Coronel José María Urien Elías[1]

Varón 1791 - 1823  (32 años)


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  • Nombre José María Urien Elías 
    Título Coronel  [2
    Nacimiento 20 Ene 1791  Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.  [1
    • Fu su padrino Domingo Ignacio Urien Mesperuza.
    Bautismo 21 Ene 1791  Basílica Nuestra Señora de la Merced, Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar. 
    Sexo Varón 
    Fallecimiento 9 Abr 1823  Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.  [1
    Causa: Fusilado 
    Enterrado/a Cementerio de la Recoleta, Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar. 
    ID Persona I45173  Los Antepasados
    Última Modificación 24 Ago 2017 

    Padre José Domingo Pantaleón Urien Basavilbaso,   n. 26 Jul 1770, Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.,   f. 23 Dic 1817, Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.  (Edad 47 años) 
    Madre Rita Josefa de la Trinidad Elías Rivadeneira,   n. 21 Abr 1769, Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar. 
    Casado 14 Oct 1790  Catedral Metropolitana, Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.  [1
    ID Familia F17769  Hoja del Grupo  |  Family Chart

    Familia Catalina Salinas Rivero,   n. c. 1799, Cochabamba, Bolivia Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar. 
    Casado Bolivia Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.  [1
    Hijos 
     1. Manuela Dolores Rita Celedonia Urien Salinas,   n. 3 Mar 1813, Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.,   f. 30 May 1853, Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.  (Edad 40 años)
    Última Modificación 17 Abr 2011 
    ID Familia F17777  Hoja del Grupo  |  Family Chart

  • Mapa del Evento
    Enlace a Google MapsNacimiento - 20 Ene 1791 - Buenos Aires, Argentina Enlace a Google Earth
    Enlace a Google MapsBautismo - 21 Ene 1791 - Basílica Nuestra Señora de la Merced, Buenos Aires, Argentina Enlace a Google Earth
    Enlace a Google MapsFallecimiento - Causa: Fusilado - 9 Abr 1823 - Buenos Aires, Argentina Enlace a Google Earth
    Enlace a Google MapsEnterrado/a - - Cementerio de la Recoleta, Buenos Aires, Argentina Enlace a Google Earth
    Enlace a Google MapsCasado - - Bolivia Enlace a Google Earth
     = Enlace a Google Earth 

  • Lugares
    Monte de los Papagayos
    Monte de los Papagayos
    Lugar del fusilamiento de reaccionarios a la revolucion de Mayo.

    Ubicacion: Por ruta provincial 6, unos 2 km al O de Los Surgentes, frente al cementerio sale una calle de tierra hacia el N, tomando por esa calle, 200 mts mas adelante a la izquierda se encuentra el lugar.

    Al amanecer del 26, French encuentra a los viajeros en la posta de Gutierrez y tomando el mando los conduce hacia la posta de Cruz Alta.

    A 12 km antes de la posta los encuentra Juan Ramon Balcarce con una partida de 40 hombres (soldados ingleses desertores de las fuerzas invasoras, elegidos especialmente para evitar que no cumplieran la orden de fusilamiento) quien habia salido de Buenos Aires acompañando a Castelli. Alli hizo quedar los equipajes y a los criados desviando los carruajes hacia el "monte de los papagayos" a un km del camino real, antigua estancia "Las Cañas" de don Benito Casas.

  • Notas 
    • A continuación se reconstruirá la vida de José María Urien, uno de los oficiales más crueles de nuestra historia. Guerrero de la independencia y protagonista de un homicidio pasional en la Buenos Aires de 1822, tuvo un horrible y penoso final, siendo ejecutado en la Plaza de la Victoria en 1823.
      José María Sabino Urien nació el 21 de Enero de 1791 en la ciudad de Buenos Aires. Era hijo del coronel José Domingo Pantaleón Urien, de quien heredó la vocación, pero no la suerte y de Rita Josefa Elías Rivadeneyra, prima de la madre de Bernardino Rivadavia. Se educó en esta ciudad, probablemente en el Colegio de San Carlos.
      Con solo quince y dieciséis años, se batió en 1806 y 1807 contra el invasor inglés. Era subteniente de banderas con grado de Teniente en el regimiento de Patricios, al rechazar a los invasores. No estuvo presente en el golpe del 1º de Enero (1809) por hallarse en Colonia. Un informe de Saavedra lo explica así: "El Alférez D. José María Urien de la primera del tercero fue destacado a Colonia, regresó de ella con licencia; debió volver muy a principios de Diciembre; no lo verificó; el primero de Enero no concurrió ni después volvió a su destino y por su notoria mala conducta que usted Exlencia está impuesto, se halla apresado en el cuartel de orden de V. Excelencia. En todo el tiempo que estuvo en la Colonia ni después ha hecho servicio alguno." Es ascendido al grado de Capitán.
      En 1810 se pronunció por la causa de la revolución. El 20 de Mayo se encontró en el enfrentamiento que tuvo lugar en el teatro entre oficiales españoles y revolucionarios patriotas. Dicen que Urien hirió allí de un sablazo en la cara al hijo mayor de Pedro Durán, comandante del Fijo. El 30 de Junio siendo subteniente del número 5, pidió se le conceda el sueldo de Ayudante Mayor para que lo que lo había nombrado el general de la expedición, en atención a sus servicios. El 5 de Julio retiró su solicitud para que se le abone el sueldo de Ayudante Mayor. Se incorporó en el Ejército Auxiliar como ayudante de campo del Coronel Antonio González Balcarce. La junta le ordena a Francisco Ortiz de Ocampo la captura del ex virrey Don Santiago de Liniers, residente en Córdoba. Ortiz de Ocampo destaca a su segundo, el coronel Antonio González Balcarce, en persecución de los fugitivos. En la noche del 6 de Agosto (1810), al llegar a una estancia (que sería la de las Piedritas, cerca del Chañar), Balcarce descubrió una lumbre dentro del bosque y que, dirigido a ella, encontró la mantenían dos hombres a la puerta de una cerca de ramas de árboles. Los paisanos estaban guardando unas mulas; interrogados, en la forma eficaz que se supone, dieron al pronto respuestas confusas. Pero luego uno de ellos confesó ser las mulas de Santiago de Liniers, que se encontraba en una choza escondida en el monte, a tres cuartos de legua.
