos, eso se compensaría, a la larga, con la calificada mano de obra de aquellos, que "servirá de dechado a la del país para perfeccionarse".
      Tal argumentación fué rechazada por Anchorena, quien -- como lo señala Pintos -- descartó la idea de monopolio formulando esta pregunta: "¿Será establecer monopolio el que en Inglaterra se prohiba en su mercado interior la concurrencia de la industria extranjera con la nacional?"; y aplaudiendo la política que en su propio país aplicaban los ingleses, consideró que su adopción en el nuestro sería por cierto beneficiosa. A esto contestó Agüero que si Inglaterra era proteccionista, debíase a la suficiencia de su mano de obra, y a que la industria suya estaba en un grado de perfección que no le dejaba lugar a apetecer como necesaria "ninguna obra extraña", mientras que en nuestra tierra no sucedía ni lo uno ni lo otro, ni podía asegurarse que para el año 1825 estuviese ni cerca de conseguirlo.
      De tal suerte se clausuró la discusión, y la mayoría de los representantes votaron a favor de la ley aduanera proyectada por el Poder Ejecutivo.
      "Nadie habrá de negar -- comenta Pintos al finalizar su artículo -- que el tema tratado en esta ocasión por los diputados Anchorena y Agüero tiene tras si un largo y quizá no terminado debate, sobre el cual el juicio de la historiografía debe apoyarse necesariamente en las lecciones de la ciencia económica. Aún hoy, dentro de un marco de mayores proporciones, podría sostenerse, con algunas variantes, uno u otro punto de vista, discurriéndose como aquellos legisladores". Y cerrando los ojos a la guerra de la independencia que continuaba indecisa en las fronteras de Salta y Jujuy; a la Banda Oriental que acaba de ser anexada como provincia Cisplatina al Imperio del Brasil; a la cruenta revolución que encabezó Tagle contra la reforma eclesiástica rivadaviana; a los malones indios que arrasaban pueblos y estancias en la campaña; a los violentos sucesos políticos de la Rioja y Tucumán; todo ello ocurrido aquel año 1823, el publicista Pintos nos sorprende, al final de su opúsculo, con estas líneas idílicas y laudatorias dedicadas al régimen porteño que, de espaldas a la convulsa realidad del país, impulsaba el Ministro Rivadavia: "el valor más alto de este debate reside en que deja traslucir que ya en 1823, el juicioso cambio de ideas entre los hombres públicos y un sistema representativo atendiendo a las distintas orientaciones políticas, eran virtudes cívicas muy arraigadas en la floreciente república del Plata".
      Aquella preocupación por lograr la independencia económica de su patria, la mantuvo Juan José de Anchorena hasta el fin de su vida. En 1824 el cónsul Inglés Woodbine Parish exploró ante el Ministro de Hacienda Manuel José García la posibilidad de solicitar "para los súbditos británicos que podían establecerse en Buenos Aires, el goce de ciertos privilegios; tanto como ciertas inmunidades con respecto a la religión; que serían ... necesarios para los súbditos de un Estado amigo que vivían en los territorios de otro". Esa gestión del funcionario inglés concretaríase más tarde en un tratado comercial anglo-argentino. Entretanto, en carta del 25-XI-1824, el cónsul norteamericano John Murray Forbes, sabedor de que se estaba negociando dicho convenio, le adelantó al Secretario de Estado John Quincy Adams lo siguiente: "Hace dos semanas tuve noticias de que ese tratado sería condición previa, sine qua non, para el reconocimiento de la Independencia. A consecuencia de esta noticia, el señor Anchorena (Juan José Cristóbal) presentó a la Junta un proyecto de resolución prohibiendo al Gobierno negociar un tratado de comercio con potencia alguna extranjera, hasta que se halla concertado un sistema general de comercio entre todos los Estados independientes que fueron antes miembros de la América española. La resolución fué adoptada y la restricción existe, por lo menos en lo que respecta a la provincia de Buenos Aires".

      Negocios camperos; correspondencia de Juan José con Rosas; contribución de ambos para la hazaña de los 33 Orientales

      Juan José de Anchorena y su hermano Nicolás habían emprendido negocios de campo en sociedad con su pariente Juan Manuel de Rosas, quien personalmente quedó encargado de administrar esas explotaciones rurales, de las que participaba en una cuarta parte de las utilidades, sin soportar las pérdidas. Rosas -- apunta Carlos Ibarguren en su libro sobre dicho personaje -- aprovechó todas las circunstancias para negociar eficazmente, especulando en rebaños y tierras cuyo valor sufría considerables alternativas y bajas por la amenaza de las incursiones de los indios. "Creo -- escribía Rosas a don Juan José -- que habrá en la campaña mucho miedo de indios; por tanto Ud. vea si algunos tímidos dan ganados baratos y compre tres o cuatro mil cabezas para nuestras estancias. Quien no arriesga no gana, y ya ve, ¿si podemos hacernos de ganados baratos, porqué no hemos de arriesgar?".
      El Gobernador Martín Rodríguez, al propio tiempo, procuraba atraer a Rosas y le había ofrecido el cargo de inspector de campaña que éste no quiso aceptar. Según apunta Ibarguren, las reflecciones, la perspicacia y el criterio sanchopancesco de don Juan José de Anchorena, decidido opositor de la política de Rivadavia en el gobierno de Rodríguez, coincidian en absoluto con la opinión de su socio y primo Rosas. "He sabido -- decíale Anchorena a Juan Manuel -- que se preparan a darle a Ud. la comisión de visitar y conocer los terrenos de la campaña. No tengo más noticia que ésta, salida del gobierno; calculo que el objeto no será para arreglar la policía, sino para que Ud., después de mucho trabajo y bastantes disgustos, les suministre conocimiento de los terrenos baldíos que hay, de los que conviene declararlos tales, y de la buena calidad de los campos. De esta comisión me resultarían ventajas y, si consultase mi bolsillo, le diría que la aceptara; pero no, mi amigo, le digo que no la admita. No se todos los efectos que ella comprende, pues los resultados deben ser, aunque en el Gobernador y el Ministro haya la mejor intención, mucho trabajo para Ud., gastos, abandono de sus estancias, hacerse de muchos enemigos, por que la justicia desagrada, y de pocos amigos que suelen durar como la fortuna; serán amigos mientras se hagan de tierras. El fruto de sus fatigas será para que los militares, empleados y gente del círculo se haga de las mejores e incomoden a Ud. un sinnúmero de infelices desalojados. Después de todo, tendrá Ud. que estar cuatro o seis años ocupado en dar informes sobre cuanto enredo se suscite. Se hallará Ud. día y noche ocupado en papeles, que es lo que Ud. debe alejar de sí para vivir sano, tener ánimo tranquilo y no experimentar los males que padecen los literatos y papelistas. No se vaya a alucinar con esperanzas del bien que puede hacer, por que lo que Ud. proponga para bien, lo han de emplear otros para mal, y para que no aparezca lo que Ud. proponga, se ha de desfigurar de tal modo que aparezca obra de los que quieren ser genios creadores y soles". Don Juan José aquí, ciertamente, alude al Ministro Rivadavia.
      En 1823 -- como consigna Ibarguren -- Rosas se va a Santa Fé por negocios ganaderos, a revisar campos para los Anchorena y a seguir cultivando la amistad con Estanislao López. Ahí recibe, en el mes de marzo, estas noticias de Buenos Aires que le trasmite su primo, confidente y socio don Juan José: "Las cosas no mejoran después de tantos discursos en la Junta. Ha mandado (Rivadavia) que los dominicos y franciscanos dentro de ocho días salgan o se secularicen. ¿Para qué leyes? ¿Para qué discuciones? ¿Para qué Junta?. El Ministro de Hacienda (Manuel José García) del modo más indecente se ha portado conmigo, por proponerle, como comisionado del Banco, que el gobierno no emita papel moneda, por que éste va hacer huir de la provincia a la moneda que circula y nos vamos a ver con solo papel, perdiendo aquella riqueza real. Nada se ha conseguido! Es preciso que admitamos el papel y seamos acreedores del gobierno y dependamos de él y de su suerte". Y concluía don Juan José con este consejo a Rosas: "Para que quede Ud. bien con López, es preciso que ni se explique contra el gobierno (porteño) ni a favor de él, por que no sabemos el rumbo que seguirán estas tropelías. Las consecuencias de tanto mal que cálculo, me tienen enfermo".
      A las veces mi tatarabuelo lo ponía al tanto, a su primo y amigo, de una colecta reservadísima que se estaba realizando en Buenos Aires, destinada a reunir fondos para Lavalleja y sus bravos compañeros, que preparaban el audaz desembarco en la Banda Oriental, a fin de liberarla de la dominación brasilera: "La suscrición es secreta -- le advertía don Juan José a Rosas -- y para auxiliarlo (a Lavalleja) en el compromiso en que se halla; mañana lo suscribire con 300 pesos. En general se han suscrito con 200 pesos. Los comisionados son Trapani, Costa y Platero". Además de estos comisionados, ayudaron a juntar o dieron dinero para la causa de Lavalleja, varios señores porteños; los Anchorena, Miguel José de Riglos, Ramón Larrea, Pedro de Lezica, los Terrero y Rosas.
      Otro emparentado y socio de Anchorena, Francisco Antonio de la Torre, desarrollaba, a la sazón, actividades campestres en Santa Fé, desde donde, el 12-II-1823, le ponía en una carta a don Juan José: "Estos días pasados se me han entregado las Estancias, pero en tan deplorable estado que, en una, ni casa he encontrado: apenas rastros de que la hubo; la otra, en tal deterioro, que solo han quedado las paredes y el enmaderado: hacienda, nada otra cosa que 5 caballos, una yegua, y como unas mil mulas,que a la vista de ojos computo existan huyendo en el campo, de más de dos mil que dejé; pero aún a éstas le ha tocado el turno, por que con la escacez de ganados, no se detienen (los paisanos) a matar las que pueden para comerlas. Esto me ha motivado a resolverme el caminar con ellas a los Portugueses o Pueblos de Misiones, en solicitud de venderlas, pero toco la dificultad de la falta de dinero para su conducción. Si Ud. me permite que el que tengo de su pertenencia lo emplee en los gastos que son precisos para el arreo, se lo agradeceré como es debido. Yo procuraré cuanto antes reponerlo, y para el efecto remito a Eira, una criada que conduce don Francisco Vivas, compañero de don Pepe el Mahonés, ( ) para su venta, cuyo dinero se lo entregara a Ud. así que se verifique...".
      Un mes después (20 de marzo), el santafesino de la Torre expresabale a Anchorena: "Su primo Don Juan Manuel de Rosas sale para San Xavier con el Gobernador (López) el mismo día que sera el 22 del corriente. Nuebamente me le ofrecí ayer en su nombre, y no ha querido ocuparme, supongo no me necesitó. He tenido la complacencia de tratar a este señor, y ciertamente me ha parecido que esta revestido de un alma grande y distinta de la que poseen otros de su edad; nos ha dejado generalmente muy prendados. Sirva a Ud. esto de satisfacción...".
      A fines de ese año 23 los malones feroces de la indiada asolaron los campos sureros de los Anchorena y de Rosas. Este marchó al frente de sus fieles "colorados" en ayuda de la división del Coronel Arévalo, que se encontraba peligrosamente hostigada por los salvajes; y el 1º de noviembre, esos bárbaros fueron derrotados en el combate de Pila. "No se nos ocultan los riesgos a que Ud. se expuso -- escribíale a Rosas, el 13 de noviembre, Juan José de Anchorena -- y vemos que siempre iba Ud. a vanguardia. El objeto de esta es rogarle se retire Ud. sobre "Los Cerrillos", saque de allí sus ganados y los repliegue adentro, por que la campaña es perdida; es preciso no alucinarse con esperanzas; ella podrá salvarse y los bárbaros ser escarmentados, pero el gobierno va errado, el gobierno no depone la desconfianza, los pasos que se dan son en falso, nada se ha de hacer sino sacrificar algunos hombres: nos interesamos en que Ud. no sea de estos, no hay que condescender, puede Ud. ser sacrificado tristemente como pudo serlo en el combate del día 1º ... Donde no hay plan, ni combinación, ni ejecución con consulta, nada hay sino aventuras". Y refiriéndose a las estancias de la sociedad de ellos, don Juan José le agregaba: "No se detenga Ud., ni por un momento, por lo que respecta a El Tala y Los Camarones, déjelas Ud. que se pierdan, en el supuesto que siempre se han de perder, y que si el tiempo mejorase se volverán a fomentar".
      Rosas -- transcribo a Ibarguren -- respondía que la internación de las haciendas era imposible y, en lo que se relacionaba a su persona, no admitía, ni le cuadraba la fuga y el retiro a lugar seguro; que era menester desafiar con honor todos los riesgos para defender la campaña; a lo que el prudente don Juan José le replicaba que su objeto, al darle sus consejos y expresarle sus reflexiones, había "sido persuadirle a Ud. que no veo plan, ni sistema, ni combinación, y que faltando todo esto es preciso no exponerse a ser víctima de la ocasión de tener que prestarse, por honor, a tomar las armas; por que, primo, yo no desapruebo lo que hizo Ud. el día 1º: Ud. se hallaba en los Camarones y el honor exigía que auxiliase con gente, consejos, etc. a Arévalo y, efectivamente hizo Ud. más de lo que él y la Provincia podían exigir y esperar; pero deseo que Ud. se conserve para prestar servicios cuando haya plan, y no se exponga tristemente...".
    • Durante la presidencia de Rivadavia

      Un año, 4 meses y 29 días duró la llamada por el historiador Vicente López, "aventura presidencial de Rivadavia". El 8-II-1826 asume don Bernardino la presidencia unitaria de las Provincias Unidas del Rio de la Plata, exaltado a esa magistratura el día anterior por el Congreso General, y designa los siguientes ministros: de Gobierno, Julián Segundo de Agüero; de Negocios Extranjeros, Manuel José García; de Guerra y Marina, Carlos de Alvear; y de Hacienda Salvador María del Carril. Antes de corrido un mes, el 4 de marzo, el Congreso sanciona la capitalización de Buenos Aires y, dos días después, tras la protesta del Gobernador legal Juan Gregorio de Las Heras, éste es destituido por decreto, al mismo tiempo que se declara caduca a la Legislatura bonaerense. Contra esa absorvente política rivadaviana se unen entonces los caudillos federales del interior, mientras que en la ciudad y campaña porteñas nace el partido federal, como opositor de Rivadavia y su círculo, encabezado por el fogoso Coronel Manuel Dorrego, y con Rosas, los Anchorena, Manuel Hermenegildo de Aguirre, Felipe Arana, Manuel Vicente Maza, Juan N. Terrero, Victorio García de Zúñiga, Juan Ramón Balcarce, Sebastián de Lezica, José María de Ezcurra, Manuel de Escalada, Andrés Arguibel, Pedro Medrano, Manuel Alejandro Obligado, y otros dirigentes de pro.
      Dicha ley de "capitalidad" para Buenos Aires -- que obtuvo sanción parlamentaria luego de apasionados debates -- había sido elaborada por el Poder Ejecutivo y remitida al Congreso con las firmas de Rivadavia y su ministro Agüero. Mediante sus disposiciones, la ciudad y parte de su campaña convertíanse en capital de la República y sede de las autoridades nacionales, quedando también nacionalizados todos los establecimientos provinciales, sus fuerzas militares y las obligaciones, deudas y empeños contraídos por la Provincia.
      De tal suerte, junto al recinto propiamente urbano, se "capitalizaba" la zona comprendida, de Norte a Sur, entre el puerto de las Conchas (el Tigre) y la ensenada de Barragan (hoy Rio Santiago), y de Este a Oeste, desde la costa del Río de la Plata y del río las Conchas, hasta el puente de Márquez (que une ahora el partido de Morón con el de Moreno); debiendo el resto del territorio bonaerense organizarse como Provincia. Así, aquellos políticos y congresistas unitarios -- como lo digo en la biografía de mi tatarabuelo Aguirre -- le arrebataban a la histórica Buenos Aires su ciudad y su inalienable soberanía, con el propósito de convertir a las Provincias en simples entidades administrativas subordinadas al poder central.
      Pero no pararon ahí los estrafalarios designios reformistas de don Bernardino, quien seis meses después (12 de septiembre) elevó al Congreso un plan encaminado a partir en dos el territorio bonaerense, e improvisar un par de nuevas juridicciones: una al Norte, que se denominaría "Provincia del Paraná", con capital en San Nicolás de los Arroyos; y otra al Sud, nombrada "Provincia del Salado", con capital en el pueblo de Chascomús.
      Este intento peregrino ("salado" y que no serviría "para na") conmueve a la opinión pública porteña. "Ayer -- escribíale Juan José de Anchorena a Rosas -- ha sido tal el discurso de Paso pintando la ingratitud del Congreso con Buenos Aires, que a hecho esto para todas las provincias, y después de haberla capitalizado, postrándola a sus pies y dejándola sin ser político, y todavía no contentos quieren meterle el puñal y descuartizarla ... Cuatro de los asistentes (a la sesión del Congreso) entraron en casa llorando, entre ellos Capdevila, quejándose del engaño en que lo habían precipitado Rivadavia, Agüero y Valentín (Gómez)".
      El gobierno moviliza enseguida a grupos de vecinos de la campaña, quienes en sendos memoriales, con 420 firmas, adhieren al extravagante intento divisionista oficial. Frente a esa colección de nombres sin relieve mayor (fuera de Joaquín Campana, Manuel Ruiz Moreno, Juan Ignacio San Martín y algunos mas), Nicolás de Anchorena se encarga de hacer firmar listas de protesta dirigidas al Congreso: Una con el pedido de los más calificados terratenientes del partido de la Matanza, del "Durazno" (hoy Las Heras), de Lobos y Navarro, "para que no se sancione el proyecto de división del territorio de Buenos Aires en dos provincias". Y poco después remite don Nicolás al Congreso otra súplica de "un crecido número de propietarios residentes en la campaña"; todo en 5 legajos que, sumados a la primera presentación, contenían un total de 650 firmas, aproximadamente. (Sobre esto ver más detalles en la biografía de mi tatarabuelo Aguirre).
      Por su parte Rosas también se mueve contra la política unitaria presidencial. Recorre todo el sur recogiendo firmas para aquel memorial que se presentaría al Congreso, y organiza en Chascomús una pueblada tumultuosa, que le vale ser detenido; más el pueblo le aclama pidiendo su libertad, la que es decretada directamente por Rivadavia. "Hoy -- le escribe el 1º de diciembre Juan José de Anchorena a Rosas -- ha llegado la representación de Chascomús con ciento y tantas firmas, en las que hay algunas de portugueses. Lo que conviene es que Ud. continúe recogiendo muchas firmas, muchas, por donde quiera que sea, y para que el día 14 sin falta estén aquí todas las representaciones".
      Meses atrás (8 de junio), "se procedió al escrutinio general de los sufragios prestados para el nombramiento de siete Representantes, por esta capital, al Soberano Congreso Nacional Constituyente". Entre 70 ciudadanos votados, resultaron electos: José María Roxas y Patrón (con 3.163 votos), Miguel José de Riglos (con 3.138), Ildefonso Ramos Mexía (con 3.137), Cornelio Zelaya (con 3.132), Valentín San Martín (3.121), Juan Alagón (con 3.117) y Joaquín Belgrano (con 3.064). En esa elección, dos de mis tatarabuelos obtuvieron: Juan José Cristóbal de Anchorena, 222 votos y Manuel Hermenegildo de Aguirre, apenas 3; adelante de Cornelio de Saavedra y de Juan Manuel de Rosas que solo cosecharon un voto por barba, aunque pulcramente anduvieran siempre afeitados los dos.

