Juan Saturnino Castro González, (*)

Varón 1782 - 1814  (31 años)


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  • Nombre Juan Saturnino Castro González 
    Sufijo (*) 
    Nacimiento 23 Nov 1782  Salta, Salta, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar. 
    Sexo Varón 
    Fallecimiento 1 Sep 1814  Suipacha, Bolivia Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar. 
    ID Persona I34781  Los Antepasados
    Última Modificación 3 Feb 2018 

    Padre Feliciano Castro Aguirre,   n. Potosí, Bolivia Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar. 
    Madre Margarita González Reyes 
    Casado 16 Ene 1774  Salta, Salta, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar. 
    ID Familia F3127  Hoja del Grupo  |  Family Chart

  • Notas 
    • Juan Saturnino Castro y González, nació en Salta el 23-XI-1782, y si bien lo bautizaron con esos dos nombres, siempre se le llamó únicamente Saturnino o Saturno. Contaba 27 años cuando, a mediados de junio de 1810, se supo en su ciudad nativa que el Virrey Cisneros había sido destituido en Buenos Aires y que una Junta vecinal porteña se aprestaba a gobernar el Virreinato en reemplazo de aquel mandatario. El Ayuntamiento de Salta, entonces, convocó a Cabildo Abierto a los vecinos principales del distrito, quienes, presididos por el Gobernador Intendente Nicolás Severo de Isasmendi, proclamaron, por gran mayoría, el 19 de junio, su "mismo sentir" con la determinación bonaerense, y que se mandarían allá "los diputados que se ordenen, con el poder e instrucción debida".
      Saturnino Castro acogió, sin duda, con simpatía, este pronunciamiento de sus paisanos, de expresa lealtad a la Junta de Buenos Aires y a la persona del Monarca cautivo. En aquel tiempo el hombre estaba dedicado al comercio de mulas en gran escala. Así lo revela un contrato que celebró en Salta (5-II-1811) con José de Gurruchaga, en virtud del cual éste le hizo entrega de 5.000 pesos, para hacer frente a los gastos de un arreo mular, que Saturnino iba a conducir personalmente a la ciudad de La Paz, con propósito de vender allá los animales y repartir luego, por mitades, entre él y Gurruchaga, la ganancia que se obtuviera. Un mes después (2-III-1811) Saturnino mandó contratar, en el valle de Lerma, 600 mulas mansas para el ejército de la "Expedición Libertadora" que encabezaba Castelli. Y el 22-IV-1812, desde Livilivi, pequeño poblado en los términos de Potosí, al sur de la cordillera de Chichas, le escribió Castro a su socio José Gurruchaga; "Es constante que dí mil mulas al Señor Castelli ... el adeudo a mi favor sobre esta cantidad de mulas no me satisfizo hasta que pedí libranza para Potosí, en vista de que el ataque se daba pronto en el Desaguadero, y que si eran derrotados los de abajo, como en realidad lo fueron, podía retardarse mi satisfacción" (de esa deuda).
      La venta del millar de mulas para el ejército de Castelli, la había formalizado Castro en el Desaguadero el 16 de abril, o sea cuatro días antes de la desordenada fuga de los patriotas en Huaqui. Castelli estorbó luego el tránsito de otros solípedos que Castro conducía para venderlos en el Perú; por ello el acemilero tuvo que invernar las bestias en Yungas. Ahí, a consecuencia del revés de Huaqui, sucedió un alzamientos de indios, que obligó a Castro a abandonar el arreo, y a ponerse a combatir con su gente en defensa de su vida; "Después de andar veinte y tantos días rodeado de indios y en furiosos combates, donde me mataron hasta el último hombre que tenía, salvando yo apenas herido, no acaso por ser de más valor que los demás, sino por más afortunado; tomé por dentro de unas montañas, en donde anduve tres días sin un compañero, sin tropa, sin ningún alimento, ni más bienes que la vida y mis papeles. Así arribé a Irupana de Yungas, y de allí salí para Potosí". (Tal consigna aquella carta despachada en Livilivi para el socio Gurruchaga).
      Posteriormente - en mayo o junio del año 12 - Saturnino Castro tornó a Salta. Aquí, los revolucionarios venidos de Buenos Aires "lo estorbaron", sospecharon de él, le impidieron salir en busca de sus recuas a Yungas, y, de yapa, lo metieron preso. Castelli - escribió Saturnino - "me tomó todas las mulas ... prometiendo pagar el mejor precio que se pueda"; más los indios se las robaron, y el animoso chalán - a quien "metieron la mula" - vino a sufrir un descalabro económico.

      Castro resuelva guerrear contra los porteños desde las filas realistas

      De tal suerte, aquella simpatía inicial que pudo albergar Saturnino por los revolucionarios "de abajo", quienes positivamente acababan de arruinarlo, se trocaron en profunda decepción. No le fue posible soportar más las pedanterías filosóficas de Castelli y de Monteagudo, el jacobinismo ateo de éstos y otros jefes, y, sobre todo, las jactancias sacrílegas y corrupción insolente de aquellos demagogos que se arrogaban la representación de la patria. Y lleno de rencor huyó de Salta, resuelto a ofrecer sus servicios a Goyeneche, convencido de la necesidad de aplastar a los que juzgaba funestos innovadores de Buenos Aires, enemigos de Dios y del Rey.
      De ahí que al tomar resueltamente la ofensiva el ejército de Goyeneche, a órdenes del "pariente" suyo Brigadier Pío Tristán, marchara incorporado a su vanguardia el Comandante de caballería Saturnino Castro. Toda esa fuerza deja atrás a la quebrada de Humahuaca y a Jujuy, para entrar en la ciudad de Salta, donde - la verdad sea dicha - Tristán y sus hombres son acogidos con expresivas muestras de alborozo.
      El General invasor reorganiza el Cabildo salteño y pone provisionalmente el gobierno político y militar de la región en manos de su segundo, el 4º Marques del Valle del Tojo Juan José Fernández Campero, con el cual permanece el Comandante Castro, al frente de su escuadrón, para resguardo de la plaza conquistada. Tristán, a todo esto, con lo principal de sus efectivos continúa la marcha rumbo al sur, hacia Tucumán, donde Belgrano le cierra el paso, derrotándolo el 24-IX-1812.
      Seguidamente Arenales - el destituido Alcalde de 1º voto de Salta - mediante un sorpresivo golpe de mano se apodera de la capital salteña; en tanto también penetra en ella un destacamento patriota al mando de Díaz Vélez, que venía hostilizando a la retaguardia de Tristán y se le había adelantado por el camino de la Pedrera. Mas interviene Castro con presteza, desbarata el copamiento y recupera la ciudad. Arenales, que casi pierde la vida, se esconde, huye, y a duras penas logra reunirse con las tropas de Belgrano. A su turno Díaz Vélez se corre hasta la estancia "El Bañado", donde Castro lo ataca y lo obliga a replegarse a Tucumán. Díaz Vélez documenta la presencia de su enemigo en un parte del 14 de Octubre, mandado desde la "Puerta de Díaz" a su jefe, en el que, entre otras cosas, le dice; "hasta la fecha no ha salido fuera del pueblo mas partida que la de Castro, compuesta por 100 hombres". Y La Madrid, en sus Memorias, estampa que "en los diferentes encuentros que hubieron en el camino hasta Salta, nos retiramos por el camino de la cuesta, perseguidos por el Coronel Castro, hasta el Bañado, (Hacienda de Figueroa); en este lugar empeñé una fuerte guerrilla con dieciseis dragones para proteger una partida de nuestros cazadores que venían a retaguardia, y hubo de ser tomada por la caballería enemiga" (de Castro).

