Miguel de Riglos Bastida

Varón 1649 - 1719  (70 años)


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  • Nombre Miguel de Riglos Bastida 
    Nacimiento 1649  Tudela, Navarra, España Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar. 
    Bautismo 5 May 1649 
    Sexo Varón 
    Fallecimiento 6 Ago 1719  Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar. 
    ID Persona I79499  Los Antepasados
    Última Modificación 5 Sep 2017 

    Padre Juan de Riblos Mauch,   c. 26 Nov 1613, Tudela, Navarra, España Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.,   f. Sí, fecha desconocida 
    Madre Fermina Bastida Mauleón 
    Casado 25 Oct 1647 
    ID Familia F27518  Hoja del Grupo  |  Family Chart

    Familia 1 Gregoria Silveyra Gouvea,   f. 30 Jul 1707 
    Casado 30 Sep 1673 
    Última Modificación 22 Dic 2009 
    ID Familia F27516  Hoja del Grupo  |  Family Chart

    Familia 2 María Leocadia de Torres Gaete,   n. 30 Nov 1688, Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.,   f. 30 Oct 1710, Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.  (Edad 21 años) 
    Casado 3 Oct 1709  Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar. 
    Hijos 
    +1. Leocadia Francisca Ignacia Riglos Torres Gaete,   n. 26 Oct 1709, Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.,   f. 1778, Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.  (Edad 68 años)
    Última Modificación 13 Mar 2010 
    ID Familia F18761  Hoja del Grupo  |  Family Chart

    Familia 3 Josefa Rosa Alvarado Terra,   n. 1688, Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.,   f. Sí, fecha desconocida 
    Casado 4 Mar 1712  Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.  [1
    Hijos 
     1. José Ignacio Xavier Riglos Alvarado,   n. 14 Abr 1712, Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.,   f. Sí, fecha desconocida
     2. Miguel José Fermín Martiniano Riglos Alvarado,   n. 12 Feb 1715, Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.,   f. 29 Abr 1794, Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.  (Edad 79 años)
     3. Francisca Xaviera Eulalia Agustina Riglos Alvarado,   c. 19 Dic 1726,   f. Sí, fecha desconocida
    +4. Marcos José Francisco Xavier Riglos Alvarado,   n. 25 Abr 1719, Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.,   f. 13 Jun 1791, Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.  (Edad 72 años)
    Última Modificación 13 Mar 2010 
    ID Familia F27517  Hoja del Grupo  |  Family Chart

  • Mapa del Evento
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    Enlace a Google MapsCasado - 4 Mar 1712 - Buenos Aires, Argentina Enlace a Google Earth
    Enlace a Google MapsFallecimiento - 6 Ago 1719 - Buenos Aires, Argentina Enlace a Google Earth
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  • Documentos
    Riglos Bastida, Miguel
    Riglos Bastida, Miguel
    Biografía Histórica
    por Carlos F. Ibarguren
    Estancieros de San Antonio de Areco en 1730
    Estancieros de San Antonio de Areco en 1730
    Placa conmemorativa en San Antonio de Areco

  • Notas 
    • En el expediente de pruebas presentado en 1794 para el ingreso de Miguel de Irigoyen de la Quintana y Riglos a la Orden militar de Alcántara, consta que en el enterratorio de la Iglesia de Tudela, de cuya ciudad eran oriundos los Riglos de su familia, existían pintadas en uina tabla las armas que les correspondían a esos antepasados suyos: Escudo cuartelado; 1º y 4º, sobre campo de gules una cruz de oro acompañada de dos bezantes de los mismo; 2º y 3º, sobre oro cuatro ondas de azur. (Armas que exornaban también la losa del Arcediano Miguel José de Riglos Alvarado, en la Catedral de Buenos Aires, al pié del altar dedicado a San Zacarías, Santa Isabel y San Juan Bautista.
      Miguel de Riglos - "Riblos" firmaba él, y así le nombraré a lo largo de este trabajo -, en la historia genealógica de la que se ha dado en llamar "oligarquía de Buenos Aires" encabeza como patriarca a un grupo caracterizado de viejas estirpes de hondo arraigo, parentesco mutuo y conocida figuración social.
      Un amigo mío, porteño chapado a la antigua, solía decir: "Quien no desciende de Riglos es advenedizo en nuestra ciudad". Tan rotundo dictamen no debe, desde luego, ser tomado al pié de la letra; aunque habrá que reconocer, sin embargo, que en dicho apellido convergen los linajes fundadores y precursores de Irala, Riquelme de Guzmán, Ponce de León, Lavayén y Avellaneda; Melgarejo, Hurtado de Mendoza y Medrano; López Tarifa, Humanés Molina, Naharro, Gutiérrez y San Martín; Izarra, Gaete y Torres Salazar; Martín Cordovés, Hernández Torremocha, Rodríguez de Varillas, Sosa y Terra y Alvarado; y que de ese tronco robusto de Riglos derivan, a su vez, en esta tierra, por línea femenina, las familias de De la Quintana, Larrazabal, Irigoyen, La Jarrota, Espinosa, Marín, Aguirre, Zavaleta, Lynch, Anchorena, Pirán, para no destacar sino a las principales ramas, que se prolongan en gajos intrincados de tupido follaje y profusas nomenclaturas.
      Sobre la estirpe de los Riglos - extendida en nuestra patria y en el Perú - se han ocupado los genealogistas Luis Varela Orbegoso, peruano, y los argentinos Pérez Valiente de Moctezuma, Ricardo de Lafuente Machain y Carlos Calvo. En cuanto a la interesante personalidad histórica de Miguel de Riblos - 7º abuelo mío por la rama de Aguirre y 6º a través de la de Lynch -, ella ha sido tratada solamente - que yo sepa - por dos hombres estudiosos: Miguel Sorondo y Raúl A. Molina. Con los datos publicados por estos investigadores en sus respectivas monografías, y con más que bastantes de mi cosecha personal, escribo el presente trabajo.