      La decantada -- y desencantada -- enfiteusis, y la nacionalización de las minas

      Una experiencia jurídica -- asimismo peregrina -- que estructuró Rivadavia durante su presidencia, fué la enfiteusis, o sea la cesión por largo tiempo de la tierra pública, mediante un canon anual que pagarían los cesionarios al Estado, titular del dominio sobre esas tierras fiscales inmovilizadas desde 1821 debido a la ley de consolidación de la deuda provincial, y que en 1824 se hipotecaron en garantía del empréstito inglés de un millón de libras esterlinas. Así, en abril de 1826 el Presidente Rivadavia envió al Congreso un proyecto actualizador de la ley de enfiteusis, que -- "sin discusión doctrinaria de ninguna especie", al decir de Emilio Coni -- resultó sancionado el 18 de mayo siguiente, prolongando el anterior plazo de dar terrenos realengos a particulares en vez de por 10 años, por 20. Cabe indicar que la imprevisión y el desorden caracterizaron a la traída y llevada ley de tierras públicas -- como lo demostró Emilio A. Coni en su irrefutable estudio La verdad sobre la enfiteusis de Rivadavia.
      Un documento existente en el Archivo General de la Nación, titulado "Relación de los terrenos concedidos en enfiteusis desde el 27 de septiembre de 1824 hasta el 1º de mayo 1827", registra como enfiteutas a los "Señores Anchorena", con un conjunto de 37 leguas cuadradas y fracciones, en el "Partido de Monsalvo" -- vale decir al sur del río Salado, en la nueva línea de frontera. (Son los campos en el actual partido de Pila, que especificaré más adelante). Y en otra nómina archivada bajo el rubro: "Extractos de expedientes de tierras en enfiteusis", se lee: "Junio 26 de 1826. -- N. (Nicolás) y J.J.A. (Juan José Anchorena) solicitan en enfiteusis las estancias "Las Averías" y "Las Achiras" sobre el río Salado, en Monsalvo". (Una en Chascomús y otra en Pila, como se vera luego). Y: "Noviembre 24 de 1826. -- Se concede a J.J.A. (Juan José Anchorena) un terreno en Cañada de las Saladas, partido de Navarro, que estaba ocupado por J.L." (?).
      Posteriormente, en la época de Rosas, por ley del 10-V-1836, la Legislatura autorizó al Gobierno a vender muchísimas leguas de tierras dadas en enfiteusis, otorgando a los enfiteutas ocupantes la preferencia en la compra de sus respectivos campos. Acogidos a esa ley, adquirieron los Anchorena varias de sus estancias en Pila, cual lo veremos en su oportunidad.
      Tocante a las actividades financieras de mi tatarabuelo Anchorena, cabe indicar que años atrás participó como accionista en un infortunado consorcio minero. Fué en la llamada originariamente "Sociedad de Comercio de Buenos Aires", cuyo directorio integraban sus promotores Braulio Costa, Ventura Vázquez y William Parish Robertson, en representación de los siguientes accionistas fundadores: Juan José Cristóbal y Nicolás de Anchorena, Ruperto Albarellos, Juan Fernández Molina, Juan Pedro Aguirre, José María Roxas, Marcelino Carranza, Juan Pablo Sáenz Valiente, Sebastián Lezica y Hnos., Ramón Larrea, Mariano Fragueiro, Juan José Larramendi, Mariano Sarratea, Manuel Arroyo y Pinedo, Félix de Alzaga, Miguel José de Riglos, Pedro Capdevila, Manuel Ambrosio Gutiérrez, Julián Panelo, Juan Martín de Pueyrredón, Lucas González, Pedro Trapani, Félix Urioste, Pedro Berro, Juan Nowell, Manuel Pomar, Pedro Lázaro Beruti, Pascual Costa y Alejandro Molina.
      Este grupo de comerciantes y estancieros porteños, que encabezaban Braulio Costa y Parish Robertson, había firmado el 13-X-1824, por intermedio de Ventura Vázquez, con el gobierno de La Rioja -- hechura de Facundo Quiroga -- un contrato para explotar en beneficio propio todas las riquezas minerales -- oro y plata -- de Famatina, menos 100 socavones que se le reservaban al distrito minero de la provincia. Lograda dicha concesión, establecióse la empresa con un capital nominal de 250.000 libras, con el nombre de "Famatina Minning Co.", y comenzó a vender sus acciones en Londres, bajo el patrocinio financiero de la Casa Baring Brothers.
      Pero entretanto Rivadavia, entonces ministro plenipotenciario en Inglaterra y Francia, impulsó a los reputados banqueros londinenses Hullet Brothers ( ) a constituir una sociedad minera semejante a la de Costa, Robertson, Anchorena y demás concesionarios de los filones riojanos. Tal entidad rotulóse "River Plate Minning Asociation", y también se lanzó a vender en la City sus acciones: pese a que su funcionamiento en nuestro país sería solo posible si las provincias argentinas se organizaran bajo un régimen unitario, lo que en efecto sucedió poco después. En esa circunstancia, en noviembre de 1825, el Congreso General Constituyente votó la ley que establecía como propiedad de la Nación, las tierras que hasta entonces eran de dominio provincial. Ello implicó la anulación del privilegio otorgado por el gobierno de La Rioja a la "Sociedad de Comercio de Buenos Aires", que giraba en Inglaterra como "Famatina Minning Co.". Y así Braulio Costa, Parish Robertson y demás socios "famatinos" -- que en vano procuraron llegar a un acuerdo con Hullet Brothers y su personero Rivadavia, elevado luego a Presidente de la República - quedaron despojados del derecho sobre aquellas míticas vetas auríferas.
      Firme en sus malignas intenciones el bragadense Carretero, al ocuparse del asunto minero empleando siempre perifrasis y medios términos, se empeña en presentar a los Anchorena cual inescrupulosos traficantes, agiotistas de guante blanco afanados en lucrar constantemente a costillas del país, tras una máscara de honorabilidad personal. Y cuando el citado autor menciona a los grupos que pugnaban para explotar las presuntas abundancias miríficas de nuestras provincias norteñas, se muestra benevolente con el grupo de Rivadavia, en tanto no escatima equívocas insinuaciones contra el grupo de Braulio Costa, donde figuran los Anchorena, obseso por despertar la antipatía del lector hacia la clase social adinerada a que estos pertenecían
      "El llamado grupo Rivadavia -- transcribo al susodicho publicista -- contaba con el peso y apoyo oficial, pues en sus manos estaban todos los recursos de la Provincia". Los componentes de la aludida unión -- según Carretero -- "tomados individual y personalmente, carecían de grandes fortunas, casi ninguno de ellos era propietario de campos ni de vacas, no intervenían en el comercio exterior con notoriedad. Eran los ilustrados de la clase media, con muchas grandes ideas, pero desprovistos de fortunas importantes ... Este grupo alentaba la esperanza de que los capitales ingleses fueran suficientemente poderosos como para poder realizar una buena operación al estilo de la que había realizado Bolívar en las minas del Perú, o la que concretó Sucre con las de Bolivia". De lo que acabamos de leer se desprende que los responsables, con don Bernardino, de aquel negociado metalífero, serían los cofrades ideológicos allegados a él, cuyos nombres conocidos Carretero prefirió omitir. Y bastante significativo resulta que el bragado publicista de marras, aparte de no identificar a esa pléyade (sic) "de ilustrados de la clase media", sin fortuna, estancias ni vacas, deja en el tintero a los banqueros Hullet, al ingeniero Francis Bond Head -- llegado a nuestras playas con los técnicos mineros Evans, Williams, Charon, Toots, Bunster, Fregoning y Nichols -- y a la masa de pequeños ahorristas que, allá en Londres, adquirían las acciones de la "River Plate Minning Association", aludidos, al pasar, como "capitales ingleses".
      Y prosigue el plumista recargando ahora la tinta: "El grupo Costa estaba dispuesto a apoderarse de la mayor cantidad posible de distritos mineros conocidos, realizando una operación muy parecida a la que realizaron posteriormente con la propiedad inmobiliaria de la Provincia de Buenos Aires, al amparo de la ley de enfiteusis; es decir, comprar u obtener privilegios sobre las minas conocidas y en condiciones de ser trabajadas sin discriminación de calidades, obsesionados por la cantidad, como lo prueban numerosos documentos. Sus miembros eran comerciantes de Buenos Aires, que controlaban practicamente todo el comercio exterior; también se caracterizaban por ser ganaderos de muchas leguas y poseedores de cuantiosas fortunas personales. Además estaban interconexionados económicamente...".
      Respecto de Juan José de Anchorena, Carretero deduce que aquel no fué integrante real de la sociedad de Braulio Costa, pues solo "accedió a dar su nombre y estampar su firma en calidad de personero de Faustino Lezica". Ello parece probable a través de una carta que el hurgador de marras pescó en el Archivo (en uno de los legajos donados por Carlos Ibarguren, mi padre, hecho que silencía Carretero). En esa misiva don Juan José decíale a su cuñado -- por su 1ª mujer -- Faustino del Corazón de Jesús de Lezica y Vera: "... De la conferencia en que nos dejaste con Braulio Costa y Vázquez resulta que pretenden que yo firme el acta que Uds. han celebrado -- la que no sé qué contendrá -- porque así conviene para La Rioja; quiere decir que conviene a los empresarios mi apellido. Tu me dirás 1º si estas conforme con lo acordado; 2º en que yo firme por tu conveniencia; 3º si tu, como quedas obligado a las resultas de lo que yo firme, estas dispuesto a cumplir con todo. Soy tu affmo. hermano Juan José Cristóbal de Anchorena". Y en el mismo papel corre la respuesta pertinente: "Octubre 20 de 1824. Por contestación a la carta de Ud. que precede, debo prevenirle que me conformo a que Ud. suscriba por mí lo acordado en la Junta de hoy con relación a las minas de Famatina, y que por consiguiente quedo yo obligado a lo que Ud, suscriba. De Ud. affmo. Faustino Lezica".
      A todo lo expuesto comenta Carretero sin probar nunca sus afirmaciones malignas: "La presencia del nombre de Anchorena en la lista de accionistas respondió, posiblemente, a la amistad y al parentesco existente, pero indudablemente representó otra maniobra de Lezica (?), pues en esos momentos era el representante en Buenos Aires de los capitales alemanes que intervenían en el comercio y las finanzas".
      Ya vimos el tiro de gracia dado por el gobierno rivadaviano a la Compañía minera de Famatina. Dos años más tarde, al propagarse por casi todo el país la guerra civil, la "River Plate Minning Association" arruinose también, y los liquidadores de su quiebra demandaron al gobierno bonaerense por la suma de 52.520 libras esterlinas, en concepto de los daños y perjuicios sufridos. A su vez, la "aventura presidencial" rivadaviana cerró su trayectoria a consecuencia de un desdichado intento de paz con el Brasil. Buenos Aires, dueña nuevamente de su soberanía, eligió entonces Gobernador al jefe del partido federal porteño, Coronel Manuel Dorrego, irreductible enemigo político de Rivadavia y del grupo dirigente unitario que había colaborado con éste.

      El golpe de Lavalle

      En la extensa biografía dedicada a mi tatarabuelo Aguirre, reseño brevemente el motín de Lavalle, y a ese somero comentario me remito. Aquí solo he de añadir unas expresivas cuartetas anónimas del cancionero popular que, en aquel tiempo, entonaban los payadores en las pulperías suburbanas de Buenos Aires:

      "- Dígame señor Lavalle,
      le pregunta un forastero
      ¿Cuales fueron los motivos
      que lo fusiló a Dorrego?.

      - Yo lo fusilé por mi orden,
      a mi nadie me gobierna,
      yo soy dueño de las vidas.
      y también de las haciendas".

      El 15-XII-1828 Juan Cruz Varela, cuando supo la ejecución de Dorrego, le escribió a Lavalle: "Aquí corre que Rosas está en Rosario, donde llegó con dos hombres, habiendo despedido a los que los acompañaron hasta Luján en la derrota del 9 (sufrida en Navarro por Dorrego), pero diciéndoles que pronto volvería con fuerzas, y que estuvieran prevenidos para la primero citación. Otros dicen que está en nuestra campaña, donde indudablemente hay en diversos puntos algunas reuniones pequeñas de sus parciales ... Me parece ridículo que Rosas pueda ya nada, después de la lección terrible que ha recibido en la cabeza de Dorrego. Es preciso que Ud. sepa, sin embargo, que la muerte del último no ha destruído las esperanzas y combinaciones de los Anchorena, resortes únicos que mueven a aquel autómata: hay aquí quienes aseguran que éstos tenían el proyecto de derrocar ellos mismos a Dorrego, para colocar en su lugar a aquel cacique feroz, y la insistencia de éste quita a esta idea aquel viso que tiene de pueril...".
      "Juan Cruz Varela -- comenta el historiador Vicente Sierra -- se refiere a una acción revolucionaria dirigida por los Anchorena para sustituir a Dorrego por Rosas. Muchos autores se han hecho eco de ella, y hasta se cita una carta atribuída a Rosas, y dirigida a Lavalleja, que lo confirmaría. El carácter y las ideas de Rosas no permiten admitir la veracidad de tal carta, cuyo original se desconoce. Cierto es que no consideró a Dorrego el hombre que las circunstancias exigían, pero también lo es que la legitimidad de sus poderes era título suficiente para que los atacara, a pesar de que, cuando fué elegido Dorrego, la lógica señalaba a Rosas como el federal de más prestigio. En carta de noviembre de 1823, el cónsul Forbes decía: "El ídolo de la gente de campo es el coronel Manuel Rosas ... Se decía hace tres días que se estaban recogiendo firmas para levantar la candidatura de Rosas a la Gobernación."
      Por lo demás, el vituperante Iriarte en sus famosas Memorias expresa: "Desde que Dorrego subió al gobierno, Rosas y su círculo, al que pertenecían los hermanos Anchorena -- don Juan José, Tomás y Nicolás -- manifestaron sin rebozo sus pretensiones de dirigir la marcha de los negocios públicos; pero Dorrego no era hombre para soportar semejante dependencia: invitó a don Tomás de Anchorena para que aceptase el ministerio de gobierno, pero Anchorena lo rehusó, por que la pretensión de éste hombre, de ideas rancias y antisociales, era mandar desde su casa, sin revestir carácter público, para evitar toda responsabilidad. Dorrego se condujo con dignidad señalando a los Anchorena el lugar que les correspondía: el de no tomar parte directa en la marcha de la administración; de modo que esto produjo, como era consiguiente, una división en el partido federal, que no hizo su exploción entonces por el interés común a las dos fracciones de luchar contra la oposición del partido unitario".
      Sea de ello lo que fuere, lo concreto es que Rosas pasó a Santa Fé, a fin de movilizar con Estanislao López los efectivos necesarios para una reconquista por las armas del gobierno de su provincia usurpado por Lavalle; determinación ésta que implicaba ponerse a la cabeza del partido federal porteño, acéfalo tras la muerte de Dorrego.
      Al conocerse en Buenos Aires el viaje de Rosas, Juan José de Anchorena se lo comunicó a uno de sus capataces, José Vera, en estos términos: "... nuestro Juan Manuel, según noticias, ha tirado para Santa Fé, a quien pienso escribir mañana, no debiendo volver en mucho tiempo a la Provincia". Es que los Anchorena en ese instante dramático, imbuídos de pesimismo, barruntando negras perspectivas, aconsejaron a su primo, amigo y socio, abandonara la lucha partidaria, se fuera momentaneamente al extranjero. Don Nicolás por su exclusiva cuenta, hizo gestiones ante el Ministro José Miguel Díaz Vélez, en el sentido de que el gobierno le garantizase la vida a a Rosas a cambio de renunciar éste, públicamente a toda actividad política. A tal respecto, el 25-VII-1869, el desterrado de Southampton le escribió a su vieja amiga Pepita Gómez: "No son ciertas las cartas que dice (Manuel Bilbao en su Historia de Rosas) que dirigió Rosas a Buenos Aires para que sus parientes consiguieran del gobierno su regreso a la Provincia, prometiendo no tomar parte en la política, y en último caso se le permitiera retirarse al Brasil por el tiempo que se creyera necesario. Por el contrario mi primo el Sr. Don Nicolás Anchorena, ofreciéndome recursos para que fuera al Brasil, agregaba: ?Considere primo el largo y escabroso camino que se propone seguir, y los ningunos y efímeros recursos que cuenta?. A continuación de esta carta y firma -- sigue don Juan Manuel --, había una nota de la letra y también firma el Señor Dn. Juan José, que decía: -- Primo, reproduzco lo que dice Nicolás...".
      Con relación a ese asunto, la pluma venenosa de Iriarte apunta en sus Memorias tardías: "El gaucho Rosas se había refugiado en Santa Fé, y desde allí esperaba el momento favorable para lanzarse sobre su apetecida presa: la provincia de Buenos Aires, cuyo dominio codiciaba desde mucho tiempo. Pero era cobarde, sin corazón de hombre, temía los lances de guerra y estuvo a punto de emigrar a la República Oriental: lo habría hecho; al mismo he oído decir que estuvo decidido, que se lo aconsejó así don Juan José de Anchorena, cuyos consejos eran para Rosas de gran peso; pero lo disuadieron algunos amigos interesados en rechazar la inicua agresión unitaria, que veían en el hombre de la Pampa el único caudillo, el más indicado, al menos, para insurreccionar la campaña contra Lavalle...".
      Entretanto el gobierno unitario acomete a sus adversarios políticos que se han levantado en la campaña. El 2-II-1829, el Coronel Isidoro Suárez, en el combate de "Las Palmitas" -- cerca la laguna del Potroso y del fuerte Federación (actual partido de Junín) -- desbarata y captura al jefe federal Mayor Manuel Mesa, quien, 14 días más tarde, es degradado y fusilado en la Plaza de la Victoria. Antes de morir, Mesa escribió a Nicolás de Anchorena y a Faustino Lezica: "Para los que se han propuesto nuestra regeneración bañando al país en sangre, vale muy poco el hombre de bien y de mérito. No es extraño que nada haya seguro y que no se respete la propiedad cuando no se respetan las vidas, ni aún los sentimientos más sagrados de la humanidad. En fin, Dios quiera poner término a tantos males, que yo por mi parte perdono a sus autores". A su vez el propio Iriarte reconoce en sus Memorias: "Después de la ejecución de Dorrego, Lavalle asolaba la campaña. Del terror se valieron muchos subalternos. Se violaba el derecho de propiedad. No era posible que los gauchos soportaran tal yugo por largo tiempo ... ". Y más adelante añade: "... como bestias feroces trataban a los desgraciados que caían en sus manos".
      En la ciudad, el 18 de febrero, son sacados de sus casas, puestos bajo arresto y finalmente conducidos al bergantín "Rondeau", prestigiosos ciudadanos, civiles y militares, simpatizantes del partido federal: Juan José de Anchorena y su hermano Tomás Manuel, Manuel Hermenegildo de Aguirre, Juan Ramón Balcarce, Enrique Martínez, Tomás de Iriarte, Felipe Arana, Manuel Vicente Maza, Juan Antonio Martínez Fontes, Victorio García de Zúñiga, Francisco Agustín Wright y Epitacio del Campo.
      En circunstancias en que el "Rondeau" echó el ancla en la rada exterior, lejos de Buenos Aires, Iriarte afirma que él, con Balcarce y Enrique Martínez, idearon apoderarse del barco, operación relativamente fácil, por ser su tripulación muy reducida, casi toda norteamericana y proclive al soborno. "Era indispensable -- escribe en sus divertidas Memorias el perdonavidas post mortem de referencia -- "comunicar nuestro proyecto a todos los deportados para que concurriesen y nos ayudasen en el momento de la exploción. Empezamos por los hermanos Anchorena, que por su carácter dominante y posición social tenían gran ascendiente sobre sus otros compañeros de destierro; pero encontramos la más fuerte resistencia; no quisieron adherir a la empresa, y hasta sospechamos que eran capaces de denunciarnos al Comandante Toll, tal era la vehemencia de su fanatismo por el triunfo de su opinión, que aquellos hombres altivos y esencialmente intolerantes, creían la más acertada. La vanidad, por la importancia que les daba su riqueza, hacía su carácter insoportable. Tuvimos pués que desistir de nuestras miras por falta de cooperación, porque tampoco teníamos un verdadero interés en llevarlas a cabo, desde que sabíamos que una vez desembarcados en la República Oriental, gozaríamos una completa libertad y la más positiva garantía. No nos había estimulado otro interés que el de los desgraciados -- de cuyo número eran los Anchorena -- que ignoraban el lugar y término de su destierro".
      El 28 de febrero el "Rondeau", a órdenes del comandante Juan Antonio Toll, zarpa de la rada con su carga de selectos proscriptos, y al día siguiente atraca en el puerto de Colonia, donde Toll hace desembarcar a Aguirre junto con Balcarce, Iriarte y Enrique Martínez. Seguidamente, con los otros prisioneros abordo, vira el barco y se dirige a Patagones. Ahí descarga a algunos confinados y, con el resto de los cautivos -- incluídos los Anchorena -- torna el bergantín a Buenos Aires y fondea en las balizas exteriores del puerto.
      El Ministro Del Carril, mentor de Lavalle, al comentarle el 8 de mayo -- "a Mi querido General" -- un plan de transacción con Estanislao López, intercala esta referencia y un consejo típico de los suyos: "... De los Anchorena no dispuso Ud. finalmente nada: tómese la molestia de decirme qué haré de ellos ... es conveniente apartarlos de la vista del Pueblo y no dejarle motivo a la compasión en favor de ellos ... ".