      La batalla de Salta

      Cuatro meses después, en la lluviosa mañana del 20-II-1813, los ejércitos de Belgrano y de Tristán se encuentran frente a las puertas de Salta, resueltos a dirimir supremacías. Iníciase la acción con el avance a la bayoneta de los "cazadores" de Dorrego, apoyados, sable en mano, por los "dragones", montados de Zelaya, que en la segunda carga arrollan al Marqués de Yavi y a sus 500 tarijeños a caballo, que formaban el ala izquierda realista, sobre los arrabales de la ciudad. Debido a este descalabro, el centro de la línea "española" - mal dicha así, ya que la integraban los batallones peruanos "Cuzco", "Abancay", "Cotabamba", "Chilotes" y "Granaderos de Paruro", bajo el supremo comando del arequipeño Pío Tristán, a las inmediatas órdenes del vasco - jujeño Olañeta y de su segundo, el salteño Saturnino Castro -; dicha línea "española" del centro - decía -, ante el peligro de ser envuelta, se desbanda también precipitadamente, empujada por los regimientos "castas" de Superí y No 6, cuyas unidades bajo al conducción de Forest y Pico irrumpen por las calles suburbanas. Por su parte Tristán, Olañeta y Castro tratan de cubrir la retirada que manda ejecutar el primero; mas ya las formaciones se han deshecho y la batalla está perdida; aunque al pié del Cerro de San Bernardo, el flanco derecho realista, compuesto por los regimientos "Puacartambo", de peruanos, y "Real de Lima", de españoles, resista todavía obediente a su Comandante Antonio Lesdael.
      Pactada la capitulación - luego de enterrar los 584 muertos de ambos bandos, en una gran hoya común, bajo la misma cruz - las tropas derrotadas salieron al campo de batalla a rendir sus banderas, armas, parque, maestranza y demás pertrechos bélicos a sus vencedores, y a jurar, desde el General hasta el último soldado, no volver a combatir contra el gobierno revolucionario de Buenos Aires, bajo cuya sola condición quedaban libres para retornar a sus hogares.
      Belgrano al darle cuenta de su victoria al Segundo Triunvirato decía; "El Dios de los ejércitos nos ha echado su bendición; la causa de nuestra libertad e independencia se ha asegurado a esfuerzos de mis bravos compañeros de armas". Y, más tarde, a su amigo Chiclana le escribió justificando su generosa conducta con los vencidos, que fuera tan criticada en lo círculos políticos bonaerenses extremistas: "Siempre se divierten los que están lejos de las balas, y no ven la sangre de sus hermanos, ni oyen los clamores de los infelices heridos; también son esos los más a propósito para criticar las determinaciones de los jefes: por fortuna dan conmigo que me río de todos, y que hago lo que me dicta la razón, la justicia y la prudencia, y no busco glorias, sino la unión de los americanos y la prosperidad de la Patria".

      El perjurio atribuído a Castro

      En lo que toca a Saturnino Castro, sus enemigos de entonces y la mayor parte de los que posteriormente han escrito la historia argentina, le endilgan el apodo de "Perjuro", con la tacha de infidente violador del compromiso (que los derrotados de Salta pactaron en común, el 21-II-1813), de no volver a pelear contra sus vencedores; el cual voto - forzoso, si bien se considera - quedó dispensado mas tarde por los Obispos Moxó y Francolí y La Santa, en Charcas y en La Paz.
      La enfática acusación que los historiadores le hacen a Castro, resulta, a siglo y medio de distancia, un aspaviento de fariseos. Belgrano, sin ir mas lejos, juró en 1810, como vocal de la Primera Junta - libre de coacción alguna - (sic) "conservar íntegra esta parte de América a nuestro Augusto Soberano el Señor Don Fernando Séptimo y sus sucesores, y guardar puntualmente las leyes del Reyno".
      Belgrano no cumplió el solemne ofrecimiento - que hizo de rodillas, con las manos sobre los Evangelios - y jamás nadie puso en tela de juicio el buen nombre y honor del antagonista de Castro y creador de nuestra bandera independiente.
      Cabe destacar, que el documento suscripto el 27-II-1813 - a siete días de ocurrida la batalla de Salta - por el jefe patriota Eustoquio Díaz Vélez, titulado Estado que manifesta los jefes, oficiales y soldados del ejército de Lima que a consecuencia del tratado del 20 del corriente prestaron juramento de no tomar las armas contra las Provincias Unidas del Río de la Plata, en que comprenden, Potosí, Charcas, Cochabamba y La Paz (2.152 hombres en total, cuya lista encabeza el General Tristán), no figura registrado Juan Saturnino Castro, aunque sí el Teniente "Don Pedro Castro", su hermano menor. En ese papel tampoco aparecen los nombres de los Coroneles Felipe La Hera - parlamentario de Tristán ante Belgrano -, Juan José Fernández Campero - Marqués del Valle del Tojo o de Yavi -, Pedro Antonio Olañeta y Antonio Lesdael, todos ellos con mando de tropa en la aludida batalla.
      Del ejército realista capitulado en Salta, solo 7 oficiales sobre un total de 129 - y 300 soldados de los dos mil y tantos reunidos - violaron la fé de su juramento - según lo asegura Mitre en su Historia de Belgrano. Y añade que con los vencidos que se prestaron a la "sacrílega sugestión" - de quebrantar su juramento -, Goyeneche organizó un cuerpo especial: el "Batallón de la Muerte", que se "vistió con sus fúnebres atributos".
      Inspirada en esta fantasía de don Bartolo, la señorita Renée Pereyra Olazabal, en su novelón histórico El Perjuro, lo hace jefe de dicha macabra unidad - cuya enseña resultaba una bandera negra con calavera y dos tibias cruzadas bordadas en blanco - al Comandante Saturnino Castro. Tal formación o truculenta comparsa no es más que pintoresca fábula, imaginada o ingenuamente creída por los publicistas nombrados.

