Los Antepasados
a lo largo y mas allá de la Historia Argentina




Maria Eugenia Aguirre Lynch con su primogénito, Carlos Ibarguren Aguirre, 1905


Introducción

Esta larga Summa genealógica, esta profusa serie de biografías históricas, este enorme Mamotreto impublicable elaborado tenazmente durante más de un cuarto de siglo, requiere, o merece por lo menos, una corta introducción.

El autor proviene de un hogar tradicional, y prácticamente desde la cuna estuvo familiarizado con la historia. Su padre, historiador eminente, le transmitió, por contagio o misteriosa ley hereditaria, esa curiosidad hacia los hechos del pasado, esa vocación que convoca a las generaciones desvanecidas en el tiempo y revive con amor, en definitiva, las sombras de los muertos.

En su juventud lejana el adolescente, en medio de un aluvión de lecturas - ya dejados atrás Dumas y Julio Verne - tropezó con la Historia Argentina del viejo López y la prosa subyugante de Groussac, quienes abrieron para él los horizontes de una animada y colorida narrativa que estimuló su inclinación a borronear papeles.

Así se proyecta en el muchacho la tendencia a aprender y luego a escribir historia; y así descubre, más tarde, que su familia tenía raíces históricas; que muchos de sus antepasados habían sido, cuando no actores principales, protagonistas o testigos de los acontecimientos que, a través de cuatro centurias, han ido configurando la patria argentina. Entonces, exultante de entusiasmo, el vástago de aquellos remotos seres que de pronto se instalaron en su magín, dióse a recorrer archivos y a leer y copiar añejos documentos y escrituras; y al cabo de tal pesquisa, quizás, como el caballero de la Mancha, se haya distraído de la realidad; pues lo cierto fue que se pasaba las noches de claro en claro y los días de turbio en turbio escribiendo - fruto de esas investigaciones - su Mamotreto descomunal.

De tal suerte, durante el transcurso de tres décadas, quedó concluida dicha tarea. Y terminado el arduo empeño, le asalta la duda al responsable de la empresa de coincidir con Don Quijote cuando dice: Hay algunos que se cansan en saber y averiguar cosas que, después de sabidas y averiguadas, no importan un ardite al entendimiento ni a la memoria.

Diré sin embargo, en primera persona, que recluido en El Retoño cual mi distante antecesor Lope García de Salazar en su Torre de Muñatones, me puse yo también a elaborar, con incansable obstinación, mis propias Bienandanzas e Fortunas; que contienen, con mucha historia y mucha genealogía, infinidad de nombres, de fechas y precisiones nada entretenidas para un lector corriente, aunque, de cuando en cuando, junto a tanto dato frío, suele aflorar la evocativa calidez de no pocos recuerdos de personas, de cosas y sucesos que alcancé a ver, pude conocer, o se encontraban en la tradición doméstica de mi casa.

Confieso que no he gastado lápices para divertir a nadie, sino porque al escribir me divertía a mí mismo en una especie de regodeo solitario. De algún modo pude haber sentido el fervor de aquel monje cronista Johanes Talpa - caricaturizado por Anatole France - que al margen del mundo compuso en su abadía las Gestas Pingüinorum. Afuera, los marsuinos, unos guerreros del norte, habían puesto sitio al monasterio; que asaltaron luego destruyéndolo todo; matando y violando a religiosos y moradores sin respetar edad ni sexo. Y mientras los arcos góticos de la capilla se desplomaban con estrépito, y ardían las vigas gigantescas de madera y los gritos y clamores de muerte resonaban entre las llamas, el viejo Talpa, sordo en medio de la horrorosa baraúnda, abstraído en su celda casi derruida, continuaba escribiendo su voluminosa cronología.

Devoto de Cervantes, tengo siempre presente su consejo: Deben ser los historiadores puntales verdaderos y nada apasionados, y que ni el interés ni el miedo, el rencor ni la afición, no les hagan torcer el camino de la verdad, cuya madre es la Historia: émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo porvenir.

Al cabo de tan admirables palabras, y de haber cedido, sin vanidad ni petulancia, al impulso natural de rendir homenaje a la trayectoria histórica de mis antepasados, doy fin al prefacio de esta opera magna, destinada, seguramente, al anonimato y al olvido.

Carlos Ibarguren
El Retoño
Pcia. de Buenos Aires
1983