      La agresión de Venancourt

      El 1º de abril de ese año 29, el gobierno de Lavalle decretó la forzosa convocatoria de los extranjeros con dos años de residencia, para que defendieran militarmente a la ciudad, conforme a la ley del 10-IV-1821, dictada por la administración de Martín Rodríguez. A tal fin se creó el batallón "Amigos del Orden", donde -- seguramente de pésima gana -- quedaron enrolados muchos franceses, algunos ingleses y varios norteamericanos. Tras sendas reclamaciones de los cónsules de Estados Unidos, Inglaterra y Francia: Forbes, Parish y Mendeville; éste último (marido de Mariquita Sánchez) en términos airados, sin atribuciones diplomáticas para formular demandas de esa naturaleza, opuso un veto al enganche militar de sus connacionales; recurso improcedente que el ministro Díaz Vélez rechazó, por contener protestas "contrarias a los respetos de la autoridad", ya que, por lo demás, "los súbditos de Su Magestad Cristianísima (Carlos X) gozan de la protección de las leyes del país, y están sujetos, sin reserva, a las obligaciones que aquellas imponen, mientras residan en el territorio de la provincia".
      Así las cosas, el comandante de la Estación Naval Francesa en el Plata, capitán de navío vizconde Cornette de Venancourt, en apoyo de las exigencias de Mendeville y de supuestos agravios a dicho cónsul y al pabellón gálico, que el marino achacaba al ministro Díaz Vélez, ordenó a los jefes de las corbetas guerreras de su mando, "Isis", "Iris", "Magicienne", apoderarse a viva fuerza de las naves argentinas "Rio Bamba", "Rondeau", "Cacique", "Once de Junio", "La Argentina" y "General Belgrano", surtas en la rada porteña, con el fin de liberar a más de 200 prisioneros franceses que, por renuentes a prestar el servicio de armas, se encontraban hacinados en el bergantín "Rondeau" y el pontón "Cacique", junto a los hermanos Anchorena y demás correligionarios federales, opositores del partido gobernante. En consecuencia, el 21 de mayo a medianoche, la flotilla del impetuoso vizconde atacó, abordó y capturó a aquellas naves de nuestra bandera, cuyas tripulaciones dormían desprevenidas. De esta suerte, los prisioneros políticos de Lavalle fueron liberados, al día siguiente, por Venancourt.
      Por su parte Rosas -- que tras el revés inflingido al jefe unitario en el combate de Puente de Márquez, asediaba a la ciudad --, escribió a Venancourt, en su carácter de delegado del gobierno soberano, una extensa nota en la que expresaba, "en su nombre y en el de todos los ciudadanos de la Nación Argentina, el más sincero y justo homenaje por los sucesos que han tenido lugar los últimos días, con respecto a la escuadra nacional, que había caído, como consecuencia de la insubordinación del 1º de diciembre, en poder de dichos insurrectos"; liberando los franceses a "los prisioneros a bordo, y otros hechos que muestran claramente que los agentes públicos de la Nación Francesa han sabido reconocer al gobierno legítimo de la República Argentina, y tomar en conformidad las relaciones de estrecha amistad que la República Argentina conservaba hasta el 1º de diciembre con la Nación Francesa". Por tanto, encontrándose Rosas "suficientemente autorizado por el poder soberano de la Nación", requería de Venancourt, "que la escuadra nacional tomada a los insurrectos no sea devuelta, pero sí guardada cerca y en seguridad; que se tomen los buques nacionales que se encuentren en el Paraná, y se permita al infrascripto una entrevista que podra tener lugar en la Ensenada ... en donde el infrascripto pondrá a disposición del comandante francés la carne fresca que necesite diariamente para los barcos y navíos que quisiere proveer, o pudiera desear el susodicho comandante".
      A propósito de este caso, Roberto de Laférrere comenta en su luminoso estudio acerca de El Nacionalismo de Rosas: "Es evidente que en 1829 el comodoro Venancourt, conforme a su pensamiento de que los desórdenes americanos debían ser resueltos algún día por los europeos, aprovecha la oportunidad brillante que le brinda la anarquía unitaria para iniciar una política que satisfaga las ambiciones francesas en el Río de la Plata. Su propósito es claro en el conflicto. Busca la alianza de una de las facciones contra la otra, como la buscara más tarde Leblanc con éxito no discutible. Se trata de las mismas aspiraciones imperialistas ... Ese apoyo lo busca en Rosas. Lo busca y no lo encuentra. Rosas no es un caudillo de ambiciones vulgares que pacte alianzas desdorosas con el extranjero para resolver pleitos partidarios". El documento de Rosas a Venancourt "no solo no abre una negociación de carácter político, sino que también la hace absolutamente imposible, reduciéndolo al comodoro a la situación de un auxiliar de las autoridades nacionales que han sido desconocidas por una montonera militar sublevada. Es un deber dirigirse al almirante como delegado de la autoridad nacional, y lo hace conforme a su carácter de tal. Hubiera sido inadmisible que permaneciera silencioso. Rosas habla en su nota en nombre de la ?Nación Argentina?, no como jefe de una facción. Es, en efecto, el Comandante General de la Campaña que ha sido delegado por Estanislao López al frente del ejército nacional para restablecer el órden y la autoridad provinciales ... delegado de esta autoridad, Rosas se dirige oficialmente al comodoro Venancourt, y en tono de gobernante, pero bajo las formas más amables y corteses del estilo protocolar, le reclama la entrega de los barcos argentinos, dilatando el momento en que esta entrega habrá de realizarse, porque naturalmente carece de los medios materiales para hacerse cargo de los barcos ... Le da instrucciones en suma (a Venancourt), y le agradece en nombre de la Nación que representa su cooperación en el restablecimiento de la autoridad, cosa que interpreta como prueba de que la Nación Francesa ha sabido reconocer al gobierno legítimo que la República Argentina conservaba hasta el 1º de diciembre con la Nación Francesa". Por su parte el comodoro francés "comprendió que con el Comandante de Campaña no había posibilidad alguna de acuerdo ... Prefirió, pués, presionar más enérgicamente sobre el titulado gobierno de Lavalle, como lo hizo, hasta imponerle la humillación contenida en la convención firmada por Juan Andrés Gelly, como delegado de los sediciosos".
      Tal convención establecía que los navíos serían entregados por Venancourt al gobierno de Lavalle en el estado que se hallaban; que los franceses que se negaran a enrolarse no serían perseguidos; y que se daba como hecho cumplido la liberación de los prisioneros de dicho país encontrados en el "Rondeau" y el "Cacique", con el grupo de políticos argentinos que incluía a los hermanos Anchorena, los cuales pidieron ser trasladados al buque inglés "Cadmus", a lo que se había accedido.
      Cabe destacar -- así lo subraya Levene -- "la actitud patriótica de los hermanos Anchorena, que libres de resentimientos rehusaron la libertad que les ofreció el vizconde Venancourt, a pedido de Rosas, y se trasladaron a un buque inglés, pero siempre a disposición del gobierno".
      "La actitud de los grandes hacendados Juan José y Tomás Anchorena, en esta delicada emergencia -- recuerda también Levene --, fue destacada en términos honrosos por Lavalle. Desde el cuartel general en los Tapiales, el 26 de mayo, le escríbe al Gobernador Delegado (Martín Rodríguez) afirmando: que la conducta de los Anchorena, en el apresamiento de nuestros buques, es digna de unos Argentinos distinguidos. Ellos desprecian la libertad que les ofreción el que a la sazón hacía insulto atroz al pabellón de la República, contestando que querían quedar en dependencia de su gobierno". En consecuancia, Martín Rodríguez ordenó que los Anchorena -- cuando ya estaban libres en el barco inglés -- "fueran puestos en libertad y restituídos al goce de sus derechos". Tal amnistía revelaba, sin duda, que la paz entre Lavalle y Rosas estaba a punto de concretarse.
      Entretanto Juan José y Tomás Manuel habían sido llevados a la Colonia por el navío británico "Cadmus". Antes de arribar a ese puerto, ambos hermanos le enviaron al cónsul inglés Woodbine Parish estas líneas: "Los infrascriptos debiendo pasar mañana para la Colonia del Sacramento, nos consideramos en el deber de manifestar nuestra gratitud y reconocimiento al Honorable Sr. W. Parish, encargado de negocios de S.M.B. en Buenos Aires, por el decidido interés con que ha propendido a nuestra libertad y seguridad; y aunque inútiles para corresponder a los muy importantes favores que nos ha dispensado, le ofrecemos nuestros más sinceros deseos, saludándole con toda consideración y respeto".
      Seguidamente ambos hermanos, despachan el 26 de mayo esta carta que transcribo en su integridad: "Nuestro muy estimado primo don Juan Manuel de Rosas: Hallándonos instruídos de que la Provincia ha querido favorecerlo en la muy justa y noble empresa en que se halla comprometido, y que dentro de poco las tropas de su mando entrarán a ocupar la ciudad; sin embargo de estar bien persuadidos de que Ud. no es capaz de permitir el menor desorden, creemos que es un deber nuestro recomendarle con especialidad que procure tomar cuantas medidas de precaución crea convenientes en favor de las casas de los Ingleses, y muy particularmente la del Sr. D. Tomás Armstrong, concuñado de Riglos, por el decidido interés que todos los de esta nación han tomado por el buen éxito de su campaña, y por los servicios con que dicho Señor nos ha prestado antes y después que nos hemos librado de los tiranos y opresores del país, por ese inesperado acontecimiento de que tendrá Ud. noticias". (Aquí aluden los Anchorena a la actitud de Venancourt). "También recomendamos a Ud. la casa de los Lezica, cuñados de Juan José, que está de Santo Domingo media cuadra al Poniente, con frente al Norte, y es conocida por la casa que fué de Romero. Deseamos a Ud. (roto) y felicidad, y que mande cuanto guste a sus affmos. parientes y amigos".
      Y dos días más tarde (28 de mayo), desde la Colonia, Tomás Manuel se comunicaba en estos términos con su cuñada doña Estanislada Arana, que estaba en Buenos Aires pués su marido don Nicolás habíase refugiado en Montevideo: "Mi muy estimada hermana. En su apreciable fechada el 26 del corriente, nos dice Vmd. que el Señor ... (?) se empeñaba a fin de que no saliéramos de aquí o al menos esperásemos tres días. Ya debimos haber salido, y no lo hemos hecho por los vientos contrarios, pero mediante esta prevención de Vmd. esperaremos quando menos hasta el domingo próximo. A don F.A. (Felipe Arana) que habló con nosotros el sábado p.pdp. y después visitó a Vmd., se servirá decirle que si estuviese próximo a salir dentro de pocos días algún paquete inglés, proceda con previo aviso del Señor ... (?) a ajustarnos viaje hasta Montevideo, pués acercándonos aquí, facilmente nos trasbordaremos en bote con nuestro criado y equipajes; y, entretanto, no deje Vmd. de enviarnos con tiempo lo que resulta (roto) diligencia. Por lo demás, suplicamos a Vmd. que no nos escriba sino quando sea necesario, y quando reciba cartas nuestras lo reserve, avisando en nuestras casas del estado de nuestra salud, y dándonos igual aviso de ellas quando nos escriba, ya que no conviene que se sepa en el pueblo de nuestra correspondencia. Juan José, a cuyo nombre escribo ésta, saluda a Vmd. y a toda su familia, del mismo modo que yo, su affmo.hermano Q.S.P.B.".
    • Algunas propiedades urbanas y rurales de los Anchorena