      La acción de Vilcapujio

      Como se sabe, después del contraste de Salta, Goyeneche declinó el mando del ejército realista, y su reemplazante, el Brigadier de Artillería Joaquín de la Pezuela y Sanchez de Aragón - futuro Marqués de Viluma - llegó al terreno de la guerra (Ancacato) el 7-VIII-1813. Entre las reformas que el nuevo General en Jefe creyó conveniente verificar en la organización de las tropas, una de ellas fué crear un escuadrón de dragones que se denominó "Partidarios", a cuyo frente colocó a Castro. Enseguida adelantó su ejército hacia Condo Condo resuelto a esperar al enemigo que venía marchando por el camino de Potosí y de Chayanta. El "Escuadrón de Partidarios y su valiente comandante D. Saturnino Castro" - dice García Camba en sus Memorias - se hallaba en Pequereque, y al comprobar que más de 2.400 indios insurgentes del cacique Baltasar Cárdenas (hecho Coronel por Belgrano) habían alcanzado Ancacato, cayó sobre ellos por sorpresa y los dispersó a sablazos con sus "Partidarios". Por algunos heridos interrogados y por los papeles que Castro tomó en esa acción, supo Pezuela que Belgrano pensaba atacarlo en Condo Condo.
      El ejército patriota, momentáneamente, estaba acampado en el llano de Vilcapujio a cuatro leguas de Condo Condo, pues había detenido su avance a la espera de que se le incorporara Zelaya con refuerzos que traía de Cochabamba. Pezuela, enterado, - gracias a Castro - de la situación e intenciones del enemigo, resuelve tomar la iniciativa; salir en busca de Belgrano y precipitar la batalla pendiente. Así lo ejecuta. En la madrugada del 1º de Octubre, sus tropas comienzan a bajar por los senderos de los cerros que conducen a la pampa de Vilcapujio. Advertido a tiempo Belgrano de esta inesperada y decisiva maniobra, dispone sus fuerzas para la lucha; y al sol radiante de aquella mañana, en ese páramo circuído por imponentes montañas, se empeñó con furia el combate.
      Castro, a todo esto, hallábase con su escuadrón y dos compañías de infantería, en Ancacato, y había recibido la orden de Pezuela de que - transcribo a García Camba - "acudiese a Vilcapujio, antes del amanecer del 1º de Octubre, para poder entrar oportunamente en acción. Cumplió puntualísimamente por su parte; reconoció de muy cerca el campo contrario sin ser sentido; y no percibiendo señal alguna indicativa de la proximidad de las tropas leales temió que se hubiese suspendido el movimiento y se retiró antes de venir el día. Esta determinación bien entendida - es Camba quien lo dice - influyó poderosamente en el feliz éxito de la batalla de Vilcapujio".
      Entretanto, en el campo de la lucha, el ejército real soporta en el centro de su línea un fuego tremendo que origina la muerte del bravo Coronel La Hera, de 3 capitanes y de 33 soldados, además de gran cantidad de heridos, lo que obliga a retroceder; el Coronel Lombera, que acudía con su batallón, cae herido, y toda la línea se desbanda en el mayor desorden. Pezuela y su segundo Ramírez corren entonces velozmente a contener la fuga, "pero - refiere García Camba - la reserva había huído también sin disparar un tiro, todos sus nobles esfuerzos habrían venido a ser estériles si la Divina Providencia no protege a las armas de España, guiando a Castro al combate en tan crítico momento. Este jefe, de un valor acreditado y de una resolución admirable, atraído por el fuego que había oído, volvió de nuevo sobre Vilcapujio, apareció con su escuadrón por retaguardia del flanco derecho de Belgrano, cargó resueltamente, y acuchillaba al enemigo en medio del triunfo, de tal modo que introdujo en sus filas la mayor confusión y le obligó a un precipitado retroceso. Este dichoso incidente y las ventajas que continuaba reportando nuestra derecha - a cargo de Picoaga y Olañeta - aceleraron la reunión de los dispersos y cambiaron completamente la escena, convirtiendo a su vez en vencedores a los mismos vencidos".
      Los patriotas, a quienes la victoria - ya cantada - se les escapó de las manos, abandonaron el campo creídos de que habían dado muerte a estos jefes enemigos: Picoaga, Lombera y Castro - lo que no resultó cierto. (En sendas cartas, fechadas el 4-X-1813, dieron esa falsa noticia a Chiclana, José María Somalo - su yerno - y Apolinario Figueroa, ambos actuantes en la batalla).

