Pedro Antonio Castro González

Varón 1790 - 1867  (77 años)


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  • Nombre Pedro Antonio Castro González 
    Nacimiento 1790  Seclantás, Salta, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar. 
    Sexo Varón 
    Fallecimiento 15 Oct 1867  Seclantás, Salta, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar. 
    ID Persona I5269  Los Antepasados
    Última Modificación 13 Mar 2010 

    Padre Feliciano Castro Aguirre,   n. Potosí, Bolivia Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar. 
    Madre Margarita González Reyes 
    Casado 16 Ene 1774  Salta, Salta, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar. 
    ID Familia F3127  Hoja del Grupo  |  Family Chart

    Familia Florentina Matilde Sancetenea Morel de la Cámara,   n. 2 Mar 1797, Seclantás, Salta, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.,   f. 27 Feb 1858, Seclantás, Salta, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.  (Edad 60 años) 
    Casado 1812 
    Hijos 
    +1. Casiana Castro Sancetenea,   n. 13 Ago 1815, Oruro, Oruro, Bolivia Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.,   f. 15 Jul 1901, Seclantás, Salta, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.  (Edad 85 años)
     2. Margarita Castro Sancetenea,   f. 24 Dic 1895, Seclantás, Salta, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.
    +3. Rosaura Castro Sancetenea,   n. 1832, Salta, Salta, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.
    +4. Luis Castro Sancetenea
    +5. Baldomero Antonio Castro Sancetenea,   n. 6 Nov 1827, Salta, Salta, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.,   f. 10 Oct 1867, Salta, Salta, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.  (Edad 39 años)
    Última Modificación 1 Ago 2010 
    ID Familia F3126  Hoja del Grupo  |  Family Chart

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  • Documentos
    Castro González, Pedro Antonio
    Castro González, Pedro Antonio
    Biografía Histórica
    por Carlos F. Ibarguren

  • Notas 
    • PEDRO ANTONIO CASTRO Y GONZALEZ - mi tatarabuelo - nació en Salta por el año 1790. En 1811 sentó plaza de Sargento en la "Tercera compañía del Segundo Escuadrón de Patricios", cuyo regimiento, como es sabido, integró la expedición a las provincias norteñas, bajo el mando militar, entonces, del General Antonio González Balcarce, y la orientación ideológica de Juan José Castelli.
      Hacia el año 1812 el muchacho se casó con Matilde de Sancetenea y Morel de la Cámara, quinceañera niña de notoria relevancia social; bautizada, "de un día", el 3-III-1797 (hija de José Calixto de Sancetenea, nativo del país vasco, y de la salteña María Manuela Morel de la Cámara). Poco después, impulsado por su hermano Saturnino, Pedro Antonio se pasó al ejército realista, y en clase de oficial subalterno participó en la batalla de Salta. Así consta en el documento "Estado que manifiesta los jefes, oficiales, sargentos, cabos y soldados del ejército de Lima que, a consecuencia del tratado de 20 del corriente, prestaron juramento de no tomar las armas contra las Provincias Unidas del Río de la Plata'; documento que firmó el Mayor patriota Eustoquio Díaz Vélez, el 27-II-18133, y donde figura el Teniente "don Pedro de Castro".
      Vencido y capitulado en dicha jornada, el prisionero, al recobrar su libertad, trasladose con su joven esposa a Charcas, donde el Arzobispo Moxó y Francolí absolvió colectivamente de su juramento inhibitorio a los derrotados por Belgrano. Ello descargó de escrúpulos la conciencia de mi tatarabuelo, que incorporado a las tropas de Pezuela asistirá a los triunfos de Vilcapujio y Ayohuma, lo cual le valió el ascenso a Capitán.
      El año siguiente, Pedro Antonio toma parte en la sublevación de su hermano Saturno, destinada a sacarle los efectivos a Pezuela a fin de apoyar y decidir con ellos la causa revolucionaria americana. Pero - como sabemos - fracasa la intentona. Al Coronel responsable "lo pasaron por las armas el día primero de éste en Moraya a las diez del día; su hermano está preso y otros varios oficiales en Suipacha y en la cárcel de "Tupiza" - según información recogida, días más tarde de un desertor realista, por el Comandante patriota Alejandro Heredia.
      Al poco tiempo, sin embargo, Pedro Antonio Castro fue indultado; y como lo consigna su camarada García Camba, "continuó sirviendo con honra en el ejército real, hasta la funesta disidencia del General Olañeta"; aunque José María Paz, en sus difundidas Memorias, apenas lo aluda a mi tatarabuelo - que alcanzó el grado de Coronel -, y diga que los españoles "jamás le confiaron puestos ni mando de importancia".

      Las sucesivas invasiones realistas

      A partir de 1810 las invasiones militares "godas" sobre el actual territorio argentino del noroeste, siempre rechazadas por los guerrilleros de Salta y Jujuy - solos o en cooperación con los ejércitos regulares de la patria - fueron 9, a saber:

      1ª.- La que comandó el General Vicente Nieto, desbaratada por las tropas de Buenos Aires al mando de Balcarce en Suipacha el 7-XI-1810, en cuya acción Güemes participó decisivamente al frente de las milicias de Tarija y Salta, las cuales sufrieron el mayor porcentaje de bajas. Es de notar que en el parte de batalla redactado por Castelli, se omite el nombre de Güemes, lo que se presta a todo género de suspicacias.
      2ª.- La que trajo el General Pío Tristán y resultó derrotada por Belgrano en las memorables batallas de Tucumán y Salta (24-IX-1812 y 20-II-1813). En la última acción peleó por el Rey, con el grado de Teniente, Pedro Antonio Castro.
      3ª.- La de los Generales Pezuela, Ramírez y Tacón, después de Vilcapujio y Ayohuma, rechazada en 1814 por los gauchos de Güemes. Aquí no me consta la participación de mi tatarabuelo en la vanguardia que operó en Salta a las órdenes de su hermano Saturnino.
      4ª.- La del General Pezuela, cuya avanzada quedó deshecha en Yavi, el 14-IV-1815, en el "Puesto del Marqués" (del Valle del Tojo) por una columna patriota subordinada al General Fernández de la Cruz. Güemes resultó el campeón en dicha sorpresa; con una carga fulminante de sus gauchos arrolló completamente a los realistas. Creo que en este combate no intervino Pedro Antonio Castro, detenido, como estaría, después del abortado golpe insurreccional de su hermano Saturno, en septiembre de 1814.
      5ª.- El último intento de Pezuela, luego de sus éxitos de Venta y Media y Sipe Sipe, antes de entregarle el mando a La Serna. Esta ofensiva fué contenida en los límites de Jujuy el año 1816 por los guerrilleros de Güemes. Ignoro si mi antepasado Pedro Antonio combatió en esas circunstancias, pero se me ocurre que no.
      6ª.- La gran entrada de La Serna, con 4 ó 5 mil hombres hostilizados día por día, desde enero hasta julio de 1817, y repelidos finalmente gracias a las montoneras salteñas y jujeñas que comandaba Güemes. En dicha invasión sí tomó parte, ya como Coronel, Pedro Antonio Castro, y en ella lo hirieron y quedó mutilado para toda la vida. Tal contratiempo y otros lances bélicos de mi tatarabuelo realista, se detallarán como es debido, más adelante.
      7ª.- Los ataques conjuntos del Brigadier Pedro Antonio Olañeta y del Coronel Jerónimo Valdés (futuro Conde de Torata), quienes ocuparon la ciudad de Jujuy el 14-I-1818, pero mediante cruentas refriegas resultaron rechazados por las milicias gauchas el año 1819. En estas guerrillas no estuvo Pedro Antonio Castro, convaleciente de su grave herida en la garganta recibida en la campaña anterior.
      8ª.- La invasión del ejército de Ramírez de Orozco, de Canterac y del mismo Olañeta el año 1820, fuerte en 5.000 hombres, de cuyas resultas aquellos jefes se apoderaron de la ciudad de Jujuy el 24 de mayo, y seguidamente de la de Salta, el 31 de dicho mes. Los invasores, luego de soportar duros encuentros, evacuaron a Salta el 5 de julio, y se retiraron hostigados sin cesar hasta Tupiza. En esta campaña actuó el Coronel Pedro Antonio Castro, pues, en febrero 1820, con su regimiento de "Dragones Americanos", capturó en Chocoite - hoy departamento de Yavi, entonces feudo del célebre Marqués - a una partida de 23 guerrilleros con su jefezuelo, un coya llamado Chuichuy, vástago del cacique Cochinoca. (García Camba recuerda en sus Memorias esta acción, y por error dice "Chucuity" en vez de "Chocoite", y así lo repite también Yaben en sus importantes Biografías).
      9ª.- La entrada de Olañeta en 1821, cuyas fuerzas invasoras enfilaron por la Quebrada de Humahuaca en continuas luchas con el gauchaje nativo. El Coronel Guillermo Marquiegui, cuñado de aquel jefe, avanzó con una columna hacia Jujuy, pero en el paraje de "León" fué rodeado, derrotado y rendido (24 de abril; "Día Grande de Jujuy") por el Gobernador José Ignacio Gorriti, sustituto de Güemes. Guillermo Marquiegui había perdido un brazo en Sipe Sipe, y perdió en León el sano que le quedaba, y manco del todo cayó prisionero, juntamente con su hermano Felipe, mal herido también en la pelea. Olañeta entonces replegose hacia Tilcara; y poco después, desde la frontera del Alto Perú, despachó una división de 600 infantes a órdenes del Coronel José María Valdés, alias "el Barbarucho", quien avanzó por Purmamarca, costeó la serranía de las Tres Cruces y del Chañi, dejó atrás el cerro Negro y el de las Nieves, y por las quebradas de Lesser y de los Yacones se descolgó sigilosamente hacia la ciudad de Salta. En una verdadera "operación de comandos - que diríamos hogaño - penetró "el Barbarucho", agazapado de noche al recinto urbano el 7-VI-1821; y sus hombres se tirotearon con el propio Gobernador Güemes, alcanzándolo con el balazo de cuyas resultas, diez días más tarde, moriría el Caudillo salteño. Es de advertir que el nombre de mi antepasado Castro no figura en ninguno de estos ataques dirigidos por Olañeta y rematados en aquel audaz golpe de mano.