      El delator era un negro, peón de la estancia, que había recibido dinero de Liniers para ocultarle: sirvió de guía para descubrirle. Ya seguro Balcarce comisiona, para capturarlo, al capitán Urien, "joven que siempre se a distinguido por estar adornado de todos los vicios." Urien encontró una cabaña escondida en el monte pampeano. Dentro de ella se encontraban Liniers, acompañado de D. Tadeo Llanos, canónigo de la Catedral de Córdoba y el ayudante Melchor Lavín. Pasada la media noche, Liniers, Lavín y el cura Llanos fueron bruscamente despertados por la partida que rodeaba el rancho. Cuando Urien intimó a Liniers para que se diera preso, éste le disparó sus dos tiros de escopeta, escapando Urien a la muerte por la doble y extraña casualidad de haber fallado las cebas. Poniéndoles las bayonetas al pecho, los precisó a vestirse y enseguida los ató con los brazos atrás, pero con tan crueldad al Señor Liniers que le reventó la sangre por la yema de los dedos. Correspondiente a este tratamiento era el de palabra tuteándolo y llamándole "pícaro sarraceno."
      Tres horas permanecieron atados que fueron en las que tardó en amanecer y parte de ese tiempo se ocupó Urien en saquear los equipajes de los presos, siendo de bastante valor el de Liniers (contenía joyas y algún dinero). Luego que amaneció dispuso Urien conducirlos al lugar señalado por Balcarce, y montando él en la silla y con las armas del señor Liniers, le puso a éste una indecentísima e incómoda montura. Puestos en viaje los corifeos de la convulsión fallida (en una galera facilitada por D. Eufrasio Agüero) al enfrentar el atrio de Santo Domingo, el general Liniers obtuvo permiso de Urien, para depositar en manos de su protectora Virgen Santísima del Rosario, su bastón de Virrey, como un recuerdo al pueblo de Córdoba.
      El 7 de Agosto de 1810 Antonio González Balcarce y Francisco Ortiz de Ocampo redactaron desde la Posta del Pozo del Tigre un parte de la expedición. A continuación se reproduce parte de él: "También merecen un particular elogio, y que V.S. los recomienda la Exma. Junta Gubernativa, el capitán de granaderos graduado de teniente coronel del regimiento nº 3 Don José León Domínguez, y el alférez de su compañía don Benito Escalante, el subteniente graduado de capitán del regimiento nº 4, Don José María Urien, que ha dado pruebas de valor conocido, y por un accidente no ha sido víctima: el teniente de granaderos del mismo regimiento D. Domingo Albariño, y el subteniente de fusileros Don. Juan Anderion; y últimamente el cadete graduado de subteniente del regimiento nº 1º D. Manuel Roxas, que ejerce funciones de ayudante de campo; pues todos estos oficiales, que son los que me han acompañado, se han esmerado en adelantar su tropa, y conducirla en la precipitada marcha que se ha seguido, con el mejor orden y disciplina, contribuyendo, además, cada uno con cuanto ha estado de su parte para que no frustrase el éxito a que anhelaba."
      El 8 de Agosto (tercer día de marcha) llegaron a la Aguadita. La prontitud con que se les hizo caminar desde este lugar y la escasez de cabalgaduras, les obligo a caminar muchos días sin camas y a pasar las crueles noches de frío del mes de Agosto en este hemisferio del Sur envueltos en sus capotes. En uno de estos días hicieron noche es casa de una pobre mujer, que se afanó en preparar para el señor obispo una cama menos incómoda y más decente que pudo, pero habiéndolo observado Urien, usando las expresiones más obscenas que precedían y acompañaban siempre a todo cuanto hablaba, dijo a la mujer: "¿Y que deja usted para mí?" y tomando él la cama dejó a su ilustrísima pasar aquella noche con los demás.
      Los frecuentes registros de Urien hacia los presos los obligó a entregar al negro cocinero algunas cosas que les ofreció la compasión y les obligó a aceptar la necesidad; pero duró muy poco este asilo porque habiéndolo observado Urien lo registró también y le quitó todo y trece pesos que tenía para comprar alimentos.
      Otra pobre mujer del tránsito que llegó a entender la desnudez en que venían y que ella sin duda se figuró aún mayor, compró seis pañuelos de narices, muy ordinarios pero que le costarían todo cuanto poseía, y bañada en lágrimas se los distribuyó, y los recibieron con el aprecio que en su sensibilidad merecían las demostraciones de esta alma no menos sensible, bien poco les duró su posesión pues al siguiente día fueron presa de Urien en el registro.
      El doctor Rodríguez era un extremo fumador en papel y por absoluta falta de él caminaba con mucha mortificación y compadecido de ésta uno del tránsito, le dio dos pliegos que por más que él procuró ocultarlos con la mayor cuidado, también fueron presa de Urien, que se mostró con su acostumbrada fiereza, por más que le encarecía aquel virtuoso individuo su necesidad, y solo consiguió rescatarlos dando por ellos un par de charreteras de oro de calzón que había conservado hasta entonces porque les ocultaban las botas.
      Se extrañará la franqueza con que algunos trataban y socorrían a los presos por estar en oposición con el maltrato que digo recibían de Urien, pero se satisface con decir que no era efecto de su indulgencia, sino de sus vicios que precisándolo estos a que siempre que tenía ocasión jugase, y bebieses hasta ponerse ebrio y otros desórdenes menos decentes, abandonaba enteramente los presos a otro oficial, quien con los soldados lo miraban con alguna más atención y cuando Urien se llegaba a verlos, era solo para insultarlos con obscenidades e injurias; de este modo desahogaba el calor del vino y el de la pérdida en el juego; no contento con lo que les robó, y con presentárseles vestido con las mismas prendas, llegó a tal grado su bajeza que hasta los pantalones del cochero del Sr. Liniers no se exceptuaron y los usaba.