      Ayohuma y la verdad sobre el mulataje de Castro

      Ascendido a Coronel, Castro se lanza con su hueste montada, por el camino de Potosí, tras de Díaz Velez, quien, con parte con los vencidos, se puso en retroceso hasta Yocalla, distante seis leguas de la villa del cerro Potosino. "A mediados de Octubre - transcribo a Mitre - aparecieron sobre Yocalla el escuadrón de Castro, quien dirigió a Díaz Velez un reto caballeresco, desafiando con cien dragones a toda su división, con campo a su elección. Díaz Velez fortificado en la ciudad, y creyendo que aquella era la vanguardia de todo el ejército real, que debía suponer en movimiento, contestó al arrogante guerrillero que no le reconocía sino por un perjuro a la capitulación de Salta, digno solo de ser ahorcado si caía en sus manos". El desplante del Jefe porteño hizo creer a Castro que aquel disponía de gran poder numérico y abundantes armas, por lo que se retiró hacia sus posiciones de Condo Condo.
      Después, el 14-XI-1813, en la batalla de Ayohuma, las tropas de Belgrano experimentan otro revés. El Coronel Castro, en consecuencia, con su caballería, emprende la persecición del ejército en derrota, cuya retaguardia cubren el Coronel Cornelio Zelaya, y sus Capitanes Domingo Soriano de Arévalo y José María Paz, al mando de unos cuantos dragones. Recuerda éste último oficial cordobés en sus Memorias Póstumas, que "fuera de algunos tiros disparados al acaso, estaba reducida la persecución a una multitud de dicterios que se decían Zelaya y el Coronel enemigo Saturnino Castro, en que lo menos que se oía era los dictados de porteño cobarde, disparador; y de ladrón, mulato Castro; hasta hubo un desafío personal y singular entre ambos, que no tuvo efecto por que no se les dejaba solos, y porque era una majadería que no consentíamos los circunstantes. Al fin se cansó Castro de perseguirnos y gritar, pero el coronel Zelaya no se cansó de hacer ostentación de su poca prisa en retirarse, etc, etc".
      Y bien: este incidente circunstancial, que Paz salvó del olvido, no nos autoriza a suponer que Zelaya fuera cobarde ni disparador, ni Castro ladrón y mulato. Sin embargo, de los gritos injuriosos de Zelaya se ha hecho eco, últimamente (1955), Ramón Luis de Oliveirar César en su novela histórica Gloria sin Huella. Aparece en ella "el mulato Castro" al cual Olañeta "no podía escuchar sus consejos", porque "los mulatos no comprendían el sentiudo del honor, disciplina y jerarquía que un hombre de bien debía necesariamente poseer en el ejército real".
      Tales conceptos de Oliveira César no son para tomarlos en serio, ya que a este escritor le faltó el propósito deliberado de infamarlo a Castro; solo quiso fabricar un mestizo resentido y feroz, suerte de villano pintoresco, nunca desdeñable en ficciones literarias, donde la imaginación corre a rienda suelta en detrimento de la verdad.
      No tenían los Castro sangre ni rasgos o estigmas africanos. Ello puede comprobarse en el fidelísimo retrato a la acuarela del doctor Manuel Antonio Castro, debido al artista Carlos Ernesto Pellegrini, quien lo pintó enjuto de carnes, con pelo lacio, frente despejada, pómulos salientes, labios finos, aquilina nariz y unos ojos pardos muy abiertos y abstraídos que dan expresión a su semblante trigueño, empalidecido por vigilias estudiosas.
      A su vez Pedro Antonio Castro mi tatarabuelo, en un excelente cuadro al óleo de autor anónimo - que conservaba su bisnieto Juan Arias Uriburu y cuya copia fotográfica poseo -, aparece con el mismo corte facial descarnado de Manuel Antonio, idéntico mentón y parecida nariz aguileña, aunque más fina en el hermano menor, asi como la boca de labios comprimidos. Solo los ojos de mi tatarabuelo son completamente distintos a los del modelo de Pellegrini: celestes, chispeantes; como también es otro el color del pelo y las patillas de Pedro Antonio ondulados, de un tono castaño, tirando a rubio.
      Por su parte Saturno Castro - según lo describe Bernardo Frías, que conocía como nadie la tradición histórica y social de Salta - era de "estatura desarrollada y fuerte; la lengua desenvuelta y dura, y la voz sonora; su ánimo colérico y de grandes energías; siendo el color propio suyo y el de todos los de su casa, el cobrizo americano, y no poco cargado. Poseía - sigue Frías - las propiedades de un gran jinete, y la astucia y recursos de que dió prueba constante aquella gente en la guerra; teniendo Castro por ésta, y por la política, ardiente entusiasmo que lo apasionaba".
      Según se ve, por los testimonios pictóricos recordados y la referencia escrita de Bernardo Frías, los Castro no participaban del menor vestigio de la raza negra; eran sí - Saturno sobre todo - de un color cobrizo americano subido, lo cual denuncia a la sangre indígena; que se sospecha además en la nariz aguileña y facciones finas y huesudas del retrato de Manuel Antonio, pintado por Pellegrini.
      Aclarado, no el tinte sino el típico carácter americano del pigmento que atezaba la piel de Saturnino Castro, continúo con la biografía militar de dicho Jefe, luego de Ayohuma, persiguiendo muy de cerca a los efectivos en retirada de Belgrano por territorio jujeño, para alcanzar el Valle de Lerma.

      La resistencia nativa. Castro y la "guerra gaucha"

