Manuel Juan José  Aguirre Anchorena

Manuel Juan José Aguirre Anchorena[1]

Varón 1850 - 1912  (62 años)

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  • Nombre Manuel Juan José Aguirre Anchorena 
    Nacimiento 4 May 1850  Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar. 
    Sexo Varón 
    Fallecimiento 23 Jun 1912  Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.  [2
    Enterrado/a Cementerio de la Recoleta, Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar. 
    ID Persona I34459  Los Antepasados
    Última Modificación 16 Oct 2011 

    Padre Manuel Alejandro Santiago Aguirre Ituarte,   n. 14 Sep 1819, Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.,   f. 12 Ene 1911, Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.  (Edad 91 años) 
    Madre María de las Mercedes Anchorena Ibáñez,   n. 23 Ene 1826, Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.,   f. 16 Oct 1866, Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.  (Edad 40 años) 
    Casado 1 Ago 1849  Basílica de San Ignacio, Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.  [3
    • "En primero de Agosto de mil ochocientos cuarenta y nueve, Yo Don Felipe Elortondo y Palacio, Canónigo diácono del Senado del Clero de esta Santa Iglesia Catedral y Cura Rector de su Sagrario, desposé por palabras de presente, que hacen verdadero legítimo matrimonio, según forma de N.S.M. Iglesia, a Don Manuel Antonio (sic) Aguirre, natural de esta Ciudad, e hijo legítimo de Don Manuel Hermenegildo Aguirre y de Doña Victoria Ituarte, con Doña Mercedes Anchorena, también natural de esta Ciudad, e hija legítima de Don Juan José Anchorena y de Da. Andrea Ibáñez, habiéndoles dispensado, por justas causas, el Iltmo. Señor Obispo diocesano, el impedimento de parentesco en cuarto grado de consanguinidad con que estaban ligados, oidos y entendidos sus mutuos consentimientos de que fueron reciprocamente preguntados, siendo testigos Don Nicolás Anchorena y Doña Andrea Ibáñez y Da. Rosa Marín (tío carnal, madre y abuela materna respectivamente de la desposada), por verdad lo firmó. Felipe Elortondo y Palacio". [3]
    ID Familia F14328  Hoja del Grupo  |  Family Chart

    Familia Enriqueta Rosario del Sagrado Corazón de Jesus Lynch Lawson,   n. 23 Feb 1857, Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.,   f. 30 Jul 1936, Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.  (Edad 79 años) 
    Casado 30 Dic 1876  Iglesia San Ignacio, Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar. 
    Hijos 
    +1. Mercedes Teresa Aguirre Lynch,   n. 15 Oct 1878, Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.,   f. 14 Abr 1961, Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.  (Edad 82 años)
     2. Manuel Roberto Aguirre Lynch,   n. 29 Ago 1880, Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.,   f. 14 Ene 1899, San Isidro, Bs. As., Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.  (Edad 18 años)
    +3. María Eugenia Aguirre Lynch,   n. 10 Jun 1882, Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.,   f. 24 Oct 1962, Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.  (Edad 80 años)
    +4. Julián José Aguirre Lynch,   n. 19 Mar 1884, Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.,   f. 20 Mar 1964  (Edad 80 años)
     5. Adriana Trinidad María Aguirre Lynch,   n. 16 Jul 1885, Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.,   f. 24 Jul 1973  (Edad 88 años)
     6. Hortensio Nicanor María Aguirre Lynch,   n. 26 Jun 1887, Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.,   f. 14 Ago 1952  (Edad 65 años)
     7. Agustín Casimiro Aguirre Lynch,   n. 21 Jun 1888, Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.,   f. 29 May 1934  (Edad 45 años)
    +8. Eduardo María Aguirre Lynch,   n. 19 Nov 1889, Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.,   f. 23 Feb 1971  (Edad 81 años)
    +9. Roberto Juan Aguirre Lynch,   n. 8 Feb 1891, San Isidro, Bs. As., Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.,   f. 29 Feb 1932  (Edad 41 años)
     10. Enriqueta Francisca Encarnación Aguirre Lynch,   n. 11 Jun 1892,   f. 26 Ago 1895  (Edad 3 años)
    +11. Elena Aguirre Lynch,   n. 26 Jun 1893, Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.,   f. 9 Abr 1984  (Edad 90 años)
     12. Rafael Ricardo Aguirre Lynch,   n. 7 Feb 1895, Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.,   f. 31 Dic 1984, Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.  (Edad 89 años)
    +13. Victoria Sofía Aguirre Lynch,   n. 15 Sep 1896, Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.,   f. 16 Feb 1975, Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.  (Edad 78 años)
     14. Alejandro Martín Aguirre Lynch,   n. 12 Nov 1897, Buenos Aires, Argentina Buscar todos los individuos que registran eventos en este lugar.,   f. 18 Jul 1921  (Edad 23 años)
    Última Modificación 19 Jul 2011 
    ID Familia F14327  Hoja del Grupo  |  Family Chart

  • Mapa del Evento
    Enlace a Google MapsNacimiento - 4 May 1850 - Buenos Aires, Argentina Enlace a Google Earth
    Enlace a Google MapsCasado - 30 Dic 1876 - Iglesia San Ignacio, Buenos Aires, Argentina Enlace a Google Earth
    Enlace a Google MapsFallecimiento - 23 Jun 1912 - Buenos Aires, Argentina Enlace a Google Earth
    Enlace a Google MapsEnterrado/a - - Cementerio de la Recoleta, Buenos Aires, Argentina Enlace a Google Earth
     = Enlace a Google Earth 

  • Fotos
    Aguirre Anchorena, Manuel Juan José
    Aguirre Anchorena, Manuel Juan José
    Aguirre Anchorena
    Aguirre Anchorena
    Foto de la Quinta de familia en San Isidro, construida por Manuel Juan José.
    Aguirre Anchorena, Manuel Juan José
    Aguirre Anchorena, Manuel Juan José
    con algunos de sus hijos

    Documentos
    Aguirre Anchorena, Manuel Juan José
    Aguirre Anchorena, Manuel Juan José
    Carta del Banco Nación sobre el busto de Carlos Pellegrini

    Lugares
    Mansión Aguirre Anchorena
    Mansión Aguirre Anchorena
    Foto de la casa de Aguirre en la calle Parera en Buenos Aires.

  • Notas 
    • MANUEL JUAN JOSE AGUIRRE ANCHORENA nació en Buenos Aires el 4-V-1850, y fué cristianado en el baptisterio de la Iglesia Catedral metropolitana, varios dias después, por el Canónigo Dr. Palacios, mientras sostenían al niño sobre la pila los padrinos: sus tios abuelos Nicolás de Anchorena y la esposa de éste, Estanislada Arana de Anchorena.
      En su adolescencia, "Manuelito Aguirre" cursó, como medio pupilo, estudios de conocimiento general en el Colegio de San José, fundado en 1858 por la congregación de sacerdotes bayoneses - vascos de Francia - que llegaron a la ciudad porteña dos años atrás, requeridos por el Gobernador Pastor Obligado. Al establecimiento lo dirigía el Padre Diego Barbé, y su edificio primitivo siempre estuvo junto a la entonces modesta capilla - ahora Iglesia parroquial - de Nuestra Señora de Balvanera, en la antigua calle de la Piedad - hoy Bartolomé Mitre.
      Según oí contar como tradición de familia, al chico, por temporadas, lo llevaba a vivir consigo la abuela materna Andrea Ibáñez de Anchorena, a su casa-quinta, próxima a la barranca de El Retiro, "en la calle Esmeralda, formando esquina al camino público que va a Palermo" - actualmente calle Juncal, en cuyo terreno ahora se levantan varios bloques de lujosos departamentos para renta que pertenecieron al Sr. Estrugamou. En aquel quintón suburbano, doña Andrea parece que malcriaba a su nieto haciéndole el gusto en todo - mimos incompatibles con la severa disciplina impuesta en la casa paterna de Aguirre. Murió la señora en 1863; y en 1866 su hija Mercedes también dejó de existir; quedando Manuelito doblemente huérfano, sin madre ni abuela: vale decir, sin cariño maternal a los 16 años.
      En 1867 escribíale don Manuel padre a su primo Manuel R. García: "Sobre los estudios de Manuel no puedo decirte que estoy muy satisfecho. Asiste a la universidad diariamente (curso secundario) a su clase de filosofía y de historia natural, mas poco provecho saca de allí, así es que persuadido de eso, hoy mismo he ido a ver un maestro que le dé estas mismas lecciones aquí, en casa, donde también recibe lecciones de francés y florete: piensa también tomar maestro de dibujo, del que tiene algunos principios (como se ve, sus gustos artísticos eran innatos); y en cuanto a su aplicación, aunque se la deseo muchísimo mayor, es buena". Y frisaba el muchacho en los 18 años, cuando su padre se trasladó con él y sus hermanos menores a Europa.
      Su estadía en el viejo continente e islas británicas - interrumpida por un viaje a la Argentina que hicieron los Aguirre en 1870, permaneciendo aquí 15 meses, para volver a embarcarse en 1871 hacia allá - puede calcularse en 4 años, desde 1868 hasta principios de 1873.

      Fascinación europea

      París imperial deslumbraba entonces al mundo, y es fácil imaginar la impresión que en la "Ciudad Luz", impulsora de las manifestaciones más refinadas de la cultura y del subyugante goce de la vida, experimentaría la sensibilidad de un mozo argentino apenas salido de la adolescencia y lanzado de sopetón al alegre bullicio de los bulevares, recientemente abiertos por Hausmann.
      Entre el ir y venir de la gente por calles, parques, hoteles, tiendas y cafés famosos - "Foyot", "Helder", "Maison d'Or", "de la Paix" -, llamarían la atención del viajero las mujeres elegantes que, con gracia inigualable, meneaban sus crinolinas y polisones, cortejadas por dandys mundanos; cuyo dechado el Duque de Morny, acababa de entrar en el reposo eterno. A lo largo de los Campos Eliseos, el muchacho vio pasar en su "daumont" a la Emperatriz Eugenia, saludando con ligeras inclinaciones de cabeza al público que la aplaudía; como en otra ocasión la divisó de lejos, rutilante de belleza y pedrería, en su palco "avant scéne" del lírico "Theatre Français". (Al palacio de "L'Opera", aún lo estaba construyendo Garnier, y recién en 1875, esa espléndida proyección de la época imperial, sería inaugurada por la 3a República).
      Era nuestro ministro diplomático en Paris Mariano Balcarce, amigo de "Tata" Aguirre, y vinculado a éste por parentesco, ya que su mujer, Mercedes San Martín y Escalada de la Quintana y Riglos - hija del Héroe de los Andes - resultaba prima 3a de mi bisabuelo. Hombre circunspecto, don Mariano - de austeridad sanmartiniana, diré -, si bien por obligación de etiqueta asistía a las fastuosas recepciones oficiales en las Tullerías, no participaba de la vida corriente cortesana, presidida por la Emperatriz en Compiegne, Fontainebleau o Rambouillet, rodeada de literatos, de artistas y de caballeros entretenidos y galantes para con Eugenia y sus preciosas damas de honor vestidas de muselina, cual las pintara Winterhalter con amable fidelidad.
      Obvio resulta apuntar las frecuentes visitas del joven Aguirre a uno de los palacios más importantes de Paris, el Louvre, que, como museo, con la exhibición de cuantiosas muestras culturales, encerraba y encierra todavía artísticas colecciones pictóricas famosas, del y para el mundo entero. Y serían también inolvidables los recorridos que el viajero hizo por lugares impregnados de historia y de bellos paisajes, alrededor de la "Ville Lumiere" y en distintas ciudades y regiones de Francia. Gustaba recordarlas él muchos años más tarde, al filo de la vejez, conversando con mi madre y mi padre. Pero lo que seguramente mi abuelo no le franqueó a su hija, fueron sus "souvenirs de la vie de plaisir" durante el Segundo Imperio, las posibles experiencias cuando, muchacho "buen mozo", incursionó por el "Café Concert" y el "Folies Bergére", donde las alegres hijas de Terpsícore bailaban el can can, levantando las piernas entre un revoleo de enaguas blancas y medias negras de seda. Tampoco juzgaría prudente, mi abuelo, referir nada acerca de las tolerantes "maison de randez-vous", ni de otras aventuras de pecaminosa frivolidad; flores de un día - o de varias noches - impregnadas por el perfume volátil de alguna modesta "cocotte", antípoda tanto de la dispendiosa Cora Pearl, como de la cantante Hortensia Schneider, estrella, a la sazón, en la opereta "La Duquesa de Gorelstein", de Offenbach.