      Algo más sobre los Generales Pezuela y La Serna

      Como es sabido, para suceder al Marqués de la Concordia José Fernando de Abascal, la Corona designó Virrey del Perú al General Joaquín de la Pezuela Sánchez de Aragón. (Poco antes de su muerte, el 8-II-1830, don Joaquín fué agraciado con el título de Marqués de Viluma, nombre con que el vencedor recordaba a la batalla de Sipe Sipe; siendo, por tanto, 2º Marqués, su hijo Juan Manuel de la Pezuela y Ceballos, futuro Conde de Cheste, militar, político, traductor, poeta y comediógrafo de conocida figuración).
      Instalado Pezuela en Lima al frente del Virreinato, y, por otra parte, habiendo sido nombrado el segundo jefe del ejército altoperuano, Juan Ramírez de Orozco, Presidente de la Real Audiencia de Quito, tomaron a su cargo aquellos respectivos comandos vacantes, el General La Serna y su segundo el Coronel Jerónimo Valdés; a quienes vinieron a quedar subordinados los aguerridos cuerpos americanos que - bajo al inmediata responsabilidad del Brigadier Olañeta - condujera Pezuela repetidas veces a la victoria: los "Partidarios del Rey", los "Cazadores de Castro" () y el batallón "Cuzco", todos de infantería; constituyendo la tropa montada los escuadrones "San Carlos", "Cazadores a Caballo", "Chichas" y "Dragones Americanos" - estos últimos mandados por el Coronel Pedro Antonio Castro. Todas esas unidades recibieron el refuerzo de cuatro contingentes españoles, fogueados en la guerra napoleónica, y que acababan de triunfar en Venezuela a las órdenes del General Pablo Morillo (futuro Conde de Cartagena y Marqués de la Puerta), a saber; "Húsares de Fernando 7º", "Dragones de la Unión", "Gerona" y "Extremadura"; amén de los "Granaderos de la Guardia", la disciplinada escolta de La Serna.
      En su totalidad, dicho ejército en operaciones se aproximaba a los 7.000 hombres, con 12 ó 16 piezas de artillería, maestranza e impedimenta - caballos de pelea y mulas de marcha -, cuya fuerza debía abrirse paso hasta Córdoba, donde esperaba reunirse con otro ejército igual, que vendría de Chile, por Mendoza, para caer ambos conjuntos armados sobre Buenos Aires, y sofocar allí definitivamente la revolución.
      A tal propósito el Virrey Pezuela había despachado para Chile el famoso regimiento "Talavera" mandado por el no menos célebre Brigadier Rafael Maroto, quien sería derrotado por San Martín, el 12-II-1817, en la batalla de Chacabuco, que le abrió al General argentino las puertas del país transcordillerano.
      El nuevo Comandante General José de La Serna y Martínez de Hinojosa (futuro Virrey del Perú y, tras ello, Conde de los Andes) era un artillero distinguido, cuyo valor habíase probado en el sitio de Zaragoza, a las órdenes de Palafox, contra las tropas francesas de Napoleón. En la ciudad heroica, él hizo volar personalmente un puente en defensa de los conventos de San José y de Capuchinos, y se sostuvo también aferrado a los torreones de la gloriosa "Puerta Quemada", hasta que cayó prisionero. Cuando la guerra allí hubo concluído, el Rey lo ascendió a General, con encargo preciso de aplastar, en estos dominios americanos, la insurrección separatista que se impulsaba desde Buenos Aires. Según descripción hecha al historiador Bernardo Frías por algunos viejos allegados a la familia de los Valdés Hoyos, en cuya casa La Serna se hospedó en Salta, éste era "un militar como de 45 años, bastante cano, de regular estatura, un poco grueso, moreno, bizarro y buen mozo". Y Dámaso Uriburu Hoyos recuerda en sus Memorias que La Serna "era un hombre alto, de majestuosa presencia y de una fisonomía de las más nobles que haya visto jamás el autor".

      Pónese en movimiento la invasión de los "maturrangos"

      El 24 de diciembre de aquel año 16, el Brigadier Olañeta - con su vanguardia fuerte en 2.000 hombres, incluído el regimiento "Dragones Americanos" a cargo del Coronel Pedro Antonio Castro, y 6 cañones - avanzó decididamente sobre Humahuaca, derrotando a su guarnición y apoderándose de la villa al día siguiente.
      Luego de este éxito inicial, Olañeta, a fin de despejar el flanco izquierdo de su tropa, despachó para Orán un destacamento a las órdenes de su cuñado el Coronel Guillermo Marquiegui, en tanto él proseguía su arrolladora marcha, dispersando a las distintas partidas de gauchos que trataban de detenerlo, para entrar en la ciudad de Jujuy el 6 de enero.
      La Serna, a todo esto, se hallaba en Yavi con el grueso de su ejército. Confió al General Tacón la defensa de las provincias de Charcas y Potosí, y al Brigadier O'Reilly el mando de las subdelegaciones de Chichas y Cinti, y con el resto de sus fuerzas penetró por el áspero desfiladero humahuaqueño rumbo a Jujuy, detrás de la división de Olañeta que acababa de allanarle el camino.
      El ejército realista estableció entonces su Cuartel General en San Salvador, constantemente hostilizado por los comandantes de Güemes; Francisco Pérez de Uriondo, desde el norte por Tarija; Manuel Eduardo Arias - quien detuvo el avance de Marquiegui en Orán, y, reforzado por Juan Antonio Rojas, logró desbaratar a Olañeta que había acudido en socorro de su cuñado, y, más tarde, Arias tuvo la fortuna de apoderarse de Humahuaca, a retaguardia del enemigo. Por el lado de Jujuy, guerrilleaban José María Pérez de Urdininea, Bartolomé de la Corte, José Gabino Quintana, Angel María Zerda, Vicente y Jorge Torino; alcanzando triunfos parciales en "El Molino", "Los Alisos", "Perico" y "San Pedrito"; mientras Francisco "Pachi" Gorriti y Apolinario "Chocolate" Saravia desplazábanse, de acá para allá, al frente de las reservas patriotas.
      No obstante esa seguidilla de contrastes, La Serna - aunque convencido de que por la inesperada victoria de San Martín en Chile ya no le sería posible llegar con sus legiones a Córdoba, y mucho menos plantar sus banderas en Buenos Aires -, decidió avanzar el 13 de abril sobre la ciudad y valle de Salta, a fin de darle a Güemes el golpe de gracia.
      Las partidas gauchas, por su parte, hostigaron sin tregua la embestida de los "godos" - o "maturrangos" como se les decía -, redoblando su resistencia hasta "La Caldera", en cuya localidad pernoctaron los invasores el día 14, para reanudar la marcha el 15, fecha en que todas las tropas de La Serna desembocaron "en la gran llanura o pampa de Castañares", extendida frente a la ciudad de Salta.