      Un oficio de Rondeau (28-VIII-1814) al Director del Estado, lo ponen al corriente de que "las fuerzas del ejército de Lima, cuando bajó a Jujuy, se componía de 4.050 hombres", subordinados a esta plana mayor; "Primer General don Joaquín de la Pezuela; segundo, el señor Tacón; tercero, don Juan Ramírez. Sus Coroneles; don Pedro Antonio de Olañeta, don Saturnino Castro y don Antonio María Alvarez. La vanguardia, compuesta de partidarios, dragones y vallistas, la mandaba Castro".
      Esta vanguardia a caballo, subordinada a dicho Coronel, se internó en territorio salteño, y por espacio de tres días consecutivos (19, 20 y 21 de enero de 1914) trabose en escaramuzas con los jinetes patriotas de Dorrego, que se escabullían cada vez, rehuyendo el combate; en las lomas de San Lorenzo y de Medeiros y en la "Quinta Grande", al sur de la población. Finalmente, sin resistencia, la ciudad de Salta cae en manos de Castro y de sus 800 dragones "Partidarios".
      Pero al poco tiempo los víveres empiezan a escacear, y Castro organiza algunas salidas por el Valle de Lerma en procura de alimentos y de cabalgaduras. En un de esas expediciones, en la estancia "El Bañado" - entonces de Figueroa - los realistas se incautaron de varias bolsas de trigo y de unas cuantas vacas. Con tan mediocre botín volvían ellos a Salta, cuando de pronto, al bordear la espesura de un monte, la descarga cerrada de enemigos invisibles les mató al Capitán José Lucas Fajardo y a 10 hombres; 14 soldados quedaron gravemente heridos en el campo; parte del arreo fué dispersado y, de añadidura los atacantes sorpresivos - que capitaneaba Apolinar (Chocolate) Saravia - se dieron el lujo de capturar a 27 prisioneros. La "guerra gaucha" había comenzado.
      El joven Luis Burela (yerno de Calixto Gauna) y el viejo Pedro Zabala ("curandero de profesión" - según Dámaso Uriburu - y propio hermano del deán Alonso), cada cual independientemente, crearon las dos primeras falanges guerrilleras, con peones gauchos de sus estancias, para hacerles la vida imposible a las tropas regulares realistas, vencedoras en Vilcapujio y Ayohuma, que hollaban el terruño salteño. "A imitación de Burela - escribió Miguel Otero en sus Memorias - se levantaron otras dos o tres partidas más de paisanos de la campaña de Salta, poseídos por el mismo entusiasmo y valor por la causa de la independencia. El General don José de San Martín sucedió a Belgrano en esos días, y tomó el mando del ejército en Tucumán. San Martín, buen militar y político, vió la trascendental importancia de sostener y fomentar las partidas levantadas en Salta contra el ejército real. Tenía conocimiento de la capacidad y valor del veterano Güemes, que se hallaba a la sazón en Santiago del Estero, sin destino ... y lo nombró de Comandante General de dichas partidas, para organizarlas y darles dirección". Adviértase que Güemes era un militar de carrera y que no tomó el mando de las milicias gauchas por sí y ante sí, sino por nombramiento y autoridad del General San Martín. Aquel Caudillo unificó la "guerra gaucha", que ya se había desatado a sangre y fuego.
      Para un hombre de exaltación quijotesca como era Castro (su desafío a Díaz Vélez de pelearlo con 100 dragones, y el reto a Zelaya para batirse con él a vista de sus respectivas tropas, lo pintan de cuerpo entero), esa lucha emboscada, desleal, de matar por sorpresa, y si es posible a mansalva, para huir enseguida del enemigo; esa contienda irregular, montonera, en que el merodeo, la artería y el espionaje constituían sus recursos habituales, debía de repugnar, necesariamente, su temperamento. Equivocadas o no las actitudes del Coronel que me ocupa, respondieron siempre a sus impulsos caballerescos.

      Güemes acosa a Castro y lo desbarata

      En lo que a la guerrilla de paisanos respecta, diré que en la madrugada del 29-III-1814, algunos gauchos de Güemes, al mando del sargento mulato Panana, se acercaron hasta las puertas del cuartel de Castro, en Salta, para tirotear a los centinelas. Decidido a vengar semejante insolencia, el propio Coronel, con 80 jinetes de su regimiento, salió tras la partida montonera. Al galope llegaron los realistas hasta el "campo de Velarde", donde Castro - gaucho él también, no así sus soldados - receló una emboscada y mandó hacer alto. Güemes, en efecto, lo esperaba oculto entre la maraña de un "tuscal" frontero. Ver, el Caudillo, la vacilación de su enemigo y cargarlo a toda furia, fué todo uno; y hasta la margen del río Arias los hombres de Castro se desbandaron despavoridos; escapando éste milagrosamente de ser capturado por "Pachi" Gorriti; no sin perder en la refriega a más de la mitad de su gente, que quedó prisionera con armas, fornituras y caballos.
      Dentro de los estrechos limites de la ciudad de Salta imperaba, de tiempo atrás, un tremendo espíritu de discordia. Los contrastes militares de Vilcapujio y Ayohuma habían desatado el furor de los patriotas contra los realistas lugareños, y aquellos le instaron al gobernador Chiclana dispusiera el extrañamiento de todos los españoles europeos que tan eficazmente cooperaron con el enemigo en la invasión anterior. So capa de patriotismo - escribió Dámaso Uriburu en sus Memorias - se pretendía "cubrir innobles venganzas y otras viles aspiraciones". Los "demagogos" obligaron "tumultuariamente al gobierno a la horrorosa proscripción de una inmensa multitud de hombres de todas clases y condiciones, y hasta muchas mujeres. El autor de estas memorias, muy joven aún - recuerda Dámaso -, tuvo que acompañar a su padre, que fué desgraciadamente comprendido en la numerosa lista de los proscriptos de Salta, a la ciudad de San Juan, adonde llegaron a fines de noviembre de 1813". Así, cuando Castro vino a adueñarse con sus tropas de la capital salteña, prodújose la violenta reacción de los perseguidos de la víspera, con su cortejo de delaciones y represalias, de encarcelamientos y persecuciones a los espías, que eran castigados con azotes y pena de muerte, aunque pertenecieran al sexo llamado débil.
      A tal ambiente sobresaltado por odios y recelos, se sumó la escasez de alimentos para la población entera, asediada por el gauchaje de Güemes; sobre todo después del combate del "Tuscal de Velarde". En consecuencia, a los realistas no solo les resultó imposible avanzar hacia Buenos Aires, sino que ni siquiera pudieron mantenerse en Salta; por lo que el 24-VII-1814 comenzaron a retirarse rumbo a Jujuy.
      Un profundo desaliento se apoderó de Saturnino Castro por la derrota que le infringiera Güemes y los continuos reveses que sufrían sus destacamentos - ahora a las órdenes de sus segundos Martínez de Hoz, Marquiegui y Matorras, como ayer de Ezenarro y Fajardo - siempre sorprendidos por los montoneros de Burela, Zavala, "Pachi" Gorriti y "Chocolate" Saravia. Ellos rompieron "la orgullosa división compuesta toda de godos" - decía un parte de Güemes al General Francisco Fernández de la Cruz -, con su Comandante Martínez de Hoz y el principal, el Coronel Alvarez, sobrino de Pezuela. Se comprueba la deposición de Castro y demás criollos, porque en la tal partida, que había sido como de 400, entre caballería e infantería, no ha salido un oficial criollo".
      Efectivamente, esa cruenta, ininterrumpida y humillante sucesión de fracasos le valió, a nuestro Coronel el ser relevado de su jefatura de vanguardia, a más de un arresto de diez días que le impuso Pezuela no bien Castro llegó a Jujuy.