      Sabiéndose en Córdoba que debían pasarlos por el lugar de Ranchos que dista 20 leguas de la ciudad salió de ella con licencia del General Ocampo, el teniente coronel urbano Manuel Derqui, sobrino político de Rodríguez y secretario del gobernador Concha, con una carretilla de bastimentos y ropa que enviaron las esposas y familias de los ilustres presos, y con los criados que le quitaron cuando los prendieron; todo les entregó y les suministró algún dinero propio, para lo cual los esperó en este lugar a donde llegaron el 10 de Agosto y teniendo que demorarse para componer un coche que se les había descompuesto se alojaron en casa del respetable presbítero el maestro D. Felipe Ferreira quien desplegando su fidelidad a la nación, usó con estos señores toda la generosidad y nada perdonó para obsequiarlos y servirlos.
      Para proporcionarlos algún descanso se retardó la compostura del coche; ni daba esto ningún cuidado Urien que ocupado en dar a sus vicios el pasto que le proporcionaba la tal cual población y civilización de aquel lugar, y por otra parte obsequiado del presbítero Ferreira que pudo vencer aparentemente la oposición y disonancia que había entre sus costumbres y las de Urien para merecer su amistad y confianza a beneficio de los presos, y que logró obtenerlas con algunos sacrificios pecuniarios, franqueándole reses y caballos para la tropa, no tuviera cuidado Urien de permanecer algunos meses en este lugar.
      Por otra parte quien regalaba a los soldados y los tenía contentos y todo produjo el deseado efecto de que en los 9 días que permanecieron en los ranchos fueron visitados y tratados de todos cuantos lo solicitaban, llegando hasta el punto en que S.I. acompañado del presbítero Ferreira y de un religioso de la Merced salió a visitar la iglesia parroquial y otra que se estaba edificando a más de un cuarto de legua de distancia, pero el párroco de este lugar Manuel Aguirre nunca se presentó a saludar a su obispo. En la misma tarde el presbítero pidió a Urien una hermosa escopeta de dos cañones del señor Liniers a quien la presentó para que saliese a cazar como lo verificó; pues era su pasión dominante.
      En el propio lugar se presentó al señor Liniers un soldado que servía a Urien con un caja de oro guarnecida de brillantes propia de su excelencia que estaba tasada en el Río Janeiro en 7.500 pesos fuertes diciéndole que aquel se la mandaba a vender 400 pesos y que de ellos pudiese rebajar 50 y que sabiendo era de su excelencia y creyendo que valía mucho más le proponía si quería tomarla; agradeció el señor Liniers esta propuesta y temiendo que fuese alguna trama de Urien se valió del presbítero Ferreira para que facilitase el dinero y la comprase como para sí; sin embargo el soldado lo comprendió y al tiempo de recibir el dinero pidió a su excelencia se le entregase 10 pesos menos que Urien le había ofrecido para él si la vendía. No podía la generosidad del señor Liniers, admitir esa noble acción y haciendo que se le entregasen los 10 pesos, le manifestó con toda la emoción de su sensibilidad la pena que tenía en no haberlo conocido en el tiempo de su mando y tomando su nombre le ofreció tenerlo presente cuando las circunstancias le fuesen más favorables y premiarlo como merecía su buen corazón.
      A los dos días el mismo soldado hizo igual venta en dos onzas de oro de un alfiler de pecho de un solo brillante avaluado en 1.200 pesos también de la propiedad de Liniers y que por su orden tomó el presbítero Ferreira. Del valor y aprecio que hizo Urien de estas dos alhajas se pueden deducir sus conocimientos.
      Estas alhajas las tenía en su poder el señor Liniers cuando lo pasaron por las armas y no se ha sabido su paradero, que no lo ignoran Castelli y sus socios en aquella horrenda acción.
      La libertad que se ha dicho gozaban en los ranchas los presos; la buena disposición en que se hallaban los soldados para con ellos particularmente con el señor Liniers a quien era imposible tratar y no amarlo y a quien siempre llamaban nuestro libertador, hizo ocurrir a dos sujetos de que aquel lugar la idea de proporcionarle la fuga a tierra de los Indios Pampas, que amaban al extremo al señor Liniers por el buen trato que de él recibieron mientras fue Virrey y por la misma razón el señor Concha desde que le conocieron gobernador, debe advertirse que en el tiempo de mando del señor Liniers vinieron a visitarlo infinidad de indios por conocer al vencedor de los enemigos que atacaron aquel país.
      Combinado perfectamente el plan de fuga se lo manifestaron a los ilustres presos haciéndoles ver que en dos o tres días podrían llegar pues estaban auxiliados con más de 200 caballos excelentes, de prácticos o baqueanos del camino, dinero y armas y que ellos mismos los acompañarían; añadiéndoles que entre los indios estarían con seguridad hasta ver con el semblante que tomaban las cosas adonde podían para con utilidad del estado. Ninguna objeción hicieron a la facilidad y total seguridad del plan, hubo diversidad de pereceres entre ellos a favor y en contra de la fuga, y por fin todos convinieron en que se interesaba más la buena causa en que significó Buenos Aires.
      El 15 de Agosto, fiesta de la Asunción de la Santísima Virgen del Cielo, solicitó el presbítero Ferreira permiso a Urien para que celebrase el señor obispo Orellana el santo sacrificio de la misa en aquella festividad. Solo consiguió por respuesta que el reo de estado no podía decir misa. Viendo Ferreira que sus esfuerzos habían sido inútiles se valió de una mujerzuela a quien obsequiaba Urien y por este conducto de ignominia se consiguió que al día siguiente 16 dijese misa y en ella comulgaron con especial devoción y recongimiento interior los cinco señores restantes y luego todos juntos renovaron entre sí el juramento que habían hecho de fidelidad a Fernando VII y a la nación española de defender sus derechos y derramar su sangre por la justa causa que seguían. Esta comunión sin pensarlo ellos fue el sagrado viático con que a los diez días entraron en la eternidad. Cuando Urien, después de derretir en nocturnas orgías las joyas o el dinero con que hasta entonces se habían salvado los infelices, y estaba fermentando su borrachera, esos eran los momento que aprovechaba algún gaucho para poner estribos a las monturas (removidos por Urien para hacer más dolorosa e incómoda la marcha) o alcanzar un paquete de cigarrillos a los fumadores.