      Llegada al país

      El 14-XI-1669 anclaban frente a la costa de Buenos Aires el navío "San Hermenegildo" y el patache de guerra "San Miguel de las Animas" (veleros pertenecientes al empresario naval Miguel de Vergara) trayendo de España un contingente de soldados que debían reforzar la dotación del Presidio o Fuerte de la ciudad porteña.
      Esos barcos salidos el 4 de junio anterior de San Lúcar de Barrameda, llegaron a destino luego de un viaje de 5 meses y 10 días. A bordo del "San Miguel de las Animas" (era su Capitán Martín de Mendoza) venía un animoso muchacho navarro de 20 años de edad, llamado Miguel de Riblos. (Acaso la sugestión del nombre influyó para que el personaje emprendiera la travesía en dicha embarcación). Nacido el viajero en Tudela, lo bautizaron en su iglesia de Santa María el 5-V-1649; hijo legítimo de Juan de Riglos (cristianado en Tudela el 26-XI-1613) y de Fermina de la Bastida y Mauleón, que se casaron el 25-X-1647; nieto paterno de Juan de Riglos y de Ana Mauch, tudelanos asimismo; nieto materno de Juan de la Bastida, nativo de San Vicente de la Sosierra en La Rioja, y de Magdalena Thomas de Mauleón; y bisnieto de Miguel Fermín de Riglos, Señor de la Casa y solar de su apellido en Tudela, y de su mujer Juana de Ilaurita. Por lo demás, uno de los hermanos menores del aludido viajero, Pedro Fermín de Riglos y la Bastida, ejecutorio de su nobleza en Aragón según lo apunta el linajista peruano Varela Orbegoso.
      El ambiente que encontró el recién venido al desembarcar en Buenos Aires, no resultaba muy alentador para el europeo criado en un centro culturalmente maduro como Tudela. Gobernaba a la sazón esta remota provincia del Río de la Plata Juan Martínez de Salazar, y la ciudad ribereña, sede de su mando, contaba entonces - calculan los modernos estadígrafos - con una población total de alrededor de 4.200 almas.
      La vida urbana en ese centro reducido - sin atisbos de lujo, ni aún siquiera de pautas confortables para la generalidad de sus moradores - dejaba mucho que desear; y tanto su traza de aglomerado rancherío, como los usos y costumbres del corto vecindario, dedicado al quehacer mercantil o a las faenas en campo abierto, resultaban por demás incipientes y rudimentales. Lejos del mundo civilizado, el núcleo de españoles trasplantados y de nativos criollos que el destino no desamparó en el viejo asentamiento de Garay, fue domeñando el contorno salvaje que lo estrechaba, a fuerza de trabajo y de tesón; mientras, poco a poco, íbanse dando ahí las condiciones que permitían una más segura convivencia, un mayor progreso y consiguiente prosperidad material. Ese desarrollo se estaba operando en esta tierra - precisamente en su tránsito del siglo XII al XVIII - cuando apareció Riblos a participar de él y a convertirse en uno de sus impulsores más señalados.
      Sin embargo, al momento de tomar mi antepasado por primera vez contacto con la realidad del país, ésta no pudo ofrecerle sino un panorama calamitoso y hostil. En Buenos Aires una peste terrible de viruela asolaba a sus habitantes - en especial hacía estragos entre los negros advenedizos de la esclavitud -, al tiempo que las vastas pampas circundantes se conmovían con "muertes, robos y hurtos" llevados a cabo por "indios serranos", en perjuicio de los pobladores de la campaña; quienes, por falta de garantías, abandonaban sus establecimientos pastoriles. Y aunque las licencias de faenamiento al vacaje cimarrón disperso en las llanuras realengas, estuviera a la orden del día - entre vecinos privilegiados que se beneficiaban con los cueros, la grasa y el sebo de aquellos animales -, a causa de los malones de las tribus del desierto - que ahora utilizaban el caballo para sus correrías - muchos campos de la frontera cercana, cuyos rodeos abastecían de carne a la ciudad, veníanse despoblando en forma alarmante; por lo que el Procurador, en el Cabildo, solicitó que la corporación dispusiera que los vecinos accioneros "hagan recogidas de ganado y se partan y se pueblen estanzias, como se azía en su antigüedad".

      "Audaces fortuna júvat"

      Miguel de Riblos, a todo esto, llegó a Buenos Aires, como quien dice, con una mano atrás y otra adelante. No sabemos si integró efectivamente, en sus comienzos militares, la guarnición del Fuerte. Lo perentorio, lo urgente para él era tomar arraigo de vecino en la ciudad; disfrutar cuanto antes de aquellos permisos de recoger vacas en la pampa a fin de poblar estancias; y disponer, asimismo, de un capital en dinero que le permitiera importar mercaderías ultra marinas. Las jornadas heroicas de descubrimiento y conquista pertenecían ya al pasado en esta tierra; de suerte que solo aquellas actividades lucrativas prometían transformar al modesto soldado en ganadero y empresario mercantil, acaso en magnate capitalista. Y el primer paso que Riblos dió en ese sentido, fue casarse con una viuda rica, veintidos años mayor que él; Gregoria de Silveyra y Gouvea.
      Raúl Molina, que tanto sabe de aquel mundo porteño del siglo XVII, dice que esa señora (hija única y heredera del Capitán portugués Antonio de Gouvea y Silveyra y de Isabel de Melo Báez de Alpoin), antes de sus nupcias con Riblos, estuvo casada dos veces. Primeramente con el General Amador Roxas Acevedo, cuyo vínculo marital se anuló por vicios de consentimiento, luego de un pleito escandaloso y de una puñalada que, don Amador le aplicó a su consorte, sospechada - falsamente al parecer - de infidelidad amorosa hacia su marido. Después, repuesta de su herida, Gregoria le otorgó su mano - y "ainda mais" - al fidalgo portugués Gaspar de Freyre y Rosa, en 1670; el cual falleció a los dos años del desposorio. Finalmente la casi cincuentona viuda y acaudalada estanciera, con vastas heredades y haciendas en los pagos de Areco y Luján, un 30-IX-1673, fue conducida al altar por aquel mozo navarro de 23 años, sin parientes ni valedores en el país, que se llamaba Miguel de Riblos; quien, como era obligatorio en ese tiempo, las vísperas de la ceremonia nupcial, tuvo que probar su soltería y libertad para casarse ante la Curia lugareña. Consagró la boda el Provisor y Deán del Obispado, Maestro Valentín Escobar Bezerra, actuando como testigos los Capitanes Francisco Maciel del Aguila Cabral y Pedro de Pesoa con su mujer Juana Maciel del Aguila Cabral, todos ellos deudos de la contrayente.
      Un poco antes de realizar ese su más ventajoso negocio - me refiero al enlace suyo con la viuda - Riblos, ignoro si con capital propio o ajeno, habíase iniciado en los ejercicios crematísticos. El 10-I-1673 su nombre aparece por primera vez en el libro del Cabildo a raíz de un escrito que presentó el Procurador de la ciudad Alonso Muñoz Gadea, en el cual este funcionario manifestaba que habiendo comprado aquel "dos cajones de loza de grenove" (Grenoble) - seguramente contrabando francés - se le impida vender tales piezas de barro cocido por estar ello vedado en las cédulas del permiso que regían, a la sazón, el comercio local.
      Empero, luego de su casamiento, el activo comerciante de esta historia se convirtió además en estanciero, ya que su mujer le trajo al matrimonio dos grandes fracciones de campo, a saber:
      Una sobre la margen izquierda del río Areco, dentro de cuyos límites se hallaba el paso denominado "El Bagual"; fracción que compró en 1617 Antonio de Silveyra y Gouvea - padre de la esposa de Riblos - al Capitán Juan Pavón (1). A principios del siglo XVII existió allí una Reducción de indios del cacique Bagual, con su capilla a cargo de un fraile franciscano. Media centuria después, en 1660, ya no quedaban en el paraje sino ruinas del antiguo establecimiento religioso, y en tales condiciones pasó la estancia a poder de Riblos.
      El otro campo que recayó en mi antepasado por su casamiento, fue conocido luego como "Rincón de Riglos", y se situaba aproximadamente a ocho leguas al Nordeste de la ciudad, con un frente de 15.500 varas sobre la "Cañada de Escobar" por legua y media de fondo contra el río Luján. Tan vasta estancia ubicaríase ahora en la margen Sudoeste de dicho río, en tierras donde hoy se encuentran las localidades de Benavídez, José C. Paz, del Viso, Garín, Ingeniero Maschwitz, Escobar, Matheu y Villa Rosa (2).
      En esos dos campos, pues, hizo su estreno Riblos como ganadero; y gaje inicial de su flamante actividad pecuaria resultaron 500 cueros de toro, al precio de 11 reales cada uno, que - sumados a un gran conjunto vendido por los vecinos porteños al empresario naval Miguel Gómez del Rivero - se cargaron en 1674 a bordo de los navíos "Roble", "Lubequesa" y "San Joseph".
      Otro testimonio acerca de los negocios camperos de Riblos, resulta la solicitud de éste presentada al Cabildo, en 1675, a fin de que el cuerpo municipal le concediera el derecho exclusivo de abastecer de carne a la ciudad. En dicha propuesta nuestro hombre se comprometía a vender al público la res en pié a 8 reales, y a poner en orden el matadero donde, según parece, imperaba un desquicio completo.
      Durante el curso del año 1678, el Cabildo trató también varias proposiciones que se presentaron en la licitación pública para cubrir aquel abasto de la población urbana. Entre los aspirantes a monopolizar las carneadas, cuyas ofertas resultaban más baratas y ventajosas, destacábanse Miguel de Riblos y Ana Mattos Encinas, viuda de Marcos Sequeira; ambos con tierras en Luján; esta señora, por entonces, custodia de la imagen de la Virgen epónima que hoy venera la Argentina como su máxima Patrona.
      Así las cosas, el Cabildo comisionó a Domingo Moreno de Santana y a Francisco de Baitos a fin de que inspeccionaran la cantidad y calidad de los ganados ofrecidos para la faena, en las estancias de los referidos pretendientes. Y al dar cuenta dichos inspectores de su encargo, consignaron que Riblos era dueño de alrededor de 2.500 cabezas vacunas, "todo de calidad buena para poderse matar, de grasa y sebo con distinción"; y que entre esos animales había 300 "de ganado menudo de dos años para bajo". No obstante el excelente rodeo de mi antepasado, la oferta de Ana Mattos - no en vano devota de la Virgen que sabemos - resultó aceptada por el Ayuntamiento, en perjuicio de su rival; determinación que saco de quicio a Riblos, quien, mal perdedor, el 26-IV-1678 les endilgó a los capitulares una nota insolente, que estos devolvieran al firmante "por no estar en forma, y apersibieron a que hablase con el respeto que se deve y deçencia".