      Impelido por el desengaño, Castro planea volcarse a las filas de la patria. Fracasa y es fusilado

      Según el historiador Bernardo Frías, el contraste de Velarde sumió a Castro "en larga noche de dolor y remordimiento. Esa derrota empañó su prestigio militar, precisamente allí en la tierra donde había nacido, y donde de corazón impetuoso quedó prendado". Frías recoge el chisme retrospectivo del embeleso de Saturno hacía la bella Joaquinita Sancetenea, "joven de muy pequeña estampa, hija de español y, como éste, realista hasta los huesos". El retroceso del ejército real separó a Castro de su novia, no pudiendo llevarla consigo, por lo que "las sombras de la ausencia amargarían más su suerte, desesperándolo". ()
      El 23-VII-1814 capitulaba la plaza de Montevideo, y la impresión que dicho suceso causó en el ejército realista del Perú fué enorme. Por esas fechas también retirábanse de los pagos de Güemes las tropas maltrechas de Pezuela, y, cuarenta y un días más tarde, el 3 de agosto, una rebelión popular a favor de la causa de América estalló en el Cuzco, promovida por los oficiales capitulados y juramentados de Salta - como se ve, la magnanimidad de Belgrano maduraba en frutos políticos -, cuyos cabecillas más notorio resultaron los hermanos José y Vicente Angulo, el cura guerrillero Ildefonso Muñecas, el poeta Mariano Melgar y el cacique Mateo Pumacahua.
      Entre tanto, desde mediados de 1813, el perseguido cisnerista de anteayer, doctor Manuel Antonio Castro - hermano de Saturno - colaboraba estrechamente con el gobierno de Buenos Aires, que lo había designado vocal de la Cámara de Apelaciones, para pasar más adelante a la dirección de la Academia de Jurisprudencia; así como la soberana Asamblea de año XIII recabó, de dicho jurista, asesoramiento en las materias de su especialidad.
      Todos esos factores, y tal vez - cual comenta Frías -, "aquel amor que dicen mortificaba como una espina su corazón por la ausencia de su Joaquina", gravitaron sobre el ánimo de Saturnino Castro, al punto de que se propuso sublevar el ejército real y volcarlo a las filas revolucionarias mandadas por Rondeau.
      El guerrero de la independencia Nicolás Villanueva (1790-1874), al recordar la campaña de Sipe-Sipe (1811-1816), escribió: "El jefe de la vanguardia del ejército enemigo era un coronel Castro, salteño, que nos había hecho gran mal en las campañas anteriores, por su valor, por su conocimiento práctico del terreno, y por ser el coronel más importante de la caballería con que contaba el ejército español. Este importantísimo jefe estaba ganado por el General Alvear (Presidente, a la sazón, de la Asamblea del año XIII), y solo esperaba la inmediata aproximación de nuestro ejército para incorporarse a él con su fuerza. El medio de que se había valido Alvear para atraerse a este jefe, fué su hermano, el célebre jurisconsulto don Manuel Antonio Castro, patriota muy decidido que ocupaba los primeros puestos en Buenos Aires; él lo convirtió a la causa que tanto había perseguido". (Manuscrito publicado en 1888 en el Tomo VII. de la Revista Nacional, que dirigía Adolfo P. Carranza).
      Así pues, esperando contar Castro con el 1º batallón del regimiento Cuzco como base para iniciar el alzamiento general del ejército realista, se puso al habla con Rondeau por intermedio del abogado salteño Lorenzo Villegas, quedando convenido que Rondeau avanzaría sus tropas en apoyo de Castro en la noche del 1º de noviembre de aquel año 14, fecha fijada para la sublevación.
      Todo esto maquinaba nuestro Coronel en disponibilidad, cuando a fines de agosto el Padre Archondo, salteño y capellán realista - cuyo progenitor servía como edecán de Pezuela - le dió a su paisano la noticia de que su conspiración había sido descubierta y que sería detenido. Castro, entonces, en vez de buscar refugio en el campo patriota, precipitó los acontecimientos. Con algunos soldados adictos llegó a Mojos, donde su antiguo cuerpo de caballería estaba acantonado, y lo sublevó en parte, secundado por su hermano Pedro Antonio, Capitán de uno de los escuadrones. Inmediatamente dió a publicidad una proclama en la que afirmaba que la insurrección del Cuzco había vencido en toda la línea, que Arequipa se plegaba a la causa de Buenos Aires y que Lima sacudía también el yugo virreinal. Asimismo el rebelde intimó a Pezuela y a sus oficiales a entregarse si querían salvar sus vidas.
      Acto seguido, acompañado por el Teniente Matorras, Castro se trasladó a la localidad de Moraya, al campamento del batallón Cuzco, seguro de que dicha unidad se plegaría a la revolución, ya que sus componentes - salvo el jefe, Coronel Manuel Bernedo - eran americanos. En tal sentido le exigió perentoriamente a Bernedo resignara el mando de la tropa en el Mayor Antonio Novoa; más aquel jefe pidió negociar y tratar el asunto con sus oficiales, dando a entender apoyaría el alzamiento si fuera cierto el triunfo de la insurrección cuzqueña. Castro perdió tiempo con estos parlamentos, deseoso de convencer a sus camaradas que la causa política que defendían, a la larga o a la corta sería derrotada. A fin de reforzar sus argumentos arrimose a su caballo para sacar de la grupa de su montura ciertos papeles comprobatorios de lo que les decía. Bernedo y los otros oficiales, entretanto, interrogaron a Matorras, quien les confesó que Lima aún obedecía al Virrey Abascal. No bien oyeron esto, el Mayor Novoa, un Capitán y varios soldados, corrieron a prenderlo a Castro; el cuál tuvo la mala suerte de que su caballo se espantara y lo dejara a pié, frente a las pistolas encañonadas de sus capturadores.
      Conducido en forma vejatoria al cuartel general de Pezuela, en Suipacha, el héroe de Vilcapujio asumió toda la responsabilidad de su conducta, negándose a revelar el nombre de sus cómplices. Un juicio sumarísimo lo condenó a muerte. El Coronel Bernedo reclamó para su regimiento "el honor" de pasarlo por las armas; y en Moraya, el primer día de septiembre de 1814, firme en su magnífica altivez, cayó el reo atravesado por las balas de los cuzqueños que quiso acaudillar.
      Tal, a grandes rasgos, la trayectoria militar extraordinaria de Saturnino Castro, ajusticiado en plena juventud, antes de cumplir 32 años de edad. Para escarmiento del ejército del Rey, su cabeza fué cortada y públicamente exhibida. He aquí la información sobre el hecho que le pasó el Mayor Alejandro Heredia a Güemes el 5 de septiembre; "Ha llegado de Mojo, con dos días y medio de camino, un soldado que fué del número seis y ha presenciado la decapitación del Coronel Castro en el pueblo de Moraya; refiere el suceso de esta suerte; Hallándose Castro en Suipacha, tuvo su desavenencia con Pezuela, lo desafió y emprendió con su escuadrón y artillería una marcha secreta y retrógrada el 31 de agosto; a las cuatro de la mañana llegó a Moraya, y formando su tropa en la margen opuesta al río, pasó en persona a seducir la gente del Coronel Bernedo, que se hallaba en el pueblo; casi al realizarse su proyecto, fué descubierto y perseguido; en su fuga a pié, encontró un zanjón que le detuvo, y recibiendo una herida de piedra fué aprehendido; se dió parte a Pezuela y vino orden para que lo decapitaran y llevaran la cabeza; en el mismo día entró a capilla, y el 1º del corriente lo sacaron al cadalso, donde dijo a los soldados que si lo querían no pidiesen por él: El que trae las noticias se hallaba en Mojo, en el escuadrón de Marquiegui, y marchó con él a presenciar el castigo que se ejecutó en domingo por la noche. Dice más, el pasado; que en la vuelta se dispersó mucha tropa, y que algunos vienen para acá, quedando presos los dos hermanos de Castro (Pedro Antonio y Faustino). Mañana marchará el pasado a disposición de usted bajo la seguridad correspondiente".