      Castelli, el coronel Nicolás Rodríguez Peña, Don Domingo French y una escolta salió de Buenos Aires con la orden de ejecutar a los prisioneros en el lugar en que fuesen encontrados. El día 24 de Agosto, el capitán Urien recibe la orden de detener la marcha cuando cruzaba la selva denominada Selva de los Papagallos, donde el día 26 es alcanzado por Castelli. Dos horas después Liniers y sus compañeros fueron fusilados en Cabeza de Tigre.
      No es exacto que el coronel French hubiera mandado el fuego del pelotón a los prisioneros. Esa comisión fue desempeñada por el capitán Urien; y es exactísimo también que nadie se hubiera permitido allí burlas y risotadas. El acto fue completamente silencioso y serio, grave y terrible.
      El ex virrey fue tratado tan desconsideradamente que el 2 de Septiembre, la Junta porteña ordenó procesar a Urien "Ha llegado a noticia de la Junta, que el ayudante Urien no se ha manejado con la pureza y honor que debía en la prisión de Don Santiago de Liniers, ocupando sus alhajas… y procédase a aplicarle la pena que se considere justa… persiguiendo las alhajas que hubiese dilapidado, y dando cuenta a la referida junta para su conocimiento y que salga de la sorpresa que le ha causado tanta extraña conducta ".
      "me embargaron varias alhajas, entre ellas un pectoral de esmeraldas; pero pasando al día siguiente a la posta intitulada Ojo de Agua, fui registrado, ocupando el oficial que allí mandaba unos 250 pesos, algunas sábanas y camisas y tres onzas de oro que tenía en mi bolsillo, dejándome sin un peso. muy necesitado de ropa blanca. En este estado arribé a esta guardia." (El obispo Orellana al presidente y vocales de la junta, guardia de Luján, 31/10/1810.) Urien también se quedó con la espada, el bastón y el señor de Liniers.
      La opinión sobre Urien, aportada por un cronista de la época, y recogida por varios historiadores, ha sido refrendada por Vicente Fidel López, quien dice: "El general Ocampo había remitido a los presos con dirección a Buenos Aires, bajo la custodia del capitán de patricios José María Urien, conocido generalmente por Pepe Urien para no confundirlo con su respetable padre el comandante Don José Domingo Urien. Pepe Urien era un joven bravo hasta la temeridad y seguro como patriota, pero era irreflexivo y calavera, sin escrúpulos y sin responsabilidades, era capaz de todo; a tal punto que por sus buenas condiciones de militar contaba con infinitos amigos en todas las clases de la sociedad, sin contar con el aprecio de nadie por los defectos que hacían desgraciada su índole. Para él, fusilar a Liniers, a Concha, al obispo, y a cien más como ellos, si se lo mandaban, era lo mismo que fusilar a cien perros, tan contento y con tan buen humor hacía lo uno como lo otro; nada era grave para él en política o en costumbres, fuera de su adhesión a la patria."
      Se incorporó al Ejército del Norte en septiembre o octubre de 1810. Se encontró en el combate de Cotagaita, el 27 de octubre de 1810, luego en la batalla de Suipacha, el 7 de noviembre de 1810, como oficial de Arribeños. Participó en el avance del Ejército Auxiliar hasta Potosí, donde se creó el regimiento de Voluntarios de Infantería, para el cual fue nombrado segundo jefe con el grado de teniente coronel. Intervino en la acción de Huaqui, el 20 de Junio de 1811, con este rango. Después de esta última desastrosa batalla, regresó a Buenos Aires donde fue enjuiciado por su presunta cobardía e ineptitud. Cuando el juicio se cerró sin condena ni absolución.
      Entre el combate de Suipacha y el desastre de Huaqui, Urien se casó con Doña Catalina Salinas y Rivero, nacida en Cochabamba. El fracaso de la campaña al Alto Perú, sobre todo después de Nazareno, el 12 de Enero de 1812, devolvió a muchos soldados a sus casas, entre ellos, a José María Urien, quien regresó a Buenos Aires con su compañera para presentársela a sus padres. El 3 de Marzo de 1813 en la Parroquia de la Merced bautizaron a su hija, Manuela Dolores Rita Celedonia Urien. José María y su esposa Catalina fueron también padrinos de Eugenio Serapio de el Corazón de Jesús, nacido el 14 de noviembre de 1814 en Potosí. A mediados de 1812 solicita y consigue su baja del ejército. Luego de esto se dedicó al comercio y estableció una casa de remates.
      En 1815, tras la caída del gobierno de Carlos María de Alvear, se reincorporó al ejército, prestando servicios en la guarnición de la capital.
      Participó en los hechos de la Anarquía del Año XX, combatiendo en varios encuentros menores, tras lo cual le fue reconocido el grado de Coronel. Fue dado de baja en 1822 por la reforma militar del ministro Bernardino Rivadavia, su tío segundo. Esta reforma, decretada el 28 de Febrero de dicho año, por la que Rivadavia pasó a retiro a todos los oficiales que no tenían destino fijo, puso automáticamente en su contra a todos los militares alejados, incluido Urien, y casi todos se unirían a las rebeliones en su contra.
      José María tenía amores con una mujer casada, Josefa Larrica, y en complicidad con esta asesinó a su marido, episodio culminante de esta biografía. Josefa era producto de una relación entre un criollo y una negra, o viceversa. Abandonada al nacer, la tomó en adopción la parda Rufina, una especie de madama morena que regenteaba un café en la Recova al que asistían parroquianos en busca de diversión reñida con la moral. A Pepa la adolescencia le sentó tan bien, que se convirtió en una atractiva, inteligente y sensual morocha de 16 años, inspiradora de un virtual club de admiradores. Entre ellos, José María Urien, quien se convirtió en favorito de la escultural mujer.