      Don Miguel se inicia en la vida pública

      Esta pequeña contrariedad sufrida por el orgulloso Riblos en sus relaciones con el Cabildo, viose compensada en 1681, cuando el Gobernador Joseph de Garro le nombró Capitán de "Cavallos Corazas lanzas" - su guardia personal -, lo cual significaba, para el agraciado, un primer paso en la carrera de los honores, tan ambicionada por él. Y el 1º de enero del año siguiente, los miembros del Cabildo le abrieron las puertas de dicha institución, eligiéndolo Alcalde de 2º voto y Juez de Menores por un período completo.
      En el desempeño de su gestión, Riblos se lució ante sus colegas, proponiendo, el 7 de febrero, un plan económico destinado a obtener fondos para el Cabildo, cuyas rentas eran por demás escasas. El plan consistía en comprar el municipio al precio de 8 reales el cuero, toda la corambre que había de cargarse en el patache del capitán Cristóbal Aguirre - que con Real licencia traficaba en este puerto -, y prescindiendo de los exportadores particulares, hacer el negocio el Cabildo directamente. La operación propuesta por Riblos ya contaba con el visto bueno del Gobernador Garro; por lo que los Regidores aprobaron su puesta en práctica sin mayores trámites.
      También el 21 de noviembre de ese año, los Alcaldes Riblos y Pedro Gutiérrez de Paz, en nombre de la corporación de que formaban parte, recibieron en préstamo de Gaspar de Avellaneda (antepasado mío) 300 pesos, destinados a costearle el viaje a España al Procurador Bernardo Gayoso. Don Gaspar, como acreedor, en garantía de la suma adelantada, se quedó con las mazas de plata cabildeñas hasta el pago total de la deuda, que se hizo efectivo en 1685, fecha en que el Ayuntamiento rescató del empeño sus garrotes honoríficos.
      En 1687 Miguel de Riblos "con motivo de haverse levantado en la Ciudad de Santa Fé de la Vera Cruz diferentes disturbios entre sus vecinos y moradores, de que se originó dividirse en Bandos dicha Ciudad", pasó a ese punto de orden del Gobernador Joseph de Herrera Sotomayor, en carácter de su Lugarteniente. Allá pacificó los alborotos y gobernó como es debido, "todo a costa de su propio caudal".
      Vuelto a Buenos Aires, el hombre continuó su Real Servicio, en las filas del cuerpo de "Reformados de la Guardia del Capitán General". El Gobernador Agustín de Robles lo puso luego al frente de una compañía de "Caballos Corazas", ascendiéndolo a "Cabo Gobernador de la Caballería del Presidio"; en tanto, bajo cuerda, el favorecido vincula sus actividades lucrativas con el poderoso favorecedor suyo; y a partir de entonces - lo veremos más adelante - al calor de la complicidad oficial, la estrella mercantil de Riblos se levanta de golpe, como astro de primera magnitud, en el firmamento porteño.