      Las tácticas de Güemes y una equivocación sangrienta de Castro y de García Camba

      En ese punto el Gobernador Güemes había desplegado en línea su caballería - cerca de 2.000 jinetes, sin contar a las guerrillas dispersas -, aparentemente decidido a defender a la población; cuyos edificios altos, sus torres, azoteas, tejados y miradores, estaban atestados de curiosos - viejos, mujeres y niños - dispuestos a "balconear" la inminente pelea; mas cuando los realistas se lanzaron a la batalla, Güemes deshizo su formación, y sus hombres se internaron por las calles de la ciudad, atravesándola de parte a parte, mientras los soldados de La Serna trataban de dar alcance a esos gauchos que se les iban de las manos.
      Cuenta García Camba en sus Memorias, que los primeros que atravesaron en la forma dicha la traza urbana y salieron al campo llamado de las Carreras, por cuyo extremo corre el río Arias, fueron el Coronel Pedro Antonio Castro, el Capitán de "Dragones de la Unión" José Auxeró, y el propio Andrés García Camba - entonces Capitán de los "Húsares de Fernando 7º" - con algunos soldados a caballo.
      Entre los grupos enemigos que por diferentes calles también desembocaban al campo citado, notose a un jinete que llevaba poncho color de rosa y sombrero redondo de felpa, y el Coronel Castro dijo; "Ese es Güemes". El Capitán Camba que montaba un raudo bridón regalo del Virrey Abascal, contestó inmediatamente; "Si ustedes me sostienen, le alcanzo". Recibida la respuesta afirmativa todos dieron rienda suelta a sus corceles. Poco tardó Camba en ponerse al costado del presunto Güemes, mandándole detener y que ser rindiese; mas el hombre, sin contestar, si bien disminuyó la velocidad de su cabalgadura, echó mano a una pistola en ademán de servirse de ella. Recibió entonces un sablazo en la mano, que lo obligó a soltar dicha arma, en tanto un húsar que seguía a su Capitán disparó la tercerola y derribó al enemigo que ofrecía rendirse ya herido de muerte. "Castro - prosigue García Camba - en lugar de Güemes, como había creído, reconoció a su paisano Senarrusa (Pablo), oficial de caballería enemiga, que fué seguidamente conducido a su propia casa y asistido con esmero por los facultativos españoles, aunque inutilmente, porque aquella misma noche expiró en los brazos de sus inconsolables madre y hermanas, quienes informadas por el Coronel Castro de las circunstancias de la desgracia que lloraban, hacían justicia a los vencedores".
      Así cayó Salta en manos de La Serna, perdiendo - según García Camba - entre muertos, heridos y prisioneros, más de 100 hombres los patriotas y poco más de 30 los del ejército real. En seguida con el doble propósito de surtir a las tropas de ganado vacuno y de dar con los hombres de Güemes en campo abierto, a fin de inflingirles, a sablazo limpio, un escarmiento definitivo, el mando español despachó una serie de expediciones escalonadas. La primera de ellas salió de la ciudad el 17 de abril, bajo la responsabilidad del Coronel Antonio Vigil. Incursionó 5 leguas sobre los cerros del suroeste, hacia el paraje "del Encón", sin hallar oposición ninguna, regresando al punto de partida con algunas reses de consumo y unas pocas mulas mansas.
      La segunda columna expedicionaria realista púsose en marcha el día 18, a las órdenes de mi tatarabuelo, el Coronel Pedro Antonio Castro, quien, luego de un merodeo por el camino de la Pedrera, hacia la Isla, y por la "Hacienda de Burgos", entre el río Arias y las serranías del naciente, tornó a Salta sin novedad.
      Otra columna subordinada al Coronel José Carratalá intentó desplazarse hacia la "Hacienda de Martiarena" el día 19 de abril, más al vadear el río Arias resultó tiroteada por los gauchos del Comandante Burela, que obligaron a Carratalá a replegarse después de sufrir serias bajas entres su gente.
      En la tarde del mismo 19, salió la cuarta expedición compuesta por el batallón "Gerona" y 180 hombres a caballo, al mando del Coronel Vicente Sardina, rumbo a la estancia "El Bañado", a 10 leguas de Salta, donde Güemes había establecido su cuartel general. Sardina marchaba con la idea de sorprenderlo a Güemes, pero éste fué quien lo sorprendió a él. Escondidos en un bosque, los montoneros de poncho y tacuara cargaron repentinamente sobre los españoles a lanzasos. Persistió Sardina en avanzar hasta la quebrada de Escoipe, que da acceso al valle Calchaquí. En los "Cerrillos" sufrió otro cruento entrevero, a consecuencia del cuál el Coronel resultó alcanzado por un balazo mortal. Otra sorpresa les estaba reservada a los invasores en "El Bañado"; y otra en Chicoana; y otra en el cerro de Pulares; y otra en la Viña, con cinco emboscadas seguidas en Rosario de Lerma, desde cuyo punto se volvieron los expedicionarios maltrechos a Salta; agonizante Sardina en una camilla, para morir a las pocas horas de llegar a la ciudad.

      Se retira el ejército del Rey. Castro es herido de gravedad

      Constantemente hostigado por las partidas gauchas, La Serna comprendió cuán ineficaz había sido esa invasión al territorio salteño, y lo imposible que le resultaría adelantarse a Tucumán. Por lo demás, el 2 de mayo se supo concretamente en Salta la noticia de la ocupación de Chile por San Martín. En tal circunstancia la campaña dispuesta por La Serna ya no tenía razón de ser. Así pues, el referido Jefe, dispuso la retirada total de sus fuerzas hacia las posiciones de Mojo y Talina; y el 4-V-1817, por la noche, los soldados del Rey partían más o menos subrepticiamente del valle de Lerma.
      Con su retaguardia picada sin cesar por enjambres de enemigos, los españoles llegaron dos días después a Jujuy, y como aquí tampoco podían conservarse, el 13 de mayo, la otrora arrogante hueste ofensiva rompió la marcha hacia el Alto Perú.
      Durante 18 días interminables, penosamente hubieron de recorrer dichas formaciones la quebrada de Humahuaca. El 1º de junio todo aquel ejército - sus distintos cuerpos, hospital, parque y bagajes - quedó reunido en Tilcara. Pero como las subsistencias escaseaban, al otro día (2 de junio) el Coronel Pedro Antonio Castro salió de Tilcara al frente de 220 hombres, hacia la "Quebrada del Durazno" en busca de ganado para racionar a la tropa; "operación - comenta Frías - a la que se ofrecía con señales de ventaja por ser salteño y, por lo mismo, gaucho, sin duda algo práctico en tales correrías". ("Durazno" queda en la falda Este de los cerros atrás de Tilcara, a unos 60 kilómetros de este pueblo, y era, a la sazón, estancia del Capitán jujeño Manuel Alvarez Prado, oficial de milicias del Comandante Arias). La susodicha hacienda resultó saqueada por Castro, mas este solo logró apropiarse de 20 vacunos.
      Entretanto el Capitán Alvarez Prado y sus "payucas" en armas, reforzados por la partida del Teniente José Ximénez, acechaban detrás de las montañas. Y el 6 de junio, no bien tuvieron a tiro al piquete depredador con su escaso arreo, "en un punto algo favorable - según el parte de dicho Capitán a Güemes - tuvimos una guerrilla fuerte con las pocas municiones que nos acompañaban, y estas, en los primeros tiros, dieron fin, y empezamos a hacerles rodar piedras en las faldas, y de este modo conseguí tomarles 4 prisioneros con sus fusiles, 10 muertos, y de igual modo abandonaron todas las cargas de víveres que llevaban".
      Consecuencia de esta sorpresa fué que Pedro Antonio Castro, "hombre iracundo, de palabra áspera y agresiva - al decir de Bernardo Frías -, saliera gravemente herido, y que llevara por todo lo que le restaba de vida el recuerdo de esta jornada, como que una bala de la Patria le entró por el cuello, y atravesándole la lengua, se la dejó para siempre torpe para hablar".
      Ello resultó así, en efecto; y ahora me explico yo porque, siendo niño, en ocasión de atorarme con la comida, o cuando debido a una papa caliente que bailaba sobre mi lengua profería algún sonido gutural, mi abuela Margarita me decía por broma; "es la bala del abuelo Castro m' hijito".