      El entusiasmo de Urien contrastaba con los planes de la parda Rufina, quien pretendía un rico comerciante para su hija putativa. Como ya vimos Urien se dedicaba al comercio, era rematador. Pero Rufina buscaba uno con mucho dinero. Los amores secretos entre Josefa y José María obligaron a que Rufina echara mano a un candidato sin más demora. Fue entonces cuando apareció en escena, en 1819, el próspero comerciante portugués, y madurón, quien gracias a su fortuna convirtió a Josefa en La Rica y en rica.
      El matrimonio La Rica tuvo dos hijos y la morena madre disfrutó de las comodidades que le brindaba la fortuna de su marido. Sin embargo, la llama de la pasión clandestina seguía encendida. Pepe y Pepa seguían viéndose.
      A principios de 1822 una noticia sacudió a Buenos Aires. En el sótano de una casa ubicada en la calle Chile, dentro de un saco de yerba, apareció en cadáver del comerciante La Rica. Todos los índices apuntaron a la infiel pareja. La parda Rufina intentó salvar a su hija e inculpó a Urien, el rematador. Sin embargo, la correspondencia más alguna infidencia de los criados permitió establecer que no uno, sino los dos estaban involucrados. Ella como instigadora y el como ejecutor.
      Fueron encarcelados, para escándalo de la respetable familia Urien y enojo de la célebre Rufina.
      Un acta policial del 14 de Mayo de 1822 dice: "Acusando: recibo a la nota del Gefe de Policía relativa a dar cuanta de la prisión de Doña Josefa viuda de la Rica.
      Leopoldo Lugones escribió sobre este homicidio pasional en su libro "Nosotros", publicado en 1938, lo siguiente: "Y ahora nos ocuparemos de nuestro punto de vista, abandonando al héroe legendario, que ya para nada lo precisamos.
      El sentimiento de ciega pasión, como dijimos, de total consagración al objeto amado, los absuelve a todos. No hallamos, bajo este punto de vista, nada que tildar. La mujer simbolizó para ellos el ídolo absoluto. Si uno fue hasta la cárcel y luego, por encadenamiento de circunstancias, hasta el patíbulo, la voluntad de la mujer que amara estuvo siempre fija en su pensamiento. Un homicidio por amor, no es un asesinato vulgar, aunque el marido sea la víctima. Por lo demás, el marido en este caso reviste unas apariencias tan poco seductoras, que los sufragios en su favor son muy escasos. Al amante no le era indispensable su muerte: a ella, tal vez. Al consumar aquella muerte, no fue sino el brazo liberador. Lo hizo por ceguera pasional, por sugestión amorosa. Los jueces no hacen el distingo, pero el psicólogo sí.
      Veamos. Corre el año 22 del siglo pasado. En Buenos Aires se realizan conciertos donde se ejecuta el Don Juan (precisamente) de Mozart y La Urraca Ladrona de Rossini. Existe una sociedad Literaria, que organiza veladas de bellas letras; funciona una Academia de Medicina; hay un teatro donde se representa a Calderón, Voltaire, Racine… La época de Rivadavia, europea, civilizada.
      Y, precisamente, su sobrino el coronel José María Urien, es el héroe del drama. Turbulento y jugador, cuanto buen mozo, es tal como su papel lo exige. Tiene un antecedente histórico: Fue quien hizo prisionero a Liniers, en Córdoba, cuando se levantó contra la revolución de Mayo. Después, su vida se perdió de vista. Aparece diez años después, conspirando contra su altísimo pariente; mezclando sus lances de amor y sus intentos de asonada.
      Ella, Josefa Larrica es la esposa de un acaudalado comerciante portugués. El Brasil había invadido la Banda Oriental y los lusitanos se filtraron hasta Buenos Aires, llevados por su apetencia secular. El apellido es suyo, porque ella no lo tiene, y sin duda debe estar castellanizado. Josefa Larrica, a quien llaman Pepa, cual es costumbre, tiene un pasado obscuro. Es hermosa, de cabello crepo renegrido, ojos como luceros, boca sensual y cuerpo cimbreante. No creemos que la sangre negra corra por sus venas. Pero era la época: se insultaba de mulato hasta los mismos rubios, en cuanto el cabello se le ensortijaba. Por su poder de fascinación, de dominio sobre el marido y el amante, preferimos buscarle el parecido con alguna Fátima de novela de Salomé de Leyenda.
      Un galán apuesto, una hembra aguerrida, y un marido sexagenario, de una avaricia y sordidez que ya encargaba el padre Castañeda, de exhibir al sol de la maledicencia. Era más o menos por los años en que Mister Enrique Beyle anotaba en su cuadernillo esta reflexión de un farmacéutico, arquetipo de Homais, sin duda alguna: "Cuando digo que son fieles, me refiero a su fidelidad al amante, pues a los maridos les ocurre como en todas partes". Afirmación bien lata, a la cual nuestro episodio no le no le opone excepción.
      La compañía de un ser repelente debe ser insoportable, aunque no se sienta amor por otro. Conocimos a una esposa unida a un ebrio consuetudinario, que se quito la vida; y a un hombre en un caso parecido, que abandonó el hogar. Los hombres se marchas; las mujeres de matan.
      Pepa no hizo ni lo uno ni lo otro, porque amaba al coronel Urien. Aquella coyunda sólo podía romperse trágicamente. Y el destino de Manuel Larrica se cumplió. Alguien ha escrito que la felicidad, después de un crimen por amor, sería completa si no existiera el remordimiento. Debemos suponer que lo hubo. La justicia hizo lo demás, y ya el drama se bifurca por laberintos de juzgado. Ella desapareció en la oscuridad de las grujías. Pero él, libertado por un grupo revolucionario, cayó prisionero y fue fusilado en la plaza de la Plaza de la Victoria, como reo político."