      "Restaquoere"

      Por esos tiempos se daba en el Palais-Royal la opereta "Le Brasilien", y aparecía ahí el actor Brasseur caracterizando a un personaje inverosímil, recién llegado a Paris desde alguna tierra caliente. El grotesco forastero, asaz negroide, traía aros en las orejas, y todos los colores del arco iris en su chaleco. De pronto, abre el mulato la boca, y para identificarse como "attaché" diplomático, chapurrea en francés: "astequer", "bon astequer", que el cómico Brasseur trabucó fuera del libreto en "rastaquoere". El tartajoso vocablo vino a cobrar rápidamente popularidad a lo largo de Paris. La embajada del Brasil hizo formales reclamaciones ante el "Quai d'Orsay", intervino la censura teatral, y la dirección del Palais-Royal realizó públicamente un acto de contrición. Era demasiado tarde: "rastaquoere", "rastacuero" o simplemente "rastá", quedó impuesto en el argot francés para motejar, no ya a los brasileros, sino, en general, a los guarangos y ostentosos sudamericanos, pululantes entonces, y hasta hace poco, en la dulce Lutecia que, mientras se reía de ellos, les vaciaba diligente las faltriqueras.
      Vivía, a todo esto en París, el opulento manirroto argentino Fabián Gómez Anchorena - primo de mi abuelo -, el cual habiase hecho amigo del Duque de Sexto y del Marqués de Casa Irujo, quienes le introdujeron al circulo de monárquicos españoles desterrados que, en torno de la exiliada Reina Isabel II, maquinaba la exaltación al trono de España del Principe Alfonso, hijo de la regia señora; a favor de quien ella abdicara sus derechos soberanos. El futuro Alfonso XII andaba, entretanto, corto de fondos y, Fabián Gómez, puso en varias oportunidades cheques en blanco firmados por él a disposición de su Real Alteza.
      Solía recordar mi abuelo Aguirre que, en cierta ocasión, su primo Fabián lo invitó a un feérico banquete que en su espléndido yacht - anclado en el Sena - ofrecía a sus relaciones parisinas, entre las cuales se contaban muchos nobles emigrados españoles del partido "alfonsino". A los postres de la comilona, el anfitrión tomó una guitarra, adornada con cintas rojas y gualdas, y tras de algunos rasgueos exclamó: "Voy a cantar unas endechas que dedico al Rey mi señor", y, al punto, así lo hizo lo más campante.
      Estos devaneos cortesanos y los derroches de lujo y despilfarro de que hacia gala su pariente, chocaban al joven Aguirre, quien, en todo tiempo, tuvo a su compatriota por un botarate incorregible; aunque Fabián llegara a constituir, para la "petite histoire", el más excéntrico, el más fabuloso de los "rastacueros" argentinos. Como se sabe, en enero de 1875, Alfonso XII ciñió la corona en su patria. Agradecido el Monarca de aquellos cheques desinteresados de Gómez Anchorena, pagó la deuda a su pródigo partidario otorgándole el título de Conde del Castaño. Después, maridóse nuestro Conde con María Luisa Fernández de Henestrosa y Pérez de Barradas, hija de los Marqueses de Peñaflor y de Cortes de Graena; y de ahí en adelante, comienza a declinar la buena estrella del novelesco personaje, que termina muriendo en Santiago del Estero en la indigencia, cual lo relato en mi trabajo sobre los Anchorena.

      Orden y "fair play" inglés. Arte en Italia

      Tras el esplendor de Paris - que obscurecería la guerra, la derrota y la humillación que le infligieron los prusianos y, posteriormente, el desborde incendiario de la "Commune" -, Manuel J. Aguirre descubrió, del otro lado del Canal de la Mancha, entre las grises brumas de la Inglaterra victoriana, un orden admirable, una sobria continencia de costumbres, y la férrea voluntad de un pueblo orgulloso de haber alcanzado el rango de imperio, sobrepasando en poderío a todas las naciones civilizadas del concierto internacional.
      La familia de Aguirre al arribar a Londres alojóse en el "Charing Cross Hotel", para luego alquilar una casa en "Finchley Road", en las afueras de la capital, como a 12 kilómetros de "Hyde Park".
      Sin convertirlo en anglómano ni en hombre práctico, aquella admiración juvenil de mi abuelo por el modo de ser y de vivir británicos - cortés, escrupuloso, razonable - le quedo en su espíritu para toda la vida. En efecto: cuarenta años después de su primer viaje, le escribió, desde Paris, a su hija Maruja: "Como desearía que Ibarguren viviera un año en Inglaterra para que pudiera conocer y admirar ese pueblo. Es lo que yo llamo un pueblo culto; hay que ver el respeto por el prójimo. Aquí (en Paris) es como en nuestro país, el vigilante discute con el carrero, y el cochero con el vigilante. En Londres no se oye una palabra más alta que otra, ese coloso se mueve como una máquina de precisión y con una cultura admirable". Y refiriéndose a la chacra de San Isidro don Manuel agregaba: "Si viera como se cuidan aquí las cosas viejas!, y pensar que allí no se pueden conservar las casas de sus padres!; en fin, mientras nosotros podamos lo haremos, hasta que vengan otros y las loteen!".
      "Aquí me tienes en Londres que admiro cada día más - le decía en breves lineas mi abuelo a su hermana Victoria, en 1911. "Estuve unos días en Edimburgo y en St. Andrews, y no he hecho sino admirar este país, grande en todo y tan educado". Y a su yerno Ibarguren, por esas fechas, expresábale el suegro: "A cada rato pienso en V. cuando veo tanta grandeza que V. no sospecha, por falta de conocer el idioma. Es una lástima; si V. pasara un tiempo aquí y viera un poco cómo es este gran pueblo, qué chico le parecería el de Francia! ... Allá (en Buenos Aires) se vé el mundo por el ojo francés". Es que el corresponsal, si bien rendía culto fervoroso a la clara belleza de Francia, no guardaba ninguna simpatía por los franceses; en cambio las francesas eran - según él - "muy lindas", al revés de las inglesas, generalmente feas y desprovistas de interés.
      En aquella época lejana, en torno a 1872, el joven argentino recorrió parte de España - Sevilla, Madrid, Barcelona - Niza y la Costa Azul, y luego Italia: que acababa de sellar su unidad y surgía como reino bajo el cetro constitucional de Víctor Manuel de Saboya. Roma, Florencia, Nápoles, Venecia, provocaron en el viajero nuevos deslumbramientos. Italia despertaría, pujante y para siempre, en Aguirre, la afición por el arte. Allí, en sus floridos años, el mozo aprendió dibujo, tomó clases de pintura, y pintó al óleo un cuadro de excelente calidad: que representa a una joven madre italiana, vestida con típico atuendo campesino, que carga en los brazos su niño desnudo, en la misma actitud que una Madonna del Renacimiento. Esa tela pertenece hoy día a Enrique Ibarguren, nieto de aquel precoz artista de veinte años.
      Suiza con sus montañas, sus valles, sus lagos azules y bosques de pinos, fué visitada asimismo - hace más de un siglo, en verano - por mi abuelo Aguirre, quien retuvo perdurablemente en la memoria aquellos poéticos paisajes alpestres.
      Por fin, otra vez en Inglaterra, nuestro muchacho preparaba su vuelta a la Argentina, cuando el 9-1-1873 fallece Napoleón III, en Chislehurst, en la quinta "Camden House", refugio de sus nostalgias y tribulaciones, a 17 kilómetros de Londres. Y hacia allá vá Manuel Aguirre, para rendir fúnebre homenaje al cadáver del ex Emperador que se velaba en la Iglesia lugareña. Y al contemplar de cerca aquellos yertos despojos, quizás el muchacho se despediría también, definitivamente, con honda melancolía, de aquella Europa deslumbrante para él, donde habían transcurrido los años más felices de su juventud.

      Vuelta a los patrios lares. Estado del país y revolución del 74

      A fines de marzo o principios de abril de 1873, encontrábase de nuevo en Buenos Aires Manuel J. Aguirre. Había viajado solo - su Tata y hermanos quedaron en Londres - a fin de ingresar en la Facultad de Derecho y recibirse de abogado. Se alojó en casa de los Sáenz Valiente Ituarte, primos hermanos de su padre (Hortensio Antonio - "Tuco" - de su misma edad, y Damasia, casada con el brasileño Yarbas Alves Muniz Barreto), en el barrio sur, calle Belgrano 193, entre las de Piedras y Chacabuco. En seguida, el recién llegado, inscribiose en la Universidad. Traía, por lo demás, una carta de don Manuel Alejandro para el doctor Vicente Fidel López, en la cual aquel le pedía admitiera al muchacho en su estudio como practicante; sin embargo parece que ya estaba completo el personal en el bufete de don Vicente.
      El 23-V-1873 don Manuel viejo, le escribía a su hijo desde Londres: "Supe que habias ido con uno de tus primos a pasar la Semana Santa en Córdoba, donde supongo encontrarias que aquellas gentes no eran tan indiferentes como las de Roma a las fiestas de esos dias. Te supongo ya siguiendo tus estudios en la Universidad, y que trabajaras seriamente como es menester para avanzar cuanto puedas en tu camino. Anteayer - proseguía - he visitado la célebre Universidad de Oxford ... habría deseado hubieses sido tu uno de los del (paseo), para que tuvieras una idea de lo que es aquel pueblo de antiguos Colegios, y como viven y se educan aquellos jóvenes estudiantes, que hay allí en número de 3.500, y donde todo no es Griego ni Latín, en lo que ocupan su precioso tiempo".
      Por su parte, el repatriado mozo echaba de menos a Europa, y esas añoranzas persistentes, y el alejamiento de su familia, le deprimían y, en cierto modo, retardaban su aclimatación al ambiente porteño. "Mi querida Victoria - estampó romántico de 23 años en una carta del 8-IX-1873, para su hermana que permanecía en el viejo mundo - "He leido el viaje que has hecho por Inglaterra y Escocia ... Aquí la vida es pura prosa, no hay nada que admirar: cuando yo me acuerdo de mi querida Florencia, de Roma, Nápoles, Vevey y tantos otros parajes tan llenos de curiosidades, y que pienso lo lejos que estoy, me vienen unos spleens que me duran dos o tres días, que me dominan de tal modo que no tengo ánimo para hacer nada, y quisiera disparar lejos y meterme de ermitaño para estar solo, lejos del mundo. Así es que les aconsejo que aprovechen todo lo que puedan, que pronto se les acabará y después verán que es muy cierto el refrán aquel que dice: nunca se saben apreciar las cosas hasta que se pierden ... Por aquí ha habido muchos bailes este invierno, yo he asistido a muchos para acostumbrarme a tratar con señoras, y porque no me dijeran raro, pués si por mi fuera no existirían tales pantomimas, sin embargo me alegro haber estado porque he podido ver más de cerca la comedia. Espero que siempre tocarás en el piano Le mal du pays que me trae recuerdos tan agradables when I was at my dear Firenze. Te acuerdas aquella noche de luna que fuimos con Hortensio y Rosa a aquel paseo hasta la plaza de Miguel Angel! Tiempos felices!!! Adios ... Tu hermano que te quiere: Manuel".
      Hacia esas fechas, en "la Gran Aldea" no todo eran bailes en moradas familiares o en el Club del Progreso. El sábado 23 de agosto de aquel año 73, el Presidente Sarmiento sale a las 9 de la noche de su casa, en la calle Maipú entre Tucumán y Temple (hoy Viamonte), y al cruzar su coche la esquina de Corrientes, dos mercenarios italianos, Francisco y Pedro Guerri, intentan asesinarlo. Francisco dispara su trabuco, pero como había cargado el arma con exceso, la pólvora la revienta en la mano.
      Mientras tanto allá en Entre Rios cunde por segunda vez la rebelión "jordanista", que reprime la autoridad federal. Y apenas corrido un año, a raíz de las elecciones presidenciales y de diputados al Congreso - que ganó Avellaneda con mayoría autonomista -, en Buenos Aires la lucha entre los "crudos" de Alsina y los "cocidos" de Mitre llega al paroxismo: gente de acción - "el populacho convertido en agresivo paladín de la calle", para decirlo como Lugones - recorre la ciudad, y las grescas a tiros y cuchilladas están al orden del día. A cada triquitraque se producen sangrientas trifulcas; los negocios, oficinas y comercios cierran sus puertas; las mujeres aterradas no salen de sus hogares; el Presidente Sarmiento moviliza el Ejército y la Guardia Nacional; la guerra civil está a punto de estallar en todo el país a mediados de 1874.
      En condiciones tan anormales, nadie puede dedicarse con seriedad al estudio. Varios jóvenes entonces: Manuel Aguirre, su hermano Hortensio, y otros simpatizantes de Mitre, a fin de evitar ser movilizados por el Gobierno, se trasladan a Montevideo el 23 de septiembre. Al día siguiente, el Capitán de Navío Erasmo Obligado se subleva en la cañonera "Paraná", resuelto a impedir que Avellaneda asumiera el mando de la República, so pretexto de que había sido elegido mediante escandaloso fraude electoral.
      Sucesivamente, los Generales José Manuel Arredondo, Ignacio Rivas, Antonino Taboada y Bartolomé Mitre, se van plegando a la revolución. Mitre, que estaba en Montevideo, desembarca en el Tuyú con un abundante cargamento de armas, y allí se pone al frente de cerca de 10.000 insurrectos que había reunido Rivas, parte de cuya gente acampó durante algunos días en la estancia "El Chajá", de Aguirre, precisamente en el sitio donde aún está el viejo galpón de los toros. Toda la hueste mitrista marcha luego como 70 leguas hacia el noroeste, y el 26 de noviembre, en los campos de "La Verde" - actual partido de 25 de Mayo - resulta vencida totalmente por las fuerzas del Gobierno - sólo 900 hombre de tropa - que comanda el Coronel José Inocencio Arias; ante quien Mitre, el 12 de diciembre, se rinde en Junín. Un mes atrás, el Coronel Julio A. Roca había dado cuenta de Arredondo en la batalla de "Santa Rosa", librada en Mendoza; en tanto que el ejército de Taboada, sin combatir, se dispersaba en Santiago del Estero.
      Por lo que toca a los propósitos de estudiar jurisprudencia del joven Aguirre, ellos quedaron abandonados a poco de haber vuelto él a Buenos Aires: ni siquiera hubo intento de rendir el examen inicial. Fué evidente que su vocación no era para llegar a ser - metafóricamente - hombre de toga cargando borlas de doctor.
      Sin embargo, a principios de 1875 el muchacho hallábase todavía inscripto en la Facultad, y en ese tiempo ocurrió en Buenos Aires un episodio bochornoso, al que me referiré en forma breve, pués el hecho, tan cobarde como salvaje, impulsó al joven Aguirre, con otros condiscípulos de la Universidad, a repudiarlo públicamente.