      La ruptura de Olañeta con La Serna

      Tras de aquella cruenta y desastrosa campaña de La Serna, Pedro Antonio Castro siguió incorporado a las filas realistas, tomando parte en acciones militares, menos intensas y más breves que la de 1817, hasta que la insubordinación de Olañeta, ocurrida en 1824, lo indujo a abandonar las anarquizadas legiones del Rey para abrazar, por fin, la causa de la independencia argentina.
      La Serna gobernaba al Perú como Virrey desde el 28-I-1821, fecha en que un "planteo" - para decirlo a la moderna - de los jefes del ejército real, acantonado en Aznapuquio, provocó el reemplazo de Pezuela por aquel General que le seguía en orden jerárquico. Dicha exaltación revolucionaria de La Serna al supremo mando virreinal, fué luego confirmada por Fernando VII, y resultaba, en esa jurisdicción americana, una consecuencia directa del famoso pronunciamiento sucedido en la villa andaluza de "Las Cabezas de San Juan".
      En efecto; el 1-I-1820, el Coronel Rafael Riego - integrante de la expedición militar que en Sevilla se estaba organizando a las órdenes del General O' Donell, Conde de La Bisbal, para aplastar la insurrección separatista en el Río de la Plata - se amotinó en el referido municipio, y logró restaurar el régimen de las Cortes y Constitución de 1812. Tal triunfo liberal tuvo en el Perú aquel coletazo que dijimos: la sustitución del "apostólico" Pezuela por el "masónico" La Serna. Empero, apenas un trienio después (1823), con el auspicio de la mayoría de las grandes potencias reunidas en "Santa Alianza", prodújose en España la reacción absolutista; las tropas francesas - "Los cien mil hijos de San Luis" - cruzaron la frontera española para derrocar a los constitucionalistas y dejar entronizado allá, de nuevo, el poder absoluto.
      En el Alto Perú, mientras tanto, Olañeta permanecía vigilante en su cuartel general de Oruro, al frente de 4.000 hombres que cubrían las provincias del otro lado del río Desaguadero. A principios de 1824, dicho Comandante en Jefe, por sorpresa, despoja violentamente de sus cargos a los Gobernadores de Potosí y de Charcas, nombrados por el Virrey, Generales La Hera y Maroto; reemplazándolo, a este último, por su cuñado Guillermo Marquiegui. Como si no existiera la autoridad en Lima, Olañeta prodiga empleos y grados entre sus partidarios y parentela. A otro cuñado suyo, Felipe Marquiegui, y al concuñado Masias, los asciende a Tenientes Coroneles; al sobrino Casimiro Olañeta lo hace su secretario, cuando ya Gaspar, el hermano de éste, gobernaba Tarija. Se confirma entonces la noticia del restablecimiento de la monarquía absoluta en la Península; y Olañeta, por sí y ante sí, declara abolido el régimen constitucional, y decide proclamarse "único defensor del altar y el trono", contra "liberales, judíos y masones". Es célebre su manifiesto del 4-II-1824, A los pueblos del Perú. Expresaba ahí: "¡Viva la Religión! Os hablo por primera vez y no dudo que escuchareis mi voz ... consecuente a los principios de la Religión en que desde mi infancia he sido educado, y fiel al Soberano por inclinación y convencimiento, no me es posible disimular ya por más tiempo la escandalosa corrupción en que algunos novadores querían sumergirnos. Ellos han derramado todo el veneno de la falsa filosofía que abrazan en su corazón ... La Religión y el Rey, objetos los más sagrados, han sido profanados con desvergüenza. Mis soldados y yo trabajamos con heroico entusiasmo por la Religión, por el Rey y la Nación española a que tenemos el honor de pertenecer". Y "a los soldados del ejército constitucional" - vale decir a los de La Serna - en otro documento les decía; "Sois mis compañeros antiguos, y todos juntos hemos llenado de glorias a la Nación española ... Yo he proclamado la causa de la Religión ..., si sordos al clamor de la razón, vuestros jefes quieren sostener ese papel titulado Constitución, estad seguros que mis tropas en su fidelidad han resuelto morir, y espero que vosotros no manchareis vuestra manos con sangre de amigos ...; os aguardamos con los brazos abiertos, estrechaos en ellos, seamos felices".
      Tales actitudes de Olañeta implicaban su determinación de quedarse con el mando absoluto en las provincias que militarmente controlaba; Potosí, Charcas, Santa Cruz de la Sierra, Cochabamba y La Paz, separándolas de la autoridad del Virrey, a quien retaba a guerra con 4.000 hombres bien armados. La Serna, a su vez, luego de agotar los modos conciliatorios, le ordenó a su segundo Valdés marchar al Alto Perú con una fuerza equivalente a la del rebelde, a fin de someterlo a obediencia. Así la lucha de "masones" contra "serviles" se entabló en el país altoperuano, entre los soldados de Fernando VII divididos en dos bandos, en beneficio de los insurrectos criollos, los cuales viéronse libres de más de 7.000 enemigos.
      Abiertas las hostilidades en el campo realista, las acciones de mayor importancia libradas por aquellos rivales ideológicos fueron las de Tarabuquillo y La Lava, donde ambos chocaron sangrientamente, sin definir el problema de fondo. Pero como ya los contingentes americanos de Bolívar amenazaban por el norte, el Virrey le ordenó a Valdés replegarse hacia el Cuzco, lo cual significó dejar el Alto Perú en manos de Olañeta.
      A raíz de estos sucesos políticos y militares, el Coronel Pedro Antonio Castro abandonó la causa de la monarquía española, que proyectaba los odios y conflictos metropolitanos a más de 2.500 leguas de distancia. En razón de este motivo, ante la coyuntura producida, sintió que su deber era pasarse a las filas argentinas, donde sus paisanos lo recibieron con todos los honores, las vísperas decisivas de Ayacucho.

      Circunstancias en que mi tatarabuelo cambió de banderas

      Conforme a los pocos datos que tengo, trataré de desentrañar la verdad sobre el preciso momento en que se produjo tan significativa mudanza.
      Jacinto R. Yaben, al ocuparse en sus Biografías del intrépido guerrillero paceño José Miguel Lanza, escribe que en 1824 éste mantuvo en auge toda la zona próxima al Cuzco, dando terribles golpes de mano a las tropas virreinales. "Se apoderó de Coroico - cito textualmente a Yaben - en el momento en que el Coronel realista Castro se aprestaba a hacer ejecutar simultáneamente un centenar de prisioneros patriotas, que habían quedado en poder de los realistas a consecuencia de la sublevación del Callao, y que habiéndose evadido, por haber sorprendido a sus guardia, se habían diseminado por la montaña de Songos, donde habían sido capturados como fieras salvajes. La oportuna intervención del General Lanza en ese trance - prosigue el mismo autor - salvó la vida de aquellos infelices, que fueron conducidos por Castro a La Paz, punto en donde debió retirarse a causa del imprevisto ataque de aquel guerrillero.
      Y bien; apenas necesito puntualizar que la referencia histórica transcripta carece de lógica respecto a las intenciones que le atribuye a Castro; "ejecutar simultáneamente un centenar de prisioneros patriotas". Tal drástico propósito resulta incongruente si se cotejan las fechas y los hechos que culminan con la pasada de dicho Coronel al ejército independiente. De haber Castro estado decidido a fusilar a esos 100 cautivos, le resultaba mucho más sencillos matarlos por el camino de Coroico a La Paz - 75 kilómetros - que cargar con ellos, en apresurada fuga, distrayendo para su custodia por lo menos a 20 hombres - la columna no pasaría de 200 soldados - que le serían utilísimos en la tarea de frenar las embestidas de los guerrilleros de Lanza, a lanza y tercerola. Lo cierto es que Castro, con verdadero sacrificio, les salvó la vida a aquellos prisioneros. Por esto los patriotas le reconocieron más tarde su rango militar, y le confiaron inmediatamente distintas misiones de responsabilidad; de lo contrario, los propios condenados a muerte habrían denunciado a quien - antes de la intervención de Lanza - "se aprestaba" a ejecutarlos en masa. En tal caso muy otra hubiera sido la suerte de mi tatarabuelo.
      Pero cotejemos fechas, a fin de deducir el momento en que Castro abandona la causa de Fernando VII; el 4 de febrero (de 1824, se entiende), Olañeta, Jefe de las fuerzas realistas del Alto Perú, desconoce, públicamente en un manifiesto la autoridad del Virrey La Serna. El 5 de febrero, en el Callao, un negro argentino, el sargento Moyano, del 11 de infantería (el glorioso regimiento de Las Heras), subleva la guarnición y entrega la plaza a los españoles. Dos o tres meses más adelante, los patriotas que lograron fugar del Callao son capturados por Castro en las montañas de Songo, cerca de La Paz; en cuya región, al mismo tiempo, dicho Coronel mantiene algunas escaramuzas con los guerrilleros de Lanza. Un testigo de tales ocurrencias, el viajero inglés William Bennet Stevenson, nos asegura, en sus Memorias, que por entonces "Olañeta había realizado su conjunción con el coronel patriota Lanza, y parecía hacer causa común con él". De ahí que aquella tentativa de inmolación del centenar de patriotas que se le atribuye a Castro no parezca probable.
      Creo que fué antes del mes de agosto de 1824, cuando mi antepasado realista emprendió, desde La Paz, su "camino de Damasco", tirándose el lance de allegarse al caudillo Lanza. Yaben expresa al respecto que aquel "era Coronel en 1824, y mandaba las fuerzas que operaban en combinación con el célebre guerrillero Jose Miguel Lanza, en la zona de La Paz". Así, en el encarnisado combate del 16 de agosto en La Lava, donde se acometieron Valdés y Olañeta, Castro ya no acompañaba al último sino que había abrazado la causa de la patria.