      En primer término señalo la casa particular de mi tatarabuelo en la calle "del Perú" número 68, entre las de Victoria y Potosí. Ese caserón fue la primitiva Casa de Correos perteneciente a la Provincia, que don Juan José adquirió, el 29-X-1821, en pública almoneda, por la suma de 17.000 pesos, firmando el recibo del importe Juan Manuel de Luca, secretario interino de Hacienda. El gobierno de Martín Rodríguez escrituró el inmueble a favor de Anchorena el 4 de diciembre siguiente, por ante el Escribano de la gobernación Joseph Ramón de Basavilbaso. Dicha Casa de Correos había sido cedida al Estado en 1794 por Justa Rufina de Basavilbaso de Azcuénaga, hija de don Manuel de Basavilbaso y Urtubía, Director de Correos y Postas del Virreinato y Caballero de Carlos III, de conformidad con los otros herederos de la finca; situada en la calle "que llaman del empedrado", y edificada en un terreno de 18 varas de frente al Oeste por 46 varas de fondo al Este, formando dos martillos. La casa era enorme y con tres patios.
      Otra casa compró don Juan José a Benito Lynch Galayn, el 16-IV-1816, ante Antonio Llames, la cual formaba esquina al Norte y Oeste, y medía 39 varas al Norte y 33 y 1/2 de fondo. Años después, Anchorena vendió esa casa al sobrino de su 1ª esposa Juan Bautista Peña Lezica, por el precio de 9.000 pesos, en escritura que autorizó Narziso Iranzuaga el 17-VI-1828, cuando la finca lindaba al Norte, calle de Venezuela en medio, con Antonio Cornet y Pratt; al Oeste, calle de las Piedras en medio, con José Chanteiro; al Este con Juana Castañón; y al Sud, o fondo, con Manuela Illescas.
      Un terreno el gobierno de Martín Rodríguez les vendió, por 8.950 pesos, a Juan José y Nicolás Anchorena, el 6-VI-1822, ante el Escribano Joseph Ramón Basavilbaso; terreno contiguo al Colegio de la Unión del Sud, compuesto de dos frentes que correspondían a las calles de dicho Colegio (ahora Bolívar) y a la de la Biblioteca (al presente Moreno), con una superficie total de 1.847 y 1/2 varas.
      Dos casas mas: una hacía esquina a las calles Maipú y la Plata (hoy Rivadavia); y la otra en la calle de Potosí (hogaño Alsina) que compró Juan Nepomuceno Terrero para don Juan José con dinero que éste le había dado al efecto; cuyo solar lindaba por su costado Este con la morada de dicho Terrero.
      Seis casas chicas y dos grandes, situadas "en el barrio del Hospital General de Hombres", cuyo conjunto formaba esquina con 27 varas de frente a la calle Balcarce y 70 de fondo sobre la calle Brasil. Este cuerpo de edificios lo compró Juan José de Anchorena, por el precio de 51.000 pesos moneda corriente, a William Parish Robertson (el de las Letters on Paraguay, con su hermano John), al cual representó en la escritura su apoderado Enrique Höker, comerciante de esta plaza, por ante el Escribano Manuel Cabral el 22-II-1827. Robertson hubo dichas casas por compra a Tomás Fair, el 19 de ese mismo mes y año.
      Los hermanos Juan José y Nicolás Anchorena poseyeron, en condominio, un solar "situado en los suburbios de esta ciudad, en el hueco llamado de los Sauces". (hoy en día la Plaza Garay, en el barrio de Constitución, cuya plaza actualmente delimita con las calles Garay, Luis Sáenz Peña, Solís y Pavón).
      En cuanto a las primeras posesiones campestres de los Anchorena, ellas abarcaron como 60 leguas cuadradas en el actual partido bonaerense de Pila. Esos grandes espacios fiscales desiertos -- convertidos luego en estancias por Rosas para sus primos -- pertenecen hogaño, en su mayoría, a los descendientes de don Juan José y don Nicolás. En el Archivo de Geodesia y Catastro de la provincia de Buenos Aires, en La Plata, figuran las correspondientes mediciones que el agrimensor Francisco Mesura practicó sobre tales terrenos, concedidos originariamente en enfiteusis, cuyos dominios se adquirieron, casi dos décadas más tarde, conforme a las leyes vigentes: a saber:
      20-XII-1818: Varios campos baldíos en la otra margen del rio Salado, llamados como sus lagunas: "del Sermón", "Carancho Blanco", "Tortuga", "El Sartén", "Pila" y "Las Chilcas", que fueron cedidos primero al enfiteuta Venceslao Ramírez, y luego pasaron a poder de los Anchorena.
      20-XII-1818: Campos contiguos a los de la sociedad "Rosas y Terrero", en la otra banda del Salado, cedidos a José Miguel Drago, y posteriormente explotados por los hermanos Anchorena. Contenían dichos campos estas cinco lagunas: "Hinojal Grande", "Hinojal Chico", "Sartén", "La Espadaña" y "La Espadaña Chica".
      23-XII-1818: Campo también en la otra margen del Salado, paraje denominado "Camarones Chicos", concedido en enfiteusis a Laureano Alemán y después poseído por los Anchorena. Figuran dentro de su perímetro cinco lagunas: "Camarones Chicos", "La Salada del Cardal", "Los Toldos", "El Cardal" y "La Pila".
      Linderos a este último campo se mensuraron, de nuevo, el 15-I-1819, los terrenos de "La Laguna del Carancho Blanco", "de la Pila" y "del Sermón", "situados al sur de la Guardia de Chascomús", que se otorgaron a la sociedad "Rosas y Terrero", y después pasarían a los Anchorena .Su area encuadrábase en un rectángulo cuyos costados N.O. y S.E. medían 24.000 varas, y los del N.E. y S.O. 36.000.
      El 17-VII-1821 Juan José de Anchorena compró al "Coronel de los Ejércitos de la Patria" Manuel Escalada (cuñado de San Martín), por el precio de 3.700 pesos, ante el Escribano Mariano García Echaburu, una estancia llamada "de la Amistad" ( ) -- de 3.200 varas de frente y una legua y media de fondo -- ubicada en el partido de Matanzas, que se vendió con "las caballadas y yeguadas, marcas, caserío, monte, corrales y los esclavos Mariano y Pablo que se encontraban en ella". Manuel Escalada, a su vez, hubo dicha estancia de Francisco Ramírez y Pedro Miguel Lomés, según escritura del 1-XII-1819, ante el mismo García Echaburu, dentro de los siguientes linderos: al frente el arroyo de la Paja y terrenos de Vicente Francisco de los Pinos; al fondo con tierras del Estado, (antes de las Temporalidades, otrora de los jesuitas); en su costado Sur los terrenos del finado Villamayor; y al Norte el arroyo Pantanoso y terrenos de "Berois" (Verois, mejor dicho). Por su parte Ramírez y Lomés hubieron el predio mediante compra a Juan Miguens y José Ignacio González, el 26-III-1819, y estos últimos habían adquirido el campo también por compra, efectuada a Bonifacio Zapiola, ante García Echaburu.
      Otra "suerte de estancia" denominada "Cañada de los Pozos", en el mismo partido de Matanzas, adquirió don Juan José de Pedro Salguero y Juan Ahumada; quienes la hubieron de Francisco Ramírez y Pedro Miguel Lomés; los cuales se la habían comprado el 26-III-1819, a Juan Banegas y Felipe González. Dicha "suerte" ( 5.086 y 1/2 varas de frente y dos leguas de fondo) lindaba por el N.E. con más campo de Anchorena; al N.O. con "los Salomones"; al S.E. con el Estado (antes de las Temporalidades); y al S.O. con la "suerte de los Pinos" y el arroyo Morales. El 21-IV-1828, Juan José de Anchorena vendió la "Cañada de los Pozos" a Dionisio Zamudio, por ante el Escribano Narciso Iranzuaga.
      El 8-VII-1822, los hermanos Juan José y Nicolás compraron a Lorenzo López el campo denominado "Las dos Islas" -- luego "El Tala" --, cuya referencia detallada hago más adelante, por derivar de dicha considerable extensión primitiva, la vasta estancia "El Chajá", subdividida, a su vez, en los actuales establecimientos ganaderos de varios descendientes de Juan José de Anchorena, en el partido de General Madariaga.
      El 7-XII-1825, el gobierno de Las Heras vendió, ante el Escribano Basabilbaso, a Juan José y Nicolás de Anchorena, un campo que ellos ocupaban denominado "de Drago" o "del Sermón", con una superficie de dos leguas (en el actual partido de Pila), donde se halla la laguna de "Hinojales" y (sic) "un puesto de don Juan Manuel de Rosas", administrador de aquellos sus primos, que estaban en posesión del campo.
      En 1826, Juan José y su hermano Nicolás explotaban las estancias: "Achiras", con el nombre de su laguna -- que fuera de Antonio Obligado --, ubicada en un recodo del rio Salado, actual partido de Pila; y "Averías", sita en el partido de Chascomús, cuya denominación recordaba a una partida de blandengues "averiada" en cierto entrevero con los indios, a orillas de la laguna respectiva.
      El 5-II-1826, ambos hermanos Anchorena compraron a Andrés Noriega, por ante el Escribano Manuel Llanes, un campo denominado "La Dulce" o "San José de la Dulce", situado en la banda exterior del rio Salado (partido que fue de Navarro, después Mulitas, después 25 de Mayo), cuya fracción medía dos leguas de frente sobre el Salado y dos de fondo "campo afuera", "donde desagua la laguna del Pescado en el Salado". En esta estancia tenía una tercera parte -- ademas de las cuatro leguas compradas a Noriega -- el capataz de los Anchorena, Juan Benito Sosa, a quien aquellos permitieron que hiciera una demanda, como enfiteuta, al gobierno, sobre tres leguas linderas, que después obtuvieron en propiedad particular los Anchorena para Sosa, anticipándole el importe del campo. Es así como la explotación de la referida posesión rural se realizó sobre una superficie de siete leguas cuadradas.
      El 3-XI-1827, ante el Escribano Miguel Mogrovejo, Félix Castro vendió a Juan José Cristóbal de Anchorena, por la suma de 8.500 pesos de plata sellada, una estancia sita en la provincia de Santa Fé, comunmente llamada "San Lorenzo" o "Rincón de Gorondona", que lindaba al Este con el rio Paraná, al Oeste con el Carcaraña, formando al Norte "un rincón" entre estos dos rios, y limitando al sur con el campo de los herederos de Andino. A aquella estancia, que adquiría Anchorena, la atravesaba el arroyo San Lorenzo, a inmediaciones de la antigua aldea de este nombre y del convento franciscano, frente al cual San Martín libró su primer combate en tierra americana. Le correspondió la estancia a Félix Castro por haberla comprado en sociedad con William Parish Robertson, al gobierno de Santa Fé, el 17-IX-1825, en escritura que les otorgó Domingo Cullen -- secretario del Gobernador López --, como representante de dicha provincia, ante el Escribano José Gregorio Bracamonte. Posteriormente Robertson cedió a Castro la parte que tenía en esos terrenos por liquidación de cuentas, haciéndose representar por su apoderado Henrique Höker.
      Fallecido don Juan José, "el Rincón de Gorondona" o "San Lorenzo" -- que estuvo arrendado a José Freyre -- pasó a los hijos herederos del causante: Pedro de Anchorena, Mercedes A. de Aguirre y Rosa A. de Ibáñez; a quienes, en enero de 1862, mi bisabuelo Manuel Alejandro Aguirre, marido de Mercedes Anchorena, pidió acuerdo, como condómino, para vender a José María Cullen aquel campo "por el mismo precio que costó". (José María Cullen era el hijo mayor del canario Domingo Cullen Ferráz -- Ministro y Gobernador de Santa Fé, fusilado por Rosas el 22-VI-1839 en Arroyo del Medio -- y de la santafesina Joaquina Rodríguez del Fresno).
      El origen del campo "Arroyo Grande", en el actual partido de Coronel Vidal (Mar Chiquita, antes "Arbolito"), es como sigue: Nicolás y Juan José de Anchorena eran acreedores hipotecarios de Pascual Costa (hermano de don Braulio y marido de María Trapani Castellanos), quien, el 3-X-1827, según escritura que pasó ante el Escribano Juan Francisco Castellote, recibió de aquellos 2.941 onzas de oro sellado, en garantía de cuya suma hipotecó 18 leguas de tierra de la estancia "Arroyo Grande", y todo lo que a dicho campo pertenecía. Un año después -- 1828 -- Costa recibió de los Anchorena otro préstamo de 19.850 pesos y 7 y 1/2 reales, que el deudor garantizó también con hipoteca sobre su "Estancia de Cañuelas", compuesta de una legua y media de frente y otro tanto de fondo. Así las cosas, el 9-VI-1832, ante el Escribano Luis López, Nicolás de Anchorena y los herederos de su finado hermano Juan José, celebraron con Pascual Costa un convenio mediante el cual, "por consideraciones que no es del caso referir", Costa otorgaba una nueva hipoteca sobre la estancia de Cañuelas, y transfería en propiedad a los Anchorena las 18 leguas cuadradas del "Arroyo Grande". Este campo limitaba con otras dos vastas extensiones de Anchorena: "Carralauquén" ("Laguna Verde", en araucano) -- 5 leguas de frente y seis de fondo --, y los campos del "Arroyo Chico" -- 48 leguas cuadradas, "cerca de la Guardia de Kaquel" (hoy en torno del pueblo de General Pirán, a 6 leguas en línea recta del antiguo fortín) -- comprados por Juan José y Nicolás a Pablo José Ezeyza en 1824, en 8.000 pesos, ante Juan Francisco Castellote.
      El 23-X-1837, la Provincia de Buenos Aires por intermedio de su Gobernador Juan Manuel de Rosas, ante el Notario gubernamental Joseph Ramón Basabilbaso, de acuerdo con las facultades que le concedía la ley del 10-V-1836 (dictada por la Legislatura estableciendo los trámites para la venta de 1.500 leguas cuadradas de tierra que se habían dado en enfiteusis) transfirió en propiedad a Nicolás de Anchorena y a los herederos de su finado hermano Juan José, el terreno ubicado en la "Sección Independencia" (dependiente del fuerte de Tandil, hoy partido de Pila), que se concedió en enfiteusis a Juan Barrenechea, con una superficie de 15 leguas cuadradas, más 577 milésimos de otra legua, por el precio de 62.300 pesos, pagaderos al contado en billetes de Tesorería. Se trataba de los campos denominados "Espadaña Grande", "Lafquenpulquín" y "Lafquenlufú"; linderos con otros campos de los Anchorena: "La Estancia de los Toldos Viejos", "Camarones" y "Laguna de Corbalán".
      El 15-XII-1837, asimismo la Provincia, Gobernador Rosas mediante, en el registro del Escribano Basabilbaso, conforme a la ley del 10-V-1836, vendió a Nicolás de Anchorena y a los herederos de su hermano Juan José, dos campos que ocupaban ellos como enfiteutas, en la "Sección Independencia" (ahora Pila): uno llamado "Laguna del Hinojal", y el otro "Los Toldos Viejos", medidos en 1818 por José Miguel Drago, cuya superficie era de 8 y 1/3 leguas cuadradas. El precio de la venta fué de 33.339 pesos

      Origen de "El Tala" o "Las dos islas"

      El antecedente más lejano que encontré sobre ese campo -- del que deriva la estancia "El Chajá" de mi abuelo materno Manuel Juan José Aguirre Anchorena -- es una vieja mensura existente en el Archivo de la Dirección de Geodesia y Catastro de la Provincia de Buenos Aires, en La Plata. Dicha medición fue practicada el 30-X-1815, por el Agrimensor José de la Villa, "en un terreno nombrado Las dos Islas (de talas: la "Isla Larga", y la "Isla Redonda"), situado al otro lado del rio Salado y partido de Chascomús, dado de merced a don Lorenzo López, por decreto de 27 de julio de 1819".
      En efecto: en 1813 Lorenzo López había resuelto poblar más allá de fronteras, en la banda opuesta del Salado, en tierra de indios. Así, a 40 leguas de distancia de la Guardia de Chascomús, con rumbo sur, en un paraje contiguo a los "Montes Grandes" (de talas) y a la costa oceánica, López hizo amojonar, por el referido perito, la llanura abierta de la cual había tomado posesión dos años antes, no sin convenir -- supongo -- algún trato pampa con algunos caciques (Pichiloncoy, Negro, Iretrúa, Pichimán, Ancafilú?) que mantenían sus toldos establecidos en distintos puntos de la zona que vá de Vivoratá hasta las actuales sierras de Balcarce, Volcán y Tandil.
      El Agrimensor de la Villa realizó entonces la mensura y amojonamiento de referencia, que luego trasladaría a un plano, donde el terreno de López aparece dibujado como un rectángulo, compuesto de 3 y 1/4 leguas de frente y seis de fondo; cuyos lados Norte y Sur medían 36.000 varas, y los del Este y Oeste 19.500. Limitaba su costado Norte con tierras de Francisco Piñeyro y de su yerno Pedro Blas Escribano -- marido de Bibiana Piñeyro Fernández; el costado Este corría aledaño a las tierras de Joaquín Suárez prolongadas hasta el mar; el flanco Sur confinaba con terrenos del Estado (hogaño "Macedo" y "La Argentina") y con los "Cerros de Bacaloncoy", fiscales en aquella época; y tras el extremo Oeste dilatábase un ancho espacio de pampa vacía, tierra pública, repartida más tarde, y, actualmente, "La Merced", "La Fé", "El Retoño", "La Loma de Elso", "La Constancia","Santa Marta", "San Enrique" y "El Espartillar", que en 1815 las áreas de estas tres últimas estancias -- derivadas de "Marí Huincul" --, no aparecen aún bajo el dominio de Ramos Mexía sino del Gobierno.

      Referencias acerca de los vecinos fronterizos del campo "Las Dos Islas", de Lorenzo López

      El vasto espacio aledaño por el Norte con dicho campo, incluye hoy día a "San Simón", parte de "El Yeruá", "El Chamico", "La Loma Verde", "La Porteña", "La Esperanza" con otras fracciones, y al ángulo noreste el pueblo de General Madariaga. El 21-XII-1814, el Agrimensor de la Villa mensuró "La Laguna de los Inojales" (ahora en el "Yeruá"), terreno que le vendió el Estado a Francisco Piñeyro el 3-IV-1814. En el plano levantado por dicho Agrimensor, figura ese terreno como un rectángulo, cuyos lados Norte y Sur miden 18.000 varas, y los del Este y Oeste, 12.000. Y lindaba, por el Este con Pedro Blas Escribano (hijo del Capitán Nicolás Escribano, fundador de Chascomús); y por los rumbos Sud, Norte y Oeste, con tierras del Estado (más tarde de Lorenzo López y de Francisco Ramos Mexía, respectivamente).
      Francisco Piñeyro y Cerqueira (tatarabuelo de los Alzaga Piñeyro y 7º abuelo de mis nietos Ibarguren Estrada Achaval y Gallardo Pirovano Ibarguren) nació en Galicia y casó en Bs. As. en 1778 con Manuela Josefa Fernández Echeverría; hija del gallego Januario Fernández do Eijo López de Neyra, n. en Santiago de Foz, Obispado de Mondoñedo, en 1720, que casó en Bs. As. en 1746 con María Ignacia de Echeverría Rodríguez de Figueroa; hija del Capitán Nicolás de Echeverría Galardi, nativo de Hernani, Guipúzcoa, y de la porteña, Ignacia Rodríguez de Figueroa; n.p. de los guipuzcoanos Domingo de Echeverría Arrillaga Izaguirre e Irigoyen, y de Antonia Galardi; n.m. de Diego Rodríguez de Figueroa y de Petronila de Cervantes López Camelo; bisn. m.m. de Diego Arias Velasco y de Andrea Núñez Leal Escobar; chozna del portugués Diego López Camelo y de María de Soria Cervantes y Barragán. A su vez Diego López Camelo era hijo de Sebastián López y de María de las Nieves Camelo. En cuanto a María de Soria Cervantes, fueron sus padres Juan Barragán e Isabel de Soria Cervantes; sus abuelos paternos, Bernardo Sánchez, alias "el Hermano Pecador", y Catalina Pérez; y sus maternos abuelos Rodrigo de Soria Cervantes y Beatriz de Alarcón.
      Intermedias entre el campo de López y el mar, encontrábanse las tierras de Joaquín Suárez, nacido en la ciudad de Bs. As. en 1775 (hijo de José Suárez Guzmán y de Ana de Araujo). Casóse el 23-XII-1802 con María Gregoria Lastra baut. en 1784 (hija de Juan Agustín Lastra Solla y de Clara Muñoz García). Era Joaquín hacendado y patriota de la primera hora. En 1810 obló 10 pesos fuertes con destino a costear la expedición militar a las provincias arribeñas, y ponía su persona a disposición de la Junta. En 1819 resultó electo alcalde de Hermandad del pago de la Magdalena, pero el nombramiento lo dejó sin efecto el Cabildo "a causa de la distancia en que reside", que pasaba las 50 leguas de aquel destino, al Sur del rio Salado, donde el hombre ya poblaba extensas superficies. En 1822, él integró la Legislatura, y en 1825 solicitó en enfiteusis el campo de 20 y 1/2 leguas cuadradas denominado "Laguna de Juancho". Un lustro más tarde -- 1830 -- los hijos herederos de Suárez, Martín Diego y Jorge Pascual Suárez Lastra, vendieron la concesión enfitéutica paterna a Martín de Alzaga; y éste, en 1836, le compró al estado dicho vasto territorio. En 1872, los hermanos de la viuda de Alzaga, Felicitas Guerrero -- que murió asesinada -- heredaron aquel amplísimo contorno hoy subdividido en un montón de estancias: "Juancho Viejo", "La Providencia", "San Cayetano," "Charles", "Dos Montes", "Las Lomas", "El Rosario", "La Invernada", "La Selva", etc. etc. que encierran a las lagunas de "Juancho", "Los Horcones", "El Rosario", "La Colorada", "Ponce", "El Durazno", "La Barrancosa", "Martín García" y "Las Sepulturas", y originaron los balnearios de "Ostende", "Villa Valeria", "Pinamar" y "Cariló".
      Y por su extremo Sur, el campo de Lorenzo López, en aquellos tiempos iniciales, colindaba con despobladas tierras fiscales, donde más tarde asentaríanse "Macedo" y "La Argentina", y también "Loncoy" o "Bacaloncoy", cuyo nombre viene de "Lonco", "cabeza" en araucano. ("Bacaloncoy", por tanto, significa "Cabeza de Vaca"). Con fecha 7-VIII-1834, el gobierno del General Viamonte dió en enfiteusis a los herederos de Juan Bautista Segismundo un terreno, mensurado por Felipe Senillosa el 3-XI-1826, que ocupaba dicho Segismundo, el cual había disputado su posesión con Pablo José Ezeyza. Se trataba de 8 leguas de frente y 12 de fondo, conocidas por "Loncoy", que formaban parte del campo "Marí Huincul" ("Diez Lomas": "Mari" diez, "Huincul" lomas). Ezeyza alegó que tal terreno se lo dió, en 1815, el Cabildo Gobernador por "vía de terminación", y que él lo pobló "para sí, su socio e hijos varones, todos hombres de campo". El terreno -- según Ezeyza -- no tanto le correspondía por titulo de gracia, sino por rigurosa justicia, de acuerdo a la declaración del 18-II-1819, publicado en La Gazeta. Por lo demás, los indios le robaron toda la hacienda vacuna y caballar y destruyeron la estancia el año 1818. Ezeyza, con posterioridad, llegó a un acuerdo con Segismundo sobre los derechos a ese campo, que mensurado abarcaba 3 leguas de frente, desde "la Laguna del Maestro Eusevio", por 4 leguas de fondo; encerrando su deslinde las lagunas de "Bacaloncoy" y otra "inmediata a la población del Paraguay Basilio". El terreno irregular, de hexagonal conformación, limitaba por su primer costado al Oeste con aquel puesto del paraguayo Basilio y "la esquina de Macedo"; el segundo costado confinaba al S.O. con Hidalgo (hoy Trelles) y con la mitad de la laguna "Dulce", para rematar en la de "Los Talitas"; el tercer costado, también al S.O tenía contiguas las tierras de Ezeyza (próximas actualmente al pueblo de General Pirán); su cuarto costado al N.O bordeaba el territorio de Pita (después "La Merced"); tangente al quinto costado hallábase el campo de Lorenzo López (con posterioridad "El Tala" de los Anchorena, y ahora "El Lucero" y "La Verde"); y el sexto costado hacía un martillo en torno al mismo campo (hogaño "La Florida" y "Las Mostazas"). La antigua superficie de "Loncoy" -- según posterior mensura -- era de 11 leguas cuadradas y 996 milésimos de legua. El 29-V-1836, el Gobernador Rosas, ante el Escribano Basabilvaso, les transfirió su dominio, conforme a la ley del 10-V-1836, a los herederos de Juan Bautista Segismundo. Fue éste personaje "Maestro de Obras" en la ciudad, y bajo su superintendencia quedó concluído en 1803 el gran arco central de la Recova en la Plaza Mayor. También hizo Segismundo importantes mejoras en el Teatro de Comedias y refaccionó la vieja cárcel del Cabildo. En 1807 tuvo a su cargo las obras realizadas en los cuarteles de la Ranchería y de Patricios, como asimismo en 1817 se solicitó su dictámen para la construcción de galerías y recovas en torno a la Plaza de Mayo. Era don Juan Bautista hijo de Santiago Segismundo y de Rosa de Arévalo; n.p. de "Juan Guillermo Segismundo, natural de la isla de Sirbon (?) en la Gran Bretaña", que casó el 27-VI-1759, en la iglesia de San Nicolás, con la porteña Juana María Mansilla (hija de Pablo Mansilla "albañil" y de María Antonia López); bisn. p.p. de "Guillermo Segismundo" (Williams Sigmund?) y de "Catalina Guillermo" (Catherin Williams?). Juan Bautista Segismundo Arévalo testó el 12-X-1822, "enfermo en cama" y otorgó un codicilo el 29-VIII-1823, ante el Escribano Luis M. Castañaga. En dichos documentos de última voluntad, el causante declaró ser casado con Victoria Luengo, quien le había dado tres hijos: María Felipa, Victoria y José Gregorio. Crió, además, a un niño "llamado José María Pinedo", y nombró albaceas a su yerno Manuel Laprida y a su esposa Victoria Luengo. Cuarenta años después de la muerte del testador, el 6-XI-1863, su hija Felipa -- viuda de Manuel Laprida -- vendió "Loncoy" a José Cruz Herrera, alguno de cuyos descendientes conservan todavía partes del campo originario, pero el casco de la vieja estancia, con 5.965 hectáreas circundantes, pertenece en los días en que escribo estas líneas, a los hermanos Carlos y Héctor Martínez de Hoz.