      El incendio de El Salvador

      Las cosas pasaron así: el Obispo Aneiros produjo una carta pastoral que anunciaba la entrega del templo de San Ignacio a los jesuitas y los claustros de La Merced a los frailes mercedarios. Contra la Compañía de Jesús y dicho diocesano - que acababa de ser elegido diputado por el partido autonomista - se desató una escandalosa campaña periodística, encabezada por los diarios Tribuna, de los hermanos Varela, L'Operario Italiano, que redactaba Basilio Cittadini, notorio "manguiapreti", y El Correo Español, órgano del ex clérigo apóstata malagueño Enrique Romero Jiménez, más voraz "comecuras", si cabe, que su itálico colega Cittadini. (Romero Jiménez fué muerto en duelo en 1880, por otro energúmeno liberal, José Paul y Angulo, que había instigado en España el asesinato del General Prim).
      A tal arremetida folicularia vino a sumarse un grupo juvenil de estudiantes anticlericales: Mariano Beracochea, Adolfo Saldias, Antonio Balleto, Telémaco Susini, fundadores de cierto "CIub Universitario", cuya entidad resolvió organizar un mitín de oposición a Aneiros y a los jesuitas. El acto tuvo lugar el domingo 28-II-1875 en el teatro "Variedades" (calle Esmeralda entre Corrientes y Cuyo, donde después se levantó el "Odeón"). Ahí despotricaron de lo lindo Saldias, Balleto, Romero Jiménez, Susini y el clerizonte salteño Emilio Castro Boedo, que once años atrás, en su provincia, levantara montoneras para derrocar a los Uriburu, y más adelante colgó la sotana, amancebándose muy suelto de cuerpo, y, de yapa, trató de fundar una iglesia cismática al uso suyo.
      Así pués, las arengas del "Variedades" enardecen a los concurrentes, que al salir del recinto son envueltos en la calle por una caterva - en su mayoría de republicanos y carbonarios extranjeros - que obedecía las consignas de Romero Jiménez y Cittadini.
      Portando banderas argentinas, españolas e italianas, y en alto un gran retrato de Rivadavia, aquella pueblada se encaminó hacia la plaza de la Victoria, a los rugidos de "¡Abajo el Obispo!", "¡Mueran los jesuitas!", "¡Separación de la Iglesia del Estado!". El inefable Jefe de Policía Enrique B. Moreno, entretanto, lejos de poner coto a la peligrosa batahola, exhortaba a los bochincheros mozos del "Club Universitario" con estas palabras: "Mis amigos, yo estoy en la misma corriente que ustedes, pero orden ... orden!". Y la corriente, vuelta correntada, alcanza la plaza mayor y penetra incontenida en el Palacio Arzobispal, donde rompe muebles, objetos e insignias religiosas que esparce por la calle. Truena en eso una voz de mando: "¡Al Colegio de San Ignacio!"; y allá va la runfla furiosa que destruye parte de los archivos en la oficina anexa al templo. El Jefe de Policía, que recibe la orden perentoria de disolver la manifestación, responde con frase tribunicia: "Es el pueblo que protesta, y mientras yo sea Jefe de Policía ésta no irá contra el pueblo" (sic). De pronto nuevos gritos azuzan estentóreos: "¡Al Colegio del Salvador!", "¡Mueran los jesuitas!": y la turbamulta, en pos de Romero Jiménez y de un tal Espinosa Húngaro, se encamina a la calle Callao, entre Parque (hogaño Lavalle), Tucumán y Rio Bamba, y prende fuego a toda el ala izquierda del colegio ignaciano.
      Por fortuna los alumnos estaban de vacaciones, y tres, que había en la casa, se salvaron. Algunos sacerdotes hicieron frente a los manifestantes enardecidos que intentaban quemar también a la Iglesia en construcción. Otros fueron brutalmente golpeados: el General Vedia les arrebató a los "comunistas" - al decir de una crónica - un jesuita que iba a ser arrojado a las llamas. La mayoría de los padres lograron escapar por una puerta falsa sobre la calle Rio Bamba. Los vigilantes del complaciente señor Moreno - "la última Policía del globo", según el diario La República - nada hicieron para impedir los disturbios. Una hora más tarde, acudieron las fuerzas de línea y despejaron el contorno; pero las aulas, dormitorios capilla, biblioteca, sala de cirugía y cocinas del Salvador hallábanse calcinadas. Dos muertos - un italiano y otro asaltante - y ocho jesuitas heridos y contusos, y un joven escolar con la cabeza partida, fué el saldo de la perversa destrucción realizada con total impunidad.
      El Presidente Avellaneda - tachado de "fanático religioso" por masones y mitristas - decreta el estado de sitio en acuerdo de Ministros. El brutal episodio ha conmovido a la opinión pública. Algunos universitarios promotores de la reunión en el "Variedades" - como Saldías -, la prensa en general, y no pocos políticos librepensadores que habían alentado el frenesí anticatólico - como Luis V. Varela - se apresuran a repudiar los desmanes producidos. Y un numeroso grupo de jóvenes patriotas, fieles a los valores tradicionales del país - entre los que figura mi abuelo Aguirre - dan a publicidad la siguiente declaración: "Para evitar las erróneas interpretaciones a que pudiera dar margen el título de la asociación 'Club Universitario', los infrascriptos de la Universidad de Buenos Aires declaramos que dicho Club no representa sinó a los miembros que lo componen y de ninguna manera a los firmantes, que protestan enérgicamente contra los hechos criminales y organizados que han tenido lugar el día de ayer, y que sublevan la indignación de todo argentino: Emilio Lamarca, Estanislao S. Zeballos, Hugo A. Bunge, José E. Domínguez, Francisco B. Pico, Alejo de Nevares (hijo), Manuel Aguirre, Enrique S. Quintana, Ernesto Pellegrini, José M. Zapiola, Apolinario C. Casabal, Juan N. Terrero, Antonio Sáenz Valiente, Jacinto Fernández, José Marcó del Pont, Ricardo Marcó del Pont, Julio B. Velar (y seguían las firmas)".
      Al finalizar aquel verano de ese año 75, Manuel Aguirre se allega a la estancia materna que heredara en el lejano pago del Tuyu. Con la data: "Chajá" Marzo 15/75, el muchacho le dirige a su padre las siguientes lineas: "Querido Tata: El 12 llegué aquí después de haber tenido un viaje espléndido y mui cómodo. Emiliano y Ramona (sus tios) me dicen que te anime para que vengas por aquí. El viaje es cómodo; lo malo que hay en Dolores son los Hoteles, que son bastante malos, sobre todo para señoras. El portador de ésta será probablemente el Mayoral Castillo, con quien puedes entenderte si quieres venir. Creo que vale la pena de venir; yo nunca he visto esto tan lindo. Esta carta está escrita a vapor, porque la galera debe llegar dentro de un momento".

      El joven Aguirre se casa

      El penúltimo día del año siguiente, en el domicilio de la novia - edificio de altos con azotea que aun perdura en la esquina noroeste de las calles Defensa y Alsina, haciendo cruz con la Iglesia de San Francisco - mi abuelo se casó en Enriqueta Lynch. La fé de ese casamiento hallábase asentada en el Libro de Matrimonios nº 7 del año 1876, al folio 121, de la Iglesia de San Ignacio, cuyo documento, con todos los del archivo parroquial, fué quemado en el sacrílego incendio de 1955 - semejante a aquel otro de ochenta años atrás, del que acabo de ocuparme.
      Dicha partida matrimonial expresaba al pie de la letra: "En el día treinta de Diciembre del año del Señor de mil ochocientos setenta y seis, habiéndose dispensado por el Sr. Provisor Dn. Agustín Boneo las tres conciliares proclamas sobre matrimonio que libremente intentaban contraer Dn. Manuel José Aguirre, de veinte y seis años, natural del País, blanco, Estudiante, de estado soltero, domiciliado en la calle Chacabuco, hijo legítimo de Dn. Manuel Alejandro Aguirre, natural del País, y de Mercedes Anchorena, natural del país, finada; con Da. Enriqueta Lynch, blanca, natural del País, de estado soltera, de edad de diez y nueve años, hija legítima de Dn. Julián Lynch, natural del País y Da. Trinidad Lawson, finada, natural del País; y no habiendo resultado impedimento alguno canónigo para la válida y lícita celebración de dicho matrimonio, y estando hábiles en la doctrina cristiana y dispuestos por los santos sacramentos de la Penitencia y Eucaristía, enterado de su libre y espontáneo consentimiento, con mi licencia, el Sr. Canónigo y Cura Rector de San Nicolás de Bari, Dr. Dn. Eduardo O'Gorman, los desposé por palabras de presente, in facie Eclesia, según la forma del ritual; siendo testigos Dn. Manuel Alejandro Aguirre, de cincuenta y cinco años de edad, natural del País, domiciliado en San Isidro, y Da. Maria Eugenia Lawson, de cuarenticinco años de edad, natural del País, domiciliada en la calle de la Defensa nº 45. Y en señal de verdad lo firmaron: El Cura de la Parroquia José Cornelio Santillán - Testigo Manuel A. Aguirre - Testigo María Eugenia Lawson".
      Bondad, abnegación y delicadeza, fueron las características espirituales de mi abuela materna Enriqueta Lynch de Aguirre; noble señora de cristianas virtudes y relevante distinción personal, que a lo largo de su vida le dió catorce hijos a su marido, para formar con ellos una familia de sólido prestigio en la vieja sociedad porteña.
      Hija de Julián Pedro Lynch Zavaleta y Riglos y de Trinidad Lawson y Demaría Escalada, mi abuela nació el 23-II-1857, "a las 3 y veinte minutos de la tarde" - según apuntó su padre en una libreta -, "habiendo tenido mi esposa un parto trabajoso. Mi agradecimiento al Dr. Francisco Almeida que la operó, acompañado del Dr. Ventura Bosch, con grande acierto, será duradero mientras viva. El sábado 4 de abril fué bautizada mi primera hija Enriqueta Rosario, siendo sus padrinos sus abuelos Don Patricio Lynch y Doña Isabel Zavaleta de Lynch. Se bautizó en la parroquia de La Merced. Lleva el nombre de Enriqueta en memoria de mi querido y malogrado hermano Enrique". (Ver los apellidos Lynch y Zavaleta".
      Después de haber vivido 79 años, mi abuela dejó de existir, el 30-VII-1936, en su casa de la calle Parera 134 de esta Capital.
      Mas debo volver al tiempo feliz en que Manuel Aguirre quedó uncido al blando yugo matrimonial; cuando se propuso dirigir personalmente su estancia "El Chajá", en el viejo partido del Tuyú, que heredara de su madre Mercedes de Anchorena.