      Actuación militar del Coronel Castro en la emancipación altoperuana

      Las batallas de Junín (1º de agosto) y Ayacucho (9 de diciembre) en el Bajo Perú, despejan el panorama de la guerra. Gracias a haberse dividido en dos bandos el ejército del Rey - "masones" y "serviles" - los separatistas criollos consiguen esas dos victorias definitivas. Sin embargo Olañeta - adalid de los "serviles" - no admite la capitulación firmada por sus adversarios ideológicos, los jefes liberales subordinados al Virrey; ni piensa renunciar a su dominio sobre las 4 provincias que, por tradición e historia, pertenecian a la Unión argentina; Potosí, Charcas, La Paz y Cochabamba; dispuesto a campear allá, tozudamente, por los fueros de la Monarquía absoluta. Más el Cuzco, Arequipa y Puno también se rinden y proclaman la independencia, cerrándole a Olañeta el camino del mar, o sea el de su esperanza de recibir refuerzos de España.
      Así las cosas, el 12-I-1825, Sucre, por intermedio de su emisario el Coronel Elizalde, estipula con Olañeta una tregua de cuatro meses, que no se cumple, pues a los pocos días, violando lo pactado, el héroe de Ayacucho, al frente de sus tropas cruza el río Desaguadero. Ello implicaba convertirse en árbitro de los destinos del Alto Perú.
      Desde la provincia argentina de Salta, a mediados de marzo de ese año, el Gobernador Arenales le ordena al Coronel José María Pérez de Urdininea - altoperuano nativo - se ponga en movimiento por la quebrada de Humahuaca hacia las regiones del norte, al frente de la "División Auxiliar del Sur" - fuerte de 1.569 hombres - a objeto de cooperar con los guerrilleros paceños y cochabambinos que, enarbolando la bandera azul y blanca, combaten contra Olañeta.
      Marchaba también con las tropas argentinas el Sargento Mayor José de Arenales - hijo del Gobernador de Salta -, dispuesto a negociar con el cabecilla absolutista español el término de la guerra, y la entrega del territorio que ocupaba a los independientes. Iba, asimismo, como segundo jefe de dicha división, al frente del regimiento "Cazadores", el entonces flamante Coronel José María Paz.
      Jacinto R. Yaben, en sus Biografías, al ocuparse de Pedro Antonio Castro estampa que "era Coronel en 1824 y marchó ese año con la división del General Pérez de Urdininea, desde Salta, a cooperar en la liberación del Alto Perú". Y agrega seguidamente: "Mandaba fuerzas que operaban en combinación con el célebre guerrillero José María Lanza en la zona de La Paz, sirviendo el Coronel Castro bajo el mando del General Rudencindo Alvarado, y desempeñando las funciones de Comandante de la División vanguardia, en enero de 1825. ().
      Esta última referencia - no la primera - es la correcta. Ya vimos como, a partir de agosto de 1824, Castro, que operaba en la región de La Paz, habíase entendido con el guerrillero Lanza. Erra, por tanto, Yaben, al hacerlo marchar a mi tatarabuelo desde Salta con la columna de Pérez de Urdininea en 1824, ya que esa "División Auxiliar" salteña se puso en movimiento tres meses después de Ayacucho; a mediados de marzo de 1825.
      En el expediente No 2325 de la Contaduría General de la Nación, referente a la pensión de Margarita de Castro, como hija soltera legítima del guerrero de la independencia Pedro Antonio Castro, corren agregados algunos documentos originales sobre la actuación de éste. Por ejemplo, la carta que Castro le escribió al General Lanza, datada el 28-XII-1824 en Guancañé, provincia de Larecaja, departamento de La Paz, anunciándole que acababa de sublevar y ocupar dicha villa. Lanza le contestó a mi antepasado, el 8-I-1825, que la "plaucible noticia y sus acaecimientos me llenan de alegría y me animan a libertar mi Pueblo (La Paz), prometiéndome un suceso tan favorable como el que V. ha tenido".
      Por su parte, de acuerdo a las instrucciones del General Alvarado, el Coronel Castro, al frente de su destacamento, recorre y separa del gobierno español a los pueblos y localidades de Guanche, Moco-moco, Carabuco, Omasuyos, Larecaja, Apolo, Ancoraime, La Laja, Chacaltaya, Amputasi y, finalmente, junto al Genral Lanza - a fines de enero - ocupa La Paz.

      Correspondencia de Castro con los Generales Alvarado y Lanza, y posterior reconquista de Oruro por mi tatarabuelo

      El 25 de enero, desde Puno, Alvarado habíale escrito a su comprovinciano; "Si al recibo de este aún no se hubiese V.S. reunido con el Sr. Gral. Lanza, y Olañeta a retirado todas sus tropas de La Paz, procurará desde luego tomar dicha ciudad con la fuerza que existe a sus órdenes, y conservar en ella el orden hasta tanto llegue el ejército, o lo ocupe dicho Sr. Gral. Lanza". ()
      Lanza, a su vez, le decía (26 de enero) a mi antepasado; "Amigo muy querido; Me ha llenado de la mayor gloria, tan luego que he leído su carta del 24 del corriente, considerando tener a mi lado un compañero y amigo de toda mi satisfacción, y mis deseos se aumentan por momentos para darle un fuerte abrazo, que espero lo conseguiré en breve (lo consiguió en La Paz 3 días después), y pondré a su disposición la división de mi mando. He aceptado mucho que V. separe los Partidos (localidades) que me indica del gobierno español ... Ya contemplo haya llegado a noticia de V. la revolución hecha en Cochabamba a favor de nuestra causa ... por estos sucesos toca Olañeta los último extremos de su desesperación; y esto ya pronto concluye y regresaremos tranquilamente a nuestros hogares".
      El 30 de enero Alvarado, aún en Puno escribíale a Castro: "Los movimientos de V. están buenos y espero que hará lo posible sin comprometer nada (es decir, sin pelear a fin de no romper una negociación secretamente iniciada), para evitar que Olañeta benga a impedir el paso del Desaguadero al Exército (de Sucre). Este ha empezado a salir y nada tardará en ponerse sobre La Paz".
      A principios de febrero el Coronel Castro al frente de la división de vanguardia - que le facilitar el General Lanza - ocupa la ciudad de Oruro. El Cabildo local le manifiesta entonces (11 de febrero) a su libertador "la satisfacción que recive de su livertad por medio de las tropas de la Patria que V.S. dignamente comanda, reciviendo los cordiales afectos de éste Ayuntamiento y de su vecindario". Firman la nota estos capitulares: Tadeo de Tobar y la Torre, Josef de Arzave, José Delenos, Gregorio Zemportagui, Juan Nepomuceno Liza, Luis de Alcocer, Joaquín Villegas y Narciso de la Serna.
      Castro nombra enseguida Gobernador interino de la ciudad y provincia orureña al Alcalde Tobar y la Torre. Pero fechada el 10 de febrero en el cuartel general de La Paz, le llega al Coronel una comunicación del Mariscal Sucre, quien le ordena entregar el gobierno de Oruro y todas las fuerzas de su mando, al Coronel Ortega, y que se presente inmediatamente en La Paz.
      ¿Qué había sucedido? Según el historiador Bernardo Frías, "Alvarado ocupó La Paz y desde allí trató de persuadir a Olañeta (en esto debió prestar sus buenos oficios mi tatarabuelo, viejo camarada del jefe absolutista) era mas justo sellar la paz que continuar la guerra por una causa perdida; mientras negociaba también, en aquellas provincias, se reconociera el pabellón argentino", pues dichas provincias habían formado parte del extinguido Virreynato de Buenos Aires. "Al conocer Sucre estos trabajos - sigue Frías - contrarios a los planes de Bolívar, a quien Sucre servía con toda obsecuencia, y halagado ya con los trabajos que en contrario a los de Alvarado hacía el Dr. Olañeta (Casimiro), sobrino del General, tomó inmediatamente la providencia de separarlo a Alvarado del mando de la vanguardia y de todo servicio en el ejército, reemplazándolo con el General O'Connor".
      Acaso aludan a esta intriga los siguientes párrafos de una carta escrita por Alvarado, desde Arequipa el 12-III-1825, a mi tatarabuelo Pedro Antonio: "Amigo mío: La de V. de 24 del pasado me llena de satisfacción porque presta la ydea cabal de sus honrados sentimientos y la mejor garantía conque un hombre honrado se satisface entre las negras calumnias que la maledicencia infiere, ella no ha sido capas de variar el justo mérito que a V. creo, y me lisonjeo, haya sucedido del mismo modo con el General (Lanza). Salude V. con un fuerte abrazo a mi nombre a Matilde, asegurándole mis respetos, y V. ocupe la voluntad franca de su paisano y amigo: R. Alvarado". Y el 27 de abril, también desde Arequipa, Alvarado volvió a escribirle a su "querido paisano y amigo". "Con gusto - decía - he recivido la de V. de 19 del corriente, y esta sea una prueba de que a sus comunicaciones las miro con interés, y que jamás me robarán el tiempo. Aún dudo de mi destino, por lo que no puedo asegurar a V. mi marcha a Salta tan próximamente como deseo … Actualmente sufro una fiebre bastante incómoda ... Mis respetos a Matilde y a V. la fina voluntad de su paisano y amigo: R. Alvarado".