      Análisis acerca de la personalidad histórica de Saturnino Castro

      En el breve lapso de 19 meses - desde la derrota realista de Salta, en febrero de 1813, hasta su fusilamiento en septiembre de 1814 - aquel activo ex ganadero salteño improvisado en militar, combatió sin tregua jugándose la vida hasta que la perdió. Su denuedo oportunísimo ganó una batalla - Vilcapujio - que admitían ya los suyos como desastre. Díaz Vélez, Zelaya y Dorrego, uno tras otro, cedieron terreno al empuje de sus cargas, antes y después de Ayohuma. Y si el Coronel famoso no pudo más tarde vencer el hostigamiento implacable de los gauchos de Güemes, ello no desluce su prestigio, ya que nadie, ni el Genio de la guerra, con escasos elementos, es capaz de vencer en los continuos entreveros y emboscadas de una lucha irregular contra todo un pueblo sublevado; el ejemplo de Napoleón en España resulta concluyente a ese respecto. Por último, digamos que el plan de Castro de atraer para la Patria al ejército americano de Pezuela - que pudo ser factible, dadas las circunstancias de tiempo y lugar - hubiera sellado la suerte de esta parte de América diez años antes de Ayacucho, promoviendo a su ejecutor a un rango histórico de magnitud imprevisible. En efecto; analisemos el momento en que Castro preparó su audaz golpe insurreccional:
      Año 1814. Las fuerzas que Pezuela tiene bajo su mando son americanas en su gran mayoría; todos los soldados son "cuicos"; cuzqueños y potosinos, principalmente. Han ganado dos batallas campales en el Alto Perú, y su vanguardia penetra en Salta, donde sufre una serie de reveses - Chicoana, El Carril, Guachipas, San Bernardo, La Pedrera, Tuscal de Velarde, Sumalao, El Pongo, Pitos, El Pasaje, Anta, Santa Victoria, Cuesta Nueva, Merced - hasta que el 3 de agosto, maltrechos, los destacamentos realistas abandonan la ciudad y territorio salteños, que quedan en manos de Güemes.
      Arenales, más al norte, el 25 de mayo, destrozó completamente en el combate de "La Florida" al Brigadier Manuel Joaquín Blanco - muerto en la acción -, consolidándose en la provincia de Cochabamba. En tanto que desde Santa Cruz de la Sierra hasta Cinti, el país se revuelve en guerrillas de "republiquetas", acaudilladas por Warnes, Padilla y Juana Azurduy, su mujer, Lanza, Camargo, Avila, Cueto, Mercado y otros jefezuelos patriotas.
      El 23 de junio Alvear, violando su firma puesta en un armisticio, se apodera de Montevideo, formidable reducto español en la boca del Río de la Plata, considerado inexpugnable con sus 6.000 soldados europeos de Vigodet que lo defendían. Y el 3 de agosto estalla la insurrección popular del Cuzco, que se extiende clamorosa por Huamanga, Andahuaillas, Arequipa, Puno y La Paz, rodeando a Lima. Pezuela con su ejército sobre el río Desaguadero queda cortado, incomunicado del Virrey Abascal, en una situación verdaderamente dramática, pues, como dijimos, sus tropas eran casi todas americanas.
      Por lo demás en Chile - antes de Rancagua (2-XI-1814) - aún el gobierno trasandino obedecía a los criollos independientes. Mientras que allá en la Metrópoli, volvía Fernando VII a acomodarse en el trono luego de su desairado cautiverio napoleónico, y, el 4 de mayo, mediante una de sus regias órdenes, anulaba la Constitución de 1812 y los decretos de las Cortes, proclamándose Rey absoluto de España e Hispanoamérica.
      Ante tal panorama político, en los postreros días de agosto, es descubierto el plan de Castro convenido con Rondeau para la noche del 1º de noviembre siguiente, y la rebelión militar en gestación - que no era una locura ni un absurdo - aborta con la captura del conspirador y su inmediato fusilamiento.