      Josefa vuelve a aparecer residente en Buenos Aires en el Indice del archivo del departamento de general de policía, desde el año 1812: "28 de Diciembre de 1829: El comisario de la primera sección remite presos a José Bustos, Pedro Jorge, Pedro Lucer, Francisco García, Pedro Arriola, Luis Gómez, y Mariano Moreno; el primero por uso de cuchillo, el segundo y el tercero por haber dado de golpes a Pedro Cávia, el cuarto por andar prófugo de su amo, el quinto por haber castigado a una esclava de D. José Rivera, el sesto por haber herido a Gervasio Escalada, y el séptimo por haber insultado a Doña Josefa Larrica." En otra acta de el año 1830 consta: "11 de Febrero de 1830. Comunica el comisario de la 1º sección, no haber presentado testigos Doña Pepa Larrica, sobre los insultos que dice esta haberle hecho el moreno preso Mariano Vazquez." Josefa fue desterrada a Bahía Blanca luego del escándalo pasional y ya muerto su amante, hecho que se verá a continuación. Su atractivo permanecía intacto, cuando alrededor de 1833, actuaba como espía de Rosas en Montevideo. Enamoraba a oficiales unitarios para sacarles información. Pepa La Rica rea en Montevideo, junto con otras mujeres de su especie y condición, uno de los agentes más activos de la tiranía. Era su hermosura el resorte que ella tocaba para hacerse seguir hasta el campo de Oribe por aquellos jóvenes inocentes.
      Volviendo al año 1823 en Buenos Aires, sabemos que Urien permaneció once meses en un calabozo de la cárcel del Cabildo, hasta el 19 de marzo, día en que es liberado por los revolucionarios.
      Como ya se vio muchos militares y políticos estaban en desacuerdo con la reforma militar rivadaviana, incluido Urien. En Agosto de 1822 fue denunciada una conspiración en contra del gobierno, dirigida por el ex ministro Gregorio García Tagle (uno de los afectados por las reformas), que fue rápidamente sofocada. La segunda revolución, llamada la "Revolución de los Apostólicos", que estalló el 19 de marzo de 1823, es en la que toma parte nuestro personaje, y de resultas es ejecutado.
      Con los acusados de aquellos días también vino José María Urien a pagar tributo. Acusado de haber dado muerte a La Rica, hacía once meses que esperaba en la cárcel la sentencia en segunda instancia, a pesar de haber pagado cuatrocientos pesos para su defensa. Deprimido, pensó en salvarse y entró en la revolución, a ciegas, asido como un náufrago en un madero. Detenido y sometido a proceso, la causa de Urien, muestra las alternativas del motín.
      Puesto en la situación de declarar, el infortunado revolucionario expuso que don José Tomás Aguiar le visitó en la cárcel y: "entrando en conversación le dio un golpe en el hombre, y le habló de una conspiración que se tramaba, asegurándole que él, le había propuesto para comandar una fuerza, estaba servido, y solo esperaba decisión la que había garantido bajo su responsabilidad a los conspiradores, para hacerle presente definitivamente; que se complacía en abrirle el camino por el que podía llegar a vengarse de sus enemigos, y aspirar al aprecio de unos hombres que sabrían corresponder sus servicios colocándolo de Mayor de Plaza." Ante tales perspectivas, Urien no trepidó en entrar en la conspiración, y pudo conocer sus pormenores. Supo así por Aguiar: "que los jefes eran Rolón, Vidal, Bauzá, Horma, Araos, José Benito Peralta, Viera, y un Don Juan Moras: quedando sobre este en duda, hasta manifestación de un documento, que no le presentó, y por consiguiente ser falso: Que Don Gregorio Tagle era el que administraba todo lo preciso, y al efecto le habían dado quince mil pesos en onzas de oro, de las que me dio antes de la revolución, diez a mí sin haberlas pedido."
      Narrada la forma interesante de cómo fue ganado Urien al movimientos y citados sus principales promotores, la declaración descubre el móvil de la asonada. El plan, según la confesión hecha por Aguiar a Urien, consistía en: "variar el Ministro de Gobierno, y el jefe de policía y el Dr. Pico como abogado particular en los asuntos de aquel, y su íntimo amigo; que la administración de la justicia solo los escribanos hablaban de quedar; que las armas, y municiones, además de las que trajesen para ganar los depósitos, debían tomarse reunida a la gente para armar a los decentes que viniesen sin ellas, en la casa de un inglés cuyo almacén está contiguo a la puerta de los altos en que vive Don Mateo Vidal detrás de la Catedral, y tiene también puerta de comunicación interior a la escalera de dichos altos, por lo que debía entrar, asegurándole que en este almacén se encontrarían cien pares de pistolas, cuarenta o cincuenta carabinas, y muchas de ellas de dos cañones; y unas de privilegio tenían guarniciones amarillas, y otras armas blancas; que había considerable número de cartuchos de menor calibre, los más de dos balas, y de los que le presentó diez paquetes en el calabozo, introduciéndolos en sus viajes."
      Según las constancias del sumario, Urien presenta a su informante como a un hombre responsable y cauto. Ningún detalle se le escapa. Así, en el probable caso de un contraste, Aguiar aconseja al iniciado que la reunión debía hacerse en la casa del campo Dr. Gregorio Tagle, y en el de caer prisionero, o herido cualquiera de los cómplices debía negar todo.
      Con tales promesas e intrusiones entró Urien en la conspiración. La noche del 19 de marzo, a las diez de la noche, evadido de su celda y puesto en libertad ,veintidós presos, se lanzó a la calle a secundar la causa revolucionaria. Iba henchido de esperanzas; era la liberación. Triunfarían porque eran muchos y los jefes estarían en el sitio de prueba jugándose las vidas.