      El desenlace histórico que culminó con la independencia de las 4 provincias argentinas del Alto Perú

      El 9-II-1825, Sucre, en La Paz, dicta un trascendental decreto, cuyos considerandos expresaban: "Que al pasar el Desaguadero, el Ejército Libertador, ha tenido el solo objeto de redimir las provincias del Alto Perú de la opresión española y dejarlas en posesión de sus derechos. Que no corresponde al Ejército Libertador intervenir en los negocios domésticos de estos pueblos. Que es necesario que estas provincias dependan de un gobierno que provea su conservación ... Que el antiguo Virreinato de Buenos Aires, a quien ellas pertenecian ... carece de un gobierno general que represente completa, legal y legítimamente a la autoridad de todas las provincias, y que no hay por consiguiente con quien entenderse para el arreglo de ellas. Que por tanto, ese arreglo debe ser el resultado de la deliberación de las mismas provincias, y de un convenio entre los Congresos del Perú y el que se forme en el Río de la Plata". (Por lo visto, Sucre ignoraba que, desde el 16-XII-1824, funcionaba un Congreso General en Buenos Aires). A tal fin el Lugarteniente de Bolívar hizo convocar una Asamblea de representantes de la provincias altoperuanas que debían decidir sobre el futuro de ellas.
      Sucre se erige así en árbitro de los destinos de esas 4 provincias argentinas; mientras que - no obstante el diligente patriotismo del Gobernador de Salta, Arenales - el gobierno bonaerense y el Congreso centralista - compuesto en su gran mayoría por rivadavianos -, en vez de mandar un ejército que le arrebatara a Olañeta el territorio que ocupaba - lo cuál les hubiera cubierto de prestigio -, quedáronse remisos, a la espera de la actitud que tomaría Bolívar, sin siquiera aspirar a compartir los riesgos de la liberación con éste y con Sucre; quienes, por otra parte, al frente de sus tropas colombianas y peruanas habrían de convertirse en Libertadores de aquellas regiones nuestras, en contraposición a una encogida política argentina que, justa o injustamente, se calificó entonces de egoísmo porteño.
      A dos meses de su famoso decreto, lo tenemos a Sucre, con su poderoso ejército, dueño de las zonas y ciudades de La Paz, Oruro, Cochabamba y Chuquisaca, y de todo el norte altoperuano; a Olañeta acorralado en Potosí, con una fuerza de 2.000 hombres que se amengüaban día a día por la deserción; y a la modesta columna argentina de Arenales, mandada por Urdininea, que por el sur, desde la frontera de Salta, avanzaba hacia la Villa Imperial, con ánimo - más que de llegar a un choque armado - de negociar un acuerdo honorable con Olañeta - paisano de Arenales, al fin de cuentas! - que resolviera la incorporación de las provincias en disputa a la tradicional unidad rioplatense.
      Impaciente por llevar a cabo sus propósitos, Arenales asume en persona el comando de su pequeña fuerza; y desprende de ella una vanguardia de caballería, que conduce el Coronel Urdininea, a fin de apresurar su contacto con los efectivos de Olañeta; cuya situación, a todo esto, se torna desesperada. Entonces, uno de los subalternos del Jefe absolutista, el Coronel Carlos Medina Celi, se subleva el 29 de marzo en Tumusla, cerca de Potosí, resuelto a pasarse al ejército Libertador. Olañeta corre a Tumusla a reducirlo; el 1º de abril prodúcese un tiroteo, y el último General del Rey en tierras sudamericanas cae herido de muerte. "Las tropas lo abandonaron - anotó José María Paz en su Diario de Marcha - y él siempre pertinaz y obstinado se mantenía con un puñado de hombres sin querer capitular ni rendirse, hasta que una bala lo puso fuera de combate".
      Urdininea, el Jefe de la vanguardia argentina, al saber el desenlace de Tumusla lo alcanza a Medina Celi, confraterniza con este - eran altoperuanos nativos los dos -, y juntos se pasan al vencedor de Ayacucho. Que no se equivocó Urdininea en sus cálculos y ambiciones personales al abandonar las filas argentinas, lo prueba el hecho de que, tres años más tarde, luego de la renuncia de Sucre como Presidente, el propio Urdininea quedó a cargo del gobierno de la flamante República de Bolivia.
      La muerte de Olañeta y la actitud de su Jefe de vanguardia lo pusieron a Arenales - según Paz - "en perplexidad". El 4 de abril, dicho "perplexo", informó al Congreso Nacional "la deserción del Coronel don José María Pérez de Urdininea con 200 Dragones de su mando, después de seducir una compañía de paisanaje que debía de acompañarle". Y con el estado de ánimo que es de imaginar, don Juan Antonio aceleró su marcha a fin de encontrarse con Sucre. En eso, el 8 de abril, recibe estas instrucciones del gobierno de Buenos Aires: "Empleará solo sus esfuerzos y respetos para proteger el orden y dejar la libertad a los pueblos para que adopten la forma de gobierno que crean más conveniente". Ello significaba entregar 4 provincias argentinas - incondicionalmente - al arbitrio del César venezolano.
      Bolívar, entretanto, con temor a complicarse con la república del Sur, reprueba la conducta de Sucre y sus planes emancipadores del Alto Perú. El 21 de febrero, desde Lima, le escribió a su Mariscal; "Usted está a mis órdenes con el ejército que manda y no tiene que hacer sino lo que yo le mando ... Ni usted, ni yo, ni el Congreso mismo del Perú, ni el de Colombia, podemos romper y violar la base del derecho público que tenemos reconocido en América. Esta base es que los gobiernos republicanos se fundan entre los límites de los antiguos virreinatos, capitanías generales o presidencias ... el Alto Perú es una dependencia del virreinato de Buenos Aires ... según dice usted, piensa convocar una asamblea de dichas provincias ... llamando usted estas provincias a ejercer su soberanía, las separa de hecho de las demás del Río de la Plata. Desde luego usted logrará con dicha medida la desaprobación del Río de la Plata, del Perú y de Colombia ... Por supuesto, Buenos Aires tendrá mucha justicia, y a el Perú no le puede ser agradable que con sus tropas se haga una operación política sin consultarlo siquiera. Usted tiene una moderación muy rara ... yo sentiría mucho que la comparación fuese odiosa; pero se parece a lo de San Martín en el Perú. Le parecía a él muy fuerte la autoridad de General Libertador, y por lo mismo, se metió a dar un estatuto provisorio, para lo cual no tenía autoridad ... Yo he dicho a usted de oficio lo que usted debe hacer, y ahora lo repito. Sencillamente se reduce a ocupar militarmente el país y esperar órdenes del Gobierno ...".
      Sucre le contesta al Libertador, desde Potosí, el 4 de abril; "Mil veces he pedido a usted instrucciones respecto del Alto Perú, y se me han negado, dejándome abandonado ... En Yacán, pueblo cerca de Yanahuanca, me dijo usted que su intención para salir de las dificultades del Alto Perú era convocar una asamblea de estas provincias ... Después de estar aquí, y no sabiendo que hacer sin presentarme con un aire aborrecible al pueblo, tomé el camino más noble y generoso, que fué convocar a la asamblea ... Yo no sabía que hubiera Congreso en Buenos Aires, ni creo que lo haya sino de nombre; yo estoy ya lidiando con los de allí (Alvarado y Arenales), y lo veo así. En mi triste opinión encuentro haber hecho un servicio al país, a Buenos Aires y a la América con la convocación de esta Asamblea. Estas provincias siguiendo el funesto ejemplo de disolución de Buenos Aires ya me han incomodado. Los Cabildos se han creído representantes de la soberanía en el sistema federal que han concebido, y por fuerza los tengo que mantener en unión ... En fin, yo puedo haber errado ... con un paso que evitaba las facciones y tumultos. Mi decreto esta concebido en cuanto a lo esencial: ... que la suerte de estas provincias será el resultado de la deliberación de ellas mismas, y de un convenio entre los Congresos del Perú y el que se forme en el Río de la Plata ... La Asamblea solo tiene poderes para organizar un Gobierno provicionalmente, hasta saber en que quedan Buenos Aires y el Perú ... Desde ahora le advierto que ni usted ni nadie las une de buena voluntad a Buenos Aires, porque hay una horrible aversión a estos vínculos; si usted tiene idea de unirlas, puede decir a Buenos Aires que manden un fuerte ejército para que lo consigan, pues de otro modo es difícil ...".
      Bolívar, que en febrero de 1825 lo censuraba a Sucre por temor a que los mangoneos de éste en el Alto Perú le acarrearán conflictos con la Argentina, nunca pudo imaginarse la falta de reacción del gobierno de Buenos Aires a ese respecto; y mucho menos que los políticos nuestros le brindarán a él como Libertador del Norte, ese territorio rioplatense, a fin de que, sometido a su influencia, se desgajara del tronco común. Sucre, en cambio, bien informado, así se lo advirtió en una carta (25 de junio); por si su egregio Jefe conservaba aún cualquiera de aquellos escrúpulos iniciales referentes a la independencia altoperuana; "Parece que la provincia de Buenos Aires ha calculado que no esta en sus intereses la reunión de estas provincias a la República"; a la República de Rivadavia, se entiende.