      Lorenzo López

      ¿Quien era Lorenzo López? Había nacido en octubre de 1773, en el entonces pago de Pilar, a 8 leguas de Buenos Aires; era hijo de Ventura López Camelo n. en 1742, y de Cayetana Ramírez; nieto paterno del Capitán Joseph López Camelo n. en 1684, y de Gracia Díaz Paredes n. en 1694; bisnieto --supongo -- de Ambrosio López Camelo, baut. el 21-IX-1655, y de su 1ª consorte Agustina Cardoso Pardo, casados el 14-IX-1682; tataranieto del portugués Diego López Camelo, baut. el 10-II-1585 en Azurara, Villa do Conde, Oporto, quien llego a nuestras playas en 1611 de arribada forzosa, y de su 3ª mujer, la porteña María de Cervantes Barragán; chozno de los lusitanos Sebastián López y María de las Nieves Camelo, y de Juan Barragán n. en Río Bamba en 1603, y de Isabel de Cervantes Alarcón n. en Esteco, Salta del Tucumán. Juan Barragán, a su vez, era hijo del enigmático personaje Bernardo Sánchez, alias "el Hermano Pecador", n. en 1546 en Trujillo, Extremadura, y de Catalina Pérez, casados en 1590. Por su parte Isabel de Cervantes Alarcón vino al mundo de estos padres: el Capitán Rodrigo de Soria Cervantes e Isabel de Alarcón.
      Desde su edad temprana Lorenzo López estuvo dedicado a las faenas rurales en la estancia de su padre allá en Pilar. Cuando en 1806 los ingleses invadieron a Buenos Aires, nuestro hombre con el contingente de paisanos que reclutara Pueyrredón, tomó parte en el combate de Pedriel, donde realizó la hazaña de salvar a su jefe, al que le habían muerto el caballo, y en momentos en que iba a caer prisionero del enemigo, apareció Lorenzo López, quien montando a Pueyrredón en ancas de su pingo logró sacarlo del peligroso apuro. Más tarde Lorenzo se desempeño como administrador de los corrales del abasto de Santo Domingo. En 1810 obló una onza de oro para costear la expedición a las Provincias del interior; en 1813 donó 50 caballos de su propiedad al regimiento de Granaderos creado por San Martín; en 1815 hizo al gobierno un donativo de 20 pesos fuertes y 100 cabezas de ganado, y en 1819 otras 50 reses y 16 caballos para el ejército que operaba sobre Santa Fé; hechos que revelan su generoso patriotismo. También en 1819 fué designado en comisión "para recibirse de las existencias de Kaquel huincul, y recaudar fondos destinados a la realización del proyecto de hacendados", sobre defensa de fronteras. Elegido Regidor en 1821, renunció a su cargo el 16 de mayo de ese año, por habersele encargado integrar una comisión, junto con Joaquín Suárez, Pedro Blas Escribano y otros estancieros del sud, para organizar y costar un escuadrón de "Blandengues Veteranos". Con posterioridad, López se opuso a los proyectos de capitalización y división de la provincia ideados por Rivadavia, y en 1832, incorporado como Representante de la ciudad en la Legislatura, también se opuso a concederle facultades extraordinarias a Rosas. Heredó la estancia paterna en Pilar, donde transcurrieron los últimos años de su vida, la cual se apagó, octogenaria, el 25-X-1853. Había realizado un fecundo matrimonio con Ubalda Rodríguez, a la que hizo madre de 14 vástagos.

      Sigo con el origen de "El Tala" o "Las Dos Islas"

      El 13-V-1817 el Director Supremo Pueyrredón se dirigió al Congreso pidiendo facultades para hacer donación de tierras a fin "de extender la línea de nuestras fronteras", que "en la actualidad se encuentra en disposición de ser llevada a su término". "Uno de los medios de realizarla -- decía don Juan Martín -- debe ser interesar a los Pobladores de la nueba demarcación, adjudicándoles la propiedad de los terrenos en que se sitúen; pero careciendo de facultades para tales comisiones, ocurro a Vuestra Soberanía para que, si lo tiene a bien, se sirva a autorizarme al efecto". El pedido de Pueyrredón fué satisfecho en tres días por el Congreso. Y al año siguiente, el 18-XII-1818, el Ministro de Gobierno Gregorio Tagle, en nombre del Director, cursó al Soberano Poder Legislativo una nota concebida en estos términos interesantes: "Por orden augusta del 16 de mayo del año próximo pasado, autorizó Vuestra Soberanía a este Director para que adjudicase tierras en propiedad a los que quisieran establecerse en la nueva línea de nuestra frontera. La sierra del Tandil estaba entonces indicada para que se estendiese hasta ella la nueva demarcación; pero mejores conocimientos hicieron ver que no podía avanzarse más allá de la laguna de Kaquel-huincul. De su resulta se designó este lugar para construir en él el fuerte de San Martín, que debe de garantir la seguridad de dicha línea. Más allá de esta laguna, están avanzados algunos pobladores con establecimientos ya formados. Por fruto de las relaciones que han savido cultivar con los infieles, han recogido el de no ser incomodados por éstos. Semejantes establecimientos constituyen, en rigor, la verdadera línea, ya por inmediación en que se hallan al lugar del fuerte, y ya por la proporsión y necesidad en que están sus dueños en proteger a éste y ser protegidos por él. Por estas consideraciones, y por otras de igual conveniencia pública, que omito analizar aquí por ser demasiado ovias, considero que estos pobladores tienen igual título a la generosidad que desplegó Vuestra Soberanía en obsequio de los que nuevamente tratasen de establecerse en aquella demarcación. En resultas de ello, consulto a Vuestra Soberanía si la adjudicación de tierras en propiedad declarada a favor de estos últimos, debe igualmente ser extensiba a los que la soliciten entre los primeros.Dios guarde a Vuestra Soberanía muchos años".
      Dos meses más tarde, el 12-II-1819, el Congrese contestó al Director Pueyrredón que examinada la consulta "hecha por el Supremo Poder sobre si la adjudicación de tierras declarada en propiedad a favor de los individuos que se estableciesen dentro de la nueva línea de demarcación de las fronteras, en virtud de la resolución Soberana del trece de Mayo, debía ser extensiva a los que se han abanzado más allá de la indicada línea, y a los que en adelante fixen en este punto sus establecimientos; considerando la Comisión (parlamentaria) que el Estado nada les ha dado a los que antes de ahora se han establecido afuera de la línea de demarcación de nuestras fronteras, y nada les ofrece a los que al presente quieren hacer otro tanto; que como el Supremo Director supone en su expresada nota, a costa de mil sacrificios y peligros y haciendo expensas quantiosas para tener gratos a los Indios, han sostenido los unos, y tendrán que sostener los otros, su establecimientos, cuyas ventajas para el país exceden todo cálculo; por motivos de tanto peso y gravedad, declaró unánimemente (el Congreso) que a unos y otros pobladores, no tanto por título de gracia quanto de rigurosa justicia,les corresponden el de propietarios de unos terrenos que han sabido adquirir y tendrán que conservar sin participar de la protección y salvaguardia que dispensa el Estado a las demás propiedades que están comprehendidas dentro de la línea de demarcación de las fronteras; siendo por lo mismo muy dignos también de la beneficencia del Exmo. Supremo Director; además de franquearle los títulos de los terrenos que así adquieran o hayan adquirido antes de ahora; manifestarle también sus gratitud por las ventajas que en el país refluyen de sus trabajos y fatigas; sin que por eso deban considerarse del mismo modo beneméritos los que de nuevo vayan a poblarse dentre los limites de las fronteras establecidas y, por consiguiente, baxo los auspicios y salvaguardia que no han disfrutado ni disfrutaran los otros; aunque por otra parte está en las facultades del Supremo Poder repartirles los terrenos valdíos conforme el decreto de trece de Mayo de mil ochocientos dies y siete". Firman dicha nota los miembros de la Comisión creada para el despacho de los asuntos del Congreso: Dr. Antonio Sáenz, Dr. José Miguel Díaz Vélez, Dr. Domingo Guzmán y el secretario Ignacio Núñez.
      El 27 de julio siguiente, en virtud de la "soberana declaración" legislativa expuesta, el Gobierno del nuevo Director Rondeau, otorgó de merced a Lorenzo López la propiedad del campo que había éste poblado en 1813, "más allá de la Laguna de Kaquel-huincul". Y un par de años después de legalizada su pertenencia, la estancia "Las Dos Islas" fué transferida por López a los hermanos Anchorena. Veamos como:
      La operación consta en tres documentos.Dos recibos firmados por Lorenzo López, donde éste reconoce haber recibido la totalidad del precio de venta, y, posteriormente la respectiva escritura traslativa del dominio.Dice el primer recibo: "He recibido del Sr. D. Juan José Anchorena la cantidad de quinientas onzas de oro (que equivalían a 8.500 pesos) por cuenta de su estancia dos Islas, que tengo vendida, y le doi este recivo provicional hasta que se estienda la escritura de propiedad a favor de dicho Señor; y para que conste lo firmo en Buenos Ayres a 9 de Junio de 1821 - Lorenzo López". El segundo recibo expresaba: "He resevido del Sr. Juan José Anchorena tres mil quinientos pesos, último resto de doce mil, en cuya contidad le tengo vendida mi estancia de Las dos Islas, que ya tengo entregada, restando solamente extender la Escritura de venta, que se hará en el momento que dicho Señor lo exija. Y para su resguardo, mientras se verifica ésta, le doy el presente en Buenos Ayres a 30 de Julio de 1821 -Lorenzo López".
      Un poco antes (13 de junio) don Juan José le había escrito a Nicolás que estaba en Montevideo: "... Piensa a cuyo nombre pondré las Dos Islas ... Piensa si las Dos Islas las pondré a nombre de Madre ... ". No fué así, a fin de cuentas, y el 8-VII-1822 se protocolizó la compraventa en el Registro No 2 del Escribano José Cabral. Dicha escritura deja constancia que "Lorenzo López vende a los hermanos Juan José y Nicolás Anchorena, la estancia de su propiedad conocida con el nombre de Las Dos Islas, sita a cien leguas al Sud de esta ciudad, con tres y cuarta leguas de frente al Este y seis leguas de fondo al Oeste; que lindaba al Norte tres leguas con tierras de don Francisco Piñeiro y otras tres con las de Pedro Escribano; por el Este tres y cuarta leguas con tierras de Joaquín Suárez; siendo los demás linderos devisorios con terrenos propios del Estado, al tiempo de su mensura ... y el área de superficie igual a diecinueve leguas cuadradas, y un quebranto de media legua ... cuyo valor es el de la mitad de una legua cuadrada; incluyendo en dicha venta, además de la estancia, también una lonja de tierra de un cuarto de legua de frente y seis leguas de fondo, lindera por el costado Sur con la división de dos terrenos de José Lastra ...; todo lo que corresponde y pertenece en virtud de denuncia que hizo Lorenzo López ante el Sr. Intendente de esta Provincia, Brigadier General Miguel de Azcuénaga, que fué decretada el 13-III-1813, y de que seguidos y formalizados todos los trámites legales ... la merced de dicha estancia y lonja ante el Exmo. Señor Director Supremo del Estado, se la otorgaron por auto del 27-VII-1819, como consta en los títulos librados a favor de López".
    • La Frontera del Sur

      ¿Como se resguardaba esa vasta frontera de la costa del Salado?: Desde fines del siglo XVIII con el cuerpo de Blandengues, establecido en la Guardia de Chascomús, cuya línea defensiva se prolongaba hacía el Oeste Noroeste de la Provincia, pasando por los puntos fortificados de Monte, Lobos, Navarro, Luján, Areco, Salto, Rojas, Mercedes y Melincué (ya tras la raya de Santa Fé). Entre 1804 y 1816 vanse poblando estancias más allá del Salado. Así, para no citar sinó algunas: "Dos Talas" de Julián Martínez de Carmona;los terrenos vecinos de Miguel González Salomón y "Las Víboras" de Marcos Miguens (hoy contiguas a la ciudad de Dolores); "Miraflores" y "Kaquel" de Francisco Ramos Mexía; "Las Dos Islas" de Lorenzo López; los campos de Lastra y de Joaquín Suárez, de Francisco Piñeyro y de Pablo José Ezeyza; todos entonces en la región imprecisa del Tuyú, al sur de los montes del Tordillo, a poca distancia del mar.
      El 21-VIII-1817 se firma el acta de fundación del pueblo de Dolores, y se levantan luego las viviendas alrededor de la capilla inicial, en paraje próximo a "Las Bruscas", donde poco antes habíase instalado un campo de concentración de prisioneros españoles. Pero cabe destacar que diez leguas más abajo ya existía, como fortín, el puesto de "Kaquel-huincul", establecido a principio de 1815, junto a la laguna de su nombre, (al presente en el partido de Maipú). Kaquel, en lengua puelche, significa "cortado", "aislado", "solitario" y Huincul es "colina", "cerro", "loma"; por lo que "Kaquel-huincul" puede traducirse como Loma Solitaria".
      Aquel año 1815, el Brigadier Francisco Javier de Viana, Ministro de Guerra del Director Alvear, mandó instalar en "Kaquel" un destacamento armado. Al año siguiente (13 de julio), Juan Ramón Balcarce, Comandante de las milicias de campaña, tuvo intención de emplazar allí un parque de artillería bajo la denominación de "Fuerte San Martín" (en homenaje sin duda, al Santo de Tours, patrono de Buenos Aires). Mas no serían artilleros sino 53 blandengues de caballería, a órdenes del Capitán Ramón Lara, quienes ocuparon dicho fortín -- avanzada que aconsejó erigir el Coronel Pedro Andrés García en el año de referencia.
      Tal modesto enclave militar tenía bajo su responsabilidad una amplia zona a defender, que abarcaba el rancherío de "Las Bruscas" (núcleo asentado en las cercanías del futuro pueblo de Dolores), los montes del Tordillo (en la actualidad Ajó, Conesa y Lavalle), Monsalvo y los Montes Grandes (hoy en día Maipú, General Madariaga y Coronel Vidal).
      En 1818 --lo documentó Pablo José de Ezeyza en cierto escrito administrativo -- un crecido tropel de indios le robó toda su hacienda vacuna y caballar, arrasando luego las instalaciones que había levantado en la loma de "Vacaloncoy". Ese malón incursionó también por "Las Dos Islas" de Lorenzo López, y por las vecinas tierras de "Marí Huincul". El caso fué que la indiada en su ataque, no sólo se apropió del ganado de aquellos sufridos pobladores -- cuyas reses venderían más tarde los salvajes, a vil precio, en las provincias del sur de Chile -- sinó que, como de costumbre, tras de matar algunos hombres blancos, se llevaron en cautividad a las mujeres y los niños de sus víctimas, que no habían podido huir o encontrar escondite seguro. Así, los esforzados fundadores de nuestras estancias sureñas conservaron indeleble, en su memoria, aquellas dramáticas circunstancias que Hilario Ascasubi, en coplas gauchescas, evocaría a través del payador Santos Vega:

      "Siempre al ponerse en camino
      a dar un malón la indiada
      se junta de madrugada
      al redor de su adivino;
      Quien el más feliz destino
      a todos les asigura,
      y los anima y apura
      a que marchen persuadidos
      de que no serán vencidos
      y harán la buena ventura.
      Pero al invadir la indiada
      se siente, porque a la fija
      del campo la sabandija
      juye adelante asustada,
      .......................
      Vienen perros cimarrones,
      zorros, avestruces, liones,
      gamas, liebres y venaus,
      y cruzan atribulaos
      por entre las poblaciones.
      ...........................
      Y tambien revolotean
      gritando los teruterus,
      pero, eso sí, los primeros
      que anuncian la novedá,
      con toda seguridad,
      cuando los indios avanzan,
      son los chajases que lanzan
      volando: chajá! chajá!.
      Y atrás de esas madrigueras
      que los salvajes espantan,
      campo ajuera se levantan,
      como nubes, polvaredas,
      preñadas todas enteras
      de pampas desmenelaos,
      que al trote largo apuraos,
      sobre sus potros tendidos,
      cargan pegando alaridos
      y en media luna formaos.
      .........................