      Ganadero y mercader en gran escala

      A más de aquellas dos primeras estancias en Luján y Areco, don Miguel llegó a poblar otros tres extensos campos, entre este último río y la Cañada del Doblado; campos dentro de cuyos límites naturales pastoreaban miles de yeguas, potros, mulas, burros y vacas herradas con su marca.
      Dos de esas nuevas propiedades campestres fueron adquiridas por Riblos el año 1680, mediante compra a Luis Fernández de Enciso, quien, a su vez, las hubo por merced del Gobernador Jerónimo Luis de Cabrera (nieto), el 4-VII-1643. La tercera fracción la compró don Miguel en 1701 a Ana Gómez de Saravia, hija y heredera de Antonio Gómez de Saravia, el cual, el 16-II-1637, recibiera del Gobernador Pedro Esteban Dávila, la merced de dicho terreno vacante. Cada una de esas extensiones de pampa se ubicaba "corriente arriba" del "Paso del Bagual", a la margen del río Areco; confinantes, por tanto, con la estancia que fuera de Juan Pavón, entonces, como sabemos, de Riblos (3).
      Frente a un plano catastral relativamente moderno de San Antonio de Areco, compruebo que tales campos, en su mayor parte, corresponden en la actualidad a la familia de Castex; y que todos ellos se contenían en el amplio bolsón que forma el río Areco y la Cañada del Doblado (4).
      Entre los bienes raíces que trajo la primera esposa de Riblos al matrimonio se incluía una amplia chacra en el pago "del Monte Grande" cuya precisa ubicación actual corresponde a la moderna localidad de Martínez, en el partido de San Isidro, exactamente en el paraje que - antes de su completa transformación en conglomerado de pequeñas propiedades - abarcaba las vastas extensiones que fueron después de Francisco de Escalada, de Ladislao Martínez y de Angel Pacheco; cuyo frente, sobre la barranca, sobrepasaba los 1.000 metros (contados a partir de un poco más allá de la quinta de Williams Alzaga, hasta un poco más acá de la propiedad de mi tía Rosa Ibarguren de Zorraquín), con su invariable legua de fondo (5).
      Si bien las actividades rurales ocuparon un importante lugar en los negocios de Riblos, éste, sobre todo, fue importador y banquero. Los navíos de registro de los capitanes Francisco de Retana, Carlos Gallo Serna, Manuel de Ibarbade y Andrés de Iparraguirre, venían y tornaban a través del océano cargados con mercaderías españolas y frutos americanos que traficaba Riblos. El impulso de su giro comercial trascendió las fronteras bonaerenses, para llegar al Tucumán, al Alto y Bajo Perú, a Chile y al Paraguay. Factores y apoderados suyos eran: el Sargento Mayor Pedro de Izea y Araníbar, en Santa Fé; el Maestre de Campo Juan de Perochena, en Córdoba; en Salta Alonso Ruiz de Llanos, Pedro Díaz de Loria (antepasados míos), Manuel Troncoso Sotomayor y Pedro Sánchez de Madrid; en Charcas, Tomás Dávila Enríquez; en Chile el Capitán Pedro de Miranda; en Lima Juan Robles y Lorenzana, Secretario de la Inquisición; y en la Asunción del Paraguay el propio Gobernador de esa provincia, Pedro de Mendiola. Y durante más de veinte años, por las rutas del país trajinaron incesantemente, de ida y vuelta, convoyes transportando los más variados efectos vendibles propios de Riblos; lo mismo que innumerables arreos de mulas y vacunos suyos, a cargo de capataces, peones y reseros; hasta que sobrevino la bancarrota del propietario, ocurrida - como se dirá a su turno - en 1713.
      Tanto esas recuas de animales que se criaban en las estancias porteñas, cuanto el tráfico de mercaderías venidas de ultramar para enajenarse en las plazas del interior, constituían los renglones más importantes de la actividad mercantil en Buenos Aires. Anualmente, las mulas de los campos litorales removidas hacia las provincias norteñas, depararon sólidas fortunas a "troperos, quienes por lo general eran, a la vez, comerciantes en trapos" - al decir del historiador Bernardo Frías. En las feraces pasturas de Salta, concentrábanse las tropas mulares llegadas del sur, que luego reanudaban el viaje "por la larga y estéril quebrada de Humahuaca, garganta precisa y paso forzoso al Perú". En el gran mercado salteño efectuábanse abundantes transacciones; y así figuran algunas que realizaron los agentes de Riblos, asentadas en escrituras públicas, que autorizó el Teniente de Gobernador Diego Diez Gómez (otro de mis lejanos abuelos) durante el año 1698 (6).

      La chacra de "El Retiro"

      El 26-VIII-1692 - cuando aún su vuelo financiero no había alcanzado el apogeo - Miguel de Riblos solicitó al Cabildo le vendiera (todo hace suponer que en secreta combinación con el Gobernador Robles) una fracción de tierra en el égido de la ciudad, pues - manifestó el peticionante -, a mí se me ofrece aver menester trescientas baras en quadro de dicho éxido, empesando a medirse desde el mojón de la chacra de Linares hacia la ciudad, cojiendo por el frente la barranca que mira al río". Ante tal requerimiento, el Cabildo se avino a desprenderse de ese descampado suburbano en beneficio de Riblos. Y así, previa tasación del mismo, pactóse su venta en 150 pesos corrientes, tomados a censo a razón del 5% de interés anual; según consta en la respectiva escritura traslativa del dominio, que pasó el 6-XII-1692, ante el Escribano Juan Castaño Becerra. (Hoy en día, esas 300 varas cuadradas de terreno, vendidas por el Cabildo a Riblos, conforman la Plaza San Martín, propiamente dicha).
      Por otra parte, aquella "chacra de Linares" (7), lindante con el baldío municipal adquirido por Riblos, situábase al Norte de la llamada "Ermita de San Sebastián", cuya cruz servía de mojón o límite entre los terrenos del éjido urbano y la primera chacra de la serie originaria que repartió Garay en 1580 (a la altura del cruce de las actuales calles Maipú y Arenales, donde se levantó la residencia de doña Matilde de Anchorena). Esa primera "suerte" que le tocara a Luis Gaytán, sumada a las dos siguientes recaídas en Pedro Alvarez Gaytán y en Domingo de Irala (nieto) - unificadas luego en un solo título - pertenecieron desde 1665 a Catalina de Avila Villavicencio o Bernalte de Linares, viuda de Gil Negrete, por haberlas heredado ella de su padre Antonio Bernalte de Linares.
      Ahora bien, a fin de ampliar la antedicha superficie de 300 varas cuadradas que compró al municipio, Riblos adquirió posteriormente, el 12-II-1704, de la sucesión de la nombrada doña Catalina la referida "chacra de Linares". Y una vez el predio así integrado mediante aquellas parcelas, sobre la punta más saliente de la barranca, dominando el panorama del río, el Gobernador Robles - con el beneplácito del dueño del terreno - edificó el famoso caserón que llamaría "El Retiro". Miguel Sorondo, en su notable estudio Procedencia del nombre de El Retiro, considera difícil afirmar cuales fueron los propósitos de Riblos cuando compró aquellas tierras, situadas "lejos y al mismo tiempo cerca de la ciudad"; en un lugar cómodo para desembarcar negros y mercaderías de contrabando. No resulta claro el motivo que tuvo Robles para edificar en suelo ajeno, ni de que carácter fue su vinculación con el protagonista de esta biografía. Sabido es que Robles, en tanto Gobernador, de acuerdo con las Leyes de Indias, no podía adquirir propiedades raíces en la jurisdicción de su mando. De ahí que - previa licencia que obtuvo del Virrey de Lima, Conde de Monclova - el aludido mandatario bonaerense se hizo fabricar para descanso suyo y de su familia - como él lo dijera -: "una casa de retiro", en las tierras de Riblos.
      Dicha vivienda campestre, la más importante y suntuosa de la gobernación, contaba con 39 cuartos o piezas, entre grandes y pequeñas. De esos departamentos, 4 eran enormes, capaces de contener cada uno más de 200 personas. Tenía la morada, asimismo, 3 salas con techos labrados de cedro de talla; 51 puertas con cerraduras y llaves y 7 sin ellas; 25 ventanas de todo tamaño, tras las rejas de fierro; 12 escaleras firmes, con barandilla y barrotes torneados, y un sótano con bodega. Rodeaba la casa una extensa huerta cultivada, pródiga de hortalizas y árboles frutales; en cuya cercanía habíanse construído dos atahonas para moler trigo, un horno de hacer pan, una noria sacadora de agua, y la cochera para el servicio del señor Gobernador. Por lo demás, 50 yeguarizos y 500 ovejas pastaban en los espacios anexos de la chacra.
      Y bien: a casi tres siglos de distancia, los historiadores desconfiamos de que no solo pastoriles habían sido las intenciones del Gobernador y de su amigo Riblos, cuando de consuno poblaron aquel ámbito ribereño, tan discretamente a mano para desembarcar mercaderías sospechosas y almacenarlas ahí hasta que pudieran enajenarse con ventaja. Todo hace presumir que Robles y Riblos fueron socios. No es posible suponer que el primero edificara en tierras del otro un caserón con "cuartos capaces de contener más de doscientas personas", únicamente para satisfacer desinteresados antojos de esteta barroco. Y nada confirma más la sospecha del vínculo mercantil de entrambos, que el hecho de que seis años después de adquirido "El Retiro", al cesar el Gobernador y marcharse rumbo a España, su aparcero recóndito, el aprovechado negociante de la presente historia, se hiciera cargo de todas las deudas de quien se alejaba definitivamente de estas playas. Tales deudas, sin lugar a dudas, eran de la sociedad que los personajes habían constituído en secreto. Por eso, en compensación por el pago de su parte en esas obligaciones, la amplísima casona de "El Retiro", con su mobiliario, útiles, enseres y dependencias adjuntas, fue transferida por Agustín de Robles a favor de mi antepasado, según escritura de fecha del 5-X-1703, ante el Escribano Francisco de Angulo; aunque, en rigor de verdad, el terreno donde hundía sus cimientos dicha construcción, jamás saliera del dominio de don Miguel, desde que éste lo adquirió del municipio en 1692 (8).