      A propósito de todo esto, ¿que ocurría en nuestro anarquizado país?

      Era cierta la información de Sucre. En la capital del Sur, entre los dirigentes unitarios - salvo excepciones honrosas, como la del diputado Manuel Antonio Castro -, la mayoría de esos próceres se desinteresaron de un pleito vital para la grandeza futura de la Nación. No sucedía lo mismo en Salta, donde el Gobernador Arenales, desde antes de Ayacucho, trabajaba sigilosamente para llegar a un acuerdo con Olañeta acerca de la restitución de las provincias del Alto Perú.
      En su Diario de Marcha, el entonces Coronel José María Paz, a la sazón (1824) acantonado con su regimiento en la ciudad norteña, apuntó estos sabrosos y sugestivos comentarios:
      (14 de Julio) - "Por el mes de abril de este año se cargó en la calle pública un excelente piano que mandaba el comerciante D. ... para la mujer del feroz General Olañeta".
      (11 de Agosto) - "Recibo carta de José M. Moscoso dirigida desde Humahuaca donde ha recalado con el Dr. Usin, secretario y consejero de Olañeta. Pide un asilo en esta provincia que dice se le ha concedido. El mismo Olañeta escribió pidiéndolo para su mujer, y también ha sido concedido. El gobierno escribe a él, haciéndole entrever que aún él será bien recibido. Sin duda, alguna mira política ocupa a el gobierno a este respecto. Algunos esperan de los apuros de Olañeta que abrace la independencia, pero esto es un delirio. Unicamente podremos creer que se eche en brazos de los americanos cuando no le quede otro recurso, y eso como un asilado, y no como un renegado del Realismo".
      (24 de Agosto) - "Llega don Manuel Bárcena que por un efecto de sus infinitas aventuras estaba al servicio de Olañeta. Se aloja en casa, y a la noche llega Usin, a quien los salteños comerciantes festejan cuanto pueden ... Han llegado Jefes beneméritos de la Patria sin que se les haya dispensado el menor obsequio, pero a los relacionados con Olañeta, que quizás han deservido la causa de la Independencia, se les hacen convites, se les brindan, los cortejan, adulan, etc. ¡Que vergüeza! Todo esto en una frontera de los españoles y en medio de la revolución, y cuando aún se hace con vigor la guerra de la Independencia!".
      (25 de Agosto) - "El Señor Usin ha ido convidado a comer en casa del Dr. Zuviría (Facundo) ... este Señor se distinguió también mucho con el Dr. Olañeta (Casimiro), secretario de su tío el General".
      (22 de Octubre) - "Se empieza a traslucir que Ximenes ha traído contestaciones favorables de Olañeta; es decir, que éste acérrimo español parece prestarse a un acomodamiento con los patriotas, plegándose al partido de la Independencia. Sea lo que fuere, no tengo la menor duda que no renunciará sus ideas de opresión sino en el caso de no quedarle la menor esperanza de restablecer la dominación de la metrópoli. Y en este estado, ¿cual será el mérito de su desición?".
      (23 de Octubre) - "Se generaliza más la voz de que hablé ayer, pero siempre rodeada de misterios. En esto hay una cosa notable. Los secretos del gobierno por más que quieran guardarse, empiezan muy pronto a traslucir, y generalizarse, quizás entre personas que no deben merecer toda confianza".
      Tales notas del Diario de Paz, escritas en 1824, evidencian los contactos del Caudillo realista con el Gobernador salteño y otros comprovincianos influyentes. La muerte de Olañeta, ocurrida cinco meses más tarde, el 1-IV-1825, en Tumusla, en circunstancias en que Arenales iba a negociar una paz honorable con él, resultó - a mi no me cabe duda - fatal para los intereses argentinos en el Alto Perú.
      Así las cosas, Arenales el 18 de abril arribó a Potosí donde tuvo una entrevista muy cordial con Sucre. Siete días después, ambos personajes se trasladaron a Chuquisaca, y ahí fueron recibidos con fiestas en medio de un espontáneo regocijo popular.Sucre, entretanto, había suspendido aquella convocatoria de la Asamblea constituyente altoperuana, a la espera de Bolívar, y hasta que el gobierno nacional argentino se pronunciara sobre el asunto. Pero ya Arenales guardaba en su cartera esas instrucciones de Buenos Aires; "dejar la libertad a los pueblos para que adopten la forma de gobierno que crean más conveniente". No tenía pues, don Juan Antonio, nada que hacer en Chuquisaca y se volvió a Salta, dejándoles el campo libre a Bolívar y a Sucre.
      Posteriormente, luego de algunas dilaciones lastimosas, el 10-VII-1825, en la ciudad de los cuatro nombres (Chuquisaca, Charcas, La Plata y Sucre), la Asamblea dispuesta por el Mariscal de Ayacucho declaró la independencia altoperuana, bautizando al nuevo Estado con el nombre de "República de Bolívar", dándole a éste Libertador, entre premios, honores y ditirambos, los títulos de "Padre" y "Protector de la Patria", cuya endeble soberanía - desgajada del tronco ríoplatense - quedaba aún sujeta al visto bueno del Congreso del Perú..

      Retorna mi tatarabuelo a Salta

      Después de haber ocupado Oruro (10-II-1825) con la división que le confiara el General guerrillero Lanza, y de donde Sucre dispuso su relevo inmediato, Pedro Antonio Castro - al cabo de más de una década de vida trashumante atada al destino de la guerra - volvió a Salta, a radicarse definitivamente con su familia.
      A poco de arribar a su ciudad natal, el "hijo pródigo" vióse obligado a tomar de nuevo las armas, a raíz de la llamada "sublevación de los colombianos". En la información sobre sus servicios militares, levantada años más tarde (1-III-1880), el ex Gobernador de Salta José María Todd, previo juramento ante el Escribano de Gobierno José Guzmán, declaró; "Que sus recuerdos individuales no pasan del año 1825, siendo por esto, que en épocas anteriores no podía informar en que grado ni cuanto tiempo sirvió el Señor Coronel Don Pedro Antonio Castro; pero que sí puede asegurar que por conversaciones repetidas que tuvo con el General D. Rudecindo Alvarado, que el año 1825 mandó desde el Alto Perú varias partidas en persecución del General Olañeta, que desconocía o no se conformaba con el tratado de Ayacucho, ordenándoles que hostilizaran a Olañeta que se retiraba con su ejército en dirección a la República Argentina, y le obligaran, por la razón o por la fuerza, a que respetara y obedeciera el tratado de Ayacucho. Que entre los jefes comisionados a este objeto, figuraba el Señor Coronel Don Pedro Antonio Castro. Que conoce también por documentos fehacientes, que el año 1826, cuando la sublevación de los Colombianos, fué empleado dicho Coronel Castro por el Gobernador de Salta, General Arenales, en sostener el sitio a que se hallaba reducida esta Plaza, haciendo varias salidas y sosteniendo los parciales combates que diariamente se trababan con los sitiadores. Que después también, y hasta su muerte, ha visto al Señor D. Pedro Antonio Castro servir en varios puestos y comisiones civiles y militares, siempre en clase de Coronel, desempeñándolas con honor, decisión y patriotismo".