      La guerra inevitable entre la civilización y la barbarie

      Aquel malón lo habíalo encabezado el cacique Negro, quien luego de pillajes impunes a las estancias antedichas, se retiraba "de la Mar Chiquita" hacía el Oeste, arreando gran cantidad de hacienda. Entonces el Capitán Lara, al enterarse de tales latrocionios, se pone en marcha desde el fuerte de "Kaquel" en persecución de los asaltantes, con 50 blandengues y 200 milicianos a sus órdenes; y, le da alcance a la horda en las faldas de la Sierra de la Tinta (en Tandil: "Piedra que se mueve", en puelche). Sin embargo lo derrotan los indios en el entrevero, y herido de lanza en el brazo izquierdo, consigue salvar su pellejo, "a uña de buen caballo pangaré que corrió como guanaco en campo llano, con dos pares de boleadoras que llevaba atadas en las patas" -- según lo recuerda en sus Memorias el Sargento Mayor Juan Cornell.
      De cualquier modo, a esas sangrientas tropelías había que intentar ponerles término. Y así fué cómo, el 7-III-1820, don Pancho Ramos Mexía en su estancia "Miraflores", y los caciques Ancafilú, Tucumán y Trirnín, estos por sí y trayendo la representación de 13 jefes con tolderías sobre el Arroyo Chapaleufú ("Río Pantanoso"): Curranaquel, Anquepán, Suán, Trintiloncó, Albuné, Lincón, Uletrú, Chañaá, Calfuiyán, Tretuc, Pichiloncoy, Cachul y Luiay, celebraron un convenio de recíproca seguridad con el General Martín Rodríguez, comandante entonces de las milicias del sur, quién representó al gobierno provincial. Tal convenio, a través de 10 artículos, pretendía acabar con las desavenencias surgidas y establecer bases de fraternidad para el porvenir, fijando la línea divisoria de las respectivas jurisdicciones, y reconociendo la propiedad territorial de cada parte contratante. El acuerdo de paz, solemnemente leído y traducido a los caciques, lo firmaron Martín Rodríguez, por la Provincia, Francisco Ramos Mexía, por los indios, y Juan Ramón Ezeyza por los estancieros, y a ruego, como testigos, José Manuel Vidal y Domingo Lastra.
      Las paces, no obstante, resultaron precarias y se rompieron antes de los 10 meses, al ser soliviantadas las tribus por las incitaciones políticas de José Miguel Carrera -- chileno como los infieles a quienes azuzó al saqueo de los establecimientos y poblaciones rurales bonaerense. De ahí que Martín Rodríguez -- ahora Gobernador -- se pusiera en campaña, el 4-XII-1820, contra los bárbaros maloqueadores del sur. Y al pasar por las tolderías cercanas a la estancia "Miraflores", a la cual su propietario había convertido en algo así como una reducción de indios pampas, Rodríguez ordenó la detención de Ramos Mexía, y dispuso el confinamiento del filantrópico poblador heterodoxo en otra de sus estancias: "Los Tapiales", a las puertas de Buenos Aires (hoy en el partido de Matanza). Y en "Los Tapiales" permanecería recluído, don Pancho, hasta su muerte.
      He aquí la comunicación que a ese respecto envió el 23-I-1821, a su sustituto Marcos Balcarce el Gobernador Rodríguez desde su campamento en Kakel: "un número no muy corto de indios establecidos con sus tolderías y familias en la hacienda de Don Francisco Ramos Mejía, origina males indecibles en la campaña. De allí reciben los demás indios las noticias que les favorecen a sus asaltos repentinos; por ellos saben cuando se les va a perseguir, y en fin en ésta estancia es donde se proyectan los planes de hostilidad contra nuestra provincia. Por esto destaqué una partida que conduzca al cuartel general, a mi disposición, cuantos indios y familias suyas existan en aquel establecimiento, no sólo en castigo de la conducta que han observado contra nosotros, sino para privar a los demás ese apoyo de sus maldades. Del mismo modo he intimado a Ramos que con toda su familia baje a esa Capital, en el perentorio término de seis días, y a su llegada se presente a V.S. El ha dado pruebas de una amistad tan estrecha con los salvajes, que prefiere a la de sus propios conciudadanos, contra quienes en ésta vez a procedido escandalosamente, al paso que trabaja con tezón en hacer desaparecer de éste distrito la religión, y lo ha conseguido entre la mayor parte de sus habitantes. Dios guarde a V.S.mc. as. Martín Rodríguez".
      No carecía de fundamento la enérgica medida del Gobernador Rodríguez, como prontamente se vió: José Luis Molina, el capataz de "Miraflores", a raiz de la detención de su patrón, corrióse a las tolderías de Ancafilú, Pichimán, Antonio Grande y Anepán, y unido a estos caciques, al frente de 1.500 lanzas, con furia vengativa embistió en la oscuridad de la noche al fuerte de "Kaquel", mientras la guarnición desprevenida dormía. Del fuerte quedaron sólo escombros; y, liberados los prisioneros pampas que allí concentrara Rodríguez, el malón enderezó hacía Dolores, cuyo incipiente poblacho, en la madrugada del 30 de abril de aquel año 21, fué tomado por asalto y reducido a cenizas, sin que se salvase ni la capilla. Al cabo de varios días de saqueos y borracheras, los salvajes se llevaron un arreo de 150.000 cabezas de ganado y, de yapa, a algunas familias cristianas, entre ellas la de Lara, en número de 17 personas, incluso una pobre ciega y la esposa de dicho Capitán, María Navarro. Estos cautivos, a Dios gracias, serían rescatados meses más tarde.
      A propósito de las anteriores expediciones punitivas de Martín Rodríguez contra los indios pampas, Rosas las había desaprobado, advirtiendo al Gobernador: "He hecho seguir muy lejos el rastro de los indios, y por los rumbos que conozco me afirmo que no son Pampas y sí Ranqueles los que han invadido y robado estas fronteras". Por lo demás, aquellas puniciones lejos de amedrentar a la indiada, la enardeció, incitándola a cometer nuevas depredaciones en Navarro, Luján, Salto, Areco y Arrecifes. Ello a pesar de haberse establecido el fuerte "Independencia", el 4-IV-1823, en la falda de la Sierra sobre el arroyo Tandil: asiento que después originó a la ciudad homónima.
      Entretanto, el gobierno tuvo noticias ciertas desde Patagones que 4.000 indios chilenos se habían incorporado a los ranqueles y marchaban en dirección de las fronteras de la provincia de Buenos Aires. El Comandante de dicha localidad sureña informaba también que era mucho el comercio de cueros y carne con extranjeros de Valdivia, en Chile, y de otros lugares de la costa del Pacífico, y que además de los habituales compradores trasandinos, estaba esperando a los indios: "Un tal señor Cotapos, hombre blanco con muchas onzas de oro, que llevaba adquirida la mayor parte de la hacienda que ellos habían arrebatado en la última invasión".
      A la espera de un malón inminente, los blandengues de Chascomús, a órdenes del Coronel Domingo Soriano de Arévalo, y el cuerpo de húsares acantonado en Luján, con su jefe el Comandante Antonio Saubidet, se hallaban sobreaviso. Y sucedió que al llegar la primavera, 5.000 indios invadieron simultáneamente en tres grandes columnas: una por el Norte, sobre el Arroyo del Medio, que fué desbaratada por el Gobernador de Santa Fé Estanislao López; otra por el Centro, rumbo a Luján, donde el Comandante Saubidet, el 26-X-1823, sufrió un rudo contraste, al resultar envuelta la unidad que mandaba, dispersándosele la tropa. "Nuestra pérdida ha sido bastante sensible -- dijo en su parte el Comandante --, pués fueron muertos en la carga el mayor Castañer y el Capitán Navarro, y heridos el Capitán Rauch y el Alférez Gala, a más de 28 soldados y milicianos muertos y 18 heridos. La cobardía de la tropa, inesperada por su engreimiento y valor ya conocido, ha puesto en ridículo el crédito del regimiento y de sus oficiales, el que tratamos de cubrir a toda costa". Así lo hizo Saubidet: reorganizó a los húsares, y marchando luego con éstos tras de la indiada, le quitó 6.000 vacunos y yeguarizos que arreaba hacia sus toldos ( ).
      La tercera columna salvaje -- tras un vano intento de rendir el fuerte "Independencia" de Tandil -- enfiló en dirección a Chascomús. De allí púsose en marcha al encuentro de los indios el Coronel Arévalo con el cuerpo de blandengues; y a él se unió Juan Manuel de Rosas, el cuál, al frente de sus "colorados", persiguió a los bárbaros hasta alcanzarlos y derrotarlos, el 1-XI-1832, en el laguna "Arazá" (en el actual partido de Castelli, a 5 leguas escasas de las lagunas "Pila" y "Camarones"). "En la laguna del Arazá -- precisa Dionisio Schoo Lastra en su excelente libro El Indio del Desierto -- el Coronel Rozas, cargando y escopeteando bizarramente a los invasores, hasta muy entrada la noche, tuvo una actuación principal en el rescate de 150.000 cabezas vacunas que llevaban los tehuelches ... Eran de distintas marcas, notándose cantidades de don Juan Miguens, de don León Rozas, de don Lorenzo López (aunque ya "El Tala" pertenecía a los Anchorena con marca propia) y de la Estancia "Las Mulas".
      Con motivo de dicho combate, transcribí más atrás los párrafos que Juan José de Anchorena le escribió a Juan Manuel de Rosas : "No se nos ocultan los riesgos a que Ud. se expuso -- expresábale aquel a su primo, amigo y socio -- y vemos que siempre iba Ud. a la vanguardia. El objeto de ésta es rogarle se retire Ud. sobre ?Los Cerrillos?, saque de allí los ganados y los repliegue adentro, porque la campaña es perdida ... No se detenga Ud. ni por un momento por lo que respecta a "El Tala" y "Los Camarones", déjalas Ud que se pierdan, en el supuesto que siempre se volverán a fomentar ... Yo no desapruebo lo que Ud. hizo el día 1º: Ud. se hallaba en ?Los Camarones? y el honor exigía que auxiliase con su gente, consejos, etc., a Arévalo y , efectivamente, hizo Ud, más de lo que él y la Provincia podían exigir y esperar; pero deseo que Ud se conserve para prestar servicios cuando haya plan, y no se exponga tristemente... ".
      Por cierto que las estancias de Anchorena en Pila, como también "El Tala" y sus campos aledaños en los Montes Grandes del Tuyú, quedaron desvastados tras el malón. A este respecto Juan Manuel Beruti, en sus Memorias Curiosas, apuntó (transcribo con ortografía correcta): "El 28 de octubre llegó a esta ciudad la noticia de haber los indios infieles hecho en nuestra campaña, por varios puntos, una entrada general en la que saquearon, robaron, mataron y se llevaron una porción de hombres y mujeres cautivas, sin poder remediarlo ni las tropas de la frontera, ni los vecinos de la campaña, aunque hicieron lo que pudieron y estuvo de su parte, pues siempre libraron algunos cautivos que llevaban, el ganado que robaron y los contuvieron en su irrupción ... En uno de los puntos de la campaña -- sigue Beruti --, en el rastro de la indiada que marchaba en retirada se encontró un papel escrito en un paraje que se llama San Simón (lindero con el puesto que 40 años después se transformaría en casco de "El Chajá"), más hacia el campo de la guardia Kaquél, el que se escribió por uno de los cautivos llamado don José de la Quintana, mandado hacer por los caciques que se nombran; cuyo original mandado al gobierno -- del que saqué copia que me franqueó su padre don Bruno de la Quintana -- es el siguiente:" (Y aquí van los 3 mensajes de los caciques y la nota del cautivo Quintana):
      1) "Señor Gobernador: En nombre de los caciques que abajo firmamos le decimos a usted que porqué ha poblado la guardia del Tandil sin licencia nuestra, y ha hecho usted otras tantas de las que sabe hacer; por eso lo desafiamos a pelear cuando quiera. Nosotros tenemos ocho naciones juntas y con bastante fuerza para hacer lo que se nos antoje, sin que usted con toda su tropa lo pueda estorbar. -- Cacique Iretruá. -- Cacique Negro".
      2) "Yo hasta ahora, Martín, he sido tu hermano, y me has engañado cuanto has querido con las paces; ya estamos aburridos de adularte; si en el término de un mes no mandas chasquis a sacar los cautivos y a tratar las paces, hemos de venir a degollar a grandes y chicos, ninguno tiene la culpa de que padezcan. -- Cayupulqui".
      3) "Hacendados y toda la campaña: vino Rodríguez, conque así, degüellenlo. -- Capitán Acunaban. -- Señor Alcalde Juan Baton Cornel: cualquiera que encuentre este papel llévelo a la guardia".
      4) "Amigo don Juan (le escribió el susodicho cautivo al Alcalde Cornell): Mándale decir a mi padre que Pancho está vivo, y yo, el capataz y Polonia ; si llega a sus manos este panfleto se lo lea y mande decir que en toda esta luna que viene pueden mandar chasquis para que nos cambien. A mí me tiene el cacique Iretruá. Su amigo bien jo. y ao y ago. (jodido, aojado y agotado?). José de la Quintana".
      Otras cautivas del referido malón fueron Justa Márquez, Polonia Ibarra (aludida por Quintana en su aviso a Cornell) y Flora Gatica, las cuales fugaron después -- según lo consigna Guillermo Gallardo en su interesante trabajo Aspectos del cautiverio entre los infieles. Justa Márquez huyó de los toldos de Ancafilú, cerca de la Sierra de la Ventana. Aprovechando un baile orgiástico de los indios, cuando la temulencia de éstos alcanzó su punto culminante, amparadas por la oscuridad de la noche, Justa y una compañera se apoderaron de un caballo y un freno "sin poder sacar provisión alguna de bastimento para el camino". Tras ambular llenas de sobresalto, pués veíanse a lo lejos las columnas de humo con que los salvajes avisaban su fuga a las demás tolderías, las valerosas prófugas recorrieron noche y día leguas y leguas durante varias semanas, hasta avistar los médanos y la costa del mar, donde unos cristianos cazadores estaban acampados, en procura de pieles de lobos marinos. Allí permanecieron las mujeres tres días, para emprender de nuevo la marcha, y al cabo de otras tres jornadas, llegar a la estancia "Bacaloncoy", de Juan Bautista Segismundo, según lo declaró Justa Márquez ante el Juez de Paz de Monsalvo, Esteban Faramiñán

      Gestiones de paz, nuevo trazado fronterizo y ulterior continuación de la guerra

      En 1825 el Gobernador Las Heras, y su Ministro Manuel José García, encargaron a Rosas ajustar la paz con los indios, en momentos en que se temía que un ataque brasileño a Patagones pudiera incitar a las tribus a una rebelión general, con los consiguientes asaltos y saqueamientos a estancias y poblaciones del sur de Buenos Aires. Rosas, diligente siempre, parte a las tolderías; consigue reunir a los caciques y capitanejos pampas, ranqueles y puelches en Tandil, y, al término de largos parlamentos, logra concertar un pacto de amistad con ellos, ofreciéndose como garante. Regresa entonces el mediador a la capital, a dar cuenta del éxito alcanzado a las autoridades; pero, enseguida, torna al desierto a demarcar la nueva línea de frontera, ahora como miembro de una comisión designada al efecto por el gobierno, junto con el Ingeniero Felipe Senillosa y el Coronel de coraceros Juan Lavalle.
      La mayoría de esta comisión salió a cumplir su cometido en octubre de aquel año 25, escoltada por dos escuadrones de coraceros. Rosas se demoró poco tiempo más en la ciudad, a fin de activar los aprestos finales relativos al transporte del personal conchabado, impedimenta y víveres necesarios para el recorrido previsto. Y, a principios de noviembre, partió para Monsalvo y los Montes Grandes del Tuyú, en compañía de un cirujano con su botiquín, y 85 personas -- entre ayudantes de confianza, peones, un baqueano y su capataz --, dos carretas, 800 caballos (200 de la marca suya), 80 vacas y 36 bueyes.
      El Diario de Felipe Senillosa registra, meticuloso, que el 28 de noviembre dicho ingeniero y el topógrafo Juan Saubidet (hermano del Comandante Antonio) "se hallaron en la estancia de los Anchorena llamada del Tala", a inmediaciones de los Montes Grandes, donde practicaron algunas mensuras que servirían de punto de arranque para la fijación correcta de la nueva línea fronteriza. Acota Senillosa que el Coronel Lavalle vino ese mismo día desde "Kaquel", y mantuvo una conferencia acerca del desplazamiento de sus soldados. Que el día 30 retornó Lavalle a "Kaquel", y poco después llegó "al Tala el señor Coronel Don Juan Manuel de Rosas". Que el 1º de diciembre se dispuso que la tropa habría de situarse en "Vacaloncoy", mientras las carretas y los peones destinados a emplearse en la mensura se dirigirían a "Los Talitas", antigua población de Ezeyza. Que el 4 salieron los escuadrones de "Kaquel" y pasaron a "Vacaloncoy"; y el 9 arribaron Rosas y Senillosa con sus acompañantes, carretas y peonada, a la estancia "El Durazno", "de los Ezeyza", donde encontraron a Lavalle, salido de "Vacaloncoy" para reunirse con ellos. Quedó, en consecuencia, integrada toda la comitiva, la cual dividióse luego en varias partidas, a fin de hacer prolijo reconocimiento del terreno. Y desde el 11 de diciembre hasta el 16 de enero siguiente, esas partidas recorrieron e inspeccionaron -- determinando matemáticamente niveles, rumbos y distancias, con instrumentos topográficos y planimétricos -- las lagunas de "Nahuel Rucá" y "de la Mar Chiquita", pasado el "Arroyo Grande" (hoy Coronel Vidal), para marchar -- salvados los arroyos "Vivoratá" y "Los Cueros"-- por el borde de la costa atlántica -- "la muy galana costa", que dijera Garay en 1582 --, explorando "la punta de los Lobos" (ahora Punta Mogotes en Mar del Plata) y el "cabo Corrientes". Después, en dirección noroeste, los expedicionarios alcanzaron la zona de las lagunas "de los Padres" y "Brava", del "Arroyo Dulce" y las "Sierras del Volcán" (Balcarce), para entrar en la región de Tandil; donde Rosas, tras parlamentar de nuevo con los indios, continuó la gira hasta "Tapalqué"; regresando la expedición a Buenos Aires por el arroyo de "Las Flores", el río "Salado" y "la Guardia del Monte". Concluído el viaje, quedaron planeadas dos líneas de fortines: una desde el "Volcán al Cabo Corrientes", con puestos intermedios en las lagunas "Brava", de "Los Padres" y el "Arroyo Grande o Negro"; y la otra desde "Tandil" a "Tapalqué", prolongada después hasta "El Potroso" (Junín), con puntos de apoyo escalonados en los arroyos "Chapaleofú", "Los Huesos" y "Dulce".
      Mas adelante, al fijar el Presidente Rivadavia un nuevo confín divisorio con tres fuertes principales a situarse en las lagunas del "Potroso", "Cruz de Guerra" y "Curalauquén", "arrebatando al indio más tierras que con la línea defensiva proyectada por Rosas, Lavalle y Senillosa -- cual lo señala el historiador Marfany -- , algunas partidas de pampas, confederadas con los ranqueles y araucanos, se prepararon para atacar la provincia por el sur y el norte. Rosas -- sigue Marfany -- tuvo noticias de la destructora invasión que se planeaba, y así lo denunció al gobierno. Rivadavia prefirió dejar que los bárbaros asolaran el territorio, antes que seguir las indicaciones de un enemigo político. El feroz malón que entró por el sur puso en dispersión las escasas fuerzas que le hicieron frente, se llevó muchos cautivos y miles de cabezas de ganado, después de haber muerto a numerosos campesinos. Tres ricos establecimientos de los que Rosas administraba (campos de los Anchorena), quedaron asolados".
      Efectivamente: el 9-IX-1826 un tropel como de 300 indios, reforzados por desertores chilenos, cuya cabecilla era "un tenientes del Rey que se apellida Morón, de la gente de Pincheira" -- vanguardia de otros invasores que maloneaban más al sur --, irrumpe, arrasa y saquea la estancia "El Sauce" de Manuel Arroyo, a cinco leguas al oeste del pueblo de Dolores. Al conocerse el pillaje, dos escuadrones de coraceros salen del fuerte de Kaquel tras el rastro de los asaltantes, que, arreando gran cantidad de hacienda robada, se retiraban hacia los campos de Anchorena, en el actual partido de Pila, para juntarse con el grueso de la horda.
      Por su parte los coraceros y milicianos -- según el relato de uno de estos últimos, Silveiro Vidal -- , después de atravesar "más de diez u once leguas de campos inundados en agua y guadales, que no había caballos que nos bastasen para seguir más adelante", alcanzaron a la indiada como a legua y media de la estancia de Anchorena "Los Toldos Viejos"; y trabado el combate contra 200 y tantos bárbaros que se tenían a la vista, aparecieron de pronto 500 más que, al cabo de arrolladoras cargas, diezmaron y dispersaron a chuzazos a los cristianos, que sólo salvaron de la carnicería 46 soldados y su Comandante Andrés Morel; único oficial que quedó en pié -- según se desprende del parte elevado por el jefe de la Guardia del Tordillo, Juan Cornell, a la superioridad. Superfluo es agregar que tres estancias de los Anchorena quedaron asoladas: "Toldos Viejos", "El Sermón" y "Camarones".
      A raíz de tal desastre, el gobierno ordenó al Coronel Federico Rauch emprender una gran batida contra los salvajes. El 25 de octubre, dicho aguerrido militar teutón, rompe la marcha al frente de 740 hombres -- dos tercios de línea y el resto de milicias --, precisamente desde aquella estancia de Anchorena en que resultaron aniquilados los coraceros de Kaquel. Dirígese Rauch a la Sierra de la Ventana, donde ataca a las tribus de los caciques Malato, Petey, Maicá, Llanquinel, Canhuihuir y Columacúm, haciendo tremenda matanza; y luego regresa al Tandil con numeroso cautivos rescatados y muchísima cantidad de ganado. Y después vuelve a las Sierras, para destruir completamente a las parcialidades de Lincón, Cayupilqué, Nahuel-huequé y varias más.
      Poseo una esquela dirigida, el 12-II-1827 desde los Montes del Tordillo, por el Capitán Juan Cornell al "Sr. Comandante General de Milicia Don Juan Manuel de Rosas", que expresa: "Muy Señor mío y mi paisano: Don Manuel Sánchez tiene en Kaquel, como ochenta cavesas de ganado bacuno de la marca de Ud.. Estas según él dice, fueron compradas a un tal Acosta residente en Tandil, quien las obtuvo del Coronel Raucho a la vuelta de la expedición. Creo que con este aviso Ud. se impondrá más inmediatamente. El sargento Julián me entregó verbal el contesto de Ud. y sobre esto se repite agradeciéndole doblemente sus atenciones. Su seguro servidor y amigo, Q.B.S.M. Juan Cornel".