      Otros juicios sobre mi tío tatarabuelo

      Apenas corridos 27 días de la ejecución de Saturnino Castro, La Gazeta Ministerial del Gobierno de Buenos Aires - que dirigía su hermano Manuel Antonio -, en su edición del miércoles 28-IX-1814, publicó un artículo necrológico anónimo, sin duda debido a la pluma del propio director. He aquí alguno de sus párrafos, cuya objetividad aparente, va de suyo, encubre una profunda congoja:
      "Son bien notorios los grandes servicios con que se distinguió el Coronel Castro a favor de su Exército, especialmente en las acciones de Vilcapujio y Ayohuma según los mismos partes del General Pezuela. Sus esfuerzos no han sido interrumpidos hasta su muerte, y es indudable que sin ellos las ciudades de Salta y Jujuy habrían sido evacuadas tiempo ha ... Pero lejos de atraerse la consideración de los Xefes Españoles por su ardiente zelo, cada día excitaba más su desconfianza, y el único fruto de su conducta era la odiosa preferencia que hacían de su persona para los planes subalternos de agresión. Resentido al fin de este desprecio, no pudo ser insensible a la queja, y desahogando su corazón con otros Oficiales Americanos que se lamentaban de igual suerte, alarmó la suspicaz tiranía que estaba ya ansiosa de encontrar crímenes en los que reclamaban premios ... El Coronel Castro había excitado más que nadie los zelos y rivalidad de los Oficiales Europeos, no solo por sus servicios, sino quizás también por su intrepidez. Por lo mismo era de esperar que él fuese la primera víctima del odio, y que fraguándole en secreto una causa de conspiración, legalizasen el escándalo suponiendo crímenes imaginarios ... A consecuencia de un violento proceso fué condenado a muerte, la cual se executó el primero del que corre en el Pueblo de Moraya, entre diez y once de la mañana, después de haber rogado Castro a sus soldados que si le amaban no pidiesen por él. En las cárceles de Tupiza y Suipacha quedaban presos cerca de setenta Oficiales por figurar sospecha de complot, y el Exército se hallaba en grandes convulsiones al ver destruida su fuerza moral ...".
      Tres lustros más tarde, el historiador español Mariano Torrente, en su Historia de la revolución hispanoamericana (Madrid, 1829), estampó refiriéndose a Castro; "Así murió este malogrado guerrero que tanto aprecio había llegado a merecer de los buenos realistas por su fiel y bizarro comportamiento, hasta que las venenosas doctrinas de los buenosaireños llegaron a pervertir su juicio".
      El General Andrés García Camba, veterano del ejército de Lima, destaca en sus Memorias el "valor acreditado y resolución admirable" de Castro, le atribuye el triunfo de Vilcapujio, y agrega que "alterado su buen juicio por la imponente insurrección del Cuzco, concibió el criminal proyecto de mover el ejército todo a que abrazara el partido de la revolución".
      Su enemigo de entonces, el cordobés José María Paz, recuerda que el valeroso salteño ingresó en el ejército real "por resentimientos personales", y que más tarde "en el Cuartel General de Pezuela se tramaba una conspiración a cuya cabeza estaba el célebre coronel don Saturnino Castro, que tantos y tan distinguidos servicios había hecho a la causa real"; que el letrado Lorenzo Villegas "se pasó a nosotros mandado por Castro, para noticiar al General Rondeau sus planes y pedir la protección de un cuerpo de nuestras tropas que se aproximase a apoyar su movimiento. Ignoro - añade Paz - las causas que influyeron para que nada hiciese el General Rondeau en protección de Castro; pues no se movió la fuerza que pedía, y cuando llegó el caso se vió solo y abandonado".
      Don Vicente Fidel López lo retrata a Castro como "hombre de una bravura instintiva y febril, que arrebatado por puras personalidades se hallaba inconcientemente unido a los realistas; pero ya fuese que tocado - según se dijo - por el influjo de una bellísima joven con quien se amaba; que dominado su espíritu por la posición encumbrada de su hermano mayor; o que su conciencia se afectase de verse sirviendo la causa de una dominación forastera ... el hecho fué que la victoria de Montevideo, la retirada desastrosa de Pezuela, la brillante figura de Güemes, el entusiasmo y la bravura indómita que sus comprovincianos de Salta estaban desplegando, la gloria de Arenales y el espíritu dominante en todo el país a favor de la independencia nacional, ganaron el corazón del joven jefe, que regresó de Salta en las filas de Pezuela decidido ya a dar un gran golpe y encabezar el pronunciamiento de los cuerpos americanos que actuaban en las filas realistas".
      Mitre reconoce que Castro debido "a su valor impetuoso, a su destreza en el caballo, o a la audacia de sus correrías, era reputado por el primer guerrillero del ejército realista. Apasionado de una belleza salteña, lloraba la ausencia de sus amores y ansiaba abrirse el camino de la ciudad natal, o por el triunfo o por la defección de la causa del Rey ... Concibió el atrevido proyecto de sublevar el ejército realista y pasarse con él a las banderas de la revolución; pero habiéndose frustrado completamente su plan, fué preso y fusilado en el pueblo de Moraya, y murió así, - concluye Mitre siempre dogmático y solemne - a manos de sus antiguos correligionarios políticos, traidor a su patria y perjuro a su fé".
      El historiador peruano Manuel de Mendiburu admite que Castro decidió la batalla de Vilcapujio; "a esta victoria - dice - debieron los españoles el no perder todo el Perú en circunstancias tan críticas como las que les rodeaban entonces".
      Mi abuela Margarita Uriburu de Ibarguren, sobrina nieta de Manuel Antonio y de Saturnino Castro, se enorgullecía de que el primero de sus tíos fuera prócer de la república; del otro, como justificándolo, un día me dijo que había sido "un equivocado". Sin mengua del procerato indiscutido del hermano mayor, sostengo yo que quien se ha equivocado es la justicia histórica respecto a la valoración patriótica de Saturno Castro; heroico en su vida al servicio del Rey, y sacrificado finalmente a balazos por volcarse a la causa americana, la misma causa que fundamentaría, más tarde, el renombre universal de San Martín y de Bolívar. [1]

  • Fuentes 
    1. [S112] Los Antepasados, A lo largo y mas alla de la Historia Argentina, Ibarguren Aguirre, Carlos Federico, (Trabajo inedito), Tomo III, Los Castro (Confiabilidad: 3).