      "El Chajá" allá lejos en la pampa

      Dos días de viaje, lo menos, requería el trayecto entonces para llegar a destino. En 1865 habíase inaugurado la línea del Ferrocarril del Sud, de Plaza Constitución a Chascomús. Ese mismo año los territorios que desde los tiempos de Rosas habían conformado un solo partido, indistintamente con los nombres de Tuyú y Monsalvo (ahora Maipú), se dividieron en dos. De buenas a primeras al partido del Tuyú no se le designaron autoridades. Ello motivó que los estancieros y vecinos del pago - Nicolás y José Herrera, Emiliano Aguirre, Alejandro y Federico Leloir, José y Alejandro Peña, Samuel Sáenz Valiente, José M. Areco, Carlos Guerrero y Luis Potet - solicitaran al gobierno la designación de un Juez de Paz; cuyo nombramiento recayó, el 5-VIII-1872, en Emiliano Aguirre, que administraba "El Chajá". Sin embargo el partido continuaría por más de tres décadas, hasta 1907, sin traza urbana (su Juzgado de Paz seguiría ambulando de estancia en estancia según donde residiera el titular del cargo: en "El Tala", "Mari Huincul", "El Chajá", "La Unión de Peña", "Macedo", "Loncoy", "La Felicidad", "La Merced"). Por lo demás, en 1873 las vías férreas entre Chascomús y Dolores quedaron tendidas, y por ellas avanzó la locomotora - "dragón de Hierro", al decir del periodista Ebelot.
      Entretanto, los pueblos no alcanzados por los rieles se vinculaban regularmente a través de mensajerías: por caso, "La Invariable Vascongada" - de Vázquez y Aramburu - que cubría el tramo Dolores, Ajó, Tordillo y Tuyú; o la "Mensajería Pepín" - de José Devincenti -, cuyas galeras traqueteaban el largo recorrido de Dolores hasta Macedo, pasando por "El Vecino" (Guido), "Kakel", "Santa Elena", "Mari Huincul", "El Chajá" y "Loncoy".
      A un costado de la estancia y laguna de "El Chajá", se encontraba la esquina o pulpería a cargo en 1879 de José Soaje (negocio que antaño, a partir de 1863, regenteó, en carácter de habilitado, el vasco José Beristayn, abuelo del pintor Jorge Beristayn, quien vino a resultar marido de María Luisa Anchorena, bisnieta de Juan José Cristóbal y de Manuel Hermenegildo Aguirre). En dicho almacen campero, a las veces posta, deteníanse las galeras para mudar caballos y proseguir su itinerario invariable: "Loncoy", próxima parada de ida hacia "Macedo"; "Maipú" si se pegaba la vuelta rumbo a "Dolores".
      Pero mi abuelo (por lo menos desde cierta fecha que no puedo precisar) no viajó a su heredad campesina de ese modo: utilizó las galeras sólo como correo de sus cartas y paquetes. A la estación de Dolores - punta de rieles distantes 15 leguas, cortando campo, de "El Chajá" (o luego a Maipú, fundada en 1875, adonde recién llegó el ferrocarril en 1880) acudía a traer y llevar a don Manuel una amplia volanta propia de color marrón, cuyo pescante encabezaba a la amplia plataforma de madera, provista de dos largas banquetas longitudinales paralelas, flanqueadas por seis ventanas y con su puerta detrás. Tiraban del carruaje, a estímulos del cochero, cuatro caballos trotadores, en pos del peón arreador de la tropilla, destinado a mudar las yuntas cansadas por otras frescas, o a reforzarlas con laderos para salvar la cañada del "Vecino" (hoy Guido), los bajos pantanosos que contornan la laguna de "Kakel" y, más lejos, el arroyo del Tigre, también en los dominios de Ramos Mexía.
      La historia de "El Chajá", desde sus orígenes, va reseñada en el capítulo que dedico al linaje de Anchorena. No obstante ello, he de reiterar aquí que desde 1858 hasta 1877 mi bisabuelo Manuel Alejandro Aguirre mantuvo, para explotar el referido campo, una sociedad con su hermano Emiliano, el cual prácticamente puso en marcha a aquella estancia desprendida de "El Tala".
      Más tarde, a partir de 1877, se constituyó una nueva sociedad entre don Manuel Alejandro, don Emiliano y los hijos del primero: Manuel José y Hortensio, estos dos como dueños del campo que habían heredado de su madre. Tal asociación duró cuatro años, y se disolvió al dividir el condominio ambos muchachos. En efecto: el 11-VII-1881, ante el Escribano José Victoriano Cabral, comparecieron dichos hermanos y dijeron: "Que por muerte de su madre doña Mercedes Anchorena de Aguirre, en la sucesión de esta ... se les adjudicó por mitades el campo 'El Chajá' ... con algunas poblaciones y otras existencias enclavadas en la tierra, cuya área de campo se compone de un trapecio constante de once leguas cuadradas y más dos décimas de legua cuadrada ... de un sobrante que apareció ... y fué comprado al Superior Gobierno. Que han resuelto - Manuel y Hortensio - dividir dicha área de campo, con poblaciones, cercos, corrales y sus respectivos enseres, y han formado dos lotes iguales, bajo los números 1 y 2, compuesto cada uno de cinco leguas y media cuadradas, más el décimo de otra legua semejante. Pero como la fracción 1a estaba en mejores condiciones para proseguir con el negocio rural, mientras que la 2a convenía arrendarla, sus dueños acordaron, ante su padre, justipreciar, en sobres cerrados, el valor de aquel lote nº 1; resultando la oferta de Manuel José mayor en 200.000 pesos que la de Hortensio. En razón de ello se le adjudicó, a mi abuelo, ese lote nº 1, o sea "El Chajá" propiamente dicho, en tanto "El Lucero" (lote 2) quedaba para Hortensio, su hermano.
      Poco después (21-X-1881), Manuel Alejandro Aguirre y su hijo Manuel José - ante el mismo notario Cabral -, formalizaron otra sociedad pastoril para explotar las 5 leguas y pico de "El Chajá"; bajo el rubro de "Manuel A. Aguirre e hijo". El padre introdujo un capital propio de 2.411.087 pesos papel moneda corriente en haciendas, y el hijo aportó la estancia suya, con todas sus poblaciones, quedando a cargo del padre la dirección del negocio en la ciudad, mientras Manuel J. manejaba, con libre iniciativa, el establecimiento en el campo. Los provechos de la empresa se distribuirían así: el 41% al capitalista Manuel A. y el 50% a su hijo el estanciero ejecutivo, quien, además, percibiría el 9% por su trabajo personal. Los gastos y mejoras corrían por cuenta de éste último, ya que quedaban a favor de la estancia.
      Al cabo de tres años, a entera satisfacción de las partes, se dieron por liquidadas las cuentas y concluída la sociedad de referencia. De tal suerte, Manuel José Aguirre, en virtud del pago integro que hizo del capital social, quedó como propietario absoluto de todas las haciendas que pastoreaban en "El Chajá", y de las viejas marcas que usaba el establecimiento: el ocho, los cuatro sietes, la flor, y el tirabuzón.
      Por esas fechas, un conjunto de poblaciones - "las casas" - daban fisonomía peculiar a la estancia chajeña, al amparo del monte circundante: talas, ombúes, sauces, robles - ahora gigantescos después de más de un siglo -, larga calle de membrillos, álamos, acacias, eucaliptus, pinos, entre la innumerable arboleda que, año tras año, se fué plantando desde los tiempos del tío Emiliano.
      En un espacio abierto de ese casco, alzábase sólida, de material blanqueado a la cal, la vivienda del patrón (24 varas de largo, 14 de ancho y 3 1/4 de altura), compuesta de siete habitaciones y comedor (gran mesa de caoba y cuatro grabados ingleses de carreras, ya en 1866). Todos los aposentos - menos uno de tablas - con pisos de baldosas y cielos rasos, marcos y contramarcos de madera. Las puertas exteriores se aseguraban con trancas, y con ferreas rejas las ventanas, que por su tamaño parecían puertas. Siete columnas de fierro - otrora sin revestimiento - daban sostén, en la galería delantera, a un techo de ripia que cierta noche, en 1895, se prendió fuego, y hubo de ser reemplazado por otro incombustible, de chapas de cinc pintadas de rojo.
      Al costado del albergue principal, estaba el rancho destinado a cocina y barraca. Sus pisos eran de adobe, los muros de ladrillos y tres mojinetes sostenían su cubierta pajiza. Más allá, como a media cuadra de distancia, levantábase el fogón de los peones, construido de ladrillos, con techumbre de paja y corredor a un costado. Incluía esa edificio el cuarto para el capataz y la cochera con portón de madera; y, a guisa de suplemento, una amplia ramada.
      También en las cercanías, frente a un pozo de balde, otro rancho con muros y pisos de adobe y techo de esparto a dos aguas, servía de albergue a la peonada. (Entre ella el negro Ciriaco, antiguo mazorquero, cuya fábula legendaria de degollador sólo servía de cuco para amenazar a los niños, cuando se portaban mal).
      Algo más lejos emplazábase el primitivo galpón, cerrado en sus cabeceras y costados por paredes de ladrillos franceses, con postes de ñandubay, puntales de palmas y tirantes mundays, en los que se apoyaba el techado pajizo. Y no he de olvidar al corral de lanares con lienzos de pino; como tampoco el de encerrar hacienda vacuna, con su transcorral, para el que se utilizó palizada de ñandubay. Lo mismo en el gran palenque de 40 postes de dicha madera incorruptible, cavados en derredor de unos ombúses.
      Falta agregar que la morada del patrón y la quinta anexa hallábanse protegidas entonces por una zanja y cerco vivo de cinacina, cuyo perímetro se circunscribió con cuatro hilos metálicos. Habían asimismo dentro del casco, dos potreritos y un alfalfar, recuadrados con alambres sostenidos por postes de ñandubay y de madera de coronilla. Cierto inventario de "la estancia principal" en aquella primera época, entre un cúmulo de utensilios, herramientas, aperos y otros elementos imprescindibles en toda explotación rural, consigna, tomados al azar: una carreta de bueyes y un carro de caballos; un lote de mangas para jagüeles; cuarenta bebederos de madera y cuatro de fierro.
      En 1876, Manuel Aguirre se había presentado al gobierno solicitando permiso para alambrar la totalidad de su estancia. Pastaban ahí, en números redondos: 20.000 vacunos bajo marca; 3.500 yeguarizos, distribuidos en 21 manadas, amén de los caballos de servicio, potros sueltos y redomones; y 30.000 lanares, que conformaban distintas majadas de ovejas finas, mestizas y ordinarias: "pampas" o "churras", descendientes de las que trajeron los conquistadores españoles.
      Entre aquel crecido número bovino, señalo un rodeo de 494 vacas "tarquinas", o mejor dicho "tapialeras", vale decir "shorthorn" puras por cruza (); y a 81 "señueleros": novillos mansos acostumbrados a seguir al "madrino", que llevaba un cencerro y atraía a los animales ariscos a fin de encerrarlos en corrales o potreros.
      Quince puestos - dos denominados "San Mateo" y "Cerrillos" - se diseminaban por el campo, con sus rancherios de quincho y corrales de duraznillos, a cargo de puesteros ovejeros (casi todos vasco-franceses: Giraud, Arbelech, Cabana, Etcheto, Perochena, Estevon, Vincent, Granier, Cortelem, Echague, Marmous, y sólo cuatro criollos: Moyano, Mendoza, Reyes y Gallego); cada uno de ellos responsable de las distintas majadas.
      Antaño los campos eran abiertos, señalados únicamente por mojones, y cuando se secaban las lagunas, la hacienda desparramábase a la redonda leguas y leguas. Un recuento practicado en "El Chajá" hacia 1866, calcula en 2.000 vacunos el ganado disperso. Por eso, de tiempo en tiempo, pedíanse apartes en las estancias cercanas: "El Tala" de Anchorena, "Loncoy" de Herrera, "Macedo" de Sáenz Valiente y de Leloir después, "La Loma de Góngora", "La Laguna de Juancho", "La Esperanza" de Zubiaurre, "San Simón" de Alzaga, "Mari Huincul" de Ramos Mexía, "La Felicidad" de Bellido y luego de Pita y Serantes. ()
      Se esquilaba una vez al año, al despuntar la primavera. Los vellones, descoles, barrigas, cueros, sebos y demás "frutos", remitíanse en cinco o seis grandes carretas al puerto de Ajó, consignados a Juan Power, quien debía venderlos en Buenos Aires. Los puesteros iban a medias en el negocio de la lana.
      Claro que estas ocurrencias y modos de explotación, y aquellas instalaciones fundadoras para darle categoría de gran estancia a "El Chajá", se fueron quedando atrás, a partir del período que inicia allí mi abuelo Aguirre. En adelante, una nueva dinámica acelera y completa la mestización de la hacienda criolla originaria; se alambra y apotrera el campo con sentido funcional; se instalan molinos, mangas y bañaderos de ovejas; son modernizados los puestos; la superficie de la heredad llegará a redondear 11 leguas, mediante la incorporación de parte de "El Lucero" (que fuera del hermano Hortensio y le donara su padre a Manuel) y las posteriores compras a Ramos Mexía y a Cabrera, respectivamente, de "El Espartillar" y "El Retoño"; mientras en los enormes galpones del casco alcanzan su apogeo las cabañas de lanares y de bovinos. (El galpón de los toros fué planeado en 1883 por el arquitecto alemán Otto von Arnim, con puertas corredizas, 12 pesebres y altillo forrajero). Así, a justo título, en la historia de la ganadería argentina, Manuel J. Aguirre figura como uno de los principales criadores de la llamada "época clásica".