      La vivienda familiar de Riblos

      Antes de ser concursado por sus acreedores, don Miguel vivió espléndidamente en Buenos Aires. Su suntuosa mansión urbana (que no debe confundirse con la campestre de "El Retiro"), las "casas de su morada" (como se pluralizaba entonces, no obstante ofrecer el conjunto unidad arquitectónica completa) se enclavaba en el corazón de la ciudad, frente a la Plaza Mayor, en la esquina hoy formada por las calles Bolívar e Hipólito Yrigoyen, allí donde arranca hacia el sudeste la avenida diagonal Julio A. Roca, en solar originariamente adjudicado por Garay a su compañero de fundación Luis Gaytán, lindero, calle en medio, con el edificio del Cabildo.
      Ese terreno, en el cual Riblos levantó su morada, es el mismo en cuyo recinto, ya corrida la segunda mitad del siglo XVIII, mis antepasados Aguirre instalaron su alojamiento familiar; el mismo sobre el cual en 1880 mi bisabuelo Manuel Alejandro Aguirre, hizo construir su "casa de la calle Bolívar": magnífica residencia que alcancé yo a conocer en mi infancia. Por eso, la tradición de ese inmueble resulta venerable para mí, y debido a ello, con afanoso interés me puse a rastrear los distintos antecedentes y transferencias de su dominio; desde su primer titular en 1580, hasta que el bien llegó a poder de Riblos y después a mis ascendientes Nicolás de la Quintana (yerno de Riblos), Domingo Alonso de Lajarrota (yerno de De la Quintana, y Agustín Casimiro de Aguirre (yerno de Lajarrota); a cuyos hijos, nieto, bisnieta y tataranietos Aguirre, el viejo solar siguió perteneciendo; de suerte que desde 1673 - año en que Riblos se casó con la dueña del terreno - hasta 1938, en que la Municipalidad porteña lo compró a los condóminos Aguirre Lynch, por espacio de tres centurias -con una temporaria interrupción - tal parcela solariega fue patrimonio de una sola familia. La referencia histórica de dicha propiedad, a través de sus sucesivos traspasos en tan dilatado espacio de tiempo, corre expuesta sintéticamente en un "Apéndice" al final de esta monografía.
      De los distintos inventarios efectuados durante el mes de febrero de 1713, por el Capitán y Alcalde de1º voto Alonso de Berezosa Contreras, en los autos del concurso de Riblos, se desprende que aquella importante vivienda se componía de 14 piezas o cuartos con techos labrados de cedro, en los que sus puertas y ventanas enrejadas se disponían alrededor de un patio interior con parral, en cuyo fondo prolongábase la huerta arbolada de frutales.
      Adornaban la casona - junto a distintos muebles y objetos de valor - un crucifijo de marfil de una vara de altura y 17 cuadros al óleo. Entre ellos el retrato del Rey Felipe V, y la efigie del Arcángel protector del dueño de casa: San Miguel, triunfante "sobre todos los diablos"; amén de otras telas religiosas y de varias pinturas de "príncipes austríacos y otomanos". También veíanse en aquellas habitaciones varias sillas de nogal claveteadas de bronce, alfombras, tapices, cortinas y doseles de tafetán; mesas, escritorios, y un biombo de estrado con balustres de jacarandá y perillas de metal. Y junto al profuso moblaje, llamaba la atención el ostentoso lecho nupcial, digno de un sultán: "cuja torneada a lo salomónico, de madera granadilla, con más sus colgaduras de damasco carmesí, guarnecida con pasamanos, alamares y flecos de oro", según lo precisó el inventario judicial respectivo.
      Empero, si la enumeración completa de los bienes del causante evidencia el lujo con que Riblos gustaba de rodearse cuando le sonreía la fortuna, sorprende realmente que un traficante como era él, absorbido por sus negocios de surtir al país y a sus comarcas aledañas con toda clase de efectos, géneros y esclavos; de abastecer con millares de mulas y reses, criadas en sus 5 estancias, a los mercados del Alto Perú; de organizar al mismo tiempos vaquerías en la pampa salvaje a fin de despachar para Cádiz navíos repletos de cueros; sorprende - decía - encontrar en casa del aludido empresario capitalista, una selecta biblioteca llena de libros, y no de comercio precisamente. Tal colección impresa constaba de 131 volúmenes - cuya nómina dió a conocer Raúl A. Molina en la revista Historia, con un estudio bibliográfico pertinente -, figurando, en medio del escogido conjunto de textos históricos , religiosos y profanos, dos tomos reveladores de las aficiones nobiliarias de don Miguel: Reglas y establecimiento de la Orden de Santiago, y Definiciones de la Orden de Calatrava.
      Así, en la intimidad de ese ambiente refinado, vivió nuestro personaje con los suyos muchos años: rodeado de esclavos que servían en la mansión colonial (9). Las prendas y adornos costosos - de que dan cuenta los viejos papeles, y que serían pasto de sus acreedores - recatábanse tras la solidez de aquellos muros hogareños. Fuera del recinto, en la puerta principal de la vivienda, como signo manifiesto de riqueza: "un coche encerado con tachuelas doradas, vidriado por dentro y forrado el cielo con damasco carmesí" (que había sido del Obispo Azcona), con la yunta en los tiros y el auriga al pescante, esperaba el momento de conducir por las calles desparejas de entonces al poderoso mercader.
      Junto a lo indicado agrego que, don Miguel compró - no sé a quien ni cuando - un solar pegado al flanco que miraba al sur de la antedicha vivienda; solar que originariamente, en 1580, Garay adjudicó a mi antepasado el conquistador Juan Fernández Enciso y, tres décadas más tarde, perteneció edificado a la sobrina política de éste y remota abuela mía, Catalina de Vera y Guzmán, viuda de Jerónimo López de Alanis. Ese terreno (36 3/4 varas de frente y 66 3/4 de fondo) ubicaríase hoy en la calle Bolívar, enfrente del City Hotel.