      Correspondencia de los mayordomos de Anchorena

      Desde 1818 Rosas se dió a la tarea de poblar, fomentar y administrar los campos de sus primos Anchorena, hasta el 8-XII-1829 en que asumió el gobierno de la Provincia de Buenos Aires.
      La gran experiencia de don Juan Manuel acerca del manejo práctico, ordenado e integral que entonces requerían las explotaciones pastoriles en la pampa, se halla condensada en sus notables Instrucciones para ayudantes recorredores de las estancias. A lo largo de ese "Reglamento", escrito en 1825 con sencillez y precisión a fin de que fuera entendido por la gente de campo, se destaca el carácter ejecutivo, la innata aptitud de mando del futuro Restaurador de las Leyes
      Tales órdenes, enseñanzas y consejos de Rosas, destinados a sus inmediatos colaboradores en "Los Cerrillos", "San Martín", "San Genaro" y "Chacabuco", propiedades que explotaba con su socio Juan Nepomuceno Terrero, iban asimismo dirigidos a los mayordomos y capataces de los establecimientos rurales de Anchorena. Conservo la correspondencia mantenida por éstos "ayudantes" con mi tatarabuelo don Juan José Cristóbal, durante los años 1828, 29, 30 y 31. Dichas cartas traducen, con rústica y espontánea llaneza, el cotidiano vivir, las habituales o inopinadas ocurrencias que debían afrontar y resolver aquellos criollos civilizadores del desierto en los lejanos feudos ganaderos del sur, expuestos al malón de los salvajes.
      Sentado lo que antecede, he de glosar o transcribir algunas de esas cartas, corrigiendo, en parte sus revesadas ortografías. Así el 29-XII-1828 el mayordomo de "El Tala" José Manuel Saavedra, le comunicaba a su patrón las distintas tropas de novillos entregadas a los reseros de Juan Cuestas, con el cual Anchorena había celebrado un contrato de venta hasta el número de 3.000 animales para arriba, a sacar de los rodeos de "El Tala", "Dos Islas", "Achiras", "Averías", "Villanueva", "Chapalafquen", "Camarones" e "Hinojales". "He tenido mucho gusto -- finalizaba esa carta de Saavedra -- por la notycia que me dá del Sr. don Juan Manuel; le deseo toda felisidad y dios quiera que desconosca a algunos unitarios para que lo dejen descansar". (Rosas, a la sazón, estaba en Santa Fé reuniendo fuerzas para batir a Lavalle, que había fusilado a Dorrego y detentaba el gobierno porteño; y a Anchorena, los unitarios no lo dejarían "descansar"; pués, como sabemos, dos meses más tarde estos lo metieron preso en el bergantín "Rondeau"). Por lo demás, de noviembre de 1828 a diciembre de 1829, solamente de los rodeos de "El Tala" y "Las Dos Islas" se entregaron, para Cuestas, 2.194 novillos, incluídos 222 animales de los "ayudantes" y capataces de don Juan José; de quienes él, de tanto en tanto, recibía minutas con los "frutos" que se le enviaban en carretas, de sus establecimientos camperos, para que fueran vendidos en Buenos Aires: cueros vacunos y de potro, aspas, barricas llena de sebo, "cuarterolas", bolsas con grasa y "pelotas de cerda".
      El 20-II-1829 el "ayudante José Antonio Bera" (Vera), desde la estancia "Camarones", pone en conocimiento de don Juan José que allí "ha estado el Coronel Estomba con su división; que ha tomado algunas cosas de las que habían en la casa, con moderación, y ha dejado apunte de todo lo que ha tomado; y en seguida vinieron peones de la casa y sacaron cuanto había". (El Coronel Ramón Estomba, a quien Lavalle nombrara Comandante de la Frontera Sud, habíase dedicado a practicar correrías punitivas en las estancias de los partidarios de Rosas). Vera, según le informaba a su patrón hizo denuncia de tales atropellos: "pero no han tomado medida alguna para que se castiguen ... Yo soy de parecer que este hecho no debe quedar impune porque, de nó, se nos falta el respeto ... En los puestos, afuera andan algunos gauchos que no se van a procesar, y estos causan algunos males. Ud. me dirá lo que se debe hacer sobre esto".
      El 29 de marzo siguiente, el mismo Vera,desde Buenos Aires, escribíales a José Astorga, mayordomo de los Anchorena en el campo "Averías": "... Nos debíamos ver en Chascomús el día 1º que entra, y no pudiendo verificarlo por hallarme enfermo se servirá decirle a don Juan Arista (mayordomo de "Achiras") que en el momento mande a su hermano Pedro, y en caso de no estar el dicho, mandará a cualquier otro que considere capaz, a las Víboras, a ver el estado de aquella estancia, que según dicen al Mayordomo Tomás Segura lo han fusilado ...".
      Entretanto Rosas al frente de las tropas federales había vencido a Lavalle en el Puente de Márquez, y al negociarse la paz entre ambos antagonistas, quedó designado el General Juan José Viamonte Gobernador provisorio de la Provincia, con el respaldo armado de las fuerzas triunfantes. Se hizo preciso entonces atender al diario sustento de esos hombres movilizados; y Rosas, como Comandante de ellos, solucionó dicho abastecimiento recurriendo a las estancias de sus partidarios ganaderos. Así, el 26-VIII-1829, Juan Arista, mayordomo del campo "Achiras" de los hermanos Anchorena recibió una orden del Juez de Paz de Ranchos, Luis Andrés Recalde, concebida en estos términos: "... Vista la presente, franqueará los rodeos de ganados que están a su cargo al Sargento Isidoro Montes, conductor de ésta, para que en clase de auxilio aparte las reses que encuentre, según las ordenes que lleva, para el consumo del Exército al mando del Sr. Gral. en Jefe Don Juan Manuel de Rosas, sirviéndose ud. mandar a una persona de su confianza para extenderle los recibos competentes, tanto de lo que se sacase, cuanto de lo que de antemano se ha suministrado de las haciendas a su cargo".
      Posteriormente, Juan José Anchorena se dirigió a la "Comisión Clasificadora y Liquidadora de las Acciones contra el Estado", expresando que su estancia "Chapalafquén" desde el 18 de abril de 1828 hasta el 16 de enero de 1829, había proporcionado para el consumo del ejército restaurador de las leyes, 52 novillos, 161 vacas, la carne de 15 novillos y 83 yeguas. Y al presentar los respectivos comprobantes a los miembros de esa Comisión, Anchorena añadía de "Chapalafquén" y de sus establecimientos "conocidos por los nombres de Averías, Achiras, Villanueva, Camarones e Inojales ... se han sacado mayores y más repetidas partidas de ganado vacuno y caballar, muchos con recibos y algunos sin ellos, que no ha podido obtener hasta ahora el exponente, acaso por el trastorno que es consiguiente de habérsele alzado el mayordomo don José Vera, y conspirado contra él sirviendo a las inmediatas órdenes de don Juan Lavalle, y a la ausencia y separación de algunos capataces".
      He aquí diversos fragmentos de una carta noticiosa sobre las actividades y problemas concernientes a la explotación de "El Tala", despachada por su mayordomo el 22-X-1829, para don Juan José Cristóbal: "Mi estimado señor. -- Voy a hacerle presente lo que ocurre para que Ud. determine, como dueño, lo que le parezca en razón al dinero que le digo me mande con Videla, que es el portador que va con carretas ... Le pedí mil pesos. Me parece no alcanza para hacer la yerra ? Hay que pagarle a la gente más de un año y la yerra, que se han tratado los peones a cuatro pesos, que es como se está pagando a todo el que se conchaba por día. En esto me dirá lo que le parece; y también le advierto, si le parece, que me haga cargo de Las Víboras, y se me dén sólo a mí las órdenes, por que cuando una obra tiene muchos maestros no se sabe quien la echa a perder ... Puede a ordenarle a Morillo (mayordomo de "Camarones") que mande al Tala dos carretas a buscar los frutos ... Acá no hay ninguno a quien mandar por ninguna paga ... yo de acá no me puedo alejar, porque de repente se forman disparadas de indios, de modo que no estando se abandona todo, por que en disparada todos se van. Este año pensaba poblar dos puestos más acá, más no se encuentra a quien poner en ellos ... es campo lindo y capaz de admitir bastante hacienda ... Hay gente, pero el papel (moneda) tiene poco valor, y a los haraganes no los persiguen ni los arreglan; es la causa de no haber peones. Cuando sienten que los persiguen, al instante se conchaban. Señor, le encargo tenga la bondad de hacerme comprar un par de pistolas que cargan balas de onza, con pistolera para correr el campo y para los continuos viajes que se ofrecen, con una canana de diez cartuchos. Esto está malo, es necesario andar en guardia, se ha viciado mucho la gente a no respetar propiedades ... Señor, acá estamos aislados. Al patrón se le pedía lo que hacía falta; ahora es imprudente decirle nada, viéndolo, como se halla, que no tiene descanso". (Clara alusión a Rosas, que administraba la estancia y estaba a punto de asumir el gobierno de la Provincia".
      Transcribo párrafos de otra larga carta del mayordomo de "El Tala" Jose Manuel Saavedra con interesantes informaciones --incluso históricas -- para Juan José de Anchorena, fechada el 27-I-1830: "Estimado Señor ... En la razón que me dice le mandara noticia de los recibos del ganado que se ha dado de auxilio, y caballos, le diré lo siguiente: El primer auxilio que se dió, lo pidió el Sr. Don Juan Manuel (Rosas), que fué en los meses de septiembre o noviembre. Fueron dos tropas de 204 o 5 (novillos) cada una, que yo mismo conducí y las entregue a dicho Señor ... Desde diciembre, hasta el 24 de junio del presente, sacó 77 caballos la gente de Lavalle, que los tomaron ellos por su órden del modo siguiente: Del puesto de Sanestevan (ahora "El Chajá"), junto a San Simón, sacaron 21 caballos y 2 reses; 11 caballos de la hacienda y 10 del capataz de dicho puesto. En mi puesto, junto a la hacienda de Vacaloncoy (hogaño la laguna de Saavedra, en "Cerrillos"), sacaron 11 caballos de mi propiedad; y del Tala sacaron 66. Del mismo modo ellos los recogieron y los tomaron; mandando recoger al capataz, y de temor no volvió. Los de la hacienda son 77, y míos y del capataz 21, y 2 vacas; que son por todo 98 caballos y 2 vacas. Estos caballos los sacó el Capitán Correa, un mendocino que vive por las Monjas (barrio de las Catalinas), tirando al Retiro, que andaba haciendo de Comandante de partida por orden el Comandante Anacleto Medina. Acá no han dado recibo, por lo contrario huyó. El portador de ésta es don Manuel Videla: él conoce al Capitán Correa, sabe donde vive. Y con 5 caballos que yo le dí a Vicente Rojas, vecino de ésta, para que se reuniera en las reuniones de los federales, y 4 sables y 2 tercerolas, es lo que se ha dado de auxilio en este tiempo. Lo que se ha entregado para el consumo del ejército del mando del General Juan Manuel Rosas, cuyo recibo vá incluso dentro de ésta, es la cantidad de 250 cabezas, todos novillos. En lo que me dice que no repare en lo alto de los jornales, en eso esté seguro que yo le he de mirar sus intereses ... Yo le pedí criados: fué porque conozco que si acá no los hay se sufre un desparramo bastante gravoso ... Sino se repunta la hacienda es lo mismo que si no se apartara ... Las haciendas vecinas se mesturan por todos costados, y cuando pasa esto se para rodeo, unas veces se hallan y otras no ... La hacienda tiene cuatro frentes que guardar, de modo que son los repuntes cada cuatro días ... Los que me acompañan son dos criados y un peón, que le pago 60 pesos por mes, y no está contento siquiera para recoger las mansas y hacer algunos mandados. De peones por mes no tengo esperanza ni me diga más de ver. Gente hoy no se conchaba por mes, ¿como se han de conchabar?, ¿solo que sean locos, viendo que por día les pagan 5 o 6 pesos?. Esta es la causa. Sólo de un modo pudiera que alguno se conchabara: si un Comisionado viera de qué viven por acá los haraganes. Los más andan con papeletas del General (Rosas?), que nadie se mete con ellos. Pero hay muchos que no la tienen ... Estos que andan trabajando por día no tienen más oficio que robar caballos, de modo que no nos podemos descuidar ... Con esta escases de peones, lo que más siento es que el capataz de Dos Islas (Asencio Jaime) se me va a salir de aburrido. Hace un año y meses que está sólo, de modo que se pasa quince días o más sin carne, con bichos del campo. Ya ha venido en cuatro ocasiones a salirse ... Si vuelve no tendré más que pagarle y que se vaya. Veo que demasiado a aguantado solo. Es el que más me ayuda de los puesteros, y está en el punto de más mestura ... Ha llegado día de írsele el caballo y venir al Tala a pie, a que le auxilie. Esto no lo hacen muchos por servir, y si no le doy peón se va, que lo siento más que si fueran dos de los otros puesteros ... Apartes no hago hasta el 15 de febrero, por que no puedo, por que los demás no dan rodeos, por que no tengo gente, y está el campo muy seco para pastorear, y no tengo más que un peón. Los por día no pastorean por que hace mucho sol. Los peones del día son de comodidad ... Pienso poner dos puestos este año en dos lugares de este campo, que es campo sólo, y que lo están logrando (aprovechando) otros con hacienda. El uno es en los Talas de Gabino (al fondo de "Las Mostazas", lindando con "La Argentina" que fuera de Barreto), que allí tiene un puesto don Joaquín Suárez, que ese ganado (de Suárez) pasta dentro de ese campo, y sólo poblando yo lo sacará, y lo he de poblar con terneras de esta yerra ... El otro punto (puesto) es por Vacaloncoy (ahora se ubicaría en el costado sur de "El Lucero") ... Es lo que puedo decirle ... De Ud. José Manuel Saavedra".
      Tres días más tarde Saavedra le comunica a don Juan José: "... El portador de ésta es Juan Cisneros que está tratado para entrar de capataz de un puesto que pienso poblar. Conduce la noticia de la yerra de este año 29 ( ) ... También le mando noticias de Las Víboras ... que deben al Tala 100 pesos que se le dieron a Liberato Pinto para que fuera capataz de dicha hacienda, y estuvo como dos meses y días allí durmiendo. El servicio que hizo fué entregar a la gente de Lavalle toda la caballada, teniendo orden de Segura (el pobre mayordomo despedazado por el cañón de Estomba) para ocultarla ... Pinto ... tenía una manada y no le llevaron ninguno, porque quedó de amigo con el Comisionado, y de acuerdo de hacerse cargo de dicha hacienda, de cuenta del Estado unitario. Lo que supe esto lo eché. Es un mulato muy pícaro; sé que está en la estancia de Videla (Don Zenón). Hágale presente al Gobernador ... Pinto ha de estar con Videla, cuando más no sea para enredar ... ".
      Y siguen las cartas de el mayordomo de "El Tala" (1º de marzo de 1830); "... Necesito dinero para la marcación de hacienda y pago de peones. He conchabado 16 peones por día ... el trabajo de hierra y apartes debe durar 40 y tantos días ... Lo que me hace mucha falta es quien persiga a los haraganes. Las partidas de santiagueños todos se han metido a nutrieros, de modo, como no hay quien les diga nada, son dueños del campo. Ellos nutrean nutrias y lo que hallan: vacas y caballos. Acá no me dan alivio, porque de repente se entran a escondidas y andan maliciando ..." (8 de marzo): "... Hay novedad de indios. Cuando Ud. sepa algo que allá se sabe primero, avíseme por las estancias, para guardar siquiera la caballada y las vidas de los que acá viven ... ".
      A propósito de indios, el 6 de Junio de ese año 30, Manuel Morillo mayordomo de "Camarones", le escribía don Juan José: "... Los indios pegan sus petardos de yeguas (extorsionan pidiendo yeguas), y me es doloroso el darles de unos animales entablados y aquerenciados ... Me faltan dos manadas de yeguas que se cree, con algún fundamento, que se las han llevado los indios ... Pudiera escribir Ud. a don José Díaz, para que él que tiene intervención con los indios, les hiciese decir algo para que tengan más miramiento ... ".
      Desde "El Tala" y por medio del mayordomo Saavedra, los hermanos Anchorena poblaron los campos "Arroyo Grande" y "Carralauqén", (al presente en jurisdicción de Coronel Vidal). Los preparativos y disposiciones para dicha empresa, se pueden seguir através de las cartas de Saavedra a don Juan José.
      Noviembre 2 de aquel año 30: "... A los dos capataces que van afuera, uno para Carralauquén con el ganado de apartes, y el otro para los Arbolitos, a la costa del Arroyo Grande, con terneraje que se marque este año, los he tratado. El uno gana 60 pesos mensuales y 50 terneros al año, y el otro gana 60 pesos mensuales y una manada de yeguas, con 30 piezas que le voy a dar a su entrada. Sólo por este interés han hecho partido ambos ... Hacía un año que andaba buscando, y los pude conseguir con mucha voluntad. A Carralauquén le debo poblar este mes ... ".
      Diciembre 12: "... Yo ya tengo la madera en Carralauquén ... Ya debía haber marchado con la hacienda ... Mañana pienso caminar ... Lo que pueble avisaré lo que ocurre ...". "Posdata: Los impresos que se tomen en casa después de que allí los repasen, mándemelos, que les gusta mucho a los gauchos y les sirve de más entusiasmo. Se alegran mucho de oír cosas del Estado.
      Enero 12 de 1831: "... Aviso a Ud. que el 20 de diciembre he poblado Carralauquén con 3.112 cabezas de ganado vacuno bajo marca. Debo llevar 900 cabezas más, hasta completar 4.000 bajo marca, y las debo herrar dentro de un mes ... La población se ha hecho en la costa de la laguna Carralauquén, hacia el naciente, con dos ranchos, uno armado de 12 varas y uno quinchado de 6 varas, y un corral como para encerrar 300 o 400 cabezas de hacienda, y un buen palenque para atar potros ... Se han mesturado las haciendas (de "El Tala") en dos lluvias oscuras de noche como 1.000 cabezas las arreó el agua ... El negro Antonio que me mandó llegó muy enfermo, con un gómito (sic) de sangre. Hace más de un mes que lo mandé a Dolores, encargado al Comandante don Francisco Sosa, para que lo mandara a Buenos Aires; mas no sé si ha muerto. Estaba muy enfermo, no ha servido para nada, de diario estaba con el gómito de sangre que no lo dejaba, y en mucha cantidad. Estoy haciendo acarrear la madera para la laguna de los Arbolitos ( ), en el Arroyo Grande, para poblarla con las terneras que se marquen este año, que debo dar principio en marzo".
      El 18 de enero de ese año 31, mi tatarabuelo Anchorena recibe de su mayordomo Saavedra una suerte de crónica policial: "... El conductor de esta es Asensio Jaime, capataz de Las Dos Islas, va en seguimiento de una tropa de caballos que le han robado de dicha Dos Islas. Le doy ésta (información) para que Ud. le haga presente al Sr. don Juan Manuel de Larosa (sic). Dicen que en San José (estancia a media legua de Loncoy) los han quitado y han preso a los que le han robado". Este episodio -- creía Saavedra -- se debía avisar a Rosas, para que nombrara un Comisionado a fin de que "se le entreguen los caballos y haga que castiguen a los ladrones, por el escándalo que han hecho y están haciendo por acá. Estos (ladrones) han hecho un corral adentro de Las Dos Islas, y se llevaron todos los caballos que había en una manada, y se sacaron un cencerro de otra para llevar los caballos. Esto interesa para bien de la casa y de la campaña, porque si no ven ejemplar no podremos tener nada". También sugería Saavedra que le informara al "patrón" (Rosas), que iban a enrolarse en la milicia dos fascinerosos, "para con este resguardo pasearse por donde les parece". "Uno de los que decía, no lo conocen por su nombre (sinó) por Cocorita. Es muy ladino, todo este vecindario le teme. Cuando no roba les dá a otros que roben. Hace dos años que mató a un peón de ésta ("El Tala"). En tiempos pasados le robó a un pobre, que paraba en casa de don Leonardo Piedrabuena, unos caballos, y se los fué a cobrar (el pobre) y lo hizo pedazos a puñaladas, que de eso murió. Del ejército llebó unos caballos, y los cobró su dueño, y a su vista los degolló. Creo que tiene un papel de resguardo. A alguno habrá engañado que no lo conoce. No merece andar vivo el resertor (sic). Y el otro, Mariano ñato, es resertor; pára en el Durazno, (estancia de Ezeyza), donde estará ... ".
      Un mes después, el 12 de febrero, Saavedra le expresaba a don Juan José: "... Me dirá si los capataces de ésta ("El Tala") son comprendidos en el enrolamiento ... Es de necesidad que vea de mandar dos o tres criados para esta. Con peones no podemos contar; por día hay cuantos quiera, pero por mes no quieren trabajar, y ahora van menos con el motivo de enrolarlos. Los que andaban matreros se alistan, y están seguros. No ha quedado vago ni ladrón que no se ha alistado en compañía entre los vecinos".
      Pasada una semana (20 de febrero) Saavedra vuelve a escribir: "... Dentro de ocho días me voy con la hacienda que tengo en pastoreo para Carralauquén, después daré cuenta de la hacienda que en dicha población quede bajo marca, y paso a la laguna Los Arbolitos, en el Arroyo Grande, a hacer el rancho y el corral, y así que vuelva dar principio a la marcación de ésta ("El Tala") y empezar a llevar todas las terneras que se marquen este año, con los toros que se necesitan para padres. La seca va con fuerza, todavía estamos bien, las lagunas se adelgazan, pero hay suficiente agua hasta hoy. Los campos bastante secos, pero hay pasto ..." Y el 9 de mayo entre otros informes, el encargado de "El Tala" transmitíale a Anchorena: "Estoy en la marcación de la hacienda, me faltan como cinco días de yerra, y de aquí a cinco días camino con lo que se ha herrado a colocarlo al Arroyo Grande, que ya está la población hecha ... ".
      Por su parte el mayordomo de "Camarones", Manuel Morillo, le informaba el 4 de agosto a don Juan José que había efectuado apartes en los campos vecinos, y que las haciendas de la estancia "no hace más que andar a los vientos ... Necesito un puesto en el Albardón de los Huesos, porque el ganado sale por el claro que hay en el puesto del Carancho y Chapalafquén. Se va afuera, recibiendo daños por los camperos y los indios, que continuamente caminan. En Chapalafquén se está mudando la población, adonde debía de estar, como a tres cuartos de legua al sudeste, que el Sr. don Juan Manuel (Rosas), cuando estuvo el año pasado, me dijo que podía mudarlo ... Chapalafquén es un punto tan importante, no sólo por las haciendas, sino porque es el descanso de todas las partidas de indios que bajan a comerciar ...".
      Y veinticinco días más adelante, Morillo continuaba proporcionando informes a mi tatarabuelo, acerca de la tremenda seca en aquellos campos de Pila: "... Dentro de cuatro días, si no llueve, sacamos el ganado de Chapalafquén, a la Laguna de la Quinita. No hay remedio, no hay más cerca agua que la que dá enfrente de la Laguna Corvalán. En los Toldos se acabó la poca agua que estaba manteniendo a aquel ganado después de la lluvia, y para que beba este ganado es preciso recomponer las bebidas, hacerle una estacada a todo el cajón, bastante retirado, y para ello se está cortando alguna madera del monte de Camarones. Este ganado no se puede traer al Sermón, está muy parido y queda mucha guachada, y ésta laguna ya no puede recibir ganado ... Acaba de llegar un peón que fué llevando yeguas a Villanueva, y me dice que el rodeo chico no tienen donde beber, que es preciso llevarlo a San José, (laguna cercana a Villanueva)... Señor: Juan Décima ("ayudante" en aquellas estancias de Pila) me dice diga a Ud. que necesita un sombrero de la fábrica de Barangot, de la clase de los que valían 40, que están a 25 pesos ... el importe tendrá la bondad de avisarle al Sr. Don Juan Terrero, para que le abone por cuenta particular de éste ...".