      Los ovinos de lana fina

      Estanislao S. Zeballos, en su Descripción Amena de la República Argentina, en el tomo III titulado A través de las Cabañas (Bs. As. 1888), discurre largamente acerca de la "Estancia del Chajá": "que ocupa diez leguas de buen campo, a veces notable en el partido del Tuyú. Fundada en 1857 por acaudalados criadores de la Provincia - escribe Zeballos - pertenece hoy al Sr. Manuel J. Aguirre, hombre jóven, que a pesar de su alta posición social y de fortuna, ha dedicado, con noble espíritu de progreso, una especial atención a la labor rural, en la cual sirve señaladamente a su país. Sobre aquel vasto teatro de explotación agrícola, donde pacen rebaños numerosísimos de razas mayores y lanares, el Sr. Aguirre había intentado fundar una cabaña dedicada a la producción de merinos excelentes. Sus designios han alcanzado ya un éxito que merece consignarse, y que progresa sólidamente. La estancia alimenta treinta mil ovejas mestizas, y su médula es la cabaña merina. El Sr. Aguirre se hizo cargo del "Chajá" en 1881, recibiendo una tropilla Ramboillet introducida en 1858 y denominada las sajonas, descendiente de uno de los lotes de ovejas de ese tipo importadas por el Sr. Federico Plowes. Fué siempre servida esta tropilla por carneros de sangre pura, pero no constantemente de la misma variedad merina. Según los caracteres de la lana, se alternaban carneros Negretti y Ramboillet, obteniendo así los padres que servían en las majadas generales". "En 1881, apercibido el Sr. Aguirre de la bondad del plantel que recibía, desplegó la competencia y pasión que le son propias, para merecer los nuevos rumbos que hoy prosigue con las variedades merinas destinadas a producir lana fina, y formó dos grupos, el Negretti y el de Ramboillet ... El grupo Negretti procede de 50 ovejas puras compradas al establecimiento "San Juan", en la Colonia, República del Uruguay (de propiedad entonces del Sr. Lahusen, con rebaños procedentes de las cabañas alemanas Kentzlin, Mollin, Leutschou y Merzin), "y elegidas por el Sr. Aguirre, el Sr. Narciso Lozano director de la Cabaña "PIomer" y el pastor de ésta. El Sr. Aguirre me dice en su informe: "El origen de estos animales, según certificado que tengo en mi poder, procede de 165 ovejas Negretti puras, importadas a ese establecimiento en el año 1865, procedentes de las mejores cabañas Negretti puros de Alemania. Conservo siempre esta tropilla con carneros Negretti de la cabaña del Capitán Maas, en Kentzlin, que, según carta que tengo del Sr. Bohm, es la única que conserva el Negretti puro original".
      "Dirije la cabaña el mismo fundador - prosigue Zeballos - y sus productos no están todavía, propiamente hablando, en el comercio. Sus ventas comienzan apenas a realizarse, porque el Sr. Aguirre ha usado los carneros en sus majadas de campo. Esta cabaña que nace irá lejos. El Sr. Aguirre tiene para lograrlo la energía de la juventud, el capital y la competencia necesarios".
      Páginas más adelante dice Zeballos: "De las 300 cabezas que componían la majada Negretti sajonas, el Sr. Aguirre eligió 130 animales. En 1882 adquirió 12 borregas Ramboillet de la notable cabaña "Nuestra Señora del Pilar" del Sr. Nazar, y 100 ovejas de la estancia "San Juan", en el Estado Oriental, a cuyo plantel agregó 12 ovejas importadas de la cabaña Nacional de Francia. Tal el origen de su rebaño. Lo hace servir por dos carneros importados de la cabaña Nacional de Francia y por los merinos alemanes, obteniendo de unos y otros satisfactorios resultados. Esta cabaña, a pesar de ser reciente, ha comenzado sus ventas con éxito. Por las primeras borregas obtuvo 40 $m/n, y 80 $m/n por los carneros. El establecimiento no ha enviado aún sus productos a las casas de martillo de Buenos Aires, ni ha concurrido a exposiciones". Y don Estanislao pone broche a su comentario así: "El Sr. Manuel Aguirre me decía en su carta: "El objeto que me propongo es alcanzar el mayor grado de nobleza en la lana, en cuanto es posible: soy lanero". Y lo es - concluye Zeballos - sin transacciones, sin mezclar la cuestión cuerpo a su objeto: es admirador y partidario de carneros de Kentzlin!".
      Agrego por mi parte, con exactitud histórica, que el verdadero y remoto origen de los rebaños "Negretti", no arranca de Alemania sinó de España. Dichos merinos se trajeron probablemente a la península, en la Edad Media, del norte de Africa o del Asia Menor. Pero quienes desarrollaron zootecnicamente el tipo de esa variedad lanar - luego muy difundida por Alemania, Austria, Hungría y Rusia - fueron, en el siglo XVIII, los Duques del Infantado y el Conde de Alange, Caballero de Santiago y Grande de España, don José de Negrete y Ampuero, cuyo apellido - Negrete - en adelante sirvió para nombrar aquella raza.
      En cuanto a los Ramboillet de "El Chajá", bien apunta Zeballos que 12 ovejas y 2 carneros se importaron de la Cabaña Nacional francesa. El 1O-X-1882, desde París, Manuel Aguirre (padre) le escribía a su hijo mayor: "Ayer he estado en la famosa "ferme" modelo de Ramboillet. El Director de ella, persona que me ha sido simpática, para quien llevé una carta del Ministro Balcarce de introducción, fué sumamente complaciente conmigo". En la oportunidad, Tata Aguirre eligió personalmente y compró aquel par de carneros "de lo mejor que tenían", y la docena de pécoras preñadas.
      De otra carta de mi abuela Enriqueta Lynch a su cuñada Victoria Aguirre, que estaba en Europa, destaco los siguientes párrafos remitidos el 1º-XI-1882, desde "El Chajá", en la consabida "galera" mensajera: "... San Isidro (la Chacra) debe estar ahora muy lindo, aunque dicen muy seco; por aquí también la hay; así es que te puedes imaginar lo que rezongará tu hermano al cabo del día por la falta de agua. Su entusiasmo por la Cabaña no disminuye; por el contrario, ya no le falta sinó llevar su cama al galpón; todo el día se lo pasa allí ... ha tomado un pastor alemán, recién llegado, para cuidar las ovejas finas; se entienden casi por señas, y yo creo que si no fuera por miedo que se rieran de él, se pondría a aprender el alemán".

      La cabaña de cornicortos

      Respecto a los vacunos de "pedigree" - excluido aquel rodeo de puras por cruza "tapialeras", nombrado más atrás - los primeros ejemplares "shorthorns" importados de Inglaterra con que mi abuelo se inició como cabañero, fueron 4 vacas y un toro "Booth", comprados en 1882 por su Tata en la cabaña "Killerby". Sobre este particular, mi abuelo, en la estancia, le escribió exultante a su tío Emiliano, el 7-I-1883: "Recibí su carta del 4 del cte. Siento mucho que los animales que ha mandado mi padre hayan llegado en tan mal estado como me dice. Hágame el favor de mandarlos por aquí para poderlos ver a gusto ... Tata no me dice nada, me manda el Catálogo de la cabaña, pero no me dice los nombres de los animales, ni cuanto han costado; estoy a oscuras. Sin embargo creo que el mejor toro será para mí, por que si, y por que creo estoy llamado a ser uno de los primeros, sino el primer criador de este país. Espero los mande pronto, porque estoy con fiebre por verlos".
      Un año más tarde, Rodolfo Peña, íntimo amigo de mi abuelo, le anuncia haberle comprado en la cabaña "Booth" las siguientes vacas puras, todas por el precio de 750 guineas: "Hibernia", rosilla de 2 años, de la familia "Hécuba"; "Vanity of Fair", de 2 años, rosilla colorada; "Cora", rosilla colorada, preñada; "Maid of Britain", colorada, preñada; "Vesta", colorada y blanca; y "Victoria Rosea", rosilla. Estos animales desembarcaron en Buenos Aires en octubre de 1885, y fueron conducidos a un corralón bajo techo, en la calle Venezuela, perteneciente a la empresa Bullrich, pues el patio principal de esta casa rematadora estaba lleno de caballos de carrera del General Bosch, de Guillermo Kemmis y de otros "turfmen" conocidos. Mi abuelo hallábase, a la sazón, en "El Chajá", y otro íntimo amigo suyo, José María Lozano, fué el encargado de despachar las vacas a Maipú por ferrocarril.
      El 6-X-1886 se liquido allá en Inglaterra la famosa cabaña "Killerby" del finado John Booth. En esa subasta se compraron para Manuel J. Aguirre, estas vaquillonas: "Queen Bee", en 32 guineas; "Gibsies Dora", en 16 guineas; y "Emmal", en 42 guineas.
      Al ocuparse de las cabañas argentinas de "la época clásica", M.E. Stanwick (seudónimo de Mariano Ezcurra), en su libro Historia del Shorthorn, estampa: "El Señor Manuel J. Aguirre había reunido en su cabaña "El Chajá", en el partido del Tuyú, un selecto lote de Shorthorns de sangre Booth, adquiridos en Warlaby y en las cabañas de Hugh Aylmer, de Mitchell, de Lord Polwarth, de G.W. Elliot y de Mr. Ackers, figurando vacas de las tribus Blossom, Mantalini, Calomel, Rosebud y Swinton Rose, adquiridas en la cabaña de Tom Willis y, además, representantes de la tribu Princess y de las Brawith Bud (Pure Gold) de Cruickshank."
      "Entre los toros padres - sigue Stanwick - "El Chajá" contaba con: "Weal Royal", un Waterloo (rama Weal de Aylmer), criado en Irlanda por Mr. Humphrey; "Sydney", criado por H. Smith, en Irlanda; "Dairy King", de la misma procedencia; "Quarantine" y "Romeo", también criados por Mr. Smith; "Lord Kenmare", criado por Mr. Welsted; "Governor" criado por Mr. Smith; y dos toros criados por Booth: "Royalist" y "King Edward" (el favorito de mi abuelo), ambos pertenecientes a la tribu "Hécuba".
      Antes del llamado "período clásico", algunos ganaderos asentaban en libros particulares la identidad y nominación de sus animales de "pedigree". Así también el dueño de "El Chajá", familiarmente, dió nombres a sus terneras puras primerizas: "la Mercedes", "la Manola" y "la Maruja", en cariñoso homenaje a sus tres hijos mayores. Al poco tiempo, Manuel J. Aguirre, Leonardo Pereyra, Juan Cobo, Vicente L. Casares, y Domingo Frias, fundaron la Asociación de Criadores de la raza Shorthorn, y establecieron el "Herd Book Argentino", libro de registro semejante al de Inglaterra, donde podían anotarse los linajudos cornicortos importados y los nacidos en nuestro país. En 1889 apareció el primer tomo de aquel vernáculo "Herd Book", cuyos posteriores volúmenes, a cargo de aquellos caballeros, siguieron publicándose hasta 1901, año en que ellos donaron los padrones genealógicos a la Sociedad Rural Argentina.
      Ulteriormente, Manuel Aguirre adquirió en 20.000 pesos - precio elevadísimo entonces - el toro "Spartan" (22) de la cabaña "El Retiro" de Vivot. Dicho ejemplar - colorado con manchas blancas - resultaba hijo del celebérrimo "Spartan" (71652), gran campeón el año 1898 en la Exposición Internacional de Palermo; padre importado, de pelo rosillo, que nació en 1896, producto del rebaño de la Reina Victoria en Windsor; hijo, a su vez, de "Count Lavender"y de la vaca "Spruce". Otros buenos reproductores del plantel "chajero", a comienzos del presente siglo, fueron: "Newton Stone", "Duke of Barrington" y "Barón Killer", que - con "Spartan" - fecundaron a las vacas "Colombine", "Lady Georgina Cromwell", "Lady Georgina Yeagle", "Spring Rose", "Virtue", "Maudlin 2a" y "Gipsies Olga", entre otras, cuyos toritos recibirían nombres aborígenes: "Ancatrúz", "Pichicurá", "Cayumán", "Huayna Carú", "Meliqueo", etc., etc.
      Acoto que los toros producidos en "El Chajá" - fuera de los utilizados en el propio establecimiento para encastar a 10.000 vacas - se vendían particularmente. El primer remate público de los Booth de Aguirre se realizó en el patio Bullrich de Buenos Aires, el 24-IX-1891. Se subastaron cinco toros de 2 años: "Tripaileo", vendido en 5.500 pesos a Manuel Durañona - "el precio más alto obtenido por criador argentino", según destacó el diario La Prensa; "Painé", vendido a Federico Martínez de Hoz en 3.600 pesos; "Orkeke 2º", comprado por Federico Urioste en 1.609 pesos; "Rengo 2º", comprado por Federico Martínez de Hoz en 1.600 pesos; y "Carancho 2º", también adquirido por Martínez de Hoz en 3.800 pesos.
      En 1890 don Manuel había pensado mandar algunos de sus productos a la Exposición de la Sociedad Rural en Palermo, pero se echó atrás. Aunque el lector se sorprenda, en aquella época éste resultaba el itinerario y duración del viaje: Se cargaban los toros en pesadas carretas que lentamente recorrían 7 leguas - calculemos en 7 horas - desde "El Chajá" hasta la estación de Maipú. Ahí, tras largo aguardar, efectuábase el trasbordo de las nobles bestias al vagón jaula del Ferrocarril del Sur: cuyo tren - "tren carreta", por cierto - tardaba alrededor de 24 horas en su trayecto hasta la estación de Barracas al Norte. En este punto, tras detenerse un tiempo impreciso, enganchaban la jaula al Ferrocarril de la Ensenada, que partía rumbo al Retiro. Acá, luego de nueva parada, hacíase el acople de la rodante armazón al Ferrocarril Pacífico. Este convoy, finalmente, depositaba los toros en Palermo. Todo el procedimiento, entre combinaciones, esperas y mudanzas de líneas para llegar a destino, hubiera durado casi tres días. No valía la pena, pués, acudir a un concurso rural con animales desbastados - por no decir devastados - al cabo de semejante trajín.
      A lo escrito sobre los viejos tiempos de "El Chajá", quiero por último agregar que la estancia llegó a reunir - además de la cabaña aquella de toros Shorthorns del tipo Booth y de los planteles ovinos Negrete, Ramboillet y, con posterioridad, Lincoln - sobresalientes manadas yeguarizas de Anglo-Normandos, Oldemburgueses, Claydesdales, Percherones y petisos Shetlands - productos estos de un padrillo y tres yeguas zainas, importadas en 1890.