      Pero cuando llegó a la plaza de la Victoria. ¿Qué había pasado? ¿Donde estaban las bellas concepciones de Aguiar? Quimeras. Nada más que humo entre las manos. El mismo se encarga en el sumario de narrar el instante culminante de la refriega. Cuando estuvo en la plaza se le acercó un fraile franciscano y le dijo: "caballero oficial tome V.M" y dando vuelta se encontró con un mozo de escapularios que le daba, expresando ser el mejor defensivo en aquel trance. Después, no vio sino al Coronel Araos con una corta fuerza de caballería que cubría la boca de las calles de la Catedral y de las Torres; el Coronel Bauza que andaba por todos los puntos, y un tal Peralta, y no vio a los demás que deja indicados por la oscuridad de la noche y el disfraz de sus trajes; solo le dijeron que uno que iba por la relojería, con capote oscuro, y gorra era Rolón, y aunque lo llamó dándole un grito como al mismo tiempo comenzó el fuego de la Recoba a la Fortaleza, no puede decir si le contestó o no. Pasado el primer instante y viendo que las cosas empeoraban, Urien, acompañado de Peralta, fue alternativamente a casa de Vidal y de Rolón. En la primera, Urien grito "Vidal" y desde el balcón le respondieron que el buscado estaba en Barracas en casa de su suegro, en la segunda, le huyeron que había salido. Decepcionado, el prófugo intuyó al fin que, él solo venía a ser el único comprometido.
      En efecto, las tropas del fuerte después de un tiroteo de diez minutos conjuraron la revuelta, y los implicados fueron detenidos en gran número, pero Urien logró huir. El departamento general de Policía sacó este decreto a los dos días: "Marzo 21 de 1823. Nota del Gobierno al Jefe de Policía, haciéndole saber que por acuerdo especial, a decretado se aprenda al Doctor D. Gregorio Tagle, y ofreciendo un premio de 2.000 pesos a cualquiera que lo aprenda o delate con seguridades, y 200 pesos, por cualquiera de los individuos siguientes: D. Rufino Bauzá, D. José María Urien, D. Pedro José Viera, y D. Isidro Mendez, y por todo aquel que se aprehenda y justifique haber sido citador para la asonada de la noche del 19 del corriente."
      Finalmente Urien se entregó el sábado 22 por la mañana, previa promesa del gobierno de que la pena de muerte le sería conmutada por la de destierro perpetuo.
      Urien pensó en salvarse; para ello no le quedaba más que un solo camino, atenuar la falta, y recurrir al ministro de gobierno. Urien le escribió a Rivadavia (su tío) la siguiente carta:
      "Mi tío y señor. Un hombre desgraciado implora su protección, y que tenga presente las lágrimas de mi señora madre. Suplico se me permita presentar donde se me ordene bajo la garantía de mi vida y dándoseme pasaporte para Montevideo, sin que pueda volver al país en ningún tiempo, ofreciendo delatar a todos los cómplices cuyos sujetos no se han obrado y están en nuevos planes, y otras cosas grandes que se sabrán, pues han sido unos bajos cobardes que no han hecho más que comprometerme con ofertas y tropas las que no hubo, y con la Capa de unir la religión. Si esta súplica hubiese lugar ante el gobierno, de la garantía a mi Madre por escrito, y un circular de los jueces de Barracas hasta la Ensenada de Barragán que si me presento se me conduzca ante el gobierno: mas digo que asegurado que sea de que antes de las 24 horas se me de mi pasaporte para embarcarme, haré sorprender un depósito de sables y pistolas y municiones, y quince mil pesos en onzas de oro, destinado solo para dicha revolución. Espero se duela usted de un pariente desgraciado. Yo en mi vida no he alborotado ni fe puesto en desorden a mi Patria: al contrario he esgrimido mi espada con honor contra sus enemigos como es constante por miles de documentos que conservo, pero me ha dado la calumnia del bajo Nogué acusándome de asesino de Larrica, de aquella muerte, soy inocente, y sin embargo de serlo se me ha detenido en un calabozo once meses, los que me han causado desesperación. Suplico por la respuesta y espero de su generoso corazón así lo haga para sosiego de mi desgraciada madre, la que me aseguran está sin consuelo."
      Rivadavia recibió y leyó impávido la súplica. Como interesaba descubrir el depósito de las armas mencionadas por el detenido, se concretó a ordenar el 22 de Marzo: "Se pasa al juez de primera instancia Dr. D. Juan García Cossio, la adjunta carta original de Don José María Urien, con el objeto de que presentado que sea, preceda luego a tomarle la exposición que ofrece en ella, bien entendido que antes de que la haga se le debe prevenir que en el caso de resultar falsos los hechos que manifiesta o que para salir de su compromiso hace uso de la calumnia, se considerará como no existente la promesa del gobierno ha hecho al expresado señor en el de salvar su vida."
      John Murray Forbes, cónsul de los Estados Unidos en Buenos Aires desde 1820 hasta 1831, escribió el martes por la mañana del 25 de marzo de 1823 escribió:
      "Acabo de recibir la más penosa visita. Se trataba de la madre de Urien, anciana respetable, a quien acompañaban otras tres señoras. Ella se postró a mis pies y con el acento más desgarrador, impetró mi influencia para salvar la vida de su hijo, condenado a morir, a despecho de la promesa escrita y formal del gobierno, de conmutas esa pena por el destierro perpetuo. Le dije que yo estaba convencido que el gobierno cumpliría con su palabra, pero que tenía motivos muy poderosos para saber que mi intercesión de nada valdría y que sería rechazada. Que tenía resuelto nunca solicitar una gracia, salvo en casos de mis propios compatriotas, únicos que caían sobre mi competencia."
      Urien, acompañado de la policía fue a la casa donde según le dijeron se escondían las armas. Allí trató de probar la verdad de sus aseveraciones, pero el esfuerzo fue vano; nada en concreto logró establecerse. Después, llevado a declarar ante el juez por segunda vez, divagó, se contradijo; erró el golpe y precipitó la caída. Buscó defensores: Alvear se excusó, Las Heras pretextó ocupaciones. El 8 de Abril, Urien, sintió que la noche total e inevitable empezaba descender. En el corto espacio de unas semanas, como la cintura del genio descripta por Anatole France, que vencida por el deseo de lo desconocido había consumido en pocas horas el ovillo de la vida, el sobrino del ministro apuró la asonada, la libertad, el proceso y la condena.