      Ultimas actuaciones públicas de Juan José Cristóbal de Anchorena

      A continuación de las anteriores noticias campesinas -- largas y un tanto marginales, desde el punto de vista estrictamente biográfico -- vengamos a la ciudad, donde nuestro antepasado ocupaba una banca en la Cámara de Representantes, cuya corporación le nombró, el 25-I-1830, para que en compañía de Francisco Piñeyro y Manuel Luzuriaga, redactara el Reglamento de Policía de Campaña. Cuatro meses después el 6 de mayo, se trata en sala el mensaje remitido -- tres días atrás --por el Poder Ejecutivo, rindiendo cuenta de la marcha general administrativa, y señalando la necesidad de ratificar las facultades extraordinarias, otorgadas al Gobernador, aún antes de ser elegido Rosas. El diputado Juan José Anchorena entonces, presenta una minuta tendiente a que se llamara a los ministros a fin de que dieran las explicaciones respecto del empleo de dichas facultades excepcionales. Suscítase, trás ello, un vivo debate, y los representantes se preguntan si deben acudir a informar los ministros (Rosas hallábase en San Nicolás, conferenciando con los Gobernadores de Santa Fé y Corrientes, López y Ferré) y si la sesión debía ser pública o secreta. Ocho días más tarde concurren los ministros (Tomás Manuel de Anchorena, de Gobierno y Relaciones Exteriores, Juan Ramón Balcarce, de Guerra y Marina, y Manuel José García, de Hacienda) a informar, en sesión secreta acerca de las respectivas tareas gubernamentales y del "uso odioso de las facultades extraordinarias", con que el Poder Ejecutivo fuera investido por ley. El 7 de junio resuelve la Legislatura hacer público lo tratado a puertas cerradas y conferir al gobierno el ejercicio de aquel mandato extraordinario,"estimando justas sus razones"; mandato que acepta el Poder Ejecutivo el 11 de agosto, ya que por ahora es "sobre manera necesaria al país una autoridad vigorosa que, con mano fuerte, sepa sostener el orden social que tanto tiempo ha vacilado". (En la monografía que dedico a mi tatarabuelo Manuel Hermenegildo de Aguirre, estudio con amplitud los debates relativos a las facultades extraordinarias otorgadas a Rosas, durante los años 30, 31 y 32).
      Por último, en 1831 Juan José Cristóbal Anchorena volvió a ser elegido diputado a la Legislatura, junto con Miguel de Azcuénaga, Manuel Hermenegildo Aguirre, Juan José Viamonte, Felipe Arana, Félix de Alzaga, Santiago Figueredo, Vicente Maza, Manuel Insiarte, Carlos Casal, Celestino Vidal, Felipe E. Palacios, Paulino Gari, Mariano Lozano, José Fuentes, Luciano Montes de Oca, Fabián Cascallares, Tomás Isasi, Manuel Rivero, Vicente Martínez y José María González Pérez.

      Testamento y muerte de mi tatarabuelo Anchorena

      El 14-XII-1831, "Don Juan José Cristóbal de Anchorena, natural y vecino de esta ciudad (Buenos Aires) e hijo legítimo de los finados Don Juan Estevan de Anchorena y de Doña Romana Josefa López de Anaya, hallándome enfermo pero por la infinita misericordia de Dios en mis cinco sentidos y potencias cumplidas, temeroso de la muerte natural y precisa a toda criatura humana", otorgó su testamento ante el Escribano Marcos Leonardo Agrelo. Después de las solemnes invocaciones religiosas de rigor, el causante dispuso que su cadáver fuera sepultado "en el Cementerio del Norte de esta Ciudad" (La Recoleta) y que sus funerales "se hagan en la Iglesia de Nuestra Señora de las Mercedes, dejando a disposición de mis Albaceas la mortaja, modo y forma de dicho funeral". Declaró el testador más adelante, que en julio del año 1813 había contraído matrimonio con "la Señora Bonifacia Lezica" que murió en 1818 sin dejar sucesión, "nombrándome su único Albacea, bajo cuyo carácter cumplí todas sus disposiciones, y trancé con la Señora, su madre, Doña Petrona Vera, por escritura pública, todo lo relativo a las ganancias y pérdidas que hubieron durante nuestro matrimonio". Luego declaró don Juan José que en 1820 se casó, en segundas nupcias, "con mi actual esposa la Señora Doña Andrea Ibáñez, de cuyo matrimonio tenemos cuatro hijos llamados Don Juan José, Don Pedro, Doña Mercedes y Doña Rosa de Anchorena e Ibáñez, los que reconozco por tales mis hijos". Declaró también "que cuando contrajo este segundo matrimonio, no pudiendo entonces determinar mi capital, así por el estado político en que se hallaba el país como por la disposición en que estaban mis intereses en varios puntos de Europa y América, celebré un convenio, que se encontrará entre mis papeles, con mi Señora Suegra, para fijarlo a cierto tiempo, pero no habiendo podido tener efecto por iguales causas que las expresadas, calculé después que mi capital, cuando contraje este segundo matrimonio, era de doscientos diez mil pesos moneda de plata, única que corría en aquel entonces en esta Ciudad". Se enumeran posteriormente los bienes urbanos de mi antepasado y las estancias propias suyas y en sociedad, por mitades, con su hermano Nicolás; sus respectivas enfiteusis, ganados, poblaciones, esclavos, útiles de servicios y demás que en ellas se encontrasen (bienes todos que especifiqué en páginas anteriores de esta monografía); así como, a la vez, se puntualizaron los diferentes negocios particulares realizados desde 1810 con sus hermanos y otras personas. Más adelante, el compareciente recomendaba "a mi hermano Señor Don Nicolás, que continúe con mis herederos por espacio de diez años, si fuese posible, la sociedad que tiene conmigo, en todas las Estancias", concediéndole las más amplias facultades para la administración y la venta, enagenación y permuta de cualesquiera terrenos, ganados y esclavos, sin que, para estas cosas, necesite de la intervención Judicial ni del Defensor General de Menores, pues quiero que con respecto a dichas Estancias, se conduzca con la misma libertad y confianza con que cada uno de los dos nos hemos conducido hasta ahora, disponiendo con respecto a ellas, tan libremente como su fuesen exclusivamente suyas". Se refiere luego el testador a sus créditos -- documentados o nó -- y a las deudas que figuran en sus papeles. Dá libertad a Joaquín y Evaristo, dos negros esclavos suyos; y manda a sus Albaceas "que del quinto de mis bienes dispongan de una suma a aplicarse al objeto que les tengo comunicado". Estos Albaceas que nombra son sus dos hermanos Tomás Manuel y Nicolás, quienes, mancomunadamente, intervendrán en la testamentaría y harán cumplir la voluntad del difunto. Y en caso que para ello dichos Albaceas tuvieran cualquier duda o discordancia en sus opiniones, deberán llamar, en primer término, a don Juan Nepomuceno Terrero, y, en defecto de éste, a Don Faustino Lezica, los cuales habrán de suceder como Albaceas, si los primeros falleciesen. Declara, a renglón seguido, don Juan José, por únicos y universales herederos a su esposa e hijos referidos, "y en atención de que estos últimos se hallan en la menor edad", nombra tutores y curadores de ellos "a mis Señores hermanos", o, en su defecto, a Terrero y a Lezica. "Es mi voluntad -- agrega el otorgante -- que mis dos niñas se conserven y eduquen al lado de su Señora Madre, o de su Señora Abuela" (Rosa Marín de la Quintana Ibáñez), y les recomienda a los Albaceas que "procuren adjudicar o situar en fincas urbanas la parte que corresponda a mi Esposa, y favorecerla con su administración, atendiendo a la debilidad de su salud y ninguna versación en el manejo de intereses". Asimismo añadió el causante que todo lo que heredaran de él sus hijas en moneda corriente o metálica, se invirtiese en fincas urbanas, que "no podrán sus dichas hijas enajenarlas durante los días de su vida, aún cuando se casen; y si lo hacen por si solas estando solteras, o sus respectivos maridos hallándose casadas, en todo o en parte, contraviniendo esta disposición, perderán la tercera parte del valor de lo a enajenado, a beneficio de los dos coherederos varones y también de la otra coheredera, si no hubiese enajenado ella, ni su marido, finca alguna de las expresadas". Finalmente declaró el testador que su actual esposa Andrea Ibáñez, "introdujo al matrimonio, por legítima paterna, dos solares; un sitio en el bañado de Palermo y otro junto al Hueco de Cavesitas, habiendo otorgado, el señor otorgante, a su señora suegra -- Rosa Marín --, en moneda corriente, la diferencia de exceso de su valor al de la legítima paterna de su Esposa". Así, don Juan José Cristóbal de Anchorena otorgó y firmó esa escritura de postrera voluntad, junto con los testigos Manuel de Escuti, José Juan de Larramendi y Francisco de Alzogaray, por ante Marcos Leonardo Agrelo, Escribano público y de número.
      Transcurridos seis días de esta última disposición, el 20-XII-1831, mi tatarabuelo Anchorena moría tranquilamente en su cama, en el domicilio de la calle Perú 68. Había vivido, exactamente, 51 años, 5 meses y 11 días. Para despedir sus restos, en la Recoleta, el amigo de las musas doctor Vicente López y Planes -- autor del Himno Nacional, entonces Vocal de la Cámara de Justicia -- compuso un elogioso discurso que, "por accidente", no pudo leer en el cementerio, pero su texto fué publicado en dos periódicos: El Clasificador y La Gaceta Mercantil, el 5 y 7 de enero de 1832, respectivamente.
      Andrea Mercedes Cármen Ibáñez Marín sobrevivió más de tres décadas a su marido, llegándole el término fatal el 11-VII-1862, a los 59 años de edad. Las referencias acerca de algunas circunstancias de su vida, así como los antecedentes biográficos y genealógicos de los padres, abuelos y bisabuelos suyos, los trato en los respectivos linajes de Ibáñez, Marín, Rospigliosi, De la Quintana y Riglos, a cuyas monografías me remito.

  • Fuentes 
    1. [S451] Medrano Balcarce, Juan Manuel, Medrano Balcarce, Juan Manuel, (jmedrano76(AT)hotmail.com).

    2. [S451] Medrano Balcarce, Juan Manuel, Medrano Balcarce, Juan Manuel, (jmedrano76(AT)hotmail.com), https://familysearch.org/pal:/MM9.3.1/TH-1-12145-61745-60?cc=1974184.

    3. [S112] Los Antepasados, A lo largo y más allá de la Historia Argentina, Ibarguren Aguirre, Carlos Federico, (Trabajo inédito), Tomo V, Los Anchorena (Confiabilidad: 3).