      Las distintas viviendas de la familia de mi abuelo en Buenos Aires

      De recién casado Manuel Aguirre se instaló con su mujer en una casa de la calle Chacabuco 200, que pertenecía a su padre. Ahí llegó a la vida su hija mayor Mercedes. A fines de 1879 o a principios del 80, los Aguirre se mudaron a extramuros - diré -, a la quinta de la calle Esmeralda 750, entre Juncal y la barranca que caía hasta el bajo del Retiro. Aquella media manzana de terreno, con su añoso edificio levantado dentro de un jardín, había sido morada predilecta de doña Andrea Ibáñez de Anchorena, abuela de don Manuel, y en dicho caserón suburbano vieron la luz primera sus hijos: Manolo, Maruja - mi madre - y Julián. Comenzado el año 85, la familia se mudó al centro, a una casa de altos en la calle Talcahuano Nº 7, esquina a la de Rivadavia, donde vinieron al mundo los hijos: Adriana, Hortensio, Agustín y Eduardo. En las postrimerías del 90, los padres y su ya numerosa prole, ocuparon otra más espaciosa vivienda en la calle Bolívar 171, que había comprado para ellos el Tata Manuel Alejandro a Angela Alzaga, viuda de Lezama, cual lo consigné en la biografía del comprador. En los siete años que en esa casa habitaron don Manuel y doña Enriqueta hubieron cinco hijos más: Roberto, Enriqueta, Elena, Rafael y Victoria. Finalmente el 21-X-1896, para hogar de su hijo Manuel, Tata Aguirre adquirió de los herederos de Exequiel Ramos Mexía Segurola, la gran casa de la calle Cerrito 271, entre Cuyo y Cangallo.
      En dicha sólida y acogedora mansión, a estilo de las señoriales edificadas durante el último tercio del siglo pasado, nació el hijo número catorce de mis abuelos: Alejandro; como también allí se prolongó la simiente de don Manuel y doña Enriqueta en varios nietos, el mayor de los cuales es quien escribe estos renglones. De modo que el recuerdo del solar nativo resulta para él entrañable e interesante a la vez. Habida cuenta de ello, en un Apéndice al final del presente capítulo, el autor ha registrado la historia de aquel terreno a lo largo de las distintas transferencias del dominio, desde su titular originario Lázaro Gribeo, compañero de Garay en 1580 en la fundación de Buenos Aires, hasta el arrasamiento definitivo del edificio, cometido en 1936 por la Municipalidad capitalina, para abrirle paso a la Avenida 9 de Julio.
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    • Los automóviles y la quinta en San Isidro

      Durante tres décadas, sólo cuatro automóviles hubo sucesivamente en la casa de mis abuelos Aguirre: el "Eléctrico", el "Charrón", un "Daimler" y un "Cadillac".
      El recuerdo de el "Eléctrico" se remonta a mi más tierna infancia. Su grande y lujosa carrocería, con asientos "vis a vis", estaba tapizada por dentro de cuero negro "capitoné". El vehículo era puesto silenciosamente en marcha, desde el pescante, por José "el portugués" -- antiguo cochero -- quien, uniformado de azul oscuro con botones de bronce y gorra de visera, cual un comodoro empuñaba el volante y las palancas propulsoras de la energía encerrada en los acumuladores. Ibamos los niños en el "Eléctrico" a tomar aire y sol a la Recoleta o a Palermo, en cuyos jardines, poblados de gente menuda, corríamos detrás de una pelota o del aro que se hacia rodar a golpes de palito; esquivando gobernantas alemanas, mises inglesas, niñeras gallegas vestidas como "nurses", profusión de bicicletas y cochecitos con lactantes a cargo de amas tocadas con cofias y lazos de colores, a estilo de aldeanas francesas.
      Después -- heredado de don Manuel viejo -- un "Charrón" a nafta -- limusina cerrada proveniente de Francia -- sustituyó al "Eléctrico". Y más tarde vino el poderoso "Daimler", de motor alemán construido en Inglaterra y manejado aquí por el "chauffeur" coruñés Manuel Montes -- doble fila de botones en la guerrera y polainas negras. (Los coches oficiales del Presidente Sáenz Peña y de sus Ministros eran todos de la marca "Daimler"). Finalmente mi abuela doña Enriqueta, en los últimos años de su vida, movilizábase, hasta la quinta de San Isidro, sobre un cómodo "Cadillac" norteamericano.
      Era esa quinta de San Isidro parte desprendida de aquella chacra que comprara Manuel Alejandro Aguirre a Prilidiano Pueyrredón el 9-I-1856; cuya histórica trayectoria, escrita a modo de crónica, incluyo en el Apéndice que epiloga esta larga monografía. Tal referencia arranca de las tres "suertes" que otorgó Garay en 1580 a los pobladores Antón Roberto, Pablo Cimbrón y Rodrigo Gómez; "suertes" originarias que se aunaron después, y su superficie integral -- 1.000 varas de frente y una legua de fondo -- permaneció invariable durante más de tres centurias. Sin embargo en el último tercio del pasado siglo, ocurrieron los sucesivos desprendimientos de su terreno, surgiendo en esos nuevos deslindes quintas espléndidas; que al fraccionarse posteriormente, a su vez, dieron lugar a espaciosos campos deportivos (el Club Atlético San Isidro y el Jockey Club) y a innumerables lotes que, hoy en día, constituyen hermosos barrios parques. Sólo por milagro se salvó del parcelamiento implacable una típica reliquia colonial: la casona de la chacra primitiva, hogaño abierta al público en carácter de Museo Juan Martín de Pueyrredón.
      Pero vuelvo a nuestra desaparecida quinta sanisidrense, cuya extensión de casi 14 hectáreas -- precisamente 134.992 m2 -- correspondió a mi abuelo Aguirre por herencia de su madre Mercedes Anchorena, a partir de la mensura y división practicada por el Ingeniero Fernando Moog, según consta en el plano que aprobó el Juez de la Capital Dr. Salustiano J. Zavalía, el 25-X-1881 .
      Junto a esos datos consignados en títulos y documentos judiciales, narraciones de la tradición oral e imágenes lejanas de circunstancias vividas en aquella quinta, irrumpen de nuevo en la memoria como proyectadas por un calidoscopio.
      La casa, imponente castillo, fué concebida por el ingeniero Manuel Ocampo -- marido de Ramona Aguirre, prima hermana de mi abuelo y madre de Victoria y de Silvina --, y se estrenó en 1893. El enorme edificio de dos plantas, con sólidas paredes rosadas de ladrillo, permanece nítido en mi recuerdo. Una larga y sinuosa galería exterior circuía a su perímetro irregular; y el piso de arriba, provisto de terrazas, balcones y ventanas, remataba en la azotea, cuyo parapeto bastillado con almenas semejaba un alcázar feudal.
      En una saliente de la construcción, levantábase el gran cobertizo de entrada para carruajes, con techo de pizarra sostenido por cuatro columnas. Cinco escalones se contaban antes de pisar el corredor y de franquear la puerta principal de acceso al amplísimo vestíbulo, donde una chimenea insertada en armazón de madera, exhibía en su repisa el marmóreo busto de doña Enriqueta, modelado por su marido. No abrumaré al lector con la reseña de muebles, objetos, grabados y cuadros distribuidos en las distintas habitaciones del caserón de la quinta. Me place, sin embargo, no dejar en el tintero a aquella biblioteca instalada en el "hall", llena de revistas inglesas encuadernadas, cuyos dibujos, caricaturas y fotografias tantas veces repasé entretenido: Punch, The lllustrated London News, The Tattler, The Sphere, Bystander, Sporting and Dramatic News, además del Figaro de París y de la Ilustración Sudamericana.
      En torno del castillo, el parque se extendía frente al panorama del rio. Su trazado y armónica disposición de árboles y parterres, debiose al paisajista Forquell, traido de Francia por el Jockey Club para delinear los jardines del Hipódromo de Palermo. Forquell era famoso, pués había llevado a cabo una obra maestra de jardinería en los paseos de Monte Carlo, y aquí, en la Argentina -- a más de aquellos espacios verdes del Hipódromo y de la labor encomendada por Aguirre en su heredad sanisidrense -- formó los parques de mi tío Pancho Uriburu en Villa Elisa, el de la estancia de Manuel Guerrero al borde del Salado, y el del ingenio azucarero de Hileret en Tucumán.
      Entre el considerable número de plantas mayores y menores de la quinta de mi abuelo, dos añosos pacarás flanqueaban la vivienda familiar; y rescato del olvido al bosquecillo de magnolias; a las frondosas tipas de abovedado ramaje; a las palmeras y al fénix, de tallos cilíndricos y copas parecidas a plumeros gigantescos; al ombú, cuyas raíces se aferraban al talud de la barranca para no venirse abajo; al par de "ginkgos bilobas" japoneses, uno cerca del otro, que nos servían de arco cuando jugábamos al fútbol; al césped de los canteros; a los caminitos llenos de piedritas llamadas granzas; a los macizos de flores; a la colección de claveles y helechos preservados en invernáculos; y al conjunto de frutales en la huerta que brindaban a nuestra glotonería duraznos, damascos, higos y cerezas.
      Remembranzas que titilan en la lejanía, iluminan por instantes a mi madre: fina, joven, bella, feliz con sus tres chicos que, al aire libre, jugueteaban en una mañana llena de sol. A mi tia Adriana, que como Scherezada nos inventaba cuentos que no terminaban nunca. A esas dos casitas de ladrillo con techos de cinc, en las que dábamos rienda suelta a nuestra imaginación infantil; a las bicicletas; a "Pancho" mi petiso shetland y a las cabalgatas por las lomas con el paisano Gabriel Torres. Revive en mi recuerdo la cancha de tenis; reviven el Carnaval y sus recibos de máscaras (dominós de raso negro, disfraces y caretas absurdas); los corsos en el pueblo de San Isidro y, más tarde, aquellos bailes inolvidables del Club Atlético, donde se despertó mi enamoramiento adolescente...
      De tan lejos aún me llegan ecos de los tangos de Arolas, de Firpo, de Canaro, de Cobián; con los valses de Lehar y de Strauss, que mi tia Adriana tocaba en el piano, junto a las melodías de Fysher y de Cristiné y a otras canciones pegadizas ahora despegadas de la moda actual. Por último no ha de quedar sin mención el cinematógrafo en la quinta vecina de Gómez. Allí Goyo Lastra -- marido de Mecha Gómez Aguirre prima de mi madre -- proyectaba de noche, a cielo abierto, sobre una sábana blanca puesta en bastidor de madera, vistas de actores cómicos franceses -- Max Linder, Toribio Sánchez y Salustiano -- filmadas por "Pathé Fréres" y "Lumiére" -- antes, claro está, del auge de las películas norteamericanas de Tripitas y de Carlitos Chaplin.
      "Tu abuelo -- me escribió cierta vez Victoria Ocampo -- me hacía ruborizar cuando me preguntaba: "que dice la artista". Yo pensaba que podía estar riéndose de mí. También lo recuerdo muy claramente y como a una persona excepcional. Ninguno de los otros hombres, de los otros ?señores? que yo veía en casa se le parecian. Tanto cuando hablaba del golf o de Gobineau, decía cosas. Cosas que me gustaban, me sorprendían o me hacían reflexionar. En una palabra, nada me resultaba más apetecible que pasar mis horas en la quinta de Manuel Aguirre con los Aguirre".