      Otros aspectos de la actividad de nuestro personaje

      En 1695 el Obispo Azcona e Imberto llevó adelante una campaña - como ahora se dice - entre los fieles de su diócesis a fin de reedificar la Catedral lugareña (en el mismo sitio que ocupara la primitiva iglesia, y sobre la demolición de su siguiente fábrica, mal construída en 1671, que se había derrumbado). Miguel de Riblos cooperó con Su Ilustrísima afanosamente. Puso tal empeño en lograr la materialización de la obra, que, a la cabeza de un numeroso grupo de vecinos "accioneros", rejuntó 33.600 vacas cimarronas en la pampa, que se enviaron a vender al Alto Perú en beneficio del futuro templo mayor de la ciudad. De esa importante contribución dejó constancia el Gobernador Robles, el 25-I-1696, al expresar como todos los vecinos "habían concurrido con general beneplácito y con especial fomento del Capitán Miguel de Riglos ... siendo su generoso y ardiente celo, al servicio de ambas Majestades, quien facilitó su buen efecto, no solo en las disposiciones previas, que con incansable fatiga ministró su operación, sino también en haber suplido los gastos que se hicieron y se han de hacer en la conducción de las vacas a las provincias de arriba". En mérito de tales servicios, el representante del Rey en el Río de la Plata, el 22-VI-1697, lo ascendía a don Miguel a "Cavo y Gobernador de la Caballería del Presidio", cargo que estaba vacante por fallecimiento de su titular Francisco Duque Navarro.
      Alejado de Buenos Aires el antedicho Gobernador, cómplice, socio y amigo de Riblos, las relaciones de éste con el sucesor de aquel Manuel del Prado Maldonado, dejaron mucho que desear; al punto de que don Miguel se lanzó, sin recatarse en lo más mínimo a despotricar contra el nuevo mandatario. Esa malevolencia pública de mi atávico genitor respecto del primer magistrado local, culminaría en un ruidoso desacato cometido el 15-II-1702, durante las fiestas celebradas con motivo de la coronación de Felipe V.
      Riblos, según parece, desobedeció ciertas órdenes terminantes del jefe supremo de la provincia. La falta debió ser grave y ciertamente escandalosa, ya que a causa de ella Prado Maldonado condenó al culpable a destierro que debía cumplir en la isla Martín García, para de ahí deportarlo a España en el primer navío que zarpase con ese destino. Arrestado, entretanto, en la cárcel del Fuerte, Riblos logró huir, y en busca de "sagrado" se introdujo en las construcciones de la Catedral - que en buena parte debíanse a su munificencia -, y tras la capa protectora del Obispo - "solicitando siempre conmover los ánimos de los vecinos y rebelarse contra dicho Governador" - se estuvo allí cinco meses hasta después del 3-VII-1702, día en que Prado Maldonado entregó el mando a su reemplazante Alonso de Valdés Inclán.
      Por dos veces - el 2 de abril y el 11 de mayo de aquel año 1702 -, mientras su marido permanecía "retraydo en la santa Yglesia Cathedral", Gregoria de Silveryra y Gouvea - personalmente primero y luego através de su pariente y padrino nupcial Francisco Maciel del Aguila - se presentó al Cabildo solicitando testimonios del acta de elección de Riblos como Alcalde en 1682, y de cierta Real Cédula que instruía a los Gobernadores como habían de proceder "en las priçiones de los vezinos y rexidores desta Ciudad". En estos trámites de mover cielo y tierra que la señora hacía para sacar a su consorte del difícil trance en que se hallaba, también ella se dispuso impugnar al asesor legal del Gobernador, Licenciado Esteban Guerrero Barrientos, el cual, sin duda, fue quien aconsejó la prisión y destierro del insubordinado don Miguel. En tal propósito doña Gregoria le mandó pedir al Cabildo una constancia escrita de los despachos por cuya virtud usaba su oficio el letrado aludido. Y aquí la personería del abogado audiencial, consejero de Prado Maldonado, no quedó muy firmemente establecida, ya que los Regidores porteños tuvieron que responderle a la esposa de Riblos, que el título de dicho leguleyo no había sido presentado nunca a ese Cabildo, por lo que la interesada debía de reclamarlo en Charcas; y para salvar la responsabilidad de Guerrero Barrientos, los cabildantes lugareños deshicieronse en elogios de su "literatura, celo, desinterés y limpieza conque se ha portado en cuantas materias se han ofrecido".
      Rehabilitado de su desacato, luego del alejamiento del Gobernador Prado Maldonado, Miguel de Riblos compareció, el 22-XI-1703, a dar su parecer en una "Información" levantada por el Alcalde Juan Bautista Fernández, a fin de requerirle al Rey su venia para instalar en Buenos Aires un monasterio de monjas. Riblos opinó que "es cossa muy lastimosa el que no aya ningún combento de monjas en que poder recoger las hijas de las personas ilustres que componen esta ciudad, que con ansia desean semejante perfección"; ello en perjuicio de "la calificada virtud que concurre en la piedad devota de muchas donzellas nobles", las cuales resueltas a dedicar su vida al servicio de Dios renuncian del todo "a la pompa y fausto del mundo de su expontánea voluntad", y en sus propios domicilios "se reduzen a vivir en el estado de Beatas devajo del voto perpetuo de castidad"; ya que no todas pueden ser conducidas "a uno de los dos Monasterios que hay en la ciudad de Córdoba, que dista de esta ciudad más de ciento veinte leguas". Por tanto, resultaba impostergable fundar un convento para las muchachas porteñas con vocación claustral.