      "Intermezzo" de Matute y sus colombianos en la política salteña

      La historia de esta banda de forbantes merece recordarse. Entre las tropas que habían respaldado a Sucre para crear la flamante "República de Bolívar" - después Bolivia - se contaba un regimiento de llaneros de Colombia. A esta unidad pertenecía el Teniente mestizo Domingo López Matute, quien resentido por considerarse postergado en un ascenso, desertó con un escuadrón de 160 granaderos, con los cuales - luego de derrotar al Coronel O'Connor que pretendió reducirlo - se internó en territorio argentino, dispuesto, quizás, a probar fortuna con sus hombres en la guerra contra el Brasil. Llegado a Salta, Matute le pidió asilo y ofreció sus servicios al Gobernador Arenales. Este aceptó la oferta, y mandó incorporar a los desertores a las fuerzas de La Madrid, quien, desde Tucumán, acababa de desatar la guerra civil, y se disponía a emprender un ataque contra los caudillos federales Quiroga, Bustos e Ibarra.
      Matute, sin embargo, no llegaría a destino; en el trayecto hacia Tucumán, en Pozo Verde, coaligóse con Manuel Puch y los Gorriti a fin de derrocar a su bienhechor Arenales. Con tal propósito los revolucionarios pusieron sitio a la ciudad de Salta; en cuyas circunstancias mi tatarabuelo Castro , en sostén de Arenales, efectuó varias salidas y mantuvo algunos combates parciales contra los alquiladizos dependientes de Matute.
      Los partidarios del Gobernador legal, entretanto, resultaron vencidos en Chicoana, y su jefe Francisco Bedoya muerto en la acción. Tras del desastre, el héroe de La Florida, Pasco y Nazca, vióse obligado a emigrar a Bolivia, para morir finalmente en Moraya, el 4-XII-1831.En lo que concierne a Matute y su pandilla colombiana - "quilombiana", diríase mejor -, ellos se juntaron con La Madrid para hacerle la guerra a Quiroga; más el Tigre de los Llanos los descalabró completamente en el encuentro de "El Rincón". Vuelto Matute con su banda a Salta, enamorose de Luisa Ibazeta Figueroa; y como debido a su condición de "pardo", el padre de la novia le hiciera oposición, el audaz galán raptó a Luisita y apresuradamente se casó con ella, ante la rencorosa impotencia de los Ibazeta y los Figueroa.
      Siempre inquieto Matute, se puso a conspirar contra su aliado de la víspera; el Gobernador José Ignacio Gorriti. Descubiertos sus manejos fué encarcelado y condenado a morir. El 17-IX-1827, día de su fusilamiento, pidió oír misa en el convento de San Francisco. No bien el sacerdote acabó la consagración, corre Matute hacia el altar y arrebata el cáliz, bajo amenaza de derramarlo si no se le perdonaba la vida. Frente a tamaño sacrilegio quedó suspendido el santo sacrificio, en medio del estupor general. En un santiamén llevose el caso a consulta del Canónigo Juan Ignacio Gorriti, hermano del Gobernador; "Que lo fusilen con cáliz y todo", dijo el cultísimo presbítero sin vacilar. Ante actitud tan decidida, Matute devolvió el sagrado vaso. Lo condujeron hasta la chacra de Costas, y allí, bajo un verde sauce llorón, recibió el reo los cuatro tiros que merecía.

      Vicisitudes de mi antepasado en la última etapa de su existencia

      Durante la tremenda pugna política que dividió a una generación de argentinos después de la guerra de la independencia, ¿que partido tomó mi tatarabuelo, el antiguo oficial del Rey?, ¿ fué federal? ¿fué unitario? Su yerno Juan Uriburu perteneció a una familia de notoria filiación rosista; en cambio a Luis Güemes, el otro yerno de Castro, por su estrecha vinculación con los Puch y los Gorriti, podríamos incluirlo en el bando unitario. Si bien a lo largo de toda la época del "Restaurador de las Leyes" don Pedro Antonio revistó en las fuerzas armadas nacionales de la Confederación, con el grado de Coronel; en las luchas internas de la provincia estuvo complicado en la llamada "Revolución de Castañares", dirigida por Cruz Puch y Napoleón Güemes contra el Gobernador federal Pablo La Torre; intentona que resultó vencida en el combate de "Pulares", el 8-XI-1832. A causa de esto, mi antepasado puso pies en polvorosa hacia el Perú en 1833.
      Radicado en "Cerro de Pasco", Castro le escribió el 1-V-1843 a Manuel Solá - tres años atrás Gobernador unitario de Salta, acérrimo enemigo de Rosas - refugiado, a la sazón, en Bolivia; "Cansado de estos climas y diez años separado de mi familia, me he resuelto regresar a mi país, mis compromisos son muy remotos y por eso creo que tal vez no se meterán conmigo; mi familia me llama a verla después de tantos años y mi salud quebrantada me obliga a dejar este maladado temperamento. Debo pues verificar mi marcha en todo octubre, y tendré el gusto de ver a usted en mi paso por Cobija, y en Salta veré si en algo puedo serle útil a mi señora Pepa (Josefa Chavarría Moldes, la esposa de Solá) y a usted, en cuanto quiera ocuparme ... Me escribe mi hijo político don Juan Uriburu, que salía de Salta para Valparaíso en abril ppdo. A esta fecha lo considero en Cobija, y para quien le adjunto esta carta, estimando se la entregue, y la que va para Matilde (Sancetenea, la mujer de Castro), se la dirijo (a Salta), ya sea por el correo o por otro conducto". A la caída de Rosas, el Gobernador federal salteño José Manuel Saravia resultó depuesto, mientras una pueblada en la plaza aclamaba a Tomás Arias como sustituto de aquel; en tanto el Coronel Pedro Antonio Castro asumía la Comandancia general de las fuerzas de la provincia, "para sostener el solemne pronunciamiento en favor de la Libertad y organización de la República, proclamados por el vencedor del tirano Juan Manuel de Rosas, esclarecido General Don Justo José de Urquiza".
      Tomás Arias recibióse efectivamente del cargo el 1º de mayo de ese año 1852, y diez días más tarde, don Pedro Antonio renunció a su Comandancia. En la aceptación de esa renuncia, el Gobernador Arias le expresaba a mi tatarabuelo; "Altamente satisfecho el Gobierno de la patriótica decisión de V.S. por tan gloriosa causa y de los importantes servicios que como Jefe de las fuerzas de la Provincia ha prestado V.S. al restablecimiento de la Libertad y orden Constitucional en ella, le es muy sensible su separación de ese puesto, que tan dignamente ha desempeñado, y propendería eficazmente a su conservación en él, si no obstara a ello una ley vigente, cuya observancia pudo solo suspenderse por imperio de las circunstancias extraordinarias en que se ha encontrado la Provincia, por los dos meses que han precedido. A la par que sensible es para el gobierno, hallarse en el caso de admitir la renuncia que hace V.S. del cargo de Comandante General, le es satisfactorio al infrascripto expresarle las muy justas consideraciones que de él, y de la Provincia, se ha granjeado V.S. en el desempeño del cargo, y la alta estimación que dá al patriótico ofrecimiento de su cooperación e importantes servicios".
      Durante la siguiente gestión gubernamental de Rudecindo Alvarado, tuvo efecto la Convención Constituyente de la Provincia, que presidió Evaristo Uriburu, siendo vice presidente 1º José María Todd y 2º Gaspar López, y secretario José Evaristo Uriburu (hijo). Entre los convencionales de esa asamblea figuran; el Coronel Pedro Antonio Castro; su yerno Juan N. Uriburu; sus sobrinos, el clérigo Juan Francisco Castro y José - "Pepe" - Uriburu; y Pedro Antonio Pardo, Isidoro López, Vicente Anzoátegui, Benedicto Fresco, José Manuel Fernández, Juan Pablo Saravia y Celedonio de la Cuesta. El 6-XI-1855 dictóse la Constitución provincial, que una vez sancionada por el gobernador Alvarado y su Ministro Juan de Dios Usandivaras, y aprobada por el Congreso de la Confederación, se juró en Salta el 8 de diciembre del mismo año.
      Pedro Antonio Castro falleció repentinamente en Salta el 15-X-1867, a consecuencia de la impresión que le produjo la muerte de su hijo Baldomero, baleado por la horda montonera de Felipe Varela, cinco días atrás. [1]

  • Fuentes 
    1. [S112] Los Antepasados, A lo largo y más allá de la Historia Argentina, Ibarguren Aguirre, Carlos Federico, (Trabajo inédito), Tomo III, Los Castro (Confiabilidad: 3).