      El artista y sus esculturas

      Pero dejo de lado estas íntimas reminiscencias y torno a la biografía de mi abuelo materno. Hora es ya de señalar que él fué esencialmente un artista. A los veinte años recorrió Francia, Inglaterra, España, Italia y Suiza, y no sólo admiró las bellezas naturales de dichos paises, y el empuje y desarrollo material de alguno de ellos, sinó que en el ambiente de esos focos irradiantes de cultura, encontró nuevos horizontes que dieron amplitud a su espíritu; obras de arte y monumentos cargados de historia que estimularon su inclinación estética hacia el dibujo y la pintura; todo lo cual, más adelante, conformaría esa experiencia intransferible que pone sello a una personalidad.
      La realización de la cabaña en "El Chajá" debiose más al don innato de "creador" del propietario, que el simple menester de traficante "criador" de animales finos. Aunque parezca insólito, tal refinamiento ganadero en la pampa agreste de hace cien años, lo emprendió mi abuelo, ante todo, por amor al arte. Don Manuel había nacido rico, poco le interesaron los negocios ni jamás tuvo apetito de dinero. Desdeñó siempre a los "chalanes" (el calificativo es suyo) que con empaque señorón abundan en la actividad agropecuaria. Pudo mi abuelo tener administradores, arrendar su campo y darse la gran vida viajando por el mundo. No lo hizo. Estanislao Zeballos escribió en 1888 con verdad: "El señor Manuel J. Aguirre, hombre joven, a pesar de su alta posición social y fortuna, ha dedicado, con noble espíritu de progreso, una especial atención a la labor rural, en la cual sirve señaladamente al país". Y Carlos Ibarguren, en La historia que he vivido', pergeñó la siguiente semblanza: "Mi suegro reunía en su persona al aspecto físico hermoso y viril, las cualidades morales más destacadas del caballero: espíritu abierto, generoso, señoril; desprecio por lo pequeño, lo vulgar y lo mezquino; desinterés por todo lo que significaba utilitarismo y lucro; modestia ingénita que le hacía disimular los grandes valores que encerraba su espíritu. Su temperamento era romántico y su vocación artística. Una vasta ilustración nutría su talento y un innato amor a la belleza lo consagró a la escultura".
      Hacia el invierno de 1890, estando don Manuel en "El Chajá", a causa de un enfriamiento cayó con influenza, y tan agudo resultó el trancazo -- como llamaban entonces a la gripe -- que vino a complicarse en nefritis. La infección a los riñones era grave. Trasladado a Buenos Aires, el enfermo fué sometido a un tratamiento riguroso y, va de suyo, al empezar la mejoría los médicos prescribieron al convalesciente reposo absoluto.
      En tales circunstancias, aquella vocación artística que se había despertado en Aguirre cuando muchacho, al hechizo de Europa, y que permanecía latente en él desde que aprendiera dibujo y pintura en Florencia, se avivó de nuevo ante el obligado descanso corporal. Entonces, libre momentáneamente de tareas utilitarias, resolvió aprender escultura, como medio concreto de expresar sus inclinaciones estéticas.
      Maestro suyo en el arte del modelado fué el piamontés José Arduino, autor, entre otros trabajos, del monumento a Mitre colocado en la plaza del pueblo de San Isidro. Completó también Aguirre su aprendizaje con el catalán Torcuato Tasso, a quien, entre su abundante producción se debe la estatua de Esteban Echeverría. José León Pagano, en el tomo III de su importante obra El arte de los argentinos, al ocuparse de mi abuelo escribe: "El nombre de Manuel J. Aguirre debió figurar en el grupo de los organizadores. Actuó junto a ellos en los dias oscuros, cuando todo el panorama del arte era un yermo ... La escultura individualizada por la historia sitúa a Manuel J. Aguirre en un punto inicial. Artista y filántropo, se unió a los benefactores de la sociedad Estímulo de Bellas Artes, centro y foco de toda nuestra cultura artística. Al apoyo moral, tan necesario entonces, añadió el de orden económico, y lo hizo con largueza generosa, sin atuendo, calladamente. Artista de vocación y hombre de mundo, fué plenamente dichoso cuando las circunstancias le permitieron consagrar todas sus energías a la plástica ... Al retrato dedicó sus días de mayor plenitud. Los produjo en bulto redondo y en bajo relieve, ya viriles ya femeninos. Firmó no pocos de varones próceres: Rivadavia, existente en la Sociedad de Beneficencia; Moreno, que se halla en la Biblioteca Nacional; el de Carlos Pellegrini; el de Lucio V. López. A estos se agrega una serie no breve de niños y de señoras. Enérgico o suave, según lo exigían los rasgos del modelo, Manuel J. Aguirre supo definir lo íntimo de cada uno, evidenciando en todos su fina destreza. A la obra del iconógrafo se une la del estatuario. A tal categoría pertenecen: El Atleta y El Pensador, figura de pie aquella, sedente ésta. El Pensador, premiada en la Exposición de Arte del Centenario, en 1910, fué adquirida por el gobierno argentino para donarla a la Cámara de Diputados de Chile".
      De las primeras realizaciones del artista son, sin duda, los bustos en mármol de doña Enriqueta, su mujer, y de Manolo, Maruja, Julián y Hortensio, junto al bajorrelieve de Mercedes, sus hijos; así como en bulto redondo las cabezas femeninas de dos modelos: una de contornos opulentos peinada con rodete levantado, la otra de suave fisonomía y cabellos caídos en "bandeaux". Más tarde cincela los perfiles de su hermana Victoria y de varios amigos suyos: Narciso y José María Lozano, Manuel Ocampo, Juan Manuel de Larrazábal y el prestigioso médico venezolano Rafael Herrera Vegas. Posteriormente plasma la robusta estampa de un toro de su cabaña, y los delicados bajorrelieves de las señoras Clara Ocampo de Rodríguez Larreta y Susana O'Gorman de López; además del precioso busto en mármol de su prima Hortensia Aguirre de Leloir. También fueron obras suyas, en aquellos años, un medallón en bronce que dedicó al malogrado escritor y político Lucio V. López, trágicamente muerto en un duelo a pistola que tuvo con el coronel Carlos Sarmiento; y la cabeza, perfilada sobre tabla de mármol de Eduardo Madero, empresario e historiador del puerto de Buenos Aires.
      Estas dos obras fueron expuestas el año 1896 en el Salón del Ateneo, entonces sito en la Avenida de Mayo y Piedras; y la Revista de Buenos Aires semanario ilustrado que fundaron Gabriel Cantilo y José María Drago en su número 81 del mes de octubre de dicho año, comentó los "dos hermosos bajo relieves del Señor Manuel J. Aguirre, de un notable parecido ambos". Y también acerca de esas mismas tallas, Pellegrini a la sazón Senador Nacional, le remitió sendas esquelas manuscritas a "Mi estimado amigo Aguirre", que expresaban lo siguiente: (21-IX-1896). "Recibí ayer el medallón de nuestro buen amigo el Dr. López. Se lo agradezco doblemente, como un recuerdo de ese amigo y por el placer que me proporciona el tener una obra debida al cincel del mas espontáneo y genial de nuestros escultores, y que tan alto honor hace al naciente arte nacional. Reciba mis más sinceras felicitaciones y creame su affmo. amigo".
      (22-V-1897). "Recibí el retrato de Madero. Los dos adornos de mi escritorio que más aprecio y que miro con más satisfacción, son sus dos obras, que prueban que no somos los argentinos huérfanos del arte, pués podemos vanagloriarnos de tener verdaderos artistas como Ud. Soy su affmo. amigo".

      El busto do Rivadavia

      Leo en El Diario de Lainez del 23-XII-1897: "El busto en bronce de Rivadavia ha sido ayer uno de los atractivos de la exposición Witcomb. La Sociedad de Beneficencia bien ha hecho en ponerlo a la vista del público antes de darle el preferente sitio que le corresponde en alguna sala de sus instituciones caritativas. En la ejecución de esa obra se acreditan las cualidades y el talento artístico del señor Manuel J. Aguirre, autor de ella. Otros trabajos del mismo género, presentados como más modestos ensayos, habían ya revelado en el señor Aguirre una feliz disposición por la escultura, siendo de lamentar que se mantenga dentro de un radio limitado de ejecuciones".
      A propósito de ese busto de Rivadavia, el realizador recibió las siguientes lineas del maestro Arduino: "Según mi débil criterio, creo que puede ir orgulloso de su modelo, el cual gusta a todos. El señor diputado Machado (don Angel) se quedó admirado cuando supo el nombre del autor del modelo, exclamando pero ¿esto es hecho aquí? Me permite Ud. Señor Aguirre que una mi aplauso a los de todos". (El busto de don Bernardino se emplaza hogaño en el jardín de entrada del Hospital Rivadavia, sobre la calle Bustamante 2531).

      El busto de Moreno

      Paul Groussac, director de la Biblioteca Nacional, le pidió a Manuel Aguirre la ejecución de un busto del prócer Mariano Moreno para ser colocada en el recinto de lectura de dicha institución. El 20-III-1901, manifestábale el bibliotecario al escultor, en carta particular: "Mucho me felicito de que se encuentre Ud. dispuesto a ?ensayar sus fuerzas? (como dice con sobrada modestia) en la ejecución de un busto de Mariano Moreno, destinado a la nueva sala de lectura de la Biblioteca Nacional. Y nace esta satisfacción mía, no sólo de la natural adecuación de un artista argentino a la representación del prócer que mejor encarna el movimiento de Mayo, sino también de mi confianza en el buen éxito de la obra, después de conocer varias producciones de Ud., y singularmente su vigoroso bronce de Rivadavia". Y luego de explayarse acerca del carácter íntimo "del formidable Moreno", el eminente literato e historiador francés termina su misiva con estas palabras: "Sólo me resta ahora reiterarle a Ud. la expresión de mi agradecimiento por la buena voluntad con que se ha servido aceptar mi indicación, y esperar el día no lejano en que, terminada su obra escultórica, y colocado el busto de Moreno en el más noble Santuario de su gloria, me toque unir mi aplauso a los del público congregado para la inauguración de la nueva Biblioteca Nacional".
      La ceremonia prevista en el referido "santuario" realizose nueve meses más tarde, en su edificio de la calle México, de fachada con columnas corintias que planeara el arquitecto italiano Carlos Morra -- Marqués de Monterochetta -- para la Lotería Nacional; pero que a último momento -- caprichos de la suerte -- ese palacio destinado al juego aleatorio, fue convertido en albergue de miles y miles de libros ordenados para la lectura erudita. Su estreno (27-XII-1901) resultó solemne y brillante. Concurrieron el Presidente de la República General Roca, sus Ministros Juan E. Serú, de Instrucción Pública, y Joaquín V. González, del Interior; el cuerpo diplomático; delegaciones universitarias y de centros científicos y literarios; amén "de distinguidas damas pertenecientes a nuestro mejor mundo social" -- según crónica periodística contemporánea. La orquesta dirigida por el maestro Alberto Williams, interpretó piezas de Mozart y de Grieg; y el director de la Biblioteca, Paul Groussac, tuvo a su cargo el extenso y meduloso discurso de circunstancia, donde alude así a Manuel J. Aguirre: "En el nuevo salón de lectura, se inaugura también en este día el busto de mármol del fundador, esculpido por un artista argentino que nos da el ejemplo saludable de una vocación tenazmente seguida contra las sugestiones emolientes del medio social y la fortuna: obra intencionada y, en mi sentir, singularmente feliz, que amalgama por vez primera la doble exigencia realista e interpretativa, dejando que se transparente, bajo la blandura más o menos auténtica de los contornos físicos tradicionales, el alma tormentosa y febril del gran patricio".
      A poco de haber muerto Pellegrini (17-VII-1906), el Jockey Club resolvió erigir un suntuoso mausoleo en la Recoleta, donde serían depositados los restos de su fundador y primer presidente. Al efecto, una comisión especial de socios y amigos de aquel ilustre argentino, tuvo a su cargo concretar dicho propósito. Fueron miembros de ella Exequiel Ramos Mexía, Vicente L. Casares, Manuel J. Aguirre, Bernabé Artayeta Castex, Enrique Acebal, Manuel J. Güiraldes y Santiago Luro. Estos señores encomendaron a nuestro Ministro diplomático en París, Ernesto Bosch, y a Paul Groussac, a la sazón en la "Ville Lumiere", contrataran con el estatuario francés Antonio Mercié, la realización del sepulcro de referencia. Mercié, de gran renombre en ese tiempo, era autor, entre muchas obras, de las efigies del Rey Luis Felipe y de la Reina Amelia, colocadas en su monumento funerario; de las estatuas del músico Gounod y del pintor Courbet; y del altorelieve "El Genio de las Artes", que decora el pórtico de una de las fachadas del Louvre.
    • El busto de Pellegrini y un admirable discurso de Groussac