      Las cambiantes relaciones de nuestro personaje con el Cabildo

      Atento siempre a sus intereses, Riblos, el año 1706, pidió al Cabildo "licencia de accionero legítimo de los ganados cimarrones", pues pretendía recoger 1.000 cabezas vacunas para sus estancias de Areco, "por mano de Pedro Izea Aranibar, vecino de Santa Fé" - uno de sus agentes en el litoral del país. Y dos años más tarde, en 1708, el hombre integró de nuevo el cuerpo capitular como Alcalde de 2º voto. Su perseverancia en desempeñar esta función pública se frustró en gran medida; y en la sesión del 20 de octubre leyóse un petitorio suyo de permiso para no concurrir a los acuerdos: "por hallarse falto de salud y padecer unos desbanesimientos de caveza que no puede asistir, así a los cavildos como a las demás cossas que son de su obligación"; con el compromiso de que la ausencia durará "hasta que Dios Nuestro Señor fuere servido de darle mejoría en el achaque que padece". Excusado resulta decir que sus colegas hicieron lugar, sin objeción ninguna, a demanda tan justificada.
      Al año siguiente, Riblos emprende la tarea de suministrarle al Cabildo 30.600 "adoves cocidos" que esa institución necesitaba para construir su nueva casa. Al efecto el contratista quedó encargado de acumular los materiales; algunos de los cuales, casi medio siglo después, utilizarían los arquitectos jesuitas Juan Bautista Prímoli y Andrés Blanqui, para la erección definitiva de la "Casa del Cabildo y Cárcel de Buenos Aires".
      Entretanto, a mi antepasado el municipio le adelantó 2.400 pesos plata, de cuya suma - según rendición de cuentas del 28-V-1709 - Riblos dispuso, hasta esa fecha, 920 con 5 reales en la compra de aquel montón de adobes y de dos carretas nuevas para el acarreo de los mismos. Al aprobar tales gastos, los cabildantes acordaron en el acta respectiva: que esperaban "de un ciudadano de tan conocidas prendas como las que se compone el dicho Don Miguel de Riblos, y de su celo al mejor lustre de este Cabildo", consiguiera en adelante los elementos restantes para empezar la edificación proyectada, "con el fervor que le ministra su gran talento y galantería, en una obra que tubo principio en tiempo en que regentó (don Miguel) la bara de Alcalde".
      Pocos meses después de expresados estos ditirámbicos conceptos, los ediles porteños, lejos de repetir tales elogios, emplazaron a Riblos para que entregara de una vez, los 30.000 adobes del compromiso; pues no obstante el tiempo transcurrido, solo se habían acumulado "20.000 enteros y algunos medios que no son de ningún provecho". También el Procurador Amador Fernández de Agüero le requirió a Riblos la "entrega del dinero que tenía en su poder, con otras particularidades que de él constan", dentro del término de tres días.
      Don Miguel, a todo esto, anduvo con vueltas y chicanas pidiendo testimonios a fin de demorar el asunto. En vista de ello, el 11-VII-1710, el Cabildo acordó que "dentro de un día natural", el emplazado rindiera cuentas de su gestión. El terco de Riblos, entonces, para no satisfacer directamente las justas exigencias del municipio que reclamaba lo suyo, depositó el saldo de 1.479 y 2 1/2 reales, que le quedaban de la suma recibida, en manos del Gobernador Manuel Velasco de Tejada; cuyo numerario, al fin de cuentas, sirvió para "componer los dos calabozos que tiene esta cárcel para seguro de los delincuentes que se ponen en ellos".
      El 29-XII-1710, Miguel de Riblos compró, en 1.600 pesos, el empleo de Depositario General, por lo que el Gobernador ordenó al Cabildo lo pusiera en posesión del cargo. Prestado el juramento de rigor, al distribuirse entre los capitulares la ubicación de cada cual en la formación del cuerpo colegiado, el flamante Depositario protestó porque el lugar que se le señalaba no le correspondía, a su juicio, por no estar inmediato al de uno de los Alcaldes. El Cabildo, a su vez, se negó a complacer al reclamante, aduciendo que todos los Depositarios habíanse sentado allí donde Riblos no quería permanecer. Resentido por ello don Miguel resolvió dejar de concurrir al Ayuntamiento, so pretexto de que "estava yndispuesto". Más viendo el Cabildo que "desde que se recibió el dicho don Miguel de Riblos da la mesma respuesta y escusa, siendo así que se halla bueno y sano, y que en las ocurrencias de los actos públicos y fiestas de tablas de la obligación, bá a ellas y se asienta en el coro y en otros asientos a vista del Cavildo, faltando a lo dispuesto por reales ordenanzas, se acordó se le embíe recado con el Escribano amonestándole ocurra en cumplimiento de su obligación a los ayuntamientos". Riblos, empero, lejos de someterse a la disciplina del cuerpo, el 11-V-1711 presentó un escrito reclamando el asiento contiguo al del Alférez Real; pretensión que sus colegas deshecharon, pues no se "deve dar otro lugar que el que le toca por su antigüedad y el que han tenido sus antecesores". Por lo demás, los fiadores del Depositario, "hasta la cantidad de 4.000 pesos", fueron los Capitanes Pedro de Saavedra, Juan Maciel del Aguila y Miguel de Esparza, quienes suscribieron la respectiva escritura casi tres años más tarde.

      Sic trancis gloria mundi

      El 11-II-1713, el Alcalde Alonso de Berezosa Contreras planteó el caso, en el Cabildo, por que el Depositario Riblos - custodio público de caudales menores, de censos retenidos y de otros depósitos en efectivo - "se avía refugiado" en el Colegio de los padres jesuitas en razón de "hallarse ejecutado por diferentes cantidades de dinero"; circunstancia que obligó al Cabildo a mandar a su Procurador ante el Gobernador, a fin de pedirle ordenara a los Escribanos de su ministerio se hicieran cargo de todas las sumas que Riblos retenía en su poder.
      Es que, de tiempo atrás, la solidez económica de mi antepasado empezaba a desmoronarse. Entre otras obligaciones financieras que se le vinieron encima, don Miguel había dejado pendiente una deuda de 4.400 pesos, en concepto de ciertas alhajas que Juan Goicochea le remitió de España en 1698, en los navíos del "Maestre" Carlos Gallo. Y sucedió que al no poder pagársela al apoderado de Goicochea - Manuel de Ibarbals -, que con otros acreedores lo asediaban constantemente, Riblos optó por "refugiarse" en el Colegio de la Compañía de Jesús. Su actitud dió motivo para una demanda judicial en contra suya, ante el Alcalde González de la Quadra; y defensor del demandado, en dicho pleito, fue Antonio de Larrazabal.
      Las fuertes deudas dejadas por el Gobernador Robles que, como dijimos más atrás, tuvo que soportar aquí su implícito socio Riblos; los quebrantos sufridos por muchos capitalistas metropolitanos vinculados al tráfico con el Río de la Plata; la paz de Utrech que, si bien puso término a la guerra llamada "de sucesión" en España, benefició a Inglaterra en perjuicio del comercio español; estos y otros factores acarrearon el desastre económico de don Miguel; cuyo concurso de bienes, a partir de 1714, se ventiló ante la justicia bonaerense - inicialmente ante el Juez Juan José de Mutiloa y Andueza,siendo en adelante administrada la fortuna por un Síndico que nombraron sus acreedores: el Capitán Pedro de Saavedra , que fuera uno de los fiadores del ejecutado.
      Y llovieron las demandas contra el concurso de Riblos: Francisco de Ribera, vecino de Madrid, por una fuerte suma; Francisco de Salinas, por 3.000 pesos que el causante se había obligado a pagar a Martina de Castro con domicilio en Cádiz; Francisco Díaz Cubas y sus hijos, por 2.000 pesos; Francisco Antonio Justiniano, residente de Sevilla, por 40 mil y tantos pesos; el Gobernador Zabala, sobre entrega a las Reales Cajas de 2.000 pesos, que dej{ó en poder de Riblos su antecesor José Garro; el convento de San Francisco, mediante su Síndico el Capitán Tomás de Arroyo, por bienes obligados a censo; el Convento de los frailes mercedarios, asimismo por contribuciones censatarias semejantes. También el Canónigo Juan Fernández de Agüero tenía dinero que cobrar; y, entre numerosos acreedores, Bartolomé Chavarrí, Felipe Alcayaga, Fray Leandro Alvarez Almirón, Isabel Castaño Becerra - esposa del Capitán Juan Rojas -, María Matos Encinas, y la propia Compañía de Jesús, donde el insolvente había buscado asilo, se lanzaron sobre sus bienes.
      Sic trancis gloria mundi, pudo repetirse el otrora poderoso Riblos al abandonar arruinado los claustros jesuíticos a fin de hacer entrega de las propiedades suyas a quienes lo apremiaban a saldar créditos y cuentas atrasadas. Empero, nuestro infatigable hombre de empresa, magüer su bancarrota y el haber abandonado en manos de un Síndico la administración de sus intereses, todavía, el 17-III-1716, le pidió al Cabildo licencia para recoger ganado vacuno "en la otra banda del río"; licencia que los Regidores acordaron: "sin embargo de ser el susodicho uno de los principales que han disfrutado estas campañas de dicho ganado, y tenido más utilidad que otro ninguno, atento ser notoria la falta que hay de dicho ganado para el abasto de la ciudad". Por ello el permiso se dió, aunque "so pena de perdimiento de la tropa y aperos", en caso de no llevar el interesado los animales a sus estancias; como asimismo sino designase, para ejecutar el trabajo, a una persona recomendable, "asignando el tiempo en que ha de hacer la recogida".