      Rivadavia sabía cumplir con su deber. Fría, reflexivamente, al pie de la pena de muerte, que el doctor Cossio determinaba para el reo, estampó: "Bs. As, 8 de Abril de 1823. Cúmplase y ejecutese a las diez del día de mañana en la plaza de la Victoria a cuyo efecto comuníquese las respectivas órdenes a la Inspección General y al Jefe de Policía." Por sobre todos los reclamos del corazón, el ministro seguía siendo el triunviro conjurador del "Motín de las trenzas" y el ejecutador de Alzaga. Tocaba la cuerda más alta de su registro de funcionario; la vida pública, poseía para él reclamos más hondos que los vínculos de familia.
      El libro "Cinco años de residencia en Buenos Aires: durante 1820 y 1825" de George Thomas Love, relata así la ejecución de Urien el lunes 9 de Abril de 1823: "El primer fusilado que había estado implicado en la asonada fue el coronel Francisco García. A esta ejecución le siguieron dos más, las de Peralta y el Coronel Urien. Este último había sido oficial tanto en Buenos Aires como en el Perú, y ahora era castigado por la participación en la conspiración, y por un asesinato cometido unos años atrás. Estaba detenido en el Cabildo, aguardando su sentencia por la última de las ofensas, y \endash porque estaba emparentado con Rivadavia- se estaban moviendo influencias para liberarlo, cuando los conspiradores lo rescataron. Una intensa búsqueda del prófugo fue llevada a cabo, y unos pocos días después él mismo se entregó, a condición de ser amnistiado a cambio de la delación de los involucrados en la conspiración. Varias personas fueron arrestadas a raíz de sus declaraciones, entre ellas un comerciante inglés de nombre Diego Hargreaves, acusado de haberles vendido armas a los rebeldes a la una y las dos de la madrugada del día 19 de marzo. Una investigación demostró que todas las acusaciones eran falsas: los acusados fueron liberados, y Urien se preparó para morir.
      Urien era bien conocido en los cafés de Buenos Aires. Estaba muy endeudado, y algunos de sus acreedores eran ingleses. El asesinato por el que había sido sentenciado había sido cometido en complicidad con una mujer \endash esposa del hombre asesinado- y el cuerpo había sido cortado en pedazos y enterrado en distintos momentos y lugares (esta es una teoría del crimen diferente a la que ya se vio, probablemente esté basada en rumores de la época y se debe considerar falsa). Desde el crimen, Urien había estado en Perú, y luego había vivido también en Buenos Aires, libre de toda sospecha. De muy buen aspecto, era un favorito de las mujeres, y todo un hombre de mundo.
      La ejecución de Urien y Peralta tuvo lugar entre las 10 y las 11 de la mañana. Fueron conducidos desde la prisión del Cabildo en grilletes y rodeados de guardias. Lentamente se encaminaron a través de la plaza hasta el lugar señalado, cerca del fuerte, donde fueron descubiertos, cada uno de ellos portando una cruz, acompañados de sacerdotes. Urien atraía mucho la atención, dada su elevada estatura, su contextura morena y expresiva. Vestía una levita de seda, y caminaba sin ayuda, con firmeza; cada tanto aparecía una sonrisa en su cara, mientras conversaba con los sacerdotes. Se hubiera ganado la simpatía general, de no haber sido por sus crímenes tan terribles. Como estaban las cosas, a la piedad se mezclaba el disgusto de que semejante hombre pudiera ser tan culpable. El otro pobre hombre, Peralta, cubierto por un largo saco, absorto, sostenido por sus amigos y los sacerdotes, era la personificación de la miseria. Al llegar al arco que dividía las plazas, les fue leída la sentencia; y una vez más al llegar al lugar fatal, al que tardaron un rato en arribar, dada la lentitud con que la procesión avanzaba. Ya cerca del fuerte, Urien divisó a los artilleros con sus armas sobre la muralla, y su resolución pareció flaquear, pareció ansioso de estirar el tiempo en el lugar de la ejecución, conversando con los que lo rodeaban. Finalmente, tomó asiento. Su compañero, durante su tardanza, se había sentado, y, llegado el momento decisivo, pareció más compuesto que Urien. Los soldados abrieron fuego: Peralta cayó muerto, pero Urien seguía en su lugar, en apariencia sólo superficialmente herido. El redoble de los tambores cesó, y a continuación se desarrolló una escena espantosa. Varios soldados apuntaron con sus mosquetes a la cabeza de Urien: uno después del otro, todas las armas fallaron; finalmente, uno detonó, pero de acuerdo con el reporte recibido, estaba apenas cargado. El pobre infeliz cayó al suelo, pero no muerto aún; intentó erguirse, apoyándose sobre uno de sus codos. Una nueva descarga de los mosquetes, y Urien quedó inmóvil. Es fácil imaginar el sentimiento de los espectadores ante esta tremenda escena. El ataúd y el coche fúnebre esperaban, y, tras el paso de las tropas, los cuerpos fueron subidos a él y llevados a enterrar. Una cantidad importante de público presenció la ejecución.
      Se certificó que al ser conducido al suplicio, Urien expresó por dos distintas ocasiones que quien tenía la culpa de su perdición era el Dr. José Tomás de Aguiar, que lo había metido en la conspiración, lo que había probado al extremo de haberle convencido en el careo que tuvo la noche del siete ante el juez García Cossio. Pero eso no cambió la pena
      Fue sepultado en el Cementerio del Norte.

  • Fuentes 
    1. [S475] Los Urien, Pertiné, Julio Jorge (h), (Revista del Instituto Argentino de Ciencias Genealógicas. Nº 20, 1982).

    2. [S378] Espel Polisena, Juan Ignacio, Espel Polisena, Juan Ignacio, (juaniespel(AT)gmail.com).