      Por otra parte, como homenaje exclusivamente personal a la memoria de su amigo Pellegrini, mi abuelo Aguirre decidió esculpir su busto; cuya imagen marmórea, una vez terminada, puso él en su escritorio sobre un pedestal de madera.
      Esa escultura -- a mi ver uno de los mejores retratos logrados por Aguirre -- permaneció en aquel sitio hasta el fallecimiento del autor, y después en casa de su viuda doña Enriqueta Lynch. Dos reproducciones de bronce del referido mármol original, engalanan, en la actualidad, los jardines de la explanada en Mar del Plata, y una plaza en el pueblo bonaerense de San Fernando. El 7-III-1915 se emplazó, en aquel balneario, la réplica del busto de Pellegrini por iniciativa de Paul Groussac, del comisionado de la Municipalidad marplatense Florencio Martínez de Hoz, del senador Adolfo Dávila, del pintor Carlos de la Torre, de Francisco Beazley, Carlos Dimet, Adolfo Orma, Alberto del Solar y de otras personas cuyos nombres se me escapan. Asistieron ese día a la inauguración del monumento, la viuda de Pellegrini, doña Carolina Lagos, varios miembros de la familia de Aguirre, y, además de los señores antedichos, José María Rosa, Marco Avellaneda, Vicente C. Gallo, Carlos Ibarguren, Emilio N. Casares, Saturnino J. Unzué, Carlos Madero, Enrique de Anchorena, Jacinto Peralta Ramos entre otros caballeros.
      Groussac, en nombre de la familia de Aguirre, fué el encargado de entregar el busto del prohombre; y lo hizo a través de un largo y hermosísimo discurso, algunos de cuyos conceptos no puedo dejar sin transcribir: "He aceptado complacido -- dijo -- y vengo a cumplir el honroso encargo de ofrecer a la Municipalidad de Mar del Plata ... el busto en bronce del doctor Carlos Pellegrini, obra del notable aficionado don Manuel J. Aguirre, y que su distinguida familia ha donado a esta ciudad, realizando así la intención del autor, quien, como el ilustre modelo, fué también arrebatado prematuramente al amor de los suyos y al respeto unánime de sus conciudadanos. Los antecedentes de esta donación, sencillos y discretos cual corresponde a las personas que en ella intervinieron, se resumen en pocas palabras. Concluido por el señor Aguirre el mármol de su malogrado amigo, quedó expuesto para algunos íntimos en el ese entonces taller risueño de la calle Cerrito, de donde se creía que no debiera salir. El autor, con su modestia acostumbrada, se mostraba perplejo ante los últimos retoques ... En realidad, como podréis apreciarlo, el busto era excelente. En su ejecución, singularmente feliz, las cualidades propias del artista aparecían ?intensificadas? por el afecto. Habíase esta vez asimilado, con mayor eficacia que en otras producciones anteriores, el don supremo de los escultores de retratos, que consiste en la interpretación psicológica, mucho más importante y difícil que el parecido inerte de las facciones ... Entre tanto, como viera el mármol el señor Ernesto Tornquist, fiel admirador de Pellegrini e infatigable impulsor de Mar del Plata, pidió y obtuvo que el autor hiciera fundir en bronce un ejemplar ampliado de su obra, destinado a este sitio público. Efectuose puntualmente lo que dependía de la voluntad humana, pero entonces se produjo otra intervención con que no se contaba. Fundido el busto y construido el pedestal donde ahora lo vemos, vino la sucesiva y sentida desaparición del promotor de este monumento, y de su principal autor, a suspender los preparativos de la inauguración, que quedó indefinidamente aplazada. Este año, por fin, alguien que recordando el estado de cosas se propuso reparar el prolongado olvido, encontró tan bien dispuesto el terreno, que ha bastado una indicación para que el señor Comisionado Martínez de Hoz acogiera la idea oportuna y la llevase a la práctica ... Creo que a ninguno de vosotros habrá causado extrañeza el que yo tome la palabra al pie de un monumento consagrado a Carlos Pellegrini: tan notoria es la amistad que nos ligó, que ella forma parte, puede decirse, de mi mediana figuración argentina. Más comprensible sería cierta sorpresa por verme aquí en representación de la familia donadora, quien, al confiarme tan alto cometido, sólo ha querido guiarse por el afecto que su llorado jefe me dispensaba, sin tener en debida cuenta la razones que otra designación aconsejaba para el mayor realce de esta ceremonia. No debo, sin embargo, dejaros entender que para arrancarme de mis hábitos de silencio público, fueron necesarias largas y repetidas instancias. Es la verdad -- y lo digo al solo intento de no aparecer ponderando este pequeño esfuerzo -- que para vencer mi resistencia, háme bastado oir una voz grave y dulce pronunciar con noble sencillez estas palabras: ?Mi padre lo habría deseado...?. Por ellas, señores (por pedido de mi madre Maruja Aguirre), me encuentro ahora ante vosotros ... No es el caso frecuente en estas inauguraciones ... asociar en un mismo elogio las figuras igualmente simpáticas del personaje representado y de su estatuario...: por el primero conocí al segundo, y nuestra amistad, esquiciada por una carta mía sobre Mariano Moreno, se estrechó con el trato frecuente, mientras él estaba modelando el busto del febril Secretario, que adorna el salón de lectura de la Biblioteca Nacional".
      "Por lo demás -- continuó el disertante --, ante el ilustrado auditorio que me rodea, huelga recordar de qué clarísima familia porteña, de qué verdadera dinastía patricia era descendiente directo don Manuel J. Aguirre, tercer heredero del nombre que hizo histórico aquel Manuel Hermenegildo, elegido para llevar al presidente Monroe el voto de San Martín y Pueyrredón, y que sacrificó su fortuna en aras de la patria nueva, para dotarla de su incipiente marina de guerra. Es sabido cómo el nuestro, impelido de vocación irresistible, consagró felizmente a la escultura en todas las horas que le dejara libres la gestión de sus cuantiosos intereses, desviando inesperadamente hacia el arte un linaje de próceres coloniales y austeros repúblicos. Por cierto que éstos se nos presentan dotados de aptitudes o aplicaciones tan diversas como los tiempos en que actuaron. Pero ninguno de los que conocemos careció de merecimientos; y todos ellos sin excepción, desde el hidalgo navarro agraciado de Carlos III, que edificó la conocida casa solariega -- donde ayer se extinguía, desapareciendo casi junto con ella, su ilustre nieto nonagenario --, hasta el hijo predilecto que tan de cerca iba a seguirle, se muestran poseedores de la misma alteza moral, idéntica como su sangre: a la manera de una cadena de oro, hecha con eslabones varios en forma de cinceladura, pero forjados del mismo purísimo metal".
      Y Groussac agrega estas reflexiones de sociología política que valen para todos los tiempos: "A Dios gracias, señores, no son únicamente los bienes materiales y los títulos heráldicos los que constituyen el patrimonio de una familia, y suelen transmitirse de una a otra generación, sino también las virtudes paternas -- factores presumibles, por otra parte, de las fortunas bien habidas. Tal es el criterio profundo con que la sabiduria popular, cristalizada en el idioma, ha extendido el primer significado genealógico de la palabra "noble": a la calificación moral de las acciones y sentimientos superiores. Así considerado este componente sociológico tradicional, que no cierra el paso al mérito ascendente, aparece no sólo compatible con la democracia, sino indispensable en una república, para que con su sola acción se mantenga en equilibrio el orden público, condición vital de los Estados impidiendo que los impulsos populares a la utópica igualdad degeneren en demagogia".
      Y el orador, en vísperas de la gran avalancha populista que irrumpiría detrás de Hipólito Yrigoyen, discierne con razón: "Por cierto que en estas naciones americanas, de reciente formación aluvial, no asoma el peligro por el lado de una casta patricia impenetrable, sino por el lado opuesto: es decir, por la inconsistencia de una estructura política formada por elementos adventicios, no todos de mala ley, seguramente, pero cuya importancia plutocrática no podría prevalecer, sin menoscabo social, sobre las jerarquías naturales del nacimiento, del carácter y de la inteligencia".
      Casi en seguida, el discursante precisa que Pellegrini "no era quien, confundiendo los medios con el fin, hubiera colocado en la sola práctica inmediata del sufragio libre, sin condiciones ni restricciones, el bien político absoluto, no previendo o no temiendo, con aquella arma electoral puesta en manos todavía inexpertas, el advenimiento del despotismo popular, hoy mucho más peligroso e intangible que el frágil despotismo gubernativo! Durante su larga y accidentada carrera, creo que Pellegrini no incurrió una sola vez en el desliz de aplicar a las cosas del gobierno la fantasía, confundiendo, a pretexto de soplar arriba y abajo el mismo viento, el aleteo del colorido gallardete con la formidable tensión de la vela gris sobre la nave!".
      Más adelante Groussac, con intimidad encantadora, evoca "al Pellegrini marplatense, al asiduo veraneante que, muy lejos de traer aquí sus preocupaciones políticas, salia de Buenos Aires huyendo de ellas, anheloso de esta marina oxigenada que descubrimos juntos, casi treinta años há, piloteados por José Luro; y cuya población balnearia se componía, a la sazón, de una mediana fonda -- cuna del "Gran Hotel" -- manejada por una robusta pareja vasca; de una barraca destartalada; y del antiguo molino, donde pasamos horas de deliciosa quietud". Desde 1887, "Pellegrini, prontamente aquerenciado, dió en veranear aquí, año tras año, con la sola excepción de los que pasara en Europa ... A poco se levantaba el "Bristol Hotel", en cuyo gran comedor y salón de fiestas, tumultuosamente decorados (para no mentar el pecaminoso casino), se concentraba entonces toda la vida social de Mar del Plata ... La Rambla de tablas, con sus tenduchas en cajas de fósforos, no era menos alegre, si menos monumental y concurrida que la presente. Y era allí, sobre todo durante la sesión matutina de diez a doce, entre los corrillos formados en las mesitas de aperitivos, cruzadas las charlas varoniles por la aguda batahola de las bañistas, donde se desbordaba la incomparable popularidad de Pellegrini ... Muchos de los que ahora me escuchan se han sentado en aquellos corros familiares que se formaban en torno del ilustre estadista y poderoso orador, que aquí no quería ser sino un bañista en la playa y un paseante de la rambla ... Pero cuantos dé aquellos faltan ya a la lista, algunos por ausencia accidental, otros por la definitiva! ... Con todo, no agregaré más nombres a los dos que hoy conmemoramos, para no espesar el velo de tristeza que, como niebla sobre el sol, empaña por instantes el lustre de esta ceremonia. Sólo recordaremos hoy a los dos amigos que tantas veces contemplaron, desde este mismo sitio, la gloria del cielo azul reflejada en el océano, y ya cerrados los párpados, nos esperan allá donde se duerme el último sueño -- sin que por su ausencia, ni por la de otros millares de espectadores que les precedieron y seguirán, la impasible Naturaleza apague un rayo de luz o canto de ave, interrumpa un segundo su obra eterna, que sólo por una hora, y en mínima parte, nos es dado entrever, aunque nunca abarcar su intensidad, ni sorprender su misterio...!".
      Y este olvidado discurso de Groussac termina con la siguiente meditación, impregnada de sabiduria y de belleza literaria: "Sicut nubes ... velut umbra ? quasi naves...: como la nube que pasa, como sombra que huye, como naves que cruzan a lo lejos: tal es, según el lamento de Job, nuestro breve existir sobre la tierra. No nos rindamos, sin embargo, hijos de otro tiempo y otra raza, a esa filosofía oriental de desesperación y fatalismo, la que, sobre exagerar lo efímero de la vida humana, no ha expresado sino la vanidad del rastro que deja sobre las arenas de Arabia el pastor nómade. Tiene el hombre moderno, reclama el pensador occidental, no sólo el derecho, sino el deber de asignar otra finalidad a su destino. Aún recogiendo esos mismos símbolos del melancólico poema, cabe darles otra y más adecuada interpretación. La nube que pasa se perpetúa en la planta que su lluvia fecundó; la sombra fugaz de hoy anuncia el día de mañana; la nave que cruza el horizonte se caracteriza, mejor que por la estela de espuma que su quilla traza en el mar, por el objeto y consecuencias tal vez inolvidables de su viaje. Y ¡a fé que el último concepto se formula por si solo en este recodo de la costa atlántica, a vista de ese cabo Corrientes, reconocido y señalado hace cuatro siglos por la armada descubridora de Magallanes, en el derrotero del periplo inmortal! No es cierto, entonces, que se borre la huella del hombre grande o bueno bajo el tropel de anónima muchedumbre. La obra dura más que el obrero ... Pero aún cuando no llegare nuestro esfuerzo individual a condensarse en producción concreta, tampoco se desvanecerá en el espacio, con nuestra material envoltura, la partícula beneficiosa, y que llamaré divina, de nuestros actos si ellos la contuvieren. Esta también subsiste, como la obra maestra incorporada al caudal colectivo de los siglos que se llama civilización, la cual es, ante todo, un tesoro acumulado de bondad, de altruismo, de nobleza moral, de caridad, mucho más que de ciencia sin conciencia. La cultura integral tiene que ser humana, vale decir emanada a la par de la cabeza y del corazón. El saber sin entrañas, es luz que se convierte en llama de incendio ... Señor Comisionado municipal: me complazco en entregar a vuestro solícito cuidado el monumento erigido a la memoria de Carlos Pellegrini y que la familia de Aguirre ha querido ofrecer a la ciudad de Mar del Plata".

      El taller de la calle Cerrito y la muerte del artista

      Aquel "taller risueño de la calle Cerrito" -- traido al recuerdo por Groussac en el discurso que acabo de transcribir -- se levantaba en el fondo del jardín de la casa de Aguirre. Era un pabellón o pequeño chalet de tipo suizo, accesible mediante una escalinata en herradura, entre apócrifas rocas de cemento, con dos subidas en cada extremo.
      Mis lejanas remembranzas lo ven a mi "Tatita" en dicho lugar, vestido con blusa o ropón de trabajo, frente a la plataforma giratoria de un caballete, modelando la cabeza de mi madre, que posaba sentada a corta distancia, mientras el artista, sin dejar de conversar con ella, iba tendiendo con la espátula o animando con sus dedos, porciones de barro húmedo sobre el boceto. Y la obra en plastilina se encontraba poco menos que concluída cuando, imprevistamente, ocurrió la muerte del escultor. Poseo una fotografía de ese esquicio inconcluso que el tiempo se encargó de deshacer, en cuya imagen los rasgos de mi madre aparecen con aquel atrayente encanto que irradian las bellas mujeres a los treinta años.
      Otro busto que Aguirre empezó sin llegar a terminarlo, fué el del General Juan Martín de Pueyrredón, inspirado en el conocido óleo que pintara Prilidiano de su padre ya septuagenario, con levita civil y rigurosamente encorbatado.
      Mi abuelo siempre donó sus esculturas sin cobrar jamás por su trabajo. El busto de Moreno lo obsequió a la Biblioteca Nacional, y el gobierno, a través del Ministro de Instrucción Pública Juan E. Serú, le agradeció "su donación tan oportuna como desinteresada y valiosa". Y respecto de la estatua "El Pensador", premiada en la Exposición de Arte del Centenario, y que el gobierno argentino donó al Parlamento chileno, don Manuel recibió, el 15-X-1910, una nota de la Comisión de nuestra cámara de Diputados que había acompañado al Presidente Figueroa Alcorta en su visita a Chile, con motivo de conmemorarse el primer centenario de aquel país; cuya Comisión -- decía la nota -- "fué portadora de la obra de arte ?El Pensador? de que Ud. es autor, y teniendo en cuenta su desinterés al no querer asignar otro precio que el de los gastos realizados para su ejecución, tiene el agrado de expresar a Ud. su profundo agradecimiento por tan meritorio acto, que pone una vez más de relieve sus altas dotes de patriota y de artista".
      En 1937, veinticinco años después de la muerte del escultor, sus hijos, fieles a la norma generosa de aquel, representados por Carlos Ibarguren, ofrecieron donar al Banco de la Nación Argentina el busto original en mármol de Pellegrini. Al aceptar el Directorio del Banco tal escultura, por órgano de su presidente Jorge Santamarina le manifestó al Dr. Ibarguren que "el valor de esa expresión de arte ... tuvo su consagración no sólo en las palabras pronunciadas en su momento por el ilustre escritor y crítico Paul Groussac, sino también por la mano del artista que la concibió y la ejecutó, y por la eminente personalidad representada"; que era sumamente grato destacar el alto significado que la donación tenía para el Banco, "en mérito a los vínculos que ligaban el nombre de don Manuel J. Aguirre al Establecimiento". Poco después, el busto de Pellegrini fué emplazado -- y allí permanece al presente -- en la entrada del vestíbulo principal de la Casa Matriz de dicha institución bancaria ( ).
      El 23-VII-1912 falleció Manuel Aguirre de embolia cerebral -- según certificado médico del Dr. Roberto Wernicke. Tenía 62 años, y el mediodía anterior, al regresar a su casa de una visita que hizo a lo de su amigo Abel Bengolea, cayó desplomado en la entrada al bajar de su coche. No perdió en seguida el conocimiento, aunque sí el uso de la palabra. Los enérgicos auxilios de la ciencia médica resultaron ineficaces, y a la una de la mañana, aproximadamente, dejó de existir. Su cadáver fue sepultado, al otro día, en la bóveda familiar del cementerio de la Recoleta.

  • Fuentes 
    1. [S112] Los Antepasados, A lo largo y más allá de la Historia Argentina, Ibarguren Aguirre, Carlos Federico, (Trabajo inédito), Tomo II, Los Aguirre (Confiabilidad: 3).

    2. [S356] Archivo de Inhumaciones del Cementerio de la Recoleta, Archivo de Inhumaciones del Cementerio de la Recoleta.

    3. [S451] Medrano Balcarce, Juan Manuel, Medrano Balcarce, Juan Manuel, (jmedrano76(AT)hotmail.com).