      Los tres desposorios de Riblos y su paso al otro mundo

      Don Miguel - según oportunamente se dijo - casóse de muchacho al comenzar su carrera, el 30-IX-1673, con Gregoria de Silveyra y Gouvea, la cual falleció el 30-VII-1707, sin haberle dejado descendencia. Ante esta doble desgracia, el cónyuge supérstite, no obstante su edad requete madura, de ningún modo se resignaría a quedar sin progenie, tal como aparentemente lo condenaba el destino. Por eso el 3-X-1709, ya sesentón cumplido, resolvió maridarse de nuevo con una jovencita de apenas 21 primaveras: María Leocadia de Torres Gaete. (Ver sus antecedentes genealógicos en los apellidos Torres Salazar, Gaete, Izarra, Hurtado de Mendoza, etc, etc.).
      Nueve meses antes de dar por cumplida religiosamente esa alianza, en una escritura dotal, autorizada el 3-I-1709 por el Notario Juan Castaño Becerra, el sexagenario novio expresó respecto a su tierna apalabrada ("doncella, la califica el documento), "que como la cantidad que se me ha prometido de dote no es bastante para que pueda - María Leocadia - vivir conforme a su calidad, estoy de acuerdo de la dotar de mis propios bienes en diez mil pesos corrientes de a ocho reales". Estas arras las concretó Riblos con el aporte de 5 esclavos negros, 9 cuadros al óleo y distintas alhajas, muebles, alfombras, ropas, enseres y una silla de manos con clavazón de bronce.
      Y bien, a propósito de esa pareja tan despareja de antepasados míos - si las fechas documentales no mienten -, pondré de relieve que el 3-X-1709 se consagraba el matrimonio de entrambos, y que a los 8 meses y 26 días del suceso, el 29-VI-1710, el único fruto de la unión de dichos cónyuges, la niñita Leocadia Francisca Xaviera de Riglos y Torres Gaete, fue llevada a la pila de la Iglesia Catedral por sus padrinos Antonio de Anuncibay y la hija de éste; y que el nacimiento de la párvula se había producido "ocho meses y tres días" antes de la aludida cristianización; vale decir que la criatura vino al mundo el 26-X-1709, exactamente 23 días después de la boda religiosa de sus padres. Esto comprueba que "la doncella" - como calificara Riblos 9 meses atrás a su prometida - había dejado de ser tal inmediatamente después de firmado aquél contrato de dote, el 3-I-1709.
      De cualquier manera la suerte se mostró nefasta con la precoz madre de familia. María Leocadia de Torres Gaete enfermó gravemente a los dos meses de su alumbramiento primerizo, para morir enseguida el 30-X-1710, bajo testamento otorgado un año antes, el 24-X-1709.
      Después de todo,si con la muerte de su compañera el viejo Riblos no quedó definitivamente abatido, fue porque su vitalidad asombrosa era capaz de reverdecer cada vez que una mujer joven se cruzaba en su camino, y como esta circunstancia se presentó precisamente con Josefa Rosa de Alvarado y Sosa, aquél resolvió casarse con ella.
      La muchacha procedía de excelente cuna. Bautizada el 10-II-1690, de recién nacida perdió a su madre y, a poco andar, a su padre; Isabel de Sosa y Terra y José de Alvarado y Hoz, respectivamente; por cuya causa quedó la huérfana bajo la adopción solícita de Pedro de Vera y Aragón y de su cónyuge Beatriz Jufré de Arce; quienes al morir le dejaron a su ahijada una sólida fortuna, con la esperanza de que la niña se consagrara de por vida a la Iglesia. En tales piadosas vísperas de ingreso al convento hallábase la inminente monja, cuando Miguel de Riblos la requirió de amores; y luego de corrido un año de otorgada la pertinente escritura del contrato esponsalicio (13-III-1711) - seguido el compromiso por condigna posesión fisica -, el enlace se santificó el 4-III-1712 en la Catedral porteña por oficio del Deán Provisor y Vicario del Obispado, Domingo Rodríguez de Armas, en presencia, "fuera de otros muchos", de Diego de Sorarte, de Pedro González y de Antonio de Avellaneda. Y justo al mes y diez días de la ceremonia, el 14-IV-1712, la consorte de Riblos echaba al mundo un varón que recibió los nombre de José Ignacio Xavier.
      Según se ve, las ansias del protagonista de esta historia por convertirse en patriarca, se anticiparon a las bendiciones sacramentales, una y otra vez, con aquellas dos mozas distinguidas que supo escoger para madres de su estirpe. Esto, desde luego, no sin previamente suscribir sendos contratos maritales protocolizados ante Escribano Público y testigos, en cuyos documentos el otorgante llama "esposa" en legal forma, a la mujer elegida para compañera de su vida.
      Sabido es, por lo demás, que, en estricta teología, los verdaderos ministros del sacramento matrimonial resultan los propios contrayentes, siendo el párroco solo un testigo autorizado que bendice la alianza y aprueba como buena la decisión del hombre y la mujer de unirse religiosamente para tener hijos, hasta que la muerte los separe. El matrimonio con la dignidad de sacramento es pues, el mismo contrato, si este se celebró con el consentimiento formal de los esposos, en presencia de testigos y conforme a derecho.
      En verdad no hace falta recalcar que la dogmática católica se sabía y se practicaba en la sociedad bonaerense de hace tres centurias, profundamente religiosa y circunspecta, donde todos los vecinos se conocían, y donde el culto por la honra femenina se guardaba con inflexible rigor. Dentro de esa costumbre se ató y reató a los lazos nupciales mi antepasado Riblos, en el dilatado curso de su existencia familiar. Y todavía, a la edad de 70 años (límite excepcional para ciertos hombres de las funciones generativas, según opinan respetables fisiólogos), tuvo la satisfacción de verla alumbrar a su tercera consorte, en mayo de 1719, el último vástago de su sangre.
      Sin embargo, dos meses después, el 31 de julio, "enfermo en la cama de la enfermedad que Dios Nuestro Señor se ha servido de me dar", don Miguel hizo llamar a su casa al Escribano Domingo Lazcano, ante quien otorgó las disposiciones que sus albaceas habrían de cumplir luego de su muerte. Ordenó fuera sepultado su cuerpo en la Capilla de San Pedro de nuestra Catedral, "de cuya cofradía soy hermano". Declaró por legítimos herederos a su mujer y a sus hijos de ambas nupcias, los que quedarían bajo la tutela de ella. Por último dió poder al Vicario del Obispado Doctor Francisco Reina, y a los Capitanes Antonio de Merlo y Antonio Gallegos, los cuales con su mujer doña Josefa Rosa, de acuerdo a lo que les había requerido verbalmente, y a lo que hallarían en sus libros y papeles, ordenaran su testamento. Y una semana más tarde, el 6-VIII-1719, el causante dejaba de existir. Así lo hicieron constar dichos albaceas al protocolizar, el 6 de diciembre siguiente, aquella disposición testamentaria. [2]

  • Fuentes 
    1. [S112] Los Antepasados, A lo largo y más allá de la Historia Argentina, Ibarguren Aguirre, Carlos Federico, (Trabajo inédito).

    2. [S112] Los Antepasados, A lo largo y más allá de la Historia Argentina, Ibarguren Aguirre, Carlos Federico, (Trabajo inédito), Tomo IX, Los Riglos (Confiabilidad: 3).